Los Artículos de Fe

Capítulo 20
EL REINO DE CRISTO SOBRE LA TIERRA

Artículo 10.—Creemos . . . que Cristo reinará personal­mente sobre la tierra; . . .

Los Advenimientos Primero y Segundo.Acéptanse como historia comprobada los hechos del nacimiento de nuestro Señor en la carne, sus treinta y tres años de vida entre los mortales, y su ministerio, padecimientos y muerte. Los documentos que el mundo cristiano tiene por sagrados e inspirados no son los únicos que dan testimonio de estas cosas, sino que la historia escrita por el hombre, y por contraste llamada profana, concuerda generalmente con la narración bíblica. Aun aquellos que rechazan la doctrina de la divinidad de Cristo y se niegan a aceptarlo como su Redentor, admiten los hechos de su vida maravillosa y reconocen el efecto incalculable de sus preceptos y ejemplo en la vida humana.

En el “meridiano de los tiempos” Cristo vino al mundo en humildes circunstancias—a la verdad, nadie lo supo sino los contados fieles que esperaban el acontecimiento prometido. Se había proclamado su venida durante los siglos anteriores, aun desde la alborada de la existencia humana. Los profetas de Dios habían testificado de los grandes sucesos que habrían de señalar su advenimiento. Todo incidente importante que se relacionaba con su nacimiento, vida, muerte, resurrección triunfal y gloria final como Rey, Señor y Dios, estaba predicho; y aun los detalles circunstanciales habían sido anunciados con exac­titud. Tanto a Judá como a Israel les fué dicho que se prepararan para la venida del Ungido; y sin embargo, cuando vino a los suyos, no lo recibieron. Perseguido y despreciado, recorrió la escabrosa senda del deber, “va­rón de dolores, experimentado en quebranto”; y por últi­mo, condenado por su pueblo, que a gritos pedía a una potencia extranjera la autoridad para ejecutar su propia injusta sentencia sobre su Señor, padeció la dolorosa muerte de crucifixión destinada para los malhechores.

Debe haberle parecido al criterio humano que se había invalidado la misión de Cristo, que su obra se había frus­trado y que el príncipe de las tinieblas había triunfado. Ciegos, sordos, y de corazón obstinado fueron aquellos que no quisieron ver, oír o entender el significado de la misión del Salvador. En semejante estado de desorien­tación se hallan aquellos que menosprecian la evidencia profética de su segunda venida y pasan por alto las seña­les de los tiempos, las cuales declaran que el aconteci­miento, glorioso y terrible a la vez, está a las puertas. Antes y después de su muerte, Cristo predijo su regreso señalado a la tierra, y sus fieles creyentes vigilan y espe­ran en la actualidad las señales del gran cumplimiento. Los cielos resplandecen con estas señales, y de nuevo se oye el mensaje de enseñanzas inspiradas: “Arrepentios, arrepentios, porque el reino de los cielos se acerca.”

La Segunda Venida de Cristo y Sus Señales; Profe­cías Bíblicas.—Los profetas del Antiguo Testamento y los del Libro de Mormón que vivieron y escribieron antes del tiempo de Cristo, hablaron muy poco de la segunda venida del Señor, sumamente poco por cierto, si lo com­paramos con sus numerosas y explícitas predicciones relativas a su primer advenimiento. Al contemplar ellos el cielo de lo futuro, les deslumhró la visión el resplan­dor del sol meridiano, y muy poco vieron de la gloriosa luz más allá, cuya magnitud y brillo la distancia dis­minuía. Unos cuantos pudieron percibir, y testificaron de ello, según nos lo indican los pasajes que siguen. El Salmista cantó: “Vendrá nuestro Dios, y no callará: fuego consumirá delante de él. y en derredor suyo habrá tem­pestad grande.”  Estas condiciones no se realizaron a la venida del Niño de Belén, y todavía son futuras.

Isaías exclamó: “Decid a los de corazón apocado: Con­fortaos, no temáis: he aquí que vuestro Dios viene con venganza, con pago; el mismo Dios vendrá, y os salvará.”  Aparte del hecho evidente de que estas situaciones no señalaron la primera venida de Cristo, el contexto de las palabras del profeta denota que él las estaba aplicando a los últimos días, el tiempo de la restitución, el día de los “redimidos de Jehová”, y del triunfo de Sión. Tam­bién dijo Isaías: “He aquí que el Señor Jehová vendrá con fortaleza, y su brazo se enseñoreará: he aquí que su salario viene con él, y su obra delante de su rostro.”

