Los Artículos de Fe

Capítulo 12
DONES ESPIRITUALES

Artículo 7.—Creemos en el don de lenguas, profecía, reve­lación, visiones, sanidades, interpretación de lenguas, etc.

 Los Dones Espirituales Caracterizan la Iglesia.Ya se ha afirmado que todos los hombres que quieren oficiar debidamente en las ordenanzas del evangelio tienen que ser comisionados con autoridad del cielo para sus altos deberes. Con tal investidura, estos siervos del Señor no carecerán de pruebas respecto de su comisión divina, porque es rasgo típico de las vías de Dios que él manifieste su poder, concediendo una variedad de gracias ennoblecedoras que apropiadamente se llaman dones del Espíritu. Con frecuencia se manifiestan éstos de una manera tan distinta del orden común de las cosas, que se les califica de milagrosos y sobrenaturales. De ese modo se dio a conocer el Señor en los tiempos primitivos de la historia bíblica; y desde los días de Adán hasta la actualidad, los profetas de Dios generalmente se han visto investidos con tal poder. Siempre que la autoridad del Sacerdocio ha obrado mediante la Iglesia organizada sobre la tierra, los miem­bros han sido fortalecidos en su fe y bendecidos de varias otras maneras análogas por la posesión de estos dones. Podemos sin peligro alguno considerar la existencia de estos poderes espirituales como una de las características esenciales de la Iglesia. Donde no existen, el Sacerdocio de Dios no funciona.

El profeta Mormón” solemnemente declaró que los días de los milagros no pasarán de la Iglesia mientras hubiere sobre la tierra aun cuando fuere un solo hombre que salvar. “Porque—dice él—es por la fe que se obran milagros, y es por la fe que aparecen ángeles y ejercen su ministerio a favor de los hombres; por lo tanto, si han cesado estas cosas, ¡ay de los hijos de los hombres!, porque es a causa de la incredulidad, y todo es inútil.” Y Moroni, con el presentimiento de que no duraría mucho sobre la tierra, testificó independientemente que los dones y gracias del Espíritu jamás desaparecerían mientras durase la tierra, sino por la incredulidad del género humano.

Escuchad las palabras de este profeta, dirigidas a “vosotros que negáis las revelaciones de Dios y decís que ya han cesado, que no hay revelaciones, ni profecías, ni dones, ni sanidades, ni hablar en lenguas, ni interpre­tación de lenguas. He aquí, os digo que aquel que niega estas cosas, no conoce el evangelio de Cristo; sí, no ha leído las Escrituras; y si las ha leído, no las comprende. Pues ¿no leemos que Dios es el mismo ayer, hoy y para siempre, y que en él no hay variación, ni sombra de cambio? Empero si os habéis imaginado un dios variable, y en quien hay sombra de cambio, entonces os habéis imaginado un dios que no es un Dios de milagros. Pero he aquí que yo os mostraré un Dios de milagros, sí, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob; y es el mismo Dios que creó los cielos y la tierra, y todas las cosas que hay en ellos.”

Naturaleza de los Dones Espirituales.Los dones de que aquí se habla son esencialmente investiduras de poder y autoridad por medio de las cuales se realizan los pro­pósitos de Dios, y algunas veces se ven acompañados de  situaciones que pueden parecer sobrenaturales. Por este medio son curados los enfermos, las influencias malignas son vencidas, los espíritus de tinieblas domi­nados; los santos, humildes y débiles, proclaman sus testimonios y de otras maneras alaban a Dios en lenguas nuevas y extrañas mientras otros interpretan sus pala­bras; el entendimiento humano recibe el vigor del con­tacto celestial de visiones y sueños espirituales para ver y comprender cosas que ordinariamente les son vedadas a los sentidos mortales; se establece comunicación directa con la fuente de toda sabiduría, y se obtienen las reve­laciones de la divinidad.

