La confianza en Dios

  • La confianza en Dios

Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? (Mateo 6:30)

Cristo tenía confianza en su Padre
Desde el día en que, cuando era niño entró en el templo para discutir con los doctores, hasta el momento de su muerte como Redentor en la cruz, la vida del Salvador es una historia de inquebrantable fe en su Padre Celestial. Su vida no fué fácil, recreada o cómoda. Fué a la vez amado y odiado, estuvo rodeado de seguidores o bien abandonado totalmente, y muchos le comprendieron y muchos otros no, incluso los suyos. Su camino le llevó de las apacibles colinas de Galilea al Calvario en tres escasos años. Durante toda su vida pasó a través de sus tristezas y sus alegrías con una confianza plena y amorosa en su Padre. Sentía que Dios estaba con él, y que él estaba con Dios.

Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Entonces los fariseos le dijeron: Tú das testimonio acerca de ti mismo; tu testimonio no es verdadero. Respondió Jesús y les dijo: Aunque yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde he venido y a dónde voy; pero vosotros no sabéis de dónde vengo, ni a dónde voy. Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie. Y si yo juzgo, mi juicio es verdadero; porque no soy yo solo, sino yo y el que me envió, el Padre. Y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero. Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de mi. (Juan 8:12-18)

La historia de la traición de Cristo por Judas, su arresto y su juicio ante el consejo de sumos sacerdotes y Pilato, revelan su calma y su sangre fría admirables. Incluso a la hora de su derrota y su fracaso aparentes, cumplió la voluntad de su Padre; no se preocupó por su propia seguridad ni se asustó a causa de ella. A Pedro, que cortó la oreja de un siervo del sumo sacerdote, Jesús le dijo:

Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán. (Mateo 26:52. Véase también Juan 18:10)

Murió en medio de grandes sufrimientos, pero en la confianza plena de que había hecho la voluntad de su Padre.

Cristo nos enseñó a tener confianza en el Padre
Si juzgamos por los evangelios, los contemporáneos de Jesucristo, incluyendo sus discípulos, no tenían una perfecta confianza en Dios, como ocurre con los hombres de nuestra época. Una y otra vez, intentó tranquilizarlos, hacerles saber que eran hijos de Dios y que ésta les prodigaba sus tiernos cuidados y se interesaba por ellos. Notemos ciertas de sus tranquilizadoras palabras a este respecto:

Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre Celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas ? .. . Y por el vestido, ¿ por qué os afanáis ? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. (Léase Mateo 6:26-29)

Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno. ¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos. (Mateo 10:28- 31) … Toda planta que no plantó mi Padre Celestial, será desarraigada. (Mateo 15:13)

… Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible. (Mateo 19:26)

Respondiendo Jesús les dijo: Tened fe en Dios. (Marcos 11:22)

Pablo tenía confianza en Dios mediante Jesucristo
Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien. (Romanos 8:28)

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro. (Romanos 8:35-39)

Nuestra confianza en Dios
¿Sentimos también, hasta cierto punto, la misma confianza en nuestro Padre Celestial que sentía Jesús? ¿Creemos que Dios se preocupa más de nosotros que de los lirios del campo, de los pájaros o de la hierba que hoy es y mañana es echada en el fuego ? ¿Podemos decir, junto con Pablo, sinceramente y de todo corazón: “¿Quién nos apartará del amor de Cristo?” ¿O bien, en lugar de ello, nuestra vida está llena de ansiedad y obscurecida por el temor del mañana?

Empezamos nuestra vida, especialmente si hemos nacido en un hogar cristiano rodeados de padres que nos aman, con la fe y el optimismo de un niño. A veces las duras realidades de la vida nos desilusionan en nuestra fe y en nuestra confianza. Y empezamos a tener miedo, o por lo menos a sentirnos tristes, a medida que nos vamos dando cuenta del drama de la familia humana. Con el autor de Job, podemos decir:

El hombre nacido de mujer, corto de días y hastiado de sinsabores, sale como una flor y es cortado, y huye como la sombra y no permanece. (Job 14:1,2)

Una mujer admirable, amiga mía, creció con una fe implícita en su Padre Celestial. Creía que si vivía como es debido y oraba con fe, ningún mal podía acontecerle. Todo fué bien para ella y para su fe hasta el momento en que su primer hijo cayó gravemente enfermo. Con gran confianza oró al Señor, pero el niño murió. Desde entonces, esta mujer ha hecho varias veces la observación de que nunca jamás ha podido orar con la fe sencilla de un niño que antes poseyera. Su fe es todavía fuerte, y su vida también es como debiera ser, pero su fe en Dios ha cambiado de naturaleza.

A medida que maduramos con los años y la experiencia, es inevitable que nuestra fe cambie. La fe de un niño es hermosa, pero al mismo tiempo tan delicada como una flor y se la hiere o destruye con la misma facilidad. La fe de un adulto, madurada por los años, puede ser tan robusta como un roble, y tan sólida como una roca. Consideremos las maneras en que podemos tener confianza en Dios, y como esta confianza puede desarrollarse y no disminuir.