Veinte siglos antes del primero de los dos cuyas pala­bras acabamos de citar, el profeta Enoc habló vigorosa­mente sobre el tema. Sus enseñanzas no se hallan en la Biblia, aunque San Judas, uno de los escritores del Nuevo Testamento, las cita. Los Escritos de Moisés nos propor­cionan la revelación dada a Enoc: “Y el Señor respondió a Enoc: Como vivo yo, aun así vendré en los últimos días, en los días de iniquidad y venganza, para cumplir el juramento que te he hecho concerniente a los hijos de Noé.”

Jesús enseñó a los discípulos que su misión en la carne sería de corta duración y que de nuevo vendría a la tierra, porque hallamos que le hacen la siguiente pregunta: “Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del mundo?”h Nuestro Señor detalló en su respuesta muchas de las señales de los postreros tiempos, y expresó la última y mayor de todas, de esta manera: “Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, por testimonio a todos los Gentiles; y entonces vendrá el fin.”  Con gran claridad Jesús habló de la iniquidad en que los hijos de los hom­bres se habían hundido, aun hasta la víspera del diluvio y el día de la ardiente destrucción que cayó sobre las ciudades de la llanura, y añadió: “Como esto será el día en que el Hijo del hombre se manifestará.”

Otra de las profecías de nuestro Señor tocante a su segunda venida es la siguiente: “Y (los discípulos) le pre­guntaron, diciendo: Maestro, ¿cuándo será esto? ¿y qué señal habrá cuando estas cosas hayan de comenzar a ser hechas? El entonces dijo: Mirad, no seáis engañados; porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy; y, El tiempo está cerca: por tanto, no vayáis en pos de ellos. Empero cuando oyereis guerras y sediciones, no os espantéis; porque es necesario que estas cosas acontez­can primero: mas no luego será el fin. Entonces les dijo: Se levantará gente contra gente, y reino contra reino; y habrá grandes terremotos, y en varios lugares hambres y pestilencias; y habrá espantos y grandes señales del cielo. Mas antes de todas estas cosas os echarán mano, y perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cár­celes, siendo llevados a los reyes y a los gobernadores por causa de mi nombre. Y os será para testimonio. Poned pues en vuestros corazones no pensar antes cómo habéis de responder: porque yo os daré boca y sabiduría, a la cual no podrán resistir ni contradecir todos los que se os opondrán. Mas seréis entregados aun de vuestros padres, y hermanos, y parientes, y amigos; y matarán a algunos de vosotros. Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre . . . Entonces habrá señales en el sol, y en la luna, y en las estrellas; y en la tierra angustia de gentes por la confusión del sonido de la mar y de las ondas: secándose los hombres a causa del temor y expectación de las cosas que sobrevendrán a la redondez de la tierra: porque las virtudes de los cielos serán conmovidas. Y entonces verán al Hijo del hombre, que vendrá en una nube con potestad y majestad grande. Y cuando estas cosas comenzaren a hacerse, mirad, y levantad vuestras cabezas, porque vuestra redención está cerca.”

Muchas de estas terribles profecías se cumplieron al tiempo de la destrucción de Jerusalén; y el tantas veces repetido capítulo 24 de Mateo indudablemente tiene apli­cación doble: al juicio que cayó sobre Israel en la ruina completa de la autonomía judaica, y a los acontecimien­tos, hoy corrientes, que precederán la venida del Señor, cuando ocupará su lugar correspondiente como Rey.

Además, por vía de advertencia, el Señor dijo: “Por­que el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adulterina y pecadora, el Hijo del hombre se avergonzará también de él, cuando vendrá en la gloria de su Padre con los santos ángeles.”

Al tiempo de la ascensión, mientras los apóstoles se hallaban con la vista fija en el firmamento, donde una nube había ocultado al Señor resucitado de sus ojos, se dieron cuenta de la presencia de dos personajes en vestidos blancos, quienes dijeron: “Varones Galileos, ¿qué estáis mirando al cielo? este mismo Jesús que ha sido tomado desde vosotros arriba en el cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.”  San Pablo dio instruc­ciones a las iglesias tocante al segundo advenimiento de Cristo y describió la gloria de su venida.11 Lo mismo hicieron algunos de los otros apóstoles.

