La reverencia

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La reverencia es una de las maneras en que demostramos nuestro amor y respeto hacia Dios, el Padre Eterno, y hacia su hijo, Jesucristo. Tal como lo dijo el presidente David O. McKay: “Un gran hombre es reverente. Muestra reverencia hacia la Deidad y hacia todas las cosas relacionadas con Dios” (Gospel Ideáis, pág. 226).

La adoración profunda y aceptable va siempre acompañada por la reverencia- sentimientos de temor reverente y gran respeto. Los hombres han de servir “a Dios agradándole con temor y reverencia.” (Heb. 12:28.) Ante su trono “todas las cosas se inclinan en humilde reverencia, y le rinden gloria para siempre jamás. (D. y C. 76:93.) “Santo y temible es su nombre.” (Sal. 11:9.) Se debe reverencia no solamente a Dios y su santo nombre sino también a sus leyes, evangelio, convenios, sus profetas, ordenanzas, templos, sacerdocio y a todas las cosas que ha revelado y dado para la salvación y bendición de sus hijos. Fue “por respeto o reverencia al nombre del Ser Supremo, para evitar la demasiado frecuente repetición de su nombre. La iglesia en los días antiguos dio a ese sacerdocio el nombre de Melquisedec, o sea el Sacerdocio de Melquisedec.” (D. y C. 107:4.) “Mis días de reposo guardaréis, y mi santuario tendréis en reverencia. Yo Jehová.” (Lev. 19:30; 26:2.) Esperan bendiciones a los que lo reverencien en su casa (D. y C. 109:21.) Obviamente la conducta más decorosa –desprovista de mucha risa, conversación innecesaria, de actitudes embarazosas de ningún tipo o aún de malos pensamientos— es esencial para reverenciar el santuario del Señor. Y lo que decimos de sus templos lo decimos también de sus centros de reunión.

El Presidente Joseph F. Smith ha dicho: “La estimación propia requiere, entre otras cosas, que uno se comporte como un verdadero caballero en la casa de oración. Ninguna persona decorosa irá a una casa dedicada al servicio de Dios, para cuchichear, chismear y conversar; es nuestro deber, más bién, refrenarnos a nosotros mismos, prestar atención completa al orador y concentrar la mente en sus palabras a fin de entender sus pensamientos para nuestro beneficio y provecho. . . La propia estimación, el respeto por las cosas sagradas y la pureza personal son los orígenes y la esencia de la sabiduría. Los principios del evangelio, las restricciones de la Iglesia, son como ayos para conservarnos dentro de la vía del deber. Si no fuera por estos ayos, pereceríamos y seríamos vencidos por el mal que nos rodea. . .”De modo que una cosa tan aparentemente sencilla como la conducta correcta en la casa de oración conduce a buenos resultados en muchos aspectos. El buen comportamiento conduce a la estimación propia, de la cual proviene la pureza de pensamiento y de hechos. Los pensamientos puros y los hechos nobles conducen a un deseo de servir a Dios con la fuerza de la edad viril y de ser dóciles a nuestros ayos, que son las restricciones de la Iglesia y la doctrina del evangelio de Cristo.” (Doctrina del Evangelio, pág. 327-329.)

La reverencia es una manifestación de la verdadera espiritualidad

Cuando uno tiene en cuenta todas las bendiciones que están al alcance de los santos (entre otras, la Santa Cena, el sacerdocio, las ordenanzas, el casamiento por la eternidad, el templo, etc.), resultaría difícil no estar de acuerdo con esta declaración.

El presidente McKay escribió: “La mayor manifestación de la espiritualidad es la reverencia. Por cierto que la reverencia es espiritualidad; es un respeto profundo combinado con amor. Es ‘una emoción complej a compuesta por sentimientos combinados del alma’. El escritor inglés Thomas Carlyle la define como ‘el más elevado de todos los sentimientos humanos’. Si la reverencia es el sentimiento más elevado, la irreverencia es el estado más bajo en el que pueda vivir una persona en el mundo” (“Meditation, Communion, Reverence”, Instructor, octubre de 1966, pág. 371).

La reverencia del Salvador hacia nuestro Padre constituye un ejemplo perfecto de la forma en que nosotros mismos deberíamos tratar de ser. Pero, como nos lo recordó el presidente Joseph Fielding Smith: “.. .Una cosa es servir de boca al Señor; otra, completamente diferente, es respetar y honrar su voluntad siguiendo el ejemplo que El nos ha dado” (“Sé que mi Redentor vive”, Liahona, mayo de 1972, pág. 3).

