Desinterés

  • Desinterés no se busca a si mismo

Consideración para con los demás —para su felicidad, su triunfo su prosperidad, su bienestar, sin demasiada preocupación por los deseos personales egoístas y más allá de las necesidades de uno mismo— tal consideración nos conduce a los hechos de generosidad y aún de magnanimidad. Los “Actos de Generosidad” incluyen la “Caridad” la cual en este sentido —no es el sentido completo de la palabra usado por Pablo— es la entrega de la limosna que deben de dar al que recibe más confort en su vida y de este modo, hacerla más placentera.

El joven rico que buscó a Jesús para preguntarle que debía hacer para salvarse (Mateo 19:21-22), por medio de su propia declaración, había guardado los mandamientos que Jesús enumeró, pero era incapaz de ser desinteresado y distribuir sus bienes a los pobres. Era incapaz de guardar el segundo gran mandamiento por completo y “se fue triste”.

Pablo escribiendo a los Romanos, replicó:

‘‘Nosotros… los que somos fuertes debemos de soportar las flaquezas de los débiles y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrada a su prójimo en lo que es bueno, para edificación. Porque ni aún Cristo se agradó a si mismo…”. (Romanos 15:1-3).

Otra vez Pablo escribió:
“(Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo. (Gálatas 6:2).

Una de las epístolas de Juan también contiene una poderosa declaración sobre el particular y el autor se refiere específicamente a los ricos en este párrafo.
“Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón. ¿Cómo mora el amor de Dios en él? (1 Juan 3:17).

El principio de un completo desinterés de una persona, en el sentido de la generosidad, se muestra en la forma en que los discípulos de Jesús vivieron después que el Salvador fue quitado de este mundo. En Hechos 4:34-35 se encuentra la siguiente descripción:

“Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas las vendían y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a les pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad”.

Esto probablemente no se mantuvo por mocho tiempo, pues no sabemos que se haya continuad: esta práctica. Algo similar se procuró hacer en la Iglesia de los Últimas Días, floreció por un tiempo, y luego fue descartado por el egoísmo infiltrado en esta práctica. Es necesario ser casi perfecto para poder ser completamente desinteresado. Muy pocos se atienen a este estatuto, tenido en el consejo del Salvador en el Sermón del Monte que segundo gran mandamiento.

La fase del desinterés conocida como “magnanimidad” es un desinterés en un grado aún mayor. Incluye el concepto contenido en el consejo del Salvador en el Sermón del Monte que dice lo siguiente:

“Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al malo; antes bien, a cualquiera que te golpee en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos”. (Mateo 5:38-41).

Ha habido muchas controversias sobre las palabras de Jesús pero si nosotros somos magnánimos —verdaderamente desinteresados— debemos defender y sostener estas palabras.

La magnanimidad se interesa por la elevación del espíritu, siendo capaz de soportar las heridas que otros personas puedan causarnos, peligro y preocupaciones con la tranquilidad y firmeza, y todo esto sin rencor. Y quiere decir también que debemos actuar y sacrificar todo, aún la vida, con fines y objetivos nobles.

Hay muchas demostraciones de tales acciones en las escrituras, aún entre los que enseñan “ojo por ojo”. Leamos en Génesis (13:9 y 14:23-24), como Abraham trató a aquellos que le habían hecho mal y después estuvieron en sus manos: leamos en 1 Samuel como Jonatán protegió a su amigo David de su padre Saúl, cuando haciendo esto sabía que la corona del reino iba a ser de David y no de él; leamos otra vez en 1 Samuel (24:17) como David salvó la vida de Saúl, a pesar de que Saúl repetidas veces trató de hacerlo asesinar; leamos en Génesis (cap. 44 y 45) como José, ya establecido como un hombre de poder e influencia en Egipto, trató a sus hermanos quienes lo vendieron como esclavo, cuando estos entraron a Egipto en busca de comida para sus familias que estaban muriendo de hambre; y leamos en Mateo (1:18-25) como trató José a María después que supo que María esperaba un hijo, después de sus esponsales. Y recordemos lo que José Smith dijo, cuando fue inducido a afrontar lo que él consideraba un martirio: “Si mi vida no es de ningún valor para mis amigos de nada me sirve a mí” (Historia de la Iglesia, Vol. VI, pág. 549).

