El arrepentimiento

  • El arrepentimiento

La palabra evangelio significa buenas nuevas, o sea, la suprema esperanza para todos los hijos de Dios. Una parte importante del evangelio es el arrepentimiento, el cual hace viable para todos aquellos que lo ponen en práctica, la esperanza de obtener la vida eterna. El no arrepentirse del pecado, sin embargo, causa desesperación (véase Moroni 10:22).

“Cuando almas renacen, cuando se cambian vidas, entonces llega el gran milagro para embellecer e impartir calor y elevar. Cuando ha amenazado la muerte espiritual y en su lugar ahora hay revivificación, cuando la vida desaloja a la muerte, cuando esto sucede, es el milagro de milagros.” (Spencer W. Kimball, El Milagro del Perdón, pág. 370.)

El arrepentimiento es un principio eterno de progreso.
■ “Todos los principios y ordenanzas del evangelio de Jesucristo son significativos e importantes para contribuir al progreso, la felicidad y la vida eterna del hombre; pero no hay nada que sea más esencial para la salvación de la familia humana que el principio divino y eterno del arrepentimiento. Sin él, nadie puede salvarse. Sin él, nadie puede ni siquiera progresar.” (David O. McKay, Man May Know for Himself: Teachings of President David O. McKay, pág. 43.)

■ “El arrepentimiento es parte del proceso del progreso, del aprendizaje, de la madurez, del reconocimiento de la ley, de reconocer las consecuencias; es el proceso de enfrentar los hechos. Todo error que se corrige es una forma de arrepentimiento; toda disculpa sincera que se hace es una forma de arrepentimiento; todo progreso que se obtiene es una forma de arrepentimiento; toda conquista de un mal hábito es arrepentimiento.” (Richard L. Evans, “Repentance -a Foremost Principie”, Improvement Era, enero de 1965, pág.43.)

■ “Dios ha decretado que todos los que no obedecieren su voz, no se librarán de la condenación del infierno. ¿Qué es la condenación del infierno? Ir con aquellos que no han obedecido sus mandamientos.” (José Smith, Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 239.)

■ “¿Qué progreso puede haber para un hombre que no está consciente de sus faltas? Tal ha perdido el elemento fundamental del progreso, el cual es la comprensión de que hay algo más grande, mejor y más deseable que la condición en la que ahora se encuentra. En el campo de la autosatisfacción, el verdadero progreso encuentra escaso sustento; sus raíces encuentran mayor auxilio en el descontento . . .

“El primer paso hacia el conocimiento es darse cuenta de la falta del mismo; y el primer paso hacia el progreso espiritual es la creencia en una vida superior y mejor, o a la inversa, el darse cuenta de la vileza de nuestro estado actual. El arrepentimiento es darle la espalda a todo lo que es bajo y luchar por lo que es superior. Siendo un principio del evangelio, no solamente comprende un deseo de lo que es mejor, sino también sufrimiento; no solamente compunción, sino un verdadero sufrimiento por haberse contaminado, no importa en qué grado, con lo que es pecaminoso, vil o despreciable.

“Es muy común que las personas sientan remordimiento por errores, locuras y pecados cometidos; sin embargo, no se alejan de tales errores y debilidades. Tal vez se sientan compungidos; pero se nos ha dicho que ‘la penitencia es transitoria y tal vez no represente un cambio de carácter o conducta’. El arrepentimiento, por otro lado, ‘es pesar por el pecado unido a un sentimiento de culpabilidad y la firme determinación de no volverlo a hacer’. Es, por lo tanto, más que remordimiento; ‘implica un cambio de naturaleza digno del cielo’.” (David O McKay, Gospel Ideáis, págs. 12-13.)

■ “El arrepentimiento es indispensable para la vida y su crecimiento, ya que en todo crecimiento es necesario que haya ajustes, añadiduras y cortes de lo que no sirve. No podemos reemplazar una vida mala por una buena con un solo hecho o palabra; debe haber un proceso continuo para reemplazar el error y la mala acción por la verdad y lo justo; una transición de lo malo a lo bueno y de lo bueno a lo mejor . . .

“… El arrepentimiento sincero llevará a las aguas del bautismo y del perdón; pero la necesidad de arrepentirse continuará durante toda la vida. Por medio del bautismo podemos obtener el perdón por
los pecados cometidos antes, pero no es una garantía en contra de futuros desatinos. El arrepentimiento es un requisito vital para progresar en la vida . . .