El Señor ha prometido estos dones a quienes creyeren en su nombre, y han de venir después de la obediencia a los requisitos del evangelio. Entre los creyentes, deben servir de ánimo y aliciente para buscar una comunicación más elevada con el Espíritu. No se dan como señales para gratificar la curiosidad carnal ni para satisfacer una sed malsana de cosas aparatosas. Ha habido hombres que por medio de manifestaciones milagrosas han sido guiados a la luz; pero los sucesos en las vidas de estos hombres indi­can que son de los que habrían llegado al conocimiento de la verdad de algún otro modo, o de los que sólo están interesados superficialmente, y en cuanto se acaba la no­vedad de la nueva sensación, se extravían una vez más entre las tinieblas de las cuales momentáneamente habían salido. Los milagros no son principalmente, ciertamente. no se necesitan, para dar pruebas del poder de Dios; los acontecimientos más sencillos, las obras más comunes de la creación hacen eso. Pero al corazón ya enternecido y purificado por el testimonio de la verdad, al entendimiento iluminado por el poder del Espíritu y dispuesto para servir obedientemente en los requerimientos del evangelio, llega la voz de los milagros con alegres nuevas, con evidencias adicionales y más abundantes de la magna­nimidad de un Dios lleno de misericordia.

Sin embargo, el testimonio de los milagros debería llamar la atención aun del incrédulo, cuando menos al grado de incitarlo a investigar el poder mediante el cual se efectúan; y en estos casos los milagros son como “una voz fuerte dirigida a los que son duros de oído”. En una revelación del Señor dada por medio de José Smith, se expone claramente el objeto de los dones espirituales: “Por lo tanto, cuidaos a fin de que no os engañen; y para que no seáis engañados, buscad diligentemente los me­jores dones, recordando siempre para qué se dan. Por­que de cierto os digo que se dan para el beneficio de los que me aman y guardan todos mis mandamientos, y del que procura hacerlo; para que se beneficien todos los que de mí buscan y piden, mas no una señal para satis­facer sus concupiscencias.”

Los Milagros comúnmente se consideran como aconte­cimientos que se oponen a las leyes de la naturaleza. Semejante concepto es obviamente erróneo, porque las leyes de la naturaleza son inviolables. Pero en vista de que el conocimiento humano de estas leyes está muy lejos de ser perfecto, ciertos acontecimientos parecerán oponerse a la ley natural cuando concuerdan estrictamente con ella. Toda la constitución de la naturaleza se funda en sistema y orden; sin embargo, las leyes de la naturaleza están graduadas como lo están las leyes del hombre. La operación de una ley superior en cualquier caso particular no destruye la realidad de una ley inferior. Por ejemplo, la, sociedad ha promulgado una ley que le prohibe a cualquier hombre adueñarse de la propiedad de otro; no obstante, los representantes de la ley a me­nudo se apoderan por la fuerza de las posesiones de sus semejantes contra quienes se hubiere dictado algún fallo; y se hace esto para satisfacer, no para violar, la justicia. Jehová ordenó: “No matarás”; y el género humano ha reiterado la ley, prescribiendo castigos por su violación. Con todo, la sagrada historia testifica que en determina­dos casos el mismo Autor de la Ley ha mandado directa­mente que se haga justicia, tomándose la vida humana. Ni el juez que dicta la sentencia capital contra un asesino culpado de homicidio, ni el verdugo que lleva a cabo la disposición, obran contra la ley de “no matarás”, sino al contrario, en apoyo de este decreto.

Hasta cierto punto estamos familiarizados con algu­nos de los principios conforme a los cuales obran algunas de las fuerzas de la naturaleza; ninguna sorpresa nos causa verlos, aunque una reflexión más detenida mos­trará que aun los fenónemos más comunes son poco en­tendidos. Sin embargo, cualquier suceso fuera de lo común es, para el desentendido, una cosa milagrosa, sobrenatural y hasta contranatural. Cuando el profeta Eliseo hizo que el hacha flotara sobre el río, se valió de una fuerza superior a la de la gravedad. Indudablemente el hierro pesaba más que el agua; pero mediante la opera­ción de esta fuerza superior, quedó apoyado, suspendido o de alguna otra manera se mantuvo a flor de agua como si lo estuviera sosteniendo allí una mano humana, o conservando a flote boyas invisibles.

