Nuestra Familia Celestial

  • Nuestra Familia Celestial

Somos hijos de nuestro Padre Celestial
Dios no es sólo nuestro Gobernante y Creador, sino que tambiénmes nuestro Padre Celestial. Todo hombre y mujer es literalmentemhijo o hija de Dios. “…el hombre, como espíritu, fue engendradompor padres celestiales, nació de ellos y se crió hasta la madurezmen las mansiones eternas del Padre antes de venir a la tierra enmun cuerpo temporal [físico]” (Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: Joseph F. Smith, 1999, pág. 360).

Toda persona que ha nacido en la tierra es nuestro hermano o hermanamespiritual. Debido a que somos hijos espirituales de Dios,mhemos heredado el potencial de desarrollar las cualidades divinasmque Él posee. Mediante la expiación de Jesucristo, podemos llegarma ser como nuestro Padre Celestial y recibir una plenitud de gozo.

Mientras vivíamos en el cielo desarrollamos la personalidad y varios talentos
Las Escrituras nos enseñan que los profetas se prepararon, mientras todavía eran espíritus celestiales, para llegar a ser líderes en la tierra (véase Alma 13:1–3). Dios los preordenó (escogió) para que fueran Sus líderes sobre la tierra antes de que nacieran con cuerpos terrenales. Jesucristo, Adán y Abraham fueron algunos de esos líderes escogidos (véase Abraham 3:22–23). José Smith enseñó que toda persona que ha recibido un llamamiento de liderazgo dentro de la Iglesia fue preordenada para ese propósito (véase Enseñanzas del Profeta José Smith, págs 453– 454). Sin embargo, en la tierra, cada quien es libre de aceptar o rechazar ese llamamiento.

No todos éramos iguales en el cielo. Sabemos, por ejemplo, que éramos hijos e hijas de Padres Celestiales: hombres y mujeres (véase “La familia: Una proclamación para el mundo”, Liahona, octubre de 1998, pág. 24). Teníamos diferentes talentos y habilidades, y se nos llamó para efectuar cosas distintas en la tierra. Podemos aprender más sobre nuestras “posibilidades eternas” cuando recibimos la bendición patriarcal (véase Thomas S. Monson, en Conference Report, octubre de 1986, pág. 82; o en Liahona, enero de 1987, pág. 64).

Un velo cubre nuestros recuerdos de la vida preterrenal, pero nuestro Padre Celestial sabe quiénes somos y lo que hicimos antes de venir aquí. Él ha elegido el momento y el lugar en el que cada uno de nosotros debe nacer para aprender las lecciones que necesitaremos en forma individual y para hacer todo lo bueno que podamos con nuestros talentos y nuestra personalidad.

Nuestro Padre Celestial nos presentó un plan para que llegáramos a ser semejantes a Él
Nuestro Padre Celestial sabía que no podríamos progresar más allá de cierto punto a menos que lo dejáramos durante algún tiempo. Él deseaba que nosotros cultiváramos las cualidades divinas que Él posee y, para que eso fuera posible, tendríamos que dejar nuestro hogar preterrenal para ser probados y obtener experiencia. Era necesario que nuestro espíritu fuera revestido con un cuerpo físico, el cual abandonaríamos a la hora de la muerte y con el que nos reuniríamos nuevamente en la resurrección. Después, recibiríamos un cuerpo inmortal semejante al de nuestro Padre Celestial. Si pasábamos nuestras pruebas, recibiríamos la plenitud de gozo que nuestro Padre Celestial ha recibido (véase D. y C. 93:30–34).

Nuestro Padre Celestial convocó un gran concilio a fin de presentar Su plan para nuestro progreso (véase Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: José Smith, págs. 220, 544–545) y aprendimos que, si seguíamos Su plan, llegaríamos a ser como Él; resucitaríamos y tendríamos todo poder en los cielos y en la tierra; llegaríamos a ser padres celestiales y tendríamos hijos espirituales tal como Él los tiene (véase D. y C. 132:19–20).

Aprendimos que Él nos proporcionaría una tierra en la cual seríamos probados (véase Abraham 3:24–26). Un velo cubriría nuestra memoria y olvidaríamos nuestro hogar celestial, lo cual era necesario a fin de que pudiésemos ejercer nuestro albedrío para escoger entre lo bueno y lo malo sin la influencia del recuerdo de haber vivido con nuestro Padre Celestial. De esa forma, lo obedeceríamos debido a nuestra fe en Él y no a causa del conocimiento o recuerdo que guardábamos de Él. Nuestro Padre Celestial nos ayudaría a reconocer la verdad cuando la escucháramos de nuevo en la tierra (véase Juan 18:37).

En el gran concilio también aprendimos en cuanto al propósito de nuestro progreso: el tener una plenitud de gozo. Sin embargo, también supimos que algunos serían engañados, escogerían otros senderos y se perderían. Nos enteramos de que todos tendríamos que pasar por pruebas durante la vida: enfermedades, desilusiones, penas, dolor y muerte; pero comprendimos que serían para nuestro bien y que nos servirían de experiencia (véase D. y C. 122:7). Si lo permitíamos, esas pruebas nos purificarían en lugar de vencernos; nos enseñarían a ser perseverantes, pacientes y caritativos (véase Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: Spencer W. Kimball, 2006, págs. 16–18).

En ese concilio aprendimos también que, debido a nuestras debilidades, todos nosotros pecaríamos, salvo los niños pequeños (véase D. y C. 29:46–47); se nos dijo que se nos proporcionaría un Salvador para que pudiésemos superar nuestros pecados y vencer la muerte con la resurrección. Aprendimos que si teníamos fe en Él, obedecíamos Su palabra y seguíamos Su ejemplo, seríamos exaltados y llegaríamos a ser como nuestro Padre Celestial; es decir, recibiríamos una plenitud de gozo.

Pasajes adicionales de las Escrituras
Hebreos 12:9 (Dios es el Padre de los espíritus).
Job 38:4–7 (la vida preterrenal).
Abraham 3:22–28 (una visión de la vida preterrenal).
Jeremías 1:5 (una visión de la vida preterrenal).
D. y C. 29:31–38 (una visión de la vida preterrenal).
Moisés 3:4–7 (creaciones espirituales y luego temporales).
1 Corintios 15:44 (creaciones espirituales y temporales).
D. y C. 76:23–24 (son engendrados hijos e hijas).
D. y C. 132:11–26 (el plan para el progreso).

—Véase Principios del Evangelio


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