Apostasía

  • La prolongada noche de apostasía

Tal parece que por más de mil setecientos años sobre el hemisferio oriental, y más de catorce siglos en el occidental, hubo silencio entre los cielos y la tierra.a Carecemos de todo relato auténtico de alguna revelación directa de Dios al hombre durante este largo intervalo. Como ya se ha indicado, el período del ministerio apostólico sobre el continente oriental probablemente concluyó antes de comenzar el segundo siglo de la era cristiana. A raíz de la muerte de los apóstoles comenzó el rápido desarrollo de una apostasía universal que se había previsto y predicho.

Fue una combinación de causas exteriores e interiores lo que llevó a efecto esta grande apostasía. La más eficaz de estas fuerzas externas desintegrantes fue la tenaz persecución, consiguiente a la oposición de los judíos así como de los paganos, que acosó a los miembros de la Iglesia. Grandes números de los que profesaban ser miembros, y muchos de los que habían ocupado puestos oficiales, desertaron la Iglesia, mientras que otros, bajo el azote de la persecución, se sintieron estimulados a obrar con mayor celo. El resultado general de la oposición externa, es decir, de la causas exteriores de la decadencia de la fe y obras, consideradas en conjunto, se manifestó en la defección de los miembros, con lo cual se motivó una extensa apostasía de la Iglesia. Pero inmensurablemente más serio fue el resultado de la disensión, cisma y divisiones internas que produjeron una completa apostasía en la Iglesia, respecto del camino y la palabra de Dios.

El judaismo fue el primer opresor del cristianismo, y llegó a ser el instigador e incitador de las atrocidades adicionales consiguientes a la persecución pagana. Durante el reinado de Nerón (comenzando como en el año 64 de nuestra era) se generalizó la hostilidad manifiesta y vigorosa de las potencias romanas contra la Iglesia Cristiana, aversión, que salvo por treguas ocasionales que duraban meses y aun años, continuó hasta cerca del fin del reinado de Diocleciano (como en el año 305). La inhumana crueldad y salvaje barbarismo que se imponían a cuantos osaban profesar el nombre de Cristo durante estos siglos de dominio pagano son hechos aceptados de la historia.

Cuando Constantino el Grande ascendió al trono en la primera parte del cuarto siglo, se inauguró un cambio radical en la actitud del estado respecto de la iglesia. No tardó el emperador en convertir el así llamado cristianismo de su época en la religión de sus dominios, y la devoción celosa a la iglesia llegó a ser la manera más segura de granjearse el favor imperial. Para entonces la iglesia era ya principalmente una institución apóstata, y aun el más elemental bosquejo de su organización y servicios difícilmente se parecía a la Iglesia de Jesucristo, fundada por el Salvador y edificada por conducto de los apóstoles. Los vestigios de cristianismo genuino, que antes pudieron haber sobrevivido en la Iglesia, ahora quedaron ocultos de los ojos de los hombres por causa de los abusos que resultaron de la elevación de la organización eclesiástica a una posición de eminencia secular tras el decreto de Constantino. El emperador, a pesar de no estar bautizado, se hizo nombrar cabeza de la iglesia, y los puestos sacerdotales llegaron a gozar de mayor preferencia que los grados militares o nombramientos del estado. El espíritu de apostasía que había impregnado la iglesia antes que Constantino la rodeara con el manto protector imperial y la ensalzara con la insignia del estado, ahora despertó con actividad intensificada, y la levadura de la propia hechura de Satanás se diseminó en las condiciones más favorables para su fungoso desarrollo.

El obispo de Roma ya había establecido su preeminencia sobre sus compañeros en el episcopado; pero cuando el emperador convirtió a Bizancio en su capital y le dio en su honor, el nombre de Constantinopla, el obispo de esta ciudad pretendió la misma categoría que el pontífice romano. Se impugnó la pretensión; la disensión resultante dividió la Iglesia, y el cisma ha persistido hasta el día de hoy, como lo manifiesta la distinción existente entre las iglesias católicas romana y griega.