El vino ordinariamente se compone de cuatro quintas partes de agua, y el resto de una variedad de compuestos químicos, cuyos elementos existen abundantemente en el aire y en la tierra. El método común—lo que nosotros llamamos el método natural—de combinar propiamente estos elementos consiste en sembrar la uva, luego cultivar la vid hasta que el fruto está listo para entregar su jugo en el lagar. Mas por un poder que sobrepuja toda capaci­dad netamente humana, Jesucristo unió estos elementos en la fiesta de bodas en Caná y efectuó una transmuta­ción química dentro de las tinajas de agua que resultó en la producción del vino. En igual manera, cuando dio de comer a las multitudes, por su contacto sacerdotal y bendición autorizada, la substancia de los panes y los peces aumentó, efectuándose un crecimiento que habría tardado meses, siguiendo lo que nosotros consideramos el orden natural. En la curación de los leprosos, los paralíticos y los inválidos, las partes enfermas del cuerpo fueron restauradas de nuevo a su estado normal y sano; las impurezas que envenenaban los órganos fueron des­terradas más rápida y eficazmente que aquellas que tienen que depender del efecto de la medicina.

Ningún observador sincero, ninguna alma razonan­te, puede dudar de la existencia de inteligencias y orga­nismos que los sentidos del hombre no pueden percibir sin ayuda. Este mundo es la incorporación material de cosas espirituales. El Creador nos ha dicho que él formó todas las cosas en el espíritu antes que fuesen temporales. Los capullos que florecen y mueren en la tierra, quizá los representarán flores imperecederas, bellas y fragantes. El hombre ha sido formado  a imagen de  su Dios;   su mente, aunque ofuscada por costumbres y debilitada por hábitos perjudiciales, aún es un tipo caído del pensamiento inmortal; y aunque el espacio que separa a lo humano de lo divino, en cuanto a pensamientos, deseos y hechos, es tan inmenso como el que hay entre el mar y el cielo, pues como las estrellas se elevan sobre la tierra así las vías de Dios superan a las del hombre, sin embargo, pode­mos afirmar que lo espiritual tiene analogía con lo tempo­ral. Cuando le fueron abiertos los ojos, el siervo de Elíseo vió las huestes de guerreros celestiales que cubrían las montañas alrededor de Dotan: hombres de a pie, carros y hombres de a caballo aparejados para la lucha contra los sirios. ¿Acaso no podremos creer que el capitán de la hueste del Señor y su compañía celestial estaban pre­sentes cuando Israel circundó a Jericó, y que ante su agencia sobrehumana, apoyada por la fe y la obediencia del ejército mortal, se derrumbaron los muros?

Algunas de las realizaciones más recientes y más no­tables del hombre, en cuanto a la utilización de fuerzas naturales, van llegando a la categoría de manifesta­ciones espirituales. Poder oír el tic tac de un reloj a miles de millas de distancia; hablar en tono mode­rado y ser oído en todo el continente; enviar señales desde un hemisferio y ser entendidas en otro, aun­que entre ellos los océanos se agitan y rugen; traer los relámpagos a nuestras casas para usarlos como fuego e iluminación; navegar por el aire y viajar bajo la superficie del océano; hacer que las energías químicas y atómicas obedezcan nuestra voluntad, ¿acaso no son milagros? Su posibilidad no habría sido aceptada con crédito antes de realizarse.   No obstante, por medio de la operación de las leyes de la naturaleza, que son las leyes de Dios, se efectúan éstos y otros milagros.

Una Enumeración de los Dones del Espíritu, el hombre no puede hacer en forma completa; sin embargo, los escri­tores inspirados y la palabra de revelación han señalado las más comunes de estas manifestaciones espirituales. San Pablo, cuando escribe a los santos de Corinto, Moroni, al redactar su última súplica a los lamanitas, y la voz del Señor, dirigida al pueblo de su Iglesia en esta dispen­sación, mencionan muchos de los dones particulares del Espíritu. Por estas Escrituras aprendemos que todo hom­bre ha recibido algún don de Dios; y en la gran diversidad de dones, no todos reciben el mismo.  “El Espíritu Santo da a saber a algunos las diferencias de administración … y además, a algunos les es dado por el Espíritu Santo discernir las diversidades de operaciones, si es que son de Dios, para que las manifestaciones del Espíritu sean dadas a cada hombre para su provecho. Y  además, de cierto os digo que a algunos les es dada, por el Espíritu de Dios, la palabra de sabiduría; a otros, la palabra de conocimiento, para que todos sean enseñados a ser sabios y a tener conocimiento. Y además, a algunos les es dada fe para ser sanados; y a otros, fe para sanar. Y además, a algunos les es concedido obrar milagros;  y a otros, profetizar;  y a otros, discernir espíritus. Y además, a algunos les es concedido hablar en lenguas; y a otros, interpretarlas; y todos estos dones vienen de Dios, para el beneficio de los hijos de Dios.”