De las Profecías del Libro de Mormón relacionadas con el presente tema, basta con examinar aquí las afirma­ciones personales de Cristo durante su ministerio entre los nefitas en su estado resucitado. Explicó muchas cosas a la multitud “desde el principio hasta la época en que viniera en su gloria”. Cuando concedió a los tres discípulos el deseo de sus corazones—que se les permi­tiese vivir en la carne para continuar la obra del minis­terio—el Señor les dijo: “Viviréis hasta ver todos los hechos del Padre para con los hijos de los hombres, aun hasta que se cumplan todas las cosas según la voluntad del Padre, cuando yo venga en mi gloria con los poderes del cielo.”

La Palabra de la Revelación Moderna no es menos positiva en cuanto al advenimiento señalado del Reden­tor. A siervos especialmente comisionados se impartieron instrucciones como las siguientes: “Por lo tanto, sed fieles, orando siempre, llevando aderezadas y encendidas vuestras lámparas, y con suficiente aceite, para que estéis listos al tiempo de la venida del Esposo. Porque, he aquí, de cierto, de cierto os digo que vendré pronto.”  Y más adelante manda que se proclame “el arre­pentimiento a una corrupta y perversa generación, pre­parando la vía del Señor para su segunda venida. Porque, he aquí, de cierto, de cierto te digo, la hora está próxima cuando vendré en una nube con poder y gran gloria.”

En una revelación dirigida al pueblo de la Iglesia, el día 7 de marzo de 1831, el Señor habla de las señales de su venida y aconseja la diligencia: “Miráis y observáis la higuera, y la veis con vuestros ojos; y cuando empieza a retoñar, y sus hojas todavía están tiernas, decís que el verano se acerca. Así será en aquel día, cuando vean todas estas cosas, entonces sabrán que la hora se acerca. Y acontecerá que el que me teme estará esperando la venida del gran día del Señor, aun las señales de la venida del Hijo del Hombre. Y verán señales y maravillas, por­que se mostrarán arriba en los cielos y abajo en la tierra; y verán sangre, y fuego, y vapores de humo. Y antes que venga el día del Señor, el sol se obscurecerá, y la luna se tornará en sangre, y las estrellas caerán del cielo. Y el resto será juntado en este lugar; y entonces me bus­carán, y, he aquí, vendré; y me verán en las nubes del cielo, investido con poder y gran gloria, con todos los santos ángeles; y el que no me esté esperando, será desarraigado.”

Uno de los rasgos particulares de las revelaciones con­cernientes a la segunda venida de nuestro Señor, dadas en la dispensación actual, es la enfática y tan repetida declaración de que el acontecimiento está próximo: “Preparaos, preparaos, para lo que viene, porque el Señor está cerca.” En lugar de ser una la voz que clama en el desierto, se oyen las voces de miles que autorizadamente amonestan a las naciones y las invitan a que se arrepientan y huyan a Sión donde estarán seguras. La higuera rápidamente se está cubriendo de hojas; las señales en el cielo y la tierra van en aumento; el día grande y terrible del Señor está cerca.

El Tiempo Preciso de la Venida de Cristo no ha sido divulgado al hombre. Aprendiendo a interpretar las señales de los tiempos, observando el desarrollo de la obra de Dios entre las naciones y notando el rápido cum­plimiento de profecías significantes, podemos percibir la evidencia progresiva del acontecimiento cercano. ‘”Mas la hora y el día ningún hombre sabe, ni los ángeles del cielo, ni lo sabrán hasta que venga.”  Su venida sorpren­derá a aquellos que han menospreciado sus amonesta­ciones, y no se han preocupado por velar. “Como ladrón en la noche”  será la venida del día del Señor para los inicuos. “Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del hombre ha de venir.”

El Reinado de Cristo: El Reino.—Hemos visto que conforme a las palabras de los santos profetas, antiguos y modernos, Cristo va a venir literalmente y se manifes­tará en persona en los últimos días. Ha de morar entre sus santos. Al pueblo de este continente, al cual prometió establecer en el país de la Nueva Jerusalén, él declaró: “Yo mismo estaré en medio de vosotros”; y por boca de los profetas del oriente se hicieron afirmaciones seme­jantes.’ En este futuro ministerio entre sus santos congre­gados, Jesucristo será a la vez su Dios y su Rey. Su gobierno será una teocracia perfecta; las leyes de la justicia constituirán el código, y la administración estará bajo una sola autoridad, irrefutable porque será irre­batible.

