El pueblo del convenio del Señor

  • El pueblo del convenio del Señor

La naturaleza de los convenios
Desde el principio, el Señor ha concertado convenios con Sus hijos en la tierra. Cuando los de Su pueblo efectúan convenios (o promesas) con Él, ellos ya saben qué es lo que el Señor espera de ellos y cuáles bendiciones se pueden esperar de Él; y los de Su pueblo pueden llevar a cabo mejor Su obra en la tierra. A las personas que hacen convenios con el Señor y con quienes Él hace convenios, se les conoce como el pueblo del convenio del Señor. Los miembros de la Iglesia son parte del pueblo del convenio del Señor.

En el Evangelio, un convenio significa un acuerdo sagrado o una promesa sagrada y mutua entre Dios y una persona o un grupo de personas. Al hacer un convenio, Dios promete una bendición por la obediencia de un mandamiento en particular. Él establece las condiciones de Sus convenios y las revela a Sus profetas. Si decidimos obedecer los términos de ese convenio, recibiremos las bendiciones prometidas; pero si elegimos no obedecerlos, Él retira las bendiciones y, en algunos casos, se recibe un castigo.

Por ejemplo, cuando nos unimos a la Iglesia, efectuamos varios convenios con Dios (véase el capítulo 20 de este libro). Al bautizarnos hicimos convenios con el Señor de que tomaríamos sobre nosotros Su nombre y, a su vez, Él nos prometió que “…cuantos se arrepientan y se bauticen en mi nombre —el cual esjesucristo— y perseveren hasta el fin, tales serán salvos” (D. y C. 18:22). Hacemos convenio con el Señor cuando participamos de la Santa Cena. Prometemos tomar sobre nosotros Su nombre para recordarlo y obedecer Sus mandamientos; a su vez, se nos promete que el Espíritu Santo estará con nosotros. (Véase D. y C. 20:77-79). Cuando recibimos las ordenanzas del templo, efectuamos otros convenios sagrados y se nos promete la exaltación debido a nuestra obediencia fiel (véase D. y C. 132).

Dios también ha concertado convenios especiales con personas o grupos específicos. Él hizo convenios con Adán, Enoc, Noé, los hijos de Israel y con Lehi (véase Moisés 6:31-36, 52; Génesis 9:9-17; Éxodo 19:5-6; 2 Nefi 1). Hizo un convenio especial con Abraham y sus descendientes, el cual bendice a los miembros de la Iglesia y a todas las naciones de la tierra en la actualidad.

El convenio de Dios con Abraham y sus descendientes
Abraham, profeta del Antiguo Testamento, fue un hombre muy recto (véase la ilustración que se incluye en este capítulo); él rehusó adorar los ídolos de su padre y guardó todos los mandamientos del Señor. Debido a su rectitud, el Señor hizo convenio con él y con sus descendientes.

El Señor le prometió a Abraham que tendría una descendencia innumerable y que todos ellos tendrían el derecho de recibir el Evangelio, las bendiciones del sacerdocio y todas las ordenanzas de la exaltación. Esos descendientes, mediante el poder del sacerdocio, llevarían el Evangelio a todas las naciones y por medio de ellos todas las familias de la tierra serían bendecidas (véase Abraham 2:11). Dios prometió además, que si eran dignos, Él establecería Su convenio con todas las generaciones de los hijos de Abraham (véase Génesis 17:4-8).

Los miembros de la Iglesia son un pueblo del convenio
No solamente los descendientes consanguíneos de Abraham son aquellos a quien el Señor llama: Su pueblo del convenio. Dios dijo a Abraham: “…cuantos reciban este evangelio serán llamados por tu nombre; y serán considerados tu descendencia, y se levantarán y te bendecirán como padre de ellos” (Abraham 2:10). Por lo tanto, en el convenio efectuado con Abraham hay dos grupos de personas: (1) los descendientes consanguíneos de Abraham que son dignos y (2) los que han sido adoptados dentro de su linaje al aceptar y vivir el evangelio de Jesucristo (véase 2 Nefi 30:2).

