Los Artículos de Fe

  • Los Artículos de Fe

Aproximadamente doce años después de que se organizó La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, el director del periódico The Chicago Democratle pidió a José Smith que preparara para su publicación un artículo que describiera la historia y las creencias de la Iglesia. Dicho artículo resultó ser verdaderamente importante porque fue la primera declaración elemental y concisa con respecto a la doctrina de la Iglesia Mormona desde el punto de vista de su fundador, un profeta de Dios. Los puntos doctrinarios que enumeró José Smith para su publicación en aquel diario se han conocido, desde ese momento, como los Artículos de Fe.

La esencia total de la teología mormona se encuentra en estos trece artículos o declaraciones de fe. No obstante, examinemos dichos Artículos a fin de que usted pueda evaluar la magnitud de nuestra doctrina.

1. Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, yen Su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo.

Siendo que hemos analizado anteriormente ciertos temas, es probable que usted tenga ya una buena idea del concepto que tenemos acerca de nuestro Padre Celestial y de nuestro Salvador, Jesucristo. Anidamos sentimientos muy firmes y muy íntimos en cuanto a ellos. Dios es, verdaderamente, nuestro Padre Celestial y posee toda la calidez, la ternura y el genuino interés que la palabra padre en realidad encierra. De la misma manera, Jesús es nuestro Señor y Maestro, lleno de majestad y gloria. El es también el primer Hijo espiritual de Dios y, por lo tanto, nuestro Hermano. Su amor por nosotros es, en consecuencia, tan familiar y personal como nuestro amor por El.

Nuestro mensaje al mundo es que existe en los cielos un bondadoso y amoroso Dios que envió a la tierra a Su Hijo Unigénito, Jesucristo, para que nos enseñara Su evangelio, organizara Su Iglesia y padeciera la Expiación por los pecados del mundo—aunque no precisamente en ese orden. Esta es la suprema verdad sobre la cual se basan todas las demás verdades.

El tercer miembro de la Trinidad es el Espíritu Santo — también denominado a veces el Espíritu de Dios, el Espíritu del Señor o el Consolador—quien tiene la magnífica misión de testificar acerca de la verdad, especialmente en lo que al Padre y al Hijo respecta. Si creemos en Dios con todo el corazón, es sólo porque el poder del Espíritu Santo nos ha confirmado en el alma esa importante verdad. Si amamos al Señor, es porque el Espíritu Santo nos inspira a ello y ha infundido en nuestro ser Su divina existencia y Su infinita misericordia. Y si usted, al leer este libro, ha podido experimentar algún sentimiento reconfortante y positivo, es porque el Espíritu Santo le confirma mi testimonio y le está diciendo que lo que he escrito es verdadero.

Prácticamente toda persona ha sentido la influencia del Espíritu Santo en algún momento de su vida. Es a través del Espíritu Santo que la verdad se confirma en nuestra alma. Pero el ministerio primordial del Espíritu Santo consiste en ayudarnos a creer y obedecer las enseñanzas de nuestro

Padre Celestial y de Su Hijo, y a fin de poder llevar a cabo esa misión es necesario que sea diferente —al menos en un sentido particular —que los otros miembros de la Trinidad. Por medio de José Smith, el Señor reveló que “el Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hijo; pero el Espíritu Santo no tiene un cuerpo de carne y huesos, sino es un personaje de Espíritu. De no ser así, el Espíritu Santo no podría morar en nosotros.” (D. y C. 130:22.)

Como ya lo hemos indicado, el albedrío moral es una parte esencial del plan de Dios para el eterno progreso del hombre. Nuestro Padre Celestial y Jesucristo nos confirieron el derecho de escoger, mientras que el Espíritu Santo está a nuestra disposición para ayudarnos a adoptar decisiones correctas—siempre y cuando tengamos la voluntad de escucharle.

Hace años, mi padre era propietario de un establecimiento de ventas de automóviles y también yo tuve después el mismo tipo de negocio. Cierto día llegó a nuestra ciudad una delegación de la Compañía de Automotores Ford en procura de un representante para una nueva línea de magníficos automóviles que querían introducir al mercado y que, según ellos, iba a revolucionar toda la industria. Aquel nuevo automóvil iba a ser tan extraordinario que el presidente de la compañía planeaba darle al modelo el nombre de su propio padre. Por consiguiente, los directivos de la Ford estaban ansiosos por encontrar al representante local indicado para la empresa y me visitaron varias veces al respecto. Y, debo confesarlo, eran todos muy persuasivos.