El Don de Hablar e Interpretar LenguasEl don de lenguas fué una de las primeras manifestaciones milagrosas del Espíritu Santo a los antiguos apóstoles. El Salva­dor lo nombró entre las señales especiales que habían de seguir al creyente: “En mi nombre—dijo él—hablarán nuevas lenguas.”  El rápido cumplimiento de esta pro­mesa, en el caso de los apóstoles, se realizó el día de Pentecostés, cuando llenos del Espíritu Santo empezaron a hablar en lenguas desconocidas. La ocasión en que por primera vez se abrió la puerta del evangelio a los gen­tiles, los convertidos se regocijaron en el Espíritu Santo que había descendido sobre ellos y les había concedido que hablasen en lenguas. Junto con otros, este don se manifestó entre ciertos discípulos de Efeso cuando reci­bieron el Espíritu Santo. En la dispensación actual, este don, nuevamente prometido a los santos, no es una mani­festación rara. Se emplea principalmente para alabar, más bien que para instruir y predicar; y esto concuerda con las enseñanzas de San Pablo: “Porque el que habla en lenguas, no habla a los hombres, sino a Dios.” Se presenció una manifestación extraordinaria de este don al tiempo de la conversión de los judíos, el día de Pente­costés, a lo cual ya se ha hecho referencia, cuando toda la multitud entendió a los apóstoles, y cada cual oyó en su propia lengua. En este caso, el don fué acompañado de otras investiduras más elevadas de poder, y la ocasión fué una de instrucción, amonestación y profecía. El que habla en lenguas podrá tener el don de interpretación, aunque más comúnmente se manifiestan los poderes separados en diferentes personas.

El Don de Sanar se ejerció extensamente en los días del Salvador y sus apóstoles; de hecho, las curaciones cons­tituyen la mayor parte de los milagros que en esa época se efectuaron. Por el ejercicio autorizado del ministerio eran abiertos los ojos de los ciegos; se hacía hablar a los mudos, oír a los sordos, saltar de gozo a los cojos; los mortales afligidos, agobiados por la enfermedad, eran levantados y gozaban del vigor de la juventud; sanaba el paralítico y quedaba limpio el leproso; la impo­tencia era desterrada y las fiebres aliviadas. En la época actual, la dispensación del cumplimiento de los tiempos, la Iglesia posee este poder, y su manifestación es de frecuente ocurrencia entre los Santos de los Últimos Días. Miles de personas pueden testificar del cumplimiento de la promesa del Señor, que si sus siervos ponen las manos sobre los enfermos, éstos sanarán.

El método usual de bendecir a los afligidos es por la imposición de manos de aquellos que poseen la autoridad indispensable del Sacerdocio, cosa que concuerda con las instrucciones del Salvador en los días anteriores” y con la revelación divina en el tiempo actual. Esta parte de la ordenanza generalmente va precedida de una unción con aceite previamente consagrado. Los Santos de los Últimos Días afirman obedecer el consejo dado por Santia­go en la antigüedad: “¿Está alguno enfermo entre vos­otros? llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la ora­ción de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si estuviere en pecados, le serán perdonados.”

Aunque la autoridad para bendecir a los enfermos pertenece a los élderes de la Iglesia en general, algunos gozan de este poder en grado extraordinario, habiéndolo recibido como investidura especial del Espíritu. Con éste se relaciona el don de tener fe para ser sanado, el cual se manifiesta en varios grados. La bendición de los élde­res no siempre se ve acompañada de un alivio inmediato; quizá se permitirá que los afligidos sufran en el cuerpo, tal vez para la realización de buenos propósitos, y al tiempo señalado todos tendrán que padecer la muerte corporal. Pero debe considerarse la voluntad de Dios al ungir y bendecir a los enfermos; entonces si sanan, viven para el Señor; y se ha añadido la promesa consoladora de que aquellos que mueren en estas condiciones, mueren para el Señor.