En las Escrituras abundan afirmaciones de que el Señor aún ha de reinar sobre su pueblo. Así lo dio a en­tender Moisés en su cántico ante las huestes de Israel después de su milagroso pasaje a través del mar Rojo: “Jehová reinará por los siglos de los siglos”; y el Salmis­ta hace resonar el coro: “Jehová, Rey eterno y perpetuo.” d Jeremías lo llama un “Rey eterno”, ante cuya ira la tierra temblará y las naciones se rendirán; y Nabuco­donosor, humillado por la tribulación, con regocijo honró al Rey del cielo, “porque su señorío es sempiterno, y su reino por todas las edades”.

Ni Israel, el pueblo del convenio, estuvo siempre dis­puesto a aceptar al Señor como su rey. Recordemos cómo se quejaron de que Samuel, el profeta y juez ungido, había envejecido—un pretexto de poco mérito, ya que “en su vejez” juzgó entre ellos con vigor otros treinta y cinco años más—y cómo clamaron que se les diera rey que los gobernase y pudieran ser como las demás nacio­nes. Observemos con cuanto sentimiento el Señor con­testó la oración de Samuel concerniente a la solicitud del pueblo: “Oye la voz del pueblo en todo lo que te dijeren: porque no te han desechado a ti, sino a mí me han des­echado, para que no reine sobre ellos.” Pero el Señor no será menospreciado para siempre por su pueblo. Al tiempo señalado él vendrá con poder y gran gloria, y ocupará su legítima posición de autoridad como Rey de la tierra.

Daniel interpretó el sueño de Nabucodonosor, y habló dejos muchos reinos y divisiones de reinos que serían establecidos; entonces añadió: “Y en los días de estos reyes, levantará el Dios del cielo un reino que nunca jamás se corromperá: y no será dejado a otro pueblo este reino; el cual desmenuzará y consumirá todos estos reinos, y él permanecerá para siempre.”  Refiriéndose a la extensión del gran reino que iba a ser establecido, el mismo profeta dijo: “Y el reino, y el señorío, y la majes­tad de los reinos debajo de todo el cielo, sea dado al pueblo de los santos del Altísimo; cuyo reino es reino eterno, y todos los señoríos le servirán y obedecerán.”

Hablando de la restauración de Judá e Israel en los últimos días, Miqueas profetizó: “Y Jehová reinará sobre ellos en el monte de Sión desde ahora para siempre.” Al tiempo de la anunciación a la Virgen, el ángel, refi­riéndose al Cristo que estaba por nacer, declaró: “Y reinará en la casa de Jacob por siempre; y de su reino no habrá fin.”  En las visiones de Patmos, el apóstol Juan vió la gloriosa consumación, y una aceptación universal del Rey eterno: “Y el séptimo ángel tocó la trompeta, y fueron hechas grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser los reinos de nuestro Señor, y de su Cristo: y reinará para siempre jamás.” m Abunda en la revelación moderna la evidencia de que está próximo un reinado de justicia, con Cristo como Rey; por ejemplo: “Y también el Señor tendrá poder sobre sus santos, y reinará entre ellos.”  “Porque en mi propio y debido tiempo vendré sobre la tierra en juicio, y mi pueblo será redimido y reinará conmigo sobre la tierra.”

Reino e Iglesia.En el Evangelio según San Mateo, ocurre con frecuencia la frase “reino de los cielos”; en los libros de los demás evangelistas y en todas las epístolas, la expresión equivalente es “reino de Dios”, “reino de Cristo” o simplemente “reino”. Es evidente que se pueden usar indistintamente estos términos sin alterar el significado verdadero. No obstante, la palabra reino se usa en diferentes sentidos, y tal vez sea preciso estudiar cuidadosamente el contexto en cada caso para entender debidamente el significado del escritor. Los usos más comunes son dos: Uno cuyo significado y el de “la Iglesia” son sinónimos, y se refiere a los adherentes de Cristo sin distinción en cuanto a sus organizaciones temporales; y otro que designa el reino literal que Jesu­cristo administrará sobre la tierra en los últimos días.

