La obediencia

  • La obediencia: una cuestión de amor

“El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado” (Salmos 40:8).

Porque nuestro Padre Celestial nos ama, nos da su guía; porque nosotros le amamos a El, le rendimos obediencia.

Nuestro Padre Celestial nos da su guía porque nos ama

Es probable que, al echar una mirada retrospectiva a los años de nuestra juventud, recordemos haber oído a nuestros padres decimos: “Es por tu propio bien”, tras hablarnos de otra norma que deseaban obedeciéramos. Desde el punto de vista del adolescente, muchos reglamentos parecen arbitrarios, innecesarios y ciertamente restrictivos. Quizá, alguna que otra vez, hayamos reaccionado con desinterés, desdén o rebeldía ante las reglas que nuestros padres nos establecían. Tal vez hayamos dudado de la sabiduría de nuestros progenitores y de la capacidad de ellos para guiarnos en la vida. Sin embargo, al ir avanzando hacia la madurez, hemos ido comprendiendo cada vez con mayor claridad que los reglamentos de nuestros padres, aun cuando a veces nos hayan resultado difíciles de aceptar, eran efectivamente para nuestro bien. Y de ese modo, hemos llegado a darnos cuenta de que lo que movía a nuestros padres a someternos a normas de conducta era en realidad su amor hacia nosotras.

La necesidad de recibir una guía. Ahora bien, por razones de importancia aún más trascendental, los mandamientos que nos ha dado nuestro Padre Celestial son para nuestro bien temporal y eterno. Desde nuestro punto de vista de seres mortales, es probable que, a veces, los mandamientos de Dios nos parezcan arbitrarios, innecesarios y restrictivos; pero nuestro Padre Celestial es el Padre amoroso de nuestros espíritus y nos conoce personalmente. Además, El conoce, en toda su extensión, las consecuencias de la obediencia, así como de la desobediencia a la ley eterna. Tengamos confianza absoluta en que El desea únicamente lo que es para nuestro bien.

Al respecto, José Smith nos dijo: “En vista de que Dios ha proyectado nuestra felicidad, así como la felicidad de todas sus criaturas. El jamás ha instituido [ni] jamás instituirá ordenanza o dará mandamiento alguno a su pueblo que en su naturaleza no tenga por objeto adelantar esa felicidad que El ha proyectado… ” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 313).

Nuestro Padre Celestial desea que tengamos dicha y felicidad tanto en esta vida como en la eternidad. El ha dicho que su obra y su gloria es dar a cada persona la oportunidad de volver a su presencia y de llegar a ser como El es (véase Moisés 1:39). Pero, desde su punto de vista divino. El sabe que sólo alcanzaremos la exaltación si por nuestra propia voluntad obedecemos las leyes eternas y aceptamos la Expiación y la misericordia de Jesucristo.

La fuente de nuestra guía. Así como la perspectiva del adolescente es limitada, del mismo modo, nuestra capacidad para contemplar el panorama eterno es también limitada. Con el fin de edificar nuestra fe y de probar nuestra dedicación a El, Dios ha corrido un velo entre nosotros y su presencia. Si bien, en general, El no se aparece a nosotros personalmente, recibimos su palabra mediante las revelaciones que se encuentran en las Escrituras y por conducto de sus líderes escogidos. El Señor nos ha dicho: “…sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo” (D. y C. 1:38). Además, recibimos consejo de nuestros padres terrenales, así como por medio de nuestra bendición patriarcal y de la revelación personal. Las diversas formas en que recibimos guía divina en la vida son manifestaciones del amor de nuestro Padre Celestial hacia nosotros, sus hijos.

