Los Artículos de Fe

Capítulo 17
LA DISPERSIÓN DE ISRAEL

Artículo 10.—Creemos en la congregación literal del pueblo de Israel y en la restauración de las diez tribus; , . .

Israel.Este nombre y título combinado de Israel indicaba o daba a entender, en el sentido original de la palabra, uno que había logrado su petición ante el Señor; sus equivalentes más comunes son “soldado de Dios”, “uno que contiende con Dios”, “príncipe de Dios”. El nombre aparece en las Sagradas Escrituras por pri­mera vez como el título que le fué conferido a Jacob, cuando triunfó en su determinación de recibir una bendición de su visitante celestial en el desierto, y fuéle prometido: “No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel: porque has peleado con Dios y con los hombres, y has vencido.” Leemos más adelante: “Y aparecióse otra vez Dios a Jacob, cuando se había vuelto de Padan-aram, y bendíjole; y díjole Dios: Tu nombre es Jacob; no se llamará más tu nombre Jacob, sino Israel será tu nombre;   y llamó su nombre Israel.”

Pero este nombre y título, otorgado bajo condiciones de solemne dignidad, alcanzó una aplicación más extensa y llegó a representar la posteridad de Abrahán, por el linaje de Isaac y Jacob,0 con quienes el Señor había hecho convenio de que todas las naciones de la tierra serían bendecidas mediante sus posteridad. De modo que el nombre del patriarca individual llegó a designar a un pueblo que comprendía las doce tribus, y el cual se deleitaba en el título de Israelitas o hijos de Israel. Fueron conocidos por estos nombres en los tenebrosos días de la esclavitud egipcia, durante los cuarenta años del éxodo y el viaje a la tierra prometida, en el período de su existencia como un pueblo poderoso bajo el gobierno de los Jueces y como nación unida durante los ciento veinte años que abarcaron los reinados sucesivos de Saúl, David y Salomón.

A la muerte de Salomón, probablemente cerca del año 975 antes de J. C, se dividió el reino. La tribu de Judá y parte de la tribu de Benjamín aceptaron por rey a Roboam, hijo y sucesor de Salomón, mientras que los demás, de quienes comúnmente se habla como las Diez Tribus, se rebelaron contra Roboam y deshaciendo su alianza con la casa de David, eligieron por rey a Jero-boam. Bajo éste, las Diez Tribus conservaron el nombre del Reino de Israel, aunque al reino era conocido tam­bién como Efraín, a causa de su tribu más prominente; mientras que Roboam y sus subditos se distinguieron por el título del Reino de Judá. Los dos reinos conservaron una existencia separada más o menos unos doscientos cincuenta años, después de lo cual, aproximadamente en el año 721 antes de Cristo, fué destruido el estado independiente del reino de Israel, y los asirios bajo Sal-manasar lo redujeron al cautiverio. El reino de Judá duró un siglo más antes de llegar a su fin bajo Nabuco-donosor, quien inauguró la cautividad babilónica. Se­tenta años sufrió el pueblo la servidumbre, conforme a la profecía de Jeremías; entonces el Señor ablandó el corazón de los soberanos reinantes, y Ciro el Persa inició la obra de la emancipación. Fuéle permitido al pueblo hebreo volver a Judea y reconstruir el templo en Jerusalén.

El pueblo, comúnmente conocido entonces como he­breos o judíos, retuvo el apelativo “Israel” para designar la nación, aunque escasamente comprendía dos tribus completas de las doce. El nombre Israel, conservado con justificado orgullo por el resto de una nación, en otro tiempo poderosa, se usó en un sentido figurado para indicar el pueblo del convenio que constituía la Iglesia de Cristo;k y aún se usa de esta manera. Cuando la historia nos presenta a los israelitas por primera vez, los conocemos como un pueblo unido. A fin de com­prender el verdadero valor del recogimiento de Israel al cual se hace referencia en el décimo de los Artículos de Fe, se precisa que primeramente consideremos el esparcimiento y dispersión que el pueblo ha sufrido. Abundan en las Escrituras las profecías, sobre estas dispersiones; y por lo general, la historia profana y las Escrituras ofrecen testimonio unido del cumplimiento de estas profecías.

