Los Artículos de Fe

APÉNDICE

Se Compone de Notas a Los Capítulos Anteriores

APÉNDICE I
Notas Relacionadas con el Capítulo 1 

  1. Los Artículos de Fe datan desde el primer día de marzo de 1842. Se publicaron los Artículos de Fe. en la Historia de José Smith, en el Millennial Star, tomo 19, pág. 120 y en Times and Seasor.s, tomo 3, pág. 709. Como ya se dijo, la Iglesia formal­mente ha adoptado los Artículos como resumen autorizado de­sús doctrinas principales.
  2. Los Libros Canónicos de la Iglesia.—De la Biblia y el Libro de Mormón, los dos primeros libros canónicos de la Iglesia, se habla en los capítulos 13, 14 y 15 de esta obra. Doctrinas y Convenios es  una  recopilación   de   revelaciones  modernas   que se han dado a la Iglesia en la dispensación actual.   La Perla de Gran Precio comprende:  (1) Visiones y escritos de Moisés, reve­lados a José Smith; (2) el Libro de Abrahán, traducción hecha por José Smith de ciertos papiros antiguos, y (3)  otros escri­tos de José Smith.   Los miembros  de la Iglesia, oficialmente reunidos  en  conferencia,  han  adoptado  estas  obras  como  sus Libros  Canónicos.
  3. Tributo a José Smith.—Aunque pocas personas fuera de la Iglesia han elogiado a este profeta moderno, cabe aquí ob­servar que ha habido algunas excepciones  Josías Quincy, un norteamericano prominente, conoció a José Smith poco antes que éste fuese martirizado; y ocurrida la tragedia, escribió:  “No es del todo improbable que en algún libro futuro, escrito para las generaciones que aún están por nacer, se halle una pregunta más o menos como ésta:   ¿Qué americano his­tórico  del siglo xix ha ejercido  la  influencia más  potente  en los destinos de sus compatriotas?. Y no es del todo imposible que la respuesta a esa interrogación sea la siguiente:   José Smith, el Profeta Mormón. Y la contestación, por absurda que indudablemente ha de parecer a la mayor parte de los que hoy viven, podrá ser verdad obvia para sus descendientes.  La his­toria contiene sorpresas y paradojas tan extraordinarias como ésta. Con lanzar epítetos   injuriosos   contra   la   memoria   del hombre que estableció una religión en esta época de debates libres, que fué y es hoy aceptado por decenas de millares como emisario directo del Altísimo, no va uno a desembarazarse de tan extraordinario  ser  humano.   .   .   .  Las  preguntas  más  impor­tantes que los ciudadanos del país están discutiendo en la ac­tualidad están relacionadas con este hombre y con lo que nos ha legado , . . Son preguntas trascendentales que darán un lugar destacaao en la historia del país a este vigoroso afirmador a quien visité en Nauvoo. Afirmando ser un maestro inspi­rado, José Smith luchó contra una adversidad como pocos han tenido que combatir, disfrutó de una corta temporada de pros­peridad como pocos hombres han conocido y por último, cua­renta y tres días después que lo vi, gustosamente fue a su martirio. Cuando se entregó al gobernador Ford, a fin de evitar el derrame de sangre, el profeta presentía la suerte que lo esperaba. ‘Voy como un cordero al matadero—se dice que declaró—pero me siento tan tranquilo como una mañana veraniega. Mi conciencia se halla libre de ofensas, y moriré inocente,”   Figures of the Past, por Josías Quincy, pág. 376.
  4. El Linaje   de  José   Smith.—“José   Smith   fue   de   fami­lia humilde.  Sus padres y los progenitores de ellos fueron labra­dores: sin embargo, eran de carácter piadoso y guardaron sus nombres  sin   A  mediados del siglo xvii,   Roberto Smith,  un  robusto labriego  de  Inglaterra, emigró al Nuevo Mundo, la tierra de promisión. El y su esposa, María, se establecieron en  Essex,  Estado  de Massachusetts.   Los nume­rosos descendientes de esta buena pareja se casaron con muchas de las familias más estables e industriosas de la Nueva Ingla­terra.   Samuel, hijo de Roberto y María, nació el 26 de enero de 1666 y se casó con Rebeca Curtís el 25 de enero de 1707. Su hijo, Samuel segundo, nació el 26 de enero de 1714.   Se casó con Priscilla Gould, y fue padre de Asael, quien nació el pri­mero de marzo de 1744.  Asael Smith tomó por esposa a María Duty, y su hijo José nació el  12 de julio de 1771.   El 24 de enero de 1796, José y Lucía Mack contrajeron matrimonio en Tunbridge, Estado de Vermont.  Ella era hija de   Salomón Mack y Lidia Gates, y nació el 8 de julio de 1776.”  The Life ot Joseph Smith,  the Prophet, por Jorge  Q.   Cannon,  cap. 1. José el Profeta fué el tercer hijo y cuarto niño de José Smith y Lucía Mack de Smith.   Nació en Sharon, Estado de Vermont, el 23 de diciembre de 1805.
  5. Las Primeras Persecuciones de José Smith.—El Profeta escribió lo siguiente acerca de las persecuciones que se desa­taron cuando por primera vez mencionó su visión del Padre y del Hijo; “En aquel tiempo me fue motivo de seria reflexión, y frecuentemente lo ha sido desde entonces: cuán extraño que un muchacho desconocido de poco más de catorce años, y además uno que estaba bajo la necesidad de ganarse un escaso sostén con su trabajo diario, fuese considerado un individuo de influencia suficiente para llamar la atención de los grandes personajes de las sectas más populares del día; y a tal grado que provocaba en ellos un espíritu de la más rencorosa perse­cución y vilipendio. Pero extraño o no, así fue; y a menudo ha sido  la  causa  de mucha tristeza  para  mí. Como  quiera  que sea, era, no obstante, un hecho que yo había visto una visión. Se me ha ocurrido desde entonces que me sentía igual que San Pablo, cuando presentó su deíensa ante el rey Agripa y contó la visión que había visto, en la cual vio una luz y oyó una voz. A pesar de eso, fueron pocos los que lo creyeron; unos dijeron que estaba mintiendo, otros, que estaba loco; y se burlaron de él y lo vituperaron. Pero aquello no destruyó la realidad de su visión. Había visto una visión, sabía que la había visto, y toca la persecución debajo del cielo no podría cambiar aquello; y aunque lo persiguieran hasta la muerte, con todo eso, sabía, y sabría hasta su último suspiro que había visto una luz tanto como oído una voz que le habló; y el mundo entero no podría hacerlo pensar o creer lo contrario. Así era conmigo. Efectivamente había visto una luz; en medio de la luz vi a dos Personajes, y ellos en realidad me hablaron; y aun­que se me odiaba y perseguía por decir que había visto una visión, no obstante, era cierto; y mientras me perseguían, me censuraban y decían toda clase de falsedades en contra de mí por afirmarlo, yo pensaba en mi corazón: ¿Por qué me persiguen por decir la verdad? En realidad he visto una visión, y ¿quién soy yo para oponerme a Dios?” Perla de Gran Precio, págs. 47, 48; History ,of the Church, tomo 1, pág. 7.
  6. El Sello del Martirio.—“La evidencia más elevada de sin­ceridad que un hombre puede manifestar a sus semejantes, la prueba mayor de que ha hablado la verdad, es que persevere en ello hasta la muerte y selle su testimonio con su sangre . . . De tanta importancia era para San Pablo este testimonio que dijo: ‘Porque donde hay testamento, necesario es que intervenga muerte del testador.   Porque el  testamento  con la muerte  es confirmado;   de otra manera no  es válido entre tanto  que  el testador vive.’ (Hebreos 9:16, 17)  A la luz de este principio, y cuando se considera la importancia del gran testimonio que dio al mundo, no debe causar admiración que se haya requerido que  José   Smith   sellara   su   obra   con   su   Con  toda probabilidad su obra se habría calificado de incompleta, si eso hubiese faltado; mas ahora no es así;  su carácter de profeta quedó completo cuando cayó mártir, acribillado por las balas del populacho en  Cartago,  Estado  de  Illinois.”
  7. José Smith, un Profeta Verdadero.—José Smith, el hombre de quien hablamos, el profeta del evangelio de  Cristo en los últimos   días,  el  hombre  por medio de cuyo  ministerio   se inició la dispensación más reciente de la obra del Señor—una dispensación llamada nueva, aunque señalada por la restaura­ción de la autoridad y poderes de. todas las épocas anteriores —es  un  individuo  que los  hombres  no pueden  olvidar o  des­preciar,  por más  que    Su  lugar  en  la  historia  está seguro;  se reconoce su obra como una misión que únicamente a él le fue delegada … Un profeta o revelador verdadera­mente enviado de Dios llevará el poder y autoridad para ad­ministrar las ordenanzas del evangelio de Cristo. Ningún en­viado de las cortes celestiales, ningún embajador del trono del Gran Rey, será delegado sin las credenciales que autenti­carán su nombramiento; ni se presentará tal mensajero entre los hombres para declarar sus derechos, desprovisto de las in­signias de su oficio. En el eficaz cumplimiento de sus deberes, el profeta verdadero testificará de su nombramiento y orde­nación autorizados no sólo con palabras, sino que manifestará que efestivamente posee los dones espirituales y poderes par­ticulares que pertenecen al oficio profético, ejerciéndolos debi­damente, según las condiciones lo requieran . . . Por lo anterior, y por todas las demás pruebas que se relacionan con las características que son esenciales al exaltado llama­miento y oficio del profeta, afirmamos que José Smith fue un Profeta del Dios Viviente.—De un artículo por el autor, Im-provement Era, tomo 9, pág. 155.
  8. La Restauración del Evangelio.—Es claro que la visión y profecía de Juan (Apoc. 14:6, 7) concerniente a la restaura­ción del evangelio a la tierra, no podría referirse a los anales evangélicos que se conservan en la Santa Biblia, porque esa historia ha permanecido con el género humano. Como se dijo en el texto, se ve un cumplimiento parcial en la visita de Moroni y la restauración del Libro de Mormón, que es para nosotros” en estos días modernos, una escritura nueva que con-tiene una historia más completa del “evangelio eterno”. Sin embargo, la historia del evangelio no es el evangelio. La au­toridad para administrar las ordenanzas salvadoras del evange­lio es esencial para la eficaz predicación y administración de dicho evangelio. Esta, autoridad fue restaurada por medio de Juan el Bautista, quien trajo el Sacerdocio Aarónico, y me­diante los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, por quienes vino a la tierra el Sacerdocio de Melquisedec. Un comentario sobre Apocalipsis 14:6, 7, aparece en The Great Apostasy, -pág. 168, por el autor de la presente obra.
  9. Elias.—Como claramente se ve en algunas de las revela­ciones recibidas por José Smith (D. y C. 27:6, 9; 110:12, 13). son dos los personajes, y dos los oficios que este nombre repre­senta. El Profeta hizo una distinción muy clara entre- el espí­ritu y oficio de los dos, y retuvo para uno el nombre de Elijali. que es la forma hebrea de la palabra, mientras que al otrc señaló con el equivalente griego, Elias. En español, sin embargo, no hay sino una forma para ambos; y se ha intentado hacer la distinción llamando Elias el Profeta al que José Smith designa como Elijan, y simplemente Elias, al otro. Respecto de este último, todo lo que sabemos de él es que se apareció en el templo de Kírtland a José Smith y a Oliverio Cówdery y, según ellos. “entregó la dispensación del evangelio de Abrahán, di­ciendo que en nosotros y en nuestra simiente, todas las genera­ciones después de nosotros serían bendecidas”. (D. y C. 110:12.) Concerniente a Elias el Profeta o Elijah, lo que se sabe de su vida se halla en la Biblia (Véase 1 R. caps. 17, 18, 19, 21; 2 E. caps. 1 y 2).

Refiriéndose a la diferencia que existe entre el espíritu y oficio de los dos, el profeta José Smith ha explicado: “El es­píritu de Elias (Elias) es preparar el camino para una revela­ción mayor de Dios. Es el Sacerdocio de Elias, o el Sacerdocio que fue conferido a Aarón. Y cuando Dios envía a un hombre al mundo con las llaves del poder de Elias, a fin de preparar para una obra mayor, se ha llamado la doctrina de Elias, aun desde las primeras edades del mundo ….

“El espíritu, poder y llamamiento de Elias el Profeta (Elijah) es que tenéis el poder para poseer las llaves de la revelación, ordenanzas, oráculos, potestades e investiduras de la plenitud del Sacerdocio de Melquisedec y del Reino de Dios sobre la tierra; y de recibir, obtener y efectuar todas las ordenanzas que pertenecen al Reino de Dios, aun tornar el corazón de los padres a los hijos y el corazón de los hijos a sus padres, aun los que están en el cielo

“Esta es la diferencia entre el espíritu y poder de uno y otro; pues mientras que el espíritu de Elias es un precursor, el poder de Elias el Profeta basta para asegurar nuestra vo­cación y elección …. El espíritu de Elias (Elias) es pri­mero, Elias el Profeta (Elijah), segundo y el Mesías al final. Elias es un precursor para preparar el camino, y el espíritu y poder de Elias el Profeta ha de venir después . . . luego vendrá a su templo el Mesías, al final de todo.” (History of the Church, tomo 6, págs. 250, 251.)


APÉNDICE II
Notas Relacionadas con el Capítulo 2

  1. La Creencia en Dios es Natural.“La gran y principal verdad de que hay un Dios ha existido casi umversalmente entre los hombres en todas las edades; por tanto, las Santas Escrituras, que hablan de Dios en cada una de sus páginas y se refieren a los sentimientos del género humano durante un período de unos cuatro mil años, siempre asumen la ad­misión de esta verdad. De hecho, en las primeras edades del mundo no aparece evidencia positiva de que. el teísmo especulati­vo haya tenido partidarios; y si en una época subsiguiente, ‘dijo el necio en su corazón: No hay Dios,’ tal concepto se manifiesta más en sus afecciones que en su criterio; y aun con todo esto, tan débilmente influía en los pensamientos de los hombres que los escritores sagrados jamás consideraron que era necesario combatir el error, ora por discusiones formales, ora por invo­cación de obras milagrosas. El pecado de politeísmo, no ateís­mo, era el que prevalecía; por consiguiente, el objeto de hom­bres inspirados, más bien que comprobar la existencia de un Dios, fue mostrar la inexistencia de otros, preservar su autori­dad y poner en vigor sus leyes, a fin de excluir a todo pre­tendiente contrario.” Cassell’s Bible Dictionary; artículo “Dios”.
  2. Importancia de la Creencia en Dios.—“La existencia de un Ser Supremo es sin duda el concepto más sublime que puede penetrar la mente humana, y ni aun como problema científico puede tener igual, porque pretende proporcionar la causa de causas, el gran último  hecho en  filosofía,  la  postrera y más sublime generalización de verdad científica.  Sin embargo, éste es  el  requisito  mínimo que presenta para nuestra considera­ción, porque sobre él descansa el   fundamento mismo de la moralidad, la virtud y la religión;  apoya la estructura  social y unifica todas sus partes; envuelve el trascendental problema de la inmortalidad del hombre y su responsabilidad hacia la autoridad suprema, y está inseparablemente unida a las espe­ranzas  más  halagadoras y gozo más sublime del individuo. De hecho, no solamente es una verdad  fundamental, sino la gran verdad central de todas  las  otras verdades. Toda otra verdad científica, ética y religiosa emana de ésta.  Es el manan­tial del cual todas fluyen, el centro hacia el cual todas con­vergen y la única proposición sublime de la cual todas testi­fican.  De manera que en su solemne majestuosidad y trascen­dentales  consecuencias, es sin igual.”   Cassell’s Bible Diction­ary; artículo “Dios”.
  3. La Creencia en Dios es Natural y Necesaria.—El doctor José Le Conté, que en un tiempo fue profesor de geología e historia natural en la Universidad de California, ha escrito: “Teísmo o la creencia en Dios o dioses, o en algún agente sobre­natural a los que están sujetos los fenómenos que nos rodean, constituye la base y condición fundamentales de toda religión, y es, por consiguiente, universal, necesaria e intuitiva. De manera que no trataré de dar pruebas de aquello que sirve de fundamento a toda prueba y que por ningún método de razonamiento se puede hacer ya más real. La causa de esta creencia estriba en la naturaleza misma del hombre; es el funda­mento y base misma de la razón. Esto y solamente esto es lo que da expresión a la naturaleza; sin ello, ni la religión, ni la ciencia, de hecho, ni la vida humana, existirían. Observemos qué es lo que caracteriza al hombre en su relación con la naturaleza externa. Para el ser irracional, los fenómenos de la naturaleza no son sino fenómenos sensorios; pero el hombre, en proporción   al  uso  de  sus  facultades  humanas,  instintivamente progresa del fenómeno a su causa. Esto es inevitable debido a una ley de nuestra naturaleza, pero la manera de ascender no es igual en las razas cultas e incultas. El hombre inculto, al ocurrir un fenómeno cuya causa no se percibe in­mediatamente, pasa de una vez del fenómeno sensorio a la causa primera, en tanto que el hombre culto, y sobre todo el científico, avanza por una serie de causas secundarias de los fenómenos sensorios a la causa primera. La región de la causa segunda, y ésta solamente, es el reino de la ciencia. Se puede decir, por cierto, que la ciencia es el estudio del modo de obrar de la causa primera. Claro está, pues, que por reconocer las causas segundas no se va a excluir la idea de la existencia de Dios. . . . De manera que el Teísmo es necesario, intuitivo y consiguientemente, universal. No podríamos deshacernos de él aunque quisiéramos. Se echa fuera, como muchos lo hacen, por 1e puerta delantera, y vuelve a entrar, quizá sin ser re­conocido, por la puerta de atrás. Lo expulsamos en sus formas más nobles cual lo manifiestan las Escrituras, y vuelve otra vez en sus formas innobles, ora como magnetismo, ora como electricidad, gravedad o algún otro supuesto agente eficaz que rige la naturaleza. En alguna forma, noble o innoble, se hospedará en el corazón humano. Repito, por tanto, el Teísmo ni requiere ni admite pruebas. Mas en estos postreros tiempos el Teísmo tiende a convertirse en Panteísmo, con lo que la creen­cia religiosa queda despojada de toda su influencia sobre el corazón humano. Luego se precisa que yo trate de demostrar, no la existencia real, sino la personalidad de Dios. . . . Entre algunos eruditos, particularmente entre los científicos, existe un concepto cada día más fuerte—expresado abiertamente en algunas ocasiones mientras que en otras sólo vagamente se percibe—de que lo que llamamos Dios no es sino un principio universal que todo lo penetra, que anima la naturaleza; un principio general de evolución, una fuerza vital inconsciente e impersonal, conforme a la cual lentamente se desarrolla todo el cosmos. Ésta forma de Teísmo posiblemente satisfará las exigencias de una filosofía puramente especulativa, pero no puede satisfacer los anhelos del corazón humano. … El argu­mento a favor de la personalidad de Dios se deriva de las evi­dencias del inteligente plan y designio de la naturaleza, o se ve en la manera en que se acomodan las partes para un propó­sito definitivo e inteligente. La fuerza de este argumento in­mediatamente, se hace sentir de un modo intuitivo en todas las mentes, y su efecto es irresistible y dominante para toda alma sincera, honrada, libre de sutilezas metafísicas.” Religión and Science, artículo por el profesor José Le Conté, págs. 12 a 14.
  4. Dios en la Naturaleza.-—Isaac Newton, al escribir a su amigo, el doctor Bentley, en 1692, dijo, refiriéndose al universo natural: “Para crear semejante sistema, con todos sus movimientos, se precisaba una Causa que entendiera y comparara en conjunto las cantidades de materia en los diversos cuerpos del sol y los planetas, así como las fuerzas gravitantes que de ellos emanan, las distancias respectivas entre los planetas de primer orden y el sol, y entre los de orden secundario y Saturno, Júpiter y la tierra, y las velocidades con que estos planetas podrían girar alrededor de estas cantidades de materia en los cuerpos centrales; y el comparar y ajustar todas estas cosas en tan gran variedad de cuerpos da fe de que esta Causa no es ciega ni fortuita, sino sumamente diestra en mecánica y geometría.”
  5. Indicaciones Naturales de la  Existencia   de   Dios.—“Ni  puede ser, ni es probable que se pueda hallar a Dios con micros­copios y escalpelos, con la probeta o la redoma, con el goniómetro o el telescopio; sin embargo, con la ayuda de estos instrumentos, el estudiante que trabaja con empeño no puede menos que reco­nocer una fuerza que no alcanza a ver, y con todo, una fuerza cuyas pulsaciones y movimientos son inconfundibles. El hombre en otra época consideró más limitada la extensión de nuestro sistema solar que en la actualidad; y el descubrimiento del más lejano miembro de la familia planetaria se debió a la ad­misión de una fuerza de atracción que no se podía explicar sino sobre la suposición de la existencia de otro planeta. El astrónomo, siguiendo el curso de los cuerpos conocidos sobre sus órbitas, podía sentir la atracción, veía el hilo que los sa­caba de un curso más estrecho. No podía ver a Neptuno en los montones de hojas que llenaba con sus cálculos; pero clara­mente se manifestaba la existencia del astro, y atendiendo a estas indicaciones, lo buscó y lo descubrió. La teoría sola jamás lo habría podido revelar. Aunque la teoría estaba incompleta, no estaba satisfecha sin él; pero la investi­gación práctica, instigada por la teoría, resultó en la gran demostración. ¿Y qué es toda la ciencia sino teoría, cuando la comparamos con la influencia práctica de una confianza piadosa en la ayuda de un poder omnipotente y omnisciente? No se deben menospreciar las indicaciones de vuestra obra científica: el movimiento trémulo de la aguja que revela la influencia magnética; el instinto interior que habla de una vida y un Autor de la vida que la facultad humana ni puede explicar ni comprender. Al sentaros bajo la bóveda estrellada, meditando en el silencio de la noche las zozobras, los anhelos que el alma no puede pasar por alto, volveos en la dirección indicada por estos impulsos, y con el penetrante lente de la oración y fe que no reconoce ni espacio ni tiempo buscad el manantial de esa fuerza penetrante.” University of Utah Quarterly de septiembre, 1895, artículo del autor.
  6. Teísmo, Ateísmo, Etc.—Conforme al uso común,  Teísmo significa creer en Dios, la aceptación de un Ser viviente y eterno que se ha revelado al hombre.  El Deísmo profesa creer en Dios, mas le niega a la Divinidad el poder de revelarse y afirma no creer en el Cristianismo. Se usa este término en diferentes sentidos, y son los principales: (1) Creer en Dios como Ser inteligente y eterno, negando a la vez todo cuidado providen­cial; (2) Creer en Dios, pero no en el estado futuro del alma; (S) lo propuesto por Kant, negar la existencia de un Dios personal, pero al mismo tiempo afirmar creer en una fuerza infinita que está inseparablemente relacionada con la materia y obra como la gran causa primera. El Panteísmo considera la materia y el espíritu como uno, dentro de lo cual está com­prendido todo lo finito y lo infinito, y llama a esta existencia universal Dios. En su fase filosófica, el Panteísmo cuenta con tres formas genéricas y sus variaciones: (1) El panteísmo de la substancia única que le señala al ser universal los atributos del espíritu así como de la materia, de pensamiento así como de extensión, como en el sistema de Espinosa; (2) El panteísmo materialista que le señala sólo los atributos de la materia como en el sistema de Strauss; (3) El panteísmo idealista que le señala solamente la existencia del espíritu, como en el sistema de Hegel. En su fase doctrinal, el panteísmo comprende “la adoración de la naturaleza y la humanidad, basado en la doc­trina de que el universo con sus manifestaciones, entre ellas el hombre y la naturaleza, es la demostración siempre variable. de Dios”. Politeísmo es la doctrina de la pluralidad de dioses, los cuales generalmente son considerados como personificaciones de fuerzas o manifestaciones_ de la naturaleza. Monoteísmo es la doctrina de que no hay sino un Dios. Ateísmo significa no creer en Dios, o negar la existencia de Dios: el ateísmo dog­mático niega, mientras que el ateísmo positivo pasa por alto, la existencia de un Dios. Infidelidad y ateísmo se usan a veces como sinónimos, aunque expresamente la infidelidad significa una forma menor de incredulidad que se manifiesta en escep­ticismo en cuanto a asuntos religiosos, falta de fe hacia la religión de la Biblia y una actitud negativa hacia las doc­trinas del Cristianismo. El Agnosticismo_ sostiene que ni se conoce ni se puede conocer a Dios; que ni se puede probar ni refutar su existencia; ni afirma ni niega la existencia de un Dios personal; es la doctrina de “No Sabemos”.
  7. Prácticas Idólatras en General.El alma del hombre, una vez que se entrega a la depravación, está muy propensa a apartarse de Dios y sus instituciones. “Por lo que — según Burder—se han levantado los altares y demonios de la antigüe­dad pagana, sus extravagantes ficciones y abominables orgías. Así pues, encontramos entre los babilonios y árabes la adora­ción de astros celestiales, la más antigua forma de idolatría; entre los cananeos y sirios la adoración de Baal, Tammuz, Magog, y Astarte; entre los fenicios la inmolación de, niños a Moloc; entre los egipcios, se conferían honores divinos a los animales, aves, insectos, puerros  y cebollas;   entre  los  persas se rendía reverencia religiosa al fuego, y entre el culto griego, su sistema de fe admitía treinta mil dioses. Además, en el tiempo actual, entre la mayoría de las tribus paganas, hallamos las supersticiones más destructivas, los ritos más sangrientos y crueles y el más espantoso libertinaje y vicio que se llevan”a cabo con el nombre de religión.” History of All Religións, pág. 12.
  8. Ejemplos de Idolatría Atroz.—La adoración de Moloc gene­ralmente se cita como ejemplo de la idolatría más cruel y más repugnante conocida al hombre. Moloc, conocido también como Molec, Malcam, Melcom, Baal-Melec, etc., era un ídolo amonita. Las Escrituras hacen mención de él en relación con sus crueles ritos (Lev. 18:21; 20:2-5; véase también I Reyes 11:5, 7, 33; 2 Reyes 23:10, 13; Amos 5:26; Sof. 1:5; Jer. 32:35) Keil y Delitzsch describen el ídolo como una “estatua hueca de bronce que se podía calentar; tenía cabeza, de toro y los brazos extendi­dos para recibir a los niños que eran sacrificados”. Aun cuan­do la adoración de este ídolo no exigía invariablemente sacri­ficio humano, cierto es que estos horribles ritos caracteriza­ban tan abominable altar. Los autores ya citados dicen: “Desde los días de Acaz se mataba a los niños en Jerusalén, en el valle del hijo de Ennom o Hinnom, para luego sacrificarlos poniéndolos en los brazos candentes a fin de ser quemados.” (2 Reyes 23:10: 16:3; 17:17; 21:6; Jeremías 32:35; Ezequiel 16:20, 21; 20:31; compárese Salmos 106:37-38). Muchas auto­ridades declaran que el sacrificio de los niños a este espantoso monstruo empezó mucho antes de los días de Acaz. “La inmo­lación de víctimas vivas era probablemente el punto culmi­nante de las atrocidades que se relacionaban con este sistema, y se dice que Tofet, donde se efectuaban, recibió ese nombre del redoblar de tambores con que se trataba de ahogar los gritos y quejidos de los que eran quemados vivos. El mismo lugar se llamaba el Valle de Ennom y las horribles prácticas que con él se relacionaban causó que tanto Tofet como Ge-henna (Valle de Ennom) fuesen adoptados como nombres y símbolos del tormento futuro.”—Véase The Pentateuch por Keil y Delitzsch y Cassell’s Bible Dictionary.

No eran menos horribles las prácticas de. suicidarse volun­tariamente bajo las ruedas del carro del ídolo Yuggernat, y de ahogar a los niños en el río sagrado del Ganges, como entre los hindúes. En las prácticas del druidismo entre los antiguos británicos hallamos otro ejemplo de la degradación que sufre la religión por no tener la orientación autorizada y la luz de revelación. Los druidas profesaban veneración hacia la encina y efectuaban la mayor parte de sus ceremonias características en bosques sagrados. Como señal distintiva de su sistema, se ofrecían sacrificios humanos. Algunos de sus templos aún existen, por ejemplo, en Stonehenge, Wiltshire y otros en Kent.

Estos recintos circulares no tenían techo, y cerca del centro se hallaba un altar (dolmen) sobre el que se sacrificaban las víctimas. En ocasiones especiales se incluía en las horribles ceremonias el acto de quemar vivos a varios números de seres humanos, encerrados en inmensas jaulas de mimbre.

  1. Idealistas y Ateos.—“Hay dos clases de ateos en el mundo. Uno niega la existencia de Dios de la manera más positiva; el otro niega que. existe en duración o espacio. Uno dice: No hay Dios;  el otro dice: Dios no está aquí ni allí, ni tampoco existe ahora ni entonces.   El incrédulo dice:   Dios no existe en ninguna  parte. El idealista   dice: Dios en ningún lugar existe.   El incrédulo dice: No hay tal substancia como  Dios. El idealista dice:  Sí hay tal substancia como Dios, pero no tiene partes. El ateo dice:  No hay tal substancia como espíritu. El  idealista  dice:    Un espíritu,  aunque vive  y  se mueve,  no ocupa  lugar ni  espacio  en la misma manera  y modo  que la materia, ni aun tanto como el grano de arena más pequeño.

