Sinceridad

  • Sinceridad – pensamiento sin maldad, regocijo, mas no en la iniquidad

“Sinceridad es abrir el corazón. La encentramos en muy pocas personas; y aquello que vemos generalmente no es otra cosa que un sutil disimulo para atraer la confianza de los demás”. Así escribió Francois, Duc de la Rechefoucauld, el gran máximo escritor francés del siglo XVII.

Para ayudarlo a uno a sacar aquello que no es sincero de sí mismo tenemos la breve y significativa declaración del gran orador romano, Cicerón, quien vivió durante el siglo anterior a la venida de Cristo: “Todo aquello que reprobamos en los demás debemos procurar evitarlo en nosotros”.

Sin ocupar la palabra en sí, Jesús aconsejaba frecuentemente sobre la sinceridad. En el Sermón del Monte, Él dijo:

“Mirad que no deis vuestra limosna delante de los hombres para ser vistos por ellos; de otra manera, no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.

Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa.

Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada tu puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público.

Y al orar, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.

No os hagáis, pues, semejantes a ellos, porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad antes que vosotros le pidáis”. (Mateo 6:1,2,6-8).

Luego el Salvador dio como ejemplo “El Padre Nuestro”. Si examinamos esta oración cuidadosamente no encontraremos ni el más leve asomo de engaño o hipocresía, elementos, ambos, de falta de sinceridad. Cada vez que el Señor se refiere a la “hipocresía” en sus enseñanzas El ataca las debilidades humanas que pueden clasificarse como falta de sinceridad. Por ejemplo, podemos ver la gran amonestación hecha a los escribas y fariseos, tal como está registrada en Mateo 23:13-33.

Nosotros, como Santos de los Últimos Días, hemos sido comisionados para llevar el Evangelio de Jesucristo a todo el mundo por medio de la enseñanza y la predicación. ¿Acaso no somos sinceros en esto? Al responder consideremos lo que el
Apóstol Pablo enseñó sobre esto:

“Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas?

Tú que dices que no se ha de cometer adulterio, ¿cometes adulterio? Tú que abominas los ídolos, ¿cometes sacrilegio?

Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios?

Porque el nombre de Dios es blasfemado por causa de vosotros entre los gentiles, como está escrito.

Porque la circuncisión en verdad aprovecha, si guardas la ley; pero si eres transgresor de la ley, tu circuncisión viene a ser incircuncisión.

De manera que, si el incircunciso guarda las ordenanzas de la ley, ¿no será tenida en cuenta su incircuncisión por circuncisión?

Y el que físicamente es incircunciso, pero guarda perfectamente la ley, te juzgará a ti, que con la letra y con la circuncisión eres transgresor de la ley.

Porque no es judío el que lo es exteriormente, ni la circuncisión es la que se hace exteriormente en la carne;

sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no es de los hombres, sino de Dios”. (Romanos 2:21-29).

Esto es lo que Pablo escribió a los Judíos de Roma que habían tomado sobre sí el nombre de Jesucristo. Este mismo precepto se puede aplicar a nosotros hoy, y comprenderemos mejor este mandato si al aplicarlo reemplazamos las palabras “Judío” por “Santo de los Últimos Días” y “Circuncisión” por “Bautismo”.

Sinceridad es una cualidad muy esencial si uno a de adoptar verdaderamente la religión de Jesucristo. A veces encontramos un “Hipócrita religioso”, uno de los que tienen a la religión como pretexto para sacar provecho de algo; pero personas como éstas, generalmente tienen un mal fin. Son descubiertos y pierden la influencia favorable, tanto de los hombres unas cuantas de estas personas en su trabajo para establecer el Evangelio Restaurado. Una de ellas fué John C. Bennett, una persona completamente carente de sinceridad, que se unió al movimiento de la nueva Iglesia para satisfacer sus propias vanidades y no por un hondo sentimiento de conversión.

Al examinar las virtudes cristianas debemos recordar que estamos hablando sobre ideales y metas hacia las cuales debemos avanzar. Es maravilloso pensar que en este mundo tan duro y falto de caridad hay unas cuantas personas que no piensan en la maldad, que siempre ven el lado buen: y quienes no piensan mal mientras hablan.

La sinceridad engendra la sinceridad. En una atmósfera de sospecha, los hombres no pueden actuar tal como son. Tienen miedo de dar a conocer sus verdaderos sentimientos. Pero cuando se está entre personas que creen en uno sinceramente, entonces nuestra alma se expande y nuestro intelecto y otros talentos alcanzan los más altos niveles.

No sólo es importante la sinceridad como un ideal religioso, sino también es necesaria para triunfar en todas las actividades de la vida. Para triunfar en las ciencias es esencial que la sinceridad sea una cualidad básica al acercarse a cualquier problema. A veces los poetas no creen en su propia poesía. Si así sucede, son menos poetas de lo que debieran ser. Todos los que son realmente grandes hombres son sinceros, y ellos se dan cuenta que una fuerza espiritual es aún más fuerte que cualquiera fuerza material.

Cuando el deseo se rinde completamente al sentimiento moral, eso es virtud; cuando el entendimiento se rinde a la verdad espiritual, eso es ingenio. (Emerson).

Cualquier talento que se cultive sólo para demostrar una habilidad se convierte en fanfarronería. Pero si el talento se cultiva con alegría y entusiasmo por causa de la verdad, convierte al poseedor en benefactor de la raza humana. Un trabajo puede tener la marca de manos y mentes hábiles y tener un barniz y término admirables. Pero, esto no es suficiente para que sea duradero. Debe de tener un motivo sincero y predominante que esté conectado con el tiempo y lugar en el cual se hizo. La confianza debe ser muy evidente de parte del creador hacia el trabajo final del artista. Podemos ver que la sinceridad es una base esencial del talento. Sí, la sinceridad brilla a través de todos los actos de grandeza y especialmente en tiempos de peligro se encuentran las grandes ventajas.

Hay una clase de falta de sinceridad que frecuentemente nos rodea. Es la Zalamería. Abunda cuando hay presentaciones entre dos o más personas y a veces en nuestros sermones funerales. A nadie le gusta y muy pocos perdonan, la exagerada admiración por algo que uno no es, o una subestimación por algo que uno posee o hace. Debemos estar deseosos de recibir el premio por lo que somos, la zalamería actúa en una forma negativa no sólo en la persona que recibe la adulación sino también en el que la proporciona.

Todos nosotros, cuando estamos solos, somos sinceros. Es cuando otra persona entra, que la hipocresía actúa. Entonces podemos empezar a hablar del tiempo mientras que la miramos de arriba-abajo. O podemos empezar un copucheo o contar un cuento divertido o tomar cualquier otro tema de diversión para poder esconder completamente nuestros verdaderos pensamientos. ¡Qué agradable encontrar un amigo sincero y de quién uno sabe qué hace lo que dice! Este tipo de individuos son la excepción. Por lo visto, parece que casi todos debieran estar complacidos porque tienen alguna posesión, algún talento que cultivan, o una riqueza que han acumulado. Hacer lo contrario parecería poco social. Pero estas actitudes impiden una conversación saludable y sincera. Es por estas costumbres de dudoso valor que se dice que a” veces somos poco sinceros.

Pero, al igual que el desinterés, la sinceridad completa viene sólo después de haber luchado toda una vida por conseguirla. Finalmente debe conseguirse, sin embargo, antes de poder decir que estamos obedeciendo al segundo gran mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. (La vida Buena por Harvey Fletcher)


 

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