Los Artículos de Fe

Capítulo 13
LA SANTA BIBLIA

 Artículo 8.—Creemos que la Biblia es la palabra de Dios hasta donde esté traducida correctamente. . . .

Nuestra Aceptación de la Biblia.La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días acepta la Santa Biblia como el principal de sus libros canónicos, el primero entre los libros que han sido proclamados como sus normas escritas en cuanto a fe y doctrina. En el res­peto y santidad con que estiman la Biblia, los Santos de los Últimos Días profesan lo mismo que las denomina­ciones cristianas en general, pero se distinguen de ellas en que también admiten como auténticas y santas otras Escrituras que concuerdan con la Biblia y sirven para apoyar y hacer resaltar sus hechos y doctrinas.

Los Santos de los Últimos Días aceptan los antece­dentes históricos y demás datos sobre los cuales la fe cristiana de hoy se basa, en lo que respecta a la autenti­cidad de los anales bíblicos, tan incondicionalmente como los miembros de cualquier otra secta; y en cuanto a literalidad de interpretación, esta Iglesia probable­mente sobresale.

No obstante, tratándose de una traducción errónea, cosa que puede suceder como resultado de la incapacidad humana, la Iglesia anuncia una excepción; y ni aun en esta medida de precaución somos los únicos, porque los que están versados en materias bíblicas generalmente admiten la existencia de errores, tanto en la traducción como en la transcripción del texto. Los Santos de los Últimos Días creen que los escritos  originales  son la palabra de Dios al hombre, y consideran igualmente auténticas las traducciones de dichos escritos hasta donde se han traducido correctamente. La Biblia de­clara ser una traducción efectuada mediante la sabi­duría del hombre; se ha buscado a los más doctos para su preparación, y sin embargo, no se ha publicado una sola versión en la que se admita no haber errores. Con todo, el investigador imparcial tiene más motivo para maravillarse de la escasez de errores que de su exis­tencia.

Nó habrá, no puede haber, una traducción absoluta­mente fidedigna de éstas u otras Escrituras, a menos que se haga por medio del don de traducción, como una de las dádivas del Espíritu Santo. El traductor debe tener el espíritu del profeta, si desea expresar en otro idioma las palabras del profeta; y la sabiduría humana, de sí, no conduce a esta posesión. Léase pues la Biblia reverentemente y con cuidado y oración, bus­cando el lector la luz del Espíritu siempre para poder distinguir entre la verdad y los errores de los hombres.

El Nombre “Biblia”.—En el uso corriente, el término Santa Biblia significa la colección de escritos sagrados, llamados también las Escrituras Hebreas, en los cuales se encierra la historia de las relaciones de Dios para con la familia humana, historia que por completo se limita, salvo en lo que respecta a hechos antidiluvianos, al hemisferio oriental. La palabra Biblia, que en español se emplea en forma singular, viene del mismo vocablo griego que en esa lengua es plural y significa literal­mente libros. El uso de la palabra data probablemente desde el siglo iv, cuando Crisóstomo’ empleó el término para indicar las Escrituras que los cristianos griegos aceptaban como canónicas en aquel tiempo. Debe no­tarse que en cada uno de los primeros usos de la palabra Biblia predomina el concepto de una colección de libros. Las Escrituras se componían, como en efecto se com­ponen, de los escritos especiales de muchos autores, en épocas muy separadas; y de la armonía y unidad que prevalece en estas diversas obras, se puede aducir una fuerte evidencia a favor de su autenticidad.

Así pues, la voz Biblia recibió un significado especial en griego, el de libros santos, para distinguir las Escri­turas Sagradas de otros escritos; y no tardó en generali­zarse la palabra en latín, en el que desde el principio se empleó con su significado especial. Debido al uso que se le dió en esa lengua, la expresión llegó a ser con­siderada, probablemente durante el siglo xiii, como sustantivo singular que significa el libro. Esta desviación del significado plural, invariablemente asociado con el término en el griego original, tiende a obscurecer los hechos. Parecerá que la derivación de una palabra es de poca importancia, pero en este caso la forma original y el primer uso que tuvo el título que hoy lleva el volu­men sagrado deben ser de interés instructivo, ya que derrama un poco de luz sobre la recopilación del libro en su forma presente.