El ateo no trata de esconder su incredulidad; pero el idealista cuya creencia declarada equivale a lo mismo que la del ateo, busca la  manera de ocultar su incredulidad  bajo el manto superficial de unas cuantas palabras.  …  El idealista es un ateo  religioso; se distingue de  la otra   clase de ateos sólo porque reviste con los poderes de un Dios a un nada indivisible y sin  extensión.   Uno  no  cree  en  ningún  Dios; el  otro cree que Nada es Dios y lo  adora como tal.”   Orson  Pratt en su folleto. Absurdities of Invmaterialism, pág. 11.

  • El Ateísmo, una Creencia Fatal.-“Durante el Remado de Terror, la Asamblea Nacional declaró  que los franceses serían una nación de ateos;  pero tras  un breve  experimento se convencieron que una nación de ateos no podía existir mucho tiempo,   Robespierre entonces ‘proclamó en la  Convención que la creencia en la existencia de Dios era necesaria a los princi­pios de virtud y moralidad sobre los que estaba fundada la república’; y el 7 de mayo (1794) los representantes nacionales que tan recientemente se habían postrado ante la diosa de la razón, votaron por aclamación que el pueblo francés reconocía la  existencia  del   Ser   Supremo  y  la  inmortalidad  del  ” Students’ France, 27, 6.
  • El Padre y el Hijo.-En la discusión sobre la “Personali­dad de Cada Uno de los Miembros de la Trinidad” y “Atribu­tos Divinos” no  se  ha  procurado  separar  las   referencias  al Padre y al Hijo.   Se debe tener presente que el Personaje que en el Antiguo Testamento es más generalmente conocido como Dios o el Señor, es Aquel que en el estado mortal fue cono­cido como Jesucristo, y como Jehová en el estado anterior al mortal.   Véase la obra del autor, Jesús el Cristo, capítulo 4. El hecho de que en ciertas escrituras Jesucristo o Jehová es llamado  Padre,   en  ningún  sentido  justifica  la   suposición de que él y su Padre Elohim son la misma persona. Las autori­dades generales de la Iglesia han explicado este asunto en una publicación especial que dice lo siguiente:

El Padre y el Hijo: Una Exposición Doctrinal de la Primera Presidencia “y los Doce.—Las Escrituras clara y repetidamente afirman que Dios es el Creador de la tierra, los cielos y todas las cosas que en ellos hay. En este sentido, el Creador es un organizador. Dios creó la tierra como esfera organizada; pero ciertamente no creó, en el sentido de darles existencia, los elementos de la materia de que se compone la tierra, porque “los elementos son eternos”.   (D. y C. 93:33)

En igual manera la vida es eterna, y no creada. Pero en la materia organizada se puede infundir vida o la fuerza vital, aunque no le han sido revelados al hombre los detalles del procedimiento. Como ejemplos ilustrativos véase Génesis 2:7; Moisés 3:7; y Abrahán 5:7. Cada uno de estos pasajes declara que Dios sopló en el cuerpo del hombre el aliento de vida. Véase también Moisés 3:19, donde se declara que Dios sopló el aliento de. vida en los cuerpos de las bestias y las aves. Dios le mostró a Abrahán “las inteligencias que fueron orga­nizadas antes que el mundo fuese”; y por “inteligencias” de­bemos entender “espíritus” personales. (Abrahán 3:22-23) No obstante, expresamente nos es dicho que “Inteligencia”, es decir, “la luz de la verdad, no fue creada ni hecha, ni tam­poco lo puede ser.”  (D. y C. 93:29)

El término “Padre” aplicado a Dios, ocurre en las Sagradas Escrituras con significados claramente distintos. Deben segre-garse cuidadosamente cada uno de los cuatro significados que se especifican en el siguiente tratado.

  1. “Padre” en el Sentido Literal.—Los pasajes de las Escri­turas que tienen el significado ordinario — literalmente el de Padre—son demasiado numerosos y precisos para ser citados. Estos pasajes tienen por objeto indicar que Dios el Eterno Padre, a quien damos el exaltado título de “Elohim”, es el Padre literal de nuestro Señor y Salvador Jesucristo así como de los espíritus de la raza humana. Elohim es el Padre en todo sentido en que Jesucristo es así llamado, y por distinción es el Padre de los espíritus. De modo que leemos en la Epístola a los Hebreos: “Por otra parte, tuvimos por castigadores a los padres de nuestra carne, y los reverenciábamos, ¿por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y vivire­mos?” (Hebreos 12:9) En vista de este hecho, Jesucristo nos enseña que oremos: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.”

Jesucristo se aplica a sí mismo ambos títulos, “Hijo” y “Padre”. En verdad, claramente dijo al hermano de jared: “He aquí, soy Jesucristo. Soy el Padre y el Hijo. (Ether 3:14)   Jesucristo  es  el  Hijo  de  Elohim  tanto  espiritual  como corporalmente, es decir, Elohim es literalmente el Padre del espíritu de Jesucristo y también del cuerpo con el que Jesús cumplió su misión en la carne, ese cuerpo que murió sobre la cruz y más tarde se levantó mediante la resurrección, y ahora es la morada inmortal del espíritu eterno de nuestro Señor y Salvador. No parece ser necesaria una explicación más extensa del título “Hijo de Dios” cual se aplica a Jesucristo.

  1. “Padre” como Creador.—Un segundo significado  de  “Pa­dre” en las Escrituras, es el de Creador, como en los pasajes que se refieren a cualquiera de las Personas de la Trinidad, llamán­dolo “el Padre de los cielos y de la tierra y de todas las cosas que en ellos hay”.    (Ether 4:7;  véase también Alma 11:38, 39, y Mosíah 15:4)

Dios no es el Padre de la tierra, que es uno de los mundos en el espacio, ni de los cuerpos celestiales, en total o en parte, ni de los objetos inanimados, plantas y animales sobre la tierra, en el sentido literal en que es Padre, de los espíritus de! género humano. Por tanto, las Escrituras que en cual-quier manera se refieren a Dios como el Padre de los cielos y de la tierra deben entenderse en el sentido de que Dios es el Hacedor, el Organizador, el Creador de. los cielos y de la tierra.

Con este significado, como en cada uno de los casos el con­texto lo indica, Jehová, quien es Jesucristo el Hijo de Elohim, es llamado “el Padre” y aun “el Padre Eterno del cielo y de la tierra”. (Véanse los pasajes antes citados, y Mosíah 16:15) Con significado análogo Jesucristo es llamado “Padre Eterno” (Isaías 9:6; compárese con 2 Nefi 19:6.)

En el capítulo 4 de Jesús el Cristo, se explica que Jesucristo, a quien también conocemos como Jehová, fue el poder ejecutivo de Elohim el Padre en la obra de la creación. Jesucristo, siendo el Creador, debidamente es llamado el Padre de los cielos y de la tierra, en el sentido que se explicó anteriormente; y en vista de que sus creaciones son de carácter eterno, con toda propiedad es llamado el Padre Eterno de los cielos y de la tierra.

  1. Jesucristo, “Padre” de todos los que permanecen en su Evangelio.—Un tercer sentido en que se considera a Jesucristo como el “Padre” tiene que ver con la relación que existe entre él y los que por aceptar su evangelio llegan a ser herederos de la vida eterna.    En  seguida  citamos  unos  cuantos   de  los pasajes que ilustran este significado.

En la oración ferviente que ofreció poco antes de entrar en el Getsemaní, Jesucristo rogó a su Padre por aquellos que el Padre le había dado: con particularidad los apóstoles, y con más generalidad todos los que mediante el ministerio de los apóstoles aceptaran el evangelio y permanecieran en él. En las palabras mismas  del  Señor leemos la solemne afirmación de que aquellos por quienes particularmente oraba eran suyos, y que el Padre se los había dado: “He manifestado tu nombre a Tos homores que del mundo me diste: tuyos eran, y me los diste, y guardaron tu palabra. Ahora han conocido que todas las cosas que. me diste, son de ti; porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me en­viaste. Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son: y todas mis cosas son tus cosas, y tus cosas son mis cosas; y he sido glorificado en ellas. Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo a ti vengo. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos por tu nombre, para que sean una cosa, como tam­bién nosotros. Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guar­daba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y nin­guno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición; para que la Escritura se cumpliese.”  (Juan 17:6-12)

Y más adelante: “Mas no ruego solamente por éstos, sino tam­bién por los que han de creer en mí por la palabra de ellos. Para que todos sean una cosa; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean en nosotros una cosa: para que el mundo crea que tú me enviaste. Y yo, la gloria que me diste les he dado; para que. sean una cosa, como también nosotros somos una cosa. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean consumadamente una cosa; y que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los» has amado, como también a mí me has” amado. Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo; para que vean mi gloria que me has dado; por cuanto me has amado desde antes de la constitución del mundo.”   (Juan 17:20-24)

A sus fieles siervos de la dispensación actual, el Señor ha dicho: “No temáis, niñitos, porque sois míos, y yo he vencido al mundo, y vosotros sois de aquellos que el Padre, me ha dado.”   (D. y C. 50:41)

La salvación se alcanza únicamente por cumplir con las leyes y ordenanzas del evangelio; y todos los que de esta ma­nera se salvan llegan a ser hijos e hijas para Dios en un sentido particular. En una revelación dada a Erna Smith por medio de José el Profeta, el Señor Jesús llamó a esta mujer “mi hija”, y añadió: “Porque de cierto te digo que todos los que reciben mi evangelio son hijos e hijas en mi reino.” (D. y C. 25:1) El Señor, en muchos pasajes, ha llamado a los hombres sus hijos.   (D. y C. 9:1; 34:3; 121:7)

Se han recibido muchas revelaciones en la dispensación ac­tual, las cuales aclaran que mediante su obediencia al evangelio los hombres pueden llegar a ser hijos de Dios, tanto hijos de Jesucristo como hijos de su Padre, por medio de Jesucristo. Y así leemos en las palabras que el Señor Jesucristo dirigió a  Hyrum  Smith  en  1829:   “He  aquí,  soy  Jesucristo,  el  Hijo de Dios. Soy la vida y la luz del mundo. Soy yo el mismo que vine a los míos, y no me recibieron; mas de cierto, de cierto te digo, que a todos los que me reciban daré el poder de llegar a ser hijos de Dios, aun a aquellos que creyereín en mi nombre. Amén.” (D. y C. 11:28-30) A Orson Pratt el Señor habló así por conducto de José el Vidente, en 1830: “Orson, hijo mío, escucha, oye y ve lo que te diré yo, Dios el Señor, aun Jesucristo tu Redentor; la luz y la vida del mundo, una luz que brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprenden; quien amó al mundo de tal manera que dio su vida, para que cuantos creyeran llegasen a ser hijos de Dios. Por lo tanto, eres mi hijo.” (D. y C. 34:1-3) En 1830 el Señor se dirigió a José Smith y a Sídney Rigdon, diciendo: “Escuchad la voz del Señor vuestro Dios, aun Alfa y Omega, el principio y el fin, cuyo curso es un giro eterno, lo mismo hoy, que ayer y para siempre. Soy Jesucristo, el Hijo de Dios, quien fue crucificado por los pecados del mundo, aun por cuantos creyeren en mi nombre, a fin de que llegasen a ser hijos de Dios, aun uno en mí, así como soy uno en el Padre, como el Padre es uno en mí, para que seamos uno.” (D. y C. 35:1-2) Considérese también la siguiente declaración hecha en 1831: “Escucha y oye la voz de aquel que existe de eternidad en eternidad, el Gran Yo Soy, aun Jesucristo—La luz y la vida del mundo; una luz que brilla en las tinieblas y las tinieblas no la comprenden; el mismo que vine en el meridiano de los tiempos a los míos, y no me recibieron; pero a cuantos me recibieron, les di el poder de llegar a ser mis hijos; y así también a cuantos me recibieren daré el poder de llegar a ser hijos míos”. (D. y C. 39:1-4) En una revelación dada por medio de José Smith en marzo de 1831, leemos: “Porque, de cierto os digo, que yo soy Alfa y Omega, el principio y el fin, la luz y la vida del mundo—una luz que resplandece en las tinieblas y las tinieblas no la comprenden. Vine a los míos y no me recibieron; mas a cuantos me recibieron les di el poder de hacer muchos milagros, y de convertirse en hijos de Dios; y a los que creyeron en mi nombre les di el poder de obtener la vida eterna.”  (D. y C. 45:7-8)

Esta relación entre Jesucristo, como el Padre, y aquellos que cumplen con los requisitos del evangelio, como sus hijos, se expone de una manera convincente en las palabras de Abinadí, proferidas siglos antes del nacimiento de nuestro Señor en la carne: “Y ahora os pregunto: ¿Quién declarará su generación? He aquí, os digo que cuando su alma haya sido sacrificada por el pecado, él verá su posteridad. Y ahora ¿qué decís vosotros? ¿Quién será su simiente? He aquí, os digo que quien ha oído las palabras de los profetas, sí, todos los santos profetas que han profetizado acerca de la venida del Señor, os digo que todos aquellos que han escuchado sus palabras y creído que el Señor redimirá a su pueblo, y han puesto sus ojos en ese día para la remisión de sus pecados, os digo que éstos son su simiente o los herederos del reino de. Dios; porque éstos son aquellos cuyos pecados él ha tomado sobre sí; son aquellos por quienes ha muerto, para redimirlos de sus transgresiones. ¿Y no son ellos su simiente? Sí, ¿y no lo son los proíetas, todo aquel que ha abierto su boca para profetizar; que no ha caído en transgresión? Me estoy refiriendo a todos los santos profetas desde el principio del mundo. Dígoos que ellos son su simiente.” (Mosíah 15:10-13)

Contrastan trágicamente el bendito estado de aquellos que llegan a ser hijos de Dios, mediante la obediencia al evangelio de Jesucristo, y el de los que no se regeneran, aquellos que son expresamente llamados los hijos del diablo. Notemos las palabras de Cristo, mientras se hallaba en la carne, a ciertos judíos inicuos que se jactaban de ser del linaje de Abrahán: “Si fuerais hijos de Abraham, las obras de Abra-ham haríais . . . vosotros hacéis las obras de vuestro padre. . . . Vosotros de vuestro padre el diablo sois, y los deseos de vuestro padre deseáis cumplir.” (Juan 8:39, 41, 42, 44) De manera que Satanás es llamado padre de los inicuos, aunque no podemos suponer que exista entre él y ellos ninguna de las relaciones personales de un padre y sus hijos. Que los justos son los hijos de Dios y los impíos los hijos del diablo se ve en el ejemplo combinado de la parábola de la cizaña: “La buena simiente son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del mal.”   (Mateo 13:38)

Los hombres pueden llegar a ser hijos de Jesucristo na­ciendo de nuevo, naciendo de Dios, como lo indica la palabra inspirada: “El que hace pecado, es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Cualquiera que es nacido de Dios, no hace pecado, porque su simiente está en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios. En esto son mani­fiestos los hijos de Dios, y los hijos del diablo: cualquiera que, no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios.”  (I Juan 3:8-10)

Los que han nacido para Dios mediante la obediencia al evangelio pueden, por medio de valiente devoción a la justicia, obtener la exaltación y aun llegar a la condición de dioses. De éstos se ha dicho: “De modo que, como está escrito, ellos son dioses, aun los hijos de Dios.” (D. y C. 76:58; compárese con 132:20; también el versículo 17 de la misma sección y en igual manera el versículo 37) Sin embargo, aunque son dioses, todavía están sujetos a Jesucristo, como su Padre, en esta sublime relación; de manera que leemos en el pasaje que sigue del que ya citamos: “Y ellos son de Cristo, y Cristo es de Dios.” (D. y C. 76:69)

Por medio del nuevo nacimiento,  de  agua y  del Espíritu, el género humano puede convertirse en hijos de Jesucristo, ya que por los medios que él ha proveído “son engendrados hijos e hijas para Dios”. (D. y C. 76:24) Esta solemne ver­dad es reiterada por las palabras del Señor Jesucristo, profe­ridas por medio de José Smith en 18S3: “Y ahora, de cierto os digo, yo estuve en el principio con el Padre, y soy el Primo­génito; y todos los que por medio de mí son engendrados, son participantes de la gloria del mismo, y son la Iglesia del Primogénito.” (D. y C. 93:21-22) En cuanto al uso figurado de la palabra “engendrados” que se aplica a los que nacen para Dios, citamos la explicación de San Pablo: “Que en Cristo Jesús, yo os engendré por el evangelio.” (I Cor. 4:15) Tene­mos un ejemplo análogo de este parentezco que se logra por servir rectamente, en la revelación que se refiere al orden y funciones del sacerdocio, recibida en 1832: “Porque los que son fieles hasta obtener estos dos sacerdocios de los que he hablado, y magnifican sus llamamientos, son santificados por el Espíritu para la renovación de sus cuerpos. Llegan a ser los hijos de Moisés y Aarón y la simiente de Abrahán, la iglesia y el reino, y los elegidos de Dios.” (D. y C. 88:33-34) Si es propio hablar de los que aceptan el evangelio y perma­necen en él como hijos e hijas de Cristo—y sobre este punto las Escrituras son claras y no se pueden contradecir o negar —también es propio hablar de Jesucristo como Padre de los justos, ya que se hicieron sus hijos y él su Padre por medio del segundo nacimiento o sea la regeneración bautismal.

  1. Jesucristo Como “Padre” por Investidura Divina de Au­toridad.—La cuarta razón porque se aplica el título de “Padre” a Jesucristo se basa en el hecho de que en todas sus relaciones con la familia humana Jesús el Hijo ha representado y aún representa a Elohim su Padre en poder y autoridad. Así fue con Cristo durante su estado preexistente o incorpóreo en el que fue conocido como Jehová; durante su estado corporal en la carne, y durante sus obras como espíritu desincorporado en el mundo de los muertos; y desde esa época para acá, en su estado resucitado. A los judíos él dijo: “Yo y el Padre una cosa somos” (Juan 10:30; véase también 17:11, 22); no obstante, declaró: “El Padre es mayor que yo” (Juan 14:28) ; y además: “Yo he venido en nombre de mi Padre.” (Juan 5:43; véase también 10:25). Cristo mismo declaró esta verdad idéntica a los nefitas (véase 3 Nefi 20:35 y 28:10), y ha sido reafirmada por revelación en la dispensa­ción actual (D. y C. 50:43). De manera que el Padre puso su nombre sobre el Hijo; y Jesucristo habló y ejerció su ministerio en el nombre de su Padre y por medio de él; y en lo que concierne a poder, autoridad y divinidad, sus palabras y hechos fueron y son los del Padre.

Leemos,por vía de analogía, que Dios puso su nombre sobre el ángel (o en él) que fué nombrado para una obra especial entre el pueblo de Israel durante el éxodo. Refiriéndose al ángel, el Señor dijo: “Guárdate delante de él, y oye su voz; no le seas rebelde; porque él no perdonará vuestra rebelión: porque mi nombre está en él.”  (Éxodo 23:21)

A Juan, el antiguo apóstol, lo visitó un ángel quien ejerció su ministerio y habló en el nombre de Jesucristo. Según las Escrituras: “La revelación de Jesucristo, que Dios le dió, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder presto; y la declaró, enviándola por su ángel a Juan su siervo.” (Apoc. 1:1) Juan estaba a punto de adorar al personaje angélico que hablaba en el nombre de Señor Jesucristo, mas le fué prohibido: “Yo Juan soy el que ha oído y visto estas cosas. Y después que hube oído y visto, me postré para adorar delante de los pies del ángel que me mostraba estas cosas. Y él me dijo: Mira que no lo hagas: porque yo soy siervo contigo, y con tus hermanos los profetas, y con los que guardan las palabras de este libro. Adora a Dios.” (Apoc. 22:8-9) Entonces el ángel siguió hablando como si fuese el Señor mismo: “Y he aquí, yo vengo presto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según fuere su obra. Yo soy Alfa y Omega, principio y fin, el primero y el postrero.” (versí­culos 12-13) Jesucristo, el Señor resucitado, quien había sido exaltado a la diestra de Dios su Padre, había colocado su nombre sobre el ángel que fué enviado a Juan, y éste habló en primera persona, diciendo: “Yo vengo presto”, “yo soy Alfa y Omega”, aunque quería decir que Jesucrísto vendría y que Jesucristo era Alfa y Omega.

Sin embargo, ninguna de estas consideraciones puede cam­biar en lo más mínimo el hecho solemne de la relación literal de Padre e Hijo que existe entre Elohim y Jesucristo. De los hijos espirituales de Elohim, el primogénito fué y es Jehová o Jesucristo, y todos los demás son menores. Citamos en seguida algunos pasajes que afirman esta gran verdad. Escribiendo a los Colosenses, Pablo se refiere a Jesucristo de esta manera: “El cual es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura. Porque por él fueron criadas todas las cosas que, están en los cielos, y. que están en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue criado por él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y por él todas las cosas subsisten: Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia; él que es el principio, el primogénito de los muertos, para que en todo tenga el pri­mado. Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud.” (Colosenses 1:15-19) Estos versículos nos hacen saber que Jesucristo fué “el primogénito de toda criatura”, y evidente es que la primogenitura que aquí se expresa debe referirse a una existencia anterior a la mortal, porque. Cristo no fué el primero de todos los mortales en la carne.   También es llamado “el primogénito de los muertos”, refiriéndose a él como el primero que resucitó de los muertos, o como en otra parte se dice, “primicias de los que durmieron” (I Cor. 15:20; véase también el versículo 23) y “el primogénito de los muer­tos”. (Apoc. 1:5; compárese con Hechos 26:23) El autor de la Epístola a los Hebreos afirma la posición de Jesucristo como primogénito de los hijos espirituales de su Padre, y en­salza la preeminencia de Cristo revestido de carne: “Y otra vez, cuando introduce al Primogénito en la tierra, dice: Y adórenle todos los ángeles de Dios” (Hebreos 1:6; léanse los versículos anteriores). Pablo testifica que los espíritus que eran menores que Cristo estaban predestinados a nacer con­forme a la imagen de su Hermano Mayor: “Y sabemos que a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien, es a saber, a los que conforme al propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.” (Romanos 8:28-29) A Juan el Revelador le fué mandado que escribiera a la iglesia de Laodicea, como palabra del Señor Jesucristo, lo siguiente: “He aquí dice el Amén, el testigo fiel y verda­dero, el principio de la creación de Dios.” (Apoc. 3:14) En una revelación dada por medio de José Smith en -mayo de 1833, el Señor Jesucristo dijo, como ya se ha citado: “Y ahora, de cierto os digo, yo estuve en el principio con el Padre, y soy el primogénito.” (D. y C. 93:21) Uno de. los versí­culos siguientes aclara el hecho de que los seres humanos igualmente existieron en un estado espiritual antes de ser incorporados en la carne. “Vosotros también estuvisteis en el principio con el Padre; lo que es Espíritu, aun el Espíritu de verdad.” (versículo 23)

No es impropio, pues, decir que Jesucristo es el Hermano Mayor del resto del género humano. Indícase en la Epístola a los Hebreos que él es, por nacimiento espiritual, hermano de todos nosotros: “Por lo cual, debía ser en todo semejante a los hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel Pontífice en lo que es para con Dios, para expiar los pecados del pueblo.” (Hebreos 2:17) Sin embargo, no se debe olvidar que él es esencialmente mayor que todos los demás, por motivo (1) de ser el mayor o el primogénito; (2) de su posición única en la carne como Hijo de una madre mortal y de un Padre inmortal o resucitado y glorificado; (3) de su selección y preordinación como el único Redentor y Salvador de la raza humana, y (4) de su incomparable impecabilidad.

Jesucristo no es el Padre de los espíritus que han tomado o en lo futuro tomarán cuerpos sobre esta tierra, porque él es uno de ellos. Es el Hijo, así como ellos son hijos o hijas de Elohim. De lo que se ha dado a conocer por revelación divina sobre los pasos del eterno progreso y desarrollo, debemos entender que solamente los seres resucitados y glorificados pueden ser padres de progenie espiritual. Solamente estas almas exaltadas han alcanzado la edad madura en el curso señalado de la vida eterna; y los espíritus que de ellos nazcan en los mundos eternos pasarán, en el orden debido, por los varios pasos o estados a través de los cuales sus padres glori­ficados han alcanzado la exaltación.

LA PRIMERA PRESIDENCIA Y EL CONSEJO DE LOS DOCE APOSTÓLES DE LA IGLESIA DE JESUCRISTO DE LOS SANTOS DE LOS ÚLTIMOS DÍAS. Salt Lake City, Utah, a 30 de junio de 1916.


APÉNDICE III
Notas Relacionadas con el Capítulo 3

  1. El Albedrío del Hombre es un Don de Dios.—El siguiente extracto es de un discurso del presidente Brígham Young, del 5 de julio de 1855: “¿En qué se fundan los derechos del hombre?  El Señor Omnipotente ha organizado al hojnbre para el  propósito  expreso  de que  se  convierta  en  un ser indepen­diente semejante a él, y le ha dado su albedrío individual. El hombre es hecho a imagen de su Creador, el gran prototipo de la especie humana, quien le confirió los principios de eterni­dad, sembrando la inmortalidad dentro de él y dejándolo libre para obrar como le pareciera mejor; para ser o dejar de ser un santo de los últimos días o un metodista;  pertenecer a la iglesia de Inglaterra, hija mayor de la madre iglesia, o a la madre iglesia misma, o a su hermana, la iglesia griega, o ser un pagano y no pertenecer  a ninguna iglesia. Cuando quede completamente organizado y establecido el reino de Dios sobre la faz de la tierra, y sobre todos los demás reinos y naciones tome  la  preeminencia,  entonces  protegerá  al  pueblo  en  todos sus derechos, no importa qué crean, qué profesen o qué adoren.” (Véase Journal of Discourses de esa fecha, y Millenial Star, tomo 20, pág. 43)’
  2. La Naturaleza del Pecado.—La palabra pecado representa varios vocablos que ocurren en los idiomas originales, cuya traducción literal indica mucha semejanza entre uno y otro. De manera que en el Antiguo Testamente se encuentran, entre otros, los siguientes términos hebreos: Setim (al cual se hace referencia en Salmos 101:3), que significa “desviarse del ca­mino”; shegagah (Lev. 4:2; Núm. 15:27), “pecar por yerro”; avon, “iniquidad”. En el Nuevo Testamento encontramos entre las palabras originales griegas: Hamartía, “no dar en el blanco”; parabasis, “ofensa, transgresión”; parakoe, “desobe­diencia, falta de atención”; paraptoma, “apartarse de la justi”; agnoema, “ignorancia injustificada”; hetemma, “no dar medida cabal”; anomia, “falta de cumplimiento de la ley”. Las ilustraciones anteriores se han tomado principalmente de Müller y French. En todas estas expresiones predomina la idea de una desviación del camino de Dios, de apartarse de su compañerismo por oponerse a los requerimientos divinos. El pecado llegó al mundo de otra parte; no fué producto natural de la tierra. Satanás plantó en Eva la semilla de la desobe­diencia. La semilla arraigó y ha producido mucho fruto de esa naturaleza que nosotros francamente llamamos calamidad. Para que fuésemos librados de estas espinas y cardos del estado mortal, se ha preparado un Salvador.
  3. Edén.—En la lengua hebrea, de la cual  procede  nuestra palabra   Edén,   significa   ésta   algo   particularmente   delicioso, un lugar de deleite.  También se le da al lugar el nombre de ”el jardín del Señor”. Jehová preparó un jardín en un cierto lugar de la tierra de Edén;  este huerto se hallaba “en  Edén al oriente”.  Los padres de la raza humana fueron expul­sados del jardín después de la caída, aunque es razonable su­poner que siguieron viviendo  en la tierra, o en la región de Edén. Leemos  que  en  una  época  posterior, Caín, el primer asesine, “salió de delante de Jehová y habitó en la tierra de Nod, al oriente de  Edén”. (Gen. 4:16)  Aunque los eruditos cristianos no están de acuerdo en cuanto al sitio  geográfico de Edén, la mayoría afirma que se hallaba en Persia. Los Santos de los Últimos Días tienen conocimiento más exacto del asunto. En  una   revelación  que  se  dió   por  medio  del   profeta  José Smith en Spring Hill, Edo. de Misurí, el 19 de mayo de 18S8, el   Señor da a ese  lugar   el  nombre  de  Adán – ondi – Ahman, “porque es el lugar, dijo él, al cual Adán vendrá a visitar a su pueblo,  o  donde  se sentará  el  Anciano  de Días,  como  lo anunció  Daniel el profeta”.  (D. y  sec.  116)   Otra revela­ción  (D. y C. 107:52-53)  nos da a saber que tres años antes de  su  muerte,  Adán  llamó  al  valle  de  Adán-ondi-Ahman  a aquellos  de  sus  hijos  que  eran  sumos sacerdotes,  junto  con el resto de su posteridad justa, y allí les -confirió sus bendi­ciones patriarcales. Este- acontecimiento   fué   señalado   por manifestaciones especiales del Señor.  (Véase también D. y C. 117:8)   No existe, historia auténtica de que la raza humana haya habitado el continente oriental  sino  hasta  después  del diluvio,  El continente occidental, hoy llamado el Nuevo Mundo, comprende las  regiones habitadas más  antiguas  de la  tierra. El Occidente, no el Oriente, es la “cuna de las naciones”.
  4. El Pecado   “— Nuestros  primeros  padres des­obedecieron el mandamiento de Dios participando de alimento impropio para su condición,  y  como  consecuencia natural sufrieron   una   degeneración  física  debido a la cual llegaron al mundo la debilidad corporal, la enfermedad y la muerte.

