Digno de Confianza

Digno de Confianza

por Robert E. Well

1. ¿Puede Dios confiar en nosotros?
2. Carácter, capacidad y capital
3. Resignación inteligente y nuestra confianza en Dios
4. El carácter digno de confianza
5. Desarrollándonos en capacidad de confianza
6. Capital espiritual
7. Digno de confianza por el autodominio
8. Las recompensas de confiar en Dios

¿Puede Dios confiar en nosotros?

Antes de servir tiempo completo como Autoridad General, trabajé muchos años como banquero en Latinoamérica. A eso siguió un período de servicio a la Iglesia en el departamento de finanzas. Esas experiencias, en las cuales la confianza ha sido la esencia de la interacción social, me han hecho meditar a menudo en el hecho de que la confianza es como una calle de doble sentido, y que tiene que ver con todos los aspectos de nuestra vida, tanto temporal como espiritual.

En el negocio bancario, ambos, el que solicita un préstamo y el que lo otorga, deben confiar y deben ser dignos de confianza. Igualmente en la Iglesia, el líder regional y los líderes locales deben confiar y ser todos dignos de confianza. También es de gran importancia saber que aquellos que confían en Dios son los únicos en quienes el Señor confía para realizar su obra aquí en este mundo. Si queremos ganarnos la confianza de los hombres y la de Dios, debemos aprender a confiar y, especialmente, a ser dignos de confianza.

El ser dignos de confianza es un elemento de grandeza humana. Por lo tanto, cuando una persona llega a ser digna de la confianza de Dios en todos los sentidos, usualmente llega a ser digna de la confianza de sus semejantes. Podemos usar un ejemplo que ilustra el grado de confianza que los miembros de la Iglesia tenían en el profeta José Smith. Lo siguiente fue escrito por Sara M. Pomeroy:

Mi padre se mudó de Nueva York a Nauvoo en la primavera de 1843. Por entonces yo tenía nueve años. Al día siguiente de nuestra llegada, me encontraba afuera, en el patio, cuando llegó un hombre a caballo y preguntó por mi padre. Tomás Colborn. Por supuesto que yo no sabía quién era ese caballero, pero había en su aspecto algo tan noble y digno que me impresionó profundamente.

Mi padre salió y le estrechó la mano cordialmente, llamándolo “Hermano José”. Entonces supe que era el Profeta.

Estos eran días muy agitados. El Profeta había sido acusado falsamente de intentar asesinar al Gobernador Boggs, de Misuri. Porter Rockwell, un gran amigo del Profeta, había sido secuestrado y llevado a Misuri como cómplice, y su juicio estaba a punto de iniciarse. Fi Profeta le pidió a mi padre que le prestara cien dólares para pagar al abogado de Porter Rockwell, y mi padre se los prestó con gusto.

“Se los devolveré dentro de tres días, si estoy vivo”, dijo el Profeta, y se fue.
Mi tía, la hermana de mi padre, se puso colérica. Le dijo: “¿Qué no sabes, Tomás, que nunca volverás a ver un centavo de ese dinero? Aquí está tu familia sin un hogar, y tú andas tirando el dinero”.

“No te preocupes, Ketie”, le contestó mi padre. “Si el Profeta no me puede pagar, no tiene que pagármelo”.

Esa conversación ocurrió delante de nosotros, los niños, y yo me puse a pensar seriamente. ¿Pagará o no pagará? No obstante, yo tenía gran fe en que silo haría.
Llegó el día en que el dinero tenía que pagarse; era un día frío y lluvioso; y llegó la noche: las nueve, las diez, y todos nos fuimos a dormir. Poco después se oyó un toquido a la puerta. Mi padre se levantó y fue a abrir, y ahí, bajo la lluvia, estaba el profeta José.
“Aquí tiene su dinero, hermano Tomás”. Se encendió una vela, y el Profeta contó los cien dólares, y dijo: “Hermano Tomás, todo el día he andado tratando de reunir esta cantidad, porque de ello dependía mi honor. Que Dios lo bendiga” (Hyrum L. Andrus y Helen Mae Andrus, They knew the Prophet, Boockcraft, 1974, pp. 171, 172).