Aunque ahora no comprendamos todas las razones de los estatutos que recibimos de Dios, algún día veremos que El nos da mandamientos “para que nos vaya bien todos los días” (Deuteronomio 6:24). Ese principio se ilustra en el siguiente relato: “Hace varios años, nuestra hija recién casada y su marido iniciaron una serie de traslados por estudios posgraduados, primer trabajo, etcétera. Esos traslados fueron a diversos puntos del país. Aunque en cada sitio el clima y las condiciones del terreno eran diferentes, ellos tomaron la resolución de seguir los consejos del Profeta y cultivar un huerto. Sus primeras tentativas fueron desalentadoras, ya que las hierbas prosperaban mucho más que las hortalizas, pero lo hacían por obediencia. Con constancia y esfuerzo, cada año el huerto mejoraba más; aprendieron nuevas técnicas y se volvieron más diestros, Al llegar los hijos a su hogar, les enseñaban a trabajar y a cumplir deberes en el cuidado del huerto, el cual es ahora un bonito proyecto de “supervivencia” que bien vale la pena, y cuyos productos la familia disfruta y comparte con los demás; conservan el excedente para uso ulterior. Además de las lecciones prácticas aprendidas, hallaron paz y seguridad al guardar los mandamientos. Sin duda, para ellos se cumplió la promesa: la exhortación del Profeta ha sido ‘para que les vaya bien todos los días’ (véase Deuteronomio 6:24)” (Barbara W. Winder, “Allegaos a mí por medio de la obediencia“, Liahona, ene. de 1986, pág. 77).

Los resultados de la guía que recibimos. Un himno de la Iglesia nos dice que Dios “desea bendecirnos si seguimos la rectitud” (Himnos de Sión, 23, primera estrofa). Como el Padre lleno de amor que es, nuestro Padre Celestial debe de sentir gran regocijo al bendecirnos por nuestra rectitud. Pero tenemos que recordar siempre que la ley eterna dictamina que “cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa” (D. y C. 130:21). Por ejemplo, si vivimos la ley moral de Dios, nos haremos dignas de estar donde El está (véase Salmos 24:3-5). Si obedecemos la ley del ayuno, recibiremos las bendiciones que se prometen por el verdadero ayuno (véase Isaías 58:6-11). Si santificamos el día de reposo, recibiremos las bendiciones correspondientes (véase D. y C. 59:12-19). Si observamos la Palabra de Sabiduría, seremos bendecidas tanto temporal como espiritualmente (véase D. y C. 89:18-21).

Dios anhela bendecir a sus hijos con todo lo que El tiene (véase Mosíah 15:11); nos ama tanto que desea que vivamos con El eternamente y nos proporciona guía para mostrarnos cómo volver a su presencia. Su Hijo Jesucristo nos ha dado el ejemplo que debemos seguir y llevó a cabo el sacrificio expiatorio para que nosotros superáramos nuestras faltas. Si obedecemos los mandamientos de Dios, llegará el día en que nos santificaremos y nos perfeccionaremos. Nuestra capacidad para soportar una ley celestial irá aumentando al ir guardando cada vez más y más de los mandamientos hasta que al fin quedaremos preparadas para la existencia celestial (véase D. y C. 88:22).

Dios no es un Ser arbitrario; El no está deseoso de castigar a sus indóciles hijos ni de agobiarlos con mandamientos innecesarios, sino que, por el contrario, es un Padre lleno de amor infinito que desea que sus hijos no hagan recaer sobre sí las malas consecuencias del quebrantar las leyes eternas. Desea que ellos reciban las bendiciones que se prometen a los que cumplen con los principios de la rectitud.

Ponemos de manifiesto nuestro amor a nuestro Padre Celestial al obedecer sus mandamientos

Cuando los hijos de una madre amorosa y prudente preguntaron a ésta qué regalo de cumpleaños le agradaría más que cualquier otro, ella les contestó: “El regalo más bonito que podrían hacerme es que cada uno de ustedes hiciera un esfuerzo especial por ser obediente”. La madre explicó a sus vastagos que la obediencia de ellos sería la mejor manera de mostrarle su cariño. En uno de sus últimos y excelsos sermones a sus Apóstoles, Cristo hizo a éstos la misma petición: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). Así como nuestro Padre Celestial nos proporciona su guía porque nos ama, del mismo modo, nosotras, sus hijas, le manifestamos nuestro amor por medio de nuestra obediencia, ya que ésta es una de las formas en que le mostramos que nos acordamos de El.