A medida que la sociedad en general sigue perdiendo de vista “las cosas que realmente importan más”, también continuará permitiendo que caigan en decadencia virtudes tales como la reverencia. El élder Howard W. Hunter, Presidente del Quórum de los Doce, dijo: “En el proceso de la decadencia moral, la reverencia es una de las primeras virtudes que desaparecen, y su pérdida en nuestros días debería ser un serio motivo de preocupación” (“Santificado sea tu nombre”, Liahona, febrero de 1978, pág. 72).

El presidente Hunter dijo también: “La oración, la reverencia, la devoción, el respeto por lo santo son los ejercicios básicos de nuestro espíritu y se deben practicar activamente, o se perderán” (“Santificado sea tu nombre, Liahona, febrero de 1978, pág. 74).

El élder Vaughn J. Featherstone, mientras servía como miembro del Obispado Presidente, dijo: “Una de las cualidades más cristianas que deberíamos desarrollar es la reverencia, esa actitud ‘ que pone de manifiesto la manera en que nos sentimos hacia nuestro Padre Celestial y hacia todo lo que El nos ha pedido que hagamos” (“Reverence”, Friend, septiembre de 1976, pág. 8).

Si el Señor cambió el nombre de su sacerdocio a fin de despertar en nosotros mayor reverencia hacia su nombre, ¿cuánto más debería interesarnos la manera de demostrar ese respeto hacia su nombre en nuestro proceder diario? ¿Qué les sucede a las personas que tratan lo concerniente a Dios ligeramente? (Véase D. y C. 84:54.)

El presidente Hunter dijo: “El Templo de Jerusalén, en donde Jesús enseñó y adoró, fue construido para demostrar respeto y devoción al Padre; aun el estilo arquitectónico enseñaba una lección silenciosa pero constante de reverencia. Todo hebreo podía gozar del privilegio de entrar en las galerías exteriores del templo, mas solamente una clase singular de hombres podía entrar en el atrio interior o lugar santo. Y solamente a un hombre se le permitía entrar en las profundidades del santuario, el Lugar Santísimo, y esto sucedía sólo un día especial del año. De esta manera se inculcaba la gran verdad de que debemos acercarnos a Dios meditativamente, con respeto y con gran preparación.

“.. .El amor al dinero había desviado el corazón de muchos de los coterráneos de Jesús; les interesaba más la ganancia que Dios. Si Dios no les importaba, ¿por qué se iban a preocupar por Su templo? Convirtieron los atrios del templo en un mercado, y sofocaron las oraciones y los salmos de los fieles con sus codiciosas empresas y con el balido de las inocentes ovejas.

Jesús nunca demostró una tempestad de emociones mayor que en esa ocasión en que purificó el templo…

“La razón de su furor se halla en sólo cinco palabras: ‘La casa de mi Padre’. Aquella no era una casa común; era la Casa de Dios y se había erigido para adorar a Dios. Era un hogar para el corazón reverente y debía ser un lugar de solaz para calmar las penas y tribulaciones del hombre, una puerta a los cielos.” (“Santificado sea tu nombre”, Liahona, febrero de 1978, págs. 72-73.)

Haga una lista de lo que podría hacer para ser más reverente y después compare su lista con las siguientes declaraciones de los profetas.

El presidente Ezra Taft Benson dijo:

“A menudo hacemos grandes esfuerzos tratando de aumentar los niveles de actividad en nuestras estacas; trabajamos diligentemente por aumentar la asistencia a las reuniones sacramentales; tratamos de obtener un mejor porcentaje de nuestros jóvenes que van a una misión; luchamos por mejorar la cantidad de casamientos en el templo. Todos éstos son esfuerzos valiosos e importantes para el crecimiento del reino, pero cuando los miembros en forma individual y como familias se compenetran en la lectura de las Escrituras en forma regular y constante, esos otros resultados llegarán en forma automática. Los testimonios aumentarán, la dedicación se fortalecerá, las familias progresarán, la revelación personal abundará…

“Hermanos míos, ¡no tratemos en forma ligera las grandes cosas que hemos recibido de la mano del Señor! Su palabra es uno de los dones más valiosos que nos ha dado. Os exhorto a volver a comprometeros a estudiar las Escrituras. Sumergios en ellas diariamente para poder tener así el poder del Espíritu como ayuda en vuestros llamamientos.” (“El poder de la palabra”, Liahona, julio de 1986, págs. 73-74.)