Para llegara ser digno de confianza se requiere preparación. Si deseamos ser dignos de la confianza de Dios, es decir, serle útiles, debemos preparamos. Parte de esa preparación es voluntaria y deliberada, es decir, la hacemos bajo un plano. Por otro lado, la preparación involuntaria viene de las experiencias en la vida, que no planeamos, pero que nos enseñan mucho. Como pueblo del convenio, nosotros estamos voluntariamente comprometidos con el Señor y su causa, y al grado que honremos ese compromiso, El nos confiará mayor responsabilidad. Su confianza en nosotros puede manifestarse en mayores pruebas para nuestro mayor crecimiento y desarrollo. La preparación, voluntaria e involuntaria, forma parte de nuestro deseo de llegar a ser dignos de confianza y, por supuesto, también nos estimula a aumentar nuestra confianza en el Señor.

En la historia de la Iglesia existen muchos ejemplos de ese proceso. En los primeros días de la Restauración, el precio por aceptar el Evangelio era la persecución y el ostracismo. En el período de unos cuantos años, miles fueron echados de sus hogares varias veces, sufriendo las pruebas en Misuri e Illinois. Luego, en 1846, la jornada fría y cansada a través del Estado de Iowa. Los miembros que estaban en Iowa al iniciarse el año de 1847, habían sido bastante probados y preparados en cuanto a su confianza en Dios, y la que Él podía tenerles a ellos.

A principios de abril de ese año, salió de la ciudad de Winter Quarters la primera compañía pionera. formada por 148 personas, iniciando el largo viaje hacia las Montañas Rocallosas a donde llegarían a fines de julio. Estamos admirados de esa primera compañía por su valor y fe, y su confianza en Dios. Es cierto que 143 miembros de esa compañía eran hombres fuertes, capaces, en la flor de la vida. Es cierto que Brigham Young y otros líderes disponían de uno o dos mapas y una idea general de la naturaleza de su destino final. Pero mucho más significativa era su confianza en Dios, confianza en que El sostendría a la compañía durante el viaje, los llevaría a la meta, y luego los ayudaría a ellos, y a los miles que vendrían después, a ganarse la vida y edificar una comunidad en una tierra prácticamente estéril.

El 21 de junio la compañía llegó a Independence Rock, unos doscientos ochenta kilómetros al oeste del Fuerte Laramie, Estado de Wyoming. Me impresiona el hecho de que ese mismo día, más de un mes antes de que la primera compañía llegara a su destino, todavía desconocido, salió de Winter Quarters otra compañía, dirigida por los Elderes Parley P. Pratt y John Taylor. Esa numerosa compañía constaba de 1,553 personas, 2,213 bueyes, 887 vacas y 124 caballos, y además ganado de otras clases. Si la primera compañía merece nuestra admiración por su confianza en Dios, ¿qué podemos decir de la confianza que mostró el segundo grupo? Aquí tenemos lo que B.H. Roberts, un historiador, escribió sobre ellos:

“Esta compañía era diferente a la primera. La primera estaba formada por hombres fuertes, con la excepción de tres mujeres. Tenían los mejores tiros de caballos y equipo, y sabían que si no encontraban un lugar dónde establecerse, podían regresar al lugar de origen. Mientras tanto, sus familias no corrían ningún peligro pues estaban seguras en Winter Quarters. No era así con la compañía de los hermanos Pratt y Taylor. Lo habían puesto todo en el altar, incluso sus esposas y sus niños, quienes tenían que compartir sus dificultades y su suerte. No sabían cuál era su destino final; lo arriesgaron todo en una sola empresa, de la que no había posibilidad de volver atrás. Si fallaban en encontrar un lugar adecuado y levantar una cosecha la primera temporada, no habría manera de conseguir provisiones. Debían tener éxito, o perecer en el desierto en el que ya se habían adentrado. Con una fe que nunca ha sido superada, se pusieron bajo la guía y protección de su Dios, y… su confianza no fue en vano” (The Life of John Taylor, Bookcraft, 1963, pp. 188, 189).

Pero tal vez más significativo fue el hecho de que esos pioneros, al confiar en Dios absolutamente, se hicieron dignos de su confianza y el Señor se valió de ellos para cimentar su reino en la Tierra.