Las Visiones y Sueños han constituido un medio de comunicación entre Dios y los hombres en toda dispensa­ción del Sacerdocio. Por lo general, las visiones se mani­fiestan a los sentidos despiertos, mientras que los sueños vienen cuando uno está dormido. En la visión, sin em­bargo, pueden impresionarse los sentidos hasta el grado de dejar al individuo casi inconsciente, cuando menos no se da cuenta de las ocurrencias ordinarias, aunque sí puede discernir la manifestación celestial. En dispensaciones anteriores el Señor a menudo se comunicaba por medio de sueños y visiones, revelando frecuentemente aconte­cimientos futuros a los profetas, aun hasta las últimas generaciones. Considérese el caso de Enoc, a quien el Señor habló cara a cara, mostrándole el curso que había de seguir la familia humana no sólo hasta la segunda venida del Salvador, sino aún más allá. El hermano de Jared fue tan bendecido de Dios por motivo de su recti­tud, que le fueron mostrados todos los habitantes de la tierra, tanto los que ya habían existido previamente como los que habrían de seguir. A Moisés se dió a conocer la voluntad de Dios con la manifestación visible del fuego. Lehi recibió en sueños sus instrucciones de salir de Jeru-salén; y en muchas ocasiones subsiguientes el Señor se comunicó con este patriarca del mundo occidental por medio de sueños y visiones. Así generalmente se favore­cía a los profetas del Antiguo Testamento, v.gr.: Jacob, el padre de todo Israel, Job, el paciente sufridor, Jere­mías, Ezequiel,” Daniel, Habacuc y Zacarías.

La dispensación de Cristo y los apóstoles se vió seña­lada por manifestaciones similares. El nacimiento de Juan el Bautista fué anunciado a su padre mientras desempeña­ba su oficio sacerdotal. José, desposado con la virgen, recibió por conducto de la visita de un ángel las nuevas del Cristo que aún estaba por nacer; y en ocasiones sub­siguientes recibió en sueños amonestaciones e instruc­ciones relativas al bienestar del Santo Niño. Cuando vol­vían de su peregrinación, los magos del oriente fueron advertidos en sueños de los planes alevosos de Herodes.” Saulo de Tarso vió en visión al mensajero que Dios estaba a punto de mandarle para administrar las ordenanzas del Sacerdocio, después de lo cual siguieron otras visiones. San Pedro fué preparado para el ministerio entre los gentiles por medio de una visión, y tan favorecido de Dios fué San Juan en este sentido que el testimonio de ello llena el libro del Apocalipsis.

La mayor parte de las visiones y sueños que se hallan anotados en las Escrituras se han dado por medio del Sacerdocio ministrante;   pero   hay   casos  excepcionales en que se dieron estas manifestaciones a algunos que, al tiempo de recibirlas, no eran aún del redil. Tenemos como ejemplos las visiones de Saulo y Cornelio, aunque en estos casos las manifestaciones divinas fueron los pre­liminares que inmediatamente antecedieron su conver­sión. Recibieron sueños de particular importancia Faraón, Nabucodonosor y otros; pero se hizo necesario un poder superior al de ellos para interpretarlos, y José y Daniel fueron llamados para ese fin. El sueño del soldado madianita y la interpretación que le dió su compañero, como símbolo de la victoria de Gedeón, fueron manifesta­ciones verdaderas, así como el sueño de la esposa de Pilato, en el cual se le comunicó la inocencia del Cristo acusado.

El Don de Profecía califica a su poseedor de profeta: literalmente, uno que habla por otro; expresamente, uno que habla por Dios. San Pablo lo considera como uno de los más deseables de los dones espirituales, y discute ex­tensamente su preeminencia sobre el don de lenguas. Pro­fetizar es recibir y manifestar la palabra de Dios, y decla­rar su voluntad al pueblo. La obra de profetizar, que tan frecuentemente se considera como el único rasgo esencial de la profecía, no es sino una de las muchas característi­cas de este poder divinamente dado. El profeta tiene tanto que ver con lo pasado, como con lo que toca a lo presente y lo futuro; puede utilizar su don para enseñar, valiéndose de la experiencia de acontecimientos pa­sados, así como para predecir lo que sucederá. Dios con­fía sus secretos a sus profetas, quienes tienen el privilegio de enterarse de su voluntad y fines. Se ha declarado que el Señor no hará nada sin que revele sus secretos a sus siervos los profetas. Estos portavoces actúan como media­dores entre Dios y los seres mortales, instando a favor o en contra del pueblo.

