Los Artículos de Fe

Un Estudio de los ARTÍCULOS DE FE

Capítulo 1
Introducción

Los Artículos de Fe de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días.
1
Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo.
2
Creemos que los hombres serán castigados por sus propios pecados, y no por la transgresión de Adán.
3
Creemos que por la Expiación de Cristo todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio.
4
Creemos que los primeros principios y ordenanzas del evangelio son, primero: Fe en el Señor Jesucristo; segundo: Arrepentimiento; tercero: Bautismo por inmersión para la remisión de pecados; cuarto: Imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo.
5
Creemos que el hombre debe ser llamada de Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad para predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas.
6
Creemos en la misma organización que existió en la Iglesia primitiva, esto es, apóstoles, profetas, pastores, maestros, evangelistas, etc.
7
Creemos en el don de lenguas, profecía, revelación, visiones, sanidades, interpretación de lenguas, etc.
8
Creemos que la Biblia es la palabra de Dios hasta donde esté traducida correctamente; también creemos que el Libro de Mormón es la palabra de Dios.
9
Creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios.
10
Creemos en la congregación literal del pueblo de Israel y en la restauración de las Diez Tribus; que Sión será edificada sobre este continente [de América]; que
Cristo reinará personalmente sobre la tierra, y que la tierra será renovada y recibirá su gloria paradisíaca.
11
Nosotros reclamamos el derecho de adorar a Dios Todopoderoso conforme a los dictados de nuestra propia conciencia, y concedemos a todos los hombres el mismo privilegio: adoren cómo, dónde o lo que deseen.
12
Creemos en estar sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes y magistrados; en obedecer, honrar y sostener la ley.
13
Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer bien a todos los hombres; en verdad, podemos decir que seguimos la admonición de Pablo: Todo lo creemos, todo lo esperamos; hemos sufrido muchas cosas, y esperamos poder sufrir todas las cosas. Si hay algo virtuoso, bello, o de buena reputación o digno de alabanza, a esto aspiramos.—José Smith.

Teología.— La palabra “Teología” es de origen griego; viene de Theos, que quiere decir Dios, y logos, un tratado o discurso. De modo que significa, por derivación, conocimiento colacionado de Dios, o la ciencia que nos enseña acerca de Dios; e implica también la relación que entre él y sus criaturas existe. Esta voz es de uso antiguo, y se le puede atribuir origen pagano. La teología, según Platón y Aristóteles, es la doctrina de Dios y cosas divinas.

Hay quienes opinan que el conocimiento teológico no es un tema que se presta a una consideración analítica o científica por parte del hombre; y como un concepto verdadero de Dios, que es el tema principal de la teología, debe por necesidad basarse en la revelación divina, no podemos recibir este conocimiento sino conforme a lo que benignamente se nos concede; y que el querer llevar a cabo una investigación minuciosa de ello mediante los poderes falibles del razonamiento humano sería igual que aplicar a los hechos de Dios, como norma de medida, la totalmente inadecuada sabiduría del hombre. Hay muchas verdades que quedan fuera del alcance de la mera razón humana, y se ha declarado que los hechos teológicos entran en esa categoría. Es cierto esto; pero sólo hasta donde se puede aplicar la misma clasificación a otras verdades aparte de las teológicas, en la acepción limitada de la expresión; porque toda verdad, siendo eterna, es superior a la razón en el sentido de que se manifiesta a la razón, mas no es una fabricación de ella. No obstante, se han de estimar y comparar las verdades mediante el ejercicio de la razón.

La Importancia del Estudio Teológico.—Es imposible que el hombre investigue minuciosamente en la corta duración de la existencia mortal alguna parte considerable del extenso campo del conocimiento. Corresponde, pues, a la sabiduría orientar nuestros esfuerzos hacia la investigación de aquel campo que ofrezca los resultados de mayor valor. Toda verdad es de valor; de inestimable valor, por cierto, en su lugar. Sin embargo, respecto de su posible aplicación, algunas verdades son de un valor incomparablemente mayor que otras. El conocimiento de los principios comerciales es esencial para el éxito del negociante; al marinero se exige que sepa las leyes de navegación; para el agricultor es indispensable estar familiarizado con la relación que existe entre el terreno y las cosechas; el entendimiento de los principios de la matemática es necesario para el ingeniero y el astrónomo; en igual manera, el conocimiento personal de Dios es esencial para la salvación de toda alma humana que posee juicio y discreción. Por tanto, no se debe menospreciar el valor del conocimiento teológico; dúdase que se pueda exagerar el valor de su importancia.

La Comprensividad de la Teología.— Los límites postreros de esta ciencia, si es que tiene límites, superan a lo que el hombre es capaz de examinar. La teología tiene que ver con Dios, el manantial del conocimiento, la fuente de la sabiduría; con las pruebas de la existencia de un Ser Supremo y otras personalidades sobrenaturales; con las condiciones según las que y por las cuales se imparte la revelación divina; con los principios eternos que gobiernan la creación de los mundos; con las leyes de la naturaleza en sus múltiples manifestaciones. La teología es, principalmente, la ciencia que trata acerca de Dios y la religión; presenta los hechos de la verdad observada y revelada en orden metódico, e indica los medios de aplicarlos a los deberes de la vida. La teología, pues, concierne otros hechos aparte de aquellos que expresamente se llaman espirituales; su esfera es la de la verdad.