Su posteridad ha heredado los funestos resultados que hoy decimos son legados a toda carne; y es cierto que estas imper­fecciones humanas vinieron por la desobediencia; y son, por tanto, el fruto del pecado. Pero por la transgresión de Adán, según toda justicia, solamente Adán tendrá que responder. El actual estado caído del género humano, manifestado en nuestra condición mortal, fue inaugurado por Adán y Eva; mas la justicia divina prohibe que se nos considere pecadores sola­mente porque nuestros padres transgredieron. Aunque las privaciones, vicisitudes y rígidas faenas impuestas por el estado de la existencia mortal son parte de nuestra herencia de Adán, estas cosas nos enriquecen; porque es precisamente en estas condiciones que hallamos la oportunidad para desarro­llar los poderes del alma que nos prepararán para vencer el mal, escoger el bien y ganar la salvación y la exaltación en las mansiones de nuestro Padre. Véase Vitality of Mormon-ism., por el autor de la presente obra, pág. 45, artículo “Pe­cado  Original”.

  1. El Estado Mortal es una Bendición.—-Es el hombre en su estado mortal la unión de un espíritu preexistente y un cuerpo compuesto de elementos terrenales. Esta unión del espíritu y el cuerpo señala el progreso de una condición incorpórea a la incorporada, y es un adelanto inestimable en el progreso del amia. El castigo en que incurrieron el arrogante Lucifer y sus huestes rebeldes, cuando quisieron frustrar el propósito divino respecto del asunto del albedrío del hombre, fué el de negárseles cuerpos de carne. El nacimiento en el estado mortal es una bendición de la cual únicamente son merecedores aquellos espíritus que guardaron su dignidad o primer estado. (Véase Judas 6) Para expresar el terrible estado de aquellos que por completo se niegan a regenerarse, aquellos que se han hun­dido a tal grado en el pecado que son contados como “hijos de perdición”, el Señor ha aplicado la extrema maldición, di­ciendo que mejor les hubiera sido jamás haber nacido. (Véase Mateo 26:24; D. y C. 76:32) Las posibilidades de realiza­ción que el estado mortal ofrece constituyen la bendición de haber avanzado hasta dicho estado. La mortalidad es la escuela preparatoria para la eternidad. Su curso es compre­hensivo y estricto. En sus laboratorios, nosotros los discípulos conocemos las experiencias que ponen a prueba, hasta una demostración conclusiva, el efecto individual de precepto y profesión. Para establecer y conservar esta escuela se creó la tierra.—Véase Vitality of Mormonism, por el autor de la presente obra, págs. 236-239, artículos “Vivimos antes de Nacer” y “El Hombre es Eterno”.
  2. Resultados Benéficos de la Caída.— ” ‘Honra a tu padre y a tu madre.’ Este fué uno de los diez mandamientos especiales dados a Israel  durante la grandiosa manifestación  del  poder y gloria de Dios sobre el monte de Sinaí. En los siglos pasa­dos de obscuridad parece haber perdido su significado para los del mundo cristiano. No parecen comprender que deben honrarse los primeros padres de la raza humana. Desde hace mucho se les ha enseñado que Adán y Eva fueron graves transgresores, y han lamentado el hecho de que éstos partici­paron del fruto prohibido y trajeron la muerte al mundo. Tan imposible es que la caída del hombre haya sido por accidente o casualidad como lo es su creación. Si fué accidente, entonces ¿por qué fué preparado Cristo desde antes de la fundación del mundo como propiciación por el pecado, y para abrirle al hombre el camino de la inmortalidad? La mediación de Cristo fué una consecuencia de la caída.” (Véase Hechos 5:31) “Sin la caída no habría habido ley violada, y por consiguiente, nada de que arrepentirse; y no podía haber perdón del pecado sin la expiación de Cristo. El Libro de Mormón aclara muy bien este asunto: ‘Porque si Adán no hubiese pecado, no habría caído; sino que habría permanecido en el jardín de Edén. Y todo lo que fué creado tendría que haber permanecido en el mismo estado en que se hallaba después de su creación; y habría permanecido para siempre, sin tener fin. Y no hubieran tenido hijos; por consiguiente, habrían permanecido en un estado de inocencia, sin sentir gozo, por no tener conocimiento de la miseria; sin hacer bien, por no conocer el pecado.’ (2 Nefi 2:22-23) . . . Nosotros, los hijos de Adán, ningún derecho tene­mos de acusar al patriarca de la raza humana; más bien de­bemos regocijarnos con ellos de que por medio de su caída y la expiación de Jesucristo ha quedado abierto para nosotros el camino de la vida eterna.”—A Compendium of the Doctrines of tlie Gospel, por F. D. Richards y J. A. Little.
  3. Se Sabía la Caída.—“El Mormonismo acepta la doctrina de la caída y el relato de la transgresión en Edén cual se halla en Génesis, pero afirma que nadie sino Adán tendrá jamás que responder por la desobediencia de Adán; que los de la raza humana en general quedan totalmente absueltos de la responsabilidad de ese ‘pecado original’, y que cada cual tendrá que responder únicamente por sus propias transgre­siones; que Dios había previsto la caída como el medio acep­tado para inaugurar la condición necesaria del estado mortal, y que se proveyó un Redentor antes que el mundo fuese; que la salvación general en el sentido de ser redimidos de los efectos de la caída viene a todos sin que la busquen, pero que la salvación individual o el rescate del efecto de los pe­cados personales es algo que cada cual deberá ganar para sí mismo, por fe y buenas obras mediante la redención efectua­da por Jesucristo.”—The Philosophy of Mormonism, por el autor de la presente obra.
  4. La Caída Fué una Degeneración Física.—Para una discu­sión concisa de este tema véase Jesús el Cristo del autor, capítulo 3.

APÉNDICE IV
Notas Relacionadas con el Capítulo 4

  1. La Expiación Es Según la Ley Divina.—Hemos aprendido muy poco acerca de las leyes eternas que obran en los cielos, pero es indiscutible el hecho de que los propósitos de Dios se llevan a cabo mediante la ley. No puede haber irregularidad, incongruencia, arbitrariedad   o   capricho   en   su   manera   de obrar, pues de lo contrario, habría injusticia.  Por tanto, debe haberse efectuado la expiación de acuerdo con la ley.   El auto-sacrificio de su vida, la inexpresable agonía  y muerte  volun­taria de Uno que no sólo tenía vida en sí mismo sino el poder para detener a sus verdugos en cualquier momento, y a quien nadie podía matar sino hasta cuando él mismo lo permitiese, de­ben haber constituido el cumplimiento de la ley eterna de justicia, propiciación y expiación mediante la cual se podría lograr y se  ha logrado  la  victoria  sobre  el   pecado   y  la     La vida,’mortal de nuestro Señor Jesucristo  y el  sacrificio  de  su muerte   han   satisfecho  completamente   las   exigencias  de la justicia, y ha quedado abierto el camino para que la miseri­cordia obre legalmente en lo que concierne a los efectos de la caída.    El  pecado,  seguido  de la muerte, entró  en el  mundo por causa de la transgresión de un hombre.   Es natural, deci­mos, que se legara la mortalidad con todos sus elementos  de un estado caído a la posteridad de ese hombre, porque creemos que sabemos algo de las leyes de herencia.  ¿No es acaso tan natural, si la transgresión de un hombre surtió un efecto tan universal, que la obra redentora y salvadora de Uno, debida­mente autorizado y calificado para la obra de la expiación, sea una bendición universal?  Los antiguos   apóstoles  contestan esto explícitamente. San   Pablo   declaró: “Así que, de la manera que por un delito vino la  culpa a todos los hombres para condenación, así por una justicia vino la gracia a todos ios hombres para justificación de vida.”    (Rom. 5:18) Y ade­más: “Porque hay un Dios, asimismo un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre;  el  cual  se  dio  a sí mismo en  precio del rescate por todos.”   (I  Tim.  2:5-6)—Vitality of Monnonism, por  el autor,  pág.  58,  artículo  “La  Filosofía  de la Expiación”, al cual referimos el lector.
  2. La Redención de la Caída es Universal e Incondicional.— “Creemos que por medio de los sufrimientos, muerte y expia­ción de Jesucristo todo el género humano, sin una sola excep­ción, será completa y cabalmente redimido, tanto el cuerpo corno el espíritu, de la interminable expulsión y maldición que cayó sobre él por la transgresión de Adán; y que esta salva­ción y redención universal de toda la familia humana,_ del castigo sin fin del pecado original, se efectúa sin condición alguna de su parte, es decir, no se les exige creer, arrepentirse, bautizarse o ninguna otra cosa para quedar redimidos de ese castigo; porque, crean o no crean, arrepiéntanse o queden sin arrepentirse, bautícense o no, guarden los mandamientos o los quebranten, sean justos o injustos, nada tendrá que ver con su redención, tanto el alma como el cuerpo, del castigo de la transgresión de Adán. El hombre más justo que jamás ha vivido sobre la tierra y el más vil malhechor de toda la familia humana recibieron ambos la misma maldición, sin transgresión o albedrío de su parte, y en igual manera serán redimidos de ese anatema sin albedrío o condiciones de su parte,” El apóstol Orson Pratt en Remarkable Visions.
  3. Cristo es el Autor de Nuestra Salvación.El presidente Juan Táylor  explica  la  muerte  de   Cristo  como  un  sacrificio expiatorio, y añade:  “De. manera que el Salvador llega a ser el dueño de la situación:   se paga la deuda, se efectúa la redención,  se  cumple el convenio,  la  justicia  queda   satisfecha, se  hace la voluntad   de Dios y todo poder ahora es puesto en  manos  del  Hijo  de  Dios: el poder de la resurrección,  el poder de la redención, el poder de la salvación, el poder de expedir leyes para llevar a cabo y cumplir este propósito. . . . El plan, el arreglo, el acuerdo, el convenio se hizo, se aprobó y se aceptó antes de la fundación del mundo; fue simbolizado por medio de sacrificios, y se efectuó y se  consumó  sobre  la cruz.   De modo que, siendo el Mediador entre Dios y el hom­bre, a él por derecho le corresponde ser el magistrado y direc­tor, en la tierra y en los cielos, de los vivos y de, los muertos, de lo pasado, lo presente y lo futuro, en lo que toca al hombre y su asociación con esta tierra o los cielos, sea por tiempo o las eternidades; él es el capitán de nuestra salvación, el apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, el  Señor y Autor de la vida.”—Mediation and Atonement, por Juan Táylor, pág. 171.
  4. Cristo Inauguró la Expiación.-“El apóstol Pablo hace un resumen muy comprensivo de los  resultados  de la muerte  y resurrección  de Jesucristo:  ‘Mas  ahora   Cristo  ha  resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho.  Por­que por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en  Adam  todos  mueren, así también en Cristo todos  serán vivificados.’  (I    15:20-22)  Es  decir,  ya  que. la  muerte había venido a todos los hombres por la desobediencia de Adán, así   también   todos   serían   levantados a inmortalidad y vida eterna mediante la muerte y resurrección de Cristo. San Pablo también afirmó que ‘el postrer enemigo que será deshecho, será la muerts.’ (versículo 26) Juan el Revelador declara que vio que el infierno y la muerte fueron lanzados en el lago de fuego. (Apoc. 20:14) La expiación, efectuada por Jesucristo, significa además que él ha proveído el medio para que el hombre pueda ser redimido de sus propios pecados mediante la fe en :os sufrimientos, muerte y resurrección de Jesucristo. El apóstol Pablo lo expresa muy bien: ‘Por cuanto todos pe­caron, y están destituidos de la gloria de Dios; siendo justifi­cados gratuitamente por su gracia, por la redención que es en Cristo Jesús; al cual Dios ha propuesto en propiciación por la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, atento a haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados.’ (Rom. 3:23-25) Estos pasajes muestran que la redención de la muerte, mediante los sufrimientos de Cristo, es para todos los hombres, justos así como inicuos, para esta tierra y para todas las cosas que sobre ella se han creado. Todo el sentido de las Escrituras nos asegura que aun cuando el hombre podrá estar seguro de que, no obstante sus hechos individuales, resuci­tará de los muertos, será, sin embargo, recompensado por sus obras, hayan sido buenas o malas; y que solamente por obede­cer los requisitos del evangelio y llevar una vida de obras buenas se puede obtener la redención de los pecados personales. Siendo infinitas las consecuencias de. la transgresión de Adán, no hay manera de escapar a dichas consecuencias sino por medio de una expiación infinita.” Compendium, por F. D. Richards y J. A. Little, págs. 8, 9.
  5. La Expiación Fue Necesaria.“En el designio de Dios y el plan propuesto por el Todopoderoso, se dispuso que el hom­bre estuviese sujeto a una ley,  aparentemente sencilla  en  sí misma,  cuyo ejercicio, sin embargo, estaba rodeado de graves consecuencias. La observancia    de esa ley ganaría la vida  eterna, y el castigo  de su violación  sería la muerte. … Si no se hubiese violado la ley, el hombre habría vivido, pero viviendo así ¿habría podido el hombre perpetuar su espe­cie y realizar con ello los propósitos de Dios de preparar cuer­pos para los espíritus que  habían sido creados en el  mundo espiritual?   Además, ¿habrían tenido necesidad de un mediador que iba a obrar como propiciación por la transgresión de esta ley que, según las circunstancias, parecía estar destinada a ser violada? ¿o podría haberse continuado el eterno aumento y  perpetuidad  del  hombre,  y  realizado  su  alta exaltación al estado de  un Dios  sin  la  expiación  propiciatoria  y  sacrificio del Hijo de Dios?”—Mediation and Atonement, por Juan Táylor, págs. 128, 129.
  6. La Necesidad de un Redentor.El autor trata este tema detalladamente en su obra, Jesús el Cristo, capítulo 3.

APÉNDICE V
Notas Relacionadas con el Capítulo 5

  1. El Uso de la Palabra Fe.En el Nuevo Testamento la pa­labra griega pistis  se ha  traducido  en  tener fe.   Hay  otra palabra, peithomai, que se ha traducido en creer, según se ve por Hechos 17:4; 27:11 y 28:24. Significa ser persuadido sin que necesariamente se haya aceptado la fe (pistis).  Frecuente­mente el término fe (pistis) tiene otro significado en el Nuevo Testamento aparte de confianza o seguridad. Se refiere a credo o más bien el  evangelio de  Cristo contrapuesto a la ley de Moisés,  la nueva dispensación que suplantó a la  (Véase Hechos 6:7; 13:8; 14:22, 27; Romanos 1:5; 3:27; 10:8; Gálatas 1:23;  2:16, 20; 3:2, 5;  Efesios 2:8; I Tim. 1:2;  4:1, y muchos otros pasajes.)   En todos éstos, fe y evangelio  son casi sinónimos. Ha habido mucha innecesaria confusión y dis­cusión debido al hecho de que este significado tan obvio, aun­que secundario, de la fe no ha recibido mucha consideración en el estudio de las Escrituras.—Nota de J. M. Sjodahl al autor.
  2. El Dogma Sectario de Justificación Únicamente por la Fe ha ejercido una influencia nociva. La idea sobre la que está fundada esta doctrina perniciosa se asociaba al principio con la de una predestinación absoluta, mediante la cual el hom­bre estaba de antemano destinado a la destrucción o a una sal­vación inmerecida. De modo que Lutero enseñó: “La excelente, infalible y única preparación para la gracia es la eterna elección y predestinación de Dios.” “Desde la caída del hombre, el libre albredrío no ha sido más que una palabra vana.” “El hombre que se  imagina  poder  alcanzar  la  gracia  haciendo todo lo que puede hacer, añade pecado a su pecado, y es doblemente cul­pable.” “El hombre, que efectúa muchas obras no queda justi­ficado,  sino  aquel  que  sin  obras  tiene  mucha  fe  en  ” (Estas y otras doctrinas de la así llamada “Reforma” se hallan en History of the Reformation, por D’Aubigne, tomo 1, págs. 82, 83, 119, 122)   En la obra de Miller, Church History (tomo 4, pág, 514), leemos: “El punto que más profundamente intere­saba al reformador (Lutero) en todas sus obras,  polémicas y peligros, era el de justificación solamente por la  fe.” Me-janehton expresa la doctrina de Lutero en estas palabras: “La justificación del hombre delante de Dios procede de la fe única­mente.  Esta fe entra en el corazón del hombre sólo por la gracia de Dios.” Y mas  adelante: “En  vista  de  que  todo cuanto acontece necesariamente sucede, de acuerdo con la pre­destinación divina; no hay tal cosa como libertad en nuestra voluntad.” (D’Aubigne, tomo 3,  pág. 340)  Es cierto que Lutero vigorosamente  denunció   y vehementemente negó  que él tuviera la culpa de los excesos que esta doctrina provocó, sin embargo, no cesó de proclamar enérgicamente la doctrina.

Nótense sus palabras: “Yo, el doctor Martín Lutero, indigno heraldo del evangelio de nuestro Señor Jesucristo, confieso este artículo: que la fe sola, sin obras, justifica delante de Dios; y declaro que perdurará y permanecerá para siempre a pesar del emperador de los romanos, el emperador de los turcos, el emperador de los persas; a pesar del papa y todos los cardenales, con los obispos, sacerdotes, monjes y monjas; a pesar de reyes, príncipes y nobles, y a pesar de todo el mundo y los diablos mismos; y que si intentan combatir esta verdad causarán que los fuegos del infierno desciendan sobre sus cabezas. Este es el verdadero y santo evangelio, y la declara­ción que yo, Martín Lutero, hago de acuerdo con las enseñanzas del Espíritu Santo.” (D’Aubigne, tomo 1, pág. 70) Con todo, debe tenerse presente que Lutero, y aun los más resueltos de­fensores de la doctrina de la justificación por la fe, afirmaron que era necesaria la santificación así como la justificación. Fleteher, en la página 90 de su obra, End of Religious Contro-versy, cita un ejemplo del maligno extremo a que llegaba esta doctrina, acusando a uno de sus adherentes de haber dicho: “Ni aun el adulterio o el asesinato perjudican a los hijos benditos, sino que obran para su bien. Dios no ve pecados en los creyentes, sea cual fuere el pecado que cometieren. … Es un error sumamente pernicioso de los letrados señalar peca­dos según el hecho y no según la persona. Aunque culpo a aquellos que dicen que debemos pecar para que sobreabunde la gracia, sin embargo, el adulterio, el incesto y el asesinato, por lo general, me harán más santo en la tierra y más alegre en el cielo.”

En Outlines of Ecclesiastical History por Roberts, pág. 3, sec. 2, y a la cual referimos el lector, aparece un resumen de la controversia medioeval respecto de las maneras de ganar la gracia, entre ellas las doctrinas de Lutero y algunas más. Lo que se ha citado anteriormente se encuentra en la obra de referencia.

  1. En la Fe Están Comprendidas las Obras.Aislando ciertos pasajes de las Escrituras y considerándolos como si estuvieran completos en sí mismos, algunos lectores concluyen que existe incongruencia si no contradicción. Equívocamente se ha repre­sentado a San Pablo como uno de los que proponen que la fe sin obras es suficiente, y se han citado las palabras de Santiago para contradecirlo. Compárese Romanos 4:25; 9:11; Gálatas 2:16; 2 Tim. 1:9; Tito 3:5, con Santiago 1:22-23; 2:14-26. El apóstol San Pablo llama obras innecesarias a las formas y ceremonias exteriores de la ley mosaica que habían sido re­emplazadas por los requerimientos más elevados del evangelio. Santiago habla del esfuerzo real y hechos efectivos como obras que resultan de la verdadera fe en Dios y sus requisitos. Pero al fin y al cabo, la diferencia aparente consiste en las palabras y no en el espíritu o el hecho. Las siguientes palabras del hermano J. M. Sjodahl de la Oficina del Historiador se refie­ren al asunto y son instructivas: “Si entendemos completa­mente el significado que los autores de las Escrituras dan a la palabra ‘fe’ veremos que no hay diferencia en el significado de la verdadera fe y las obras de la fe. En la Biblia signifi­can la misma cosa ambos términos. Santiago no contradice a San Pablo. Porque creer es vivir de acuerdo con las leyes del evangelio. En este sentido los verbos creer y vivir son sinóni­mos, pues la fe sin obras es muerta. Esto es lo que enseña Santiago, y ciertamente San Pablo no predica que la salva­ción viene por medio de la fe muerta.”
  2. El Perdón no Siempre es Cosa Inmediata.“Por motivo de la gravedad de los pecados cometidos, no siempre se ve el arrepentimiento acompañado de un perdón y restauración in­mediatos. Por ejemplo, cuando San Pedro predicaba a los judíos que habían dado muerte a Jesús diciendo que su sangre fuera sobre ellos y sobre sus hijos, él no les dijo: Arrepentios y bautizaos para la remisión de pecados; sino: ‘Así que, arre­pentios y convertios, para que sean borrados vuestros pecados; pues que vendrán los tiempos del refrigerio de la presencia del Señor, y (cuando) enviará a Jesucristo, que os fue antes anunciado, al cual de cierto es menester que el cielo tenga hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas.’ (Hechos 8:19-21) Es decir, arrepentios ahora y creed en Jesu­cristo para que seáis perdonados cuando aquel a quien habéis matado venga otra vez el día de la restauración de todas las cosas, y os exponga las condiciones según las cuales os podréis salvar.” Compendium, pág. 28.
  3. El Pecado y el Pecador.“Porque yo, el Señor, no puedo considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia. No obstante, se perdonará al que se arrepienta y cumpla los mandamientos del Señor.” (D. y C.1:31-32;  véase también Alma 45:16)   En esta declaración se ha hecho una distinción muy clara entre el pecado y el pecador. Para muchos es difícil segregar enteramente el uno del otro y entender el pecado como concepto abstracto aparte de la culpabilidad personal. ¿Puede haber hurto sin ladrón; una falsedad sin un mentiroso; un asesinato sin un homicida?

En el hombre existe la posibilidad de ser mentiroso, ladrón o asesino, mas faltándole la oportunidad de llegar a ser criminal de hecho, o dominando sus malos impulsos por con­sideraciones de ventaja personal, él podrá dar una demostración externa de probidad. El vestido de oveja no es disfraz moderno para el lobo rapaz. Pero en todos estos fingimientos existe el hecho de un propósito inicuo; y el mal propósito, pensamiento o deseo es en sí esencialmente pecado; y un caso como éste no representa, por tanto, una culpabilidad abstracta, sino una ofensa real e individual; porque el que piensa mal es pecador.

¿Quién de nosotros puede tener otro sentimiento hacia la tuberculosis, la viruela o la insidiosa y mortal influenza sino el de repugnancia y temor? No obstante, atendemos a la persona afligida procurando efectuar Su alivio; y si lo amamos cuando estaba bueno y sano, no lo odiamos por haberse enfermado, sino que al contrario, somos más solícitos hacia él. Los empleados del Departamento de Salubridad Pública no consideran ni miran la enfermedad con tolerancia o complacencia. Son los enemigos de la enfermedad física, sea cual fuere su disfraz; y su mejcr manera de emprender la guerra contra la enferme­dad es atender a todos los que están enfermos, al mismo tiempo haciendo todo lo posible para proteger de una infección a los que se encuentran sanos.

Los microbios de la enfermedad existen, sea que encuentren cabida en los cuerpos humanos o no; y por analogía podemos decir que el espíritu o la tentación de hurtar, cometer adulterio o asesinar está viva, en igual manera que el contagio de una enfermedad, aunque el hombre sea o no vencido por ella. Tra­tándose de una aflicción física se recurre al tratamiento médico, y hasta donde el enfermo lo permite, se le obliga a cumplir con las condiciones prescritas.

Con ironía sutil e intencionada, el Divino Médico hizo frente a la casuística de ciertos escribas y fariseos, declarando: “Los sanos no tienen necesidad de médico, mas los que tienen mal. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.” (Marcos 2:17)

Pero como las Escrituras abundantemente lo afirman y la experiencia lo demuestra, no hay uno de nosotros que se en­cuentre completamente libre del pecado; al contrario, todos necesitan las administraciones sanadoras del Gran Médico. “El pecado es transgresión de la ley.” (I Juan 3:4) También: “No hay justo, ni aun uno.” (Rom. 3:10) “Si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros.”   (I Juan 1:8)

El tratamiento que han de seguir los seres mortales in­fectados por el pecado es el que prescribe el evangelio de Jesu­cristo, mediante el cual, si se obedece, pueden contrarrestarse los ataques de la infección que destruye el alma; y por haberse desarrollado la fuerza para resistir, se podrá lograr una in­munidad relativa contra ataques posteriores. La receta es sencilla; los medios están al alcance de todos; son los mismos hoy que en la antigüedad, y así permanecerán mientras el pe­cado exista en el mundo. Son la obediencia a las leyes y orde­nanzas  del  evangelio.

Haciendo estas cosas, llevando una vida justa, aunque nos envuelva el aire irrespirable del pecado, seremos preservados para  lograr  la vida  eterna,  el mayor  de  todos  los  dones  de

Dios al hombre.—De un artículo por el autor, “Sin and the Sinner”,  Serie  C-10.


APÉNDICE VI
Notas Relacionadas con el Capítulo 6

  1. Preparación para  el  Bautismo.  Tanto en el  tiempo de Cristo como en el así llamado período apostólico y los días que inmediatamente siguieron, generalmente se enseñaba y se entendía la doctrina de que el bautismo, para ser acepta­ble, debería ser precedido de una preparación eficaz. Pero esta creencia gradualmente cayó en desuso, y el bautismo llegó a ser considerado como una forma exterior cuya aplica­ción muy poco o quizá nada tenía que ver con la estimación o concepto que el candidato tuviera de su propósito. Como se ha dicho en el texto, el Señor ha reiterado la doctrina de una preparación adecuada en la dispensación actual. Respecto de la creencia en días antiguos, siguen unas cuantas refe­rencias :

“En las primeras edades del cristianismo, eran bautizados hombres y mujeres si profesaban tener fe en el Señor Jesu­cristo.”—Federico Guillermo Farrar (Deán de la Iglesia An-glicana).

“Pero en vista de que. Cristo les encarga (Marcos 16:15, 16) que enseñen antes de bautizar e indica que nadie más que los creyentes deben recibir el bautismo, tal parece que no se ad­ministra debidamente el bautismo cuando no va precedido de la fe. No hubo uno durante la edad apostólica, que haya re­cibido el bautismo sin antes profesar la fe y el arrepenti­miento.”—Calvino.

“No se bautiza uno primero y luego empieza a recibir la fe y a sentir un deseo; sino que cuando está uno preparado para recibir el bautismo, comunica su deseo al maestro y hace una plena confesión de fe con su propia boca.”—Arnobio (retórico que vivió a fines del siglo ni).

“En la Iglesia primitiva, de conformidad con el mandato de Cristo: Id y doctrinad a todos los gentiles, bautizándolos, etc., la instrucción antecedía el bautismo.” Saurín (protestante francés;  1677-1730).

“Durante los primeros dos siglos nadie era bautizado si no profesaba ser creyente, después de. haber sido instruido en la fe y de haberse familiarizado con la doctrina de Cristo; y esto a causa de las palabras: El que creyere y fuere bautizado.” —Salraasius (autor francés; 1588-1653).

  1. Notas Históricas Sobre el Bautismo de los Niños. “El bautismo de niños pequeños era cosa completamente descono­cida en los primeros dos  siglos  después  de  Cristo.  …  La costumbre de bautizar niños pequeños no empezó antes del tercer siglo del nacimiento de Cristo. No existen señas de él en épocas anteriores; y se introdujo sin el mandamiento de Cristo.”—Curcellaeus.

“Es seguro que Cristo no ordenó el bautismo de los niños pequeños. . . . No podemos comprobar que los apóstoles insti­tuyeron el bautismo de los niños pequeños. No podemos llegar a tal conclusión por los pasajes que mencionan el bautismo de toda la familia (como en Hechos 16:33; I Cor. 1:16) porque falta todavía investigar si había niños en esas familias de edad suficiente para poder recibir inteligentemente el cris­tianismo; porque éste es el único punto sobre el que se funda el asunto. . . . En vista de que el bautismo se relacionaba íntimamente con la entrada en la cofradía cristiana, la fe y el bautismo siempre estaban unidos el uno con el otro; de manera que existe la mayor probabilidad de que el bautismo se efectuaba solamente cuando existían ambas cosas, y que la práctica de bautizar a los niños pequeños no se conocía en este período (el apostólico). … El hecho de que en una época posterior (cierto es que no fué antes de Ireneo) apare­cen señales del bautismo de los niños pequeños, y de que por primera vez fue reconocido como tradición apostólica en el curso del tercer siglo constituye evidencia más bien desfavo­rable que a favor de su origen apostólico.” Juan Neander (teólogo alemán que vivió a principios del siglo xix).

“Que vengan, por tanto, cuando hayan crecido; cuando pue­dan entender; cuando se les haya enseñado dónde han de venir. Que se hagan cristianos cuando puedan conocer a Cristo.”—Tertuliano (uno de los “Padres Cristianos” latinos; vivió de 150 a 220 años después de J. C.). Neander cita la casi violenta oposición de Tertuliano a la práctica del bau­tismo de los niños pequeños “como evidencia de que en aquellos días no era considerada generalmente como una ordenanza apostólica; pues de lo contrario, difícilmente habría osado hablar tan vehementemente contra ella”.