La Dispersión de Israel Predicha.—Se ha dicho que “si se llegara a escribir la historia completa de la casa de Israel, sería la historia de historias, la llave a la historia mundial de los últimos veinte siglos”.1 Esta afirmación tan comprensiva encuentra justificación en el hecho de que los israelitas han sido esparcidos tan comple­tamente entre las naciones, que este pueblo disperso es considerado uno de los factores principales que han contribuido al origen y desarrollo de casi toda división principal de la familia humana. Esta obra de la dispersión se fué efectuando a través de muchas etapas y durante miles de años. Los antiguos profetas la previeron; y durante todas las generaciones, hasta la época del Mesías, y aun en las que inmediatamente siguieron, otros pro­fetas vaticinaron la dispersión del pueblo como resultado decretado de su creciente iniquidad, o se refirieron al cumplimiento de profecías anteriores relativas a la disemi­nación ya efectuada, y anunciaron un nuevo y más com­pleto esparcimiento de la nación.

Profecías Bíblicas.—Durante el éxodo de Egipto, donde los israelitas habían vivido como esclavos, y su jornada a Canaán, la tierra de su herencia prometida, el Señor les dió muchas leyes y estableció preceptos para su gobierno en asuntos temporales y espirituales. Repasó, para su contemplación, bendiciones que la mente humana a solas es incapaz de concebir, basándolas sobre su obediencia a las leyes de la rectitud y su ho­menaje a él como Dios y Rey. Por vía de contraste, después de ese cuadro de prosperidad bendita, el Señor describió con terrible claridad y espantoso detalle el estado de servil desgracia y agobiante sufrimiento en el que con toda certeza incurrirían, si se apartaban del sendero de la rectitud y adoptaban las inicuas prácticas de los pueblos idólatras con quienes se asociarían. Las partes más sombrías de esta imponente escena eran aquellas que pintaban el futuro esparcimiento de la nación y la dispersión del pueblo entre aquellos que no conocían a Dios. Sin embargo, esas intensas calamidades caerían sobre Israel solamente en caso de que otros castigos menos severos resultaran ineficaces.m

Ya para terminar el viaje que empezó con el éxodo, mientras los israelitas se preparaban para pasar el Jordán y tomar posesión de la tierra prometida, cuando Moisés estaba para ascender al monte de Nebo, de donde iba a ver aquella buena tierra para después abandonar este mundo, el patriarca, legislador y profeta les repitió la historia de las bendiciones y maldiciones contra­puestas, las cuales era imposible separar del convenio de Dios con el pueblo. “Jehová te entregará herido de­lante de tus enemigos”, se les dijo; y además: “Jehová llevará a ti y a tu rey que hubieres puesto sobre ti, a gente que no conociste tú ni tus padres; y allá servirás a dioses ajenos, al palo y a la piedra. Y serás por pasmo, por ejemplo y por fábula, a todos los pueblos a los cuales te llevará Jehová.” También: “Jehová traerá sobre ti gente de lejos, del cabo de la tierra, que vuele como águila, gente cuya lengua no entiendas; gente fiera de rostro que no tendrá respeto de ancianos, ni perdo­nará al niño … Y Jehová te esparcirá por todos los pueblos, desde el un cabo de la tierra hasta el otro cabo de ella; y allí servirás a dioses ajenos que no cono­ciste tú ni tus padres, al leño y a la piedra.”

Conforme se va desarrollando la historia de la Sa­grada Escritura, se hace patente el hecho de que Israel había elegido el sendero de la maldad, abandonando las bendiciones y segando las maldiciones. Cuando el hijo del inicuo Jeroboam se enfermó de muerte, el acongo­jado rey envió a su esposa disfrazada para hablar con Ahías, el profeta ciego de Israel, concerniente a la suerte del niño. El profeta, penetrando el velo de la ceguedad física de su vejez, predijo la muerte del niño y la destruc­ción de la casa de Jeroboam; y luego añadió: “Jehová sacudirá a Israel, al modo que la caña se agita en las aguas: y él arrancará a Israel de esta buena tierra que había dado a sus padres, y esparcirálos de la otra parte del río, por cuanto han hecho sus bosques, enojando a Jehová.”

