Los Artículos de Fe

Capítulo 21
REGENERACIÓN Y RESURRECCIÓN

Artículo 10.—Creemos . . . que la tierra será renovada y recibirá su gloria paradisíaca.

LA RENOVACIÓN DE LA  TIERRA

La Tierra Bajo el Anatema.Las benditas condiciones en las que existirá la tierra y el hombre vivirá durante la época milenaria casi sobrepujan toda facultad humana de comprensión, por ser tan diferentes de todo aquello que la historia testifica y la experiencia confirma. La raza caída del hombre jamás ha conocido un reinado de justicia en toda la tierra. Tan señalada ha sido la mal­dición universal; tan grande el poder del tentador; tan enconada la egoísta contienda entre un hombre y otro, y entre las naciones; tan general ha sido la enemistad de la creación animal entre los de su propia esfera y hacia el ser que, no obstante su estado caído, aún tiene la comisión divina de la autoridad del dominio; tan abundantemente ha producido la tierra espinas, cardos y hierbas nocivas, que la descripción del Edén es para nosotros como la historia de otro mundo, un astro de un orden superior de existencia, enteramente diferente de este triste planeta. Sin embargo, se nos hace saber que el Edén era en realidad parte de nuestro planeta, y que la tierra está destinada a convertirse en un cuerpo glori­ficado, dispuesto para la morada de las inteligencias más exaltadas. El Milenio, con todo su esplendor, no es sino un paso más avanzado de preparación mediante el cual la tierra y sus habitantes se acercarán a la perfecciór preordinada.

La Regeneración de la Tierra.La palabra regenera­ción, traducida del vocablo griego palingenesia—que sig­nifica nuevo nacimiento o, más literalmente, nacer de nuevo—aparece dos veces en el Nuevo Testamento,” aun­que se hallan otras expresiones de significado equivalente. Los términos, sin embargo, se aplican generalmente a la renovación del alma del hombre mediante el nacimiento espiritual, por medio del cual se puede obtener la salva­ción; aunque el uso que nuestro Señor hizo de la palabra, al declarar la promesa de futura gloria que sobre los apóstoles él confirmaba, probablemente se refiere a la restauración de la tierra, sus habitantes e instituciones, en lo que respecta a la época milenaria: “Os digo, que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando se sentará el Hijo del hombre en el trono de su gloria, vosotros también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.”

Se ha predicho una época de restitución. Considere­mos las palabras de San Pedro, dirigidas a aquellos que, maravillados de la milagrosa curación del cojo en la Puerta Hermosa, se habían reunido en el Pórtico de Salomón: “Así que, arrepentios y convertios, para que sean borrados vuestros pecados; pues que vendrán los tiempos del refrigerio de la presencia del Señor, y enviará a Jesucristo, que os fué antes anunciado: al cual de cierto es menester que el cielo tenga hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde el siglo.”

Según las enseñanzas de San Pablo, en su epístola a los Romanos, es evidente que el cambio a un estado más cerca de la perfección ha de afectar a la naturaleza así como  al hombre:    “También las  mismas  criaturas serán libradas de la servidumbre de corrupción en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que todas las criaturas gimen a una, y a una están de parto hasta ahora. Y no sólo ellas, mas también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, es a saber, la redención de nuestro cuerpo.”

Durante el milenio continuará la regeneración. La sociedad será purificada; las naciones existirán en paz; cesarán las guerras; la ferocidad de las bestias será ven­cida; la tierra, aliviada en sumo grado del anatema de la caída, dará abundantemente al labrador, y el planeta será redimido.

Las últimas fases de esta regeneración de la naturaleza no se consumarán sino hasta después que el Milenio haya acabado su bendita carrera. Hablando de los aconteci­mientos que se efectuarán después de concluidos los mil años, Juan el Revelador escribió: “Y vi un cielo nuevo, y una tierra nueva: porque el primer cielo y la primera tierra se fueron, y el mar ya no es … Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será su Dios con ellos. Y limpiará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y la muerte no será más; y no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor: porque las primeras cosas son pasadas.” Otra profecía parecida fué la dé Ether, el jaredita: “Y habrá un cielo nuevo y una tierra nueva; y serán semejantes a los antiguos, salvo que los antiguos habrán desaparecido, y todas las cosas se habrán vuelto nuevas.”‘ Este acontecimiento se verificará después de los sucesos milenarios, como nos lo hace ver el contexto.