Martín Lutero declaró por escrito a principios del siglo xvi: “No se puede probar por medio de las Escrituras que Cristo instituyó el bautismo de los niños pequeños, ni que lo inicia­ron  los  primeros  cristianos  después   de  los   apóstoles.”

“El apóstol entiende por telena no niños pequeños, sino posteridad; con este significado la palabra se encuentra en varios lugares del Nuevo Testamento (entre otros Juan 8:39); por lo que parece que el argumento que comúnmente se deduce de este pasaje a favor del bautismo de los niños pequeños carece de fuerza y de nada sirve.”—Limborch (nativo de Ho­landa y teólogo distinguido; vivió de 1633 a 1712).


APÉNDICE VII
Notas Relacionadas con el Capítulo 7

  1. Uso de la Palabra “Bautizar” en Días Antiguos. Los si­guientes ejemplos muestran el significado ordinario que tiene el vocablo griego del cual se deriva nuestro término “bau­tizar”. En todos claramente se tiene por objeto indicar in­mersión.— (Para éstos y otros ejemplos, véase Millenicd Star, tomo 21, págs. 687, 688.)

Polibio, historiador griego que vivió durante el segundo siglo antes de Cristo, se vale de las siguientes expresiones. Describiendo un combate naval que se libró a la altura de la costa de Sicilia entre las flotas cartaginesas y romanas, dice: “Si algunas de las naves eran acosadas por el enemigo, retro­cedían al mar a salvo por motivo de su velocidad, luego vol­viéndose y cayendo sobre las embarcaciones de sus perse­guidores que iban más adelante, les asestaban golpes frecuentes y bautizaban muchos de sus barcos.”—Libro 1, cap. 51.

El mismo escritor, refiriéndose al pasaje de las tropas ro­manas  por el río Trebia, se expresa de este modo: “Cuando llegó el momento de cruzar el Trebia, que iba más crecido que de costumbre por motivo de la lluvia que había caído, la infan­tería con mucha dificultad pasó al otro lado, pues fueron bau­tizados hasta el pecho.”—Libro 3, cap. 72.

Hablando de la catástrofe que sobrevino a las naves romanas en Siracusa, Polibio declara: “Algunas se volcaron, pero la mayor parte, desplomándose sus proas desde arriba, fueron bautizadas y se llenaron de agua.”

Estrabón, quien vivió durante los días de Cristo, usó el vocablo “bautizar” con el mismo significado. De esta manera describe un instrumento que se usaba para pescar: “Y si cae en el mar, no se pierde: porque es una composición de madera de encina y pino; y así aunque la encina queda bautizada a causa de su peso, la otra parte flota y se puede recuperar fácil­mente.

El mismo escritor explica las características de ciertas aguas salinas en estos términos: “Estas tienen el sabor de aguas salobres, pero son de una naturaleza distinta, porque aun las personas que no saben nadar no son bautizadas en ellas sino que flotan sobre la superficie como leños.”

Refiriéndose a una fuente salina en Tatta, el mismo es­critor dice: “Con tanta facilidad produce el agua una costra en todo cuanto en ella se bautiza, que si una persona mete una guirnalda de juncos, sacará una corona de sal.”

Sobre cierta especie de betún del lago Sirbonis, Estrabón escribe: “Flotará sobre la superficie debido a la naturaleza de las aguas, las cuales, como ya dijimos, hacen innecesaria la natación, y a tal grado que el que camina sobre ellas no es bautizado.”

Dion Casio, hablando de los efectos de. una tormenta severa cerca de Roma, dice: “Los barcos que se hallaban en el Tíber, que estaban anclados cerca de la ciudad y la boca del río, fue­ron bautizados.”

Este autor relata así la suerte de algunos de los soldados de Curio que huían de las fuerzas de Juba: “No pocos de los fugitivos murieron. Unos fueron derribados mientras se esforzaban por subirse a las naves y otros, aunque ya sobre las embarcaciones, fueron bautizados a causa de su peso.”

Aludiendo a los bizantinos que trataron de escapar del sitio, haciéndose a la mar, el historiador de referencia escribió: “Algunas de estas embarcaciones fueron bautizadas por motivo de la gran fuerza del viento.”

  1. Bautismo entre los Griegos. “Los naturales griegos deben entender su propio idioma mejor que los extranjeros. Siempre han entendido que la palabra bautizar quiere decir sumergir. Por consiguiente, desde que por primera vez abrazaron el cristianismo hasta el día de hoy, siempre han bautizado y toda­vía bautizan por inmersión”.—
  2. La Forma Primitiva del Bautismo Cristiano. La historia ofrece abundante evidencia de que en el primer siglo después de la muerte de Cristo, se administraba el bautismo única­mente  por inmersión. Tertuliano se refiere de la siguiente manera a la ceremonia por inmersión, tan común en su tiempo: “No importa que sea uno lavado en el mar o en un estanque, en un río o una fuente, en un lago o en un canal. . . . Somos sumergidos en el agua.”

Los siguientes son apenas unos cuantos de los casos que la historia contiene (véase Millenial Star, tomo 21, págs. 760, 770) :

Justino Mártir detalla la ceremonia cual él mismo la ad­ministraba. Luego que describe el examen preparatorio del candidato, sigue diciendo: “Después de esto, los llevamos a mi sitio donde hay agua, y nacen de nuevo en ese nuevo naci­miento mediante el cual nosotros mismos renacimos. Porque en el nombre de Dios, el Padre y Señor de todo, y de Jesu­cristo nuestro Salvador, y del Espíritu Santo, se efectúa la inmersión en el agua, porque también el Cristo ha dicho: “El que no naciere otra vez, no puede entrar en el reino de los cielos.”

El obispo Bennett dice de las prácticas de los primeros cristianos: “Los llevaban al agua y los sepultaban en el agua como el que es sepultado en la tumba; y entonces repetían estas palabras: Te bautizo (o te lavo) en el nombre del Padre, Hijo y Espíritu Santo, después de lo cual los volvían a levantar y les  eran  puestas  ropas  limpias.   De ahí  las  frases:   Ser  bautizados en la muerte de Gristo; ser sepultados juntamente con él a muerte por el bautismo; habernos levantado con Cristo; revestirnos del Señor Jesucristo; despojarnos del hombre viejo y vestirnos del nuevo.”

“No hay duda de que los apóstoles bautizaban por inmersión. … y los innumerables testimonios de los padres presentan clara “evidencia de que la Iglesia antigua siguió su ejemplo.” —Vosio.

“Incuestionablemente el modo que prevalecía en la antigüe­dad era sepultar, por decirlo así, en el agua a la persona que era bautizada, y luego volverla a levantar.” — El arzobispo Secker.

“La manera .usual de administrar el bautismo en la Iglesia primitiva era por inmersión. . . . Indudablemente era la in­mersión un modo común de administrar el bautismo y no cesó cuando prevaleció el bautismo de los niños pequeños. . . . Gradualmente el bautismo por aspersión fué reemplazando al de inmersión sin que éste fuera rechazado formalmente.”— Farrar.

  1. Los Padres y los Hijos. “Se puede decir que la revelación en nuestra época respecto de la doctrina del bautismo por los muertos inició un nuevo período en la historia de la raza hu­mana. Cuando el profeta José recibió dicha  revelación,  la creencia general en el mundo cristiano era que en el momento de la muerte se fijaba el destino del alma por toda la eterni­dad. Si no era premiada con una felicidad interminable, estaba destinada a un tormento perpetuo, sin la más remota posibili­dad de redención o cambio. Era  generalmente  aceptada  la horrible y monstruosa doctrina, tan opuesta a todo elemento de justicia  divina, de que las naciones  paganas  que habían muerto sin el conocimiento del Dios verdadero y la redención efectuada por su Hijo Jesucristo,  serían eternamente consig­ nadas al infierno.  Queda ilustrada la creencia sobre este punto en la respuesta de cierto obispo a la interrogación del rey de los francos, cuando el monarca estaba a punto de dejarse bauti­zar por el obispo. El rey era pagano, pero  había concluido aceptar el sistema de religión que entonces se llamaba cristianis­mo. Ocurriósele en ese momento que si el bautismo era necesario para  su salvación, ¿qué  sería de sus queridos antepasados que habían muerto paganos? Expresó este pensamiento en una interrogación que dirigió al obispo. El prelado, no tan político como muchos de los de su secta, bruscamente le respondió que estaban en el infierno. A lo que el rey contestó: Entonces, por vida mía, allá quiero estar con ellos. Y se negó a aceptar el bautismo o convertirse en cristiano.”—Life of Joseph Smith, por Jorge Q. Cannon, pág. 510.
  2. Templos y Lugares Sagrados. Resuelto a convertir a Israel en pueblo suyo, el Señor lo sacó de Egipto, y en cuanto se hallaron lejos de las naciones circunvecinas les mandó cons­truir un tabernáculo, algunas veces llamado el templo, donde él pudiera instituir ciertas ordenanzas y reglamentos para su dirección y adoración. Dicho tabernáculo fué, al principio de su peregrinación en el desierto, una obra portátil, hecha del mejor y más costoso material que tenían a la mano; y a una de las tribus le fué dado el cargo de él y de sus pertenencias. Tal ha sido siempre el propósito del Señor. Esta construcción les sirvió durante su viaje y en la tierra prometida de Canaán hasta que Salomón, habiendo adquirido las riquezas necesarias, erigió un magnífico templo sobre el monte Moria, después llamado el monte de Sión, al cual todo Israel iba anualmente para adorar o reunirse. Él Señor nos ha informado (Doc. y Con. 124:39) que siempre ha mandado a su pueblo edificar tem­plos o casas santas a su Santo Nombre. A esto se debe que en el Libro de Mormón leemos de los muchos templos que fueron levantados sobre este continente. También explica porque el profeta José instruyó, desde muy temprano, que se comenzaran templos en todo centro importante de los santos.”—Compen-dium, por F. D. Richards y J. A. Little, págs. 283 a 288. Con­súltese Exo. caps. 25 a 28; 1 R. caps. 6 a 8; Esd. cap. 6; 2 Nefi 5:16; y compárese Jacob 1:17; 2:2-11; Mosíah 1:18; 2:6, 7; Alma 16:13; 23:2; 26:29; Helamán 3:9; 10:8; Doc. y Con. 84:3, 5, 31; 97:10; 124:29 a 51, 55.

APÉNDICE VIII
Notas Relacionadas con el Capítulo 8

  1. El Efecto del Espíritu Santo en el Individuo. “Un ser in­teligente, a imagen de Dios, posee todo órgano, atributo, sentido, simpatía y afecto, de voluntad, sabiduría, amor, poder y don, que Dios mismo posee. Pero el hombre los tiene en su estado rudimental en el sentido subordinado de la palabra. O, en otros términos, estos atributos se hallan en un estado embrionario y se deben desarrollar gradualmente. Son semejantes a un capullo, un germen, que gradualmente se desarrolla en flor, y entonces, progresando, produce fruto maduro según su especie. El don del Espíritu Santo se adapta a todos estos órganos y atributos. Vivifica todas las facultades intelectuales; aumenta, ensancha, amplifica y purifica todas las pasiones y afectos naturales y los adapta mediante el don de sabiduría a su uso legítimo. Inspira, desarrolla, cultiva y madura todas las delicadas simpatías, gozos, gustos, afectos y sentimientos hermanables de nuestra naturaleza. Inspira la virtud, benevolencia, bondad, ternura, mansedumbre y caridad. Desarrolla la belleza de persona, forma y facciones. Impulsa la salud, vigor, ánimo y sentimientos socíales, Desarrolla y vigoriza todas las facultades del hombre físico e intelectual. Fortalece, vigoriza y tonifica los nervios. En una palabra, es como si fuera médula al hueso, gozo al corazón, luz a los ojos, música a los oídos y vida a todo el ser.” —Key to Theology’, por Parley P. Pratt, págs. 96, 97. (4a. ed.)
  2. La Imposición de Manos.Por las Escrituras citadas, clara­mente se ve que la manera usual de conferir el don del Espíritu Santo en parte consistía en la imposición de manos de aquellos que tenían la autoridad (Hechos 8:17; 9:17; 19:2 a 6; Alma 31:36; 3 Nefi 18:36, 37; Doc. y Con. 20:41). La misma forma exterior ha señalado otros actos autorizados, como el de con­ferir el  Sacerdocio y ungir a los enfermos.  Es muy probable que San Pablo se estaba refiriendo a la ordenación de Timoteo, cuando lo exhortó con estas palabras:  “No descuides el don que está en ti, que te es dado por profecía con la imposición de las manos del presbiterio.”   (1 Tim. 4:14)  También:  “Por lo cual te aconsejo que despiertes el don de Dios, que está en ti por la imposición de mis manos.” (2 Tim. 1:6) El Sacerdocio fue primeramente conferido en estos últimos días por la impo­sición de manos de Juan  el  (Doc. y Con.  sec.13) Sabemos que Cristo, al sanar a los enfermos, algunas veces ponía sus manos sobre ellos  (Marcos 6:5);  y dejó con los apóstoles la promesa de que podrían sanar a aquellos sobre quienes autorizadamente impusieran las manos. (Marcos 16:15, 18.)  Se ha repetido la misma promesa en nuestros días.  (Doc. y Con. 42:43, 44)  Sin embargo, a pesar de la importancia que tiene esta señal de autoridad, la imposición dé manos raras veces se practica entre las muchas sectas que profesan el cris­tianismo en la actualidad.
  3. La Obra del Espíritu Santo.—Tan grande error es decir que los medios de que se vale el Espíritu Santo para obrar son la persona del Espíritu Santo, como decir que la luz, el calor y la energía actínica del sol son el sol mismo. La influencia, espíritu o poder del Espíritu Santo es de esclarecimiento y progreso, y se da a los hombres de acuerdo con su mérito y aptitud para recibir; pero el derecho al ministerio especial del tercer miembro de la Trinidad sólo se adquiere mediante el cumplimiento de los requerimientos preliminares del evangelio: fe, arrepentimiento y bautismo. Se usa la palabra “Espíritu” sin distinción en las Escrituras. El Espíritu Santo es un personaje individual, el tercer miembro de la Trinidad; el Santo Espíritu de Dios, en sentido distinto, es la “esencia divina” por medio de la cual la Trinidad obra en la naturaleza y en el hombre.—Véase Jesús el Cristo, 38, nota 7.

4.La Manera de Conferir el Espíritu Santo.—Podrá haber duda  en cuanto a la manera de   confirmar   e   impartir   el Espíritu Santo, particularmente si es más propio decir: Recibe el Espíritu Santo; o Recibe el don del Espíritu Santo. Ya que el compañerismo del Espíritu Santo comprende todas las gracias y dones espirituales hasta donde el individuo los merece y son propios para él, la Iglesia enseña que los élderes que van a confirmar a las personas bautizadas deben usar la forma: Recibe el Espíritu Santo.

La Primera Presidencia de la Iglesia, explicando la recep­ción del Espíritu Santo por los apóstoles de la antigüedad, expidió una declaración instructiva fechada el 5 de febrero de 1916—Véase el Deseret News de esa fecha y el Improye-ment Era de marzo de 1916; un extracto de dicha exposición se halla en Jesús el Cristo, cap. 38, nota 7.


APÉNDICE IX
Notas Relacionadas con el Capítulo 9

  1. La Palabra “Sacramento” tiene uso general así como de­terminado.  Por  derivación  significa  una cosa  sagrada o un rito santo, y con este sentido lo aplican varias sectas a diversas ceremonias de sus iglesias. Así es que los Protestantes hablan de dos  sacramentos:  el  bautismo y  la cena del   Señor.   Los Católicos romanos y griegos reconocen siete, los dos que acaba­mos de mencionar, y también la confirmación, matrimonio, orden sacerdotal, penitencia y  extremaunción. Se dice que  algunas secciones  de la  iglesia griega han  excluido  dos  de  los  siete sacramentos, la confirmación y la extremaunción. Sin embargo, la palabra indica expresamente la cena del Señor.  Eucaristía y Santa Comunión son términos sinónimos que se usan en cier­tas iglesias al referirse a la cena del Señor. De la costumbre de considerar la ceremonia de la comunión, es decir, de participar del sacramento como evidencia de que se es miembro de una iglesia, y de la regla que quita este privilegio a aquellos que son juzgados indignos de pertenecer a la cofradía, viene la palabra excomulgar que se aplica a los que son privados de confrater­nidad en  la iglesia, y  significa   literalmente suprimir de la comunión.
  2. La Cena del Señor. Como ya se dijo, este nombre   del sacramento se halla una sola vez en la Biblia.  San  Pablo  se refiere a la “Cena del Señor” en su primera  Epístola  a  los Corintios. Con toda probabilidad se usó este nombre porque el rito se efectuó por primera vez durante la cena. Sin embargo, entre los judíos, deipnon o la comida de la noche era la pi’incipal del  día,  y  realmente  correspondería  a  nuestra  comida  de  la tarde.
  3. La Pascua y el Sacramento. La Fiesta de la Pascua era la principal de las ceremonias anuales de los judíos, y le viene ese nombre de las circunstancias de su origen. Al extender su mano oara librar a Israel de la esclavitud de Egipto, el Señor efectuó muchos milagros y maravillas en presencia de Faraón y su cosa idólatra; y en la última de las diez plagas que azotaron a los egipcios, el primogénito de toda familia fue herido de muerte durante una sola noche. Según previo mandamiento, los israelitas habían marcado los postes y dinteles de sus puer­tas, untándolos con un manojo de hisopo que habían mojado en la sangre de un cordero, inmolado para la ocasión. La muerte pasó de todas las casas que estaban señaladas de esa manera (Exo. 12:12, 13) ; mientras que en todas las casas de los egip­cios asestó su golpe fatal. De ahí el nombre de Pascua que viene de pascha, que quiere decir pasar. Comieron la carne del cordero pascual de prisa y preparados para salir. Para con­memorar su rescate de la esclavitud, el Señor mandó a los israelitas celebrar anualmente este acontecimiento, y la ocasión era conocida como la fiesta de la Pascua o la fiesta de los ázimos, llamada así porque el Señor había mandado que mien­tras durara la observancia de la fiesta no debería haber leva­dura en las casas de los israelitas (Exo. 12:15) ; y se aprove­chaba la ocasión para explicar a los hijos las misericordias de Dios para con sus antepasados. (Exo. 12:26, 27.) Pero aparte de su propósito conmemorativo, la Pascua llegó a ser para el pueblo un tipo del sacrificio sobre el Calvario. El apóstol Pablo dice: “Nuestra pascua, que es Cristo, fue sacrificada por nos­otros.'” (1 Cor. 5:7.) Como era un tipo de la futura muerte expiatoria de Cristo, la Pascua perdió parte de su significado con la crucifixión y fue reemplazada por el sacramento. No hay, quizá, relación más íntima entre las dos cosas que esto. Cierta­mente no se propuso que el sacramento reemplazara por com­pleto a la Pascua, porque ésta iba a quedar establecida por memorial perpetuo: “Y este día os ha de ser en memoria, y habéis de celebrarlo como solemne a Jehová durante vuestras generaciones: por estatuto perpetuo lo celebraréis.” (Exo. 12:14.)

4.Errores Respecto del Sacramento.  Durante los primerossiglos  de  la  era  cristiana  se multiplicaron  rápidamente  los onceptos   erróneos   tocantes al sacramento,  su  significado   y anera  de  administrarse. En  cuanto se perdió el poder del Sacerdocio, surgieron muchas disputas sobre las ordenanzas y se pervirtió la observancia del sacramento. Los maestros teo­lógicos trataron de propagar la idea de que aquel rito, natural­mente sencillo e impresionante en extremo, debía ir acompañado de mucho misterio; que todos aquellos que no gozaban de la com­pleta confraternidad de la Iglesia deberían ser excluidos, no sólo de participar de la ordenanza, que estaba justificado, sino también del privilegio de presenciar el servicio para que no fueran a profanar el rito místico con su presencia impía. En­tonces nació la herejía de la transubstanciación, la cual en­seña que los emblemas sacramentales pierden su carácter natural de simple pan y vino por la ceremonia de la consagra­ción, y se convierten en real carne y sangre, verdaderas partes del cuerpo crucificado de Cristo. No se hace necesario presentar argumentos contra estos dogmas. Luego siguió la veneración de los emblemas por parte de la gente: el pan y el vino, considera­dos como parte del cuerpo de Cristo, se elevan durante la misa para que reciban la adoración del pueblo; más tarde se intro­dujo la costumbre de suprimir la mitad del sacramento. De con­formidad con esta innovación, solamente se administraba el pan con la aserción dogmática de que tanto el cuerpo como la sangre se hallan representados de cierto modo místico en uno de los “elementos”. Cierto es que Cristo mandó a sus discípulos que comieran y bebieran, en memoria de él. Véase The Great Ápostasy, págs. 119, 128.


APÉNDICE X
Notas Relacionadas con el Capítulo 10

  1. Autoridad Dada de Dios.—“La evidencia más comprensiva de que José Smith recibió la autoridad y poder del Santo Sacer­docio se halla en el hecho de que de nuevo se están efectuando sobre la tierra, mediante su administración, las obras de Juan el Bautista y de Jesús y sus apóstoles. A fin de poder recibir los poderes de este Sacerdocio, se precisa que los hombres obedezcan las leyes y ordenanzas del evangelio. El Señor ha aparecido personalmente a algunos hombres y ha hecho convenio con ellos como lo hizo con Abrahán. (Véase Gen. 12:1-3; 13:14-17) El Señor también llamó y autorizó personalmente a sus doce após­toles judíos. Tan completa fue su autorización para obrar por él y actuar en su nombre, que les dijo: ‘El que os recibe a vos­otros, a mí recibe; y el que a mí recibe, recibe al que me envió.’ (Mateo 10:40) El hombre recibe el Sacerdocio, generalmente de los profetas y apóstoles de Cristo. Muchos lo recibieron de los apóstoles de la primera dispensación del evangelio. Aquellos a quienes se ha dado en esta dispensación de los últimos días, lo han recibido de José Smith y Oliverio Cówdery; y de esta manera lo han recibido de Dios el Padre y de su Hijo Jesucristo por un conducto legítimo. Los que han recibido este Sacerdocio han hecho convenio con Dios el Padre, y él con ellos. Esto aparentemente es lo que expresa el versículo que hemos citado de San Mateo. La doctrina queda más ampliamente ilustrada en este pasaje: ‘Todos los que reciben este sacerdocio, a mí me reciben, dice el Señor; porque él que recibe a mis siervos, me recibe a mí; y el que me recibe a mí recibe a mi Padre; y el que recibe a mi Padre, recibe el reino de mi Padre; por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado. Y esto va de acuerdo con el juramento y el convenio que corresponden a este sacer­docio’ (D. y C. 84:35-39).”—Compendium, por F. D. Richards y J. A. Little, págs. 66, 67.
  2. Preordinación y Precognición.—El hermano J. M. Sjodahl de la Oficina del  Historiador  de  la   Iglesia  ha  expresado  la siguiente opinión al autor: “Me parece que la doctrina de pre­ordinación o  elección, como también es llamada, se halla en las Escrituras con el fin de demostrarnos que Dios obra inde­pendientemente de  los  consejos humanos  para  llevar  a  cabo sus propósitos y realizar sus planes para el beneficio de todos. Nos da a entender que el éxito del reino de Cristo está comple­tamente asegurado, no  obstante la incredulidad y enemistad efectiva de todos los adversarios. En la preordinación se toma en consideración el   arrepentimiento,  fe y obediencia de los hombres, y aunque la incredulidad y la  desobediencia  podrán retardar el divino plan, no pueden frustrarlo.   Dios es supremo en su reino; ésa es la gran verdad que se enseña como la doc­trina de preordinación.

“Es difícil explicar la verdadera relación que existe entre precognición y preordinación. Dios predice por boca de sus profetas, por ejemplo, la división del reino de Salomón, la cautividad de Israel y aun el lugar mismo del destierro. La razón humana naturalmente llegará a la conclusión de que si Dios ve que aquellas cosas van a suceder, eso tendrá que acon­tecer a pesar de lo que el hombre haga. Mas la historia muestra que fue a consecuencia de los pecados de los reyes y el pueblo, y que el Señor los amonestó incesantemente contra dichos peca­dos, como si estuviese muy deseoso de evitar el cumplimiento de las predicciones. La desobediencia misma de las amonesta­ciones fue justificación inmediata del castigo predicho. ¿Pudo el pueblo haberse arrepentido y evitado las calamidades predichas y previstas? Si es así, ¿como pudieron preverse, sino condicionalmente? Tal vez la narración de Jonás y Nínive ofrece la única respuesta satisfactoria a esta pregunta, mostran­do que el arrepentimiento impide el desastre aun cuando éste ha sido anunciado.”

  1. Creaciones Espirituales.El estado preexistente  no es característica   particular   de   las   almas   humanas   solamente; todas las cosas de la tierra tienen un ser espiritual, del que la estructura temporal no es sino la imagen. Leemos acerca de la creación de “toda planta del campo antes que fuese en la tierra, y toda hierba del campo antes que naciese”.  (Gen. 2:5.) En otra revelación dada a Moisés se explica esto con mayor claridad: “He aquí, te digo que éstos son los orígenes del cielo y de la tierra, cuando fueron creados, el día que yo, Dios el Señor, hice el cielo y la tierra, y toda planta del campo antes que se hallase sobre la tierra, y toda hierba del campo antes que creciese. Porque yo, Dios el Señor, crié espiritual-mente todas las cosas de que he hablado antes que existiesen físicamente sobre la faz de la tierra. … Y yo, Dios el Señor, había creado a todos los hijos de los hombres; y no había hombre todavía para que labrase la tierra, porque los había creado en el cielo; y aún no había carne sobre la tierra, ni en el agua, ni en el aire; Mas yo, Dios el Señor, hablé, y subió un vapor de la tierra que regó toda la faz de ella. Y yo, Dios el Señor, formé al hombre del polvo de la tierra y soplé en sus narices el aliento de vida; y el hombre fué alma viviente, la primera carne sobre la tierra, también el primer hombre; sin embargo, todas las cosas fueron creadas previamente; pero fueron creadas espiritualmente y se hicieron conforme a mi palabra.”   (P. de G. P., Moisés 3:4-7)

APÉNDICE XI
Notas Relacionadas con el Capítulo 11

  1. Degeneró la Adoración como Resultado de la Apostasía.— Razonablemente se puede deducir de los anales de la historia que al paso que el Sacerdocio desaparecía de la tierra, después del período apostólico, se iban pervirtiendo las formas de adora­ción, mientras se insinuaban muchas influencias y prácticas paganas. Mosheim, renombrado como autoridad en materia de historia eclesiástica, dice lo siguiente respecto a las innovaciones paganas durante el cuarto siglo: “Creyendo que los pueblos estarían mejor dispuestos a abrazar el cristianismo si veían que los ritos recibidos de sus padres aún existían sin cambiar entre los cristianos, y percibían que Cristo y los mártires eran adorados de la misma manera que en otro tiempo sus dioses lo fueron, los obispos cristianos introdujeron en el culto cristiano, con leves modificaciones, aquellos ritos e instituciones mediante las cuales los griegos y romanos y otras naciones habían mani­festado anteriormente su piedad y reverencia hacia sus divini­dades imaginarias. Por supuesto, en esos días poca diferencia existía entre la adoración pública de los cristianos y la de los griegos y romanos. Ambos usaban espléndidas vestiduras, mitras, tiaras, cirios, báculos, procesiones, ilustraciones, imá­genes, vasos de oro y plata y un sin fin de otras cosas.”

Aludiendo a la forma del culto cristiano en el quinto siglo, el mismo autor dice: “Por todas partes la adoración pública adoptó una forma que era más bien para ostentar y gratificar la vista. Se agregaron varios adornos a la ropa sacerdotal, a fin de aumentar la veneración del pueblo hacia la orden de los clérigos. . . . En algunos lugares se determinó que se cantaran alabanzas a Dios día y noche perpetuamente, reemplazándose los cantores unos a otros sin interrupción: como si el Ser Supremo se complaciera con el clamor, el ruido y las adulaciones de los hombres. La suntuosidad de los templos no tuvo límites. En ellos se colocaron espléndidas imágenes. … La imagen de la Virgen María con su niño en los brazos ocupaba el lugar más prominente.”