Yo me sentía muy indeciso acerca de si me convendría o no ser su representante local. Nos estaba yendo muy bien con las marcas que representábamos y tenía el temor de que la nueva línea afectara negativamente mi negocio. Pero si este nuevo automóvil iba a tener siquiera la mitad del éxito

que Ford le auguraba, yo cometería un grave error si rechazaba lo que podría ser la gran oportunidad de mi vida.

Entonces decidí orar en procura de inspiración. Quizás usted se pregunte si es lógico pedirle a Dios que nos ayude a tomar decisiones que tengan que ver con cuestiones de negocio e inversiones. Pero yo creo en las palabras de Amulek, un profeta del Libro de Mormón, que dijo: “Clamad [al Señor] por las cosechas de vuestros campos, a fin de que prosperéis en ellas. Clamad por los rebaños de vuestros campos para que aumenten… Sí, y cuando no estéis clamando al Señor, dejad que rebosen vuestros corazones, entregados continuamente en oración a él por vuestro bienestar, así como por el bienestar de los que os rodean.” (Alma 34:24-27.)

Y así fue que rogué para que mi Padre Celestial me ayudara en adoptar aquella importante decisión acerca del negocio. Y El respondió a mis oraciones. Cuando mi padre y yo vimos por primera vez aquel automóvil, tuve la clara impresión de que no debía aceptar la representación. En ese momento no tuve duda alguna de que ello había de ser un gran error.

Pero la gente de Ford no me pidió que firmara el contrato inmediatamente, sino que me dieron tiempo para pensarlo y continuaron tratando de convencerme. Lamento tener que reconocer que, finalmente, accedí ante sus insistencias y, haciendo caso omiso a lo que había sentido después de mis oraciones, firmé el acuerdo para ser el primer distribuidor del modelo Edsel en Salt Lake City. Si sabe usted algo acerca de la industria automotriz, quizás sepa asimismo que fui el último distribuidor del modelo Edsel en la ciudad, porque ese coche resultó ser uno de los más grandes fracasos en la historia del automóvil. No solamente Ford perdió cientos de millones de dólares en aquella empresa, sino que también todos sus representantes— incluso yo mismo—tuvieron grandes pérdidas. Sin duda que Ford le auguraba, yo cometería un grave error si rechazaba lo que podría ser la gran oportunidad de mi vida.

Entonces decidí orar en procura de inspiración. Quizás usted se pregunte si es lógico pedirle a Dios que nos ayude a tomar decisiones que tengan que ver con cuestiones de negocio e inversiones. Pero yo creo en las palabras de Amulek, un profeta del Libro de Mormón, que dijo: “Clamad [al Señor] por las cosechas de vuestros campos, a fin de que prosperéis en ellas. Clamad por los rebaños de vuestros campos para que aumenten… Sí, y cuando no estéis clamando al Señor, dejad que rebosen vuestros corazones, entregados continuamente en oración a él por vuestro bienestar, así como por el bienestar de los que os rodean.” (Alma 34:24-27.)

Y así fue que rogué para que mi Padre Celestial me ayudara en adoptar aquella importante decisión acerca del negocio. Y El respondió a mis oraciones. Cuando mi padre y yo vimos por primera vez aquel automóvil, tuve la clara impresión de que no debía aceptar la representación. En ese momento no tuve duda alguna de que ello había de ser un gran error.

Pero la gente de Ford no me pidió que firmara el contrato inmediatamente, sino que me dieron tiempo para pensarlo y continuaron tratando de convencerme. Lamento tener que reconocer que, finalmente, accedí ante sus insistencias y, haciendo caso omiso a lo que había sentido después de mis oraciones, firmé el acuerdo para ser el primer distribuidor del modelo Edsel en Salt Lake City. Si sabe usted algo acerca de la industria automotriz, quizás sepa asimismo que fui el último distribuidor del modelo Edsel en la ciudad, porque ese coche resultó ser uno de los más grandes fracasos en la historia del automóvil. No solamente Ford perdió cientos de millones de dólares en aquella empresa, sino que también todos sus representantes— incluso yo mismo—tuvieron grandes pérdidas. Sin duda alguna, aquél fue el período más obscuro de mi carrera comercial.

Y todo eso podría haberse evitado—al menos en mi caso—si solamente hubiera escuchado el susurro del Espíritu Santo. He aquí lo irónico de la situación. Yo había orado para pedir inspiración y, por medio del Espíritu Santo, el Señor me dio Su consejo en forma clara y específica. No obstante, así y todo, decidí no hacer caso a la inspiración y mi familia y yo sufrimos luego las consecuencias.