En nuestra época actual, en el año de 1830, el Señor dijo: “Cuando hayan terminado los mil años y empe­zaren de nuevo los hombres a negar a su Dios, entonces perdonaré la tierra por tan solamente un corto tiempo. Y entonces vendrá el fin, y el cielo y la tierra serán consu­midos y pasarán, y habrá nuevo cielo y nueva tierra. Porque todas las cosas viejas pasarán, y todo será nuevo, aun el cielo y la tierra, y toda la plenitud de ellos, tanto hombres, como bestias, aves del aire, y peces del mar; y ni un pelo ni una mota se perderán, porque todo es la hechura de mis manos.”

Según las Escrituras, la tierra tiene que pasar por un cambio análogo a la muerte, y ha de ser regenerada de un modo semejante a una resurrección. Muchos de los ya citados pasajes de las Escrituras, al referirse a que los elementos se fundirán a causa del calor y que la tierra será consumida y dejará de ser, sugieren una muerte; y la tierra nueva, en realidad el planeta renovado o rege­nerado, se puede comparar a un organismo resucitado. Se ha dicho que este cambio es una transfiguración.” Todo objeto creado que alcanza o realiza el objeto de su crea­ción avanzará por la escala del progreso, sea un átomo o un mundo, sea un animálculo o el hombre, hijo directo y literal de Dios. Hablando de los grados de gloria que se han preparado para sus creaciones, así como de las leyes de regeneración y santificación, el Señor, en una revela­ción dada en 1832, habla en palabras claras sobre la muerte próxima y subsiguiente vivificación de la tierra: “Y además, de cierto os digo que la tierra obedece la ley de un reino celestial, porque llena la medida de su creación, y no traspasa la ley; así que, será santificada; sí, a pesar de que morirá, será revivificada, y se sujetará al poder que la vivifica, y los justos la heredarán.”

Durante el Milenio, ocuparán la tierra tanto seres mortales como inmortales; pero después de consumada la regeneración, no se conocerá más la muerte entre sus habitantes. Entonces el Redentor de la tierra entregará el reino, y lo presentará “sin mancha al Padre, diciendo: He vencido”. Antes de lograrse esta victoria y obtenerse el triunfo, deben ser subyugados los enemigos de la jus­ticia; el último enemigo que ha de ser vencido será la muerte. “Luego el fin; cuando entregará el reino a Dios y al Padre, cuando habrá quitado todo imperio, y toda potencia y potestad. Porque es menester que él reine. hasta poner a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será deshecho, será la muerte. Porque todas las cosas sujetó debajo de sus pies. Y cuando dice: Todas las cosas son sujetadas a él, claro está ex­ceptuado aquel que sujetó a él todas las cosas. Mas luego que todas las cosas le fueren sujetas, entonces también el mismo Hijo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todas las cosas en todos.”

En esta dispensación, el profeta José Smith ha dado la siguiente descripción parcial de la tierra en su estado regenerado: “Esta tierra, en su estado santificado e in­mortal, llegará a ser semejante al cristal, y será un Urim y Tumim para los habitantes que moren en ella, mediante el cual todas las cosas pertenecientes a un reino inferior, o a todos los reinos de un orden menor, serán aclaradas a los que la habitaren; y esta tierra será de Cristo.”

Se ha procurado demostrar que las enseñanzas de la ciencia concernientes al destino de la tierra concuerdan con las profecías de las Escrituras relativas a la regene­ración decretada de nuestro planeta, por medio de lo cual será convertido en una morada propia para almas inmortales. Sin entrar en un estudio detallado de la evi­dencia que se pretende a favor de un apoyo mutuo entre la ciencia y la palabra revelada sobre este asunto, baste decir que la así llamada evidencia no es satisfactoria y que la ciencia casi nada dice del tema. El geólogo con­sidera la tierra como un cuerpo que continuamente está cambiando, y su superficie como una masa heterogénea de materia fragmentaria; lee en sus páginas de piedra la his­toria de un desarrollo anterior, el que a través de muchos grados sucesivos de progreso fué dejando el mundo mejor preparado para ser la habitación del hombre; observa la obra de agencias constructivas y destructivas en movi­miento: masas de tierra que ceden a la acción desinte­grante del aire y el agua, y proveen con su destrucción la materia para otras formaciones que actualmente están en construcción, todo lo cual, arrasando los montes y le­vantando los valles, produce el efecto general de anive­lar la superficie. Por otro lado, ve obrar fuerzas vol­cánicas y otras agencias que aumentan la escabrosidad del terreno llano por medio de erupciones violentas y la elevación o depresión de la capa terrestre. Basado en sus observaciones de lo presente y sus conclusiones relativas a lo pasado de la tierra, admite su inhabilidad para predecir siquiera un futuro probable. La trascen­dental declaración de uno cuya autoridad es reconocida en el mundo de la ciencia es pertinente: La geología no provee “ningún indicio de un principio, ninguna indica­ción de un fin.”