“Cuando hablamos de la necesidad continua de [arrepentirse], no se entienda que nos referimos a un ciclo de pecado y arrepentimiento y nuevamente pecado. Eso no es arrepentimiento completo. Debemos ver lo bueno y seguirlo, reconocer el mal y abandonarlo con un pesar divino, si es que queremos alcanzar las bendiciones del arrepentimiento completo. El concepto creciente de una vida buena debe ir acompañado de un ajuste constante a ella, si es que uno desea lograr armonía con la voluntad de Dios.” (Hugh B. Brown, Eternal Quest, págs. 99 y 102, parte del cual se cita en Mi mandato del Señor, Guía personal para los quórumes del Sacerdocio de Melquisedec, págs. 134-135.)

1. El arrepentimiento es el proceso por medio del cual nos transformamos de personas indignas en personas dignas (véanse Ezequiel 18:19-32; 33:7-20; D. y C. 58:42-43).
2. El principio del arrepentimiento es una parte esencial del plan de redención y salvación de Dios (véanse 2 Nefi 9:20-24; 3 Nefi 9:21-22).
3. Desde el principio se ha dado el mandamiento del arrepentimiento (véanse 3 Nefi 11:32; D. y C 133:16; Moisés 5:8, 14-15).

Para que una persona pueda volver a la presencia de Dios debe arrepentirse.
■ “Según mi manera de pensar, cualquier hombre o mujer puede hacer más para someterse a las leyes de Dios en un año de esta vida que lo que podría hacer en diez años en la vida venidera. Solo, el espíritu se puede arrepentir y cambiar, pero luego tiene que llevarse a cabo más tarde la batalla con la carne. Es mucho más fácil triunfar y servir al Señor cuando el cuerpo y el espíritu son uno solo. Durante esa época el hombre es más dócil y susceptible. Cuando la arcilla es moldeable es mucho más fácil cambiarlo que cuando se endurece y se asienta.” (Melvin J. Ballard, en Bryant S. Hinckley, Sermons and Missionary Services of Melvin Joseph Bailará, pág. 241.)

■ “El camino de la vida está expresamente marcado de acuerdo con el propósito divino, el mapa del evangelio de Jesucristo se pone a disposición de los viajeros, el destino de vida eterna se encuentra claramente establecido. En ese destino nuestro Padre aguarda lleno de esperanza, deseoso de recibir a sus hijos que vuelven. Lamentablemente, muchos no llegarán.

“Nefi denodadamente expresa la razón: ‘El reino de Dios no es inmundo, y ninguna cosa impura puede entrar en él’ (1 Nefi 15:34). También: ‘ninguna cosa inmunda puede habitar con Dios’ (1 Nefi 10:21). Para los profetas la palabra inmundo en este contexto significa lo que significa para Dios. Para el hombre la palabra puede ser relativa en cuanto a su significado; por ejemplo, una mancha diminuta no es razón para considerar que una camisa o vestido blancos están sucios. Sin embargo, para Dios, que es perfección, pureza significa pureza moral y personal. Lo que sea menos que esto es, en uno u otro grado, impureza; y por tanto, no puede morar con Dios.” (Kimball, El Milagro del Perdón, pág. 17.)

■ “El arrepentimiento es algo que no se puede tratar livianamente día tras día. Pecar diariamente y arrepentirse diariamente no es agradable a la vista de Dios.” (Smith, Enseñanzas, pág. 176.)

■ “Debemos estar prevenidos y no esperar hasta hallarnos en nuestro lecho de muerte para arrepentimos, porque así como vemos que la muerte arrebata al niño pequeño, también el joven y el de edad madura repentinamente pueden ser llamados a la eternidad, igual que el niño pequeño. Así pues, sirva esto de amonestación a todos, para que no demoren el arrepentimiento o esperen hasta encontrarse en su lecho de muerte, porque es la voluntad de Dios que el hombre se arrepienta y le rinda servicio mientras goza de salud, y con la fuerza y poder de su mente, a fin de obtener su bendición, y no esperar hasta que esté próximo a morir.” (Smith, Enseñanzas, págs. 237-238.)

■ “Es verdad que el gran principio del arrepentimiento siempre está disponible, mas para el impío y el rebelde la anterior expresión tiene graves reservas. Por ejemplo, el pecado tiende intensamente a arraigar hábitos y a veces conduce a los hombres al trágico punto irreversible. Sin arrepentimiento, no puede haber perdón; y sin perdón, todas las bendiciones de la eternidad penden de un hilo. A medida que el transgresor se hunde más y más en su pecado, y el error se arraiga más profundamente y se debilita la voluntad para cambiar, la situación va cobrando una desesperanza cada vez mayor, y él continúa su descenso hasta que, o se niega a volver a subir, o ha perdido la facultad para hacerlo.” (Kimball, El Milagro del Perdón, pág. 115.)

