La integridad

  • La integridad

“.. .hasta que muera no quitaré de mí mi integridad.
Mi justicia tengo asida, y no la cederé…” (Job 27:5-6).

La integridad constituye la base del vivir con rectitud.

El Señor ama a las personas que poseen integridad. En una revelación que dio al profeta José Smith, la cual es ahora la sección 124 de Doctrina y Convenios, el Señor describió a Hyrum Smith y a uno de los primeros líderes de la Iglesia llamado George Miller como personas íntegras. En los versículos 15 y 20 de esa sección se mencionan algunas de las características de la integridad.

La palabra integridad se define como calidad de íntegro, e íntegro proviene de la palabra integer, la cual quiere decir “completo” o aquello a que no falta ninguna de sus partes. El presidente Spencer W. Kimball definió la integridad como “la virtud de ser cabal, entero, completo y de poseer una pureza intacta y una moral sólida; es sinceridad auténtica y honradez a carta cabal. Es honradez y rectitud” (en Conference Report, México and Central America Área Conference 1972, pág. 27).

Entonces, para ser personas íntegras, tenemos que ser honradas y rectas; tenemos que aceptar el Evangelio de Jesucristo y procurar vivirlo. Alma describió a algunas personas íntegras de su época:

“Y se hallaban entre el pueblo de Nefi, y también eran contados entre el pueblo que era de la Iglesia de Dios. Y se distinguían por su celo para con Dios, y también para con los hombres; pues eran completamente honrados y justos en todas las cosas; y eran firmes en la fe de Cristo, aun hasta el fin.” (Alma 27:27.)

El élder James E. Faust dijo: “De nuestra integridad depende nuestro valor personal, ya que ella es el cumplimiento del deber que tenemos para con nosotros mismos. El hombre o la mujer honorable se compromete a vivir de acuerdo con sus propias expectativas, y no necesita que se le controle, pues su honor procede de lo profundo de su ser…

“La integridad es la luz que irradia una conciencia disciplinada, es la fuerza que dentro de nosotros nos impulsa a cumplir con nuestro deber” (véase “La integridad: madre de muchas virtudes“, Liahona, jul. de 1972, pág. 98).

La persona que tiene la “conciencia disciplinada” comprende el bien y el mal; hace lo recto aun en medio de circunstancias difíciles; cuando se le presentan las tentaciones y los problemas, decide qué camino tomar basándose en los principios del evangelio por los cuales se ha regido.

Esa fuerza interior que nos impulsa a cumplir con nuestro deber y que describe el élder Faust se encuentra bien ilustrada en el libro de Job. A lo largo de toda su vida, Job confió en la bondad y la justicia de Dios; fue “hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal”. Cuando le sobrevino la adversidad, no varió su fe en Dios ni su cometido a hacer lo recto. Aun cuando padeció en todas las formas que concebirse puedan, Job se mantuvo firme a sus creencias y a su confianza en Dios; dijo: “Que todo el tiempo que mi alma esté en mí, y haya hálito de Dios en mis narices, mis labios no hablarán iniquidad, ni mi lengua pronunciará engaño… Hasta que muera, no quitaré de mí mi integridad. Mi justicia tengo asida, y no la cederé; no me reprochará mi corazón en todos mis días” (Job 27:3-6).

La hipocresía denota falta de integridad

La integridad es evidentemente una virtud del corazón (véase D. y C. 124:15, 20). Sin embargo, hay personas cuyo corazón está lejos de Dios (véase José Smith—Historia 19). [Nota: En lo que toca al pasaje de Job que se cita a continuación, la traducción de la Biblia al inglés dice hipócritas y la traducción del mismo pasaje al español dice impíos.] Job reprobó a los que sostienen ser rectos y que, no obstante, no tienen ninguna dedicación al Señor, o sea, a los hipócritas, y dijo: “.. .¿cuál es la esperanza del impío [hipócrita], por mucho que hubiere robado, cuando Dios le quitare la vida? ¿Oirá Dios su clamor cuando la tribulación viniere sobre él? ¿Se deleitará en el Omnipotente? ¿Invocará a Dios en todo tiempo?” (Job 27:8-10).

Los hipócritas son los que profesan ser religiosos pero que en su fuero interno no lo son; no poseen las virtudes del corazón que Cristo nos enseñó que debemos tener. Nuestro Salvador censuró particularmente a los hipócritas.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque diezmáis la menta, y el eneldo y el comino, y habéis dejado lo más importante de la ley: la justicia, y la misericordia y la fe; esto era menester hacer, sin dejar de hacer lo otro.

¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, pero tragáis el camello!

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque limpiáis lo que está fuera del vaso y del plato; pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia.

¡Fariseo ciego, limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera quede limpio!

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.

Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad. (Mateo 23:23-28)

El lograr la integridad puede ser un proceso de toda una vida

Nadie logra ser persona íntegra con facilidad. En la mayoría de los casos, la formación del carácter requiere los esfuerzos de toda una vida. El obispo J. Richard Clarke dijo: “.. .a menudo no nos comportamos a la altura de nuestros ideales. Pero si deseamos elevar nuestra norma de integridad, debemos poner la meta por encima de nuestro alcance actual. Todos debemos perder viejos hábitos y formar otros nuevos. Sin duda, lleva tiempo el perfeccionar el carácter, y es probable que no lo logremos totalmente en esta vida. Pero debemos medir el éxito según el esfuerzo que hagamos y las pequeñas mejoras que logremos hasta alcanzar la meta” (“La práctica de la verdad“, Lialiona, jul. de 1984, pág. 105).