El astrónomo que estudia las condiciones variadas de otros mundos podrá intentar descubrir, por analogía, el probable destino del nuestro. Estudia el espacio con visión grandemente aumentada y ve, dentro del sistema al cual la tierra pertenece, planetas que manifiestan una escala de progreso muy variada: unos en su estado pri­mordial, habitaciones inadecuadas para seres semejantes a nosotros; otros en un estado que más se aproxima al de la tierra, y todavía otros que parecen ser muy antiguos y estar desprovistos de vida. Aparte del hecho de su existencia, muy poco sabe él de los vastos sistemas que hay más allá del comparativamente pequeño grupo que nuestro sol rige. Pero en ninguna parte ha descubierto un mundo glorificado; y el ojo mortal no podría distin­guir semejante orbe aunque estuviera, en lo que a dis­tancia concierne, al alcance de su visión, ya con la ayuda de un telescopio, ya sin él. Fácilmente podemos creer en la existencia de otros mundos, aparte de aquellos que son de composición tan densa que nuestros torpes ojos los perciben. Respecto de la palabra revelada sobre la re­generación de la tierra y la gloria celestial que nuestro planeta alcanzará, la ciencia nada tiene que ofrecer, ni a favor ni en contra. No por esto vayamos a menospreciar la ciencia, ni censurar la labor de sus discípulos. Nadie mejor que un cerebro acostumbrado a métodos científicos comprende lo mucho que no sabemos.

LA RESURRECCIÓN DEL CUERPO

La Resurrección de los Muertos.Estrechamente se asocia y tiene analogía con el rejuvenecimiento ordenado de la tierra, mediante el cual nuestro planeta avanzará de su presente condición triste y quebrantada a un estado de perfección glorificada, la resurrección de los cuerpos de todos los seres que sobre ella han existido. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días enseña la doctrina de una resurrección literal: una reunión efectiva de los espíritus de los muertos y los cuerpos que los cubrieron durante su probación mortal; y también una transición de lo mortal a lo inmortal de aquellos que vivan todavía en la carne al tiempo del advenimiento del Señor, y quienes, por motivo de su justicia individual, no dormirán en la tumba. Abundan en la Biblia los testi­monios concernientes a la vivificación de los muertos. El conocimiento que el ser humano tiene de la resurrección se basa enteramente sobre la revelación. Los pueblos paganos tienen un concepto sumamente limitado de una resurrección efectiva de muerte a vida, o carecen de él por completo.

Al aceptar la doctrina de una resurrección, nos ha de guiar la fe, la que, sin embargo, recibe el apoyo de abundantes revelaciones dadas de una manera inequí­voca y segura. La ciencia, que no es sino el resultado de la investigación humana, ninguna indicación nos ofrece de un acontecimiento semejante en la historia de las cosas vivientes, y los hombres en vano han buscado en la naturaleza externa una analogía exacta. Es cierto que se han hecho comparaciones, se han empleado metáforas y buscado similitudes para mostrar que la naturaleza tiene algo que corresponde o se asemeja al cambio de lo mortal a lo inmortal que el alma cristiana espera con firme confianza; pero todas estas imágenes son imperfec­tas en su aplicación y sus supuestas analogías son in­exactas.

El regreso de la primavera después del sueño invernal semejante a la muerte;  la transformación de  la oruga en crisálida cadavérica y la subsiguiente metamorfosis en alada mariposa; el pájaro vivo que emerge del in­terior sepulcral del huevo, éstos y otros pasos naturales de desarrollo se han usado como ilustraciones de la resu­rrección. Todos son defectuosos, porque en ninguno de estos despertamientos ha ocurrido una muerte verdadera. Si el árbol muere, no se vuelve a cubrir de follaje al re­gresar el sol; si se le quita la vida a la crisálida dentro del capullo, o al germen de vida dentro del huevo, no sale la mariposa ni emerge el pájaro. Cuando sin distinción nos valemos de estas ilustraciones, estamos propensos a formar el concepto de que el cuerpo predestinado a resucitar no está verdaderamente muerto y, por consi­guiente, la vivificación que sigue no es lo que declara la palabra revelada. Se ha comprobado, por observación, que cuando el espíritu se separa del cuerpo, éste queda verdaderamente inanimado y no puede resistir por más tiempo la acción de una descomposición física y química. El cuerpo, abandonado por su inquilino inmortal, está literalmente muerto; se desintegra en sus componentes naturales, y su substancia vuelve otra vez al giro de la circulación universal de la materia. Sin embargo, la resu­rrección de los muertos es segura; quedará justificada la fe de aquellos que confían en la palabra de la verdad reve­lada, y se cumplirá cabalmente el decreto divino.

