La Expiación de Jesucristo

  • La Expiación de Jesucristo

Ninguna parte de la doctrina del evangelio es más importante que la expiación de Jesucristo. Si comparamos el evangelio a una rueda, la Expiación viene a ser el eje, y los rayos que salen de él, el resto de la doctrina. Como el profeta José Smith declaró: “Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y profetas concernientes a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente dependencias de esto.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 141.)

Dios gobierna el universo por medio de leyes.
1. Para llevar a cabo sus propósitos eternos, Dios instituyó leyes para gobernar a sus hijos (véanse D. y C. 130:20-21; 132:5; 2 Nefi 2:13).

2. El pecado es el hecho de quebrantar la ley voluntariamente (véanse 1 Juan 3:4; Santiago 4:17).

3. La justicia de Dios exige que se pague con un castigo cada pecado que se cometa (véanse Mateo 5:26; Alma 42:16-18, 22-26; D. y C. 19:17).

4. Todos pecamos y, por lo tanto, nos encontramos en un estado caído y nos vemos sometidos a la justicia (véase Alma 34:9, 16; Romanos 3:23).

Debido a nuestro estado caído, tenemos la necesidad de una expiación.
■ “Todos hemos pecado. Por lo tanto, toda persona es impura hasta el grado en que ha pecado, y por esa impureza es desterrada de la presencia del Señor mientras los efectos de su pecado estén sobre ella.

“Puesto que padecemos esta muerte espiritual como resultado de nuestras propias transgresiones,
no podemos pretender que se nos libre de ella reclamándolo como si se tratara de un asunto de justicia. Ni tampoco persona alguna tiene dentro de sí el poder para que la restitución sea tan completa que pueda limpiarla totalmente de los efectos de sus malas obras. A fin de que el hombre pueda ser libre de las consecuencias de sus propias transgresiones y regresar a la presencia de Dios, debe ser el beneficiario de un poder superior que lo libre de los efectos de sus propios pecados. Con este propósito se concibió y se llevó a cabo la expiación de Jesucristo.

“Ese fue el acto supremo de caridad del mundo, realizado por Jesús por causa de su gran amor por nosotros. De esa manera no sólo cumplió con las demandas de la justicia —por la cual hubiéramos permanecido atados a los efectos de nuestras propias transgresiones para siempre— sino que El impuso también la ley de la misericordia, por medio de la cual todos los hombres pueden ser limpiados de sus pecados.” (Marión G. Romney, “La Resurrección de Jesucristo”, Liahona, ago./sept. de 1985, pág. 4.)

■ “Expiar es rescatar, reconciliar, satisfacer, redimir, restituir, absolver, pacificar, compensar, pagar el castigo. Por ello, la expiación de Cristo se concibió para rescatar a la humanidad de las consecuencias de la caída de Adán, porque se conquistan la muerte temporal y espiritual, y se anulan sus efectos eternos. La muerte espiritual de la caída se reemplaza por la vida espiritual de la Expiación, y todos los que creen y obedecen la ley del evangelio alcanzan la vida espiritual o eterna —la vida en la presencia de Dios donde aquellos que la gozan están conscientes de lo que es recto o de lo que es del Espíritu. La muerte temporal de la caída se reemplaza por el estado de inmortalidad que llega debido a la expiación y resurrección del Señor. El cuerpo y el espíritu, separados debido a lo que los hombres llaman muerte natural, se reúnen en inmortalidad, en una unión que nunca más permitirá que el cuerpo mortal se corrompa.” (Bruce R. McConkie, Mormon Doctrine, pág. 62.)

1. Sin la expiación de Jesucristo, todos sufriríamos una muerte física y espiritual sempiterna (véanse 2 Nefi 9:6-12; Helamán 14:16).

2. Debido a que todos pecamos, sin la expiación de Jesucristo habríamos permanecido sujetos al diablo para siempre (véanse 2 Nefi 9:8-12; Alma 34:8-9; Romanos 3:23).