El presidente David O. McKay dijo lo siguiente:

“El mayor consuelo que uno puede recibir en esta vida es la seguridad de contar con una relación estrecha con Dios, y yo creo en la declaración que dice que Ta batalla más importante de esta vida es la que peleamos dentro de los rincones más secretos de nuestra propia alma’. Se ha dicho que ‘el tener consciencia de Dios es el logro más alto de la experiencia humana y es la meta suprema de la vida. Esta es la verdadera religión. Se trata de una experiencia mental y espiritual del orden más elevado’.

Muchos de vosotros, poseedores del sacerdocio, conocéis esa experiencia. Es bueno sentarse y entrar en comunión con uno mismo, llegar a entenderse interiormente y decidir en ese momento de tranquilidad que vuestra responsabilidad suprema es la familia, la Iglesia, el país y lo que uno le debe a su prójimo…

“Nunca olvidéis los grandes acontecimientos registrados en esta Iglesia como resultado de dicha comunión y debido a la forma en que el alma responde a la inspiración del Todopoderoso. ¡Yo sé que es real! Veréis que cuando tenéis esos momentos de mayor inspiración, estaréis solos con vosotros mismos y con Dios. Os llegarán tal vez cuando os hayáis enfrentado con grandes pruebas, cuando haya obstáculos en vuestro camino que parezcan imposibles de salvar, o cuando el corazón esté apesadumbrado debido a alguna de las tragedias de la vida. Repito que el mayor de los consuelos que uno puede recibir en la vida es reconocer cuando ocurre la comunión con Dios.” (En Conference Report, abril de 1967, págs. 84-85; o Improvement Era, junio de 1967, págs. 80, 81.)

“La lección que deseo daros es ésta: Hagamos de esa hora sacramental uno de los medios más eficaces de entrar en contacto con el Espíritu de Dios. Dejemos que el Espíritu Santo, al cual tenemos derecho, nos guíe a Su presencia, para que podamos percibir esa cercanía y tener en nuestro corazón una oración que El va a escuchar.” (“Meditation, Communion, Reverence”, pág. 371.)

Esto es lo que dijo el presidente Heber C. Kimball:

“Hermanos y hermanas, ved que vuestras mentes tengan sosiego y comunión con el Espíritu del Señor, y aseguraos de que su Espíritu os acompañe en todo momento, especialmente cuando vayáis a la casa de adoración’.” (Journal of Discourses, 7:16.)

En una ocasión el presidente Heber C. Kimball interrumpió un discurso que estaba dando Wilford Woodruff y dijo: “Cierren esa puerta y déjenla cerrada, pues les digo que nadie puede disfrutar de la pacífica influencia del Espíritu Santo en medio de la confusión; y estoy seguro de que esta congregación no puede disfrutarlo mientras esa puerta esté haciendo todo ese ruido” (Journal of Discourses, 4:191).

El presidente Spencer W. Kimball:

“¿Somos un pueblo reverente? ¿Muestran nuestras acciones, tanto en el hogar como en la Iglesia, reverencia hacia nuestro Creador?

“A veces tenemos nuestras dudas. Asistimos a reuniones sacramentales y conferencias en las que los niños andan a su gusto por los pasillos. Durante la reunión notamos que los adultos hablan con sus compañeros de asiento, otros dormitan y los jóvenes se reúnen en grupos en el vestíbulo. Vemos que algunas familias llegan tarde y entran haciendo ruido hasta acomodarse en sus asientos; y hay grupos de personas que hablan en voz alta en la capilla después de la reunión.” (Véase Hemos de ser un pueblo reverente, [folleto, 1976], pág. 1.)

El presidente Gordon B. Hinckley, de la Primera Presidencia, hizo la siguiente observación:

“El trato social es un aspecto importante de nuestro programa como Iglesia. Fomentamos el cultivo de amistades y de conversaciones amigables entre los miembros. Sin embargo, éstas deben efectuarse en el vestíbulo y cuando entremos en la capilla debemos comprender que nos encontramos en un recinto sagrado…

“.. .todos los que entran en la casa del Señor deben tener la impresión de que están caminando en tierra santa.” (“La reverencia y la moralidad”).

—Véase Procura obtener mi palabra


 

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