  1. Temprano Principió La Apostasía.- Orson Pratt,  uno  de los apóstoles del Señor en la época actual, ha escrito lo siguien­te sobre la temprana desviación de las prácticas autorizadas de la iglesia: “La gran apostasía de la Iglesia Cristiana comen­zó en el primer siglo, mientras había todavía entre ellos após­toles y profetas inspirados; por lo que, poco antes de su mar­tirio, San Pablo habla de algunos que ‘hicieron naufragio en la fe’ y ‘se apartaron a vanas pláticas’, ‘diciendo que la resu­rrección es ya hecha’, prestando atención ‘a fábulas y genea­logías sin término’, despertando ‘cuestiones y contenciones de palabras, de las cuales nacen envidias, pleitos, maledicencias, malas  sospechas,  porfías  de hombres corruptos  de  mente  y privados  de la verdad, que tenían la piedad  por granjeria’. Tanto se  había  generalizado  esta   apostasía,  que   el   apóstol declara a Timoteo que le habían ‘sido contrarios todos los que son en Asia’; y dice además: ‘En mi primera defensa ninguno me ayudó, antes me desampararon todos’. En otro lugar dice: ‘Hay aún muchos  contumaces, habladores  de vanidades  y en­gañadores de las almas’, ‘enseñando lo que no conviene, por torpe ganancia.’ Estos apóstatas indudablemente pretendían ser muy justos, pues dice el apóstol: ‘Profésanse conocer a Dios; mas con los hechos lo niegan, siendo abominables y rebeldes, reprobados para toda buena obra’.”
  2. La Regla del Sacerdocio.Por los muchos pasajes de las Escrituras, de los cuales citamos uno a continuación, claro es que el poder del Sacerdocio se ha de ejercer con un espíritu de pacien­cia y amor, no oponiéndose al libre albedrío  individual:   “He aquí,  muchos  son  los  llamados,  pero pocos  los    ¿Y por qué no son escogidos? Porque tienen sus corazones de tal manera fijos en las cosas de este mundo, y aspiran tanto a los honores  de los hombres  que no aprenden  esta  lección  única: Que los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y que éstos na pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de justicia. Cierto es que se nos confieren; pero cuando tratamos de cubrir nuestros pecados, o de gratificar nuestro orgullo, nuestra vana ambición o de ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de injusticia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, ¡se acabó el sacerdocio o autoridad de aquel hombre; He aquí antes que se dé cuenta, queda solo para dar coces contra el aguijón, para perseguir a los santos y para combatir contra Dios, Hemos aprendido por tristes experiencias que la naturaleza y disposición de casi todos los hombres, al obtener, como ellos suponen, un poquito de autoridad, es empe­zar desde luego a ejercer injusto dominio. Por tanto, muchos son llamados, pero pocos son escogidos. Ningún poder o in­fluencia se puede ni se debe mantener, en virtud del sacerdocio, sino por persuasión, longanimidad, benignidad y mansedumbre, y por amor sincero; por bondad y conocimiento puro, lo que ennoblecerá grandemente el alma sin hipocresía y sin malicia: reprendiendo a veces con severidad cuando lo induzca el Espí­ritu Santo, y entonces demostrando amor crecido hacia aquel que has reprendido, no sea que te estime como su enemigo; y para que sepa que tu fidelidad es más fuerte que el vínculo de la muerte, Deja que tus extrañas se hinchan de caridad hacia todos los hombres y hacia la casa de fe, y que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios, y la doctrina del sacer­docio destilará sobre tu alma como rocío del cielo. El Espíritu Santo será tu compañero constante; tu cetro será un cetro in­mutable de justicia y de verdad; tu dominio, un dominio eterno, y sin ser obligado correrá hacia ti para siempre jamás.” (D. y C. 121:34-46)

APÉNDICE XII
Notas Relacionadas con. el Capítulo 12

  1. Un Milagro Aparente.—Se dice que el Sr. Werner Siemens, un renombrado científico alemán, visitó la gran pirámide de Gizeh, y acompañado de dos guías árabes, ascendió a la cúspide. Observó que las condiciones de la atmósfera favorecían las manifestaciones eléctricas. Fijó un botón grande de bronce a una calabaza vinatera vacía que uno de los árabes tenía en las manos. Entonces, colocando el nudillo a corta distancia del botón, hizo que brotara una serie de chispas brillantes acom­pañadas, por supuesto, del ruido que caracteriza las descargas eléctricas. Los guías observaron esta exhibición de poderes sobrenaturales con un asombro y terror que llegó a su punto culminante cuando su amó alzó su bastón arriba de la cabeza, y el bordón fué coronado por un hermoso fuego de San Telmo. El espectáculo fue más de lo que pudieron soportar los supers­ticiosos beduinos; temblaron ante aquel mago que podía jugar con los relámpagos y el fuego, y llevaba dentro del bolsillo truenos en miniatura. Descendieron por la escalinata con peli­grosa precipitación y no tardaron en perderse de vista en el desierto.
  2. La Palabra “Profeta” es la traducción de un número de términos antiguos, siendo el más común nabhi, palabra hebrea que significa “brotar como fuente”. Otra de las palabras originales es rheo, de origen griego, que significa “emanar”, y por derivación, “hablar”, “proferir”, “declarar”. Un profeta, pues, es uno de quien emanan las palabras de una autoridad mayor. Aarón es llamado profeta o boca de Moisés (Exo. 7:1) ; pero en el sentido general, un profeta es el representante de Dios. Con el llamamiento de profeta se relaciona íntimamente el de vidente; en verdad, en los días anteriores a los de Samuel, el portavoz de Dios era comúnmente designado vidente: “Porque el que ahora se llama profeta, antiguamente era llamado vi­dente”. (I Samuel 9:9) Permitíase al vidente ver las visiones de Dios, y al profeta declarar las verdades así reveladas; los dos llamamientos generalmente caían sobre la misma persona. Con el profeta y vidente el Señor usualmente se comunicaba en visiones o sueños; pero existían excepciones a esta regla, como en el caso de Moisés, quien fue tan fiel en todas las cosas que el Señor se comunicaba con él cara a cara. (Núm. 12:6-8)
  3. Organízanse los Profetas.El oficio de profeta existió en­tre los hombres en las épocas más remotas de la historia. Adán fue profeta (Doc. y Con. 107:53 a 56); como también lo fueron Enoc (Judas 14; P. de G. P., Moisés 6:26), Noé  (Gen. caps. 6 y 7; P. de G. P., Moisés 8:19; 2 Pedro 2:5), Abrahán  (Gen. 20:7), Moisés   (Dt. 34:10)   y multitud de otros que ejercieron su ministerio en épocas intermedias y subsiguientes. Samuel, a quien todo Israel tenía por profeta de Jehová (I Sam. 3:19, 20) organizó  entre  los profetas  una  sociedad  común  de  instruc­ción y edificación.   Estableció escuelas para los profetas, donde los hombres recibían instrucción sobre asuntos que pertenecían a los santos oficios. Los estudiantes eran generalmente conoci­dos como los “hijos de los profetas.”  (I R. 20:35; II R. 2:3, 5, 7; 4:1, 38; 9:1.) Se establecieron escuelas como éstas en Rama o Rámata (I Sam. 19:19), Betel (II R. 2:3), Jericó (II R. 2:5) y Gilgal o Gálgala   (II R. 4:38). Parece que los miembros de estas escuelas vivían juntos. (II 6:1 a 4) En la dispensación actual  se  efectuó  una  organización  similar  bajo  la  dirección del profeta José Smith, a la cual también se dio el nombre de la Escuela de los Profetas.
  4. La Decadencia de los Dones Espirituales en los Días An­teriores es cosa que admiten muchos que son autoridades en asuntos de historia eclesiástica y  doctrina cristiana.   Como ejemplo de estos testimonios respecto de la pérdida de los dones espirituales en la iglesia apóstata, se pueden citar las siguientes palabras de Juan Wésley: “No parece que estos dones extra­ordinarios del Espíritu Santo existieron comúnmente en la iglesia más de dos o tres siglos. Raras veces los oímos mentar después de aquella época fatal cuando el emperador Constan­tino se hizo llamar cristiano y con la vana suposición de que podría adelantar la causa de los cristianos con ello, colmó de riquezas y poder a los cristianos en general, pero particular­mente al clero cristiano. Desde esos días cesaron casi total­mente y en muy pocos casos ocurrieron. La causa no fue, como se supone, que por haberse convertido todo el mundo al cristianis­mo, ya no se necesitaban. Este es un error lamentable; ni la vigésima parte de sus habitantes eran cristianos; ni siquiera de nombre. El motivo verdadero fué que el amor de muchos, de casi todos los así llamados cristianos, se resfrió. Los cristianos no tenían más del Espíritu de Cristo que los demás paganos. Cuando el Hijo del Hombre vino para examinar su Iglesia, difícilmente halló la fe sobre la tierra. Esta fué la causa ver­dadera por la que los dones extraordinarios del Espíritu Santo dejaron de existir en la iglesia cristiana: porque los cristianos se habían tornado otra vez paganos y no les quedaba más que una forma muerta.” Wesley’s Works, tomo 7, 89:26, 27.
  5. Opiniones Sectarias Concernientes a la Continuación o Decadencia de los Dones Espirituales.—“Los escritores protes­tantes insisten en que la edad de los milagros terminó en el cuarto o quinto siglo, y que no se debe esperar hallar los dones extraordinarios del Espíritu Santo después de esa fecha. Por otro lado, los escritores católicos insisten en que el poder para realizar milagros siempre ha continuado en la iglesia; sin embargo, las manifestaciones espirituales que nos describen después del cuarto o quinto siglo huelen a invenciones, por parte de los sacerdotes, y credulidad infantil, por parte del pueblo; o bien, lo que se afirma como milagros dista mucho del poder y dignidad de aquellas manifestaciones espirituales que la Iglesia primitiva solía presenciar. Las virtudes y prodigios atribuidos a los huesos y otras reliquias de los mártires y santos son pueriles si se comparan con las curaciones efectuadas por la unción de aceite y la imposición de manos; con el don de hablar en lenguas, interpretaciones, profecías, revelaciones y echar fuera demonios en el nombre de Jesucristo, sin men­cionar los dones de fe, sabiduría, conocimiento, discernimiento de espíritus, etc., tan comunes en la Iglesia en los días de los apóstoles. (I Co. 12:8 a 10.) Ni tampoco hay cosa alguna en las Escrituras o la razón que haga a uno creer que iban a cesar. Con. todo, los cristianos modernos se valen del argumento —para explicar la ausencia de estos poderes espirituales entre ellos — de que los dones extraordinarios del Espíritu Santo tenían por objeto acompañar la proclamación del evangslis durante los primeros siglos, hasta que la Iglesia pudiese con­tinuar sin ellos, y entonces iban a ser quitados. Basta decir sobre esto que no es sino una mera suposición y que carece del apoyo de las Escrituras y de la razón; y muestra que los hom­bres tanto habían cambiado la religión de Jesucristo que ya no era sino una apariencia de piedad sin eficacia.” Outlines of Ecclesiastical History, por B. H. Roberts, parte II, sec. 5:6 a 8.
  6. Los Milagros Ayudan el Desarrollo Espiritual.—El apóstol Orsor. Pratí, refiriéndose a las palabras de San Pablo concer­nientes a la terminación de ciertos dones espirituales (I Cor. cap. 13), escribe en parte: “La Iglesia, en su estado militante e imperfecto, comparada con su estado triunfante, inmortal y perfecto, se representa (en el versículo 11) por los dos estados completamente distintos de niñez y virilidad. ‘Cuando yo era niño—dice S. Pablo—hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre hecho, dejé lo que era de niño.’ En los varios pasos de la educación, de la niñez a la virilidad, se emplean ciertas reglas indispensables, diagramas e instrumentos científicos para el uso y beneficio del discípulo, a fin de que gane un conocimiento correcto de las ciencias y se perfeccione en sus estudios. Una vez que el estudiante ha adquirido los principios y se ha perfeccionado en todas las fases de su educación, puede entonces prescindir de muchos de sus mapas, dibujos, globos, libros, diagramas, etc., por ser como cosas de niño, ya innecesarias; fueron útiles antes que se perfeccionase su educación, impartiéndole el conocimiento deseado; pero habiendo logrado su objeto, él ya no las necesita Así sucede en la Iglesia, con relación a los dones espirituales. Mientras se halla en este estado de existencia, es representada como un niño, y la profecía, revela­ciones, lenguas y otros dones espirituales son los instrumentos educativos. Tan imposible es que el niño o la Iglesia sea per­feccionada en su educación, sin la ayuda de estos dones como instrumentos, como le sería al químico en sus investigaciones, si quedase privado de los aparatos necesarios para sus experimentos, Así como el químico necesita su laboratorio para ex­perimentar, mientras haya verdades ocultas concernientes a los elementos y composiciones de nuestro globo, en igual manera necesita la Iglesia el gran laboratorio de conocimiento espiritual, a saber, revelación y profecía, mientras conozca solamente en parte …. Así como el ser humano, cuando es niño, habla como niño, entiende como niño y piensa como niño, igualmente la Iglesia en este estado sólo conoce en parte; pero como el niño, cuando ya es hombre, deja las cosas de niño, así también dejará la Iglesia las cosas infantiles como ‘profetizar en parte’, ‘conocer en parte’ y ‘ver en parte’, cuando  llegue  a  ser,  con la ayuda  de estas  cosas,  el  varón perfecto en Cristo Jesús. Lo que es en parte será quitado o fundido con la mayor plenitud de conocimiento que allá impera.” —Divine Authenticity of the Book of Mormón, 1:15.

Pero ninguno de estos dones será quitado mientras haya ocasión para ejercitarlo. El apóstol Orson Pratt, cuyas pala­bras ya hemos citado, así lo afirmó, según se puede juzgar por sus siguientes declaraciones: “La aflicción de demonios, la confusión de lenguas, venenos mortíferos y enfermedades son maldiciones que han venido al mundo por causa del hombre. Para contrarrestar estas maldiciones, se imparten las bendi­ciones del evangelio. Por consiguiente, mientras existan estas maldiciones harán falta las señales prometidas (Marcos 16: 16-18; D. y C. 84:65-72) para contrarrestar sus impías conse­cuencias. Si Jesús no hubiese dispuesto que las bendiciones fueran tan extensas e ilimitadas en cuestión de tiempo como las maldiciones, habría dicho algo sobre el particular en sus palabras. Pero cuando promete umversalmente ciertos poderes a fin de habilitar a todo creyente a vencer ciertas maldiciones que son impuestas sobre el hombre por causa de la iniquidad, sería señal de la más completa falta de fe no creer que las bendiciones prometidas son necesarias mientras abunden las maldiciones entre los hombres.”

  1. Manifestaciones Modernas.—-Las publicaciones oficiales e incidentes de la Iglesia contienen muchísimos casos de mani­festaciones milagrosas durante la dispensación actual. Se halla un número de relaciones auténticas con muchos ejemplos en Divine Authenticity of the Book of Mormón, por Orson Pratt, capítulo 5, y A New Witness for God, de B. H. Eoberts, cap. 18.

Para un breve tratado sobre “La Posición de la Ciencia hacia los Milagros,” véase Jesús el Cristo, nota 7 al fin del capítulo 11.


APÉNDICE XIII
Notas Relacionadas con el Capítulo 13

  1. Juan Crisóstomo, uno de los “padres cristianos” griegos, vivió a fines del cuarto siglo. Era patriarca de Constantinopla, pero fue depuesto y desterrado unos años antes de su muerte que ocurrió en 407. Su aplicación de la palabra biblia al canon de las Escrituras es una de las primeras que hasta la fecha se ha encontrado. Eogó a su pueblo, con estas palabras, que aprove­charan las riquezas de las obras inspiradas: “Oíd, todos los que aún pertenecéis a la vida seglar, os exhorto a comprar la biblia, la medicina del alma,” Refiriéndose a los judíos cristianos, dice: “Ellos tienen la biblia- pero nosotros tenemos el tesoro de la biblia; ellos tienen las letras, nosotros las letras y el entendi­miento.”

En cuanto  a  errores  de  traducción  o  equívocos  por  otras causas, Bengel, un teólogo alemán luterano que murió en 1752, escribió: “Comed el pan de las Escrituras con sencillez, tal como lo tenéis; y no os perturbéis si aquí y allí halláis un grano de arena que el molino haya dejado escapar. Si las Santas Escrituras, tantas veces copiadas, se encontraran absoluta­mente sin variaciones, sería un milagro tan grande que la fe en ellas dejaría de ser fe.”

  1. La Copia Samaritana del Pentateuco.—En su valiosa serie de conferencias sobre sujetos bíblicos, el hermano David  Mc-Ivenzie presentó lo  siguiente, con alusión a los  escritos   de Horne: Novecientos setenta  años  antes  de Cristo, la nación de Israel se dividió en dos reinos. Ambas divisiones retuvieron el mismo libro de la ley. La rivalidad entre unos, y otros evitó que alteraran la ley o añadieran a ella. Después que Israel fue llevado a Asiría, otras  naciones  ocuparon a Samaría. Estas recibieron el Pentateuco.  (II Reyes 17:26-28)  En vista de que hablaban  hebreo  o fenicio,  mientras  que  la  copia judía del Pentateuco había sido cambiada al caldeo, se facilitaron, por tanto, las corrupciones o alteraciones, y sin embargo, los textos permanecen casi idénticos.
  2. Versiones de la Biblia o Partes de Ella.—La Versión de los Setenta: “Se han expresado varias opiniones para explicar el nombre de la Versión de los Setenta. Unos dicen que Ptolomeo Filadeifo, solicitó de Eleazar, el sumo sacerdote, una copia de las escrituras  hebreas   y  seis   eruditos   judíos   de   cada   tribu (setenta y dos por todos)  que fuesen competentes para tradu­cirla al griego. Encerraron a estos hombres en la Isla de Paros, y en setenta y dos días completaron su tarea. Conforme iban dictando, Demetrio  Falerio, bibliotecario del rey, copiaba.  Sin embargo, actualmente se tiene esto por fábula. Otros dicen que estos mismos intérpretes, después de haber sido encerrados en cuartos separados, escribieron cada cual una traducción; y tan extraordinariamente  coincidieron todos en su expresión,  así como en sentido, que se tomó esto por evidencia de haber tenido la inspiración del Espíritu Santo.  También se ha descartado esta opinión como  demasiadamente extravagante. Es muy posible que se ocuparon setenta y dos escritores en la traduc­ción; pero lo más probable es que recibió su nombre de Versión de los Setenta por haber recibido la aprobación del Sanedrín Judío que se componía de setenta y dos personas. Algunos afir­man que se efectuó en diferentes épocas; y Horne dice que la versión   probablemente fue hecha  durante los reinados de Ptolomeo Lago y su hijo Filadeifo, unos 285 o 286 años antes de Cristo.”

La Vulgata; “Existió una versión muy antigua de la Biblia, traducida de la Versión de los Setenta al latín; pero no se sabe ni por quién ni cuándo fue hecha.   Se usaba generalmente en los días de Jerónimo y era conocida como la Versión Itálica. Hacia fines del siglo cuatro, Jerónimo dio principio a una nueva traducción latina del texto hebreo, la cual gradualmente com­pletó. Por fin ganó la aprobación del papa Gregorio I y se ha usado desde el siglo siete. La Vulgata actual, declarada autén­tica por el Concilio de Tiento en el siglo xvi, es la antigua Versión Itálica revisada y mejorada por las correcciones de Jerónimo y otros; es la única reconocida por la Iglesia de Roma.”—Analysis of Scripture History, por Pinnock, págs. S, 5 (6a edición)

  1. Los Libros Proféticos del Antiguo Testamento no están en orden cronológico pues se colocaron al principio los libros de mayor volumen. Arreglados cronológicamente,   probablemente se hallarían en este orden: Jonás, Joel, Amos, Oseas, Isaías, Miqueas, Nahum,  Sofonías—todos  estos profetizaron  antes  de la expulsión babilónica; luego siguen:     Jeremías,   Habacuc, Ezequiel y Daniel, quienes escribieron  durante la cautividad; entonces: Haggeo, Zacarías y Malaquías, después que volvieron los judíos del cautiverio.
  2. Copias Manuscritas del Nuevo Testamento.—Se consideran como auténticos  tres  manuscritos  del   Nuevo   Testamento  que actualmente existen.  Son conocidos   éstos   como el Vaticano (actualmente en Roma), el Alejandrino (que se encuentra en Londres) y el Sinaítico (recientemente comprado por el gobierno británico).  Se considera que este último  es la  copia más   antigua  del Nuevo Testamento   en     Fue   des­cubierto en 1859 en los  archivos  de  un  monasterio sobre  el monte Sinaí, y de allí le viene el nombre. Lo descubrió Tischen-dorf,  y  se  hallaba en  la  biblioteca imperial de San  Peters-burgo, hoy Leningrado, Rusia.
  3. Sobre la Autenticidad de Ciertas Partes del Nuevo Testa­mento.—Como respuesta a las objeciones  que  han  presentado algunos críticos tocante al carácter genuino o la autenticidad de ciertos libros del Nuevo  Testamento,  se pueden  considerar los siguientes testimonios.   Los puntos  que aquí  se presentan son los que cotejó y usó el hermano David McKenzie en sus dis­cursos sobre la Biblia.
  4. Los Cuatro Evangelios.—1. San Mateo. Papias, obispo de Hierápolis, oyó la voz de San Juan el Apóstol. Con relación al Evangelio de San Mateo, Ensebio le atribuye estas palabras: “Mateo arregló los oráculos en la lengua hebrea, y cada uno los interpretaba lo mejor que podía.”—(Ecclesiastical History, por Eusebio, 3:39)
  5. San Mareos. Acerca de él, Papias también dice: “Marcos, habiendo llegado a ser el intérprete de Pedro, escribió con exac­titud todo lo que recordaba, sin poner en orden, sin embargo, lo que Cristo había dicho o hecho. Porque ni escuchó al Señor ni lo, siguió, sino que más tarde acompaño a Pedro, quien adaptó sus instrucciones a las necesidades de sus oyentes; mas nin­guna intención tenía de dar una relación consecutiva de los oráculos (o discursos) del Señor.”—Traducciones del obispo Liglitfoot, en Contemporary Review, de agosto de 1875.)
  6. San Lucas. La evidencia interna muestra que el Evangelio según San Lucas y los Hechos de los Apóstoles fueron obra del mismo autor. San Pablo menciona que Lucas era médico; y el doctor Hobart publicó en Londres en 1882 un tratado sobre The Medical Language of St. Luke (Terminología Médica de San Lucas), donde señala el uso frecuente de términos médicos en los escritos de Lucas, que abundan en todo el tercer evan­gelio y los Hechos de los Apóstoles. Hasta M. Renán admite cosa igual. Este dice: “Un punto indiscutible es que los Hechos son obra del mismo autor del tercer evangelio y son la con­tinuación de dicho evangelio. No hay necesidad de comprobar esta proposición que nunca se ha impugnado seriamente. Los prefacios que se encuentran al principio de cada obra, la dedi­catoria de una y otra a Teófilo, la semejanza perfecta de estilo e ideas son abundantes comprobaciones de este punto.” “Una segunda proposición es que el autor de los Hechos fue discípulo de Pablo, y lo acompañó durante gran parte de sus viajes.”—(The Apostles, por M. Renán; véase el prefacio)
  7. San Juan. Ireneo, obispo de Lyón más o menos en el año 177 de nuestra era, y discípulo de Policarpo, quien fué martiri­zado en 155 o 156, evoca en una carta escrita a un condiscípulo lo que había oído de Policarpo sobre su conversación con San Juan y otros que habían visto al Señor; y también acerca del Señor, sus milagros y enseñanzas. Relataba todas aquellas cosas totalmente de acuerdo con las Escrituras. (Ecclesiastical His-tory por Eusebio, 5:20). A juzgar por el texto, es evidente que Ireneo, al hablar de “las Escrituras,” se estaba refiriendo a los cuatro evangelistas, Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Además no sólo afirma que “únicamente son cuatro los evangelios que han venido desde el principio, sino que según la naturaleza de las cosas no puede haber más ni menos de cuatro. Hay cuatro regiones en el mundo y cuatro son los vientos principales; y la Iglesia, por tanto, ya que están destinados ella y el mundo a ser confinantes, debe estar apoyada por cuatro evangelios como cuatro pilares.” (Cantemporary Review de agosto de 1876, pág. 413) [Esta analogía forzada de Ireneo acerca de los cuatro evangelios y los cuatro vientos, etc., por supuesto carece de fundamento, y su uso parece absurdo; sin embargo, el hecho de que él lo nota es evidencia de que en sus días eran aceptados los cuatro evangelios.—J.E.T.]

(2) Las Epístolas de San Pablo.—Los siguientes extractos del testimonio de los críticos de Tübingen sobre cuatro de las epístolas de San Pablo son instructivos:

De Wette dice en la introducción a su obra Books of the New Testament- (Libros del Nuevo Testamento): “Las cartas de Pablo muestran señas de su potente genio. Las más importantes resisten toda contradicción en cuanto a su autenticidad; for­man el núcleo sólido del libro del Nuevo Testamento.

Baur dice en su Apostle Paul (1:8) : “No sólo no ha surgido jamás sospecha alguna sobre la autenticidad de estas epístolas, sino que llevan tan incuestionablemente el sello de la originali­dad de Pablo que uno no puede comprender por qué motivo los críticos pudieron impugnarlas.”

Weizaeker escribe: “Las cartas a ios Gálatas y a los Corintios son indudablemente obra del apóstol; y por su mano incues­tionablemente se escribió también la epístola a los Romanos.” (Apostolisches Zeitalter, 1866, pág. 190)

En la obra Einleitein’s New Testament, pág. 224, Holtzmann dice: “Estas cuatro epístolas son los libros de Pablo universal-mente aceptados. Podemos comprender, respecto a ellos, la prueba de autenticidad que emprendió Paley contra los libres pensadores de su época.”

“Las epístolas de Pablo gozan de una ventaja sin igual en esta historia, a saber, su absoluta autenticidad.” (The G.ospels, por M. Renán, págs. 40, 41.) Con referencia a las epístolas a los Corintios, Gálatas y Romanos, Renán las trata como “in­disputables e indiscutibles”, y añade: “Los críticos más severos como Cristian Baur, las aceptan sin objeción.”

  1. Evidencia Arqueológica a Favor de la Biblia.—El profesor A. H. Sayce concluye su precioso tratado sobre el testimonio de los monumentos antiguos con estas palabras: “Las objeciones de los críticos a la verdad del Antiguo Testamento, las cuales en otro tiempo procedían del arsenal de los escritores griegos y latinos, no se volverán a usar; han sido derrotadas de una vez por todas. Las refutaciones han venido en papiro, barro y piedra de las tumbas del Egipto antiguo, de los montículos de Babilonia y de los palacios destruidos de los reyes asirios.
  2. Escrituras Perdidas.—Los que se oponen a la doctrina de la revelación continua entre Dios y su Iglesia, basándose en que la Biblia como colección de Escrituras Sagradas está com­pleta y que las revelaciones no contenidas en ella deben ser espurias, pueden provechosamente tomar nota de los muchos libros que la Biblia no contiene y sin embargo, menciona; y generalmente de tal manera que no hay duda de que en un tiempo fueron considerados auténticos. De estas escrituras que no existen en la Biblia, se puedan enumerar las siguientes, al­gunas de las cuales en la actualidad se tienen por apócrifas, pero la mayor parte no se conoce: Leemos del Libro de la Alianza (Exo. 24:7); el Libro de las Batallas de Jehová (Núm. 21:14) ; el Libro de Jasher (Josué 10:13); el Libro del Derecho del Reino (I Sam. 10:25); el Libro de Enoc (Judas 14); el Libro de los Hechos de Salomón (I R. 11:41); las Crónicas del Profeta Natán y Crónicas de Gad el Vidente (I Crón. 29:29); la Profecía de Ahías Silonita y las Profecías del Vidente Iddo (II Crón. 9:29); el Libro de Semeías (II Crón. 12:15) ; la His­toria de Iddo Profeta (II Crón. 13:22); las Palabras de Jehú (II Crón. 20:34); los Hechos de Uzzías, escritos por Isaías, hijo de Amos (II Crón. 26:22); las Palabras de los Videntes (II Crón. 33:19); una Epístola perdida de San Pablo a los Corintios (I Cor. 5:9); una Epístola perdida escrita a los Efesios (Efes. 3:3); una Epístola perdida a los Colosenses, es­crita de Laodicea (Col. 4:16); una Epístola anterior de San Judas  (Judas 3); la declaración de San Lucas  (1:1).

APÉNDICE XIV
Notas Relacionadas con el Capítulo 14

  1. La Portada del Libro de Mormón “Deseo manifestar aquí que la portada del Libro de Mormón es una traducción literal de la última hoja del lado izquierdo de la colección o libro de planchas, en las cuales se encerraba la historia que se ha tra­ducido; que el lenguaje de toda la obra está dispuesto como todo escrito hebreo en general; y que dicha portada en ningún sen­tido es composición moderna, ni mía ni de cualquier otro hombre que ha vivido o vive en esta generación.”—José Smith, History of the Church, tomo 1, pág. 71.
  2. Teorías Concernientes al Origen del Libro de Mormón: La Historia de Spaulding. El público en general rechazó la rela­ción verdadera del origen del Libro de Mormón, y así asumió la responsabilidad de explicar de alguna manera plausible de dónde salió Ja obra. Se ofrecieron muchas teorías vagas, ba­sadas en la increíble suposición de que el libro fué obra de un solo autor;  de éstas, las más famosa, y en verdad, la única que se granjeó el favor del público lo suficiente para ser con­siderada, es  el así llamado  “relato  de  Spaulding”.  Salomón Spaulding, un clérigo de Amity, Estado de Pensilvania, escribió un romance al cual no se dio más título que Manuscript Story. Veinte años después de la muerte del autor, un individuo lla­mado Hurlburt, apóstata de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos  Días,  anunció una  semejanza  entre el  cuento y el Libro de  Mormón y expresó, como opinión  suya, que la obra que José Smith había presentado al mundo no era más qué el romance de Spaulding, revisado y ampliado.   El manus­crito  estuvo perdido algún tiempo  y, faltando prueba con­traria, multiplicáronse las declaraciones respecto a la semejanza de las dos obras. Pero en 1884, James H. Fairchild, presidente del Colegio de Oberlin, Ohio, y un amigo literario suyo, un señor Rice, mientras examinaban una colección hete­rogénea de papeles viejos que éste había comprado, hallaron el manuscrito original de Spaulding. Los señores de referencia compararon minuciosamente el manuscrito y el Libro de Mor­món, y, sin más deseo que el de exponer la verdad, publicaron los resultados de su investigación. El Sr. Fairchild publicó un artículo en el New York Observer, con fecha del 5 de febrero de 1885, en el que dijo: “La teoría de que el origen del Libro de Mormón se halla en el tradicional manuscrito de Salomón Spaulding probablemente tendrá que ser descartada. … El Sr. Rice, yo y otros lo comparamos (el manuscrito de Spaulding) con el Libro de Mormón y ninguna semejanza pudimos percibir entre los dos. . . . Tendrá que buscarse alguna otra explica­ción para el Libro de Mormón, si se precisa una explicación.”