Todo esto representa parte de la preparación que podemos llamar involuntaria. Por otra parte, la preparación voluntaria requiere no sólo la total consagración a lo justo, sino la constante preparación y aprendizaje de habilidades. Es por eso que la persona perezosa jamás podrá llegar a ser digna de confianza. Toda cosa buena que aprendemos, todo preparativo que hacemos para nuestra vida, será de utilidad algún día. De hecho, en la vida nosotros mismos determinamos las oportunidades que tendremos de servir, por lo que aprendemos o por lo que dejamos de aprender. Si no tenemos empeño y nos falta el entusiasmo para aprender cuanta habilidad sea útil—como escribir a máquina, aprender idiomas, manejar automóvil, etcétera—, entonces estaremos limitados al mismo grado de nuestra ignorancia. Y como miembros de una Iglesia dinámica, es importante saber que el peor de los límites que nos imponemos es no desarrollar el don de gentes.

Para cada uno de nosotros hay situaciones especiales en las que, en ese momento, somos exactamente la persona precisa en quien el Señor podría confiar. Pero la confianza es calle de doble sentido. El Señor puede confiar en nosotros únicamente si nosotros tenemos confianza en Él y, especialmente, si somos dignos de su confianza.

Por supuesto, nosotros siempre podemos confiar en el Señor, y tenemos que aprender a hacerlo, y la mejor manera de aprender es hacernos dignos de su confianza. Mientras más dignos de su confianza nos hacemos, más aprendemos a confiar en Él.
Por lo tanto, la confianza tiene dos facetas que debemos y podemos desarrollar. Una es llegar a ser dignos de confianza; tener las cualidades que harán que otros nos vean como una persona a quien pueden y necesitan recurrir. La segunda es la capacidad de confiar, es decir, portarse como lo hizo David cuando se enfrentó a Goliat.

A todos los israelitas se les había enseñado que el Dios verdadero era el Dios de Israel. Los ídolos de Egipto y Filistea podrían fallar, pero Jehová jamás fallaría si la confianza en Él era pura. La confianza de David era pura, pero no así la de Saúl. Ni los capitanes ni los hombres fuertes de Saúl confiaban en el Señor como lo hacía David.

Por lo tanto David no vaciló en su paso;
sus labios no temblaban;
su corazón no temía;
David “se dio prisa” para pelear con Goliat.
David corrió hacia el temible gigante.

Y el resultado fue lo que David esperaba: el Señor entregó a Goliat en sus manos. David fue sólo el instrumento. Sentía confianza en su corazón.

Estaba preparado. Tenía mucha práctica con su honda. Había tenido experiencias previas de valor y había matado animales salvajes para proteger los rebaños de su padre. Era el hombre indicado en el lugar indicado, y el Señor podía valerse de él.
La mayoría de nosotros ignoramos lo que el Señor podría hacer con nosotros si confiáramos completamente en Él y nos pusiéramos a su disposición, diciendo: “Señor, haré todo lo que me mandes y puedes hacer conmigo todo lo que desees”.
En muchos de sus discursos, Brigham Young habló sobre la grandeza que podrían lograr los miembros si confiaran totalmente en el Señor. Brigham Young dijo que casi todos nosotros limitamos a Dios, y no nos ponemos enteramente bajo su sombra por temor de que nos pida demasiado. No nos hacemos dignos de confianza porque no confiamos en Él.

Una de las más grandes pruebas de la confianza es la habilidad de caminar hacia adelante cuando el camino es obscuro y desconocido. (Recordemos que el Señor dividió las aguas del mar Rojo solamente hasta que Moisés y los hijos de Israel no tuvieron otro lugar dónde pisar). Si ponemos toda nuestra confianza en Dios, entonces Él puede llevarnos dondequiera que desee que sirvamos, y hacer de nosotros lo que desee hacer. Y eso, a la larga nos traerá la mayor felicidad, porque el Señor quiere que todos lleguemos a ser como Él, y que tengamos lo que Él tiene.

Si deseamos tener una vida útil y productiva, y llegar a ser dignos de gran confianza en todo lo que nos proponemos, aprendamos a caminar en ambos sentidos por ¡acalle de la confianza. Esto es, aprendamos a confiar en el Señor, y a disciplinamos a nosotros mismos para llegar a ser dignos de su confianza.

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