Las actividades industriales que benefician al género humano, las artes que agradan y retinan, las ciencias que ensanchan y ennoblecen la mente—estas cosas no son sino un fragmento del gran, aunque hasta aquí incompleto, volumen de verdad que ha descendido a la tierra de una fuente de eterno e infinito abastecimiento. Por consiguiente, un estudio completo de la teología abrazaría todas las verdades conocidas. Dios se ha constituido a sí mismo como el gran maestro; por manifestaciones personales o mediante el ministerio de sus siervos escogidos, él imparte instrucción a sus hijos mortales. A Adán le descubrió el arte de la agricultura,(Gen. 2:8; P. de G. P., Moisés 3:15) y le enseñó el de la sastrería; (Gén. 3:21 ; P. de G. P., Moisés 4:27) dió instrucciones a Noé y a Nefi en cuanto a la construcción de barcos;(Gén. 6:14; 1 Nefi 17:8, 18:1-4) Lehi y Nefi aprendieron de él el arte de la navegación;(1 Nefi 18:12, 21) y para que se guiaran sobre el agua así como en sus viajes por tierra, les preparó el Liahona,(1 Nefi 16:10, 16, 26-30; 18:12, 21; Alma 37:38) una brújula que funcionaba por medio de una influencia más eficaz para sus fines que el magnetismo terrestre; además, Moisés recibió instrucciones divinas en cuanto a la arquitectura.(Exo. caps. 25, 26, 27)

Teología y Religión, aunque se relacionan, no son idénticas. Uno puede estar bien versado en conocimientos teológicos, y, sin embargo, carecer de un carácter religioso, o siquiera moral. Si la teología es una teoría, entonces la religión es una práctica; si la teología es el precepto, la religión es el ejemplo. Una debe complementar la otra; el conocimiento teológico debe fortalecer la fe y práctica religiosas. Cual la aceptan los Santos de los Ultimos Días, la teología abarca el plan del Evangelio de Jesucristo en su totalidad. La teología, como ciencia, tiene que ver con el conocimiento clasificado o colacionado que se refiere a la relación entre Dios y el hombre: es principalmente del intelecto; mientras que la religión incluye la aplicación de este conocimiento o creencia genuina al curso individual de la vida.

Los Artículos de Fe.— Acostúmbrase expresar en credos formulados las creencias y prácticas determinadas de la mayoría de las sectas religiosas. Los Santos de los Ultimos Días no presentan tal credo como un código completo de su fe, porque aceptan el principio de la revelación continua como característica esencial de su creencia. José Smith, el primer profeta divinamente comisionado y el primer presidente de la Iglesia de Jesucristo en los últimos días, o sea la dispensación actual, presentó como bosquejo de los dogmas de la Iglesia las trece declaraciones conocidas como “Los Artículos de Fe de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días.” Dichos artículos encierran doctrinas fundamentales y características del evangelio cual esta Iglesia lo enseña; pero no se deben considerar como una exposición completa de creencia, porque, como declara el Artículo 9: “Creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al Reino de Dios.” Desde el día en que por primera vez se promulgaron, el pueblo ha aceptado los Artículos de Fe como declaración autorizada; y el 6 de octubre de 1890, los Santos de los Ultimos Días, reunidos en conferencia general, adoptaron los Artículos como guía de fe y de conducta.(Véase Apéndice 1:1) En vista de que estos Artículos de Fe presentan doctrinas importantes de la Iglesia en orden sistemático, se prestan, en tan conveniente bosquejo, para hacer un estudio de la teología de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días.

Los Libros Canónicos de la Iglesia constituyen la autoridad escrita de la Iglesia en cuanto a doctrina. No obstante, la Iglesia está dispuesta para recibir, por medio de revelación divina, luz y conocimiento adicionales “pertenecientes al Reino de Dios”. Creemos que en la actualidad Dios tiene igual disposición de revelar su parecer y voluntad al hombre, y que lo hace por medio de sus siervos designados—profetas, videntes y reveladores —investidos, mediante su ordenación, con la autoridad del Santo Sacerdocio. Por consiguiente, confiamos en las enseñanzas de los oráculos vivientes de Dios, dándoles igual validez que a las doctrinas de la palabra escrita. Los libros que por el voto de la Iglesia se han adoptado como guías autorizadas de fe y doctrina son cuatro: la Biblia, el Libro de Mormón, Doctrinas y Convenios y la Perla de Gran Precio.(Véase Apéndice 1:2) Los oficiales y miembros de la Iglesia han publicado y están publicando muchos libros, los cuales pueden ser sancionados por el pueblo y las autoridades eclesiásticas; pero las cuatro publicaciones mencionadas son los “Libros Canónicos de la Iglesia”, debidamente adoptados. Los Artículos de Fe se pueden considerar como un bosquejo bueno pero incompleto de las doctrinas que tratan los libros autorizados.

JOSE SMITH, EL PROFETA

José Smith, cuyo nombre aparece al pie de los Artículos de Fe, es el profeta y revelador por medio de quien se restauró a la tierra el evangelio de Jesucristo en éstos, los últimos días, la dispensación del cumplimiento de los tiempos, declarada y predicha por los profetas en dispensaciones anteriores. El asunto de la comisión divina de este hombre desafía en la actualidad al mundo. Si son falsas sus afirmaciones de que fué nombrado divinamente— ya que constituyen el fundamento de la Iglesia en esta última dispensación—la estructura no puede ser estable; pero, si su declarada ordenación bajo las manos de personajes celestiales resulta ser verdad, uno no necesita buscar más adelante la causa de la vitalidad extraordinaria y el desarrollo continuo de la Iglesia restaurada.

Las circunstancias de las comunicaciones divinas de José Smith, el maravilloso ensanchamiento de la obra que instituyó este profeta de los últimos días, el cumplimiento, mediante su conducto, de muchas de las trascendentales predicciones de la antigüedad, y sus propias declaraciones proféticas con sus cumplimientos literales aún llegarán a ser extensamente aceptadas como prueba conclusiva de la validez de su ministerio.(Véase Apéndice 1:3) Las importantes afirmaciones que se hacen de él y de su obra, la fama que ha causado que su nombre sea conocido para bien o mal entre la mayor parte de las naciones civilizadas de la tierra, la estabilidad de los sistemas religiosos y sociales que deben su origen, como instituciones del siglo xix, al ministerio de este hombre, le dan una importancia individual que exige una consideración seria e imparcial.