Afortunadamente, aquella experiencia y otras similares que he tenido me enseñaron cuan importante es saber escuchar al Espíritu cuando nos habla. Yo he tenido numerosas y benéficas experiencias al responder debidamente a tales estímulos espirituales. Sé que no podría desempeñar mis funciones como Apóstol del Señor Jesucristo sin la guía y la constante influencia de ese tercer miembro de la Trinidad que es el Espíritu Santo.

2. Creemos que los hombres serán castigados por sus propios pecados, y no por la transgresión de Adán.

El segundo artículo de fe se relaciona con el concepto tradicional cristiano del Pecado Original, el cual establece que, debido a la caída de Adán y Eva en el Jardín de Edén, todos los que nacen en este mundo son pecadores. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no concuerda con la idea del Pecado Original y el efecto negativo que el concepto tiene en la humanidad. En realidad, nosotros honramos y respetamos a Adán y a Eva por su sabiduría y su visión de las cosas. Su vida en el Jardín de Edén era feliz y apacible; el que escogieran dejar atrás todo eso a fin de que toda la familia humana pudiese experimentar tanto los triunfos como los tormentos de la mortalidad, no debe haber sido nada fácil. Pero nosotros creemos que ellos escogieron la vida mortal y que, al hacerlo, posibilitaron nuestra participación en el plan extraordinario y eterno de nuestro Padre Celestial.

Aunque es verdad que todos los que habitamos este planeta hemos cometido errores de cuando en cuando en la vida, no creemos que hayamos nacido pecadores. En realidad, como el profeta Mormón le enseñó a su hijo Moroni, creemos que “los niños pequeños viven en Cristo, aun desde la fundación del mundo”. (Moroni 8:12.)

En otras palabras, nacemos buenos; aprendemos a pecar a medida que vamos creciendo. Y si usted necesita una evidencia de esta doctrina, sólo tiene que mirar al niño pequeñito que se encuentre más cerca de usted. Contemple profundamente sus ojos. ¿Ha visto jamás tanta dulzura y tanta belleza en otros? Es como si a través de los ojos de esa criatura uno estuviera contemplando los cielos.

Por supuesto que esto puede cambiar en su vida futura, cuando la dulce mirada de la inocencia se transforma en la mirada huraña de malicia. Y es entonces cuando los niños arriban a la edad de responsabilidad y llegan a ser capaces de pecar—cuando aprenden y comprenden la diferencia entre lo bueno y lo malo. Por medio del profeta José Smith, el Señor ha revelado que se llega a la edad de responsabilidad al cumplir los ocho años. Los padres tienen la responsabilidad de enseñar a sus hijos para que entiendan las doctrinas del Reino de Dios y prepararlos para cuando deban asumir sus responsabilidades eternas.

Y en cuanto a “la transgresión de Adán,” no es necesario preocuparse. Usted no es más responsable de los errores de Adán que él de los de usted. Este es el principio del albedrío moral—cada uno de nosotros toma sus propias decisiones y es personalmente responsable de las consecuencias. Si bien es cierto que a todos nos afectan las decisiones que adoptan los demás, inclusive Adán, sólo seremos considerados responsables de nuestras propias resoluciones. Cada uno debe proceder de la mejor manera posible, lo cual, por supuesto, podrá confrontarnos con buenos o malos resultados—y esto depende de cuan hábiles seamos para adoptar decisiones.

3. Creemos que por la Expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio.

No existe en todo el cristianismo nada más maravilloso que la doctrina de la Expiación. Yo pienso en esto—y se lo agradezco a Dios—todos los días de mi vida. Y aunque ya hemos considerado la benevolencia del Señor en páginas anteriores, creo que hay una parte de esta doctrina que merece una más amplia atención.

Merced a Su sacrificio expiatorio, Jesucristo cumplió dos actos de extremo valor. En primer lugar, venció la muerte, gracias a lo cual todos disfrutaremos de la vida sempiterna con un cuerpo resucitado. En segundo lugar, padeció el peso y los dolores de nuestros pecados a fin de que pudiéramos tener el privilegio de vivir eternamente en la presencia de Dios, si tenemos fe en Cristo como nuestro Salvador y guardamos Sus mandamientos. El primero de estos beneficie^—la salvación de los efectos de la muerte—nos ha sido dado a todos gratuitamente. El segundo—la exaltación en el reino celestial de Dios—requiere de nuestra parte el esfuerzo necesario para creer, arrepentimos y ser “hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores.” (Santiago 1:22.)