Es evidente que la voz Biblia, con el significado que actualmente tiene, no puede ser un término bíblico. Su uso como nombre o designación de las escrituras he­breas nada tiene que ver con las Escrituras mismas. En su aplicación más antigua, que data desde los días posteriores a los de los apóstoles, se le hacía incluir todos o casi todos los libros del Antiguo y el Nuevo Testamento.   Antes del tiempo de Cristo los libros del Antiguo Testamento no tenían un solo nombre colec­tivo, sino eran designados por grupos como (1) el Pentateuco o los cinco libros de la Ley; (2) los Pro­fetas, y (3) los Hagiógrafos, en los cuales estaban com­prendidos todos los demás escritos sagrados no incluidos en las otras divisiones. Pero podemos estudiar mejor las partes de la Biblia si consideramos las divisiones principales separadamente. Ocurre una división muy natural de la narración bíblica debido al ministerio terrenal de Jesucristo; las cosas escritas en los días antes de la era cristiana llegaron a ser conocidas como el Antiguo Pacto o Convenio, y como Nuevo Pacto las del tiempo del Salvador y los días que in­mediatamente siguieron. Gradualmente se fué favo­reciendo la palabra Testamento hasta que las designa­ciones Antiguo Testamento y Nuevo Testamento lle­garon a ser de uso corriente.

EL ANTIGUO TESTAMENTO

Su Origen y Desarrollo.-Al tiempo del ministerio de nuestro Señor en la carne, los judíos poseían ciertas Escrituras que tenían por canónicas o autorizadas. No puede haber mucha duda en cuanto a la autenticidad de esas obras, porque Cristo, así como sus apóstoles, fre­cuentemente las citaban, llamándolas “las Escrituras”. El Salvador expresamente se refería a ellas conforme a la clasificación aceptada, designándolas la ley de Moisés, los profetas y los salmos. Los libros que el pueblo aceptaba en los días de Cristo a veces son lla­mados el canon judío de escrituras.   La palabra canon que hoy es de uso corriente no indica libros que son simplemente creíbles, auténticos o aun inspirados, sino aquellos que son aceptados como guías autorizadas de profesión y práctica. El derivado del término es ins­tructivo. La voz original griega, kanon, significaba una vara para medir, y así llegó a representar una norma de comparación, una regla, una prueba que se puede aplicar tanto a sujetos morales como a objetos ma­teriales.

En cuanto a la composición del canon judío o el Antiguo Testamento, leemos que Moisés escribió la primera parte, a saber, la ley; que la dejó en manos de los sacerdotes o levitas, mandándoles que la guardasen dentro del arca del pacto como testimonio contra Israel en sus transgresiones. Previendo que algún día un rey gobernaría a Israel, Moisés mandó que el monarca hiciera una copia de la ley para su instrucción. Josué, sucesor de Moisés en algunas de las funciones que tenían que ver con el mando de Israel, escribió algo más sobre lo que Dios había hecho con el pueblo y sobre los pre­ceptos divinos, y evidentemente añadió este documento a los libros de la ley que Moisés había escrito. Tres siglos y medio después de los días de Moisés, habiendo suplantado la monarquía a la teocracia, Samuel, el profeta re­conocido del Señor, escribió acerca del cambio “en un libro, el cual guardó delante de Jehová”. De manera que posteriormente se aumentó la ley de Moisés con estos anales autorizados. Por los escritos de Isaías aprendemos que el Libro de Jehová estaba al alcance del pueblo, por­que el profeta les amonestó que lo buscaran y lo leyeran.’ Es evidente, pues, que en los días de Isaías el pueblo tenía una autoridad escrita en cuanto a doctrina y práctica.

Casi cuatro siglos después, entre 640 y 630 años antes de Cristo, cuando el justo rey Josías ocupaba el trono de Judá, como parte de Israel dividido, Helcías, el sumo sacerdote y padre del profeta Jeremías, encontró en el templo “el libro de la ley de Jehová”  que se leía delante de los reyes. Durante el quinto siglo antes de Cristo, en los días de Esdras, el edicto de Ciro permitió que volviese a Jerusalén el pueblo cautivo de Judá — un resto de la que en un tiempo fué la nación israelita unida — para reedificar allí el templo del Señor, con­forme a la ley de Dios que entonces estaba en manos de Esdras. De esto podemos deducir que en esos días se conocía la ley escrita; y generalmente se atribuye a Esdras la recopilación de los libros del Antiguo Testa­mento que entonces existían, a los cuales él añadió lo que él mismo había escrito. Probablemente lo ayuda­ron en esta tarea Nehemías y los miembros de la Gran Sinagoga, un colegio judío de ciento veinte sabios.” Se supone que Nehemías escribió, durante la vida de Esdras, cuando menos una parte del libro que lleva su nombre, el cual es una continuación de los anales de Esdras. Entonces un siglo después, Malaquías, el últi­mo de los profetas importantes que existieron antes de inaugurarse la dispensación de Cristo, añadió su men­saje, completando, y en realidad cerrando el canon an­terior a Cristo con la promesa profética del Mesías y del mensajero  cuya misión  consistiría  en preparar  la vía del Señor, particularmente en lo que concierne a los últimos días en que ahora nos encontramos.