Por boca de Isaías el Señor justifica sus juicios sobre el pueblo, al cual compara a una viña infructuosa que, a pesar del seto protector y cultivo esmerado, no había producido sino uvas silvestres, y sólo servía para ser con­sumida. “Por tanto — sigue diciendo — mi pueblo fué llevado cautivo.”p Todavía habrían de seguir otras tribulaciones; y a fin de que el pueblo no se alejara por completo del Dios de sus padres, se les amonestó: “¿Y qué haréis en el día de la visitación? ¿y a quién os acogeréis que os ayude, cuando viniere de lejos el asolamiento?” El profeta hace ver a su pueblo desviado que sus aflic­ciones vendrían del Señor: “¿Quién dió a Jacob en presa, y quién entregó a Israel a saqueadores? ¿No fué Jehová, contra quien pecamos? y no quisieron andar en sus caminos, ni oyeron su ley. Por tanto derramó sobre él el furor de su ira, y fuerza de guerra.”

Después de la cautividad de Efraín, o sea el reino de Israel, el pueblo de Judá tuvo necesidad de aún más amonestaciones. Por medio de Jeremías se trajo a su memoria la suerte de sus hermanos; y entonces, a conse­cuencia de su continua y creciente iniquidad, díjoles el Señor: “Os echaré de mi presencia como eché a todos vuestros hermanos, a toda la generación de Ephraim.”  Su tierra sería despojada; todas las ciudades de Judá que­darían desoladas y el pueblo sería esparcido entre los reinos de la tierra. Otros profetas revelaron las palabras de ira y solemne advertencia del Señor; y el divino decreto quedó anotado: “Haré que la casa de Israel sea zarandeada entre todas las gentes, como se zarandea el grano en un harnero.”  También: “Los sembraré entre los pueblos, aun en lejanos países se acordarán de mí.”

Predicciones del Libro de Mormón.En la historia grabada por la división de la casa de Israel que salió de Jerusalén y llegó al continente occidental aproxima­damente en el año 600 antes de J. C, repetidas veces se hace referencia a las dispersiones que ya se habían verificado, y a la continuación del esparcimiento que para los escritores del Libro de Mormón era aún futuro. Durante el viaje hacia la costa, y mientras se hallaba acampado con su compañía en el valle de Lemuel, en las inmediaciones del mar Rojo, el profeta Lehi declaró lo que por revelación había llegado a saber tocante a la futura “caída de los judíos en la incredulidad”, la crucifixión del Mesías y la dispersión de ese pueblo “por toda la superficie de la tierra”. Comparó la casa de Israel a un olivo cuyas ramas iban a ser desgajadas y esparcidas; y vió en el éxodo y lejano viaje de su colonia un episodio incidental en el curso general de la dispersión. Nefi, hijo de Lehi, también vió en visión el esparci­miento del pueblo del convenio, y sobre este punto añadió su testimonio al de su padre el profeta. También vió que la descendencia de sus hermanos, conocida poste­riormente como lamanitas, sería castigada por su incredu­lidad; y que estaba destinada a ser vencida por los gen­tiles y ser dispersada ante ellos. En esa visión profética de las edades también vió que salían libros sagrados, además de los que hasta entonces se conocían, “para convencer a los gentiles y al resto de la posteridad de mis hermanos, y también a los judíos que se hallaban esparcidos sobre toda la superficie de la tierra”.

Después de llegar a la tierra prometida, la colonia al mando de Lehi recibió más información tocante a la dispersión de Israel. Según Nefi, el profeta Zenós había predicho la incredulidad de la casa de Israel, y como consecuencia, vagarían en la carne “y perecerán, y serán un escarnio y oprobio, y los aborrecerán en todas las naciones”.” Los hermanos de Nefi con escepticismo le preguntaron si las cosas de que él hablaba se iban a realizar en un sentido espiritual o más literalmente, y les fué dicho que “la casa de Israel será dispersada, tarde o temprano, sobre toda la superficie de la tierra, y también entre todas las naciones”; y con respecto a las dispersiones ya efectuadas, se añadió que “se han lle­vado a la mayor parte de todas las tribus; y se encuen­tran esparcidas acá y allá sobre las islas del mar”. En­tonces, por vía de predicción sobre una dispersión y división adicional, Nefi agrega que los gentiles tendrían dominio sobre el pueblo de Israel, y por ellos “serán esparcidos nuestros descendientes”. Aunque mediaba un océano entre su tierra natal y el país al cual mila­grosamente habían sido conducidos, los hijos de Lehi, mediante una revelación, declarada por Jacob, hermano de Nefi, supieron de la cautividad de los judíos que habían permanecido en Jerusalén.k Nefi les dijo algo más de las calamidades que se cernían sobre la ciudad en que habían nacido, y de una nueva dispersión de sus hermanos los judíos.