Profecías Concernientes a la Resurrección.Los pro­fetas de épocas pasadas de la historia del mundo han previsto y predicho la victoria final sobre la muerte. Al­gunos testificaron particularmente de la victoria de Cristo sobre la tumba; otros han hablado de la resurrección en términos generales. Job, varón de paciencia en la tribu­lación, cantó gozosamente, aun en su agonía: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo: y después de deshecha esta mi piel, aun he de ver en mi carne a Dios.” Enoc, a quien el Señor reveló su plan para redimir al género humano, previó la resurrección de Cristo, la de los muertos justos que con él se levantarían y la resurrección final de todos los hombres.

Jacob testificó a sus hermanos que la muerte del Re­dentor era un requisito preordinado, y que fué proveído para proporcionar al hombre la resurrección de los muer­tos. He aquí sus palabras: “Porque como la muerte ha pasado a todo hombre para cumplir el misericordioso designio del Gran Creador, también es necesario que haya un poder de resurrección, y la resurrección debe venir al hombre por motivo de la caída; y la caída vino a causa de la transgresión; y por haber caído el hombre, fué desterrado de la presencia del Señor … Y la muerte de que he hablado, que es la muerte espiritual, entre­gará sus muertos; y esta muerte espiritual es el infierno. De modo que la muerte y el infierno han de entregar sus muertos: el infierno ha de entregar sus espíritus cauti­vos, y la tumba sus cuerpos cautivos, y los cuerpos y los espíritus de los hombres serán restaurados el uno al otro; y se hará por el poder de la resurrección del Santo de Israel. ¡Oh cuán grande es el plan de nuestro Dios! Porque por otro lado, el paraíso de Dios ha de entregar los espíritus de los justos, y la tumba los cuerpos de los justos; y los espíritus y los cuerpos serán restaurados de nuevo unos a otros, y todos los hombres se tornarán in­corruptibles e inmortales; y serán almas vivientes, con un conocimiento perfecto parecido al que tenemos en la carne, salvo  que nuestro  conocimiento  será perfecto.”

Samuel, el profeta lamanita, predijo el nacimiento. ministerio, muerte y resurrección del Salvador, y explicó la resurrección consiguiente del género humano: “Pues he aquí, de cierto tiene que morir para que pueda venir la salvación; sí, conviene y se hace necesario que muera para efectuar la resurrección de los muertos, a fin de que por este medio los hombres puedan volver a la presencia del Señor. Sí, he aquí que esta muerte trae la resurrección y redime a todo el género humano de la primera muerte, que es la muerte espiritual; porque, hallándose desterra­dos de la presencia del Señor por la caída de Adán, todos los hombres son considerados como si estuvieran muertos, tanto en lo que respecta a cosas temporales como a espi­rituales. Pero he aquí, la resurrección de Cristo redime al género humano, sí, a toda la humanidad, y los lleva otra vez a la presencia del Señor”.

El Nuevo Testamento muestra que durante el tiempo de la misión terrenal de Cristo, y en la época apostólica que siguió, se entendía la doctrina de la resurrección. El Maestro mismo proclamó estas enseñanzas. Respon­diendo a los hipercríticos Saduceos, él dijo; “Y de la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os es dicho por Dios, que dice: Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.”u A los judíos que querían matarlo por motivo de sus hechos y doctrina, habló de esta manera: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me ha enviado, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas pasó de muerte a vida. De cierto, de cierto os digo:   Vendrá hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios: y los que oyeren vivirán.”

Las palabras mismas que Cristo pronunció mientras estaba aún en la carne indican que él plenamente com­prendía el objeto de su martirio y subsiguiente resurrec­ción. A Nicodemo declaró lo siguiente: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado; para que todo aquel que en él creyere, no se pierda, sino que tenga vida eterna.”  Y a Marta, quien lloraba por la muerte de su hermano, dijo: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.” También pro­fetizó extensamente de su propia resurrección, y señaló el tiempo que su cuerpo estaría sepultado.