Claro está, entonces, que el Antiguo Testamento creció con los anales sucesivos de escritores autoriza­dos e inspirados, desde Moisés hasta Malaquías, y que su recopilación fué un procedimiento natural y gradual, pues se depositó cada aditamento, o como lo expresa el santo libro, se “guardó delante de Jehová”, para re­lacionarlo con los escritos anteriores. No cabe duda que los judíos tenían conocimiento de muchos otros libros que no se hallan en el Antiguo Testamento que hoy tenemos. En las mismas Escrituras abundan las refe­rencias a dichos libros, y éstas indican que se atribuía no poca autoridad a estos documentos que no están com­prendidos en el canon. De esto hablaremos más al considerar los libros apócrifos. Dan fe de la autenticidad aceptada del Antiguo Testamento las numerosas refe­rencias que sus libros posteriores hacen a los primeros, así como las muchas citas del Antiguo Testamento que aparecen en el Nuevo. Se han contado unas doscientas treinta citas o referencias directas, y aparte de éstas se encuentran centenares de alusiones menos directas.

El Lenguaje del Antiguo Testamento. Casi todos los libros del Antiguo Testamento fueron escritos origi­nalmente en el idioma hebreo. Personas versadas en materias bíblicas afirman haber descubierto evidencias de que unas partes pequeñas de los libros de Esdras y Daniel se escribieron en el idioma caldeo; pero por prevalecer el hebreo como el lenguaje de las escrituras originales, se le ha dado al Antiguo Testamento el nombre común de canon judío o hebreo. Se han reconocido dos ver­siones del Pentateuco, la hebrea y la samaritana, preservada esta última por los samaritanos en los caracteres más antiguos de los hebreos, entre quienes existía gran enemistad hacia los samaritanos.

La Versión de los Setenta y la Versión Siríaca. Reconocemos en primer lugar la importante traducción del canon hebreo conocida como la Versión de los Se­tenta. Esta fué una versión griega del Antiguo Testa­mento, traducida del hebreo a instancias de un monarca egipcio, probablemente Ptolomeo Filadelfo, aproximada­mente en el año 286 antes de Cristo. Se dice que la versión lleva ese nombre porque un cuerpo de setenta y dos ancianos, setenta en números redondos, hizo la traducción; o, según otras tradiciones, porque se efec­tuó la obra en setenta o setenta y dos días; o, como dice otra explicación, porque la versión recibió la aproba­ción del consejo eclesiástico judío, el Sanedrín, que estaba integrado por setenta y dos miembros. Cierto es que la Versión de los Setenta, indicada a veces por los números romanos lxx, fué la versión de uso corriente entre los judíos en los días del ministerio terrenal de Cristo, y la que citaban el Salvador y sus apóstoles al referirse al canon antiguo. Se considera como la más auténtica de las versiones antiguas, y en la actualidad la aceptan los católicos griegos y otras iglesias del este. De manera que es evidente que desde unos trescientos años antes de Cristo, el Antiguo Testamento ha existido tanto en el idioma hebreo como en el griego; y esta duplicación ha sido una protección efectiva contra las alteraciones.

Conforme a la tradición, se hizo otra colección, la Versión  Siríaca,  en  una  fecha  antigua  aunque   indeterminada. Contiene los libros canónicos del Antiguo Testamento y muchos de los libros del Nuevo, pero omite la segunda epístola de San Pedro, la segunda y tercera de San Juan, la de San Judas y el Apocalipsis. Los estu­diantes estiman mucho el gran valor crítico de esta versión.

La Recopilación Actual reconoce treinta y nueve libros en el Antiguo Testamento. Originalmente se halla­ban combinados en veintidós, para corresponder a las veintidós letras del alfabeto hebreo. Los treinta y nueve libros, cual hoy los tenemos, propiamente pueden agru­parse de la siguiente manera:

El Pentateuco o Libros de la Ley…………… 5
Los Libros Históricos ………………………… 12
Los Libros Poéticos ……………………………. 5
Los Libros de los Profetas …………………. 17

Los Libros de la Ley.— Los primeros cinco libros de la Biblia llevan el nombre colectivo de Pentateuco (pente que significa cinco y teukos, volumen) y entre los primeros judíos se conocían como Torah o la Ley. Tradicionalmente se atribuye su origen a Moisés, y a ese motivo deben su otra designación común, los “Cinco Libros de Moisés”. Relatan la historia, aunque breve, de la raza humana, desde la creación hasta el diluvio, y desde Noé hasta Israel; luego sigue una relación más deta­llada de los israelitas durante la época de su esclavitud en Egipto; entonces su viaje de cuarenta años por el desierto hasta establecerse de la otra parte del Jordán.