Cuando se aplica este último y más general significado al reino, la Iglesia debe ser considerada como parte de él; de hecho, algo indispensable, porque es el germen del cual se ha de desarrollar el reino, y constituye el corazón o centro mismo de la organización. La Iglesia ha existido, y en la actualidad continúa en forma organizada, sin el reino como poder establecido con autoridad temporal en el mundo; pero no puede mantenerse el reino sin la Iglesia.

En la revelación moderna las expresiones “reino de Dios” y “reino de los cielos” se emplean a veces con sig­nificados distintos: la primera con referencia a la Iglesia, y la segunda al reino literal que ha de reemplazar y com­prender toda división nacional o racial. En este sentido el reino de Dios se ha fundado ya en estos postreros días. En la dispensación actual, y para ella, se ha iniciado dicho reino con el establecimiento de la Iglesia sobre su fundamento permanente de los últimos días. Esto con­cuerda con nuestro concepto de que la Iglesia es el órgano fundamental del reino en general; y los poderes y autoridad conferidos a la Iglesia son, por tanto, las llaves del reino. Esta interpretación se ve aclarada en la siguien­te revelación dada a la Iglesia: “Las llaves del reino de Dios han sido entregadas al hombre sobre la tierra, y de allí rodará el evangelio hasta los confines del mundo, como la piedra cortada del monte, no con manos,p hasta que haya henchido toda la tierra . . . Implorad al Señor, a fin de que se extienda su reino sobre la faz de la tierra, para que los habitantes de ella lo reciban y estén pre­parados para los días que han de venir, en los cuales el Hijo del Hombre descenderá del cielo, envuelto en el resplandor de su gloria, para recibir el reino de Dios establecido sobre la tierra. Por tanto, extiéndase el reino de Dios, para que venga el reino del cielo, a fin de que tú, oh Dios, seas glorificado en los cielos así como en la tierra, para que tus enemigos sean vencidos; porque tuya es la honra, y el poder, y la gloria, para siempre jamás.”

Al tiempo de su glorioso advenimiento, Cristo vendrá acompañado de las huestes de los justos que ya habrán sa­lido de este mundo; y los santos que aún estén vivos sobre la tierra serán vivificados y arrebatados para recibirlo, y luego descenderán con él como partícipes de su gloria. Con él vendrán también Enoc y su gente de corazón puro, y se efectuará una unión con el reino de Dios o aquella porción del reino de los cielos establecida previamente sobre la tierra como la Iglesia de Jesucristo; y el reino de la tierra será uno con el del cielo. Entonces se reali­zará el cumplimiento de la propia oración del Señor que se dió como modelo para todo aquel que ha de orar: “Venga tu reino. Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.”

A la tan discutida pregunta: ¿Está ya establecido el reino sobre la tierra, o hemos de esperar su fundación hasta el tiempo del futuro advenimiento de Cristo el Rey?, propiamente puede dársele una respuesta afirma­tiva o negativa, conforme a la interpretación que se le dé a la palabra “reino”. El reino de Dios, con idéntico significado que la Iglesia de Cristo, ha sido establecido; su historia es la de la Iglesia en estos días postreros; sus oficiales han sido comisionados divinamente con el poder del Santo Sacerdocio. Afirman tener una autoridad que es espiritual; aunque es también temporal en su aplica­ción a los miembros de la organización—Iglesia o reino, como uno quiera decirle—pero no tratan, ni asumen el derecho, de censurar o modificar los gobiernos existentes ni intervenir en ellos de manera alguna; mucho menos subyugar naciones o establecer sistemas rivales de gobierno. El reino de los cielos, que comprende la Iglesia y abarca todas las naciones, será establecido con poder y gran gloria cuando el Rey triunfante venga con sus huestes celestiales a gobernar y a reinar personal­mente sobre la tierra que ha redimido con el sacrificio de su propia vida.

Como ya se ha visto, el reino de los cielos compren­derá más que la Iglesia. Los hombres honorables y hon­rados gozarán de protección y de los privilegios de ciuda­danía bajo el sistema perfecto de gobierno que Cristo administrará, sean miembros de la Iglesia o no. Los que infrinjan las leyes y los de corazón impuro serán juzga­dos de acuerdo con sus pecados; pero los que vivan con­forme a la verdad, hasta donde la hayan podido recibir y comprender, disfrutarán de la libertad más completa bajo la benigna influencia de una administración per­fecta. Los privilegios y bendiciones especiales relacionados con la Iglesia, el derecho de poseer y ejercer el Sacer­docio con sus ilimitadas posibilidades y poderes eternos serán, como hoy lo son, únicamente para aquellos que entren en el convenio y lleguen a formar parte de la Iglesia de Jesucristo.