■ “Cuanto más intencional el pecado, tanto más se dificulta el arrepentimiento. Mediante la humildad y un corazón contrito, los pecadores pueden aumentar su fe en Dios y obtener de él, de este modo, el don del arrepentimiento. Al paso que se va demorando el arrepentimiento, la habilidad para arrepentirse se va debilitando; el pasar por alto las oportunidades en cuanto a cosas santas produce la inhabilidad.” (James E. Talmage, Artículos de Fe, pág. 126.)

■ “Dios es bueno. El está ansioso por perdonarnos. El desea que nos perfeccionemos y mantengamos control sobre nosotros mismos. El no quiere que Satanás u otros controlen nuestra vida.” (Spencer W. Kimball, “El evangelio de arrepentimiento”, Liahona, marzo de 1983, pág. 2.)

■ “No creo que haya ningún hombre que viva totalmente de acuerdo con sus ideales, pero si nos esforzamos, si trabajamos, si tratamos hasta el máximo de nuestra capacidad de progresar día a día, entonces estaremos viviendo de acuerdo con nuestro deber. Si buscamos remediar nuestros propios defectos, si vivimos de manera tal que podemos pedirle a Dios que nos ilumine, que nos dé conocimiento, inteligencia y sobre todo Su Espíritu,
para poder vencer nuestras debilidades, entonces puedo deciros que nos encontraremos en el camino recto y angosto que lleva a la vida eterna. Entonces no tendremos por qué temer.” (Heber J. Grant, Gospel Standards, págs. 184-185.)

1. Ninguna cosa inmunda puede entrar en la presencia de Dios (véanse Moisés 6:57; Alma 11:37; 3 Nefi 27:19).
2. Todo el mundo peca y queda destituido de la gloria de Dios (véanse 1 Juan 1:8-10; Eclesiastés 7:20; Romanos 3:10).
3. El arrepentimiento no se debe postergar (véanse Alma 34:31-35; 13:27; Salmos 119:60).
4. Sufriremos mucho si no nos arrepentimos (véanse D. y C. 19:15-20; Alma 42:22-24).
5. El Señor se regocija cuando nos arrepentimos (véanse 2 Pedro 3:9; Lucas 15).

El arrepentimiento requiere ciertas acciones y un gran esfuerzo por adquirir cualidades semejantes a las de Cristo.
■ “De la contrición del alma resulta el arrepentimiento, y esta contrición nace de un sentimiento profundo de humildad, el que a su vez depende del ejercicio de una fe duradera en Dios.

Por consiguiente, el arrepentimiento propiamente es el segundo principio del evangelio; se asocia íntimamente con la fe, y es lo que inmediatamente la sigue. En cuanto uno llega a reconocer la existencia y la autoridad de Dios, siente un respeto hacia las leyes divinas y una convicción de su propia indignidad. Su deseo de agradar al Padre, a quien por tan largo tiempo ha despreciado, lo impulsará a abandonar el pecado; y este impulso recibirá más fuerza del natural y loable deseo del pecador, de hacer una reparación, si le es posible, y evitar de esta manera los trágicos resultados de su propia maldad. Inspirado su celo con la nueva convicción, ansiará la oportunidad de manifestar con buenas obras la sinceridad de su fe recién desarrollada; y considerará la remisión de sus pecados la más deseable de las bendiciones.” (Talmage, Artículos de Fe, págs. 119-120.)

■ “Hemos de confesar todos nuestros pecados al Señor. En cuanto a las transgresiones enteramente personales, que no afecten a nadie sino a nosotros mismos y al Señor, el confesarnos a nosotros mismos y a El ha de ser suficiente . . .

“Cuando un mal proceder afecta a otra persona, se debe hacer una confesión también a la persona ofendida, y procurarse su perdón.

“Por último, cuando las transgresiones de alguno sean de naturaleza tal que, si no se arrepiente de ellas, haría peligrar su calidad de miembro o sus derechos como tal en la Iglesia de Cristo, se requiere una confesión total y efectiva de parte del pecador arrepentido a su obispo o al correspondiente oficial eclesiástico que presida. No es que el oficial de la Iglesia pueda perdonarle el pecado (porque este poder descansa en el Señor mismo y en aquellos a quienes El lo delega especialmente), sino que la Iglesia, al actuar por medio de sus oficiales debidamente nombrados (el poder está en la Iglesia, no en el oficial), podría, con pleno conocimiento de los hechos, tomar una medida con respecto a la disciplina eclesiástica que las circunstancias determinen.