Los Libros Históricos, doce en número, compren­den:   Josué, Jueces, Ruth, los dos libros de Samuel, los dos de los Reyes, los dos de las Crónicas, Esdras, Ne-hemías y Ester. Refieren, la llegada de los israelitas a la tierra prometida y su historia durante tres períodos distintos de su existencia como nación: (1) como pueblo teocrático, organizado en tribus, unidos todos por vínculos de religión y parentezco; (2) como mo­narquía, al principio un reino unido, más tarde una nación dividida contra sí misma; (3) como nación ven­cida en parte, su independencia restringida por sus con­quistadores.

Los Libros Poéticos son cinco: Job, Salmos, Pro­verbios, Eclesiastés y los Cantares de Salomón. Fre­cuentemente se les dice libros doctrinales o didácticos, y aún se les aplica la designación griega Hagiógrafos’ (hagios que significa santo y grapho, un escrito). Es­cribiéronse estos libros en épocas muy separadas, y los han incluido en la Biblia probablemente porque se usa­ban de ordinario como guías de devoción en las iglesias judías.

Los Libros de los Profetas contienen las obras mayo­res: Isaías, Jeremías, incluyendo Lamentaciones, Ezequiel y Daniel, que comúnmente se conocen como los Profetas Mayores; y los doce libros más pequeños: Oseas, Joel, Amos, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Haggeo, Zacarías y Malaquías, llama­dos los libros de los Profetas Menores. Estos comunican el peso de la palabra del Señor a su pueblo;  animan, amonestan y reprenden, conforme a la ocasión, antes de su cautividad, durante su cautiverio y después de su re­patriación.”

Los Apócrifos comprenden un número de libros de autenticidad dudosa, aunque en ocasiones han sido alta­mente estimados. De modo que se añadieron a la Ver­sión de los Setenta, y por un tiempo los judíos alejan­drinos los admitieron. Sin embargo, nunca se han ad­mitido generalmente, por ser de origen incierto. En el Nuevo Testamento no aparece referencia alguna a ellos. Jerónimo fue el primero que dió a estos libros el nombre de apócrifos, que quiere decir oculto o secreto. La Iglesia Romana profesa reconocerlos como escritura, pues así se decidió en el Concilio de Trento en 1546, aunque parece que todavía existe duda entre las autori­dades católicas romanas en cuanto a la autenticidad de las obras. El sexto artículo de la Liturgia de la Iglesia de Inglaterra expresa la posición ortodoxa de dicha iglesia respecto del significado y propósito de las Santas Es­crituras; y después de especificar los libros del Antiguo Testamento que se aceptan como canónicos, sigue di­ciendo: “Y los otros libros (como lo ha dicho Jerónimo), la Iglesia los lee como ejemplos de vida e instrucción en cuanto a costumbres, pero no los aplica para estable­cer ninguna doctrina; éstos son los siguientes: El Libro Tercero de Esdras; el Libro Cuarto de Esdras; el Libro de Tobías; el Libro de Judit; el resto del Libro de Ester; el Libro de la Sabiduría; Jesús, el hijo de Sirac; Baruc el Profeta; el Cantar de los Tres Hijos; la Historia de Susana;  Bel y el Dragón;  la Oración de Manases;   el Libro Primero de los Macabeos; el Libro Segundo de los Macabeos.”

EL  NUEVO  TESTAMENTO

Su Origen y Autenticidad.Desde a fines del siglo iv de nuestra era, no ha surgido casi ningún problema importante respecto de la autenticidad de los libros del Nuevo Testamento cual lo conocemos hoy. Durante estos siglos los cristianos han aceptado el Nuevo Testa­mento como escritura canónica. En el cuarto siglo ya circulaban varias listas de los libros del Nuevo Testamento como los tenemos en la actualidad. De éstas se pueden mencionar los catálogos de Atanasio, Epifanio, Jerónimo, Rufino, Agustín de Hipona y la lista que proclamó el tercer Concilio de Cartago. A las anteriores se pueden añadir otras cuatro que se distinguen de aquéllas en que se omite el Apocalipsis de San Juan en tres de ellas, y la epístola a los Hebreos en la otra.