El Milenio.—Frecuentemente se especifica un período de mil años en los pasajes de las Escrituras que men­cionan el reinado de Cristo sobre la tierra. Aunque no lo podemos considerar como indicación de que la exis­tencia del reino está limitada, o de que hay un plazo determinado en el que el Salvador administrará su poder, hallamos justificación para creer que los mil años que vendrán inmediatamente después del establecimiento del reino serán particularmente señalados, y se distinguirán de la época anterior así como posterior a ese período. Ha de efectuarse el recogimiento de Israel y el estableci­miento de Sión por vía de preparación para su venida. La destrucción de los inicuos y la inauguración de una época de paz señalarán su advenimiento. El Revelador vió que las almas de los mártires y de otros hombres justos vi­vieron y reinaron, con poder, mil años con Cristo. Satanás será atado al principiar esta época “porque no engañe más a las naciones, hasta que mil años sean cumplidos”. Algunos de los muertos no volverán a vivir hasta que pasen los mil años, mientras que los justos “serán sacer­dotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años”. Una de las revelaciones más antiguas concernientes al milenio es la que fué dada a Enoc: “Y aconteció que Enoc vió el día de la venida del Hijo del Hombre, en los últimos días, para morar en justicia sobre la tierra por el espacio de mil años.”

Es claro, pues, que al hablar del Milenio se tiene que considerar un período preciso, cuyo principio y fin seña­larán acontecimientos trascendentales, y durante el cual existirán condiciones de dicha extraordinaria. Será una época sabática:  mil años de paz. Cesará la enemistad entre el hombre y las bestias, se acabará la ferocidad y veneno de la creación animal y reinará el amor. Más tarde prevalecerá una nueva condición, conforme a lo que el Señor declaró a Isaías: “Porque he aquí que yo crío nuevos cielos y nueva tierra: y de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento.”

En cuanto al estado de paz, prosperidad y duración de la vida humana, típicos de este período, leemos que “no habrá más allí niño de días, ni viejo que sus días no cumpla; porque el niño morirá de cien años, y el pecador de cien años, será maldito. Y edificarán casas, y morarán en ellas; plantarán viñas, y comerán el fruto de ellas. No edificarán y otro morará; no plantarán, y otro comerá: porque según los días de los árboles serán los días de mi pueblo, y mis escogidos perpetuarán las obras de sus manos. No trabajarán en vano, ni parirán para maldición: porque son simiente de los benditos de Jehová, y sus descendientes con ellos. Y será que antes que clamen, responderé yo; aun estando ellos hablando, yo habré oído. El lobo y el cordero serán apacentados juntos, y el león comerá paja como el buey; y a la serpiente el polvo será su comida. No afligirán, ni harán mal en todo mi santo monte, dijo Jehová.”

La voz del Señor se oye en la actualidad declarando las mismas verdades proféticas, según hacen constar las revelaciones respecto al Milenio dadas en la dispensación actual de la Iglesia. En 1831 el Señor se dirigió en estos términos a los élderes de su Iglesia: “Porque vendrá el gran Milenio de que yo he hablado por la boca de mis siervos. Porque Satanás será atado; y cuando de nuevo quede libre, reinará tan solamente una corta temporada, y entonces vendrá el fin de la tierra.”  En otra ocasión se pronunciaron estas palabras: “Porque con poder y gran gloria yo me revelaré desde los cielos con todas sus mul­titudes, y moraré en justicia con los hombres sobre la tierra por mil años, y los malvados no permanecerán . . . Y además, de cierto, de cierto os digo que cuando hayan terminado los mil años y empezaren de nuevo los hom­bres a negar a su Dios, entonces perdonaré la tierra por tan solamente un corto tiempo. Y entonces vendrá el fin.”