La obediencia y el amor. El apóstol Juan explicó la relación que existe entre el amor y la obediencia; nos dijo que amamos a Dios porque percibimos que El nos amó primero. En la medida en que obedezcamos, tendremos valentía y confianza en el día del juicio; volveremos el rostro hacia nuestro Creador con amor y no con temor. Por último, nuestro amor para con Dios se perfeccionará cuando lleguemos al fin a ser como El. (Véase 1 Juan 4:16-19.)

Queda claro, entonces, que nuestra obediencia es la máxima expresión de nuestro amor para con nuestro Padre Celestial; por tanto, ofrezcámosela voluntariamente y de buena gana; no por temor sino porque le amamos y agradecemos lo que El y su Hijo han hecho por nosotros. El élder Boyd K. Packer ha dicho: “Los Santos de los Últimos Días no son obedientes porque sean compelidos a serlo, sino porque saben ciertas verdades espirituales y han decidido, como manifestación de su propio libre albedrío individual, obedecer los mandamientos de Dios” (“El libre albedrío y el autocontrol“, Liahona, jul. de 1983, pág. 99).

George Q. Cannon, que fue miembro de la Primera Presidencia de la Iglesia, dijo lo siguiente: “Los miembros de la Iglesia de Cristo no deben basar su obediencia al Señor y a sus mandamientos en el temor al castigo que les sobrevendrá si no cumplen con lo que Dios manda. Es mil veces preferible obedecer al Señor porque le amamos y porque nos deleitamos en hacer su voluntad. ¡Cuan bueno, cuan bondadoso y misericordioso ha sido El para con nosotros!…

“Un Ser tan infinitamente bueno, que nos dispensa tan asombrosa bondad, merece nuestra adoración y nuestro amor. Cuando sentimos lo que debemos sentir, el corazón se nos llena de amor y de devoción hacia El; y si albergamos ese amor en el alma y nos acordamos de todo lo que Dios ha hecho por nosotros, ¿podemos menos de adorarle de todo corazón? ¿Podemos acaso dejar de obedecerle en todo? ¿No es entonces espléndido escuchar su palabra y complacernos en hacer lo que nos pide?” (Cospel Truth, compilación de Jerreld L. Newquist, 2 tomos, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1974, tomo II, pág. 203).

Hay miembros de la Iglesia que ponen límites a su amor a Dios al poner en tela de juicio algunos de los mandatos que El da por medio de sus siervos escogidos, y obedecen sólo lo que desean obedecer, manifestando por tanto un amor limitado hacia Dios. A veces, sucede que aun acusan a los demás de guiarse por una obediencia ciega.

Cuando era Apóstol, el presidente Spencer W. Kimball dijo: “El que las personas obedezcan los mandatos del Creador no puede calificarse de obediencia ciega. ¡Qué enorme diferencia hay entre la temerosa sumisión de un subdito a su absolutista monarca y la decorosa, voluntaria y gustosa obediencia que uno da a su Dios. El dictador es ambicioso, egoísta y le incitan móviles ocultos. En cambio, todo estatuto de Dios es recto, todo mandato de El tiene una finalidad, y todo ello es por el bien de aquellos a los cuales gobierna. La primera será obediencia ciega, pero ésta última es indudablemente obediencia fundada en la fe” (en Conference Report, oct. de 1954, pág. 52; Improvement Era, dic. de 1954, pág. 898).

Si obedecemos por amor, tenemos la fe para obedecer como lo hizo Adán, que hizo lo que Dios le mandó aun sin comprender del todo la voluntad del Señor (véase Moisés 5:6). Aprendemos a obedecer en cosas aparentemente insignificantes, como lo hizo Naamán (véase 2 Reyes 5:1-14). El amor al Señor condujo a Abraham a obedecer sin vacilar lo que debe de haberle parecido una petición irrazonable: la de sacrificar a su hijo Isaac (véase Génesis 22:1-19).