Solamente Jesucristo poseía las cualidades y atributos necesarios para llevar a cabo una expiación infinita.
■ “Se nos ha dicho que la expiación necesita ser infinita [2 Nefi 9:7; 25:16]. ¿Por qué se necesita una expiación infinita? Por la simple razón de que una corriente de agua no puede elevarse más alto que su fuente; y habiendo tomado el hombre un cuerpo de carne y habiéndose convertido en un ser terrenal, hecho de los elementos de la tierra, que por medio de la violación de una ley se vio privado por su propia culpa de su relación con el Padre, habiéndose sujetado así a la muerte; en tal condición —como la vida mortal del hombre es corta, y por sí mismo no tenía esperanza de poder hacer nada en su propio beneficio, o sea redimirse de su condición caída, o poder volver por sí solo a la presencia de su Padre— se necesitaba un ser superior para elevarlo por encima de su baja y degradada posición. Ese ser superior era el Hijo de Dios, quien no había, como lo había hecho el hombre, violado una ley de Su Padre, sino al contrario, era todavía uno con Su Padre, poseyendo Su gloria, Su poder, Su autoridad y Su soberanía.” (John Taylor, The Mediation and Atonement, pág. 145.)

■ “Adán se convirtió en un ser mortal; sufrió la muerte espiritual y temporal. Esa fue la primera gran crisis en la historia de la humanidad. En realidad, se puede decir que así se originó la humanidad.

“Para poder él volver al lugar de donde vino, fue necesario que hubiera una expiación por su desobediencia.

“Es completamente obvio que Adán no podía retroceder sobre sus pasos; él no podía dejar sin efecto el hecho de haber comido de la fruta prohibida. El era un ser mortal; y no importaba cuán buenos pudieran llegar a ser algunos de sus hijos, ellos también serían mortales, sin más poder que el que él tenía. Por lo tanto, para pagar por su desobediencia, se necesitaba a un Ser concebido por el Infinito, que no estuviera sujeto a la muerte como lo estaba la posteridad de Adán; alguien que dominara la muerte; alguien nacido de una mujer pero aun así divino. Sólo El podía llevar a cabo el sacrificio que permitiría que nuestro cuerpo y espíritu pudieran reunirse en el debido tiempo del Señor y luego volver al Padre, reunidos; y finalmente, con el cuerpo y el espíritu juntos, poder seguir adelante por toda la eternidad.

“Jesús de Nazaret, Unigénito del Padre, fue el elegido antes de que el mundo existiese, para venir a la tierra a llevar a cabo este servicio, para conquistar la muerte temporal, con lo que expiaría la Caída, para que el espíritu del hombre pudiera recobrar su cuerpo, reuniéndolos de ese modo . . .

“Esa es la razón por la cual cualquier descendiente de Adán, por muy bueno que hubiera sido, no podía llevar a cabo la expiación que nos llevaría de vuelta a la presencia de nuestro Padre Celestial. Repetimos, él no podría dejar sin efecto el hecho de haber comido de la fruta prohibida. Jesús no era hijo de Adán, sino del Padre.” (J. Reuben Clark, hijo, en Conference Report, oct. 1955, pág. 23.)

■ “Antes de la Caída, Adán se encontraba en la presencia de Dios y no estaba sujeto a la muerte. El y Eva no podían tener hijos, y no conocían ni el bien ni el mal, debido a que se les había quitado todo el conocimiento que tenían de la preexistencia. Después de la Caída, Adán y Eva se vieron sujetos a la muerte física o temporal y desterrados de la presencia de Dios; de ese modo fueron partícipes tanto de la muerte temporal como de la espiritual, o segunda muerte, la cual es verse privados de la presencia de Dios. Por medio del bautismo y el don del Espíritu Santo se les redimió de la muerte espiritual. Es más, llegaron a ser padres de una gran posteridad. Fueron capaces de conocer el bien y el mal, obtuvieron conocimiento y se les enseñó el evangelio sempiterno. Pero a la vez, Adán se encontró con que había quebrantado una ley cuya deuda no podía pagar, ni tampoco podía restablecer lo que había quebrantado. El no podía restituir, ni para sí mismo ni para dársela a sus hijos, la vida eterna o inmortal que se les había quitado. La justicia demandaba la reparación y restauración de la vida que había perdido —una vida libre del germen de la muerte.