El pontífice romano asumió la autoridad secular así como la espiritual, y en el siglo once se arrogó a sí mismo el título de Papa que significa Padre, en calidad de gobernante paternal en todas las cosas. Durante los siglos doce y trece la autoridad temporal del papa fue superior a la de los reyes y emperadores, y la iglesia romana se convirtió en la despótica soberana de las naciones, y en mayor autócrata que todos los estados seculares. Sin embargo, esta iglesia, viciada por la fetidez de la ambición mundanal y la codicia del dominio, audazmente afirmaba ser la Iglesia establecida por Aquel que afirmó: “Mi reino no es de este mundo.” Las arrogantes presunciones de la iglesia de Roma no fueron menos extravagantes con respecto a la administración espiritual, que a la secular. Con su vociferante dominio sobre el destino espiritual de los hombres, blasfemamente aparentó perdonar o retener los pecados individuales, e imponer o remitir castigos en la tierra así como allende el sepulcro. Vendía permisos para cometer pecados y ofrecía, a cambio de oro, cartas de perdón indulgente por los pecados ya cometidos. Su papa, proclamándose vicario de Dios, se sentaba con gran pompa para juzgar como si fuera Dios, y con esta blasfemia cumplió la profecía que Pablo pronunció después de amonestar sobre las terribles condiciones que antecederían la segunda venida del Cristo: “Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios.”(2 Tesalonicenses 2:3-4)

Abandonándose sin restricción al libertinaje de una autoridad arrogada, la Iglesia de Roma no vaciló en transgredir la ley de Dios, modificando las ordenanzas esenciales para la salvación y despiadadamente violando el pacto sempiterno, contaminando de ese modo la tierra, tal como Isaías lo había predicho.(Isaías 24:5) Alteró la ordenanza del bautismo, destruyendo su simbolismo y añadiéndole imitaciones de ritos paganos; corrompió el sacramento de la Cena del Señor y tergiversó esta doctrina con la extravagancia de la transubstanciación; asumió aplicar los méritos de los justos para perdonar al pecador mediante el completamente repugnante dogma, contrario a las Escrituras, de la supererogación; impulsó la idolatría de la manera más seductiva y perniciosa; condenó el estudio de las Santas Escrituras por el vulgo en general; implantó un estado innatural de celibato sobre su clero; se corrompió mediante una asociación impía con las teorías y sofisterías de los hombres y adulteró a tal grado los sencillos preceptos del evangelio de Cristo, que engendró una religión henchida de supersticiones y herejías; promulgó doctrinas perversas concernientes al cuerpo humano que dieron al divinamente formado templo de carne la apariencia de no ser más que un objeto digno del tormento y del desprecio; proclamó como acto de virtud, que aseguraba una rica recompensa, el mentir y engañar, si así convenía a sus propios intereses; y tan completamente se apartó del plan original de la organización de la Iglesia de Cristo, que se convirtió en un espectáculo de ostentación aparatosa, fabricada por los caprichos de los hombres.

Las causas internas de mayor importancia que causaron la apostasía de la Iglesia Primitiva se pueden bosquejar en esta forma: (1) La corrupción de las doctrinas sencillas del así llamados. (2) Aditamentos desautorizados a los ritos prescritos de la Iglesia y la introducción de graves alteraciones en las ordenanzas esenciales. (3) Cambios desautorizados en la organización del gobierno de la Iglesia.

Bajo la represión tiránica consiguiente al dominio usurpado e injusto de la iglesia romana, la civilización se retrasó por varios siglos y virtualmente permaneció estancada. Este período de retroceso es conocido en la historia como la época medieval. El siglo quince presenció el movimiento conocido como el Renacimiento o la renovación de las ciencias; hubo un despertamiento general y significativamente rápido entre los hombres en todo el mundo civilizado, y se manifestó un esfuerzo resuelto para librarse del estupor de la indolencia y la ignorancia. Los historiadores y filósofos han visto en el Renacimiento un empuje inconsciente y espontáneo del “espíritu de la época”; fue un paso predeterminado en la voluntad de Dios para iluminar las mentes descarriadas de los hombres, una etapa preparatoria para la restauración del evangelio de Cristo que iba a suceder unos siglos después.