Su Parentela y Juventud.— José Smith, el cuarto hijo y el tercer hombre de una familia de diez, nació el 23 de diciembre de 1805 en Sharon, Condado o Distrito de Wíndsor, Estado de Vermont.(Véase Apéndice 1:4) Fué hijo de José Smith y Lucía Mack de Smith, una pareja honrada, quienes a pesar de su pobreza vivían felizmente en su ambiente doméstico de industria y frugalidad. Cuando José tenía diez años, la familia salió de Vermont y se estableció en el Estado de Nueva York, primeramente en Palmyra, y más tarde en Mánchester. En este último lugar el futuro profeta pasó la mayor parte de los días de su niñez. Igual que sus hermanos y hermanas, recibió muy poca instrucción; y los sencillos rudimentos de una educación que pudo adquirir por medio de una aplicación sincera se debió mayormente a sus padres, quienes siguieron la regla de dedicar parte de su tiempo desocupado a la instrucción de los niños menores de la familia.

En cuanto a sus inclinaciones religiosas, la familia favorecía la iglesia presbiteriana; de hecho, la madre y algunos de los hijos se unieron a esa secta; pero José, aunque impresionado favorablemente durante algún tiempo por los metodistas, no quiso hacerse miembro de ninguna de las sectas, encontrándose muy confuso por causa de la contienda y disensiones que se manifestaban entre las iglesias de aquella época. Tenía razón de esperar ver en la Iglesia de Cristo unidad y armonía; sin embargo, en aquellas sectas contenciosas sólo vió confusión. Cuando José entró en los quince años, la región en donde vivía se vió envuelta en una tempestad de violenta agitación religiosa, la que, empezando con los metodistas, pronto se generalizó entre todas las sectas; hubo avivamientos y servicios prolongados, y las vergonzosas manifestaciones de aquella rivalidad sectaria fueron muchas y diversas. Estas condiciones aumentaron a la pesadumbre del jovencito que sinceramente buscaba la verdad.

Su Búsqueda y el Resultado.— He aquí el relato del mismo José Smith. en cuanto a su manera de proceder:

En medio de esta guerra de palabras y tumulto de opiniones, a menudo me decía a mí mismo: ¿Qué se puede hacer? ¿Cuál de todos estos partidos tiene razón; o están todos en error? Si uno de ellos está en lo justo, ¿cuál es, y cómo podré saberlo?

Hallándome en medio de las inmensas dificultades que las contenciones de estos partidos de religiosos originaban, un día estaba leyendo la Epístola de Santiago, primer capítulo y quinto versículo, que dice: Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, demándela a Dios, el cual da a todos abundantemente, y no zahiere; y le será dada.

Nunca un pasaje de las Escrituras llegó al corazón de un hombre con más fuerza que éste en esta ocasión al mío. Parecía introducirse con inmenso poder en cada fibra de mi corazón. Lo medité repetidas veces, sabiendo que si alguna persona necesitaba sabiduría de Dios, esa persona era yo; porque no sabía qué hacer, y, a menos que pudiese lograr más sabiduría de la que hasta entonces tenía, jamás llegaría a saber; pues los maestros religiosos de las diferentes sectas interpretaban los mismos pasajes de las Escrituras de un modo tan distinto, que destruía toda esperanza de resolver el problema con recurrir a la Biblia.

Por último, llegué a la conclusión de que tendría que permanecer en tinieblas y confusión, o, de lo contrario, hacer lo que Santiago aconsejaba, es decir, pedir a Dios. Al fin tomé la determinación de pedir a Dios, habiendo concluido que si él daba sabiduría a quienes carecían de ella, y la impartía abundantemente y sin zaherir, yo podida aventurarme.

Por consiguiente, de acuerdo con esta resolución mía de acudir a Dios, me retiré al bosque para hacer la prueba. Fué en la mañana de un día hermoso y despejado, en los primeros días de la primavera de 1820. Era la primera vez en mi vida que hacía tal intento, porque en medio de toda mi ansiedad no había procurado orar vocalmente sino hasta ahora.

Después de haberme retirado al lugar que previamente había designado, mirando a mi derredor y encontrándome solo, me arrodillé y empecé a elevar a Dios los deseos de mi corazón. Apenas lo hube hecho, cuando súbitamente se apoderó de mí una fuerza que completamente me dominó, y fué tan asombrosa su influencia que se me trabó la lengua de modo que no pude hablar. Una espesa niebla se formó alrededor de mí, y por un tiempo me pareció que estaba destinado a una destrucción repentina.

Mas esforzándome con todo mi aliento para pedirle a Dios que me librara del poder de este enemigo que me había prendido, y en el momento preciso en que estaba para hundirme en la desesperación y entregarme a la destrucción—no a una ruina imaginaria, sino al poder de un ser efectivo del mundo invisible que tenía tan asombrosa fuerza cual jamás había sentido yo en ningún ser—precisamente en este momento de tan grande alarma vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí.

No bien se hubo aparecido, cuando me sentí libre del enemigo que me tenía sujeto. Al reposar la luz sobre mí, vi a dos Personajes, cuyo brillo y gloria no admiten descripción, en el aire arriba de mí. Uno de ellos me habló, llamándome por nombre, y dijo, señalando al otro: ¡Este es mi Hijo Amado: Escúchalo!

Había sido mi objeto acudir al Señor para saber cuál de todas las sectas era la verdadera, a fin de saber a cuál unirme. Por tanto, apenas me hube recobrado lo suficiente para poder hablar, cuando pregunté a los Personajes que estaban en la luz arriba de mí, cuál de todas las sectas era la verdadera, y a cuál debería unirme.