Los lamanitas, una división de la posteridad de Lehi, también iban a ser deshechos y esparcidos, según lo indican las palabras de Samuel, un profeta de ese pueblo errante.m Nefi, el tercer profeta de ese nombre y nieto de Helamán, hace destacar la dispersión de su pueblo, declarando que sus “habitaciones quedarán desoladas”. Jesús mismo, después de su resurrección, y mientras ejercía su ministerio entre aquella parte de su redil que se hallaba sobre el hemisferio occidental, se refiere solemnemente al resto “que será esparcido sobre la faz de la tierra a causa de su incredulidad”.

Por estos pasajes claramente se ve que los que acompañaban a Lehi — entre ellos su propia familia, Zoram, e Ismael y su familia, de quienes nacieron los poderosos pueblos de los nefitas, exterminados como nación a causa de su infidelidad, y los lamanitas, quienes, conocidos en la actualidad como indios americanos, han continuado su existencia agitada hasta el día de hoy— supieron por revelación que sus antiguos compatriotas en la tierra de Palestina habían sido esparcidos, y que a ellos los amenazaba una segura destrucción si seguían desobedeciendo las leyes de Dios. Hemos dicho que el traslado de Lehi y su colonia del hemisferio oriental al occidental fué parte de la dispersión general. No se debe olvidar la otra colonia de judíos que, partiendo de Jerusalén unos once años después de la salida de Lehi, también vino al oeste. Dirigía este segundo grupo Mulek, hijo de Sedecías, el último rey de Judá. Salieron de Jerusalén inmediatamente después de la toma de la ciudad por Nabucodonosor, aproximadamente en el año 588 antes de J. C.

El Cumplimiento de Estas Profecías.Las Sagradas Escrituras, junto con otros documentos que no preten­den inspiración directa, testifican del cumplimiento lite­ral de las profecías relativas a la desolación de la casa de Israel. La división de la nación en reinos separados de Judá e Israel ocasionó la caída de ambos. Al paso que el pueblo menospreciaba las leyes de sus padres, se permitía que sus enemigos los vencieran. Después de muchas pérdidas pequeñas en el campo de batalla, los asirios derrotaron por completo al reino de Israel como en el año 721 antes de J. C. Leemos que Salmanasar IV, rey de Asiría, sitió a Samaría, la tercera y última capital del reino, y que después de tres años, Sargón, el sucesor de Salmanasar, tomó la ciudad. El pueblo de Israel fué llevado cautivo a Asiría y dividido entre las ciu­dades de los medos. Así fué como se cumplió la trágica profecía que Ahías profirió a la esposa de Jeroboam. Israel fué esparcido de la otra parte del río, probable­mente el Eufrates, y desde esa época hasta el día de hoy las Diez Tribus han estado perdidas para la historia.

Tan lamentable destino del reino de Israel sirvió para medio infundir en el pueblo de Judá un presentimiento de su propia e inminente destrucción. Ezequías, quien reinó veintinueve años, mostró ser una destacada excep­ción en la sucesión de reyes impíos que lo habían prece­dido. Nos es dicho que “hizo lo recto en ojos de Jehová”. Durante su reinado, los asirios, al mando de Senaquerib, invadieron el país; mas la gracia de Jehová para con el pueblo en parte se había restaurado, y Ezequías instó a sus súbditos a confiar en Dios, exhortándolos a que tuvieran valor y no temieran al asirio ni sus huestes, “porque—dijo este príncipe justo—más son con nosotros que con él. Con él es el brazo de carne, mas con nosotros Jehová nuestro Dios para ayudarnos, y pelear nuestras batallas”. El ejército asirio fué milagrosamente destruí-do. Ezequías murió y Manases reinó en su lugar. Este rey hizo lo malo en los ojos de Jehová, y la iniquidad del pueblo continuó otro medio siglo o más, interrumpida solamente por las buenas obras del justo rey Josías.