No se precisa nombramiento especial en el Sacerdocio para que el hombre reciba el don de profecía. Adán, Noé, Moisés y gran número de otros que tuvieron el Sacer­docio de Melquisedec fueron profetas, pero tan verda­deramente lo fueron otros a quienes se llamó particular­mente al orden aarónico, como por ejemplo en el caso de Juan el Bautista. Los ministerios de María y Débora indican que las mujeres también pueden poseer este don. En los días de Samuel se organizó a los profetas en un orden especial para facilitar sus proyectos de estudio y desarrollo.

Tan plenamente se disfruta de este don en la dis­pensación corriente como en cualquiera de las épocas anteriores. La voluntad del Señor relativa a los deberes presentes se da a conocer por las bocas de profetas, y se han predicho acontecimientos de importancia tras­cendental. La actual existencia y vitalidad de la Iglesia son un testimonio irrefutable de la realidad de la profecía de los últimos días. Hoy la Iglesia cuenta con miles que testifican a favor de este don, uno de los más grandes de Dios.

Revelación es la comunicación o manifestación de la voluntad de Dios directamente al hombre. En las circunstancias que mejor convengan a los divinos propó­sitos, ora por sueños cuando uno duerme, ora por visiones cuando las facultades están despiertas, ora por medio de voces sin aparición visible, ora por manifestaciones patentes de la Santa Persona, Dios da a conocer sus propósitos e instruye a sus reveladores. Bajo la influencia de la inspiración, o su manifestación más po­tente, la revelación, el entendimiento del hombre es iluminado y sus energías son vivificadas hasta realizar maravillas en el trabajo del progreso humano. Tocado por una chispa del fuego del altar celestial, el revelador conserva la llama sagrada dentro de su alma y la im­parte a otros de conformidad con lo que se le manda; es el conducto mediante el cual se transmite la voluntad de Dios. Las palabras de aquel que habla por revela­ción en su grado máximo no son suyas; son la voz de Dios mismo; el intérprete mortal no es sino el por­tador de confianza de estos mensajes celestiales. Con la expresión autorizada “Así dice el Señor”, el revelador comunica lo que le fué confiado.

El Señor observa los principios de orden y aptitud cuando da revelaciones a sus siervos. Aunque cualquiera tiene el privilegio de llevar la clase de vida que lo hará digno de recibir este don, en lo que toca a los asuntos de su llamamiento particular, solamente aquellos que son ordenados y nombrados para presidir, pueden ser reveladores para todo el pueblo. Refiriéndose al Presidente de la Iglesia, quien en la época de la reve­lación que aquí citamos era el profeta José Smith, el Señor ha dicho a los élderes de la Iglesia: “Y esto lo sabréis de seguro—que no habrá ningún otro que os será nombrado para recibir mandamientos y revelacio­nes, hasta que él fuere llevado, si es que perseverare en mí … Y esto os será por ley: No recibiréis como revelaciones o mandamientos las enseñanzas de ninguno que viniere ante vosotros; y esto os lo doy para que no seáis engañados, y para que sepáis que no son de mí.”

El Testimonio de los Milagros. La promesa del Señor en los días anteriores, así como en la dispensación actual, es precisa en el sentido de que ciertos dones determinados del Espíritu seguirán al creyente como señales de aprobación divina. Por consiguiente, la posesión de tales dones se puede considerar como un rasgo esencial de la Iglesia de Jesucristo. No obstante, no hay justificación para ver en la evidencia de los milagros prueba de autoridad celestial. Por otra parte, las Escri­turas afirman que algunas fuerzas espirituales del género más vil han obrado milagros y seguirán obrándolos, en­gañando a muchos que carecen de discernimiento. Si se aceptan los milagros como evidencia infalible de poder divino, los magos de Egipto, en vista de las maravillas que efectuaron al oponerse al plan ordenado para el rescate de Israel, merecen nuestro respeto tanto como Moisés. Juan el Revelador vio en visión un poder inicuo que obraba milagros, engañando a muchos, efectuando grandes maravillas y aun haciendo descender fuego del cielo. Además, vió espíritus inmundos que él sabía eran “espíritus de demonios, que hacen señales”.

Junto con esto, considérese la profecía del Señor: “Se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y darán señales grandes y prodigios; de tal manera que enga­ñarán, si es posible, aun a los escogidos.”  Refiriéndose a lo que acontecerá durante el gran juicio, estas palabras de Jesucristo indican que los milagros, como prueba de un ministerio divinamente señalado, carecen de validez: “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre lanzamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?