¿En qué maneras podemos tener confianza en Dios?
1. Nuestra confianza debe estar dirigida hacia Dios.—Si concentramos nuestra vida religiosa en nosotros mismos, en nuestra propia seguridad, nuestro confort, nuestro éxito, o la realización de nuestras esperanzas, entonces es realmente difícil el conservar una fe inquebrantable en nuestro Padre Celestial. El mundo no fué creado para satisfacer todos los deseos, todos los caprichos de cada individuo. Es preciso también tener en consideración el bienestar general de todos los hombres. Los propósitos universales del Creador deben realizarse, y los deseos de un solo individuo no coinciden siempre con estos propósitos. La verdadera religión no es el egocentrismo, sino la religión, que se concentra en torno a Dios. Es la devoción a la voluntad de Dios; es el amor que se tiene por él y su justicia, y por sus hijos; es adorarle y servir a nuestros semejantes.

La confianza del Salvador provenía de una vida religiosa enteramente consagrada al cumplimiento de la voluntad de Dios. Ni siquiera tenía un lugar en el que pudiera descansar su cabeza, pero sabía en quien había depositado su confianza.” (el Padre) … no me ha dejado solo; porque yo, lo que a él agrada, hago siempre . . .” (Juan 8:29) Los hombres y las naciones pueden pasar, pero la palabra y la voluntad del Padre permanecen para siempre. Tal es el sentimiento que tenemos cuando meditamos la vida de Jesús de Nazaret.

Hay una historia, en el Libro de Mormón, que ilustra la confianza y el poder que recibe una persona que hace suya la voluntad de Dios. Un cierto Nefi, que había obedecido la voluntad del Padre con ardor y diligencia fué hecho poderoso “en palabras y hechos, en fe y obras; sí, hasta cumplirse en él todas las cosas según su palabra.” ¡Imagínense, el Señor dando este poder a un ser mortal! Pero no tenemos que ir muy lejos para encontrar el porqué, ya que leemos en el mismo versículo: “Porque no me pedirás lo que fuere contrario a mi voluntad.” (Léase Helamán 10:4, 5) Nefi recibió poder divino porque hizo la voluntad del Padre. Nuestra confianza en nuestro Padre crecería también si nuestra vida religiosa se con¬centrara menos alrededor de nuestra propia comodidad y más en su palabra y en su voluntad.

2. Porque Dios vive, podemos depositar nuestra confianza en los principios que él nos ha dado a través de su Hijo y de los profetas.— La humildad, la sinceridad, la justicia, la libertad, el perdón, la misericordia y el amor son muchos más que simples ideales humanos. Son principios eternos y universales que engendran el desarrollo espiritual y la paz entre los hombres. La vida es buena si aprendemos a vivir en armonía con estos principios. Ningún esfuerzo hecho en este sentido es en vano. El menor acto de rectitud contribuye al propósito de Dios. Incluso si tenemos decepciones, si fracasamos en nuestros planes personales, o si perdemos a nuestros seres queridos, siempre conservamos ideales a los que queremos conformar nuestra vida y que la forma de vida que nos ha enseñado Jesús es la mejor a la que es posible aspirar, porque en ella hay verdad y hay gozo. Si vamos en busca de esta vida nuestra existencia no habra sido en vano; no será vacía y nula, sino que cada día de nuestra existencia será llena de satisfacción y de significado.

El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir: yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia. (Juan 10:10)

Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido. (Juan 15:10,11)

Santifícalos en tu verdad: tu palabra es verdad. (Juan 17:17)

Un hijo pródigo moderno se marchó de su hogar apacible situado en los valles de Sión, y se fué en busca de aventura, diversión y felicidad. En el curso de unos cuantos años pronto hubo pocos deseos y apetitos que no hubiera mirado de satisfacer. Pero le dejaron como “un gusto de ceniza en la boca.” Volvió a los valles en los que había nacido, al lado de su familia, a la vida sencilla de la gente honrada y generosa, y nos dijo: “He vuelto a casa para hallar por fin lo que me fui a buscar en otros sitios: la bondad, la fuerza, la libertad y la paz.”

La felicidad es la recompensa que tenemos cuando vivimos con nuestros pasos encaminados hacia un buen propósito. Nuestra confianza en Dios significa la confianza en aquellas cosas que hacen que la vida sea digna de ser vivida: trabajar honradamente, criar una familia, ayudar al prójimo, ir en busca de la verdad, defender las causas justas, cooperar con todos los hombres de buena voluntad. Tener confianza en Dios significa tener confianza en todas las cosas que El representa, en todos los atributos de su carácter, en la vida y las enseñanzas de su Hijo.

Necesitamos la de los profetas y del salmista:

Por tanto, hermanos, no queráis aconsejar al Señor, antes aceptad el consejo que viene de su mano. Porque he aquí, vosotros mismos sabéis que El amonesta con sabiduría, y justicia, y gran clemencia en todas sus obras. (Jacob 4:10)

Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová y me gozaré en el Dios de mi salvación. Jehová el Señor es mi fortaleza, el cual hace mis pies como de ciervas, y en mis alturas me hace andar. (Habacuc 3:17-19)

Con todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la mano derecha. Me has guiado según tu consejo y después me recibirás en gloria. ¿A quién tengo yo en los cielos sino a tí? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre. Porque he aquí, los que se alejan de ti perecerán; tú destruirás a todo aquel que de ti se aparta. Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien; he puesto en Jehová el Señor mi esperanza, para contar todas tus obras. (Salmos 73:23-28)

— Véase Enseñanzas del Nuevo Testamento por Lowell L. Bennion


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