Dos Resurrecciones Generales se mencionan en las Escrituras, y podemos designarlas la primera y la última, o la resurrección de los justos y la resurrección de los injustos. La primera quedó inaugurada con la de Jesu­cristo, e inmediatamente después de su resurrección mu­chos de los santos se levantaron de sus sepulcros. La resurrección de los justos, continuación de la anterior, se ha estado efectuando desde entonces, y aumentará gran­demente o se llevará a cabo en una manera general a la venida de Cristo en su gloria. Se aplazará la última resu­rrección hasta el fin de los mil años de paz, y se dejará para el juicio final.

La Primera Resurrección; la Resurrección de Cristo, y la que El Inició. — Del hecho de la resurrección de Cristo  de  entre los muertos  testifican  tan numerosas pruebas de las Escrituras, que no hay duda de su realidad en las mentes de quienes creen en los anales sagrados. A las mujeres que fueron muy de mañana a la tumba, el ángel que había quitado la piedra de la entrada del sepul­cro habló, diciendo: “No está aquí: porque ha resucitado, como dijo.”  Más tarde, el Señor resucitado se manifestó a muchos en el intervalo de cuarenta días entre su resu­rrección y ascensión. Después de la ascensión se mani­festó a los nefitas sobre el hemisferio occidental, como ya se ha dicho en otro lugar. Los apóstoles, según veremos más adelante, no cesaron de testificar acerca de la reali­dad de la resurrección del Señor, ni dejaron de proclamar las resurrecciones futuras.

Cristo, “primicias de los que durmieron”, “el primo­génito de los muertos”, fué el primero de todos los hom­bres en salir de la tumba con un cuerpo inmortal; pero poco después de su resurrección, muchos de los santos se levantaron de sus tumbas: “Y abriéronse los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se le­vantaron; y salidos de los sepulcros, después de su resu­rrección, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos.”

Alma, el profeta nefita que escribió algunos años antes del nacimiento de Cristo, claramente entendió que no habría resurrección anterior a la del Redentor, pues declara: “He aquí, te digo que no hay resurrección, o en otras palabras, quiero decir que esta parte mortal no se reviste de inmortalidad, esta corrupción no se vuelve incorrupción sino hasta después de la venida de Cristo.”

Alma también previó una resurrección general relacio­nada con la resurrección de Cristo de entre los muertos, como lo indica el contexto del pasaje citado. Entre los nefitas, hubo hombres inspirados que hablaron de la muerte y resurrección de Cristo aun mientras él ejercía su ministerio en la carne; y confirmó estas enseñanzas la aparición del Señor entre ellos,J como lo habían predicho los profetas anteriores.

En los últimos días el Señor se ha manifestado de nuevo y ha declarado los hechos de su muerte y resu­rrección: “Porque, he aquí, el Señor vuestro Redentor padeció la muerte en la carne; por tanto, sufrió las penas de todos los hombres, a fin de que todos los hombres se arrepintiesen y viniesen a él. Y se ha levantado de nuevo de los muertos, a fin de traer a todos los hombres a él, con la condición de que se arrepientan.”

La Kesurrección al Tiempo de la Segunda Venida de Cristo.—Poco después de haber partido Cristo de la tie­rra, los apóstoles, con quienes entonces quedó la responsa­bilidad directa de dirigir la Iglesia, empezaron a predicar la doctrina de una resurrección futura y universal. Esta enseñanza parece haber sido parte muy prominente de sus instrucciones, porque de ello se quejaron los Sadu-ceos, quienes se apoderaron de los apóstoles aun dentro de los sagrados confines del templo, “resentidos de que en­señasen al pueblo, y anunciasen en Jesús la resurrección de los muertos”. San Pablo ofendía por el celo con que predicaba la resurrección, como lo hace constar su con­tienda con ciertos filósofos de los epicúreos y los estoicos: “Y algunos . . . disputaban con él; y unos decían:  ¿Qué quiere decir este palabrero? Y otros: Parece que es pre­dicador de nuevos dioses: porque les predicaba a Jesús y la resurrección.” Continuó la discusión en el cerro de Marte o Areópago, donde el apóstol predicó el evangelio del Dios verdadero y viviente, y la doctrina de la resu­rrección. “Y así como oyeron de la resurrección de los muertos, unos se burlaban, y otros decían: Te oiremos acerca de esto otra vez.”  La misma verdad le declaró a Félix, el gobernador de Judea,p y cuando lo llevaron atado ante el rey Agripa, preguntó, como si se tratara de una de las acusaciones principales en contra de él: “¡Qué! ¿Júzgase cosa increíble entre vosotros que Dios resucite los muertos?”

