El Milagro del Perdón

El Milagro del Perdón

por Spencer W. Kimball

  1. Esta vida es el tiempo
  2. Ninguna cosa impura puede entrar
  3. No hay justo, ni aun uno
  4. Estas cosas aborrece Jehová
  5. Sólo el pecado de homicidio es peor
  6. El crimen contra la naturaleza
  7. Los pecados de omisión
  8. Cual el pensamiento del hombre
  9. El punto irreversible
  10. Arrepentíos o pereceréis
  11. La convicción trae el despertamiento
  12. El abandono del pecado
  13. El alivio de las cargas mediante la confesión
  14. Restitución
  15. El cumplimiento de los mandamientos de Dios trae el perdón
  16. Evítense las asechanzas
  17. Tracemos un curso seguro
  18. Perdonad para que seáis perdonados
  19. Cómo perdonamos a nuestros deudores
  20. El momento de rendir cuentas
  21. La Iglesia perdonará
  22. Dios perdonará
  23. El milagro del perdón

Prólogo

Y hacía Dios milagros extraordinarios…. (Hechos 19:11).

 Nuestro Señor, Jesucristo, es ese Dios de milagros. En una ocasión dijo a los creyentes judíos: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).

¿Puede compararse milagro alguno con el que Jesús nos proporciona de “… desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados”? (Isaías 58:6). Sanó a los enfermos, echó fuera demonios, calmó la tempestad y aun resucitó a los muertos. Pero, ¿puede milagro alguno igualar al que libra a los hombres de las cadenas de la ignorancia, la superstición y la transgresión? El Profeta José Smith dijo: “Mejor es salvar a un hombre que resucitar a uno de entre los muertos.”

Pablo el apóstol dijo: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?, ya que el aguijón de la muerte es el pecado…” (1 Corintios 15: 55, 56). Y esto impele a decir: “No hay tragedia, sino en el pecado.”

Este libro no tiene por objeto entretener, sino más bien el serio propósito de presentar pasajes de las Escrituras, experiencias y exhortaciones con la  esperanza de que por medió de estas cosas muchos sean persuadidos a arrepentirse de sus pecados e indiscreciones, y se dediquen a purificar y perfeccionar sus vidas.

Este propósito surgió de los años que he dedicado al ministerio como presidente de estaca y como apóstol, durante los cuales he pasado por muchas experiencias en mi labor con los transgresores, especialmente aquellos que han incurrido en pecados sexuales, tanto en los vínculos del matrimonio como fuera de ellos. Siendo las Escrituras la firme base de la ley y la felicidad, constantemente he sentido la necesidad de hacer una selección de pasajes que yo pudiera recomendar a los ofensores. Mis apuntes de estas referencias crecieron hasta llegar a constituir la colección de la cual proviene la presente obra.

En vista de que los hombres y mujeres son humanos y por lo regular de mente carnal, y por motivo de que usualmente es más fácil hacer lo malo que lo bueno, y “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”, tal vez he citado mayor número de pasajes de las Escrituras sobre este tema del pecado sexual que cualquier otro.

Para curar las enfermedades espirituales que nos ahogan e infestan nuestras vidas, el Señor nos ha dado un remedio seguro, a saber, el arrepentimiento.

Había sido mi determinación jamás escribir un libro, y más resuelto me sentí al leer estas palabras de Job: “¡Quién me diera que… el Omnipotente testificara por mí aunque mi adversario me forme proceso!” (Job 31:35). Tres razones principales me hicieron cambiar de parecer.

Primero, la necesidad. Cuando casi del diario me veo en contacto con hogares destrozados, hijos delincuentes, gobiernos corruptos y grupos apóstatas, y comprendo que todos estos problemas vienen como consecuencia del pecado, siento deseos de exclamar junto con Alma: “¡Oh, si pudiera salir . . . con una voz que estremeciera la tierra, y proclamar el arrepentimiento a todo pueblo!” (Alma 29:1).

De ahí que, este libro indica la gravedad de violar los mandamientos de Dios; muestra que el pecado sólo puede traer el pesar, el remordimiento, la desilusión y la angustia; y advierte que las pequeñas indiscreciones se vuelven más grandes y finalmente se convierten en transgresiones mayores que exigen fuertes castigos. En vista de la propagación y gravedad de la transgresión sexual y otros pecados mayores, éstos se recalcan en forma particular. Se proporcionan señales de peligro y pautas para reducir el riesgo de que uno sea inducido ciegamente a entrar en senderos prohibidos.