“La sangre se convirtió para el cuerpo de Adán en el precioso líquido que da vida, que su posteridad también heredó. La sangre no era solamente la vida del cuerpo mortal, sino que también contenía el germen de la muerte que lo lleva a su fin. Anteriormente, la fuerza de vida del cuerpo de Adán
era el espíritu, el cual es asimismo el poder sustentador de todo cuerpo inmortal. Para poder restaurar esa condición inmortal y destruir el poder de la sangre, se necesitaba llevar a cabo un sacrificio infinito. Nadie que se hallara supeditado a la muerte podía pagar el precio, porque todos los seres humanos se encontraban bajo la maldición de la mortalidad. En consecuencia, se decretó en los cielos, antes de la formación del mundo, que el Unigénito del Padre debía venir a pagar la deuda que exigía la justicia y dar a la humanidad la bendición de la inmortalidad y la vida eterna.” (Joseph Fielding Smith, Man: His Origin and Destiny, págs 376-377.)

■ “De éste [Moisés 1:30-33, 35, 38-39] y otros pasajes de las Escrituras aprendemos que, representando al Padre y sirviendo su propósito de ‘llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre’, Jesucristo, en el sentido de ser su Creador y Redentor, es el Señor de todo el universo. Excepto por su ministerio mortal llevado a cabo en esta tierra, su servicio y relación con los otros mundos y sus habitantes son los mismos que los de esta tierra y sus habitantes.” (Marión G. Romney, “Jesucristo, Señor del Universo”, Liahona, abril de 1969, pág. 10.)

1. Como Unigénito de Dios, el Salvador heredó la capacidad para sufrir por los pecados de todos los hijos del Padre (véanse Jacob 4:5; D. y C. 20:21; 19:18; Mosíah 4:7).

2. El Salvador se encontraba libre de pecados personales (véanse 1 Juan 3:5; Hebreos 4:15; D. y C. 45:3-4).

3. El Salvador tenía poder sobre la muerte (véanse Juan 5:26; 10:17-18).

Por medio de sus atributos divinos y el poder del Padre, Jesús realizó la infinita y eterna expiación.
■ “Cuando El murió, las sólidas rocas se resquebrajaron, los cimientos de la tierra temblaron, terremotos estremecieron los continentes y dividieron las islas del mar, una densa obscuridad cubrió el cielo, las poderosas aguas se salieron de sus cauces, enormes montañas se hundieron y los valles se convirtieron en montañas, la mano de obra del hombre caído se derrumbó, sus ciudades se sumergieron o las consumieron los vividos rayos de los relámpagos, y todas las cosas materiales se vieron convulsionadas en medio de lo que parecía ser una disolución total. De ese modo aconteció lo que dijo el profeta Zenós: ‘Y se henderán las rocas de la tierra; y a causa de los gemidos de la tierra, muchos de los reyes de las islas del mar se verán constreñidos a exclamar por el Espíritu de Dios: ¡El Dios de la naturaleza padece!’ [1 Nefi 19:12.] Y está escrito que ‘el centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera, y dijeron: Verdaderamente éste era Hijo de Dios’. [Mateo 27:54.] De igual manera se cumplió lo que se encuentra escrito en la profecía de Enoc:

” ‘Y dijo el Señor a Enoc: Mira, y mirando, vio que el Hijo del Hombre era levantado sobre la cruz, a la manera de los hombres; y oyó una fuerte voz; y fueron cubiertos los cielos; y todas las creaciones de Dios lloraron; y la tierra gimió; y se hicieron pedazos los peñascos; y se levantaron los santos y fueron coronados a la diestra del Hijo del Hombre con coronas de gloria; y salieron cuantos espíritus se hallaban en la prisión, y se pusieron a la diestra de Dios; y el resto quedó en cadenas de tinieblas hasta el juicio del gran día.’ [Moisés 7:55-57.]