La resurrección fué uno de los temas favoritos de San Pablo, y en sus epístolas a los santos se refería a ella frecuente y prominentemente. El también nos hace saber que se va a observar cierta precedencia en la resurrec­ción: “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adam todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. Mas cada uno en su orden: Cristo las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida.”

Expresamente se afirma que muchos sepulcros entre­garán sus muertos al tiempo del advenimiento glorioso de Cristo, y que los justos que han dormido, junto con muchos que no habrán muerto, serán arrebatados para recibir al Señor. Esto fué escrito a los santos de Tesa-lónica:  “Así también traerá Dios con él a los que durmieron en Jesús . . . Porque el mismo Señor con aclama­ción, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, des­cenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero: luego nosotros, los que vivimos, los que queda­mos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire.”

A los tres discípulos nefitas que habían pedido la bendición de Juan, el apóstol amado, Cristo prometió: “Y nunca padeceréis los dolores de la muerte; sino que cuando yo venga en mi gloria, seréis cambiados de la mortalidad a la inmortalidad en un abrir y cerrar de ojos”.

Por medio de la revelación de los postreros días, el Señor ha dicho: “He aquí, vendré; y me verán en las nubes del cielo, investido con poder y gran gloria, con todos los santos ángeles; y el que no me esté esperando, será desarraigado. Pero antes que cayere el brazo del Señor, un ángel sonará su trompeta, y los santos que hubieren dormido saldrán para recibirme en la nube.” Respecto de las muchas señales y prodigios que acompañarán la gloriosa venida del Señor, hallamos esta descripción parcial: “Y la faz del Señor será descubierta.

  • los santos que se hallen sobre la tierra, que estén vivos, serán vivificados y arrebatados para
  • aquellos que han dormido en sus sepulcros saldrán, porque sus sepulcros serán  abiertos;   y  ellos  también serán arrebatados para recibirlo en medio del pilar del cielo. Ellos son de Cristo, las primicias, los que con él descenderán primero, y los que se encuentren en la tierra y en sus sepulcros, quienes son los primeros que serán arrebatados para recibirlo.”

Estas son algunas de las glorias que han de acompañar la resurrección de los justos. En esta santa compañía quedarán incluidos todos aquellos que fielmente han vivido de acuerdo con las leyes de Dios, hasta donde las han conocido, los niños que han muerto en su ino­cencia y aun los justos de entre las naciones paganas que vivieron en obscuridad comparativa mientras busca­ban palpando la luz, y murieron en la ignorancia. La revelación moderna aclara esta doctrina: “Y entonces serán redimidas las naciones paganas, y los que no cono­cieron ninguna ley tendrán parte en la primera resu­rrección.” El Milenio, pues, será inaugurado con el glo­rioso rescate de los justos del poder de la muerte; y se ha escrito de esta compañía de los redimidos: “Bienaven­turado y santo el que tiene parte en la primera resu­rrección: la segunda muerte no tiene potestad en éstos; antes serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años.”

La Resurrección Final.“Mas los otros muertos no tornaron a vivir hasta que sean cumplidos mil años.”a Así testifica el Revelador después de haber descrito las gloriosas bendiciones de los justos que tendrán parte en la primera resurrección. Los injustos serán llamados al juicio de condenación, cuando el mundo regenerado esté listo para ser presentado al Padre.

Es muy notable el contraste entre aquellos cuya par­ticipación en la primera resurrección es segura, y aquellos cuyo destino es esperar hasta el tiempo del juicio final; y no hay pasaje de las Escrituras que lo atenué. Nos es dicho que hacemos bien en llorar por los  que mueren, “y más particularmente por aquellos que no tienen esperanza de una resurrección gloriosa”. En la época actual se ha oído la voz de Jesucristo advertir solemnemente: “Escuchad, porque, he aquí, el gran día del Señor está a las puertas. Porque el día viene cuando el Señor hablará desde el cielo; los cielos se estremecerán y la tierra temblará, y sonará la trompeta de Dios a gran voz y luengamente, y dirá a las naciones dormidas: ¡Levantaos, santos, y vivid; quedaos, pecado­res, y dormid hasta que os llame otra vez!”