El élder Howard W. Hunter ha mencionado algunos ejemplos de “fe y obediencia”: “Ciertamente el Señor aprecia más que cualquier otra cosa la determinación firme de obedecer Su consejo…

“.. .[Cuando] se le preguntó a Rebeca si iría con el siervo de Abraham para ser esposa de Isaac, y, sabiendo sin duda que la misión tenía la bendición del Señor, ella dijo simplemente: ‘Sí, iré’. (Génesis 24:58.)

“Más tarde, cuando Jacob recibió instrucción de regresar a la tierra de Canaán, lo que significaba dejar todo aquelk) por lo que había trabajado durante muchos años, llamó a Raquel y a Lea al campo donde sus rebaños pastoreaban y les dijo lo que el Señor le había mandado. La respuesta de Raquel fue sencilla y directa: ‘…haz todo lo eme Dios te ha dicho’. (Génesis 31:16.)

“Tenemos, entonces, ejemplos en las Escrituras de cómo debemos considerar y valorar los mandamientos del Señor. Si reaccionamos como Josué, Abraham, Raquel y Rebeca, nuestra respuesta será, simplemente, ir y hacer lo que el Señor nos haya mandado” (“Nuestro compromiso con Dios”, Linhoiw, ene. de 1983, pág. 111).

Nuestro amor por nuestro Padre Celestial nos infunde el deseo de guardar sus mandamientos aun cuando el hacerlo requiera gran sacrificio. Con nuestra limitada comprensión, no siempre podemos entender todos los mandamientos de Dios; pero porque amamos a nuestro Padre Celestial y confiamos en El, tendremos fe y sabremos que cualquier cosa que nos pida redundará al fin en nuestro beneficio y bendición.

Las bendiciones que se reciben por la obediencia. El presidente Harold B. Lee afirmó que el conocimiento es una bendición que se recibe por la obediencia: “Todos los principios y las ordenanzas del evangelio son en cierto sentido una invitación a aprender el evangelio por medio de la práctica de sus enseñanzas. Nadie conoce el principio de los diezmos sino hasta que paga su diezmo. Nadie conoce el principio de la Palabra de Sabiduría sino hasta que guarda la Palabra de Sabiduría. Tanto niños como adultos no se convierten a la ley del diezmo, ni a la Palabra de Sabiduría, ni al santificar el día de reposo meramente por oír a alguien hablar sobre esos principios, ya que el evangelio sólo se aprende viviéndolo” (Stand Ye in Holy Places, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1974, pág. 215). Si amamos a Dios con la intensidad que se precisa para obedecerle, obtendremos el testimonio de que sus principios son verdaderos.

El élder Boyd K. Packer, refiriéndose a las bendiciones de la libertad que recibimos cuando rendimos obediencia a Dios, dijo: “La obediencia a Dios es la expresión suprema de la independencia…

“La obediencia —esa obediencia que Dios nunca impondrá por la fuerza— El la aceptará si se la damos con espontaneidad; y entonces El nos dará a su vez una libertad que ni siquiera soñamos: la libertad de percibir y de saber, la libertad de hacer, la libertad de ser, al menos mil veces más de lo que le ofrezcamos. Por extraño que parezca, la clave de la libertad es la obediencia” (Obcdiencc, “Brigham Young University Speeches of the Year”, Provo, 7 de dic. de 1971, págs. 3-4).

La obediencia nos aumenta la sensibilidad espiritual y nos brinda paz interior. Al aprender y vivir el evangelio línea sobre línea y precepto tras precepto, iremos volviéndonos cada vez más sensibles a las cosas espirituales; veremos nuevas formas de poner nuestro vivir de conformidad con las verdades eternas; nuestro amor para con Dios crecerá, lo mismo que nuestro anhelo de servirle; sentiremos el regocijo que siempre se desprende de la obediencia y, como el salmista, diremos: “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado” (Salmos 40:8).


 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s