Se me contestó que no debería unirme a ninguna, porque todas estaban en error; y el Personaje que me habló dijo que todos sus credos eran una abominación en su vista; que todos aquellos profesores se habían pervertido; que “con los labios me honran, mas su corazón lejos está de mí; enseñan como doctrinas mandamientos de hombres, teniendo apariencia de piedad, mas han negado la eficacia de ella.” (P. de G. P., p. 45; History of the Church, tomo 1, p. 4)

Conocimiento como el que se comunicó en esta revelación sin precedente no podía permanecer oculto dentro del pecho del jovencito. No vaciló en divulgar la gloriosa verdad, primero a los miembros de su familia, quienes recibieron este testimonio con reverencia, y después a los ministros sectarios que habían trabajado tan diligentemente para convertirlo a sus credos respectivos. Cuán grande fué su sorpresa cuando éstos que se decían ser maestros de Cristo trataron sus declaraciones con el mayor desprecio, diciendo que hacía mucho que habían cesado los días de revelaciones de Dios, y que la manifestación, si en verdad había recibido tal cosa, era de Satanás. Sin embargo, los ministros, con una unidad de propósito extrañamente diferente de su hostilidad anterior entre sí, se empeñaron en ridiculizar al jovencito y denunciar sus sencillas pero solemnes afirmaciones. Se agitó el vecindario; una persecución cruel y rencorosa se desató en contra de él y su familia, y hasta hubo quien tratara de asesinarlo. En todo esto fué librado de todo daño corporal; y a pesar de la oposición cada vez mayor, fielmente se mantuvo firme en su testimonio de la visitación celestial.(Apéndice 1:5) En esta condición probatoria estuvo tres años, sin más manifestaciones directas de seres celestiales, esperando, pero sin recibir, la luz adicional y nuevas instrucciones que anhelaba. Percibía claramente su propia debilidad y sentía sus flaquezas humanas. Imploró al Señor, confesando sus imperfecciones y suplicando ayuda.

Visitaciones Angélicas.—La noche del 21 de septiembre de 1823, mientras pedía perdón de sus pecados y orientación en cuanto a su curso futuro, fué bendecido con otra manifestación celestial. Se apareció una luz brillante en su cuarto, en medio de la cual se hallaba un personaje vestido de blanco, con un semblante de pureza radiante. El visitante celestial le anunció que era Moroni, un mensajero enviado de la presencia de Dios; y empezó a instruir al joven con respecto a algunos de los propósitos divinos en los cuales su intervención sería de gran valor. El ángel declaró que Dios tenía una obra para José, y que su nombre “se tendría por bien o mal entre todas las naciones, tribus y lenguas; o que hablarían bien o mal de él en todas las naciones. Dijo que se hallaba depositado un libro, escrito sobre planchas de oro, el cual daba una relación de los antiguos habitantes de este continente, así como del origen de su procedencia. También declaró que en él se encerraba la plenitud del evangelio eterno cual el Salvador lo había entregado a los antiguos habitantes; asimismo, que junto con las planchas estaban depositadas dos piedras en aros de plata, las cuales, aseguradas a una pieza que se ceñía alrededor del pecho, formaban lo que se llamaba el Urim y Tumim; que la posesión y uso de estas piedras era lo que constituía a los ‘videntes’ de los días antiguos o anteriores, y que Dios las había preparado para la traducción del libro.”

Moroni, el ángel visitante, entonces repitió varias profecías que se encuentran en las antiguas escrituras, variando algunos de los pasajes de como se leen en la Biblia. Se citaron las siguientes palabras de Malaquías, mostrando estas pequeñas pero importantes variaciones de la versión bíblica: “Porque he aquí, viene el día que arderá como un homo, y todos los soberbios, sí, y todos los que obran inicuamente arderán como rastrojo, porque los que vienen los quemarán, dice el Señor de los Ejércitos, de modo que no les quedará ni raíz ni rama.” Además: “He aquí, yo os revelaré el sacerdocio por la mano de Elias el profeta, antes de la venida del grande y terrible día del Señor.” Igualmente expresó el siguiente versículo de otro modo: “Y él plantará en los corazones de los hijos las promesas hechas a los padres, y los corazones de los hijos se volverán a sus padres. De no ser así, toda la tierra sería destruida totalmente a su venida.”(Mal., cap. 4) Entre otras, Moroni citó las profecías de Isaías relativas a la restauración de Israel esparcido y el reinado prometido de justicia sobre la tierra, (Isa., cap. 11) diciendo que las profecías estaban para cumplirse; también las palabras de San Pedro a los judíos, concernientes al profeta que Moisés dijo sería levantado, explicando que el profeta de referencia era Jesucristo, y que estaba próximo el día en que serían desarraigados de entre los del pueblo todos los que rechazaran las palabras del Salvador.(Hech. 3:22, 23)

Habiendo comunicado su mensaje, el ángel partió. La luz dentro del cuarto pareció empezar a condensarse alrededor de su persona y desapareció junto con él. Pero durante la noche regresó dos veces, y en cada visita repitió lo que había dicho al principio, junto con otras amonestaciones a las que añadió advertencias relativas a las tentaciones que acometerían al joven en el cumplímiento de su misión. Al día siguiente Moroni volvió a aparecérsele a José, y refiriéndole de nuevo las instrucciones y precauciones de la noche anterior, le mandó que le comunicara a su padre todo lo que había visto y oído. El joven lo hizo, y el padre no tardó en testificar que las comunicaciones eran de Dios.

José entonces fué al cerro que le había sido manifestado en la visión. Reconoció el lugar indicado por el ángel, y trabajando un poco desenterró una caja de piedra que contenía las planchas y otros objetos de que Moroni había hablado. El mensajero de nuevo se puso a su lado y le prohibió sacar los objetos en esa ocasión, diciendo que tendrían que transcurrir cuatro años antes que las planchas pudieran quedar en sus manos, y que debería visitar ese sitio a intervalos anuales. En cada una de estas visitas el ángel instruía al joven más cabalmente con respecto a la gran obra que lo esperaba.