Por tanto, creemos en la enseñanza del profeta Nefi, en el Libro de Mormón, de que “es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos.” (2 Nefi 25:23.)

Pero también comprendemos lo que dijo Juan el Revelador cuando, en su profética visión, vio “a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.” (Apocalipsis 20:12.)

Por supuesto que, no importa lo que hagamos, no debemos olvidar que disponemos de ambos dones—la salvación y la exaltación—solamente en y por medio de Jesucristo, nuestro Salvador. Y sucede algo muy interesante cuando aceptamos el completo beneficio de las promesas que la Expiación ofrece para una eternidad feliz. Quienes se arrepienten y “vienen a Cristo” (Moroni 10:23), descubren que les resulta más fácil resistir a la vez los problemas de la vida mortal.

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados,” dijo nuestro Salvador, “y yo os haré descansar.

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;

“Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.” (Mateo 11:28-30.)

Y así, la Expiación es un principio de consolación y fortalecimiento a través de las tribulaciones y adversidades para todos los que acepten su poderosa influencia—en esta vida y para siempre.

4. Creemos que los primeros principios y ordenanzas del Evangelio son: primero, Fe en el Señor Jesucristo; segundo, Arrepentimiento; tercero, Bautismo por inmersión para la remisión de los pecados; cuarto, Imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo.

La fe en Cristo y el arrepentimiento por medio de Su Expiación constituyen el fundamento del evangelio que enseña La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Mas, ¿qué podemos decir en cuanto al bautismo?

El apóstol James E. Talmage definió el bautismo como “el sendero que conduce al rebaño de Cristo, el portal de la Iglesia, la ceremonia establecida para la naturalización en el reino de Dios.” (Artículos de Fe [Salt Lake City: Deseret Book, 1913], pág. 120.) Mediante el bautismo tomamos sobre nosotros el nombre de Cristo y prometemos hacer todo lo que El mismo haría, incluso ser obedientes a los mandamientos de Dios. A cambio de ello, el Señor nos promete que enviará Su Espíritu para que nos guíe, nos fortalezca y nos reconforte. Y probablemente lo que es más importante aún, nos promete el perdón de nuestros pecados a condición de que nos hayamos arrepentido de ellos. En esencia, las aguas del bautismo lavan los pecados de quienes aceptan esa ordenanza. Al salir de la pila bautismal, la persona queda tan libre de pecados y limpia como en el día de su nacimiento.

Alma, un profeta del Libro de Mormón, ofreció esta invitación a su pueblo: “Venid, pues, y sed bautizados para arrepentimiento, a fin de que seáis lavados de vuestros pecados, para que tengáis fe en el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo, que es poderoso para salvar y para limpiar de toda iniquidad.

“Sí, os digo, venid y no temáis, y desechad todo pecado, pecado que fácilmente os envuelve, que os liga hasta la destrucción; sí, venid y adelantaos, y manifestad a vuestro Dios que estáis dispuestos a arrepentiros de vuestros pecados y a concertar un convenio con él de guardar sus mandamientos, y testificádselo hoy, yendo a las aguas del bautismo”. (Alma 7:14-15.)

Fue Jesús, por supuesto, quien estableció el ejemplo de esto durante su ministerio terrenal. Las Escrituras nos dicen que antes de comenzar los tres años de Su obra misional, buscó a Su primo, Juan el Bautista, que poseía la autoridad del sacerdocio para bautizar.

“Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?

“Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos con toda justicia. Entonces le dejó.

“Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él.

“Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.” (Mateo 3:14-17.)

Naturalmente, Jesús no necesitaba ser bautizado para la remisión de pecados porque había vivido una vida inmaculada. Pero el profeta Nefi, en el Libro de Mormón, explicó que nuestro Salvador “muestra a los hijos de los hombres que, según la carne, él se humilla ante el Padre, y testifica al Padre que le sería obediente al observar sus mandamientos.” (2 Nefi 31:7.)

Como en todas las cosas, el mayor deseo de los Santos de los Últimos Días es seguir el ejemplo que estableció Jesús, por lo cual creemos en la ordenanza esencial del bautismo por inmersión para la remisión de los pecados.