Esta abundante evidencia a favor de la composición del Nuevo Testamento en el siglo IV vino a consecuen­cia de la persecución anticristiana de esa época. A prin­cipios del citado siglo las medidas opresivas de Diocleciano, emperador de Roma, no sólo tuvieron por blanco a los cristianos, individualmente y como grupo, sino también sus sagrados escritos que el fanático monarca quiso destruir. Se manifestaba cierta clemencia hacia aquellos que entregaban los libros santos que se les habían confiado, y no pocos se valieron de esta oportuni­dad de salvar sus vidas. Cuando disminuyeron los rigores de la persecución, las iglesias empezaron a juzgar a aquellos miembros que por haber entregado las Escri­turas habían mostrado su falta de lealtad hacia la fe, y a todos estos anatematizaron de traidores.  En vista de que no se habían aceptado como libros santos muchos de los que so pena de muerte se entregaron, el asunto que más urgía era resolver precisamente qué libros gozaban de tal santidad que su entrega calificaría a una persona de traidora. Por tanto, Eusebio dividió los libros de los días del Mesías y de los apóstoles en dos grupos: (1) Los de autenticidad aceptada: los Evange­lios, las Epístolas de San Pablo, los Hechos, la primera Epístola de San Juan, la primera de San Pedro y pro­bablemente el Apocalipsis; (2) los de autenticidad dis­putada: la Epístola de Santiago, la segunda de San Pedro, la segunda y tercera de San Juan, y la de San Judas. A estos dos añadió un tercer grupo de libros que eran admitidamente espurios.

La lista publicada por Atanasio, que data desde como a mediados del siglo IV, expone el contenido del Nuevo Testamento cual lo tenemos actualmente, y parece que ya para ese tiempo había desaparecido toda duda en cuanto a la exactitud de la lista. Además, hallamos que el Nuevo Testamento gozaba de aceptación común entre los cristianos de Roma, Egipto, África, Siria, Asia Menor y Galia. Los testimonios de Orígenes y Tertuliano, quienes vivieron en los siglos III y II respectivamente, fueron examinados por escritores posteriores, quienes los declararon conclusivos a favor de la autenticidad de los evangelios y las epístolas apostólicas. Juzgaron cada uno de los libros según su propio mérito, y por común acuerdo los declararon autorizados y obligatorios para con las iglesias.

Si hay necesidad de ir más allá, podemos presentar el testimonio   de  Ireneo,   a  quien  la  historia   eclesiástica señala como Obispo de Lyón. Vivió a fines del segundo siglo y es conocido como discípulo de Policarpo, el mismo que se había asociado personalmente con Juan el Revelador. Sus voluminosos documentos afirman la autenti­cidad de la mayor parte de los libros del Nuevo Testa­mento y nombran como sus autores a aquellos que en la actualidad reconocemos. A éstos se pueden agregar los testimonios de los santos de Galia, quienes escribieron a los que también sufrían en Asia Menor, citando abundan­temente de los Evangelios, las Epístolas y el Apocalipsis; las declaraciones de Melitón, obispo de Sardis, quien em­prendió un viaje por el Oriente para determinar cuáles eran los libros canónicos, particularmente los del Antiguo Testamento, y el solemne testimonio de Justino Mártir, quien abrazó el cristianismo después de sinceras y sabias investigaciones y padeció la muerte por causa de sus convicciones. Además de los testimonios individuales tenemos los de concilios eclesiásticos y cuerpos oficiales que juzgaron y resolvieron el asunto de la autenticidad. Respecto de esto, se pueden mencionar el Concilio de Nicea en el año 325, el Concilio de Laodicea en 363, el Concilio de Hipona en 393 y el tercero y sexto Concilios de Cartago en 379 y 419 respectivamente.

Desde esta última fecha no ha surgido disputa en cuanto a la autenticidad del Nuevo Testamento que llame mucho la atención. En la actualidad es ya muy tarde, y la distancia que separa demasiado extensa, para que vuelva a suscitarse el asunto. Se debe aceptar el Nuevo Testamento por lo que afirma ser; y aunque tal vez se hayan suprimido o perdido muchas partes preciosas, aun cuando se hayan insinuado algunas alteraciones en el texto e inadvertidamente se hayan introducido errores, debido a la incapacidad de los traductores, el libro en general debe aceptarse como auténtico y fidedigno, y como parte esencial de las Santas Escrituras.

Clasificación del Nuevo Testamento.El Nuevo Testa­mento comprende veintisiete libros, dispuestos por con­veniencia de la siguiente manera:

Históricos ………….    5
Didácticos………….  21
Proféticos ……………  1

Los Libros Históricos comprenden los cuatro Evange­lios y los Hechos de los Apóstoles, Los autores de estos libros son conocidos como los evangelistas Mateo, Mar­cos, Lucas y Juan. San Lucas es reconocido como el autor de los Hechos.

Los Libros Didácticos abarcan las epístolas; y pode­mos dividirlas de este modo: (1) Las Epístolas de San Pablo: Sus cartas doctrinales dirigidas a los Romanos, Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, Tesa-lonicenses y Hebreos; y sus comunicaciones pastorales a Timoteo, Tito y Filemón. (2) Las Epístolas Generales de Santiago, San Pedro, San Juan y San Judas.