No es nuestro propósito repasar aquí en detalle la vida y ministerio de José Smith; queda justificado lo que aquí se ha dicho sobre los primeros pasos de su misión divinamente señalada en vista de la gran importancia de la introducción de la nueva dispensación de la providencia divina, o sea la de los últimos días, mediante su conducto. Cómo sacó las planchas de su depósito de siglos, y la traducción, mediante poder divino, y publicación del relato como el Libro de Mormón, recibirá atención más adelante. Basta decir aquí que se han traducido los anales antiguos; que se ha dado el Libro al mundo, y que los Santos de los Ultimos Días aceptan ese volumen como escritura.

Acontecimientos Subsiguientes: el Martirio.— Habiéndose restaurado el Santo Sacerdocio mediante la ordenación de José Smith por aquellos que habían tenido las llaves de esta autoridad en dispensaciones anteriores, oportunamente quedó establecida la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días. La organización de la Iglesia como grupo incorporado se efectuó el día 6 de abril de 1830, en Fayette, Estado de Nueva York, y sólo los nombres de seis personas están asentados como participantes activos. Es cierto que para entonces más de seis se habían adherido al nuevo y sin precedente movimiento; pero en vista de que las leyes del Estado prescribían que no menos de seis habían de participar en la incorporación de una sociedad religiosa, solamente el número especificado formalmente participó en el paso legal; y éstos, salvo uno, eran comparativamente desconocidos, y puede decirse ignorados. El nombre de José Smith el Profeta ya se conocía más allá de la región donde estaba viviendo. Gozaba de urna notoriedad cada vez mayor, si no de fama envidiable. Ya había traducido y publicado el Libro de Mormón, que afirmaba ser la historia de los pueblos aborígenes del continente occidental, particularmente una relación de los hechos de Dios con esta gente, en una palabra, las Escrituras de lo que más tarde llegó a llamarse el Nuevo Mundo. Refiriéndose al título de este libro es como el apelativo “Mormón”, primeramente usado con escarnio, de hecho, como sobrenombre, se ha convertido en popular designación de la Iglesia y sus miembros individuales. Empezando con el pequeño grupo inicial mencionado, la Iglesia creció hasta contar con miles durante la vida de José Smith; y el crecimiento ha continuado con extraordinaria rapidez y constancia hasta el tiempo actual. Mediante el hombre que fué ordenado el Primer Élder de la dispensación de los últimos días, uno por uno se restauraron los poderes y autoridades que poseía la Iglesia antigua. Con el desarrollo de la Iglesia, aumentó la persecución; y el efecto de la inicua oposición alcanzó su punto culminante en el cruel martirio del Profeta y su hermano Hyrum, entonces Patriarca de la Iglesia, el 27 de junio de 1844. Son notorios los acontecimientos que causaron y consumaron el vil asesinato de estos hombres en Cartago, Estado de Illinois. Profeta y Patriarca fijaron el sagrado sello de su sangre al testimonio de la verdad que valientemente habían conservado, arrostrando intolerante persecución casi veinticinco años. (Apéndice 1:6)

La Autenticidad de la Misión de José Smith.— Las evidencias a favor de una autoridad divina en la obra que José Smith estableció, y la justificación de las afirmaciones que él hizo y que de él se hicieron, pueden resumirse como sigue:

1. Se han cumplido las profecías antiguas en la restauración del evangelio y el restablecimiento de la Iglesia sobre la tierra, por conducto de él.

2. Por ordenación y nombramiento directos, de las manos de aquellos que tuvieron la potestad en dispensaciones anteriores, recibió la autoridad para oficiar en las varias ordenanzas del Santo Sacerdocio.

3. En los resultados de su ministerio queda demostrado que poseía el poder de la verdadera profecía y otros dones espirituales.

4. Las doctrinas que proclamó son verdaderas y se conforman a las Escrituras.

Cadá una de estas clases de evidencia recibirá atención y hallará amplia demostración en el curso del presente estudio, y en este punto de nuestra investigación no se intentará una consideración detallada; no obstante, se citarán unas cuantas ilustraciones, brevemente expuestas. (Apéndice 1:7)

1. El Cumplimiento de las Profecías, realizado mediante la vida y obra de José Smith, queda abundantemente atestiguado. Juan el Revelador, según su visión profética de los días postreros, entendió y predijo que de nuevo se enviaría el evangelio desde los cielos, y que sería restaurado a la tierra por medio del ministerio directo de un ángel en los últimos días: “Y vi otro ángel volar por en medio del cielo, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los que moran en la tierra, y a toda nación y tribu y lengua y pueblo, diciendo en alta voz: Temed a Dios, y dadle honra; porque la hora de su juicio es venida; y adorad a aquel que ha hecho el cielo y la tierra y el mar y las fuentes de las aguas.” (Apo. 14:6, 7; Apéndice 1:8) En la visita del ángel Moroni a José Smith, de la cual ya se ha hablado, se ve un cumplimiento parcial de esta profecía. En dicha visita se anunció la restauración del evangelio y se prometió la rápida realización de otras profecías antiguas; y se entregó en sus manos para su traducción y publicación entre todas las naciones, tribus y lenguas, una historia, cuya descripción en parte dice contener “la plenitud del evangelio eterno” cual lo entregó el Salvador a los antiguos habitantes del continente occidental. Cumplimiento adicional se realizó en las visitas personales de seres resucitados que habían obrado como portadores del Santo Sacerdocio durante su existencia mortal, sacerdocio que comprendía la autoridad y nombramientos divinos para predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas. El resto de las palabras proféticas de Juan relativas al llamamiento autorizado al arrepentímiento y la ejecución de los juicios de Dios, por vía de preparación para las escenas de los últimos días, están hoy viendo un rápido y literal cumplimiento.

