La verdad restaurada

La verdad restaurada

Una breve historia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días

1. Génesis
2. Un ángel y un libro
3. El poder de Dios entre los hombres
4. Se organiza la Iglesia
5. El mormonismo en Ohio
6. La Iglesia en Misuri
7. Nauvoo la Hermosa
8. Los mártires
9. El éxodo
10. Hacia la tierra prometida
11. La conquista del desierto
12. Los años de conflicto
13. Años de sobrellevar las pruebas
14. El resplandor de la buena voluntad


Capítulo 1

GÉNESIS

A principios del siglo diecinueve, la parte occidental del estado de Nueva York era principalmente territorio de colo­nización, una región de amplias oportunidades para quienes no temieran la formidable tarea de desmontar y trabajar la tierra virgen. Entre éstos estaban José Smith y su esposa, Lucy Mack, quienes, junto con sus odio hijos, en 1816 se establecieron en los alrededores de Palmyra, no lejos de Rochester.

Los Smith constituían una familia típica de Nueva Inglaterra, de ascendencia inglesa y escocesa, que valoraba la independencia por la cual sus antepasados de ambas líneas habían luchado en la revolución norteamericana de 1776. Y eran gente religiosa que leía la Biblia y oraba en familia aunque como muchos de su clase, no pertenecían a ninguna iglesia.

Esta situación en que se encontraban los pobladores de las regiones coloniales de los Estados Unidos causó gran inquietud a los líderes religiosos y se inició una campaña de conversión, que se llevó a cabo en una amplia región que iba desde los estados de Nueva Inglaterra hasta Kentucky. En 1820 llegó hasta la parte occi­dental de Nueva York. Los ministros de distintas denominaciones unieron sus esfuerzos y se lograron muchas conversiones entre los colonos esparcidos. En una de sus ediciones un periódico de Rochester hizo la siguiente observación: “Desde que se inició el últi­mo movimiento renovador religioso, más de doscientas almas de Palmyra, Macedon, Manchester, Lyons y Ontario se han convertido en esperanzados recipientes de la gracia divina”. A la semana siguiente informaba “que en Palmyra Macedon… más de cuatrocientas almas ya han confesado que el Señor es bueno”.1

LA HISTORIA DE JOSÉ SMITH

Ante el ímpetu de esa renovación religiosa, cuatro miem­bros de la familia Smith —la madre y tres hijos— se unieron a la Iglesia Presbiteriana. Otro hijo, José, que entonces tenía catorce años de edad, también sintió un fuerte deseo de afi­liarse a una iglesia; pero quería estar Seguro en tan impor­tante paso y se sintió profundamente afligido por el hecho de que, aun cuando los diversos ministros religiosos habían estado unidos al iniciarse el movimiento de renovación, se mostraron en enconado desacuerdo cuando los conversos empezaron a dividirse entre las varias congregaciones. Cuanto más escuchaba los argumentos contradictorios, más se confundía. Razonando, llegó a la conclusión de que todas ellas no podían estar en lo cierto, y el problema de cuál sería la que Dios reconocía como su Iglesia lo inquietó (le gran manera. En un relato sencillo y sincero nos cuenta lo que decidió hacer y los notables acontecimientos que siguieron:

“Agobiado bajo el peso de las graves dificultades que provocaban las contiendas de estos grupos de religiosos, un día estaba leyendo la Epístola de Santiago, primer capítulo y quinto versículo, que dice: Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.

“Ningún pasaje de las Escrituras jamás penetró el corazón de un hombre con más fuerza que éste en esta ocasión, el mío… Lo medité repetidas veces, sabiendo que si alguien necesitaba sabiduría de Dios, esa persona era yo; porque no sabía qué hacer; y a menos que obtuviera mayor conocimiento del que hasta entonces tenía, jamás llegaría a saber; porque los maestros religiosos de las diferentes sectas entendían los mismos pasajes de las Escrituras de un modo tan distinto, que destruían toda esperanza de resolver el problema recurriendo a la Biblia.

“Finalmente llegué a la conclusión de que tendría que permanecer en tinieblas y confusión, o de lo contrario, hacer lo que Santiago aconsejaba, esto es, recurrir a Dios. Al fin tomé la determinación de ‘pedir a Dios’, habiendo decidido que si El daba sabiduría a quienes carecían de ella, y la impartía abundantemente y sin reprochar; yo podría intentarlo.