Las Obras Proféticas se componen de la Revelación de Juan, conocida también como el Apocalipsis.

LA BIBLIA EN GENERAL

Las Primeras Versiones de la Biblia.En diversos tiempos han aparecido muchas versiones del Antiguo Testamento y de los Testamentos combinados. Ya se ha hecho referencia al texto hebreo, a la copia samaritana del Pentateuco y a la traducción griega o Versión de los Setenta, así como a la Versión Siríaca. Hubo varias re­visiones y traducciones modificadas que compitieron con la Versión de los Setenta durante los primeros años de la era cristiana. Teodosiano, Aquila y Simmaco publicaron, cada cual, versiones nuevas. Una de las primeras traduc­ciones al latín fue la Versión Itálica, preparada probable­mente en el siglo II; posteriormente modificada y mejo­rada, llegó a ser conocida como la Vulgata. Esta es la que la Iglesia Católica Romana aún acepta como la versión auténtica. Esta comprende tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento.

Versiones de la Biblia en Español.Son varias las versiones en español, tanto manuscritas como impresas, que se conocen de la Biblia. El rey de Castilla, Alfonso X, fué el primero de los reyes de España que hizo que los libros de la Biblia se tradujesen en lengua castellana por los años de 1260. El rey Alfonso V de Aragón mandó hacer otra traducción española de la Biblia a principios del siglo quince; y la misma gloria se atribuye a Juan II, rey de Castilla, que reinó por el mismo tiempo. Aparte de éstas existen traducciones muy estimadas de algunas partes de la Biblia, como las de Fray Luis de Granada, quien puso en castellano muchos Evangelios, Epístolas y otros libros sagrados; las de Fray Luis de León, quien tradujo el Libro de Job y el Cantar de los Cantares; la del Salterio, obra de Antonio de Cáceres y Sotomayor, y algunas otras.

Las principales versiones impresas de la Biblia en es­pañol son:

  1. La que vulgarmente se llama de Ferrara, por haber sido impresa la primera vez en aquella ciudad, en un tomo en folio en caracteres góticos. La acompaña este título: Biblia en lengua española, traducida palabra por palabra de la verdad Hebrayca por muy escelentes letra­dos: vista y examinada por el Oficio de la Inquisición. Fué “estampada en Ferrara” el primero de marzo de 1553. En 1630 apareció otra versión, que se puede decir es la misma de Ferrara. Se le halla esta nota al final: “Al loor y gloria de Dios fué reformada por Menasse Ben Israel 15 de Sebath 5390. Chr. 1630.” Esta versión se diferencia poco de la Biblia Ferrariense. Sólo se subs­tituyeron en ella algunas palabras corrientes en lugar de las anticuadas que abundaban en la otra. Se reimprimió con algunas revisiones en Amsterdam en el año de 1661, en casa de José Athias.
  2. La Biblia Española del Antiguo y Nuevo Testa­mento de Casiodoro de Reyna, sevillano, que se publicó en 1569 con este título: La Biblia, que es los Sacros Libros del Viejo y Nuevo Testamento, traducida en español.
  3. La versión castellana de la Biblia, principalmente una revisión de la anterior, que se publicó en Amsterdam el año de 1602 por Cipriano de Valera, bajo el título: La Biblia, que es los Sacros Libros del Viejo y Nuevo Testamento: segunda edición, revista, y conferida con los textos hebreos y griegos, y con diversas traducciones, por Cipriano de Valera.
  4. La versión de Felipe Scio de San Miguel, titulada: La Sagrada Biblia, traducida al español de la Vulgata latina y anotada conforme al sentido de los santos padres y expositores católicos por el Ilmo. Sr. D. Felipe Scio de San Miguel. Esta se publicó por primera vez en la ciudad de Madrid en 1794.
  5. La Sagrada Biblia, versión castellana del Ilmo. Sr. Félix Torres Amat. Fué traducida de la Vulgata latina por José Miguel Petisco, aunque se conoce por la Biblir de Félix Torres Amat, por haber sido él quien la dispuso y publicó. Salió a luz el año de 1823 en Madrid.

Otras traducciones menos conocidas son: Un Nuevo Testamento de Francisco de Encinas, publicado en Am-beres en 1543, y una versión luterana de la Biblia cono­cida como la Biblia del Oso, publicada por Juan de Valdez entre los años 1567 y 1569 en Basilea.