Se depositó el manuscrito en la biblioteca del Colegio de Oberlin, en el Estado de Ohio, donde actualmente reposa. Con todo, la teoría del Manuscript Found, nombre que se ha dado al cuento de Spaulding, ocasionalmente sale a relucir en las manos de algún celoso antimormón que, benévolamente creere­mos, ignora los hechos expuestos por el Sr. Fairchild. Más recientemente escribió este caballero una carta en respuesta a la pregunta de un corresponsal, la cual se publicó en el Millenial Star en Liverpool, Inglaterra, el 3 de noviembre de 1898, que dice lo siguiente:

Colegio de Oberlin, Ohio,
17 de octubre de 1895.

Sr. Dn. J. R. Hindley,

Muy Señor Nuestro:

Tenemos en la biblioteca de nuestro Colegio un escrito original de Salomón Spaulding, incuestionablemente genuino.

Lo hallé en 1884 en manos del Sr. L. L. Rice de Honolulú, Islas Hawaiianas. Este caballero fue en un tiempo Impresor del Estado en Columbus, Ohio. Antes de esto publicaba un periódico en Painesville, cuyo editor anterior había visitado a la señora de Spaulding, de quien consiguió el manuscrito. Había permanecido entre sus documentos viejos unos cuarenta años o más, y salió a luz cuando le pedí que buscara entre sus pape­les algunos documentos contra la esclavitud.

El manuscrito lleva las firmas de varios hombres de Con-neaut, Ohio, quienes habían oído a Spaulding leerlo, y sabían que era suyo. Nadie, después de verlo, puede dudar de su autenticidad. Cuando menos dos veces se ha publicado el manus­crito: una vez por los mormones de Salt Lake City, y otra por los mormones josefitas de Iowa. Los mormones de Utah consiguieron la copia del Sr. Rice en Honolulú, y los josefitas me solicitaron una copia después que llegó a mis manos. Este manuscrito no es el original del Libro de Mormón.

Muy atentamente,
James H. Fairchild.

Pueden obtenerse copias del Manuscript Found, y cualquier investigador puede examinarlo por sí mismo. Para más infor­mes véase The Myth of the Manuscript Found, por Jorge Rey­nolds, Salt Lake City; también tres artículos por el presidente José F. Smith en Improvement Era, tomo 3, págs. 241, 377, 451.

  1. Los Tres Testigos. Oliverio  Cóivdery: Nació  en Wells, Estado de Vermont, en octubre de 1805; fue bautizado el 15 de mayo de 1829; murió en Richmond, Estado de Misurí el 3 de marzo de 1850.

David Whítmer: Nació cerca de Harrisburg, Estado de Pensilvania, el 7 de enero de 1805; se bautizó en junio de 1829; fue excomulgado de la Iglesia el 13 de abril de 1838; murió en Richmond, Estado de Misurí, el 25 de enero de 1888.

Martín Harris: Nació en Easttown, Estado de Nueva York, el 18 de mayo de 1783; fue bautizado en 1830; se trasladó a Utali en agosto de 1870; murió en Clarkston, Utah, el 10 de junio de 1875.

  1. Los Ocho Testigos.Cristian Whítmer:   Nacip el 18 de enero de 1789;  se bautizó el 8 de abril de 1830; murió en el seno de la Iglesia en el Distrito de Clay, Estado de Misurí, el 27 de noviembre de 1835. Fue el hijo mayor de Pedro Whítmer.

Jacob Whítmer: Segundo hijo de Pedro Whítmer. Nació en Pensilvania el 27 de enero de 1800; se bautizó el 11 de abril de 1830; murió el 21 de abril de 1856, habiéndose retirado previamente de la Iglesia.

Pedro Whítmer, hijo: Nació el 27 de septiembre de 1809; fue el quinto hijo de Pedro Whítmer; se bautizó en junio de 1829; murió fiel a la Iglesia en Liberty, Estado de Misurí o cerca de allí, el 22 de septiembre de 1836.

Juan Whítmer: Tercer hijo de Pedro Whítmer. Nació el 27 de agosto de 1802; se bautizó en junio de 1829; fue excomul­gado de la Iglesia el 10 de marzo de 1838; murió en Far West, Estado de Misurí, el 11 de julio de 1878.

Hiram Page: Nació en Vermont en el año de 1800; se bautizó el 11 de abril de 1830; se separó de la Iglesia en 1838; murió el 12 de agosto de 1852 en el Distrito de Ray, Estado de Misurí.

José Smith, padre: Padre del profeta José; nació el 12 de julio de 1781 en Topsfield, Estado de Massachusetts; se bautizó el 6 de abril de 1830; fue ordenado patriarca de la Iglesia el 18 de diciembre de 1833; murió en el seno de la Iglesia en Nauvoo, Estado de Illinois, el 14 de septiembre de 1840.

Hyrum Smith: Segundo hijo de José Smith, padre; nació en Tunbridge, Estado de Vermont, el 9 de febrero de 1800; se bautizó en junio de 1829; llamado a la Primera Presidencia de la Iglesia el 7 de noviembre de 1837; ordenado Patriarca de la Iglesia el 19 de enero de 1841; martirizado con su hermano, el profeta, el 27 de junio de 1844, en Cartago, Estado de Illi­nois.

Samuel Harrison Smith: Nació en Tunbridge, Estado de Vermont, el 13 de marzo de 1808; fue el cuarto hijo de José Smith, padre; se bautizó el 15 de mayo de 1829; murió el 30 de julio de 1844.

  1. Correspondencia del Libro de Mormón.—”Si la parte his­tórica del Libro de Mormón fuese comparada con lo poco que se sabe de otras fuentes relativo a la historia de la América antigua, se descubriría mucha evidencia que apoya su veraci­dad; pero no puede hallarse una sola verdad, entre todos los descubrimientos de la antigüedad, que contradiga las verdades históricas del Libro de Mormón. Si la parte profétiea de esta obra maravillosa fuese comparada con las declaraciones pro-féticas de la Biblia, se hallaría en ésta mucha evidencia que establece la verdad de aquélla. Pero aunque hay muchas pre­dicciones en el Libro de Mormón que se refieren a los grandes acontecimientos de los últimos días, acerca de lo cual la Biblia ninguna información nos da, sin embargo, nada hay en las predicciones de la Biblia que contradiga en lo mínimo las profecías del Libro de Mormón. Si la parte doctrinal del Libro de Mormón fuese comparada con la doctrina de la Biblia, se vería la misma armonía perfecta que hallamos cuando com­paramos las partes proféticas de los dos libros. Aunque hay muchos puntos de la doctrina de Cristo que se hallan mucho más claros y precisos en el Libro de Mormón que en la Biblia, y muchas cosas relativas a las doctrinas que jamás se cono­cerían completamente de la Biblia, sin embargo, no hay ningún punto doctrinal en los dos libros sagrados que se contradiga el uno al otro o que se diferencie en lo más mínimo. Si los varios libros que forman parte de la colección llamada el Libro de Mormón se comparasen cuidadosamente uno con otro, no aparecería ninguna contradicción, histórica, profética o doctrinal … Si comparamos las partes históricas, proféticas y doctrinales del Libro de Mormón con las grandes verdades de la ciencia y la naturaleza, no encontramos contradicciones; ninguna cosa absurda; ninguna cosa irrazonable. Existe, por consiguiente, la más perfecta armonía entre las grandes ver­dades reveladas en el Libro de Mormón y todas las otras ver­dades conocidas, sean religiosas, históricas o científicas”.— Orson Pratt en Divine Authenticity of the Book of Mormón, pág. 56.

APÉNDICE XV
Notas Relacionadas con el Capítulo 15

  1. Ismael Era de Efraín.“El profeta José nos informó que las 116 páginas que fueron traducidas al principio, y subsi­guientemente robadas, contenían la historia de Lehi, de la cual hallamos un compendio en el Primer Libro de Neifi, que es la relación individual de Nefi, ya que él era del linaje de Ma­nases; pero que Ismael era del linaje de Efraín, y que sus hijos se casaron con las hijas de Lehi y los hijos de éste con las hijas de Ismael, cumpliendo en esto las palabras de Jacob, pro­feridas sobre Efraín y Manases en el capítulo 48 del Génesis (versículo 16), que dicen: ‘Y mi nombre sea llamado en ellos, y el nombre de mis padres Abraham e Isaac: y multipliquen en gran manera en medio de la tierra.’ De manera que en este continente americano crecieron juntos estos descendientes  de Manases y Efraín, con un puñado de los de la casa de Judá, descendientes de Mulek, quienes salieron de Jerusalén once años después de Lehi y fundaron la colonia conocida posterior­mente como Zarahemla y más tarde descubierta por Mosíah; y así resultó una fusión, una mezcla de Efraín y Manases, un resto de Judá y quién sabe si también restos de otras tribus que hayan acompañado a Mulek. Y éstos se han desarrollado sobre el  continente americano.”—De un  “Discurso  de  Erasto Snow,” del Consejo de los Doce, pronunciado en Logan, Utah, el 6 de mayo de 1882; véase Journal of Discourses, tomo 23, págs. 184, 185.
  2. Diversidad de Estilo Literario en el Libro de Mormón.— “Existe una diferencia notable entre el estilo literario de Nefi y otros de los primeros profetas, y el de Mormón y Moroni. Mormón y su hijo son más directos y expresan sus ideas con mayor brevedad que los primeros escritores; cuando menos, su estilo es más ameno para la mayoría de los lectores. Enós, el hijo de Jacob, tiene también un estilo que es particular de él. Existe otro hecho notable de que cuando en el compendio de Mormón aparecen relaciones o discursos originales, como los anales de Limhi, los sermones de Alma, Amulek, etc. las epístolas de Helamán y otros, se emplean palabras y expresiones que no se hallan en ninguna otra parte del Libro de Mormón. Esta diversidad de estilo, expresión y vocabulario constituye un testimonio incidental muy agradable a favor de lo que se afirma del Libro de Mormón: que es una recopilación de la obra de muchos escritores.”—Lectures on the Book of Mormón, por George Reynolds.
  3. Fecha Mexicana del Diluvio.Refiriéndose a la fecha del diluvio según el autor mexicano, Ixtlilxochitl, el hermano George Reynolds dice: “Hállase una concordancia notable en lo  que dice este  escritor y el libro de Génesis.  En el período  de  la caída hasta el diluvio hay una diferencia de solamente sesenta años, posiblemente no más de cinco, si las siguientes palabras de Doctrinas y Convenios (107:49)  relativas a Enoc alargan la cronología: ‘Enoc vio al Señor y anduvo con él, y estuvo delante de su faz continuamente; y caminó Enoc con Dios trescientos sesenta y cinco años, de manera que tenía cuatrocientos treinta años cuando fue trasladado.” Las misma afirmación se halla en la Perla de Gran Precio, Moisés 7:68.—”Evidencias Exter­nas del Libro de  Mormón”, artículo  por  George  Reynolds  en el Contributor, tomo 17, pág. 274.
  4. Civilizaciones Antiguas en América.“No hay duda de que en un tiempo floreció  en  estas  regiones   (Centro  América  y México)  una civilización más avanzada que cualquier otra que los españoles encontraron a su llegada. La obra más importante que hasta la fecha se ha realizado entre las ruinas de la an­tigua civilización maya es la que ha llevado a cabo el Museo Peabody de la Universidad de Harvard, el cual ha enviado al­gunas expediciones a la ciudad sepultada que hoy se conoce como Copan, en Honduras.  En un hermoso valle, no lejos de la frontera de Guatemala, rodeada de escarpadas montañas y bañada por un río  sinuoso,  yace la  antigua  ciudad, envuelta en el sueño de los siglos. Las ruinas de Copan, aunque en un estado   de decadencia más avanzado que el de las ciudades mayas de Yucatán, tienen una semejanza general con éstas en el diseño de los edificios y en las esculturas, mientras que los caracteres de sus inscripciones son esencialmente iguales. Tal parece, pues, que Copan fue una ciudad maya; pero debe haber sido uno de sus centros más antiguos, abandonado y arruinado mucho antes que las ciudades de Yucatán llegaran a su apogeo. La civilización maya era completamente distinta de la azteca o mexicana;  era una civilización más antigua y también más avanzada.”—Henry    Walsh en un artículo  “Copan-—a City of the  Dead” (Copan,  Ciudad  de los  Muertos),  publicado  en Harper’s Weekly, septiembre de 1897.

Se ha tomado lo siguiente de las “Conclusiones” de Bradford, pág. 431 de su obra American Antiquities, publicada en 1841, en donde se refiere a los antiguos habitantes de América:

“Que todos tenían un origen común, que eran divisiones de la misma raza y de costumbres e instituciones semejantes.

“Que fueron muy numerosos y ocuparon una superficie muy extensa.

“Que habían alcanzado un alto grado de civilización, se aso­ciaban en grandes comunidades y vivían en ciudades espaciosas.

“Que conocían muchos de los metales, como el plomo, cobre, oro y plata, y sabían trabajarlos.

“Que esculpían en piedra, y usaban piedra labrada en la construcción de sus edificios.

“Que conocían el arco de bóveda triangular; que su cerámica comprendía urnas, utensilios y muchos otros objetos de buen gusto y fabricados conforme a principios de composición quí­mica, y que sabían hacer ladrillo.

“Que trabajaban los manantiales de agua salada y produ­cían la sal.

“Que eran un pueblo agrícola, y vivían bajo la influencia y protección de formas regulares de gobierno.

”Que poseían un sistema preciso de religión y una mitología que se relacionaba con la astronomía, la cual, junto con la ciencia hermana de la geometría, estaba en manos de los sacer­dotes.

“Que en sus fortificaciones manifestaron gran maestría.

“Que se remonta en la lejana antigüedad la época de su establecimiento original en los Estados Unidos; y que las únicas huellas de su origen que se pueden percibir en el sitio de sus monumentos destruidos señalan hacia México.”

  1. Tradiciones Mexicanas Concernientes al Diluvio.—“Ase­gura el Sr. D. Fr. Francisco Muñoz de la Vega, obispo de aquella diócesi (de Chiapas), en el prólogo de sus Constituciones dio­cesanas, que afirma guardarse en su archivo un antiguo manus­crito de los primeros naturales de allí, que supieron escribir en nuestros caracteres, en el cual consta que mantuvieron siempre la memoria de que el padre y progenitor primero de su nación se llamó Teponohuaste, que quiere decir el señor del palo hueco, y que éste se halló en la fábrica de la gran pared, que así llamaban a la torre de Babel, y vió por sus ojos la confusión de las lenguas, después de lo cual lo mandó el Dios Creador venir a estas dilatadas tierras a repartirlas entre los hombres.” —Veytia, Historia de las Gentes que Poblaron la América Sep-tentrional; Mexican Antiquities, de Lord Kingsborough, tomo 8, pág. 175.

“Hállase en las historias de los Toltecas que duró esta edad y mundo primero, como ellos le llaman, 1716 años; que se destruyeron los hombres con grandísimos aguaceros y rayos del cielo y toda la tierra sin quedar cosa alguna, y se escondieron y se metieron dentro de las aguas los más altos montes caxtol-moletltli, que son quince codos; y de aquí añaden asimismo otras fábulas, y de como tornaron a multiplicar los hombres de unos pocos que escaparon esta destrucción dentro de un toptlipetlacali, que casi significa este vocablo arca cerrada; y como después multiplicándose los hombres hicieron un eacuali muy alto, y fue éste, que quiere  decir la torre  altísima,  para  guarecerse en él cuando se tornase a destruir el segundo mundo. Al mejor tiempo se les mudaron las lenguas y no entendiéndose unos a otros se fueron a diversas partes del mundo.”—Relaciones de Ixtlilxochitl, Relación 1a; Mexican Antiquities, de Lord Kings-borough, tomo 9, pág. 321.

De las tradiciones americanas las más importantes son las mexicanas, porque parecen haber quedado definitivamente es­tampadas por medio de dibujos simbólicos y mnemotécnicos antes que hubiese contacto con los europeos. Según estos docu­mentos, el Noé del cataclismo mexicano fue Coxcox, llamado por otros Teocipactli o Tezpi. Junto con su esposa Xochiquetzal, se salvó en una barca o, según otras tradiciones, en una balsa de madera de ciprés. Entre los aztecas, mixtecas, zapotecas, tlax­caltecas y los de Michoacán se han descubierto pinturas que narran el diluvio de Coxcox. La tradición de estos últimos con­cuerda aún más notablemente con la relación del Génesis y la de fuentes caldeas. Dice que Tezpi se embarcó en una nave espaciosa con su esposa, sus hijos, varios animales y granos, cuya preservación era esencial para la subsistencia del género humano. Cuando el dios Tezcatlipoca decretó que se retirasen las aguas, Tezpi envió un zopilote. Este se quedó a alimen­tarse con los cuerpos que cubrían la tierra, y no volvió. Tezpi mandó otros pájaros, de los cuales sólo el colibrí volvió con una rama verde en el pico. Viendo que la tierra estaba pro­duciendo vegetación, Tezpi entonces dejó su barco sobre el monte de Colhuacán.

La tradición de un diluvio “era una noción aceptada, en una forma o en otra—dice Prescott—entre la mayor parte de los pueblos civilizados del mundo viejo, y los bárbaros del nuevo. Los aztecas combinaban con ella algunas circunstancias par­ticulares de carácter más arbitrario semejantes a las narra­ciones orientales. Creían que dos personas sobrevivieron el diluvio, un hombre llamado Coxcox y su esposa. En una pintura antigua están representadas sus cabezas junto con un barco que flota sobre las aguas al pie de una montaña. También está pintada una paloma, con el jeroglífico del idioma en el pico, el cual está repartiendo a los hijos de Coxcox que nacieron mudos. Los pueblos vecinos de Michoacán, quienes también habitan la misma altiplanicie, tenían todavía otra tradición de que el barco en que se salvó Tezpi, su Noé, estaba lleno de varias clases de animales y aves. Después de pasar algún tiempo, fue enviado un zopilote, pero se quedó para comer los cuerpos muertos de los gigantes que habían quedado sobre la tierra al retirarse las aguas. Luego fue enviado huitzitzüin, el pequeño colibrí, el cual volvió con una rama en el pico. La coincidencia de estos dos relatos y las narraciones hebreas y caldeas es obvia.”—Conquista de México, por William Prescott, apéndice, pág. 386.

  1. Persistencia del Idioma Hebreo Entre las Tribus Ameri­canas.—“Se afirma que en los cantos y ceremonias religiosas de muchas de  las  tribus  han persistido numerosos vocablos. Varios escritores que han visitado las tribus del continente del norte, o han vivido entre ellas, aseveran que han podido oír dis­tintamente las  palabras  Yehová, Yah,  Ale y Aleluya  en  sus ejercicios religiosos. Laet y Escarbotus nos aseguran que con írecuencia oyeron a los indios sudamericanos repetir la sagrada palabra Aleluya.”—George Reynolds en su artículo “The Lan-guage of the Book of Mormón” (El Lenguaje del Libro de Mor­món), Contributor, tomo 17, pág. 236.
  2. “El Origen de la Civilización Precolombina en América.“— Bajo aste título apareció un artículo informativo de G. Elliot Smith en Soience, tomo 44, págs. 190-195 (número del 11 de agosto de 1916). En cuanto al interés despertado por el tema, dice el autor: “En las diversas  ramificaciones de discusiones etnoló­gicas quizá no hay asunto que haya provocado más animadas controversias  y  despertado  tanto  interés  como  los  problemas encerrados en los misterios de la maravillosa civilización que se manifestó ante los asombrados españoles cuando primera­mente llegaron a América.

“Durante el siglo pasado—que se puede decir cubre todo el período de investigación científica en asuntos de antropología— las opiniones de los que han dedicado su atención a estos estu­dios han sufrido las más extrañas fluctuaciones. Si uno es­cudriña las publicaciones antropológicas de hace cuarenta o cincuenta años, verá que abundan en ellas estudios cuidadosos de muchos de los principales etnólogos de la época que de­muestran, aparentemente de un modo convincente e incues­tionable, la diseminación de curiosas costumbres y creencias del mundo antiguo al nuevo.” El escritor condena la falsedad de suponer que las semejanzas en costumbres y cultura de pueblos separados por tan grandes distancias puedan expli­carse desde otro punto de vista que el de un origen común, y sigue diciendo: “Tal vez se preguntará, ¿por qué, pues, en vista de la arrolladora masa de evidencia definitiva y auténtica que señala hacia los origines en el Viejo Mundo de donde procedió la civilización americana, es que tantos etnólogos se niegan a aceptar el claro y obvio significado de los hechos y recurren a tan infantiles subterfugios como los que he men­cionado? Dejando a un lado la influencia de la obra de Darwin, que por haber sido mal interpretada resultó, como dice Huxley, en que ‘personas de poco entendimiento hablaran necedades en nombre de la ciencia’, el factor principal que les tapa los ojos a tantos investigadores para que no aprecien el significado de los datos que ellos mismos tan laboriosamente recogen resulta de un defecto que naee de la naturaleza de sus investigaciones …. La falta de reconocer el hecho, recientemente demostrado tan convincentemente por el doctor Rivers, de que las artes útiles frecuentemente se pierden, constituye otra, y quizá la principal dificultad que ha impedido una consideración adecuada de la historia de la difusión de la civilización.” El Sr. Smith ofrece una notable colección de evidencia que señala hacia el Mundo Viejo, y particularmente Egipto, como el origen de muchas de las costumbres que distinguen a los aborígenes americanos. El artículo va acompañado de un mapa que muestra las rutas probables del mundo antiguo al nuevo, y dos lugares de la costa occidental donde desembarcaron, uno en México y otro cerca de la linea fronteriza del Perú y Chile, desde los cuales los inmigrantes se esparcieron.


APÉNDICE XVI
Notas Relacionadas con el Capítulo  16

  1. Libertad Bajo Inspiración. Fausett   dice   lo   siguiente acerca del albedrio del hombre bajo la influencia de la inspi­ración: “La inspiración no despoja a los escritores de sus respectivas particularidades de estilo, así como los maestros inspirados de la Iglesia primitiva no fueron autómatas pasivos cuando profetizaban (1 Cor. 14:32). ‘Donde hay el Espíritu del Señor, allí hay libertad’ (2 Cor. 3:17). La voluntad de ellos se hacía una con la voluntad de Dios; su espíritu influía en el de ellos de tal manera que su individualidad actuaba libre­mente en la esfera de la inspiración que de él recibían. En cuanto a verdades religiosas, se manifiesta la unidad de los autores de las Escrituras colectivas; en cuanto a otros asun­tos, su composición es palpablemente tan diversa como sus escritores. La variedad es humana, la unidad divina. Si los cuatro evangelistas hubieran sido meramente máquinas, y hubieran narrado los mismos acontecimientos, siguiendo el mismo orden y con expresiones iguales, dejarían de ser testigos independientes. Sus discrepancias mismas (sólo aparentes) refutan que hubo colusión …. Las pequeñas diferencias en las versiones del Decálogo, una en Éxodo 20, la otra en Deutero-nomio 5; en el Salmo 18 comparado con 2 Samuel, capítulo 22; en el Salmo 14 comparado con el 53., y en los pasajes del Antiguo Testamento que se citan en el Nuevo, algunas veces de la Ver­sión de los Setenta que no es igual a la Hebrea, algunas veces sin seguir, palabra por palabra ninguna de las dos, sirven para comprobar la independencia nacida del espíritu, de los escri­tores sagrados, quienes bajo divina orientación y aprobación presentaron en diversas ocasiones las mismas verdades esen­ciales en diferentes aspectos; y una complementaba a la otra.” Bible Cyclopedia, por A. R. Fausett, pág. 308.
  2. La Doctrina de Que No Habrá Más Revelación Es Nueva y Falsa.—“La historia del pueblo de Dios, desde las edades más remotas, muestra que sólo por el medio de revelación con-tinua les era posible entender todos sus deberes o la voluntad de Dios tocante a ellos. Nunca se les ocurrió pensar que las revelaciones dadas a generaciones anteriores eran suficientes para orientarlos en todos sus deberes. La doctrina que rechaza revelaciones nuevas es doctrina nueva, inventada por el diablo y sus agentes durante el segundo siglo después de Cristo. Es una doctrina que se opone directamente a la que los santos de todas las edades han creído y disfrutado. No se puede trastor­nar y abrogar una doctrina de cuatro mil años de edad, e intro­ducir una nueva en su lugar sino por autoridad divina …. En vista, pues, de que los santos siempre han creído en la doctrina de revelación continua, a ningún hombre debe exigír-sele que presente pruebas de la necesidad de su continuación. Si fuera una doctrina nueva que jamás había sido presentada al mundo, sería preciso establecer su origen divino; pero como únicamente se trata de la continuación de una doctrina antigua, establecida hace miles de años y en la cual los santos jamás han dejado de creer, sería la mayor presunción impugnarla en esta hora tan avanzada, y, por consiguiente, más bien parece superfluo tratar de comprobar la necesidad de su continuación. En vez de requerírseles esto, todos tienen el derecho de deman­dar que aquellos que durante los últimos diecisiete siglos han negado las revelaciones nuevas presenten sus más fuertes razonamientos y testimonios de por qué interrumpieron el orden del cielo, instituido de antaño, e introdujeron una doctrina nueva tan completamente diferente de la antigua. Si quieren que sea aceptada su doctrina nueva, demuestren que es de origen divino, pues de lo contrario la gente tendrá razón en rechazarla y adherirse a la antigua.”-—Divine Authenticity of the Book of Mormón, por Orson Pratt, I (2) 15, 16.
  3. Inspiración.—”Se ha definido ésta como la ‘energía inci­tante del Espíritu Santo — sea cual fuere  el grado  o manera en que se haya  ejercido—bajo cuya dirección los agentes hu­manos escogidos por Dios han proclamado oficialmente su vo­luntad, ya de palabra, ya escribiendo las varias partes de la Biblia’. Decimos inspiración plenaria cuando damos a entender que  se ejerció  esta energía  tan plena y perfectamente que causó que la enseñanza de los escritores sagrados fuese, en el sentido más literal de las palabras, enseñanza de Dios, como si procediera de él, expresando verdaderamente su voluntad y llevando consigo  la aprobación de su autoridad.  La llamamos inspiración verbal cuando queremos decir que no se agotó esta energía con sugerir a los autores la materia de las Escri­turas, entonces dejándolos solos para transmitir según su propia manera, y conforme a un modo exclusivamente humano, lo que les había sido indicado; sino que recibían ayuda y orientación para comunicar la verdad recibida …. De modo que cuando la doctrina de inspiración plenaria y verbal queda desembara­zada de los conceptos erróneos que de ella se han tenido, no hay causa justa, desde ningún punto de vista, para objeciones. Concuerda con todas las conclusiones, respecto de la Palabra, que la erudición moderna ha logrado establecer; porque los sueños de la ‘crítica superior’ son poco más que extravagancias de caprichos arbitrarios; y es de lamentarse que han sido honrados con un respeto completamente inmerecido, e irreflexi­vamente colocados en el mismo nivel que los valiosos y preciosos resultados de la crítica genuina. En muchos sentidos estos resultados inequívocamente señalan hacia la inspiración plena­ria—cuando la doctrina misma se entiende correctamente—como el único fundamento congruente y lógico sobre el cual se puede basar sin peligro la autoridad de los escritos canónicos.”— Bible Dictionary de Cassell, págs. 559, 561. Nótese que la dis­tinción que aquí se hace entre inspiración plenaria y verbal expresa el elemento esencial de la diferencia entre inspiración y revelación.
  4. Es Razonable Creer en Revelación Continua.—“¿Es acaso irrazonable, es antifilosófico buscar luz y conocimiento adicio­nales? ¿Ha de ser la religión el único departamento del pensa­miento y esfuerzo humanos donde es imposible el progreso? ¿Qué diríamos del químico, del astrónomo, físico y geólogo que proclamase que ya no es posible más descubrimiento o revelación de verdades científicas? ¿o que declarase que la única ocupa­ción que hay para los estudiantes de la ciencia es escudriñar los libros de otros tiempos y aplicar principios descubiertos mucho ha, y que jamás se volverán a descubrir otros? El motivo principal que impele a buscar e investigar es la convicción de que el conocimiento y la sabiduría no tienen fin. Afirmamos que toda sabiduría es de Dios, que la aureola de su gloria es la inteligencia y que el hombre todavía no ha aprendido cuanto hay que aprender de él y sus vías. Sostenemos que la doctrina de revelación continua de Dios no se opone a la filosofía, la ciencia o las Escrituras.”—”La Filosofía del Mormonismo”, por el autor, en The Story and Philosophy of Mormonism, pág. 116.