Malaquías predijo la venida de Elias el Profeta, especialmente comisionado con el poder para inaugurar la obra de cooperación entre los padres y los hijos, anunciando que esta misión era un preliminar esencial del “día de Jehová grande y terrible”.(Mal. 4:6, 6) El ángel Moroni confirmó la verdad y significado de esta profecía con enfática reiteración, como ya se ha explicado. José Smith y su compañero en el ministerio, Oliverio Cówdery, solemnemente testifican que los visitó Elias el Profeta en el templo de Kírtland, Estado de Ohio, el día 3 de abril de 1836. En esta ocasión el antiguo vidente declaró al profeta de los últimos días que había llegado el día anunciado por Malaquías: “Por tanto—dijo él—se entregan en vuestras manos las llaves de esta dispensación; y por esto podréis saber que el día grande y terrible del Señor está cerca, aun a las puertas.”(D. y C. 110:13-16) Se ha explicado que la naturaleza particular de la unión de los padres y los hijos, unión que Moroni, Malaquías y Elias el Profeta tanto recalcaron, comprende ordenanzas vicarias como el bautismo por los muertos: aquellos que han pasado de esta tierra sin el conocimiento del evangelio o la oportunidad de cumplir con sus leyes y ordenanzas. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días es la única, entre todas las iglesias que profesan el cristianismo, que enseña y practica esta doctrina.

Las Escrituras antiguas abundan en profecías concernientes a la restauración de Israel en los últimos días y el recogimiento del pueblo de entre todas las naciones y tierras a las cuales han sido llevados o echados como castigo de sus rebeliones. (caps. 17 y 18 de esta obra) Tanta prominencia e importancia ha recibido esta obra del recogimiento en las predicciones de los días antiguos, que desde la época del éxodo de Israel se han señalado los últimos días en las Sagradas Escrituras particularmente como una dispensación de recogimiento. El regreso de las tribus de su larga y extensa dispersión es un paso preliminar del establecimiento del anunciado reino de justicia sobre la tierra, con Cristo como Señor y Rey; y su realización constituye uno de los precursores del Milenio. Jerusalén será establecida como la ciudad del Gran Rey en el hemisferio oriental; y Sión o la Nueva Jerusalén será edificada en el continente occidental; las tribus perdidas volverán de su destierro en el norte, y el anatema desaparecerá de Israel.

Desde los primeros días de su ministerio, José Smith enseñó que la doctrina del recogimiento era uno de los deberes actuales de la Iglesia, y esta fase de la labor de los Santos de los Ultimos Días es uno de sus rasgos más característicos. José Smith y Oliverio Cówdery afirman que la comisión para efectuar esta obra fué conferida a la Iglesia, mediante la intervención de ellos, por Moisés, quien tuvo la autoridad como caudillo de Israel en la dispensación conocida expresamente como la mosaica. En su relación de las manifestaciones que presenciaron en el templo de Kírtland el 3 de abril de 1836, testifican de esta manera: “Se nos manifestó Moisés,

y nos entregó las llaves de la congregación de Israel de las cuatro partes de la tierra, y de la conducción de las diez tribus, del país del norte.”(D. y C. 110:11) Respecto de la sinceridad con que se ha emprendido esta labor, y el regular progreso que se ha logrado, consideremos las centenas de millares de los de la familia de Israel que se han juntado ya en los valles de los Montes Rocosos, alrededor de los templos del Señor ahora establecidos; y escúchese el salmo de las huestes de Israel entre las naciones, cantado al compás de obras efectivas: “Venid, y subamos al monte de Jehová, y a la casa del Dios de Jacob; y enseñarános en sus caminos, y andaremos por sus veredas: porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalem la palabra de Jehová.” (Mi. 4:2. y, caps. 14 y 15)

Los Santos de los Ultimos Días afirman que la publicación del Libro de Mormón es un cumplimiento patente de las profecías. Anunciando la humillación de Israel, a quien se había conferido el poder del Sacerdocio en días anteriores, Isaías profirió la palabra del Señor de esta manera: “Entonces serás humillada, hablarás desde la tierra, y tu habla saldrá del polvo; y será tu voz de la tierra como de pythón, y tu habla susurrará desde el polvo.”(Isa. 29:4; 2 Nefi 3:19) El Libro de Mormón es en realidad la voz de un pueblo humillado que habla desde el polvo, porque literalmente salió el libro de la tierra. Las planchas son la historia de un pequeño grupo de la casa de Israel—por cierto, parte de la familia de José—que vino al continente occidental, guiado por un poder milagroso, seis siglos antes de la era cristiana.

Refiriéndose a la historia de José, cuya publicación habría de constituir con la de Judá, o sea la Biblia en parte, testimonio paralelo, el Señor habló estas palabras por boca del profeta Ezequiel: “Tú, hijo del hombre, tómate ahora un palo, y escribe en él: A Judá, y a los antes anunciado: al que de cierto es menester que el cielo tenga hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde el siglo.”(Hech. 3:19-21)

Ahora se presenta José Smith, declarando que a él se ha delegado la autoridad para iniciar ésta, la dispensación de cumplimiento, restitución y restauración; y que mediante él se ha investido a la Iglesia con todas las llaves y poderes del Sacerdocio que se tuvieron y ejercieron en épocas anteriores. A esta Iglesia “se ha dado el poder de este sacerdocio, para los últimos días y por la última vez, en los cuales se encierra la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Poder que vosotros tenéis, junto con todos aquellos que han recibido una dispensación en cualquier tiempo, desde el principio de la creación.”(D. y C. 112 :30-32) La posesión efectiva de estos poderes combinados y unidos queda suficientemente demostrada en la obra comprensiva de la Iglesia en su ministerio actual.