Poco después de que es bautizada, los dignos poseedores del sacerdocio ponen sus manos sobre la cabeza de la persona, la confirman miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y le confieren un privilegio muy especial, que es el don del Espíritu Santo. Aunque la mayoría de los habitantes de nuestro planeta podrán sentir de vez en cuando la influencia del Espíritu del Señor con respecto a la verdad, quienes hayan demostrado el deseo de seguir y servir al Señor por medio del bautismo y hayan recibido el don del Espíritu Santo mediante la imposición de manos tienen el derecho de Su guía espiritual. Si viven con rectitud, recibirán la orientación del Espíritu que, si deciden obedecerle, habrá de conducirles al hogar de nuestro Padre Celestial.

El don del Espíritu Santo enriquece nuestra relación con ese miembro de la Trinidad. En cierto modo, es como vivir junto a una estación de bomberos. Aunque a todos les corresponde recibir los servicios del departamento de bomberos, la persona más a salvo es la que vive al lado de la estación. Y eso es lo que hace el don del Espíritu Santo— hace del Espíritu una parte íntima de nuestra vida, introduciéndolo en nuestro corazón y en nuestra alma y lo pone a nuestra disposición, lo que constituye una enorme ventaja por cierto, aunque solamente si estamos dispuestos a prestar atención a Sus sugerencias e impresiones.

5. Creemos que el hombre debe ser llamado por Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas.

Como ya lo hemos indicado con anterioridad, el sacerdocio de Dios es la autoridad conferida a los seres humanos para que hagan lo que El y nuestro Salvador harían si estuvieran viviendo entre nosotros. Es el conducto a través del cual nuestro Padre Celestial gobierna a Sus hijos en forma ordenada y tolerante.

El gobierno del sacerdocio difiere drásticamente de toda otra forma de gobierno. Mientras que con demasiada frecuencia los gobiernos humanos se basan en revoluciones y se manejan por el poder, el gobierno del sacerdocio está inspirado en la revelación y es impulsado por el Todopoderoso. Y en tanto que el propio centro de los gobiernos humanos es la ley forjada por legisladores de capacidad y propósitos varios, el corazón mismo del gobierno del sacerdocio son los mandamientos de Dios, creados por un Padre Celestial bondadoso y amoroso, de capacidad infinita, cuyo único fin es nuestro éxito sempiterno.

Y si pensamos detenidamente al respecto, ése es el solo propósito de la autoridad del sacerdocio: Ayudar a los hijos de nuestro Padre Celestial para que retornen con felicidad a Su hogar.

6. Creemos en la misma organización que existió en la Iglesia Primitiva, esto es, apóstoles, profetas, pastores, maestros, evangelistas, etc.

La idea de que Jesús haya organizado una iglesia durante Su permanencia en la tierra es, para algunos, algo nuevo y quizás un poco desconcertante. Pero es indudable que lo hizo. Pablo indica que Jesús “constituyó a unos apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros.” (Efesios 4:ll.)

Y, ¿por qué hizo esto?

” A fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo,

“Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo;

“Para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error.” (Efesios 4:12-14.)

Como ya se ha indicado, la iglesia que organizó Jesucristo durante Su ministerio terrenal no logró sobrevivir totalmente después de cumplirse el primer siglo desde Su muerte y resurrección en Jerusalén. Por eso fue que Pedro profetizó que se necesitaría una “restauración de todas las cosas” (Hechos 3:21)—incluso la organización misma de la Iglesia de Cristo. Y nosotros creemos que esa restitución o restauración tuvo lugar por intermedio del profeta José Smith y que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es, verdaderamente, la Iglesia de Cristo sobre la tierra, con un profeta viviente a la cabeza y un inspirado Consejo de Doce Apóstoles. Es, en todo sentido, la Iglesia de Jesucristo.

Esto es una gran bendición en la vida de quienes creen y escuchan a estos profetas y apóstoles vivientes, aunque saber que existe un profeta de Dios en la actualidad no exime a los Santos de los Últimos Días del deber que tienen de pensar y actuar por sí mismos. Todos tenemos la responsabilidad de corresponder a las sugerencias del Espíritu Santo en la vida, pero el consejo inspirado de los siervos escogidos de Dios provee a quienes lo escuchan una fuente adicional de fortaleza y discernimiento. Gracias a ello se aclaran los principios del evangelio y se explica mejor el plan de salvación a fin de que todos podamos aprender cómo vivir de conformidad con las enseñanzas del Señor.

