La libertad de escoger

La libertad de escoger

El albedrío es un principio eterno
“…podrás escoger según tu voluntad, porque te es concedido;…” (Moisés 3:17).

Dios nos ha dicho por medio de Sus profetas que somos libres de escoger entre el bien y el mal. Podemos elegir la libertad y la vida eterna al seguir a Jesucristo; también somos libres para elegir el cautiverio y la muerte como resultado de seguir a Satanás (véase 2 Nefi 2:27). Al derecho de escoger entre el bien y el mal, y de actuar según nuestra voluntad se le llama albedrío.

En la vida preterrenal poseíamos albedrío moral. Uno de los propósitos de la vida terrenal es demostrar qué tipo de decisiones tomaremos (véase 2 Nefi 2:15–16). Si se nos forzara a escoger lo correcto, no podríamos demostrar lo que hubiéramos elegido por nosotros mismos; además, somos más dichosos cuando tomamos nuestras propias decisiones.

El albedrío fue uno de los temas principales que surgió en el concilio de los cielos, en la vida preterrenal, y fue una de las causas principales del conflicto entre los seguidores de Cristo y los seguidores de Satanás. Satanás dijo: “…Heme aquí, envíame a mí. Seré tu hijo y redimiré a todo el género humano, de modo que no se perderá ni una sola alma, y de seguro lo haré; dame, pues, tu honra” (Moisés 4:1). Al decir esto, “…se rebeló contra [Dios], y pretendió destruir el albedrío del hombre…” (Moisés 4:3). Su propuesta se rechazó y fue expulsado de los cielos junto con sus seguidores (véase D. y C. 29:36–37).

El albedrío es una parte necesaria del plan de salvación
El albedrío hace de nuestra vida terrenal un período de probación. Cuando planeaba la creación terrenal de Sus hijos, Dios dijo: “y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare” (Abraham 3:25). Sin el don del albedrío habríamos sido incapaces de demostrarle a nuestro Padre Celestial que hubiéramos hecho todo lo que Él nos mandara. Debido a que podemos escoger, somos responsables de nuestras propias acciones (véase Helamán 14:30–31).

Cuando elegimos vivir de acuerdo con el plan que Dios tiene para nosotros, nuestro albedrío se fortalece. Las decisiones correctas aumentan nuestra capacidad de tomar más decisiones correctas.

Al obedecer cada uno de los mandamientos de nuestro Padre Celestial, progresamos en sabiduría y fortalecemos nuestro carácter; aumenta nuestra fe y nos resulta más fácil tomar decisiones correctas.

Comenzamos a tomar decisiones cuando vivíamos en la presencia de nuestro Padre Celestial como hijos espirituales; las decisiones que allí tomamos nos hicieron dignos de venir a la tierra. Nuestro Padre Celestial desea que aumente nuestra fe, nuestro poder, nuestro conocimiento, nuestra sabiduría y toda otra cualidad positiva. Si guardamos Sus mandamientos y tomamos decisiones correctas, aprenderemos y comprenderemos; y llegaremos a ser como Él (véase D. y C. 93:28).

Para que exista el albedrío tiene que haber opciones
No podemos escoger la rectitud a menos que se nos presente la opción entre lo bueno y lo malo. Lehi, un gran profeta del Libro de Mormón, le dijo a su hijo Jacob que, a fin de que se cumpliesen los eternos propósitos de Dios debía haber “…una oposición en todas las cosas. Pues de otro modo, …no se podría llevar a efecto la rectitud ni la iniquidad, ni tampoco la santidad ni la miseria, ni el bien ni el mal…” (2 Nefi 2:11).
Dios permite que Satanás se oponga a lo bueno, y dijo de él:
“…hice que fuese echado abajo…

“y llegó a ser Satanás, sí, el diablo, el padre de todas las mentiras, para engañar y cegar a los hombres y llevarlos cautivos según la voluntad de él, sí, a cuantos no quieran escuchar mi voz” (Moisés 4:3–4).

Satanás hace todo lo que está a su alcance para destruir la obra de Dios y procura “…la miseria de todo el género humano… pues él busca que todos los hombres sean miserables como él” (2 Nefi 2:18, 27); él no nos ama ni desea nada bueno para nosotros (véase Moroni 7:17); no desea que seamos felices, sino que seamos sus esclavos, y se oculta tras sus muchos disfraces para esclavizarnos.

Cuando cedemos ante las tentaciones de Satanás, limitamos nuestras opciones. El siguiente ejemplo demuestra la forma en que eso sucede. Imaginen que ven un letrero en la playa que dice: “Peligro. Remolino. Prohibido nadar en esta zona”. Podemos pensar que esto representa una restricción, pero, ¿lo es en realidad? Todavía tenemos muchas opciones: podemos ir a nadar a otro lado; somos libres de caminar por la playa y juntar caracolas de mar; somos libres de contemplar la puesta del sol y de regresar a casa. También somos libres de hacer caso omiso a la advertencia y nadar en el lugar peligroso; sin embargo, una vez que seamos atrapados por el remolino, éste nos arrastrará y tendremos muy pocas opciones; si ése fuera el caso, trataríamos de escapar o de pedir ayuda, pero es posible que terminemos ahogados.

A pesar de que somos libres de elegir nuestro curso de acción, no somos libres de escoger las consecuencias que conllevan nuestras acciones. Las consecuencias, ya sean buenas o malas, serán el resultado natural de cualquier decisión que tomemos (véase Gálatas 6:7; Apocalipsis 22:12).

Nuestro Padre Celestial nos ha dicho cómo escapar del cautiverio de Satanás. Debemos estar alertas y orar siempre, pidiendo a Dios que nos ayude a sobreponernos a las tentaciones de Satanás (véase 3 Nefi 18:15). Nuestro Padre Celestial no permitirá que seamos tentados más allá de nuestra capacidad para resistir (véase 1 Corintios 10:13).

Los mandamientos de Dios nos guían lejos del peligro y nos conducen hacia la vida eterna. Mediante una sabia elección, podremos ganar la exaltación y el progreso eterno, así como gozar de una felicidad perfecta (véase 2 Nefi 2:27–28).

Pasajes adicionales de las Escrituras
Moisés 7:32 (la libertad de elección).
Abraham 3:24–25 (la vida terrenal es una prueba).
Moroni 7:5–6 (seremos conocidos por nuestras obras).
2 Nefi 2:11–16 (la oposición es necesaria).
Moroni 7:12–17 (la elección entre lo bueno y lo malo)
2 Pedro 2:19; Juan 8:34 (el pecado es esclavitud).
2 Nefi 2:28–29; Alma 40:12–13 (la recompensa será de acuerdo con las obras).

—Véase Principios del Evangelio


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