Durante la era milenaria, las condiciones favorecerán la rectitud; el poder de Satanás será restringido, y los hombres, libres hasta cierto punto de la tentación, ser­virán con celo a su Rey y Señor. Sin embargo, el pecado no quedará abolido por completo, ni será desterrada la muerte; aunque los niños vivirán hasta cumplir sus años en la carne, y entonces podrán ser cambiados en “un abrir y cerrar de ojos” a una condición de inmortalidad. Seres mortales, así como inmortales, ocuparán la tierra, y habrá frecuente comunicación con los poderes celes­tiales. Los Santos de los Últimos Días creen que tendrán el privilegio de continuar, durante el período milenario, la obra vicaria por los muertos, la cual constituye tan impor­tante y sobresaliente característica de sus obligaciones, y que las facilidades para comunicarse directamente con los cielos les permitirá efectuar esa obra de  amor sin interrupción. Cuando hayan terminado los mil años, se le permitirá a Satanás ejercer su poder otra vez, y los que en esa ocasión no fueren contados entre los puros de corazón, cederán a su influencia. Pero esta libertad que recuperará el “príncipe de la potestad del aire” será de corta duración; su destino final seguirá presta­mente, y todos los que son suyos irán con él al castigo que es eterno. Entonces la tierra llegará a su condición celestial y se convertirá en habitación adecuada para los hijos e hijas glorificados de nuestro Dios.