Aquellos que aceptan las revelaciones modernas que reciben los profetas y apóstoles de la actualidad enfrentan con mayor confianza las pruebas más duras de la vida porque saben a quién recurrir para encontrar la verdad.

7. Creemos en el don de lenguas, profecía, revelación, visiones, sanidades, interpretación de lenguas, etc.

Damos testimonio al mundo de que los dones espirituales que abundaron en la época de Cristo y Sus Apóstoles se manifiestan hoy día en la vida de los hijos de Dios con igual intensidad y profusión. De acuerdo con nuestro Salvador, estos dones espirituales “se dan para el beneficio de los que me aman y guardan todos mis mandamientos, y de los que procuran hacerlo; para que se beneficien todos.” (D. y C. 46:9.)

Tenemos en todo el mundo misioneros que han recibido el don de lenguas a fin de poder enseñar el evangelio en su plenitud a todas las naciones. Tenemos profetas que reciben revelaciones—y visiones—divinas mediante las cuales nuestro Padre Celestial comunica Su voluntad a Sus hijos. Experimentamos milagros de sanidades por medio del poder de la fe y la autoridad del sacerdocio “para que se beneficien todos.”

“Y todos estos dones vienen de Dios,” le declaró el Señor a José Smith, “para el beneficio de los hijos de Dios.” (D. y C. 46:26.)

Hace varios años, encontrándome yo en mi oficina, tuve la súbita impresión de que debía ir hasta un hospital cercano a ver a un vecino al que habían internado a raíz de un problema en el corazón. Por un momento, siendo que no se me había dicho que la condición de mi amigo fuera seria, pensé que podría visitarlo de paso cuando regresara a mi hogar. Pero el impulso espiritual que sentía era fuerte: debía ir inmediatamente. A esta altura de mi vida yo había aprendido ya a responder a la inspiración del Espíritu Santo, así que me puse en marcha—sin saber en realidad por qué.

Cuando llegué al hospital, me informaron que mi amigo acababa de sufrir un grave ataque cardíaco. Aunque se hallaba solo en su habitación y parecía estar dormido, sentí que debía darle una bendición de salud y total recuperación. Entonces puse mis manos sobre su cabeza y lo bendije por medio de la autoridad del sacerdocio.

Se me dijo luego que la salud de mi vecino comenzó a mejorar a poco de haber recibido aquella bendición. A los cinco días salió del hospital y en menos de un mes se recuperó considerablemente.

“Han pasado ya ocho años,” me dijo hace poco mi amigo por carta. “Todavía trabajo entre ocho y diez horas diarias, juego al golf, camino todos los días y hasta practico esquí acuático. Y nunca me olvido de que, a juzgar por todo lo que pasé, tendría que estar muerto ya. Quiero agradecerle estos ocho años. ¡Y también doy gracias a Dios!”

¿Se ha terminado la era de los milagros? Por cierto que no. Dios continúa realizando cosas milagrosas entre Sus hijos por medio de los dones del Espíritu.

8. Creemos que la Biblia es la palabra de Dios hasta donde está traducida correctamente; también creemos que el Libro de Mormón es la palabra de Dios.

Tal como ya lo hemos declarado, los Santos de los Últimos Días apreciamos y reverenciamos la Santa Biblia como la palabra de Dios. La leemos, la estudiamos y la utilizamos en nuestras enseñanzas. Las magníficas historias y mensajes del Antiguo y el Nuevo Testamento enriquecen nuestra vida.

No obstante, sabemos que la Biblia ha estado sujeta a innumerables traducciones desde que se redactaron sus capítulos hasta el presente. A través de esas traducciones se fueron introduciendo cambios y alteraciones que han ido reduciendo la pureza de la doctrina. Aunque es ciertamente un milagro que la Biblia haya perdurado a través de las edades, no se puede decir que la hemos heredado en forma intacta.

Por eso es que los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días estamos tan agradecidos por disponer del discernimiento, las revelaciones y la inspiración adicionales que contienen el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio. Estos volúmenes de Escrituras confirman las verdades de la Biblia a la vez que amplían el horizonte doctrinal más allá de los límites bíblicos. Y lo hacen al agregar otros testimonios al de la Biblia de que Dios vive, que Jesús es el Cristo y que ambos nos aman tanto como para preparar el camino por el cual podremos regresar para vivir en paz y con felicidad.

9. Creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios.

Entre todos los maravillosos dones del Espíritu se destaca el don de la revelación. Tal como el profeta Amos declara en el Antiguo Testamento, “Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas.” (Amos 3:7.) Yo he tenido el privilegio de conocer a varios profetas vivientes de Dios y de asociarme con ellos, y puedo, dar mi humilde testimonio de que los cielos no están cerrados. Aunque ha habido épocas en la historia del mundo cuando, por causa de la apostasía y la incredulidad, la Iglesia del Señor fue quitada de la tierra y que, por consiguiente, cesaron por un tiempo las revelaciones a los profetas, eso no es lo que sucede en la actualidad. El Evangelio de Jesucristo ha sido restaurado y Dios continúa revelando Su voluntad por medio de hombres que ha llamado para que sean Sus representantes en la tierra.

Es importante entender que, en primer lugar, no fue Dios quien cerró los cielos al hombre, sino que éste lo hizo. Fue el hombre quien dijo que no habría de recibirse más revelaciones y que Dios ya había dicho todo lo que tenía que decir. ¡Cuán presuntuoso fue el hombre para decirle a Dios que no hablara más a Sus hijos! En realidad, como ya lo hemos indicado, nuestro Padre Celestial le habló a un joven de catorce años de edad quien, teniendo fe en que le respondería, se dirigió a El por medio de una sencilla y humilde oración. Me reconforta saber que en la actualidad Dios ama tanto a Sus hijos como amó a aquellos que en la antigüedad contaban con las bendiciones y el beneficio que la dirección de los profetas provee.

Pero Dios no habla solamente a quienes han sido llamados como profetas y reveladores. Usted y yo podemos recibir revelaciones de naturaleza personal para el beneficio de nuestra vida, la vida de nuestros familiares y aun en cuanto a nuestras responsabilidades individuales, si estamos dispuestos a vivir de modo que podamos estar atentos y ser receptivos a la inspiración del Espíritu Santo. El Señor ha dicho, por medio del profeta Nefi: “Daré a los hijos de los hombres línea por línea, precepto por precepto, un poco aquí y un poco allí; y benditos son aquellos que escuchan mis preceptos y prestan atención a mis consejos, porque aprenderán sabiduría; pues a quien reciba, le daré más; y a los que digan: Tenemos bastante, les será quitado aun lo que tuvieren.” (2 Nefi 28:30.)

10. Creemos en la congregación literal del pueblo de Israel yen la restauración de las Diez Tribus; que Sión (la Nueva Jerusalén) será edificada sobre el continente americano; que Cristo reinará personalmente sobre la tierra, y que la tierra será renovada y recibirá su gloria paradisíaca.

El décimo artículo de fe se refiere al profético destino del continente americano y al reino personal milenario de Cristo sobre la tierra. Confirma todas las profecías concernientes a la segunda venida de Cristo y al recogimiento del pueblo de Israel y el retorno de las Diez Tribus que se dispersaron cuando, alrededor del año 722 a. de J.C., tuvo lugar la invasión de los asirios. No es mi intención explicar en detalle esta doctrina, pero básteme decir que nosotros creemos que todo lo que han predicho los profetas de Dios habrá de acontecer y que Jesucristo retornará a la tierra con todo Su poder y majestad como Rey de Reyes para rescatar a Su pueblo y brindarle una era milenaria de paz.

Por supuesto que algunos consideran que esto es un tanto aterrador. Al fin y al cabo, estas profecías también contienen promesas de que habrá problemas, anormalidades y tragedias en todo el mundo. Y aunque reconozco que habremos de sufrir dificultades, me consuela saber que el Señor está al mando de las cosas. El conoce el fin desde el principio y nos ha dado adecuadas instrucciones que, si las seguimos, nos protegerán en toda circunstancia. Sus propósitos se cumplirán y algún día los comprenderemos.

Por el momento, sin embargo, debemos tener cuidado de no reaccionar en forma desmedida al respecto ni excedernos en preparaciones exageradas. Sólo debemos cumplir los mandamientos de Dios y nunca perder las esperanzas.

“No temáis, rebañito,” reveló el Señor por medio de José Smith, “haced lo bueno; aunque se combinen en contra de vosotros la tierra y el infierno, pues si estáis edificados sobre mi roca, no pueden prevalecer…. Elevad hacia mí todo pensamiento; no dudéis; no temáis.” (D. y C. 6:34, 36.)

11. Reclamamos el derecho de adorar a Dios Todopoderoso conforme a los dictados de nuestra propia conciencia, y concedemos a todos los hombres el mismo privilegio: que adoren cómo, dónde o lo que deseen.