“La persona que ha abandonado sus pecados y que, por medio de la debida confesión, ha depurado su conducta con el Señor, con las personas que ha ofendido y con la Iglesia de Jesucristo, de ser ello indispensable, puede, con toda confianza, buscar el perdón del Señor y comenzar una nueva vida, depositando su confianza en la gracia de Cristo.” (Marión G. Romney, “El arrepentimiento”, Liahona, febrero de 1981, pág. 94.)

■ “Hay una prueba decisiva del arrepentimiento, a saber, el abandono del pecado. Si es que una persona discontinúa sus pecados con intenciones rectas —por motivo de una percepción cada vez mayor de la gravedad del pecado y una disposición de cumplir con las leyes del Señor— tal persona verdaderamente se esta arrepintiendo. (Kimball, El Milagro del Perdón, pág. 161.)

■ “Arrepentimiento verdadero no es sólo sentir pesar por los pecados, y humilde penitencia y contrición delante de Dios, sino comprender la necesidad de apartarse del pecado, la discontinuación de toda práctica y hechos inicuos, una reformación completa de vida, un cambio vital de lo malo a lo bueno, del vicio a la virtud, de las tinieblas a la luz. No sólo esto, sino hacer restitución hasta donde sea posible, por todas las cosas malas que hayamos hecho, y pagar nuestras deudas y restaurar a Dios y a los hombres sus derechos, aquello que nosotros les debemos.” (Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, pág. 96.)

■ “Es de sumo perjuicio para el hombre que posee el sacerdocio y goza del don del Espíritu Santo abrigar un espíritu de envidia, de mala voluntad, o de represalias o de intolerancia para con sus semejantes o en contra de ellos. Debemos decir en nuestro corazón: Juzgue Dios entre tú y yo, pero en cuanto a mí, yo perdonaré. Quiero deciros que los Santos de los Ultimos Días que abrigan en sus almas el sentimiento de no perdonar son más culpables y más censurables que aquel que ha pecado en contra de ellos. Volved a casa y depurad la envidia y el odio de vuestro corazón; expulsad el sentimiento de no querer perdonar; y cultivad en vuestras almas ese espíritu de Cristo que clamó en la cruz: ‘Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen’. Ese es el espíritu que los Santos de los Ultimos Días deben poseer todo el día. El hombre que tiene este espíritu en su corazón y lo conserva, jamás tendrá dificultades con sus vecinos; no tendrá que llevar problemas ante el obispo ni el sumo consejo, antes siempre estará en paz consigo mismo, con sus vecinos y en paz con Dios. Buena cosa es estar en paz con Dios.” (Smith, Doctrina del Evangelio, pág. 250.)

■ “Si hiciereis todo lo posible para arrepentiros sinceramente de vuestros pecados, quienquiera que seáis, dondequiera que os encontréis, y si hubiereis hecho las debidas correcciones y restituciones; si habiendo sido algo que afectara vuestra condición de miembros de la Iglesia, hubiereis recurrido a las autoridades correspondientes, entonces, con seguridad, desearéis recibir la respuesta confirmatoria del Señor, para saber si El os ha perdonado o no. Si en la profunda investigación de vuestra alma encontráis la paz de conciencia que buscáis, así podréis llegar a saber que el Señor os ha perdonado.” (Harold B. Lee, “Permaneced en los lugares santos”, Liahona, marzo de 1974, pág. 44.)

■ “¿Podremos alguna vez olvidar nuestros pecados? ¿De qué manera podremos vivir en paz, si continuamente estamos recordando y sufriendo por nuestras transgresiones?

“Alma sabía acerca de ese sufrimiento, y dijo algo muy significativo a su hijo Coriantón:

” ‘Y ahora, hijo mío, quisiera que no dejaras que te perturbaran más estas cosas, y sólo deja que te preocupen tus pecados, con esa zozobra que te conducirá al arrepentimiento.’ (Alma 42:29.)

“Coriantón había cometido un serio pecado y su padre le había amonestado severamente. El cariñoso
relato que Alma le hizo de la expiación de Jesucristo, sobre la forma en que El pagaría por adelantado por nuestros pecados, hizo que Coriantón se humillara.