“Así, de tal magnitud fue la presión torturante de esa intensa e indescriptible agonía que rebasó los confines de Su cuerpo, convulsionó toda la naturaleza y se extendió por la inmensidad del espacio.” (Taylor, Mediation and Atonement, págs. 151-152.)

■ “Podríais correlacionar el capítulo cincuenta y tres del libro de Isaías con Alma 7:12. En Isaías el sufrimiento del Salvador se describe en forma elocuente: de qué manera El llevó nuestros pecados, y lo hizo para que pudiéramos ser redimidos y tener la vida eterna, etcétera. En Alma 7:12, el único lugar en las Escrituras en donde aparece, según mi conocimiento, encontramos lo que parecería ser otro propósito de la Expiación, hablando nuevamente del Salvador y su sufrimiento: ‘Y tomará sobre sí la muerte, para poder soltar las ligaduras de la muerte que sujetan a su pueblo; y sus enfermedades tomará él sobre sí, para que sus entrañas sean llenas de misericordia, según la carne, a fin de que según la carne pueda saber cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos’. ¿Habéis pensado alguna vez que no existía ninguna posibilidad de que Jesús pudiera saber cómo era el sufrimiento al que nos veríamos sometidos por nuestra propia estupidez y pecados (ya que El no había cometido ninguno), a no ser que El sobrellevara nuestros pecados en lo que yo llamo la horrible aritmética de la Expiación? Y de acuerdo con este profeta, Jesús ahora sabe, según la carne, como resultado de ese sufrimiento, de qué manera socorrernos y ayudarnos, conocimiento que no habría podido obtener de ninguna otra manera.” (Neal A. Maxwell, “The Oíd Testament: Relevancy within Antiquity”, A Symposium on the Oíd Testament, pág. 17.)

■ ” ‘La máxima profundidad de aflicción sobrehumana parece haberse puesto de manifiesto con su exclamación. —Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?— [Mateo 27:46.]’ ” (F. W. Farrar, The Life of Lives, págs. 506-511.)

“A esto agregamos, si interpretamos la escritura sagrada correctamente, que toda la angustia, todo el dolor y todo el sufrimiento de Jesús en Getsemaní se repitió durante sus tres últimas horas en la cruz, cuando las tinieblas cubrieron la tierra. En realidad no hay ningún sufrimiento que pueda comparársele, ni angustia ni dolor tan intensos como los que El tuvo que padecer.” (Bruce R. McConkie, The Mortal Messiah, 4:232 n. 22.)

■ “El padecimiento que El se comprometió a soportar, y que soportó, fue el equivalente del sufrimiento de toda la raza humana.” (Marión G. Romney, en Conference Report, octubre de 1969, pág. 57.)

■ “La transgresión de la ley acarreó la muerte sobre toda la posteridad de Adán; la restauración por medio de la Expiación restauró la vida a toda la familia humana . . .

“Y esta disposición [la Expiación] se aplica no solamente a los vivos, sino también a los muertos . . . Todos los hombres que han existido en todas las edades, que existen ahora o que existirán mientras permanezca la tierra, recibirán las mismas oportunidades . . . Todos los hombres pueden tener el privilegio, vivos o muertos, de aceptar las condiciones del gran plan de redención provisto por el Padre, por medio del Hijo, antes que el mundo fuese … La justicia y la misericordia de Dios pueden aplicarse a todo ser, vivo o muerto, que haya existido, que exista ahora o que existirá en el futuro.” (Taylor, Mediation and Atonement, págs. 178, 181; citado en el manual del Sacerdocio de Melquisedec, Mi mandato del Señor, 1976-77, pág. 92.)

■ “La jurisdicción y el poder de nuestro Señor se extienden mucho más allá de los límites de esta pequeña tierra en la cual vivimos. Bajo el poder del Padre, El es el Creador de incontables mundos. (Moisés 1:33.) La revelación dice que por medio del poder de Su expiación los habitantes de esos mundos ‘son engendrados hijos e hijas para Dios’ (D. y C. 76:24), lo que quiere decir que, siendo la expiación de Cristo literal y verdaderamente infinita, tiene vigencia sobre un número infinito de mundos.