Estando Sedecías sobre el trono, Nabucodonosor, rey de Babilonia, sitió a Jerusalén, tomó la ciudad como en el año 588 antes de Cristo y poco después llevó cautivo al pueblo y lo transportó a Babilonia, con lo que dió fin al reino de Judá. Los cautivos fueron esparcidos por todas las ciudades de Asia y gimieron bajo la carga de la cautividad babilónica casi setenta años. Entonces Ciro el Persa, quien había conquistado a los babilonios, dió permiso a los judíos de volver a Jerusalén. Multitudes de los judíos desterrados aprovecharon esa oportunidad, aunque muchos permanecieron en los países de su cauti­verio; y aun cuando los que volvieron trataron sincera­mente de restablecerse en la misma escala de su poderío anterior, jamás volvieron a ser un pueblo realmente independiente. Siria y Egipto los acometieron, y más tarde fueron tributarios de Roma. En esta condición se hallaban durante el ministerio personal de Jesucristo entre ellos.

La profecía de Jeremías aún estaba sin cumplirse totalmente, pero con el tiempo se vió que no se perdería ni una sola palabra. “Toda Judá fué trasportada, trasportada fué toda ella.” Tal fué la profecía. Un alboroto sedicioso entre los judíos dió un ligero pretexto a sus amos romanos para imponerles un castigo, que resultó en la destrucción de Jerusalén en el año 71 de la era cristiana. La ciudad cayó, después de un sitio de seis meses, ante los ejércitos romanos acaudillados por Tito, hijo del emperador Vespasiano. Josefo, el famoso his­toriador, por quien hemos llegado a saber la mayoría de los detalles de la contienda, vivía en Galilea en esa época, y fué llevado a Roma entre los cautivos. Su his­toria nos refiere que más de un millón de judíos mu­rieron a causa del hambre que resultó del sitio. Muchos otros fueron vendidos como esclavos e incontables multi­tudes sufrieron un destierro forzado. La ciudad quedó enteramente destruida, y los romanos, en busca de te­soro, araron el sitio donde se había levantado el templo. Así fué como se cumplieron al pie de la letra las pala­bras de Cristo: “No será dejada aquí piedra sobre piedra, que no sea destruida.”

Desde la destrucción de Jerusalén y la desorganización final de la autonomía judaica, los judíos han ido errantes sobre la faz de la tierra, un pueblo sin patria, una nación sin hogar. La profecía del antiguo profeta Amós se ha cumplido literalmente. La casa de Israel verdaderamente ha sido cernida entre las naciones “como se zarandea el grano en un harnero”.” Sin embargo, debe tenerse presente que parte de esta temible predicción promete que “no cae un granito en tierra”.

Las Tribus Perdidas.-Como ya se ha dicho, cuando se dividieron los israelitas a la muerte de Salomón, diez de las tribus se establecieron como reino separado. Este, el reino de Israel, desapareció de la historia con la cautividad asiria en el año 721 antes de J. C. Fueron trasportados a Asiria y más tarde desaparecieron tan completamente que se conocen como las Tribus Perdi­das. Parece que partieron de Asiria, y aun cuando nos falta información precisa respecto de su destino final y paradero actual, existe abundante evidencia de que su viaje fué hacia el norte. La palabra que el Señor habló por boca de Jeremías promete que el pueblo volverá de “la tierra del aquilón”; y por revelación divina se ha declarado algo parecido en la dispensación actual.

En los escritos de Esdras, aquellos que no se acep­tan como libros canónicos de la Biblia, sino que entran en la categoría de apócrifos, hallamos que se hace refe­rencia a la migración que las Diez Tribus emprendieron hacia el norte de conformidad con su plan de escapar de entre los idólatras e ir a “una tierra más lejana, donde jamás ha morado hombre alguno, a fin de guardar allí sus estatutos que nunca observaron en su propio país”. El mismo escritor nos informa que viajaron un año y medio hacia las regiones del norte, pero ofrece evidencias de que muchos permanecieron en los países de su cautivi­dad.

El Cristo resucitado, durante su ministerio entre los nefitas en este hemisferio, habló particularmente de “las otras tribus de la casa de Israel, que el Padre ha conducido fuera del país”; y dijo además que eran “otras ovejas que no son de esta tierra, ni de la tierra de Jerusalén, ni ninguna de las partes del país inmediato donde he estado para ejercer mi ministerio”. Cristo reveló el mandamiento que su Padre le había dado de manifestarse a ellas.   El lugar en donde actualmente se hallan las Tribus Perdidas no ha sido revelado.