APÉNDICE   XVII
Notas Relacionadas con el Capítulo 17

  1. Hebreos.Se dice de Sem, que fué “padre de todos los hijos de Heber”, así como Cam es conocido como padre de los cananeos o Canaán. Los hebreos y los cananeos, en sus tratos frecuentes, manifestaban las características respectivas de los semitas y los camitas. El término “hebreos” se deriva pues de “Heber” (Gen. 10:21; compárese con Núm. 24:24).—Bible Cyclopedia, por Fausett.

El autor del artículo “Hebreo” en el Bible Dictionary de Cassel pone en duda la evidencia sobre la cual se afirma que “Hebreo” es derivación de “Eber” o “Heber”, y dice: “Todo lo que con certeza se puede asegurar es que se emplea la pala­bra para designar a Abrahán y a los descendientes de Jacob en general. El interés que encierra la palabra, junto con su origen desconocido, basta para explicar la mucha especula­ción que hay en torno del vocablo. Puede añadirse que algunos científicos han hallado la designación ‘hebreos’, un poco alte­rada, en los monumentos de Egipto. Si queda verificada esta interpretación, será de valor, pues mostrará que cuando los egipcios llamaron ‘hebreo’ a José, emplearon el apelativo que se aceptaba entre ellos.”

  1. Judíos.—La palabra significa propiamente “un hombre de Judá o descendiente de Judá, pero con el tiempo se aplicó la palabra a todos los que eran llamados ‘hebreos’. No parece que se usó sino hasta mucho después de la rebelión de Jero-boam y las diez tribus, y mientras el reino permaneció, se empleaba, como era natural, para designar a los ciudadanos del reino de Judá (R. 16:6; 25:25); pero raras veces ocurre en este sentido. Después de la cautividad adquirió el significado extenso que tiene hasta el tiempo actual. El resto de las otras tribus lo adoptaron, y por ese nombre se distinguían los descen­dientes de Jacob en todo el mundo antiguo, designación que por cierto era mucho más común que ‘hebreo’. Ocurre en los libros de Esdras, Nehemías, Ester, Daniel, etc., en los libros apócrifos y es de uso común en los escritos de Josefo y en el Nuevo Testa­mento.”—Bible Dictio-rlary de Cassell.

Bajo la teocracia eran conocidos como hebreos, bajo la mo­narquía como israelitas y bajo el dominio extranjero como judíos. Los representantes modernos de esta sangre se hacen llamar hebreos, en raza e idioma, e israelitas en religión, pero judíos en ambos sentidos.

  1. “Profeta hebreo, a quien se referían frecuente­mente los siervos de Dios entre los nefitas. Todo lo que sabe­mos de su historia personal es que fue muerto porque testificó intrépidamente de lo que Dios le había revelado. La hermosa y casi sin igual parábola de la viña, citada por Jacob  (Jacob, cap. 5), muestra que fue bendecido grandemente de Dios con el espíritu de profecía. También se refieren a sus profecías Nefi (1 Nefi 19:10, 12,  16), Alma   (Alma 8-3:3,  13,  15), Amulek (Alma 34:7), Samuel el Lamanita, (Helamán 15:11) y Mormón (3  Nefi 10:16).” — Dictionary  of  the  Book  of Mojrmon,  por George Reynolds.
  2.  Las Peregrinaciones de las Tribus Perdidas.—Esdras, cuyos libros, como ya se ha dicho en el texto, son considerados apócri fos, describe una visión en la que se refiere a las diez tribus en estos términos: “Son las diez tribus que fueron llevadas cau­tivas de su propio país en los días de Oseas el rey, las cuales Salmanasar, rey de los asirios, trasportó al otro lado del río; de modo que fueron llevadas a otra tierra. Aconsejáronse empero entre sí que se apartarían de la multitud de los paganos e irían a una tierra más lejana, donde jamás ha morado hombre alguno, a fin de guardar allí sus estatutos que nunca observaron en su propio país. Y entraron en el paso estrecho del Eufrates. Porque el Altísimo entonces les manifestó señales y detuvo las fuentes de las aguas hasta que pasaron. Emprendieron, pues, una larga jornada por el país, aun de año y medio, y esa región se llama Arsaret. Y allí moraron hasta los postreros tiempos, y cuando vengan de nuevo, el Altísimo volverá a detener las fuentes del río para que pasen.”—2 Esdras 13.

Eespecto de las peregrinaciones de las diez tribus hacia el norte, el hermano George Reynolds, en su pequeña obra Are We of Israel?, dice: “Determinaron irse a una región ‘jamás habi­tada por hombres’ a fin de estar libres de toda influencia con­taminadora. Tal lugar podría hallarse solamente hacia el norte. El sur de Asia era ya el centro de una civilización comparativa­mente antigua; Egipto florecía en el norte de África, y los pueblos que serían los futuros amos del mundo estaban po­blando rápidamente el sur de Europa. De manera que no tenían más alternativa que volver sus caras hacia el norte. La primera parte de su viaje no fue, sin embargo, hacia el norte, pues según la relación de Esdras, parece que primeramente viajaron hacia su antiguo hogar; y es posible que originalmente em­prendieron la marcha con la intención de volver allí, o probable­mente, a fin de desorientar a los asirios, iniciaron el viaje como si fueran a volver a Canaán, y cuando hubieron pasado el Eu­frates y se hallaron a salvo de las huestes de los medos y per­sas, entonces dirigieron sus pasos hacia la estrella polar. Esdras dice que entraron en el paso estrecho del Eufrates, y que el Señor detuvo las fuentes de las aguas hasta que hubieron cruzado. El sitio donde atravesaron el Eufrates tendría que ser por fuerza río arriba, ya que en dirección contraria habría resultado muy al sur para su objeto. El alto Eufrates corre por entre elevadas montañas; cerca de la aldea de Pastash se arroja por un desfiladero que se halla entre precipicios de más de trescientos metros de altura, y tan angosto que se ha cons­truido un puente en la cima; a corta distancia entra el río en el valle de Mesopotamia. ¡ Con cuánta exactitud corresponden esta parte del río y la referencia de Esdras al ‘paso estrecho’ donde cruzaron los israelitas!”

“Las tribus vendrán; no están perdidas para el Señor; serán traídas como se ha predicho; y os digo que hay algunos que están viviendo—sí, algunos que aquí están presentes—que vi­virán para leer los anales de las Tribus Perdidas de Israel, los cuales serán uno con los anales de los judíos o la Santa Biblia, y los anales de los nefitas o el Libro de Mormón, aun como el Señor ha profetizado; y esos anales que traerán las tribus, quienes aunque perdidas para los hombres aún serán descubiertas, relatarán la visita del Cristo resucitado entre ellos, después que se hubo manifestado a los nefitas sobre este continente.”—De un discurso del autor, 8 de octubre de 1916, durante la 87a. Conferencia Semestral de la Iglesia.


APÉNDICE XVIII
Notas Relacionadas con el Capítulo 18

  1. El Recogimiento  en la  Los  Santos  de los Últimos Días “están fundando estacas de Sión en los valles de las Montañas Rocosas, y de esta manera están cumpliendo las profecías de los antiguos  profetas. Isaías  ha  escrito: ‘Y acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová por cabeza de los montes, y será ensalzado sobre los collados, y correrán a él todas las gentes. Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará en sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalem la palabra de Jehová’ (Isaías 2:2, 3).  Es notable la manera en que los Santos de los Últimos Días de­talladamente  están  cumpliendo  las  condiciones   de   esta   pre­dicción: 1. Están edificando los templos de Dios sobre los colla­dos, de modo que la casa de Jehová o del Señor está precisa­mente donde Isaías previo que estaría.  2.  Los  santos  que  se dedican a esta obra son personas que se han recogido de casi todas las naciones debajo del cielo; de manera que todas las gentes están corriendo a la casa de Jehová sobre los collados. 3. Los que reciben el evangelio en otras tierras, gozosamente dicen a sus parientes y amigos: Venid, y subamos a la casa del Señor, y él nos enseñará en sus caminos, y nosotros cami­naremos por sus sendas.”—Outlines of Ecclesiastical History, por Roberts, pág. 409.
  2. Israel Es un Pueblo Escogido.—“La promesa otorgada a Abram, de que sería una nación grande, se ha cumplido en el hecho de que su simiente escogida ocupó la tierra de Palestina mil quinientos años. Se volverá a cumplir cuando lleguen a ser una nación  sobre  esa  tierra para siempre. La historia del hemisferio oriental, durante los dos mil años que transcurrieron entre el llamamiento  de Abrahán  y la  destrucción  de  Jerusalén por parte de los romanos, testifica que toda nación que luchó contra Israel, o de alguna otra manera lo oprimió, dejó de existir. Con el tiempo se manifestará el mismo resultado general, desde la destrucción de Jerusalén hasta el milenio. Ha­blando del tiempo cuando Israel sería favorecido del Señor, el profeta Isaías ha dicho: ‘He aquí que todos los que se airan con­tra ti, serán avergonzados y confundidos: serán como nada y perecerán, los que contienden contigo.’ (41:11) ‘Ya los que te despojaron haré comer sus carnes, y con su sangre serán embria­gados.’ (49:26) ‘He aquí he quitado de tu mano el cáliz de aturdimiento, la hez del cáliz de mi furor; nunca más lo bebe­rás: y ponerlo he en mano de tus angustiadores, que dijeron a tu alma: Encórvate, y pasaremos.’ (51:22, 23)”—A Compen-dium of the Doctrines of the Gospel, por Franklin Richards y James A. Little, págs. 228, 229.
  3. Israel Entre las Naciones.— “Cuando nos ponemos a pensar en que hace treinta y dos siglos que los enemigos de Israel em­pezaron a oprimir a este pueblo en la tierra de Canaán; que durante una tercera parte del tiempo que ocuparon esa tierra como nación fueron más o menos esclavos de sus enemigos; que setecientos años antes de la venida de Cristo las diez tribus fueron esparcidas por el Asia occidental; que ninguna indica­ción tenemos de que hasta hoy hayan vuelto al país de su herencia; que casi seiscientos años antes de Cristo ocurrió la cautividad babilónica y que, según el Libro de Ester, no vol­vieron a su país más que parte de los judíos, que fueron espar­cidos por las ciento veintisiete provincias del imperio persa; que de Asia procedió el enjambre de tribus nómadas que inva­dieron a Europa; que al tiempo de la destrucción de Jerusalén por los romanos, los judíos fueron esparcidos por todo el mundo entonces conocido, bien podemos preguntar: ¿No constituye Israel en la actualidad una porción muy grande de la familia humana?”‘—Compendium, por F. D. Richards y James A. Little, pág. 89.

APÉNDICE XIX
Notas Relacionadas con el Capítulo 19

  1. Jerusalén.“La ciudad ha tenido variedad de nombres en diferentes épocas, y aun en la Biblia se le dan diversos nom­bres. Salem, a que se refiere Gen. 14:18, probablemente era el nombre que llevaba en los días de Melquisedec, y así es desig­nada en Salmos 76:2. El profeta Isaías (29:1 y 7) la llama Ariel. En tiempos de Josué y en la época de los Jueces era conocida como Jebús, la ciudad de los jebuseos (Jos. 15:8; 18:16, 28; Jue. 19:10, 11), y fue el nombre que la distinguió hasta la época de David (1 Cr. 11:4, 5). Algunos han creído que la designación misma es corrupción de Jebus-Salem, pero no es más que una teoría sin fundamento. Jerusalén es también llamada ‘la ciudad de David’, ‘la ciudad de Judá’, ‘la santa ciudad’, ‘ciudad de Dios’. (2 K. 14:20; 2 Cr. 25:28; Neh. 11:18; Sal. 87:3.) Hasta el día de hoy, en la mayoría de los países del este, se conoce como el-Kuds o ‘el lugar santo’. No ha habido ciudad del mundo que haya recibido nombres más hono­rables; nuestro Salvador mismo la llamó ‘la ciudad del gran Rey.’ “—Bible Dictionary de Cassel, pág. 600.

La siguiente observación de J. M. Sjodahl, de la Oficina del His­toriador de la Iglesia, es instructiva: “En 1 Reyes, capítulo 14, se menciona brevemente que una expedición militar al mando de Si-sac, rey de Egipto, entró en la Palestina durante el quinto año del reinado de Roboam. Los egipcios se llevaron los tesoros del palacio y del templo, entre ellos, probablemente los 300 escudos de oro batido hechos por Salomón, que tendrían un valor aproxi­mado de más de un millón de dólares. Dicha expedición quedó_ ano­tada en Egipto en el muro sur del patio del templo de Amón en Karnak. Allí aparecen ciento cincuenta y seis lugares que fueron saqueados por los egipcios. Uno de estos lugares lleva el nombre de Yuteh Mark. La transcripción hebrea de este nombre es Judah Malech, que según Champollion quiere decir ‘reino de Judá’, pero que el Dr. Birch más correctamente ha interpretado como el nombre, o uno de los nombres de Jerusalén, literalmente ‘La Ciudad del Rey de Judá’, ya que Malech significa realeza. En el Libro de Mormón leemos que los fugitivos que escaparon a la suerte de Sedecías y vinieron al mundo occidental dieron a su primera colonia el nombre de Mulek. Este nombre y el de Mark (Malech en hebreo) que aparece en la muralla del templo de Karnak en Egipto, son idénticos. El significado completo de Mulek, por tanto, según el testimonio de sabios, es ‘La Ciudad del Rey de Judá’, ya conocida en los anales de Egipto. El hecho de que Mark, Malech y Mulek son pequeñas variaciones del mismo nombre debe tomarse en cuenta, porque la palabra se halla en una forma u otra en los idiomas aborígenes americanos, particularmente en los dialectos centro y sudamericanos, y según mi opinión, todos proceden de Mulek del Libro de Mor­món.”

  1. El Establecimiento de Síon en Misurí.—“…. Un grupo de santos, conocido como la Rama de Colesville, por el hecho de haber vivido en Colesville, Estado de Nueva York, habían lle­gado a Misurí. Habiendo recibido instrucciones de comprar terrenos en las regiones cerca de Sión, adquirieron algunas tierras en un prado fértil a unos dieciséis o dieciocho kilómetros al oeste de Independence, en el municipio de Kaw, no lejos del sitio actual de Kansas City. El día 2 de agosto de 1831, un día antes que fuese consagrado el terreno para el templo, se colocó el primer tronco para una casa en la colonia de los santos de Colesville, indicando el establecimiento de Sión. Doce hom­bres, en honor de las Doce  Tribus  de  Israel,  acarrearon  el tronco; y el hermano Sídney Rigdon consagró y apartó la tierra de Sión para el recogimiento de los santos.”—Oiiilines of Ecclesiastical History, por B. H. Roberts, pág. 352.
  2. El Terreno del Templo en Independence, Edo. de Misurí.— “Por el camino que corre hacia el oeste del Juzgado, como a un kilómetro de distancia, llega uno a la cumbre de un cerro que do­mina la ciudad. Hacia el sur y el oeste, tiene un declive algo abrupto, pero más gradual hacia el este y norte …. Este es el lugar para el templo. Fue en este sitio que el día 3 de agosto de 1831, José Smith, Sídney Rigdon, Eduardo Pártridge, W. W. Phelps, Oliverio Cówdery, Martín Harris, José Coe y otra persona cuyo nombre no ríe podido indagar—porque eran, por todos, ocho hombres con quienes el Señor estaba bien complacido —se juntaron para consagrar este terreno como el sitio del templo en Sión. Se leyó el Salmo 87. José (el Profeta) entonces consagró el lugar, donde aún se ha de edificar un templo sobre el cual descansará la gloria de Dios. Sí, el gran Dios lo ha decretado, diciendo: ‘Porque en verdad, no pasará toda esta generación sin que se edifique una casa para el Señor, y sobre ella descansará una nube, la cual será la gloria del Señor que llenará la casa …. Porque los hijos de Moisés y también los hijos de Aarón ofrecerán una ofrenda y sacrificio aceptables en la casa del Señor que se edificará para él en esta generación, en el lugar consagrado que yo he indicado.'” (Doc. y Con. 84: 5, 31.)—Missouri Persecutions, por B. H. Roberts. Véase The House of the Lord, por James E. Talmage, cap. 5.

APÉNDICE XX
Notas Relacionadas con el Capítulo 2

  1. “El Ungido”.“Cristo, designación   oficial   del   Redentor del género humano, así como Jesús, o en hebreo Josué, ‘Salvador’, era su nombre natural. Cristo quiere decir ‘ungido’, de la voz griega khrio, ‘ungir’. Durante la dispensación del Antiguo Testa­mento, se derramaba el aceite sagrado sobre las cabezas de los sumos sacerdotes, reyes y profetas para nombrarlos a sus oficios respectivos. El representante reconocido por Jehová efec­tuaba el rito, y esto constituía un testimonio externo de que su llamamiento procedía directamente de Dios mismo, como fuente de toda autoridad, y por ser, bajo el antiguo convenio y de un modo peculiar, el director de su pueblo. El aceite que se usaba en la consagración de los sacerdotes y la unción del tabernáculo y vasos sagrados era una preparación especial de mirra, canela, cálamo y casia (Exo. 30:23-25), que les era pro­hibido a los judíos aplicar al cuerpo o copiar bajo pena de muerte. Indudablemente tenía por objeto simbolizar los dones y gracias del Espíritu Santo.”—Bible Dictionary de Cassel, pág. 257.
  2. La Paz Milenaria.- “Morará el lobo con el cordero, y el tigre con el cabrito se acostará: el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y le, osa pacerán,- sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de teta se entretendrá sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna del basilisco. No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del  conocimiento de Jehová, como cubren la mar las aguas.”—Isaías 11:6-9; tam­bién véase 65:25.

“A través de la espantosa lobreguez de humo y fuego que ha envuelto a las naciones, en medio de la terrible fetidez de sangre que ha asqueado al mundo, el género humano halla solaz en la seguridad consoladora de que se ha de establecer una era de paz; una paz que no será interrumpida porque reinará la justicia, y el derecho del hombre a la libertad será inviolable. Por fuerza, esta condición bendita se logrará sólo después de la debida preparación; porque en la sabiduría de Dios resul­taría tan incongruente imponer sobre el género humano un bien que ni aprecia ni quiere, como afligirlo arbitrariamente con una maldición inmerecida.”—Vitality of Mormonism, pág. 176,

  1. La Tierra Antes del Milenio, Durante y Después.“En los escritos inspirados se habla acerca de tres condiciones de la tierra: La presente, en la que todas las cosas relacionadas con ella tendrán que sufrir un cambio que llamamos muerte; la condición milenaria, en la que será santificada a fin de que en ella puedan habitar inteligencias más puras, algunas mortales, otras inmortales; la condición celestial, de que se habla en los capítulos veintiuno y ventidós del Apocalipsis, la cual será una de inmortalidad y vida eterna.”—Ctmipendium, por F. D. Rich­ards y James A. Little, pág. 186.

APÉNDICE XXI
Notas Relacionadas con el Capítulo 21

  1. Los Fenómenos Naturales y el Albedfío Humano.—Como ha escrito en otra parte el autor de la presente obra: Las Escrituras nos hacen saber que de la transgresión de Adán resultó una condición caída, no sólo en el hombre, sino tam­bién en la tierra. En este y otros numerosos acontecimien­tos trascendentales, en que se patentiza la intervención directa de la mano divina, se ve que la naturaleza está íntimamente relacionada con el hombre.

De modo que los pecados del género humano pueden producir calamidades en forma de fenómenos destructivos, los cuales nosotros propiamente podemos llamar naturales porque son merecidos. Por otro lado, la justicia humana puede invocar la cooperación pacífica y benéfica de los elementos.

“Maldita será la tierra por amor de ti”, fue el anatema divino pronunciado contra el primer hombre. Como contraste, nótese lo que se prometió a Israel: que por su fidelidad las sazones se tornarían propicias, las lluvias caerían a su tiempo y tan grande sería la cosecha que el pueblo no tendría lugar para almacenar sus productos.   (Véase Mal. 3:8-12.)

La vil apostasía de las leyes de Dios, en los días de Noé trajo como resultado el diluvio, durante el cual “fueron rotas todas las fuentes del gran abismo y las cataratas de los cielos fueron abiertas”.

Enoc, quien vivió antes de Noé, fué enviado a proclamar el arrepentimiento a la raza degenerada, y tan grande fué el poder y autoridad con que estaba investido que “dió voz a la palabra del Señor, y tembló la tierra, y huyeron las montañas, aun de acuerdo con su mandato-, y los ríos se desviaron de sus cauces”. También previó el diluvio en los dias de Noé y todos

los acontecimientos históricos, entre ellos el ministerio del Sal­vador, hasta los días del segundo advenimiento del Señor cuando “se obscurecerán los cielos, y un manto de tinieblas cubrirá la tierra; y temblarán los cielos así como la tierra”. (P. de G. P., Moisés 7:13, 61.)

El manto de tinieblas que cubrió la tierra sirvió de fondo a la tragedia que se desarrolló sobre el Calvario; y cuando expiró el Señor crucificado, “la tierra tembló, y las piedras se hendieron”  (Mateo 27:51).

En el continente occidental, una devastación general señaló la muerte del Salvador; y la destrucción sobrevino a los inicuos que habían despreciado las amonestaciones proféticas y adver­tencias inspiradas de que se arrepintieran. Muchos de los nefitas se habían olvidado de las señales y prodigios que habían proclamado el nacimiento del Señor y se habían entregado a maldades abominables. Entonces, al tiempo de la crucifixión, se desataron grandes y terribles tempestades por el país, con truenos y relámpagos; la corteza de la tierra sufrió grandes depresiones y elevaciones de tal manera que las montañas fueron divididas, y muchas ciudades fueron destruidas por terremotos, incendios y la irrupción del mar. Este holocausto sin precedente continuó tres horas, después de lo cual descen­dieron tinieblas tan espesas que fué imposible encender lumbre. La espantosa obscuridad fué semejante a las tinieblas de Egipto, en que se podían palpar. Esta condición duró hasta el tercer día; de manera que una noche, un día y otra noche fueron como una noche continua; los gemidos del pueblo aumentaba el pavor de la obscuridad impenetrable, pues sus angustiosos lamentos se oían por todos lados: “¡Oh, si nos hubiésemos arrepentido antes de este grande y terrible día!” Entonces en medio de las tinieblas se oyó una voz anunciando la destrucción que había sobrevenido al pueblo por motivo de su iniquidad; y a los que habían sobrevivido, por ser los más justos, ofreció una esperanza con la condición de que hubiera en ellos un arrepentimiento y reformación más completos.  (3 Nefi, caps. 8 a 10.)

De una manera definitiva se ha predicho que el segundo ad­venimiento de nuestro Señor se verá acompañado de fenó­menos calamitosos, ante los cuales han de ser derribados los inicuos. La siguiente profecía se proclamó por conducto del profeta José Smith, y su cumplimiento está cerca: “Porque, de aquí a poco, la tierra temblará y se bamboleará como un borracho; y el sol esconderá su faz y rehusará dar su luz; y la luna será bañada en sangre; y las estrellas se irritarán excesivamente y se arrojarán hacia abajo como el higo que cae de la higuera. Y después de vuestro testimonio vienen la ira y la indignación sobre el pueblo. Porque después de vuestro testimonio, viene el testimonio de los terremotos, que causarán gemidos en medio de la tierra, y los hombres caerán al suelo y no podrán permanecer en pie. Y también viene el testimonio de la voz de truenos, y la voz de relámpagos, la voz de tempes­tades, la voz de las olas del mar precipitándose más allá de sus límites. Y todas las cosas estarán en conmoción; y, de cierto, desfallecerán los corazones de los hombres, porque el temor vendrá sobre todo pueblo.”  (D. y C. 88:87-91.)

Se podría argumentar que las tempestades, terremotos y otros acontecimientos destructivos ya citados, no son fenó­menos naturales sino sobrenaturales, especialmente infligidos por voluntad divina. Digamos más bien que son dirigidos divi­namente estos acontecimientos que natural e inevitablemente acompañan a los pecados del género humano y el estado caído de la raza humana.

“Y la tierra se inficionó bajo sus moradores; porque traspa­saron las leyes, falsearon el derecho, rompieron el pacto sempi­terno. Por esta causa la maldición consumió la tierra, y sus moradores fueron asolados; por esta causa fueron consumidos los habitantes de la tierra, y se disminuyeron los hombres.” (Isaías 24:5, 6.)

  1. Ignorancia Pagana Concerniente a la Resurrección.—Res­pecto a la declaración de que el conocimiento humano de la resurrección está basado sobre la revelación, lo siguiente es de interés: “Con lo que los filósofos paganos pudieron adivinar concerniente a la inmortalidad del alma, aun admitiendo que realmente resultó de sus propias especulaciones y no de las reliquias de la tradición,  cierto  es  que jamás  llegaron  hasta la doctrina de una resurrección corporal. Plinio, enumerando las cosas que ni aun el poder de Dios podría realizar, especificó estas dos: Investir al ser mortal con una existencia eterna, y hacer volver de la tumba a los difuntos. (2, 100, 7) Esquilo expresa una opinión parecida en Las Euménides (647, 648). Lo más que lograron en sus especulaciones éticas fué un con­cepto de una posible continuación de la vida, en algunas formas y condiciones nuevas, allende el sepulcro; pero fué todo. Nunca se imaginaron una resurrección en el sentido bíblico de la palabra.”—Bible Dictionary de Cassell, pág. 396.
  2. Los Saduceos.- Por lo general, el Nuevo Testamento, al hablar de ellos, los presenta en oposición a los fariseos. Estas dos clases constituían las  sectas más influentes  que existían entre los judíos en tiempos de Cristo. Los dos partidos diferían en muchos puntos fundamentales de creencia y práctica, entre ellos, la preexistencia de los espíritus, la realidad del castigo espiritual y futura retribución por el pecado, la necesidad de la abnegación en la vida individual, la inmortalidad del alma y la resurrección de los muertos, que los fariseos defendían y los saduceos negaban. Josefo dice en sus Antigüedades   (18:1, 4): “La doctrina de los saduceos es que el alma y cuerpo pere­cen juntos; la ley es todo cuanto se esfuerzan por cumplir.” La secta se componía principalmente de miembros de la aristo­cracia.  Se  hace esta referencia  especial  a  los  saduceos  por motivo de su resuelta oposición a la doctrina de la resurrección que trataron de opugnar con arrogantes presunciones o ridi­culizar con mofas.
  3. Los Paganos en la Primera Resurrección.La afirmación de que habrá lugar en la primera resurrección para los paganos que han muerto, encuentra apoyo en la palabra de las Escri­turas y en una consideración de los principios de justicia ver­dadera, conforme a los cuales se juzgará a la humanidad. El hombre será declarado inocente o culpable de acuerdo con sus hechos, interpretados a la luz de la ley según la cual tiene que vivir. No concuerda con nuestro concepto de un Dios justo creer que él impondrá un castigo a uno que no observó un re­querimiento que nunca conoció. Sin embargo, ni aun tratándose de aquellos que han pecado en tinieblas e ignorancia se sus­penderán las leyes de la Iglesia; pero es razonable creer que el plan de redención concederá a éstos que están en tinieblas la oportunidad de aprender las leyes de Dios, e indudablemente al paso que aprendan les será requerida la obediencia bajo pena de castigo. Consideremos los siguientes pasajes aparte de los que se hallan en el texto:

“Y si no hubiese ley, ¿qué podría hacer la justicia si los hombres pecasen? ¿o la misericordia? Pues no tendrían derecho sobre el hombre.”—Alma 42:21.

“Por tanto, él ha dado una ley; y donde no se ha dado ninguna ley, no hay castigo; y donde no hay castigo, no hay condenación; y donde no hay condenación, la clemencia del Santo de Israel los reclama por motivo de la expiación; porque el poder de él los libra.”—2 Nefi 9:25.

“Y además, te digo que vendrá el día en que el conoci­miento de un Salvador se esparcirá por todas las naciones, fa­milias, lenguas y pueblos. Y cuando llegue ese tiempo, he aquí que nadie, fuera de los niños pequeños, será declarado sin culpa ante Dios sino por el arrepentimiento y la fe en el nombre del Señor Dios Omnipotente.”—Mosíah 3:20, 21; Helamán 15:14, 15.