La integridad se someterá a prueba de muchas formas sutiles. A menudo, en los momentos de apuro y tensión nerviosa o estrés, nuestras mejores resoluciones se debilitan: cedemos ante los apremios del momento y lo que queremos hacer se confunde con lo que debemos hacer.

El presidente N. Eldon Tanner contó el caso de un hombre joven que acudió a él y le dijo:

“-Hice con alguien un acuerdo por el que debo pagarle una suma anual de dinero. Estoy atrasado en los pagos y, para ponerme al día, tendría que perder mi casa. ¿Qué hago?

“Le miré y le dije:

“—Cumpla con su acuerdo.

” — ¿Aunque pierda la casa? —me preguntó .

“Le expliqué:

“—No estamos hablando de su casa, sino del acuerdo al que usted llegó. Creo que su esposa preferirá tener un marido que es fiel a su palabra, que cumple con sus obligaciones y con sus compromisos aunque vivan en una casa alquilada antes que tener una propiedad y un marido cuya palabra no vale nada” (en Conference Report, oct. de 1966, pág. 99; véase también “La práctica de la verdad“, Liahona, jul. de 1984, pág. 104).

Ese ejemplo nos recuerda que tenemos que hacer frente a un sinfín de problemas al mismo tiempo que nos esforcemos por vivir con integridad. A veces tenemos que tomar decisiones difíciles, las cuales nos acarrean incomodidad, inconveniencias y sacrificios.

A continuación se mencionan algunos de los modos de pensar y de proceder que nos impiden perfeccionar nuestra integridad:

“El doble ánimo”. “El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos” (Santiago 1:8). Ser de doble ánimo es tener dos escalas de valores que están en conflicto la una con la otra.

El Señor ha dicho: “Ninguno puede servir a dos señores… No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24). A la persona de doble ánimo le resultará difícil escoger hacer lo recto por motivo de que su dedicación al Señor no es total y porque permite que las filosofías del mundo influyan en sus decisiones. Elias el profeta describió a los de su pueblo de la siguiente manera: “¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él” (1 Reyes 18:21).

La hipocresía. El salmista David marcó el contraste entre el hombre pío y fiel y el jactancioso que habla “con labios lisonjeros, y con doblez de corazón” (Salmos 12:2). El hipócrita se sirve a sí mismo, diciendo lo que conviene a sus propios intereses; presenta la apariencia de interesarse por los demás, pero en realidad sólo se ama a sí mismo.

El procurar justificar el mal proceder. Este es el mal de buscar excusas para defender una conducta inaceptable; es buscar la manera de aquietar la propia conciencia tras haber hecho lo que se sabía no era correcto. Por ejemplo, después de haber hecho algo malo, una persona podría decir: “Y bueno, ése fue un caso especial; y el fin justifica los medios, ¿no?”

El culpar a los demás. Muchas veces procuramos traspasar la responsabilidad de nuestros pensamientos y de nuestros actos a otras personas o sucesos. Si no aceptamos la responsabilidad de nuestro proceder y de lo que hemos escogido hacer, nunca podremos arrepentimos ni cambiar esa conducta.

Los padres tienen la responsabilidad de enseñar a sus hijos a ser íntegros

El enseñar el principio de la integridad es un deber que cada generación tiene para con la siguiente.

Y también enseñarán a sus hijos a orar y a andar rectamente delante del Señor.(D. y C. 68:28). Pero yo os he mandado criar a vuestros hijos en la luz y la verdad. (D. y C. 93:40).

El obispo J. Richard Clarke explicó: “Los niños aprenden a amar la verdad viendo a sus padres practicarla; aprenden a imitar el carácter noble. Ellos no necesitan sólo sermones, sino modelos de constancia. Creo que una de las lecciones más importantes que el padre puede enseñar a su hijo es que la integridad y el honor no se logran sin pagar un precio. Generalmente requieren de sacrificio, muchas veces de inconveniencias y a menudo de bochorno…

“.. .Podemos hablar de nuestra religión; podemos contar manifestaciones maravillosas y dones y poderes; podemos profesar ideales elevados y valores nobles. Pero la prueba de nuestra devoción es la forma en que conducimos nuestra vida diaria” (“La práctica de la verdad“, Liahona, jul. de 1984, págs. 105-106).

“El ejemplo del padre honrado que con humildad se esfuerza por vivir el evangelio ejercerá una poderosa influencia en sus hijos. A pesar de lo que pensemos, los hijos no se desalientan por la imperfección cíe sus padres. De hecho, la sinceridad y el arrepentimiento de los padres son importantes. El padre o la madre que admite sus faltas y que se esfuerza por superarlas está procurando perfeccionarse; su proceder honrado invita a sus hijos a ser honrados. Los padres que respetan los convenios que han hecho con Dios y con los hombres enseñan a sus hijos a ser íntegros” (véase el Manual de sugerencias para la noche de hogar, pág. 261).

En nuestro esfuerzo por ser personas íntegras, tenemos el evangelio, que nos sirve de guía, y a nuestro Salvador, que es nuestro ejemplo. Si fallamos, podemos arrepentimos y seguir adelante con renovada resolución de aprender de nuestros errores y de fortalecer nuestro cometido de hacer lo recto.

“Que Dios nos ayude a ser honrados y verídicos; que siempre seamos cumplidores; que sigamos firmes y erguidos aunque otros caigan; que perdamos el temor y seamos constantes y justos y que podamos decir como Job: ‘Hasta que muera, no quitaré de mí mi integridad’ (Job 27:5).” (James E. Faust, “La integridad: madre de muchas virtudes“, Liahona, jul. de 1972, pág. 102.)

—Véase Acordaos de Mi


 

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