Probablemente las palabras de magnanimidad más evidentes fueron aquellas pronunciadas desde la cruz, “Padre, perdónalos; porque no saben lo que hacen”. Allí estaba el Maestro, Aquel que había aconsejado sobre el desinterés en el Sermón del Monte, haciendo lo que él había enseñado y así dándonos un ejemplo de magnanimidad —desinterés— en la más penosa de las circunstancias.

Estas demostraciones fueron sacadas de las historias religiosas, pero los actos de magnanimidad se ven muy a menudo en el diario vivir, especialmente en tiempos de violencias y grandes peligros. Muchos estudiantes de historia recordarán que, al rendirse el Sur en la Guerra Civil Norteamericana, el General Grant dijo al General Lee que debería conservar sus vagones, caballos, etc., pues, los necesitaría para el cultivo de la próxima primavera. Generalmente, tales cosas eran el botín de los vencedores. Muchos que han presenciado combates en la reciente guerra mortífera han testificado de hechos de magnanimidad de parte de los camaradas, y aún de los soldados contrarios, que estaban fuera de servicio, en situaciones de gran peligro personal.

Son estos hechos en la vida de las personas los que nos dan a entender que el Cristianismo es aún una gran fuerza en el mundo, que no ha fallado y que los hombres, muchos de ellos, no viven, sólo para sí.

El egoísmo viene muy natural y muy fácil. Parece innato en nosotros. En los niños, observamos que ellos buscan no solamente lo de ellos, sino también lo que otros tienen. Se precisa una lucha constante desde la cuna hasta la tumba para librarse de la natural tendencia a ser egoístas. Y salta a la vista que el egoísmo no da alegría ni satisfacción. Censuramos a Shylock por pedir su onza de carne, aun cuando le pertenecía, pero tal vez muchos de nosotros hacemos algo similar en cosas más pequeñas bajo la justificación “bueno, me pertenece”.

Pero Pablo dijo que la caridad llega más o fondo que esto y no se busca aún a sí misma. El deja a un lado, como inservibles, a aquellos que egoístamente toman lo que no les pertenece, ni siquiera con o sin las leyes. Porque por tales ofensas no solamente serán castigados por sus pecados. Porque el hombre sufre más por la envidia que él siente que el hombre que es envidiado por algo que le pertenece. No existe nada más cierto que la declaración que dice que la envidia se castiga sola. Aún para los mejores de nosotros se nos hace muy difícil creer esto con suficiente firmeza para actuar de acuerdo con ello. He visto a unas cuantas personas adultas —buenos Santos de los Últimos Días— quienes parecen haber superado completamente la envidia. ¡Qué felicidad y alegría irradian tales personas! Parecen estar completamente libres de aquella despreciable envidia que empequeñece a las personas que buscan continuamente para sí.

Feliz es el hombre que no proyecta ni se esfuerza por conseguir una posición más alta, sino que espera que ella venga a él; quién no exige un sueldo más alto de su Jefe, sino que espera que el aumento venga por su trabajo bien terminado; aquel que no ha atropellado por la Posición Social, sino que está feliz de servir a la sociedad con los mejores talentos que él posee. Las mayores bendiciones vienen de aquellos que han practicado este gran ideal Cristiano de no buscar para conseguir ni siquiera aquellos a que tienen derecho, especialmente cuando las relaciones personales son aptas para hacerlo. Se logra el más alto ideal cuando los hombres no buscan para sí bajo ninguna circunstancia. “No dudes en perder dólares para ganar amigos” es el lema de la experiencia y que vale la pena seguir. Dando es la forma ideal de conseguir. En otras palabras, no hay felicidad verdadera teniendo o consiguiendo, sino dando. Todos persiguen la alegría y la verdadera felicidad, ambos, santos y pecadores; pero probablemente la mayoría de las personas lo buscan equivocadamente, porque creen que consiste en tener, conseguir y en ser servidos por otros. Cristo nos enseñó que aquel que fuera el mejor entre nosotros sería nuestro sirviente. Aquel que cultiva los talentos que Dios le ha dado y los usa para el bien de los demás, no sólo recibirá la alabanza. “Hiciste bien, mi fiel y buen servidor; entra en la gloria de tu Señor”, también será considerado por sus compañeros como una persona verdadera y victoriosa. Es más bendecido el dar que el recibir. (La vida Buena por Harvey Fletcher)


 

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