Dada la historia de la persecución a la que fueron sometidos los miembros de nuestra Iglesia, resulta fácil entender por qué el principio de la tolerancia es tan importante para nosotros. A la vez, es también importante la responsabilidad de todo Santo de los Últimos Días de preservar y proteger el mismo derecho para los demás—lo que significa que habrá ocasiones en que podríamos defender prácticas religiosas de otros aunque no estemos necesariamente de acuerdo con ellas. Pero cuando hablamos de tolerancia, ello no quiere decir que nuestras creencias deben ser afines o compartidas, sino más bien que debemos vivir en armonía a pesar de nuestras más serias diferencias y dedicar parte de nuestros esfuerzos a la protección del derecho de ser diferentes.

Esto quizás le lleve a preguntarse cómo es que los Santos de los Últimos Días dedicamos entonces tanta energía para tratar de convertir a otros para que piensen y adoren a Dios como nosotros. No crea que es porque consideramos que los demás no tienen el derecho de adorar como lo decidan. Pero una parte de nuestra creencia incluye el divino mandamiento de compartir con otros nuestra fe, así como el gozo y la paz que encontramos en ella.

“Y os mando que os enseñéis el uno al otro la doctrina del reino,” dijo el Señor por intermedio del profeta José Smith.

“Enseñaos diligentemente, y mi gracia os acompañará, para que seáis más perfectamente instruidos en teoría, en principio, en doctrina, en la ley del evangelio, en todas las cosas que pertenecen al reino de Dios, que os conviene comprender;

“De cosas tanto en el cielo como en la tierra, y debajo de la tierra; cosas que han sido, que son y que pronto han de acontecer; cosas que existen en el país, cosas que existen en el extranjero; las guerras y perplejidades de las naciones, y los juicios que se ciernen sobre el país; y también el conocimiento de los países y de los reinos…

“He aquí, os envié para testificar y amonestar al pueblo, y conviene que todo hombre que ha sido amonestado, amoneste a su prójimo.” (D. y C. 88:77-79, 81.)

Y es por eso que compartimos nuestras creencias como una voz de amonestación e invitamos a todos, diciendo: “Venid a Cristo, y perfeccionaos en él.” (Moroni 10:32.) Pero, como siempre, está en ellos decidir si han de responder a dicha amonestación e invitación.

12. Creemos en estar sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes y magistrados; en obedecer, honrar y sostener la ley.

El patriotismo siempre ha sido algo muy importante para los Santos de los Últimos Días, más allá de nacionalidades o filosofías políticas. En 1835, José Smith declaró:

” Creemos que Dios instituyó los gobiernos para el beneficio del hombre, y que él hace a los hombres responsables de sus hechos con relación a dichos gobiernos, tanto en la formulación de leyes como en la administración de éstas, para el bien y la protección de la sociedad/’ (D. y C. 134:1.) En la actualidad hay Santos de los Últimos Días en casi todas las naciones del mundo y obran bajo casi todos los sistemas gubernativos que uno pueda imaginar. Mas para cada uno de ellos esa declaración es verdadera: “Creemos en… obedecer, honrar y sostener la ley.”

13. Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer el bien a todos los hombres; en verdad, podemos decirque seguimos la admonición de Pablo: Todo lo creemos, todo lo esperamos; hemos sufrido muchas cosasyespe-ramos sufrir todas las cosas. Si hay algo virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza, a esto aspiramos.

José Smith concluyó los Artículos de Fe con esta elocuente declaración de creencia cristiana, que en su totalidad constituye un poderoso enunciado sobre la religión que los Santos de los Últimos Días hemos adoptado y tratamos de practicar. Es una religión positiva y dinámica. Es expansiva y progresista. Y más que nada, nos infunde esperanzas.

La esperanza es, para la vida, un principio de valor incalculable. Nace de la fe y da significado y propósito a todo lo que hacemos. Nos confiere asimismo esa apacible certidumbre que necesitamos para vivir con felicidad en un mundo lleno de iniquidad, calamidades e injusticia.

Al aproximarse al final de Su ministerio terrenal, nuestro Salvador ofreció a Sus amados discípulos esa tranquilizadora esperanza al decirles: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” (Juan 14:27.)

Esa es la esperanza a que nos aferramos, como la declaró José Smith en los Artículos de Fe. Y la paz que promete a toda la humanidad es “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento.” (Filipenses 4:7.)

—Véase Nuestra Búsqueda de la Felicidad – M. Russell Ballard


Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s