REFERENCIAS

Predíjose la Dispersión de Israel—Profecías Bíblicas

  • Predicción que los descendientes de José serían como los vasta­gos que se extienden sobre el muro—Gen. 49:22.
  • Y a vosotros os esparciré por las gentes—esto dependería de la iniquidad del pueblo—Lev. 26:33; véase también Deut. 4:27.
  • Israel huiría delante de sus enemigos, y sería sacudido a todos los reinos de la tierra—Deut. 28:25. El pueblo sería por pasmo, por ejemplo y por fábula, a todas las naciones a las cuales lo llevaría Jehová—versículo 37. Y Jehová te es­parcirá por todos los pueblos, desde el un cabo de la tierra hasta el otro—versículo 64.
  • Por sus iniquidades Jehová sacudiría a Israel, y lo arrancaría de la buena tierra, y lo esparciría de la otra parte del río—1 R. 14:15.
  • Jehová quitó a Israel de delante de su rostro, como lo había él dicho por mano de todos los profetas sus siervos: e Israel fue transportado de su tierra a Asiría—2 E. 17:23.
  • Al reino de Judá el Señor declaró: Os echaré de mi presencia como eché a todos vuestros hermanos, a toda la generación de Ephraim—Jer. 7:15. Toda Judá fue trasportada, tras­portada fue toda ella—13:19; véase también 15:1-4. Judá sería entregada, sería por escarnio a todos los reinos de la tierra, por maldición y por espanto, y por silbo y por afrenta a todas las gentes a las cuales el Señor los hubiere arrojado —29:16-19.
  • Y yo te esparciré por las gentes, y te aventaré por las tierras— Eze. 22:15.
  • Haré que la casa de Israel sea zarandeada entre todas las gentes, como se zarandea el grano en un harnero, y no cae un granito en la tierra—Amos 9:9.
  • Bien que los sembraré entre los pueblos, aun en lejanos países se acordarán de mí—Zac. 10:9.
  • Angustias caerían sobre el pueblo en el día de visitación, y en la desolación que de lejos vendría—Jer. 5:15.
  • Israel será traspasado de su tierra—Amos 7:17.
  • Los que permanecieran hasta el tiempo de Cristo serían esparci­dos aún más. Serían llevados cautivos a todas las naciones: y Jerusalén sería hollada de los gentiles hasta que los tiem­pos de los gentiles fuesen cumplidos.—Luc. 21:24.

Profecías en el Libro de Mormón Sobre la Dispersión

  • Lehi predijo la cautividad de Babilonia, y que sería esparcido el pueblo por toda la faz de la tierra; y vió en la llegada de él y su colonia al continente occidental parte de la dis­persión decretada—1 Nefi 10:3, 12-14.
  • A Nefi se mostró en visión la dispersión de los descendientes de Lehi—1 Nefi 13:14, 15.
  • Jacob vaticina la dispersión de los judíos después de la cruci­fixión de Cristo—2 Nefi 10:5, 6; compárese con el versículo 22.
  • Proclama la Voz del cielo una dispersión aún más extensa a menos que se arrepienta el pueblo—3 Nefi 10:7.
  • Los gentiles también harían dispersar la casa de Israel— 3 Nefi 20:27; véase también Mormón 5:9, 20.

El Esparcimiento Se Efectuó Sucesivamente

  • Fué quitado el reino de Israel, y no se quedaron los de Judá; entregóse toda la simiente de Israel en manos de saquea­dores—2 R. 17:20.
  • Y el rey de Asiría traspuso a Israel a Asiria—2 R. 18:9-11.
  • Jehová dió a Jacob en presa, y entregó a Israel a saqueadores por causa de los pecados del pueblo—Isa. 42:24.
  • Sión es un desierto, Jerusalem una soledad—Isa. 64:10, 11.
  • También les alcé yo mi mano en el desierto, que los esparciría entre las gentes, y que los aventaría por las tierras—Eze. 20:23, 24; véase también 36:19; compárese con 34:5, 6.
  • Los que quedaron del cuchillo, pasáronlos a Babilonia—2 Cr. 36:17-20.
  • Los esparcí con torbellino por todas las gentes que ellos no conocían—Zac. 7:13, 14; compárese con Joel 3:2; Sant. 1:1.
  • Proclamó Nefi que ya se había efectuado parte del esparci­miento, y predijo aún más—1 Nefi 22:3-5, 7, 8.
  • El Señor manifestó a Jacob que se habían llevado cautivos a los judíos—2 Nefi 6:8.
  • La alegoría del olivo y la poda de la viña—Jacob, caps. 5, 6.
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