“Los que tienen oídos para oír se dan cuenta de que esta doctrina se enseña en el siguiente pasaje de las Escrituras: ‘Y vimos la gloria del Hijo, a la diestra del Padre, y recibimos de su plenitud’. Al relatar la Visión, el Profeta continúa, diciendo: ‘y vimos a los santos ángeles y a los que son santificados delante de su trono, adorando a Dios y al Cordero, y lo adoran para siempre jamás. Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Qué vive! Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre; y que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios’ (D. y C. 76:20-24).

“Además del significado simple de este pasaje, tenemos la explicación que nos dio José Smith. El parafraseó en forma poética el relato completo de la Visión, y sus palabras que cubren esta parte son:

‘Angeles y huestes santos alrededor del trono contemplé, junto a seres santificados de otros mundos que existieron, Adorando en santidad a Dios y al Cordero,

Por los siglos de los siglos. Amén y amén.

‘Y oí una gran voz que atestiguaba del cielo,

El es el Salvador y el Unigénito del Padre; por El, por medio de El y de El se hicieron todos los mundos, aun todos los que se mueven en los cielos tan amplios. ‘Cuyos habitantes también, desde el primero hasta el último,

son salvos por nuestros Salvador; y son, por supuesto, hijos e hijas engendrados de Dios por intermedio de las mismas verdades y los mismos poderes.’ (Millenial Star, vol. 4, págs. 49-55.)” (McConkie, Mormon Doctrine, págs. 65-66; parte de la poesía se cita en “Cristo y la Creación”, Liahona, septiembre de 1983, págs. 26-27.)

1. Jesús se sometió a la voluntad del Padre al llevar a cabo la Expiación (véanse Mateo 26:39; Marcos 14:36; Juan 4:34; 8:29; Mosíah 15:7).

2. La Expiación fue un acto de amor puro por parte de Dios el Eterno Padre y de su Hijo Jesucristo (véanse Juan 15:13; 3:16; 1 Juan 4:7-10).
3. La expiación que llevó a cabo el Salvador comenzó en Getsemaní y terminó en el lugar de la tumba vacía (véanse Mateo 26:36-46; Lucas 22:39-44; Marcos 15:25-37).

4. El Salvador descendió por debajo de todo al tomar sobre sí los pecados de todos los hijos de Dios (véanse D. y C. 122:8; 88:6; 2 Nefi 9:21).

5. El sufrimiento que padeció el Salvador fue más intenso de lo que un ser humano podría soportar (véanse Mosíah 3:7; D. y C. 19:15-20; 1 Nefi 19:12).

6. La expiación infinita afecta a un sinnúmero de mundos y salvará a todos los hijos de Dios, excepto a los hijos de perdición (véanse Alma 34:9-10, 12; D. y C. 76:22-24, 40-43).

La expiación de Cristo concilio la ley de la justicia con la de la misericordia.
■ “Cada uno de nosotros vive en algo así como un crédito espiritual. Algún día se cerrará la cuenta y se nos demandará el pago del saldo. Cualquiera que sea el modo en que lo veamos ahora, cuando ese día
llegue y se haga inminente el cierre de la cuenta, miraremos ansiosamente a nuestro alrededor buscando alguien que nos ayude.

“Por la ley eterna, la misericordia no puede ser extendida a menos que exista alguien que esté dispuesto y pueda hacerse cargo de nuestra deuda, que pague el precio y al mismo tiempo arregle los términos de nuestra redención.

“A menos que haya un mediador, a menos que haya un amigo, deberá recaer sobre nosotros el peso total de la justicia. El precio total de cada transgresión, por pequeña o grande que sea, será balanceado y presentado sin que podamos evitarlo.

“Pero sabed esto: La verdad, la gloriosa verdad proclama que existe un Mediador.

” ‘Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre.’ (1 Timoteo 2:5.)

“Mediante El se puede extender la misericordia a cada uno de nosotros, sin temor a ofender la eterna ley de la justicia.