  1. El Estado Intermedio del Alma; el Paraíso.—La condición de los espíritus de los hombres entre la muerte y la resurrec­ción es asunto de mucho interés y un tema que ha dado lugar a mucha discusión. Las Escrituras muestran que cuando llegue la hora del juicio final, el hombre comparecerá ante el tribunal de Dios con su cuerpo resucitado, sea cual fuere su condición de pureza o culpabilidad. Mientras esperan el tiempo de su resurrección, los espíritus que han perdido sus cuerpos existen en un estado intermedio de felicidad y reposo, o de sufrimiento e incertidumbre, según sus obras en el estado mortal. El profeta Alma dijo: “Ahora respecto al estado del alma entre la muerte y la resurrección, he aquí, un ángel me ha hecho saber que los espíritus de todos los hombres, luego que se separan de este cuerpo mortal, sí, los espíritus de todos los hombres, sean buenos o malos, son llevados ante aquel Dios que les dió la existencia. Y sucederá que los espíritus de los que son justos serán recibidos en un estado de felicidad que se llama paraíso: un estado de descanso, un estado de paz, donde descansarán de todas sus aflicciones, y de todo cuidado y pena. Y entonces acon­tecerá que los espíritus de los malvados, sí, los que son malos— pues he aquí, no tienen parte ni porción del Espíritu del Señor porque escogieron las malas obras más bien que las buenas, por lo que el espíritu del diablo entró en ellos y se posesionó de su casa—éstos serán echados a las tinieblas de afuera; allí habrá llantos, lamentos y crujir de dientes; y esto a causa de su propia iniquidad, pues fueron llevados cautivos por la volun­tad del diablo. Así que éste es el estado de las almas de los malvados; sí, en tinieblas y en un estado de terrible y espan­tosa espera de que la ardiente indignación de la ira de Dios caiga sobre ellos; y así permanecen en este estado, como los justos en el paraíso, hasta el tiempo de su resurrección.”—Alma 40:11 a 14.

También hacen referencia al paraíso, como lugar preparado para los espíritus justos mientras esperan la resurrección, los siguientes escritores nefitas:  Jacob (2 Nefi 9:13), Nefi (4 Nefi 14) y Moroni (Moroni 10:34). Las referencias del Nuevo Testamento prestan su apoyo (Lucas 23:43; 2 Cor. 12:4; Ap. 2:7). De manera que el paraíso no es el sitio de la gloria final, porque el ladrón que murió con Cristo ciertamente no estaba preparado; sin embargo, no podemos dudar de que se cumplió la promesa de nuestro Señor que el malhechor arrepentido estaría con él aquel día en el paraíso. Además, las palabras que el Salvador resucitado declaró a María Magdalena tres días después, que aún no había subido a su Padre, son prueba de que pasó el intervalo en el paraíso.

La palabra “paraíso,” por su derivación del griego, y éste a su vez del persa, significa lugar de delicias.

APÉNDICE XXII
Notas Relacionadas con el Capítulo 22

  1. Intolerancia Entre las Sectas Cristianas.-“Debe decirse— aunque lo hago con la más profunda tristeza—que el frío ex­clusivismo del  fariseo,  la  cruel  ignorancia  del  que  se  hace llamar  teólogo, la usurpada infalibilidad  del religioso  medio educado, han sido siempre el anatema del cristianismo.   Han aplicado ‘los sentidos del hombre a las palabras de Dios, las facultades especiales del hombre a las palabras generales de Dios’; y han intentado forzarlas sobre las conciencias de todos los  hombres  con  toda  especie  de  hogueras  y  anatemas,  bajo iguales amenazas de muerte y condenación. Y así han incurrido en  la terrible responsabilidad  de presentar  la  religión  a  la humanidad bajo un manto falso y repugnante. ¿Seguirá siendo el odio teológico un proverbio para el justo desprecio del mundo? ¿Acaso se debe considerar el odio—el odio en su forma más rencorosa y despiadada—como el legítimo y normal resultado de la religión de amor? ¿Nunca influirá el espíritu  de paz  en opiniones religiosas? ¿Siempre   suscitarán  estos   asuntos  las más intensas enemistades y las más terribles divisiones? …. ¿Acaso se confirmará para siempre la opinión del mundo, que los partidario? teológicos son menos verídicos, menos candidos, menos magnánimos, menos honorables que aun los partidarios de causas políticas y sociales, quienes nada profesan con res­pecto al deber del amor?  ¿Seguirán siendo los ‘defensores re­ligiosos’, aun como son ahora, los más impíamente rencorosos, los más notoriamente  injustos?    Bien lo pueden ser, y con menos  peligro  para  la  causa  de la  religión,  si  se  privaran del lujo de citar pasajes de las Escrituras para sus propios fines.”—The  Early  Days  af   Christianity,  por   Farrar,  págs. 584, 585.
  2. “Telestial“.—El adjetivo “telestial” no es de uso corriente; en la  actualidad  solamente  se  emplea  en  la  teología  de  la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Se aplica al más bajo de los tres reinos de gloria preparados para los redimidos.

Cabe aquí considerar la siguiente nota del hermano J. M. Sjodahl al autor: “Hablando de las varias épocas de la resu­rrección, S. Pablo (1 Cor. 15:22-25) dice de la última: ‘Luego el fin; cuando entregará el reino a Dios,’ etc. La palabra fin se ha traducido así de telos; y la gloria de aquellos que resucitan los últimos, puede con toda propiedad ser llamada telestial, relacionada con telos. La resurrección de éstos es el fin, la terminación, el cumplimiento de las épocas de la resurrección.”

  1. Tolerancia.- “Ninguna afirmación modificada o condicional propone el ‘mormonismo’ respecto de la necesidad que tiene de cumplir con las leyes y ordenanzas del evangelio todo habitante individual de la tierra que aspira a la salvación. No distingue entre las naciones civilizadas y las paganas, ni entre los hom­bres de mucha inteligencia y los de poca; ni aun entre los vivos y los muertos. Ningún ser humano que ha llegado a la edad de responsabilidad en la carne puede abrigar la esperanza de alcanzar la salvación en el reino de Dios sino hasta que haya rendido obediencia a los requerimientos de Cristo, el Eedentor del mundo. Pero aunque es decisivo en este sentido, el ‘mormo­nismo’ no es exclusivo. No pretende que todos aquellos que no han aceptado y obedecido el evangelio de vida eterna serán eternamente y para siempre condenados. Aunque sin temor afirma que la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es el único repositorio del Santo Sacerdocio, cual se ha restaurado actualmente en la tierra, enseña y exige la más completa tolerancia para todos los individuos y organizaciones de individuos que profesan la justicia; y sostiene que cada cual será recompensado por el bien que haya hecho, juzgándo­sele de acuerdo con el conocimiento espiritual que haya adquiri­do. Y por estas elevadas pretensiones, combinadas con esta pro­fesión de tolerancia, la Iglesia ha sido acusada de inconsistencia. Debe tenerse presente, sin embargo, que tolerancia no es aceptación . . . Los límites de la libertad de un individuo son los mismos que señalan la libertad de otro, o los derechos de la comunidad. Dios mismo considera como sagrada, y con­siguientemente inviolable, la libertad del alma humana …. El ‘mormonismo’ afirma que ningún hombre o nación posee el derecho de privar por la fuerza a nadie, ni aun al pagano, de su derecho de adorar a su dios. Aunque desde las edades más remotas la idolatría ha llevado la marca del desagrado divino, para el que anda en tinieblas aquello podrá renresentar la reve­rencia más sincera de que es canaz. Debe enseñársele un camino mejor, pero jamás obligarlo. Nada se dice de un perdón uni­versal; ninguna glorificación inmerecida de la Misericordia que sea para la degradación o menoscabo de la Justicia; ninguna creencia de que se puede cometer, aun cuando fuere, un solo pecado de omisión o comisión sin que éste deje su herida o cica­triz. En lo futuro habrá un lugar para cada alma, sea cual fuere su grado de inteligencia espiritual.”—El autor, en The Story and Philosophy of “Mormonism,” Salt Lake City, 1914.

APÉNDICE XXIII
Notas Relacionadas con el Capítulo 23

  1. Insultos a San Pablo y a Cristo.- Véase Hechos 23:1-5: “No bien había proferido el apóstol las primeras palabras en su defensa,   cuando   Ananías,   con   vergonzosa   ilegalidad,  mandó que lo hiriesen en la boca.  Enfurecido  por  este insulto tan obvio, aquel ultraje tan inmerecido, el temperamento natural­mente colérico de Pablo se encendió en esa ira repentina que debe ser dominada, pero que difícilmente podría faltar en un carácter verdaderamente noble. Ningún carácter puede ser perfecto si no encierra dentro de sí una profunda, aun cuando perfecta­mente generosa e indulgente indignación contra una injusticia intolerable.  ‘Herirte ha Dios,  pared  blanqueada—exclamó   el apóstol con el dolor del golpe—¿y estás tú sentado para juz­garme conforme a la ley, y contra la ley me mandas herir?’ Esta expresión ha sido censurada por su violencia, y ha sido comparada con la mansedumbre de Cristo ante el tribunal de sus enemigos.   (Véase Juan 18:19-23.)   ‘¿Dónde—pregunta  Jerónimo—está esa paciencia del Salvador, quien, como el cor­dero que es llevado al matadero, no abrió su boca sino que con mansedumbre preguntó a quien lo había herido:   Si he hablado mal, da testimonio del mal: y si bien, ¿por qué me hieres? No estamos desacreditando al apóstol, sino declarando la gloria de Dios, quien aunque sufrió  en la carne, dominó la maldad y debilidad de la carne.’ Sin embargo, no creemos que sea nece­sario recordar al lector que no fueron una ni dos las veces que Cristo desenfrenó su justa ira y censuró la hipocresía y la insolencia con una ráfaga de su santa indignación.  Los que estaban presentes parecen haberse sorprendido de la severidad de la reprensión de San Pablo, porque le preguntaron:   ‘¿Al sumo sacerdote de Dios maldices?’ La ira del apóstol se había agotado  en  aquella  llamarada, e inmediatamente  se   disculpó con exquisita urbanidad y calma. ‘No sabía, hermanos—dijo— que era el sumo sacerdote’; y añadió que de haberlo sabido no habría usado el oprobioso epíteto de ‘pared blanqueada’, por­que reverenciaba y obedecía la Escritura que decía: ‘Al prín­cipe de tu pueblo no maldecirás.'”—The Life and Work of St. Paul, por Farrar, págs. 539-540.
  2. Las Enseñanzas de San Pedro Sobre la  Obediencia  a  la Ley. — Uno de los deberes particulares “de los cristianos de aquellos días era el debido respeto, en todo asunto lícito, al gobierno civil …. Hay ocasiones—y nadie lo sabía mejor que el apóstol que había dado un ejemplo de espléndida desobedien­cia a una orden injustificable—en que ‘es menester obedecer a Dios antes que a los hombres’. (Hechos 4:18-21; 5:28-32, 40-42.) Pero esos casos son excepciones y no la regla común. Normalmente, y en general, la ley humana se pone al lado del orden divino, y, sea quien fuere su administrador, justificada­mente exige obediencia y respeto. Tan necesario era el prin­cipio para los cristianos de aquella época, que San Juan, San Pedro y aun San Pablo mismo con igual énfasis lo enseñaron. Más apremiante era su necesidad en aquellos días en que estaban a punto de estallar peligrosas sublevaciones en Judea; cuando dentro de los corazones de los judíos de todo el mundo ardía el fuego de odio vehemente contra las abominaciones de una idolatría tiránica; cuando se acusaba a los cristianos de ‘alborotar el mundo’ (Hechos 17:6); cuando algún pobre es­clavo cristiano que era llevado al martirio o al suplicio, fácil­mente podría haber desahogado su auna prorrumpiendo en apocalípticas denunciaciones de destrucción repentina’ contra la babilonia mística; cuando los paganos, en su impaciente desprecio, intencionalmente podrían tergiversar una de las profecías de la conflagración final, interpretándola como ame­naza sediciosa; y cuando los cristianos en Roma ya estaban sufriendo, por esa misma razón, las agonías de una persecu­ción neroniana.’ Por consiguiente, la sumisión era en aquel tiempo uno de los primeros deberes de todos los que deseaban granjearse la simpatía de los paganos y salvar a la Iglesia de una ola destructora de indignación que hasta los mismos paganos razonables y tolerantes justificarían como necesidad política …. ‘Sed pues sujetos-—dice el apóstol—a toda ordenación humana por respeto a Dios: ya sea al rey, como a superior (el título “rey” se aplicaba extensamente al emperador en las provincias) ; ya a los gobernadores, como de él enviados para venganza de los malhechores, y para loor de los que hacen bien. Porque ésta es la voluntad de Dios; que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres vanos: como libres, y no como teniendo la libertad por cobertura de malicia, sino como siervos de Dios. (Entonces, como principio) Honrad a todos. (Y como práctica habitual) Amad la fraternidad. Temed a Dios. Honrad al rey.’ ” (Véase 1 Pedro 2:13-17.)—Early Days of Christianity, por Farrar, págs. 89, 90.
  3. La Obediencia a la Ley Secular.—“La religión es esencial­mente asunto de la vida diaria. Tiene tanto que ver con el ajuste del individuo a su ambiente material, como con su creencia abstracta en asuntos espirituales. La religión de un hombre debe ser una demostración concreta de sus conceptos referentes a Dios y a los propósitos divinos que con él y sus prójimos se relacionan. Lo que sea menos ni tiene la forma de piedad ni el poder de ella.

“El Maestro asoció el amor hacia Dios y el amor hacia el prójimo; y ciertamente en el amor se encierra el deber, y el deber significa esfuerzo y hechos. Véase Mateo 22:35-40. Por medio de la asociación con nuestros semejantes y el recto cum­plimiento de nuestros deberes en la vida de la comunidad se aprende gran parte de lo que tenemos que cursar en la escuela del estado mortal. No estamos aquí para convertirnos en er­mitaños ni alejarnos del servicio público, sino para vivir en un estado de ayuda mutua y cooperación efectiva.

“Es una necesidad fundamental el que se establezcan leyes entre los hombres para que haya un gobierno general; y la obediencia a la ley es el patente deber de todo miembro de la sociedad organizada. Por consiguiente, la violación de la ley no sólo es una ofensa seglar sino la transgresión del principio de la verdadera religión. Este mundo sería más feliz si los hombres aplicasen un poco más de religión a sus deberes diarios: sus negocios, su política y asuntos de estado. Nótese bien que he dicho religión, no iglesia ….

“La fiel ciudadanía es no sólo una de las características, sino una prueba de la religión de un hombre; y en cuanto a los deberes obligatorios del ciudadano, la voz del pueblo, expresada por medio del sistema establecido de gobierno, será quien los determinará.”-—El autor, en Vitality of “Mormonism,” pág. 186.

  1. Discontinuación  del Matrimonio   Plural.—El   acto   oficial que dio fin a la práctica del matrimonio plural entre los Santos de los Últimos Días fue la adopción, por parte de la Iglesia reunida en conferencia, de un manifiesto que leyó el Presidente de la Iglesia. El lenguaje del documento ilustra la disposición del pueblo y la Iglesia de obedecer la ley, como  se ve  en la siguiente cláusula: “Por cuanto el Congreso ha formulado leyes que prohiben la poligamia, las cuales la Corte Suprema ha sos­tenido como constitucionales, yo   (el presidente Wílford Wóod-ruff),  por  la  presente,  declaro  mi  intención  de  sujetarme   a dichas leyes y de ejercer mi influencia en los miembros de la Iglesia, a quienes presido, para que hagan lo mismo.” Durante el sermón que pronunció inmediatamente después de la pro­clamación del manifiesto, el presidente Wóodruff dijo, refirién­dose al paso dado: “He cumplido con mi deber, y la nación de la  cual  somos  parte tendrá que responder por  lo  que  se  ha hecho   respecto   de   ese   principio”    (es   decir,   el   matrimonio plural). Véase D. y C. págs. 256, 257.
  2. Un Ejemplo Notable de Obediencia a la Ley Secular.“Los gobiernos son instituidos de Dios, algunas veces por inter­vención directa de él, otras veces con su permiso. Cuando los judíos fueron vencidos por Nabucodonosor, rey de Babilonia, el Señor mandó, por conducto del profeta Jeremías (27:4-8), que el pueblo rindiera obediencia a su conquistador, a quien designa como su siervo; porque en verdad el Señor se había valido del rey pagano para castigar a los apóstatas e infieles hijos del convenio. Esta obediencia que les fué mandado rendir abrazaba también el pago de tributos y comprendía una su­misión completa.”

APÉNDICE XXIV
Notas Relacionadas con el Capítulo 24

  1. Amor, el Cumplimiento de la Ley.—“San Pedro dice: ‘Y sobre todo tened  entre vosotros ferviente  caridad.’   (1   Pedro 4:8.)   Sobre todo. Y San Juan dice aún más:  ‘Dios es amor.’ (1 Juan 4:8.) Y tal vez nos acordamos de las profundas pala­bras de San Pablo: ‘El cumplimiento de la ley es la caridad.’ (Rom. 13:10;  Gal. 5:14.)   ¿Nos hemos puesto a pensar en lo que quiso decir con esto? En aquellos días los hombres se ocu­paban en llegar al cielo por el cumplimiento de los diez man­damientos y los otros ciento diez mandamientos que de los pri­meros habían fabricado.  Cristo dijo en substancia:   ‘Os mos­traré un modo más sencillo. Si hacéis una cosa, haréis estas otras ciento diez cosas sin pensar siquiera en ellas. Si amáis, inconscientemente estaréis cumpliendo toda la ley’ …. Con­ sideremos  cualquiera  de  los  mandamientos,  por  ejemplo,  ‘No tendrás dioses ajenos delante de mí’. Si un hombre ama a Dios, no se hará necesario decirle eso. El amor es el cumplimiento de la ley. ‘No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano’. ¿Se le ocurriría al individuo tomar su nombre en vano, si lo amara? ‘Acordarte has  del  día  del reposo,  para  santificarlo’.   ¿No  le daría gusto tener un día de cada siete para dedicarlo más ex­clusivamente al objeto de su cariño? El amor cumpliría todas estas leyes concernientes a Dios. En igual manera, si amara al prójimo, no sería necesario decirle que honrara a su padre y a su madre. No podría menos que respetarlos. Sería absurdo que le dijésemos que no matase. Sólo se ofendería si le indi­cásemos que no robara, pues ¿cómo podría robar de aquellos a quienes amaba? Sería por demás pedirle qué no hablara falso testimonio contra su prójimo. Si lo amaba, jamás se le ocurri­ría. Y nunca pensaríamos en instarlo a no codiciar las cosas de  su  prójimo.  Mejor  preferiría  que  su  prójimo  las  tuviera y no él. En este sentido, el amor es el cumplimiento de la ley”.

—The Greatest Thing in the World, por Drummond.

  1. Caridad y Amor. — Conforme a la etimología y el uso, beneficencia, es la virtud de hacer bien y benevolencia, la buena voluntad hacia otros; pero benevolencia ha llegado a comprender beneficencia y a reemplazarla …. Caridad, que tiene como acepción primera el “amor a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos” (como en 1 Cor. 13), en la actualidad se aplica casi umversalmente a la “limosna que se da, y auxilio que se presta a los necesitados”, y su significado es mucho menos extenso que el de benevolencia.—Véase el Diccionario de la Lengua Española.

Caridad propiamente significa “amor y, consiguientemente, hechos benignos. Ni una sola vez aparece en el Antiguo Testa­mento; en el Nuevo, con una sola excepción, caridad y amor son sinónimos; y en todos estos casos indica el amor del hombre hacia su prójimo y hacia lo que es bueno.” (Véase especialmente 1 Cor. cap. 13) —Bible Dictionary de Cassell.

  1. El Diezmo del Señor.—Como en la antigüedad, así hoy, el diezmo pertenece al Señor, por lo cual, es santo. El dinero o bienes, cualesquiera que fueren, que se entregan como diezmos, no se han de administrar por personas desautorizadas. Los sacerdotes de Israel antiguo tenían a su cargo este sagrado deber, y en la dispensación actual prevalece el mismo orden. En la actualidad, los obispos son responsables por el manejo de los diezmos, y, oficiando de esta manera, obran en su capaci­dad de directores del sacerdocio aarónico. De nuevo hoy, como en la antigüedad, se pagan los diezmos en determinados lugares a aquellos que han sido debidamente autorizados y comisiona­dos para recibirlos. En estos días, el Obispo de la Iglesia, conocido como el Obispo General, recibe ayuda de los muchos obispos de los barrios, a quienes como representantes y ayudantes de! Obispo General, se pagan los diezmos, después de lo cual se remiten por ellos a la oficina del Obispo General. El orden de la Iglesia, cual actualmente está constituida, dis­pone que los varios obispos conviertan en efectivo los comes­tibles que en calidad de diezmos reciban en especie, y manden los fondos al Obispo General. Es interesante el hecho de que durante los últimos años, particularmente las dos últimas décadas, muchas sectas y denominaciones han procurado re­vivir la antigua práctica del diezmo. Las iglesias están organi­zando entre sus miembros sociedades o clubs de “pagadores de diezmos”, quienes voluntariamente se comprometen a pagar a sus iglesias respectivas la décima parte de sus ingresos in­dividuales. En algunas de estas sociedades les es permitido a los contribuyentes indicar el propósito al cual se han de aplicar sus diezmos. La gran dificultad con que más tropiezan nuestros amigos sectarios en restablecer la práctica del diezmo en sus numerosas sectas—y ellos en parte lo comprenden—es que no hay entre ellos sacerdotes ni levitas autorizados para recibir los diezmos y administrarlos estrictamente de acuerdo con el mandato divino. La autoridad del Santo Sacerdocio es esencial para la regulación del sistema de diezmos del Señor. El diezmo es el sistema de fondos del Señor, y lo exige del pueblo, no porque a él le haga falta el oro y la plata, sino porque ellos necesitan pagarlo.

El pago de los diezmos debe ser un sacrificio voluntario y libre, no para ser impuesto por poder civil alguno ni para hacerse cumplir por medio de multas o alguna otra corrección material. Aun cuando hasta cierto punto uno asume la obli­gación, debe, no obstante, observarla con íntegro propósito de corazón aquel que gana dinero, afirma ser miembro de la Iglesia, y profesa dejarse guiar por la palabra revelada que se ha dado para el desarrollo espiritual de sus miembros.

Es esencial que los hombres aprendan a dar. Si no se pro­veyera esta instrucción, quedaría incompleto el curso escolar del estado mortal. La sabiduría humana no ha podido idear, un medio más equitativo de contribuciones individuales para las necesidades de la comunidad que el sencillo plan de los diezmos. Cada uno ha de dar en proporción a lo que gana, y debe hacerlo regular y sistemáticamente. El espíritu de dar santifica el diezmo; y por estos medios santificados se llevan a cabo las actividades materiales de la Iglesia. Bendiciones, precisas y selectas, se hallan al alcance de todos. En la obra del Señor, tan aceptable es el centavo de la viuda como la pieza de oro del millonario.

Los Santos de los Últimos Días creen que se ha instituido divinamente el sistema de los diezmos para que ellos lo observen; y se consideran bienaventurados por permitírseles tomar parte en la realización de los fines de Dios. Bajo este sistema, el pueblo ha prosperado individualmente y como cuerpo organi­zado. Es la sencilla y efectiva ley de ingresos de la Iglesia, y su operación ha sido un éxito desde el día de su estable­cimiento. Evita entre nosotros la necesidad de hacer colectas en las asambleas religiosas, y facilita la promulgación del mensaje de la Iglesia por medio de la palabra impresa y hablada, así como la construcción y sostenimiento de templos para el beneficio tanto de los vivos como de los muertos, y otros ser­vicios al género humano demasiado numerosos para mencionar.

Hay una distinción importante entre los diezmos y otras ofrendas. Aunque la observancia de la ley de los diezmos debe ser libre y voluntaria, no obstante, el Señor pide, más aún, exige que paguen diezmos aquellos que de su libre voluntad han hecho convenio con él en las aguas del bautismo. Cometemos un error muy grande y muy común cuando consideramos que el pago de los diezmos es un donativo que hacemos al Señor. Esto no expresa la verdad. Se ha dispuesto que el hombre haga cuantas ofrendas voluntarias desee; y si hace la ofrenda con propósito puro de corazón, su ofrenda será aceptada y le será imputado por justicia; pero el diezmo no es así, el diezmo es más bien una deuda que un donativo.

En mi concepto, es como si yo y el Señor hubiésemos cele­brado un contrato y que él en substancia me hubiera dicho: Tú necesitas muchas cosas en este mundo: alimento, ropa y abrigo para tu familia y para ti, las comodidades más comunes de la vida y las cosas que te darán cultura, desarrollo y gozo sano. Deseas obtener bienes materiales a fin de usarlos para ayudar a otros, y de esta manera ganar bendiciones mayores para ti y los tuyos. Tendrás los medios para adquirir estas cosas, pero recuerda que son mías, y voy a exigir que pagues arrendamiento por lo que entrego en tus manos. Sin embargo, tus bienes y posesiones no aumentarán uniformemente durante tu vida. Tendrás tus pérdidas así como tus ganancias; cono­cerás épocas de dificultades así como de paz. Algunos años serán para ti años de abundancia, otros lo serán de escasez. Y ahora, en lugar de hacer lo que hacen los dueños mortales, quienes te exigen que les pagues por adelantado lo que estipula tu contrato, sea que te vaya bien o mal, a mí no me pagarás de antemano, sino hasta después que hayas recibido; y me pagarás de acuerdo con lo que recibas. Si acontece que en un año tus ganancias son más abundantes, podrás pagarme un poco más; y si sucede que el año siguiente es uno de aflicción, y tu ganan­cia no es lo que fue, entonces me pagarás menos; y si llegas hasta el extremo de no ganar nada, nada me pagarás.

¿Qué propietario de la tierra hay que esté dispuesto a cele­brar esta clase de contrato con uno? Cuando considero la liberalidad del plan y la consideración que mi Señor ha tenido para conmigo, siento en mi corazón que difícilmente podría alzar mi semblante hacia su cielo si tratara de defraudarlo de este justo arrendamiento.

Consideremos, además, cómo ha proveído para que aun los ás humildes puedan recibir abundantemente de las bendi­ciones de su casa. No se han reservado los tesoros del cielo para los hombres ricos de la tierra; aun el más “Dobre puede ser accionista de la gran corporación de nuestro Dios, organizada para efectuar sus propósitos en la predicación del evangelio, en la construcción de templos y otros santuarios en su nombre y en hacer bien a todos los hombres………………………………………….

Al fin y al cabo, el propósito principal o grande del estable­cimiento de la ley de los diezmos es el desarrollo del alma del que los paga, más bien que el de proveer ingresos. Este es un propósito importantísimo, porque en vista de que se requiere dinero para llevar a cabo la obra de la Iglesia, el Señor necesita el dinero que ha sido santificado por la fe del pagador; pero se aseguran bendiciones inestimables, evaluadas conforme a la moneda del reino, a aquel que cumple estrictamente con la ley de los diezmos porque el Señor así la ha mandado.—Del folleto The Lord’s Tenth, por el autor, publicado por el Obispado General, Salt Lake City, 1923.

  1. La Relación Entre Dios y el Hombre.—“El ‘mormonismo’ afirma que existe un parentezco real y literal de padre e lujo entre el Creador y el hombre. No en el sentido figurado en que llamamos padre de una máquina al inventor de ella; no la rela­ción que hay entre una cosa hecha mecánicamente y el que la creó, sino el vínculo entre un padre y su progenie. En una palabra, declara sin temor que siendo el espíritu del hombre estirpe de Dios, y siendo su cuerpo, aunque de materia terrenal, a imagen y semejanza misma de Dios, el hombre aun en su pre­sente condición no sólo degradada, sino también caída, todavía posee, aun cuando sólo en estado latente, rasgos, tendencias y poderes heredados que revelan su descendencia más que real; y que éstos se pueden desarrollar al grado de hacerlo, hasta cierto punto, aun cuando mortal, semejante a Dios.

“Pero el ‘mormonismo’ proclama aún más. Asevera que, de acuerdo con la ley inviolable de la naturaleza orgánica—que los semejantes han de reproducir a los semejantes y que la multiplicación del número y perpetuación de las especies debe sujetarse a la condición de ‘cada cual según su género’—el hijo puede alcanzar el estado anterior del padre, y que en su condición mortal el hombre es un Dios en embrión. No importa cuan remoto esté en lo futuro, cuantas edades tengan que pasar, cuantas eternidades hayan de transcurrir antes que cualquier individuo, que hoy es un ser mortal, pueda lograr la santidad y categoría de la divinidad, con todo, el hombre lleva en su alma las posibilidades de tal realización, aun así como en la oruga que se arrastra o en la cadavérica crisálida se encierra la posibilidad latente, más aún, la certeza segura—salvo su destrucción durante la metamorfosis—del insecto alado en toda la gloria de su estado adulto.

“El ‘mormonismo’ afirma que toda la naturaleza, tanto en el cielo como en la tierra, obra conforme a un plan de pro­greso; que el Padre Eterno mismo es un Ser progresivo; que su perfección, aunque tan completa que es incomprensible para el hombre, posee esta cualidad esencial de la perfección ver­dadera, a saber, la capacidad de aumento eterno; que, por tanto, en alguna remotísima época futura, más allá del horizonte de las eternidades, el hombre quizá podrá llegar al estado de un Dios. Sin embargo, esto no quiere decir que entonces será igual al Dios que adoramos, ni que alcanzará jamás a las inteligencias cuyo desarrollo ya va adelante del suyo; porque declarar tal cosa sería sostener que no hay progreso más allá de cierto estado, y que el desarrollo es característica de las organiza­ciones  y  fines   inferiores   únicamente.   Nosotros   creemos   que encierra algo más que el metal que resuena y el retintín de címbalos verbales, la ferviente amonestación del Cristo a sus discípulos: Sed, pues, vosotros perfectos, aun como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.”—The Philosophy of “Mormonism”, págs. 108-110; el autor en The Story and Phi­losophy of “Mormonism”, Salt Lake City, 1920.

 

 

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s