2. La Autoridad de José Smith le fué conferida por el ministerio directo de seres celestiales, cada uno de los cuales en un tiempo ejerció el mismo poder sobre la tierra. Ya hemos dicho que el ángel Moroni, antiguamente un profeta mortal entre los nefitas, le transmitió a José el nombramiento de sacar a luz la historia que él, Moroni, había ocultado en la tierra más de mil cuatrocientos años antes. Además, hemos visto que el 15 de mayo de 1829 fuéles conferido a José Smith y a Oliverio Cówdery el Sacerdocio menor o aarónico por Juan el Bautista,(D. y C.13) quien vino en su estado inmortal con ese orden particular del Sacerdocio que comprende las llaves de las ministraciones de ángeles, la doctrina del arrepentimiento y del bautismo para la remisión de pecados. Fué el mismo Juan que, como la voz de uno que clama en el desierto, había predicado la misma doctrina y administrado la misma ordenanza en Judea, como precursor inmediato del Mesías. Cuando comunicó su mensaje, Juan el Bautista dijo que obraba bajo la dirección de Pedro, Santiago y Juan, apóstoles del Señor, en cuyas manos estaban las llaves del Sacerdocio mayor o de Melquisedec, el que con el tiempo también se conferiría. Cumplióse esta promesa aproximadamente un mes después, cuando los apóstoles mencionados visitaron en persona a José Smith y a Oliverio Cówdery y les confirieron el apostolado, (D. y C. 27:12) el cual comprende todos los oficios del orden mayor del Sacerdocio y tiene la autoridad para obrar en todas las ordenanzas establecidas del evangelio.

Entonces, algún tiempo después de haber sido debidamente organizada la Iglesia, se otorgó la comisión para ciertas funciones especiales, siendo el mensajero otorgante, en cada caso, aquel a quien correspondía el derecho para oficiar en ello, en virtud de la autoridad que había tenido mientras había estado en la carne. De modo que, como ya se ha dicho, Moisés confirió la autoridad para proseguir la obra del recogimiento, y Elias el Profeta, (Apéndice 1:9) quien no había muerto, conservando así una relación peculiar tanto con los vivos como con los muertos, confirió el nombramiento del ministerio a favor de los difuntos. A estas comisiones divinas se añadió la que otorgó Elias, (Apéndice 1:9) quien se apareció a José Smith y a Oliverio Cówdery y “entregó la dispensación del evangelio de Abrahán”, diciendo, cual fué dicho del patriarca de referencia y sus descendientes en días antiguos, que en ellos y en su simiente serían bendecidas todas las generaciones subsiguientes. (D. y C. 110:12)

Claro es, entonces, que las afirmaciones de la Iglesia con respecto a su autoridad son completas, y corresponden tanto con la fuente de los poderes que se profesan como con los medios por los cuales dichos poderes han vuelto otra vez a la tierra. Las Escrituras y las revelaciones, así antiguas como modernas, apoyan como ley inalterable el principio de que nadie puede delegar a otro la autoridad que el otorgante no posee.

3. José Smith Fué un Profeta Verdadero.— En los días de Israel antiguo se prescribió un método eficaz para poner a prueba las declaraciones de uno que decía ser profeta. “Cuando el profeta hablare en nombre de Jehová, y no fuere la tal cosa, ni viniere, es palabra que Jehová no ha hablado: con soberbia la habló aquel profeta: no tengas temor de él.” (Deut. 18:21, 22) Por el contrario, si se verifican las palabras del profeta, cumpliéndose, hay cuando menos prueba presuntiva de su llamamiento divino. De las muchas profecías de José Smith que ya se han cumplido, o que esperan el tiempo fijo de su realización, bastarán unos cuantos ejemplos.

Una de sus primeras profecías, aun cuando no siendo declaración suya sino del ángel Moroni, no obstante, fué anunciada al mundo por José Smith, se refería directamente al Libro de Mormón, acerca del cual el ángel dijo: “El conocimiento que esta historia contiene irá a toda nación, y tribu, y lengua, y pueblo, bajo todos los cielos.”’ Se hizo esta declaración cuatro años antes de empezar la obra de la traducción, y catorce años antes que los élderes de la Iglesia iniciaran su obra en países extranjeros. Desde ese tiempo, se ha publicado el Libro de Mormón en muchos idiomas y la obra de distribuirlo por todo el mundo aún sigue en pie.

En agosto de 1842, cuando la parte occidental de lo que hoy son los Estados Unidos de América apenas se conocía, y sólo como el territorio de una nación extranjera, José Smith profetizó “que los santos seguirían sufriendo mucha aflicción, y que serían expulsados a las Montañas Rocosas”, y aunque apostatarían muchos que entonces profesaban lealtad a la Iglesia, y otros, fieles a su testimonio, padecerían el martirio, algunos vivirían para “ayudar a establecer colonias y edificar ciudades, y ver a los santos llegar a ser un pueblo poderoso en medio de las Montañas Rocosas.” (History of the Church, tomo 5, p. 85) El cumplimiento literal de esta predicción proferida en 1842—y cabe aquí decir que la había precedido una profecía anterior en 1831, (D. y C. 49:24, 25) una cinco, y la otra dieciséis años antes de la migración de la Iglesia hacia el oeste —se hace constar en la tan común historia de la colonización y desarrollo de esta región, estéril en otro tiempo. Hasta los incrédulos y los enemigos declarados de la Iglesia proclaman el milagro del establecimiento de un gran estado en los valles de las Montañas Rocosas.

El 25 de diciembre de 1832, José Smith pronunció una notable predicción relativa a los asuntos de la nación. Poco después fué promulgada entre los miembros de la Iglesia y predicada por los élderes, pero no se imprimió sino hasta en 1851. (D. y C. 87) La revelación dice en parte: “De cierto, así dice el Señor, concerniente a las guerras que pronto se han de efectuar, principiando con la rebelión del estado de la Carolina del Sur, de las cuales finalmente resultarán la muerte y la miseria de muchas almas; y vendrá el tiempo en que la guerra se derramará sobre todas las naciones, empezando en ese lugar. Porque, he aquí, que los estados del Sur se dividirán en contra de los del Norte, y los estados del Sur llamarán a otras naciones, aun el país de la Gran Bretaña … y acontecerá que, después de muchos días, los esclavos se levantarán contra sus amos y serán movilizados y disciplinados para la guerra.”