Y entonces les protestaré: Nunca os conocí: apar­taos de mí, obradores de maldad.”  Los judíos, a quienes se impartieron estas enseñanzas, sabían que se podían efectuar maravillas por poderes malignos, porque acu­saron a Cristo de hacer milagros mediante la autoridad de Beelzebub, príncipe de los demonios.

Si el obrar milagros fuera exclusivamente una ca­racterística del Santo Sacerdocio, buscaríamos el testimonio de manifestaciones maravillosas en la obra de todo profeta y ministro autorizado del Señor; sin embargo, no encontramos milagro alguno anotado durante los ministerios de Zacarías, Malaquías y algunos otros profetas. De Juan el Bautista, a quien Cristo señaló de ser más que un profeta, claramente se dijo que nin­gún milagro hizo; no obstante, cuando rechazaron la doc­trina de Juan, los incrédulos desecharon el consejo de Dios contra sus propias almas. Para que sean válidos, como testimonio de la verdad, deben hacerse los mila­gros en el nombre de Jesucristo, y para honra suya, a fin de extender más el plan de salvación. Como ya se ha dicho, no son dados para satisfacer a los curiosos y concupiscentes, ni como un medio de hacerse popular aquel que los realiza. Estos dones del Espíritu verda­dero se manifiestan para apoyar el mensaje del cielo, para corroborar las palabras declaradas con autoridad y para bendecir al individuo.

Imitaciones de los Dones Espirituales.Los casos, citados ya, de milagros que efectuaron los poderes que no eran de Dios, y las profecías de las Escrituras relativas a estas manifestaciones falaces en los últimos días de­berían ser una  advertencia  efectiva  contra  las  imitaciones espurias de los dones del Espíritu Santo. Satanás ha demostrado que es un estratégico consumado y hábil imitador; las más deplorables de sus victorias se deben a su imitación del bien, y es por este medio que los de poco discernimiento han sido llevados cautivos. Nadie se engañe creyendo que un acto cualquiera, cuyo resul­tado inmediato parezca ser benéfico, por fuerza producirá el bien permanentemente. Quizá será útil a los tene­brosos planes de Satanás valerse del concepto que la humanidad tiene de lo bueno, aun hasta el grado de sanar el cuerpo y aparentemente frustrar la muerte.

La restauración del Sacerdocio a la tierra en esta época del mundo se vio acompañada de un desarrollo extraordinario de los desvarios del espiritismo, lo que mo­tivó que muchos pusieran su confianza en la falsificación del poder eterno de Dios que logró Satanás. Hasta cierto punto, comparable con el que alcanzaron los magos cuando simularon los milagros de Moisés, las varias curaciones de fe y sus numerosas modificaciones están imitando el desarrollo del don de sanar en la Iglesia hoy día. Para quienes las señales y milagros constituyen todo lo necesario, lo imitado les será tan útil como lo genuino; pero el que considera el milagro en su verdadera naturaleza como solamente uno de los elementos del sistema de Cristo, cuyo valor como criterio positivo depende de su asociación con las demás características numerosas de la Iglesia, esa alma no será engañada.

Los Dones Espirituales en la Iglesia Hoy Día.-Los Santos de los Últimos Días afirman tener dentro de la Iglesia todos los dones que como señales se ha prome­tido que heredará el creyente.   Llaman la  atención a los intachables testimonios de miles que han sido bendecidos con manifestaciones directas y personales de poder celestial: los que en otro tiempo estuvieron ciegos, sordos, mudos, cojos y achacosos; a los que por medio de un dominio extraordinario de otros idiomas han demostrado tener el don, cuando en el cumplimiento de sus deberes como predicadores de la palabra de Dios se ha precisado; a los muchos que han tenido comunica­ción personal con seres celestiales: a otros cuyas pala­bras proféticas han hallado rápida justificación en un cumplimiento literal, y por último, a la Iglasia misma, cuyo desarrollo ha sido dirigido por la voz de Dios y mani­festado por el don de revelación.

REFERENCIAS

Los Dones Espirituales Caracterizan la Iglesia de Cristo.