Habiendo llegado a reconocer su grave pecado, muchos tienen la tendencia de abandonar la esperanza, a causa de que no tienen un conocimiento claro de las Escrituras y del poder redentor de Cristo.

En segundo lugar, pues, escribo para hacer la gozosa afirmación de que el hombre puede ser literalmente transformado, mediante su propio arrepentimiento y por el don consiguiente del perdón de Dios que se extiende a todos los pecados menos los imperdonables. Mucho mejor es no haber cometido el pecado; dura es la vía del transgresor; pero es posible la rehabilitación.

En tercer lugar, aquellos de nosotros que el Señor ha llamado para dirigir tenemos una responsabilidad ineludible, igual que la de Jacob y de José, de tomar

. . . sobre nosotros la responsabilidad, haciéndonos responsables de los pecados del pueblo si no le enseñaban os la palabra de Dios con toda diligencia; para que, trabajando con todas nuestras fuerzas, su sangre no manchara nuestros vestidos (Jacob 1: 19).

Isaías amonesta: “Clama a voz en cuello, no te detengas; alza tu voz como trompeta, y anuncia a mi pueblo su rebelión, y a la casa de Jacob su pecado” (Isaías 58: l). Ezequiel hace esta advertencia a los que dirigen:

“¿No apacientan los pastores a los rebaños?” (Ezequiel 34:2). Y más adelante: “Cuando [el atalaya] tocare trompeta y avisare al pueblo, cualquiera que no se apercibiere su sangre será sobre su cabeza” (Ezequiel 33:3,4).

La trompeta no debe anunciar “sino el arrepentimiento a esta generación” (D. y C. 6:9). De modo que el mensaje es para todo el mundo, no sólo para los miembros de la verdadera Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Estas razones y el predominio que se ha dado al tema en las amonestaciones de todo profeta y director espiritual desde Adán en adelante, me parecen justificar la existencia de un libro que hable exclusivamente del pecado, el arrepentimiento y el perdón. Esto, a pesar del hecho de que muchos escritores de la Iglesia han incluido este tema como parte de una obra más completa.

Al escribir este libro, no me precio de originalidad ni genio literario. En él tal vez no haya nada nuevo o impresionante. Por otra parte, he repetido intencionalmente algunos pasajes de las Escrituras para apoyar distintos aspectos del tema o para asegurar que se recalcarán debidamente, con la esperanza de que aquellos que se sienten frustrados y están en, pecado puedan lavar sus ropas en la sangre del Cordero”, a fin de que la paz descienda sobre ellos como rocío del cielo.

En igual manera, al escribir acerca del pecado y del arrepentimiento, no es la intención dar a entender que el autor o cualquiera de las personas citadas, salvo el propio Señor, se hallan sin culpa. ¡Sin embargo, no habría mucho que nos impulsara a obrar rectamente, si todos los oradores y escritores aplazaran sus discusiones y amonestaciones hasta que ellos mismos fuesen perfectos!

Como se expresa Jacob: “Sé que las palabras de verdad son duras contra toda impureza; mas los justos no las temen, porque aman la verdad y son constantes” (2 Nefi 9:40).

Tal vez nos invadan a todos nosotros algunos de los mismos sentimientos que sobrevinieron al apóstol Pedro cuando se acercaba al fin de su vida:

Pues tengo por justo, en tanto que estoy en este cuerpo, el despertaros con amonestación;

sabiendo que en breve debo abandonar el cuerpo, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado.

También yo procuraré con diligencia que después de mi partida vosotros podáis en todo momento tener memoria de estas cosas (2 Pedro 1:13-15).

Acepto toda responsabilidad por lo que este libro contiene. En particular, la Iglesia y quienes la dirigen quedan totalmente absueltos de responsabilidad por cualquier error que en esta obra se encuentre.

Me es imposible a mí, o a cualquier otro ser mortal, salvar el alma de otra persona, pero es mi humilde esperanza que por medio de este libro algunos que estén padeciendo los perniciosos efectos del pecado puedan recibir ayuda para encontrar el camino que conduce de las tinieblas a la luz, del sufrimiento a la paz, de la miseria a la esperanza y de la muerte espiritual a la vida eterna. Si en cualquier grado la presente obra logra esto, y ayuda a confirmar a otros en una vida de justo empeño, mis esfuerzos en su producción se habrán justificado.

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