“Por consiguiente, de acuerdo con esta resolución mía de recurrir a Dios, me retiré al bosque para hacer la prueba. Fue en la mañana de un día hermoso y despejado, a princi­pios de la primavera de 1820. Era la primera vez en mi vida que hacía tal intento, porque en medio de toda mi ansiedad, hasta ahora no había procurado orar vocalmente

“…mirando a mi derredor y encontrándome solo, me arrodillé y empecé a elevar a Dios el deseo de mi corazón. Apenas lo hube hecho, cuando súbitamente se apoderó de mí una fuerza que me dominó por completo, y surtió tan asombrosa influencia en mí, que se me trabó la lengua, de modo que no pude hablar. Una densa obscuridad se formó alrededor de mí, y por un momento me pareció que estaba destinado a una destrucción repentina.

“Mas esforzándome con todo mi aliento para pedirle a Dios que me librara… y en el momento en que estaba para hundirme en la desesperación y entregarme a la destrucción —no a una ruina imaginaria, sino al poder (le un ser efectivo del mundo invisible que ejercía una fuerza tan asombrosa como yo nunca había sentido en ningún otro ser— precisamente en ese momento de tan grande alarma vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí.

“No bien se apareció, me sentí libre del enemigo que me había sujetado. Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mí nom­bre, y dijo, señalando al otro: Este es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!

“Había sido mi objeto recurrir al Señor para saber cuál de todas las sectas era la verdadera, a fin de saber a cuál unirme. Por tanto, luego que me hube recobrado… pregunté a los Personajes que estaban en la luz arriba de mí, cuál de todas las sectas era la verdadera… y a cuál debía unirme.

“Se me contestó que no debía unirme a ninguna, porque…con sus labios me honran, pero su corazón lejos está de mí; enseñan como doctrinas los mandamientos de hombres, teniendo apariencia de piedad, mas negando la eficacia de ella’”2

LAS REACCIONES DE LA GENTE

Como es de suponerse, tan extraordinario relato provocó considerable conmoción. De buena fe, José Smith habló del hecho con tino de los predicadores que habían tomado parte en aquella renovación religiosa. El joven quedó desconcertado cuando el hombre trató su relato con desprecio, diciéndole que tales cosas eran del diablo, que todas las visiones y revelaciones habían cesado con los Apóstoles y que no se repetirían. Pero no terminó allí el asunto, porque el joven no tardó en descubrir que era el blanco de burlas; y hombres que en general no se habrían fijado en él se empeñaban en ridiculizarlo, lo que fue para él motivo de mucha pena. En su historia continúa diciendo:

“Sin embargo, no por esto dejaba de ser un hecho el que yo hubiera visto una visión. He pensado desde entonces que me sentía igual que Pablo, cuando presentó su defensa ante el rey Agripa y refirió la visión, en la cual vio una luz y oyó una voz. Mas con todo, fueron pocos los que le creyeron; unos dijeron que estaba mintiendo; otros, que estaba loco; y se burlaron de él y lo vituperaron. Pero nada de esto destruyó la realidad de su visión. Había visto una visión, y él lo sabía, y toda la persecución debajo del ciclo no iba a cambiar ese hecho; y aunque lo persiguieran hasta la muerte, aun así sabía, y sabría hasta su último aliento, que había visto una luz así como oído una voz que le habló; y el mundo entero no pudo hacerlo pensar o creer lo contrario.

“Así era conmigo. Yo efectivamente había visto una luz, y en medio de la luz vi a dos Personajes, los cuales en rea­lidad me hablaron; y aunque se me odiaba y perseguía por decir que había visto una visión, no obstante, era cierto; y mientras me perseguían, y me vilipendiaban, y decían fal­samente toda clase de mal en contra de mí por afirmarlo, yo pensaba en mi corazón: ¿Por qué me persiguen por decir la verdad? En realidad he visto una visión; y ¿quién soy yo para oponerme a Dios?, o ¿por qué piensa el mundo ha­cerme negar lo que realmente he visto? Porque había visto una visión; yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía; y no podía negarlo, ni osaría hacerlo; por lo menos, sabía que hacién­dolo, ofendería a Dios y caería bajo condenación.”3

En la mente de José Smith quedó así aclarado el gran problema que lo había confundido, por lo que no se afilió a ninguna de las iglesias que habían procurado despertar su interés. Y de mayor importancia aún, había descubierto que la promesa de Santiago era verdadera: Quien tenga falta de sabiduría puede pedirla a Dios y obtenerla sin reproche.


1 Preston Nibley, “Joseph Smith, the Prophet”. Salt Lake City: Deseret News Press, 1946, págs. 21-22.
2 José Smith—Historia 11-19.
3 José Smith—Historia 24-25.

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