  • Y estas señales seguirán a los que creyeren:  En mi nombre echarán fuera demonios, etc.—Mar. 16:16-18.
  • La promesa del Señor:  El que en mí cree, las obras que yo hago también él las hará; y mayores que éstas hará—Juan 14:12.
  • Y acerca de los dones espirituales—1 Cor. 12:1-11, 27-31; véase también 14:1, 12.
  • Los apóstoles hablaron en otras lenguas, como el Espíritu les daba   que   hablasen — Hech.   2:4-8;   véanse   también   los versículos 9-18.
  • Porque los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios—Hech. 10:46.
  • Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban— Hech. 19:6.
  • A otro, operaciones de milagros; y a otro, profecía; y a otro, discreción de espíritus; y a otro, géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas—1 Cor. 12:10; véanse tam­bién los versículos 28, 30 y 13:1; 14:2-28.
  • Las palabras de Joel respecto de los dones de profecía, visiones y sueños—Hech. 2:16, 17; véase también Joel 2:28, 29.
  • Gran valor del don de profecía—1 Cor. 14:1-5, 24-39.
  • Entonces el Señor dijo de noche en visión a Pablo—Heeh. 18:9.
  • Y la noche siguiente, presentándosele el  Señor,  le dijo: Confía, Pablo—Hech. 23:11;  véase también Hech.  27:23, 24.
  • Se le comunica a San Pedro en visión la voluntad del Señor— Hech. 10:10, 17; véase también 11:5.
  • La revelación de Jesucristo a Juan su siervo—Apo. 1:1.
  • Sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán—Mar. 16:18.
  • En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda—Hech. 3:6.
  • Saulo recobró la vista por ministración de Ananías—Hech. 9:17, 18.
  • Sanidades por conducto de San Pablo—Hech. 14:9-11; 28:8.
  • ¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor—Sant. 5:14, 15.
  • Cristo dio a sus doce discípulos potestad contra los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y sanasen toda en­fermedad y toda dolencia—Mat. 10:1.
  • Alma sana a Zeezrom arrepentido—Atoa 15:6-12.
  • Entre los nefitas arrepentidos se sanaron enfermos y fueron librados de demonios—3 Nefi 7:22.
  • Al  Cristo  resucitado le trajeron los enfermos y  afligidos,  y fueron sanados—3 Nefi 17:9, 10.
  • Ascendió el Cristo resucitado después de haber efectuado toda clase de curaciones y de haber levantado a un hombre de entre los muertos—3 Nefi 26:15.
  • Timoteo levantado de entre los muertos por su hermano Nefi— 3 Nefi 19:4.
  • La ordenanza de sanar cuando lo pide el afligido—D. y C. 24: 13, 14.
  • Manera de administrar la ordenanza de sanar—D. y C. 42:44.
  • Se requiere la fe antes de manifestarse el poder de sanar— D. y C. 42:48.
  • El don de la fe para ser sanado, y el de la fe para sanar—D. y C. 46:19, 20; enuméranse otros dones espirituales en los versículos 8-18 y 21-31.
  • Para que no seáis engañados, buscad diligentemente los mejores dones—D. y C. 46:8.
  • En la dispensación actual el Señor ha prometido a sus siervos que en su nombre harán muchas obras maravillosas—D. y C. 84:64-73.
  • Hay muchos dones, y a cada hombre le es dado un don por el Espíritu de Dios—D. y C. 46:11.
  • Para que a algunos les pueda ser concedido tener todos estos dones, y haya una cabeza—D. y C. 46:29.
  • Es multiplicada la abundancia por las manifestaciones del Espí­ritu—D. y C. 70:13.
  • El Espíritu da luz a cada ser que viene al mundo—D. y C. 84:46.
  • Por el Espíritu vuestros cuerpos enteros se llenarán de luz— D. y C. 88:66, 67.
  • Si no sois iguales en cosas temporales, se retendrá la abundancia de las manifestaciones del Espíritu—D. y C. 70:14.
  • Todas las manifestaciones espirituales tienen que ser hechas en el nombre de Cristo—D. y C. 46:31.
  • Ningún hombre ha visto a Dios jamás, excepto que haya sido vivificado por el Espíritu de Dios—D. y C. 67:11.
  • A cuantos me recibieron les di el poder de hacer muchos mila­gros—D. y C. 45:8.
  • Obrar milagros es un don de Dios—D. y C. 46:21.
  • Dios no ha cesado de ser un Dios de milagros—Mormón 9:15.
  • Se predice una época en que se dirá que se han suprimido los milagros—Mormón 8:26.
  • Dios afirma que mostrará milagros, señales y maravillas—D. Y C. 35:8.
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