El consejo de su padre lo puso en el camino de la restauración; pero aún así seguía teniendo malos recuerdos de lo que había hecho, y se enfrentaba al problema de tener que vivir con ellos.

“Alma no le prometió a Coriantón que él se olvidaría de lo que había hecho, sino que le enseñó cómo vivir con sus recuerdos en forma provechosa, humildemente, apreciando en todo momento la misericordia, la longanimidad y el perdón de Dios.

” ‘Recordarás tus pecados’, casi podemos sentir a Alma decir; ‘probablemente nunca podrás olvidarlos, pero trata siempre de recordarlos debidamente y por una buena razón.’

“No permitáis que el sufrimiento, que es el resultado inevitable del pecado, os incapacite para recibir vuestras bendiciones o dar de vosotros mismos. No os estremezcáis cada vez que escuchéis un discurso o lección al respecto; no os apartéis de la hermandad de los santos o de la senda del Señor por motivo de vuestros errores. No abandonéis la causa y muráis espiritualmente como consecuencia. Jesucristo sufrió ‘estas cosas por todos’, para que nosotros no tuviéramos que sufrir eternamente, si nos arrepentíamos.

“Dejad que vuestros recuerdos os conduzcan al arrepentimiento; permitid que os perturben solamente ‘con zozobra’ para que os mantengáis arrepentidos. Recordad, mas sólo para mantener viva la gratitud que sentís en vuestro corazón por el amor de Dios y por todo lo que Cristo hizo por vosotros.” (Marión D. Hanks, “Will I Ever Forget? lmprovement Era, marzo de 1966, pág. 246.)

■ “A mí me parece una gran insensatez creer, mucho más enseñar, que la expiación de Jesucristo meramente abrió el camino para la remisión y el perdón de los pecados de los que verdaderamente se arrepienten; y que después que uno verdaderamente se ha arrepentido y que ha sido bautizado, deba pagar el precio —hasta cierto punto— de sus transgresiones. Esto significa que el hombre no ha sido perdonado verdaderamente, sino que ha sido puesto bajo prueba con su castigo pendiente. Esta idea, que tan a menudo ha sido enseñada diciendo que los agujeros quedan después que los clavos son quitados, es una doctrina falsa cuando se trata de aplicarla a la Expiación en bien del pecador verdaderamente arrepentido.” (Joseph Fielding Smith, Doctrina de Salvación, tomo II, págs. 312-313.)

■ “El arrepentimiento debe incluir una entrega total y completa al programa del Señor. No se ha arrepentido completamente el transgresor que deja de pagar sus diezmos, falta a sus reuniones, quebranta el día de reposo, desatiende sus oraciones familiares, no sostiene a las autoridades de la Iglesia, desobedece la Palabra de Sabiduría, no ama al Señor ni a sus semejantes. El adúltero que está reformándose no está arrepentido si es borracho maldiciente. El ladrón que está arrepintiéndose no está listo para recibir el perdón si comete inmoralidades sexuales. Dios no puede perdonar a menos que el transgresor manifieste un arrepentimiento verdadero que se extienda a todo aspecto de su vida.” (Kimball, El Milagro del Perdón, pág. 203.)

1. El arrepentimiento es el resultado natural de la creciente fe en Jesucristo (véanse Hechos 2:37-38; Enós 1-8; Mosíah 4:1-3; Alma 34:15).
2. Todo el que quiera arrepentirse debe sentir remordimiento o tristeza según Dios por sus malas acciones (véase 2 Corintios 7:10).
3. Debemos confesar nuestros pecados (véanse D. y C. 58:43; 64:7; Proverbios 28:13; 1 Juan 1:9; Mosíah 26:29-30).
4. Debemos abandonar el pecado (véase D. y C. 58:43).
5. Debemos restituir, hasta donde nos sea posible, el daño que hemos causado (véanse Ezequiel 33:15; Levítico 6:4-5; Números 5:7).
6. Todo el que peca debe estar dispuesto a perdonar al que transgrede (véanse Mateo 6:14-15; Mosíah 26:31; D. y C. 64:8-10).
7. El que se arrepiente se convierte en otra persona, tanto en sentimientos como en pensamientos y acciones (véanse Enós 1-11; Mosíah 27:24-26; 28:1-4).
8. El retener la remisión de los pecados depende del amor y servicio continuos a Dios y a nuestros semejantes (véanse Mosíah 4:26; Moroni 8:25-26).

— Véase Doctrina del Evangelio (Religion 231 y 232)


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