Con el renacimiento de la actividad y esfuerzos intelectuales en el campo del mejoramiento material, surgieron, como corolario natural e inevitable, las protestas e insurrección contra la tiranía religiosa de la época. En Francia los albigenses se habían rebelado contra el despotismo eclesiástico en el siglo trece, y un siglo después Juan Wiclef, de la Universidad de Oxford, osadamente denunció la corrupción de la iglesia y clero romanos, y particularmente la restricción impuesta por la jerarquía papal sobre el estudio popular de las Escrituras. Wiclef dio al mundo una versión de la Sagrada Biblia en el idioma inglés. La iglesia papal intentó reprimir y castigar por la fuerza estas manifestaciones de independencia en las creencias y hechos. Los albigenses padecieron crueldades inhumanas y matanzas desenfrenadas. Wiclef fué víctima de una persecución severa y persistente; y aunque murió en su lecho, no se calmó la saña de la iglesia romana sino hasta que hubo desenterrado e incinerado su cuerpo, y esparcido sus cenizas al aire. Juan Hus y Jerónimo de Praga se distinguieron sobre el continente de Europa agitando los ánimos contra el despotismo papal, y ambos murieron mártires de la causa. Aunque la iglesia se había vuelto apóstata hasta su centro, no faltaron hombres de corazón valiente y alma justa, dispuestos a dar su vida para fomentar la emancipación espiritual.

En el siglo dieciséis se llevó a efecto una notable revolución contra el papado conocida como la Reforma. Un monje alemán llamado Martín Lutero inició este movimiento en 1517; y tan rápido fue su crecimiento, que no tardó en extenderse hasta todos los dominios del papado. En una dieta o concilio general efectuado en Espira en 1529, los representantes y otros delegados de ciertos principados alemanes redactaron protestas formales contra el despotismo de la iglesia papal; y por tal motivo los reformadores han sido tildados de protestantes desde entonces. Juan, Elector de Sajonia, propuso una iglesia independiente, y a instancias de él, Lutero y su amigo, Melanchton, prepararon una constitución para la misma. Los protestantes discordaron entre sí. Faltándoles la autoridad divina para orientarlos en asuntos de organización y doctrina eclesiásticas, siguieron las diversas maneras de los hombres, y se hallaron divididos por dentro y acosados por fuera. Confrontada por estos resueltos oponentes, la iglesia romana no vaciló en emplear crueldades extremadas. El tribunal de la Inquisición, establecido en la última parte del siglo quince con el infamemente sacrilego nombre de “El Santo Oficio”, se embriagó con la lujuria de bárbaras crueldades en el siglo de la Reforma e infligió tormentos indescriptibles a las personas secretamente acusadas de herejía.

En las primeras etapas de la Reforma instigada por Lutero, el rey de Inglaterra, Enrique VIII, declaró su fidelidad al papa, por lo que recibió de éste el distintivo título de “Defensor de la Fe”. Pocos años después la iglesia romana excomulgó a este mismo soberano británico por su impaciente menosprecio de la autoridad del papa en el asunto de su deseo de divorciarse de la reina Catalina para poder contraer matrimonio con una de sus doncellas. En 1534 el Parlamento británico aprobó el Acto de Supremacía, por medio del cual la nación repudió toda lealtad a la autoridad papal. Con este decreto el Rey quedó constituido en jefe supremo de la iglesia dentro de sus propios dominios. Así fue como en consecuencia directa de los libertinos amores de un rey perverso e infame, nació la iglesia anglicana. Con blasfema indiferencia hacia la falta de comisión divina, sin una sombra siquiera de sucesión sacerdotal, un soberano adúltero estableció una iglesia, le proporcionó un “sacerdocio” de su propia hechura y se proclamó administrador supremo en lo concerniente a todo asunto espiritual.