Juan nos pinta de esta manera el cuadro final: “Y vi los muertos, grandes y pequeños, que estaban delante de Dios; y los libros fueron abiertos: y otro libro fué abierto, el cual es de la vida: y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Y el mar dió los muertos que estaban en él; y la muerte y el infierno dieron los muertos que esta­ban en ellos; y fué hecho juicio de cada uno según sus obras.”  Como las Escrituras conclusivamente lo demues­tran, la resurrección ha de ser universal. Aun cuando es cierto que los muertos se levantarán por orden, cada cual conforme a su preparación para una época primera o postrera, sin embargo, todo aquel que ha vivido en la carne tomará de nuevo su cuerpo; y reunidos su espíritu y cuerpo, será entonces juzgado.

El Libro de Mormón ofrece una descripción precisa de la resurrección literal y universal: “Hay pues una muerte que se llama la muerte temporal; y la muerte de Cristo desatará las ligaduras de esta muerte temporal para que todos se levanten de ella. El cuerpo y el espíritu serán reunidos otra vez en su perfecta forma; los miembros así como las coyunturas se verán restableciclos a su propia forma, tal como nos hallamos ahora; y seremos llevados ante Dios; y conoceremos como ahora conocemos, y tendremos un vivo conocimiento de toda nuestra culpa. Esta restauración vendrá sobre todos, sean viejos o jóvenes, esclavos o libres, varones o hembras, malvados o justos; y no se perderá ni un solo pelo de sus cabezas, sino que todo será restablecido a su perfecta forma, o en el cuerpo, cual se encuentra ahora; e irán para comparecer ante el tribunal de Cristo el Hijo, y Dios el Padre, y el Espíritu Santo, que es un eterno Dios, para ser juzgados según sus obras, sean buenas o malas. He aquí, te he hablado acerca de la muerte del cuerpo mortal, y también de la resurrección del cuerpo mortal. Te digo que este cuerpo mortal se levantará cuerpo inmortal, es decir, de la muerte, sí, de la primera muerte a vida”.

Considérese también lo siguiente: “La muerte de Cristo efectúa la resurrección, por medio de la cual viene una redención de un sueño eterno, del que todos los hombres despertarán, por el poder de Dios, cuando suene la trompeta; y saldrán, grandes así como peque­ños, y se presentarán ante el tribunal de Dios, redimidos y libres de esta eterna cadena de la muerte, que es una muerte temporal. Entonces se pronunciará el juicio del Santo sobre ellos; y entonces será cuando el que es impuro continuará en su impureza, y el que es justo continuará en su justicia; el que es feliz permanecerá feliz, y el que es miserable continuará en su miseria”.

La palabra de la verdad revelada ha ensanchado hasta este punto nuestro conocimiento concerniente al destino de la raza humana.   Aparte de la regeneración  de la tierra y del juicio final de justos e inicuos, muy poco sabemos, salvo que se ha proveído un plan de progreso eterno.

REFERENCIAS

La Tierra Regenerada

  • Yo crío nuevos cielos y nueva tierra—Isa. 65:17; véase también 51:16 y 66:22; 2 Pedro 3:13; léanse los versículos 4-13.
  • Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra se fueron—Apo. 21:1; véase también Ether 13:9.
  • La tierra obedece la ley de un reino celestial y será revivificada —D. y C. 88:25, 26.
  • Los justos recibirán  la  tierra  por heredad—D.  y  C.  45:58; véase también 56:20.
  • Todas las cosas  viejas   pasarán, y todo  será nuevo, aun el cielo y la tierra—D. y C. 29:24; véase también 101:24.
  • La tierra en su estado santificado, inmortal y eterno—D. y C. 77:1.    Esta  tierra   en   su   estado   santificado   e   inmortal, llegará  a  ser  semejante  al  cristal,   y  será  un   Urim  y Tumim—D. y C. 130:9.
  • Condición bendita de los habitantes de la tierra santificada— D. y G. 101:26-31; compárese con Isa.   65:20-25.
  • Reinará aquel cuyo derecho es reinar—D. y C. 58:22.
  • El Señor mostró a Enoc todas las cosas, aun hasta el fin del mundo, y vio la redención de los justos—Moisés 7:67.