REFERENCIAS

Profecías  Sobre la Venida del Señor y las  Condiciones que la Acompañarán

  • Y el Señor respondió a Enoc: Como vivo yo, aun así vendré en los últimos días—Moisés 7:60; Enoc vio el día de la venida del Hijo del Hombre, en los últimos días, para morar en justicia sobre la tierra por el espacio de mil años—versí­culo 65.
  • Profetizó Enoc, diciendo: He aquí, el Señor es venido con sus santos millares—Judas 14, 15.
  • Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo— Job 19:25.
  • Vendrá nuestro Dios, y no callará—Sal. 50:3; los versículos 4 y 5 hablan de condiciones que acompañarán la venida futura del Señor.
  • Dominará de mar a mar, y desde el río hasta los cabos de la tierra—Sal. 72:8; véase también el versículo 17;  82:8.
  • Por cuanto Jehová habrá edificado a Sión, y en su gloria será visto—Sal. 102:16.
  • Cuando Jehová de los ejércitos reinare en el monte de Sión, y en Jerusa_lem—Isa. 24:23.
  • El Señor Jehová vendrá con fortaleza—Isa. 40:10.
  • Jehová reinará sobre ellos en el monte de Sión desde ahora para siempre—Mi. 4:7; véase también Zac. 14:9, 20, 21.
  • Y luego vendrá el Señor; ¿y quién podrá sufrir el tiempo de su  venida?—Mal. 3:1-4.
  • Será enviado Elias el profeta antes que venga el día de Jehová grande y terrible—Mal. 4:5, 6.
  • El Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre—Mat. 16:27.
  • El Hijo del hombre vendrá en gloria y juzgará a las naciones—Mat. 25:31-46.
  • Entonces se mostrará la señal del Hijo del hombre en el cielo—Mat. 24:30.
  • Del día y hora nadie sabe—Mat. 24:36.
  • Entonces verán al Hijo del hombre, que vendrá en las nubes con mucha potestad y gloria—Mar. 13:26; véanse también los versículos 32, 33, 37. El Hijo del hombre se avergonzará también de él, cuando vendrá en la gloria de su  Padre con los santos ángeles—8:38.
  •  Después de muchas tribulaciones, verán al Hijo del hombre, que vendrá en una nube con potestad y majestad grande— Luc. 21:27; también del versículo 10 en adelante; también 17:26-30.
  • Vosotros pues también, estad apercibidos; porque a la hora que no pensáis, el Hijo del hombre vendrá—Luc. 12:40.
  • Mas el día del Señor vendrá como ladrón en la noche—2 Ped. 3:10; véase también 1 Tes. 5:2.
  • Este mismo Jesús así vendrá como le habéis visto ir al cielo— Hech. 1:11.
  • Y enviará a Jesucristo, que os fue antes anunciado—Hech. 3:20.
  • Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el  Señor—I Cor. 4:5; compárese con 11:26.
  • De donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo— Fil. 3:20.
  • Para la venida, de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos —1 Tes. 3:13; véase también 2:19.
  • Porque el mismo Señor con aclamación, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo—1 Tes. 4:16.
  • Cuando se manifestará el Señor Jesús del cielo con los ángeles de su potencia—2  Tes.  1:7;  véase también 2:1;  1  Tim. 6:14;  Tito 2:13;  Heb. 9:28.
  • Confirmad vuestros corazones: porque la venida del Señor seacerca—Sant. 5:8.
  • Para que tengamos confianza y no seamos confundidos de él en su venida—1 Juan 2:28; véase también 3:2.
  • He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron—Apo. 1:7; véase también 6:12-17.
  • El Santo de Israel tiene que reinar con potestad, y fuerza, y poder, y gran gloria—1 Nefi 22:24; véase también el ver­sículo 26.
  • Los lazos de la muerte serán deshechos y el Hijo reinará— Mosíah 15:20.
  • Vendrá Elias el profeta antes de la venida del día grande y terrible del Señor—3 Nefi 25:5.
  • A los nefitas Cristo explicó todas las cosas hasta la época en que él viniera en su gloria—3 Nefi 26:3.
  • El poder del cielo bajará junto con Cristo—3 Nefi 21:25; com­párese con 20:22; véase también 24:1-3.
  • Los tres nefitas permanecerán en la carne hasta que el Señor venga en su gloria con los poderes del cielo—3 Nefi 28:7.
  • No tendréis que decir que el Señor demora su venida—3 Nefi 29:2.
  • Con poder y gran gloria Cristo se revelará desde los cielos con todas sus multitudes—D. y C. 29:11; véase también 45:44; 65:5.
  • La hora está próxima cuando vendré en una nube con poder y gran gloria—D. y C. 34:7, 8, 12.
  • Cuando él venga en las nubes del cielo para reinar en la tierra sobre su pueblo—D. y C. 76:63.
  • El Señor estará en medio de los santos, y su gloria estará sobre ellos, y él será su rey y su legislador—D. y C. 45:59; véase también 1:36.
  • El Hijo del Hombre ahora reina en los cielos, y reinará sobre la tierra—D. y C. 49:6.
  • El Señor bajará de la presencia del Padre, y consumirá a los malvados con un fuego inextinguible—D. y C. 63:34.
  • Preparando la vía del Señor para su segunda venida—D. y C. 34:6; véase también 39:20; 77:12.
  • El Hijo del Hombre vendrá en una hora que no sospecháis— D. y C. 61:38.   La hora de su venida ya está próxima—D. y C. 35:15; 43:17; 133:17.
  • La hora y el día de la venida del Señor ningún hombre sabe, ni los ángeles del cielo—D. y C. 49:7; 39:21; 133:11.
  • Los pobres y mansos esperarán la hora de la venida del Señor— D. y C. 35:15. El que me teme estará esperando la venida del gran día del Señor—D. y C. 45:39; véanse también los versículos 40-56, y 74, 75.
  • A unos les será permitido conocer las señales de la venida del Hijo del Hombre—D. y C. 68:11.
  • Vengo prestamente—D. y C. 34:12; 35:27; 39:24; 41:4; 49:28; 51:20; 54:10; 68:35; 87:8; 99:5; 112:34.

El Milenio

  • Condiciones que existirán durante el Milenio—Isa. 11:6-9; véase también 65:25.
  • Satanás será atado durante los mil años—Apo. 20:1-7.
  • Y vivieron y reinaron con Cristo mil años—Apo. 20:4.   Mas los  otros  muertos  no   tornaron  a  vivir  hasta   que   sean cumplidos mil años—versículo 5.
  • Y nos  has  hecho  para  nuestro   Dios  reyes   y  sacerdotes,   y reinaremos sobre la tierra—Apo. 5:10.
  • Por el espacio de mil años la tierra descansará—Moisés 7:64.  Enoc vió el día de la venida del Hijo del Hombre para morar sobre la tierra por mil años-—versículo 65.
  • Morará el Señor con los hombres sobre la tierra por mil años— D. y C. 29:11.
  • Porque vendrá el gran Milenio de que yo he hablado—D. y C. 43:30: véanse también los versículos 31-35.
  • Condiciones  cuando hayan terminado los mil  años.   D.  y  C. 29:22, 23.
  • Satanás  estará  atado  por  el  espacio  de mil  años,  entonces juntará sus ejércitos—D. y C. 88:110-116.
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