El estudiante de historia está familiarizado con el conflicto entre el catolicismo y el protestantismo en la Gran Bretaña. Basta decir aquí que el odio mutuo de las dos sectas contendientes, el celo de sus adherentes respectivos y su amor supuesto de Dios y devoción al servicio de Cristo, se manifestaban principalmente por medio de la espada, el hacha y la estaca. Enloquecidos porque habían logrado por lo menos una emancipación parcial de la tiranía de la superchería sacerdotal, los hombres y las naciones corrompieron su recién adquirida libertad de pensamiento, palabras y hechos con un torrente de repugnantes excesos. La falsamente llamada Edad de la Razón y las abominaciones ateas que resultaron de la revolución francesa proporcionan testimonio irrefutable de lo que el hombre puede llegar a ser cuando se vanagloria de despreciar a Dios.

¿Es de extrañarse, pues, que desde el siglo dieciséis en adelante, las iglesias fabricadas por los hombres se hayan multiplicado con rapidez fantástica? El número de iglesias y organizaciones eclesiásticas que fundan sus credos en el cristianismo ha llegado a los miles. Por todos lados se oye hoy día: “He aquí a Cristo”, o “helo allí.” Existen sectas que han tomado su nombre de las circunstancias de su origen, como la iglesia de Inglaterra o anglicana; otras llevan el nombre de sus grandes fundadores o promulgadores, como la luterana, calvinista, wesleyana; algunas son conocidas por la singularidad de sus doctrinas o plan de administración, como la metodista, presbiteriana, bautista, congregacional; pero hasta la tercera década del siglo diecinueve no existía sobre la tierra una iglesia que afirmara llevar el nombre o título de la Iglesia de Jesucristo. La única organización con el nombre de iglesia que en esa época existía y afirmaba tener el derecho de autoridad por sucesión era la iglesia católica, y ésta por siglos se había encontrado en una condición apóstata y completamente despojada de autoridad o aceptación divinas.

Si la “madre iglesia” carece de un sacerdocio válido y se halla privada de fuerza espiritual, ¿cómo pueden sus hijas recibir de ella el derecho de oficiar en las cosas de Dios? ¿Quién osará afirmar que el hombre puede originar un sacerdocio que Dios tiene la obligación de honrar y reconocer? Damos por supuesto el hecho de que los hombres pueden instituir, y por cierto instituyen entre sí sociedades, asociaciones, sectas y aun “iglesias”, si así desean llamar sus organizaciones, aceptamos que pueden prescribir reglas, redactar leyes y formular planes de operación, disciplina y gobierno, y que todas estas leyes, reglamentos y sistemas de administración surten sus efectos en aquellos que se hacen miembros. Pero aun reconociéndoles todos estos derechos y facultades, ¿de dónde pueden obtener la autoridad del santo sacerdocio, sin el cual no puede haber Iglesia de Cristo?

Muchos eminentes y concienzudos representantes de las varias iglesias, y aun las propias iglesias, en calidad de instituciones, han admitido la condición apóstata de la cristiandad. Hasta la Iglesia Anglicana reconoce este lamentable hecho en su declaración oficial de degeneración, que en su Homilía contra los peligros de la idolatría, expresa en los siguientes términos:

“De manera que, legos y clero, doctos e indoctos, todas las edades, sectas y clases de nombres, mujeres y niños de toda la cristiandad—cosa terrible y horrorosa en qué pensar—se han hundido a un mismo tiempo en una idolatría abominable, de todos los vicios el más detestable ante Dios y el más reprensible para el hombre; y esto tiene más de ochocientos años de estar así.”