Cuando nos bautizamos en la Iglesia, entramos en el convenio que el Señor efectuó con Abraham, Isaac y Jacob (véase Gálatas 3:26-29). Si somos obedientes, heredamos las bendiciones de ese convenio, tenemos el derecho de recibir la ayuda y la guía del Espíritu Santo. Los varones dignos tienen el derecho de poseer el sacerdocio, las familias pueden recibir las bendiciones del sacerdocio y lograr la vida eterna en el reino celestial. No hay bendiciones más grandes que ésas.

Junto con esas bendiciones, recibimos como pueblo del convenio del Señor grandes responsabilidades. El Señor prometió a Abraham que por medio de sus descendientes el Evangelio sería llevado a toda la tierra. Cumplimos con esta responsabilidad mediante el programa misional de tiempo completo de la Iglesia y por medio de la obra misional que efectúan los miembros. Esta oportunidad de predicar el Evangelio a todo el mundo pertenece exclusivamente a la Iglesia del Señor y a Su pueblo del convenio.

Como pueblo del convenio del Señor, debemos guardar Sus mandamientos. El Señor dijo: “Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis” (D. y C. 82:10). Si rechazamos nuestro convenio luego de haber aceptado el Evangelio, el convenio se anula y quedamos condenados ante Dios (véase D. y C. 132:4). Él ha dicho: “.absteneos de pecar, no sea que desciendan graves juicios sobre vuestra cabeza. Porque de aquel a quien mucho se da, mucho se requiere; y el que peque contra mayor luz, mayor condenación recibirá” (D. y C. 82:2-3).

El nuevo y sempiterno convenio
A la plenitud del Evangelio se le llama el nuevo y sempiterno convenio. Este incluye los convenios que se hacen al momento del bautismo, durante la Santa Cena, en el templo y en cualquier otra ocasión. El Señor le llama sempiterno debido a que ha sido ordenado por un Dios sempiterno y porque el convenio nunca será cambiado. Él le dio este mismo convenio a Adán, Enoc, Noé, Abraham y a otros profetas. En ese sentido no es nuevo, pero el Señor lo llama nuevo porque cada vez que el Evangelio es restaurado a la tierra, luego de haber sido retirado de ella, es nuevo para la gente que lo recibe (véase Jeremías 31:31-34; Ezequiel 37:26).

Cuando aceptamos el nuevo y sempiterno convenio, estamos de acuerdo en arrepentirnos, bautizarnos y recibir el Espíritu Santo, en recibir la investidura y el convenio del matrimonio en el templo, y en seguir y obedecer a Cristo hasta el fin de nuestra vida.

A medida que cumplamos con los convenios que hemos efectuado, nuestro Padre Celestial nos promete que recibiremos la exaltación en el reino celestial (véase D. y C. 132:20-24).

A los seres mortales les es muy difícil comprender la grandiosidad de esa promesa. Los mandamientos que Él nos da son para nuestro beneficio y, si somos fieles, podremos compartir eternamente las bendiciones y bellezas del cielo y de la tierra; podremos vivir en su presencia y participar de Su amor, compasión, poder, grandeza, conocimiento, sabiduría, gloria y dominios.

Pasajes adicionales de las Escrituras y otros recursos
1 Pedro 2:9-10 (pueblo adquirido por Dios).
D. y C. 54:4-6 (los resultados de guardar los convenios o quebrantarlos).
D. y C. 132:7 (los convenios deben efectuarse por medio de la debida autoridad).
D. y C. 133:57-60 (el propósito de los convenios).
D. y C. 35:24 (las promesas por la obediencia a los convenios).
Hebreos 8:6 (Jesucristo es el mediador de un mejor convenio).

—Véase Principios del Evangelio


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