La Legitimidad y Autenticidad de la Biblia.Por muy interesantes e instructivos que sean estos datos históricos y literarios de las escrituras hebreas, su consideración es de menor importancia que la autenticidad de los libros, pues ya que nosotros, así como el resto del mundo cristia­no, los hemos aceptado como la palabra de Dios, propia­mente conviene que investiguemos la autenticidad de los anales sobre los cuales nuestra fe principalmente se funda. Todas las evidencias que la Biblia misma propor­ciona, como su lenguaje, detalles históricos y correspondencia de su contenido, apoyan en conjunto su afirmación de ser precisamente obra de los autores a quienes se atribuyen sus diversas partes. En multitud de casos fácilmente se pueden comparar la relación bíblica y la historia profana, particularmente en asuntos de biografía y genealogía, y cuando esto se ha hecho, se ha descubierto una conformidad general. Hallamos evidencia adicional en la individualidad que conserva cada escritor, de lo cual resulta una diversidad marcada de estilo, mientras que la unidad que se manifiesta en toda la obra revela la acción de una influencia guiadora durante las edades en que fué creciendo el volumen; y esto no puede ser otra cosa que el poder de inspiración que obró en todos aque­llos que fueron aceptados como instrumentos en la mano divina para preparar este libro de libros. La tradición, historia, análisis literario y más que todo, la prueba de un escudriñamiento devoto e investigación de la verdad, se unen para comprobar la autenticidad de este conjunto de escrituras y para indicar el camino, bien marcado entre sus hojas, que lleva al hombre de vuelta a la Eterna Presencia.

Testimonio del Libro de Mormón, Concerniente a la Biblia.Los Santos de los Últimos Días aceptan el Libro de Mormón como escritura sagrada, en el cual, así como en la Biblia, se encierra la palabra de Dios. En el siguiente capítulo el Libro de Mormón recibirá particular atención. Sin embargo, puede resultar provechoso referirnos aquí a la evidencia corroborativa que esta obra presenta con­cerniente a la autenticidad de las Escrituras judías y la integridad general de éstas en su forma actual. Según la historia del Libro de Mormón, seiscientos años antes de Cristo, el profeta Lehi, con su familia y algunos otros, salió de Jerusalén por mandato de Dios durante el primer año del reinado de Sedecías, rey de Judá. Antes de salir de su país natal los viajeros consiguieron ciertos anales que estaban grabados sobre planchas de bronce. Entre éstos se hallaba una historia de los judíos y algunas de las Escrituras que en aquellos días eran aceptadas como auténticas.

Lehi examinó los anales “y vió que contenían los cinco libros de Moisés, los cuales relataban la historia de la creación del mundo, y la de Adán y Eva, nuestros pri­meros padres; también la historia de los judíos desde su origen hasta el principio del reinado de Sedecías, rey de Judá; también las profecías de los santos profetas desde el principio, aun hasta comenzar el reinado de Sedecías, y muchas profecías de Jeremías.” Esta referencia directa al Pentateuco y a ciertos profetas judíos es importante evidencia externa a favor de la autenticidad de esas porciones de la Biblia.

A Nefi, el hijo de Lehi, comunícesele en una visión el futuro plan de Dios tocante a la familia humana, y vió que un libro de gran valor, en el cual se hallaba la pala­bra de Dios y los convenios del Señor con Israel, iría de los judíos a los gentiles. Dice además que Lehi y su grupo, quienes, como después veremos, fueron conduci­dos a través de las aguas al continente occidental, donde se establecieron y más tarde llegaron a ser un pueblo poderoso y numeroso, solían estudiar las Escrituras que estaban grabadas sobre las planchas de bronce; y por otra parte, los historiadores de este pueblo incorporaron muchas de sus palabras en sus propios anales. Esto basta en cuanto a lo que el Libro de Mormón dice del Antiguo Testamento, o cuando menos aquellas partes del canon judío que se hallaban completas cuando la colonia de Lehi salió de Jerusalén, durante el ministerio del pro­feta Jeremías.

Por otra parte, esta voz del occidente no permanece muda respecto de las Escrituras del Nuevo Testamento. En visión profética muchos de los profetas nefitas vieron y entonces predijeron el ministerio de Cristo en el meri­diano de los tiempos, y escribieron las profecías relativas a los sucesos principales de la vida y ministerio del Sal­vador con notable exactitud y detalle. Existen estos testi­monios escritos de Nefi, de Benjamín, que fué profeta así como rey, de Abinadí, de Samuel, el lamanita convertido, y otros. Aparte de éstas y muchas otras profe­cías concernientes a la misión de Jesucristo, las cuales sin excepción concuerdan con lo que el Nuevo Testamento dice de su cumplimiento, encontramos en el Libro de Mormón una relación del ministerio del Señor resucitado entre el pueblo nefita, en el curso del cual estableció entre ellos su Iglesia conforme al modelo anotado en el Nuevo Testamento; y no sólo eso, sino también les impartió ins­trucciones en casi los mismos términos que los de sus enseñanzas entre los judíos en el oriente.1