Todo aquel que ha estudiado la historia de los Estados Unidos se ha familiarizado con los hechos que comprueban el cumplimiento total de esta asombrosa profecía. En 1861, más de 28 años después de haber quedado inscrita la predicción anterior, y diez años después de su publicación en Inglaterra, estalló la Guerra Civil, originándose en la Carolina del Sur. Las espantosas estadísticas de esa lucha fratricida tristemente dan apoyo a lo profetizado concerniente a “la muerte y la miseria de muchas almas”, aunque esto no fué sino un cumplimiento parcial. Es cosa sabida que los esclavos del Sur desertaron y fueron movilizados por los ejércitos del Norte, y que los Confederados solicitaron la ayuda de la Gran Bretaña. Aun cuando no se efectuó ninguna alianza manifiesta entre los estados del Sur y el gobierno inglés, la influencia británica dió ayuda indirecta al Sur y le infundió importante estímulo, y a tal grado que dió lugar a serias complicaciones internacionales. Para ayudar a los estados del Sur se construían y se equipaban buques en los puertos británicos; y como resultado de esta violación de las leyes de neutralidad, la Gran Bretaña tuvo que pagar quince millones y medio de dólares, suma que fué cedida a los Estados Unidos en el arbitraje de Ginebra. La Confederación de los Estados del Sur nombró ministros para la Gran Bretaña y Francia, a quienes los oficiales de los Estados Unidos tomaron por la fuerza de un buque inglés en el cual se habían embarcado. Este acto, que el gobierno de los Estados Unidos tuvo que reconocer como hostil, amenazó por un tiempo precipitar la guerra entre esta nación y la Gran Bretaña.

Estudiando cuidadosamente la revelación y profecía sobre la guerra, dada, como ya se ha dicho, por medio del profeta José Smith, el 25 de diciembre de 1832, se pone de manifiesto que el conflicto entre el Norte y el Sur en realidad iba a ser, como ahora sabemos que así fué, apenas el principio de una nueva época de contiendas y derrame de sangre. Las palabras del Señor fueron precisas cuando profetizó guerras, “principiando con la rebelión del estado de la Carolina del Sur”, y añadió: “Y vendrá el tiempo en que la guerra se derramará sobre todas las naciones empezando en ese lugar.” Las guerras han azotado a las naciones de la tierra; y la visión humana aún no alcanza a ver la restauración completa de los efectos de estos enormes conflictos. Naciones han quedado desmembradas o destruidas; han caído tronos; las coronas reales han perdido todo su valor aparte del precio que pueden alcanzar en el mercado como oro y joyas; y al mismo tiempo se han levantado nuevos gobiernos y naciones, literalmente naciendo en un día. Los elementos mismos están enfurecidos, y lo que nosotros llamamos fenómenos naturales están sobrepujando cuanta destrucción el hombre ha logrado, y en verdad no ha llegado el fin. La palabra del Señor, dada mediante su profeta, José Smith, jamás ha sido revocada: “Y así, por la espada y el derramamiento de sangre se lamentarán los habitantes de la tierra; y con hambre, plagas, terremotos y truenos del cielo, y también violentos e intensos relámpagos, los habitantes de la tierra llegarán a sentir la ira e indignación y la mano castigadora de un Dios Omnipotente, hasta que la consumación decretada haya destruido completamente a todas las naciones.” (D. y C. 87:6)

La revelación de referencia, dada por conducto de José Smith, contiene otras profecías, algunas de las cuales aún están por realizarse. La evidencia presentada basta para demostrar que José Smith se destaca entre los hombres en vista de que por medio de él se han cumplido las profecías de los representantes del Señor de los días antiguos, y que su lugar correspondiente como profeta es ampliamente justificado. Pero el don de profecía tan ricamente conferido a este Elias de los últimos tiempos, tan liberal y acertadamente por él ejercitado, no es sino uno de los muchos dones espirituales que lo distinguen a él y al gran número de otros que han recibido el Sacerdocio por su conducto. Las Escrituras declaran que ciertas señales acompañarán a la Iglesia de Cristo, entre ellas el don de lenguas, sanidades, protección cuando la muerte amenaza y el poder para dominar espíritus inmundos.(Mar. 16:16-18: Luc. 10:19; D. y C. 84:66-72) El ejercicio de estos poderes, de lo cual resulta lo que ordinariamente llamamos milagros, en ningún sentido es prueba infalible de la autoridad divina, pues algunos profetas verdaderos, hasta donde lo hace constar la historia, no han realizado tales maravillas; y se ha sabido que hombres han efectuado milagros instigados por espíritus inmundos. (Exo. 7:11,22; 8:7,18; Apo.13:13-15: 16:13,14) No obstante, es característica esencial de la Iglesia el tener el poder que se indica en la ejecución de milagros; y cuando se llevan a cabo estas cosas para cumplir fines santos, sirven como evidencia confirmatoria de una autoridad divina. Por consiguiente, podemos esperar hallar, como efectivamente hallamos, en el ministerio de José Smith y en el de la Iglesia en general, constancias de milagros que comprenden manifestaciones de todos los dones prometidos del Espíritu. (Véase el capítulo 12 de esta obra)
4. Las Doctrinas que José Smith Enseñó, y que la Iglesia actualmente enseña, son verdaderas y conforme a las Escrituras. Para apoyar esta afirmación, debemos examinar las enseñanzas principales de la Iglesia por orden separado.

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