“Esta verdad es la raíz misma de la doctrina cristiana. Mucho podéis saber del evangelio al ramificarse desde allí, pero si solamente conocéis las ramas y esas ramas no tocan la raíz, si han “sido cortadas del árbol de esa verdad, no habrá vida, ni substancia, ni redención en ellas.” (Boyd K. Packer, “El Mediador”, Liahona, octubre de 1977, pág. 43.)

1. La misericordia no puede robar a la justicia (véanse Alma 42:13-14, 24-25).

2. La Expiación satisface la justicia, y de esa manera la misericordia puede permitir que nuestras almas se limpien por medio del arrepentimiento (véanse Alma 42:13-15, 22-25; 34:15-16; Mosíah 15:9).

3. Jesús fue el mediador, o intercesor, de todos los hijos de Dios para satisfacer las demandas de la justicia (véanse Alma 34:10-16; Mosíah 15:7-9; Isaías 53:12; Hebreos 7:25; 1 Timoteo 2:5-6).

La expiación de Jesucristo es esencial para la salvación de todos los hijos de Dios.
■ “Tal como yo lo veo, debemos levantarnos inexorables en defensa de la doctrina de la expiación efectuada por Jesucristo, de la divinidad de su concepción, de su vida inmaculada y de la divinidad de su muerte, su entrega voluntaria de la vida. No lo mataron; El entregó su vida . . .

“Nuestra es la misión, tal vez el propósito fundamental de nuestra obra, de dar constante testimonio de Jesucristo. Nunca debemos permitir que en nuestros pensamientos entre —y ciertamente nunca en nuestras enseñanzas— la idea de que El solamente fue un gran maestro, un gran filósofo, el creador de un gran sistema de principios morales. Tenemos el deber, día tras día, año tras año, siempre, de declarar que Jesús de Nazaret es el Cristo que trajo redención al mundo y a todos los habitantes del mismo.” (J. Reuben Clark, hijo, en Conference Report, octubre de 1955, págs. 22-24; citado en el manual El Antiguo Testamento, Manual para el alumno, PMSI1103SP, pág. 70.)

■ “Los hombres no pueden perdonarse sus propios pecados; no pueden purificarse a sí mismos de las consecuencias de sus pecados. Pueden dejar de pecar y pueden obrar rectamente en lo futuro, y hasta ese punto sus hechos son aceptables ante el Señor y dignos de consideración. Mas, ¿quién reparará los agravios que hayan ocasionado a sí mismos y a otros, y los cuales parece imposible que ellos mismos reparen? Mediante la expiación de Jesucristo serán lavados los pecados de aquel que se arrepienta, y aunque fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.” (Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, pág. 94.)

1. El Salvador venció la muerte física y aseguró la resurreción de todos los hijos de Dios (véanse Alma 7:12; Mosíah 16:7-10; 1 Corintios 15:21-22; Mormón 9:12-14).

2. La agonía y el sufrimiento de Cristo hicieron posible que todos escapemos del castigo eterno a condición de que nos arrepintamos (véanse Alma 7:13; D. y C. 19:15-19).

3. Por medio de la expiación de Cristo se redime a los niños pequeños (véanse Moroni 8:8; D. y C. 29:46-50; Mosíah 3:16-18; 15:25).

4. La expiación de Cristo lleva a todos nuevamente a la presencia de Dios para que El los juzgue (véanse 2 Nefi 2:10; Apocalipsis 20:11-15).

Para recibir completamente el beneficio de la Expiación, debemos hacer la voluntad del Padre y del Hijo.
1. El Salvador vino a salvar a todos los que lo obedecieran (véanse Hebreos 5:9; 2 Nefi 9:21; Mosíah 3:19; Alma 11:37).

2. Si no guardamos los mandamientos de Dios, deberemos sufrir por nuestros propios pecados (véanse Alma 11:41; D. y C. 19:15-20).

3. La misericordia se les concede a todos los que guardan los mandamientos de Dios (véanse Daniel 9:4; Oseas 10:12; Salmos 103:17-18).

— Véase Doctrina del Evangelio (Religión 231 y 232)


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