La Resurrección de los Muertos

  • Aun he de ver en mi carne a Dios—Job 19:26; véanse también los versículos 25 y 27, y 14:13, 14.
  • Dios redimirá mi vida del poder de la sepultura—Sal. 49:15.
  • Tus muertos vivirán; junto con mi cuerpo muerto resucitarán —Isa. 26:19;  véase también 25:8.
  • La visión de Ezequiel del valle de huesos secos y la resurrec­ción que vendría—Eze. 37:1-14.
  • Muchos serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua—Dan. 12:2.
  • De la mano del sepulcro los redimiré; librarélos de la muerte— Oseas 13:14.
  • Dios no es Dios de muertos, sino de vivos—Mat. 22:32; léanse los versículos 23-32.
  • Te será recompensado en la resurrección de los justos—Lucas 14:14.
  • Porque como el Padre levanta a los muertos y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida—el Padre dió al Hijo que tuviese vida en sí mismo—todos los que estaban en los sepulcros oirían su voz, y saldrían: algunos a resurrección de vida, y otros a resurrección de condenación—Juan 5:21-29.
  • La promesa del Señor de resucitar a los justos de la muerte— Juan 6:35-64.
  • Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá—Juan 11:23.
  • Cristo predice su propia muerte y resurrección: declaró a los discípulos que sería muerto y resucitaría al tercer día— Mat. 16:21; véase también 17:22, 23; 20:17-19; Marcos 8:31; 9:9; Lucas 18:31-34; Juan 2:19-22; 12:23-33.
  • Otras predicciones de la resurrección de Cristo: Sufre esto a fin de que todos los hombres resuciten—2 Nefi 9 :22. Pero he aquí, la resurrección de Cristo redime al género humano —Helarnán 14:17. Cristo llevará a efecto la resurrección de los muertos—Mosíah 15:20. El Mesías da su vida y la vuelve a tomar para efectuar la resurrección de los muertos-2 Nefi 2:8, 9. Le son reveladas a Enoc la muerte y resurrección del Señor—Moisés 7:55-57.

Realidad de la Resurrección de Cristo

  • El ángel junto al sepulcro dijo: No está aquí; porque ha resucitado, como dijo—Mat. 28:6; léanse los versículos 5-18.
  • Buscáis a Jesús Nazareno, el que fue crucificado; resucitado ha; no está aquí—Marcos 16:6; léanse los versículos 1-14.
  • Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón —Lucas 24:34; léanse los versículos 30-46.
  • El Señor levantado apareció a los discípulos en Jerusalén, y mostróles las manos y su costado—Juan 20:19, 20; léanse los versículos 15-29.
  • Yo soy el que vivo, y he sido muerto—Apo. 1:18.
  • El Señor resucitado apareció a los nefitas, y el Padre lo pro­clamó—3 Nefi 11:7. Mostró al pueblo las heridas que re­cibió de los que lo crucificaron—versículos 14-16; véase también el versículo 11.
  • Uno que sea hecho testigo con nosotros de su resurrección— Hechos 1:22.
  • Al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte—Hechos 2:24; léanse los versículos 22-32.
  • Que ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos—Hechos 24:15.
  • ¿Júzgase cosa increíble entre vosotros que Dios resucite los muertos?—Hechos 26:8; véase también el versículo 23.
  • Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó— Rom. 8:34; véase también 14:9; 1 Cor. 6:14.
  • El testimonio de San Pablo que Cristo murió, fué sepultado y de nuevo resucitó—1 Cor. 15:3-8; léanse los versículos 3-55; véase también 2 Cor. 4:14.
  • Cristo, el primogénito de los muertos-—Col. 1:18; Apo. 1:5; véase también Hechos 26:23; primicias de los que durmie­ron—1 Cor. 15:20.
  • Y se ha levantado de nuevo de los muertos—D. y C. 18:12; véase también 20:23.

Resurrecciones Pasadas y Futuras en su Orden Establecido

  • Y abriéronse  los  sepulcros,  y muchos  cuerpos  de  santos  que habían dormido se levantaron—Mat. 27:52, 53; compárese con Helamán 14:25; 3 Nefi 23:9.
  • Resurrecciones entre los nefitas, inmediatamente después de la de Cristo—3 Nefi 23:11; léanse los versículos 9-13.
  • Resurrección de  justos e injustos—Dan.   12:2;   Juan   5:29; Hechos 24:15; Alma 33:22; Helamán 14:18; Mormón 7:6; D. y C. 76:15-17, 39, 50, 65, 85; 43:18.
  • Aquellos que han dormido en sus sepulcros saldrán—D. y C. 88:97; 133:56; el resto de los muertos no volverán a vivir sino hasta que pasen los mil años—88:101.
  • La inteligencia que logramos en esta vida se levanta con nos­otros en la resurrección—D. y C. 130:18.
  • Sólo los contratos y convenios que son ligados por la eternidad serán reconocidos después de la resurrección—D. y C. 132:7.
  • Todos serán resucitados, mas cada hombre en su orden—1 Cor. 15:22, 23; léanse también los versículos 22-24.
  • El estado del alma entre la muerte y la resurrección—Alma, cap. 40.
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