No lleguemos a la conclusión de que durante esta noche de apostasía universal, aun cuando larga y tenebrosa, Dios se olvidó del mundo. El género humano nunca ha quedado enteramente abandonado a su propia cuenta. El Espíritu de Dios estuvo obrando hasta el grado que se lo permitió la incredulidad del hombre. Juan el apóstol y los tres discípulos nefitas estuvieron ejerciendo su ministerio entre los hombres, aunque sin ser conocidos. Sin embargo, durante los siglos de tinieblas espirituales los hombres vivieron y murieron sin el ministerio de un apóstol, profeta, élder, obispo, presbítero, maestro o diácono contemporáneo. La forma de piedad que existía en las iglesias establecidas por manos humanas carecía de poder divino. Plenamente había llegado el tiempo previsto por el apóstol inspirado—de que el género humano en general se negaría a escuchar la sana doctrina, antes teniendo comezón de oír, se amontonaría maestros conforme a sus propias concupiscencias— y verdaderamente la humanidad había apartado sus oídos de la verdad para seguir en pos de las fábulas. (2 Timoteo 4:1-4 En la primera parte del siglo diecinueve se vio el cumplimiento total de las condiciones predichas por boca del profeta Amos: “He aquí vienen días, dice Jehová el Señor, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oir la palabra de Jehová. E irán errantes de mar a mar; desde el norte hasta el oriente discurrirán buscando palabra de Jehová, y no la hallarán.”(Amós 8:11-12)

Durante el período de la apostasía fueron cerradas las ventanas de los cielos que daban hacia el mundo, y con ello quedó interrumpida toda revelación directa de Dios, y particularmente cualquier manifestación personal o teofanía de Cristo. El género humano había cesado de conocer a Dios, y tapado con un manto de misterio y fantasía las palabras de los profetas y apóstoles que lo conocieron en la antigüedad, por lo que se dejó de creer en la existencia del Dios verdadero y viviente; y en su lugar los sectarios intentaron concebir un ser incomprensible, desprovisto de “cuerpo, partes o pasiones”, en una palabra, una nada inmaterial.

Se había decretado en los concilios celestiales, sin embargo, que después de muchos siglos de tenebrosa ignorancia, el mundo nuevamente habría de ser iluminado por la luz de la verdad. Mediante la operación del genio de la inteligencia, que es el Espíritu de Verdad, el alma de la raza humana había estado pasando por una preparación, semejante al campo que es arado profundamente, para que de nuevo pudiera plantarse la semilla del evangelio. Por medio de este Espíritu se reveló el principio de la brújula del navegante—si bien el hombre ideó su estructura física—y con esa ayuda se exploraron los océanos desconocidos. Hacia el fin del siglo quince Colón, guiado por la inspiración de Dios, logró el descubrimiento del Mundo Nuevo, sobre el cual moraba la degenerada posteridad de Lehi, un resto de la casa de Israel, el indio americano de piel cobriza. En su oportunidad llegaron los peregrinos al hemisferio occidental, vanguardia de las huestes que huyeron del destierro en busca de un nuevo hogar donde pudieran adorar de acuerdo con los dictados de su conciencia. Casi seiscientos años antes de Cristo se había predicho la venida de Colón y la subsiguiente inmigración de los puritanos. Sus misiones respectivas tan verdaderamente les fueron señaladas como la comisión de un profeta que es enviado con un mensaje y una obra. (1 Nefi 13:10-13)

La guerra entre las colonias americanas y la madre patria, así como la victoria que resultó en la emancipación, de una vez por todas, de las colonias americanas del gobierno
monárquico, también se habían predicho como pasos adicionales en los preparativos para la restauración del evangelio. Se dejó correr el tiempo suficiente para efectuar el establecimiento de un gobierno estable y la selección de hombres escogidos e inspirados que habrían de redactar y promulgar la Constitución de los Estados Unidos, en la cual se otorga a todo hombre una medida cabal de libertad política y religiosa. No convenía que la semilla preciosa del evangelio restaurado cayera en tierra baldía endurecida por la intolerancia, sólo capaz de producir los cardos del fanatismo y las hierbas nocivas de la esclavitud mental y espiritual. El evangelio de Jesucristo es la incorporación de la libertad; es la verdad que libertará a todo hombre y toda nación que quiera aceptar y obedecer sus preceptos.

En el tiempo señalado el Padre Eterno y su Hijo Jesucristo se manifestaron al hombre sobre la tierra e inauguraron la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos.

—Véase Jesús el Cristo por James E Talmage


Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s