REFERENCIAS

Las Sagradas Escrituras

  • Erráis ignorando las Escrituras, y el poder de Dios—Mat. 22:29.
  • Escudriñad las  Escrituras,  porque a vosotros  os  parece que en ellas tenéis la vida eterna—Juan 5:39; véase también el versículo 46.
  • Abraham le dice:  A Moisés y a los profetas tienen—Luc. 16:29.
  • Cristo cita de las Escrituras—Mat. 4:4; Mar. 12:10; Luc. 24:27.
  • Escritura dada por el Espíritu Santo—Hech. 1:16.
  • Toda Escritura es inspirada divinamente y útil—2 Tim. 3:16.
  • La profecía no fué traída por voluntad humana, sino los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados del Espíritu Santo—2 Ped. 1:21.
  • Las Escrituras testifican de Cristo—Juan 5:39;  Hech. 10:43;18:28; 1 Cor. 15:3.
  • Para que por la paciencia y por la consolación de las Escrituras tengamos esperanza—Rom. 15:4.
  • Mas manifestado ahora, y por las Escrituras de los profetas—Rom. 16:26.
  • Porque aun no sabían la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos—Juan 20:9.
  • Estas empero son escritas, para que creáis  que Jesús es el Cristo-Juan 20:31.
  • Los apóstoles recurren a las Escrituras y las citan—Hech. caps. 2 y 3; 8:32; 17:2; véase también 18:24; 28:23.
  • Ninguna profecía de la Escritura es de particular interpretación —2 Ped. 1:20.
  • Las Sagradas Escrituras las cuales te pueden hacer sabio para la salud por la fe—2 Tim. 3:15.
  • ¿Qué   significan   las   Escrituras,   que   dicen   que   Dios   colocó querubines?—Alma 12:21.
  • Porque así dicen las Escrituras:   Escogeos hoy a quién deseáis servir—Alma 30:8.
  • Nefi leyó al pueblo del libro de Moisés, y de Isaías, aplicando todas las Escrituras a sus condiciones—1 Nefi 19:23.
  • Porque mi alma se deleita en las Escrituras, y las medita mi corazón—2 Nefi 4:15. Este pueblo no entiende las Escrituras—Jacob 2:23.
  • Y díjele: ¿Crees tú las Escrituras?-—Jacob 7:10.
  • Alma confundió a Zeezrom explicándole las Escrituras—-Alma, cap. 12.
  • Tenéis las Escrituras por delante, y,  si queréis pervertirlas, será para vuestra destrucción—Alma 13:20.
  • Os equivocáis gravemente, y debéis escudriñar las Escrituras— Alma 33:2.
  • Erraron por no haber entendido las Escrituras—3 Nefi 1:24.
  • Después que Jesús hubo explicado todas estas Escrituras a los nefitas—3 Nefi 23:6; véase también el versículo 14.
  • ¿No han leído las Escrituras que dicen que debéis tomar sobre  vosotros el nombre de Cristo?—3 Nefi 27:5.
  • Escrituras que están grabadas sobre las Planchas de Bronce —2 Nefi 4:15.
  • Se hace referencia a la Biblia en una revelación divina a Nefi: Tendrán una Biblia; y vendrá de los judíos—2 Nefi 29:3-6.  Saldrán otras Escrituras—versículos 7-14.
  • No por tener una Biblia, debéis suponer que contiene todas mis  palabras—2 Nefi 29:10.
  • Parte de la narración bíblica se hallaba sobre las Planchas de Bronce que se trajeron de Jerusalén—1 Nefi 5:10-13.
  • Anales antiguos que contienen Escrituras acerca de las que se ha hablado por la manifestación del Espíritu—D. y C. 8:1.
  • Y lo que hablaren cuando fueren inspirados por el Espíritu Santo será escritura—D. y C. 68:4.
  • Por influencia de  Satanás las personas contienden  sobre las Escrituras y no las entienden—D. y C. 10:63.
  • Amonestaciones del día actual de estudiar las Escrituras—D. Y C. 11:22.
  • Probando al mundo que las Santas Escrituras son verdaderas— D. y C. 20:11.
  • Principios del evangelio que se encuentran en la Biblia y el Libro de Mormón—D. y C. 42:12.
  • Se dan las Santas Escrituras para la instrucción; y el poder del Espíritu vivifica todas las cosas—D. y C. 33:16.
  • El ángel Moroni cita las Santas Escrituras a José Smith—P. de G. P. pág. 49.
  • Se llevaba un libro de memorias, en el cual se inscribía en el lenguaje de Adán—Moisés 6:5; escrito de acuerdo con el modelo dado por el dedo de Dios—versículo 46.
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