Los Artículos de Fe

Capítulo 5
Fe y arrepentimiento

Articulo 4.—Creemos que los primeros principios y ordenanzas del evangelio son, primero: Fe en el Señor Jesucristo; segundo: Arrepentimiento; . . .

FE

La Naturaleza de la Fe.— Empléase en las Escrituras la palabra fe con el predominante significado de plena confianza y esperanza en la naturaleza, los fines y las palabras de Dios. Esta confianza, siendo implícita, disipará toda duda en cuanto a las cosas que Dios ha efectuado o prometido, aunque para las facultades ordinarias del ser mortal no sean evidentes ni explicables. De ahí, pues, la definición de la fe según San Pablo: “Es pues la fe la sustancia (es decir, confianza o seguridad) de las cosas que se esperan, la demostración (esto es, la evidencia o prueba) de las cosas que no se ven.”(Heb.11-1) Es patente que este sentimiento de confianza puede existir en diversos grados en diferentes personas; en verdad, la fe puede manifestarse desde el estado incipiente que no es sino poco más que una débil creencia, libre apenas de la vacilación y el temor, hasta la fuerza de una confianza firme que desafía a la duda y la sofistería.

Creencia, Fe y Conocimiento. — Suelen considerarse sinónimas las palabras fe y creencia; sin embargo, cada cual tiene un significado particular, aunque las dos palabras se usan sin distinción en muchos pasajes de las Escrituras. La creencia, en uno de sus significados aceptados, puede ser meramente un asentimiento y conformidad intelectual, al paso que la fe implica esa confianza y convicción que impele a la acción. La creencia es, en un sentido, pasiva: un consentimiento o aceptación solamente; la fe es activa y positiva: comprende esa seguridad y confianza que provoca a obrar. Fe en Cristo abarca la creencia en él, combinada con la confianza en él. Uno no puede tener fe sin creer; sin embargo, puede creer y aun así, carecer de fe. Fe es creencia vivificada, activa y viva.

Aun cuando no se admitiese distinción esencial alguna entre las dos en cuanto a clase, ciertamente la hay muy marcada en cuanto a grado. Como en breve se demostrará, la fe en Dios es indispensable para la salvación; es, de hecho, un poder salvador que conduce a quien la posee por los senderos de santidad, mientras que la simple creencia en la existencia y atributos de Dios no constituye semejante poder. Considérense las palabras de Santiago (Sant.2:19; Apéndice V:1) en su epístola universal a los santos, en la que reprendió a sus hermanos por motivo de profesar vanamente ciertas cosas. Dijo en substancia: Con orgullo y satisfacción declaráis vuestra fe en Dios; os jactáis de no ser como los idólatras y paganos porque aceptáis a un Dios; hacéis bien en profesar y, consiguientemente, creer. Mas recordad que otros hacen lo mismo; aun los demonios creen; y creen tan firmemente que tiemblan cuando meditan el destino que esa creencia les revela.

Satanás y sus secuaces creen en Cristo; y su creencia constituye un conocimiento de quién es el Señor, y la parte pasada, presente y futura que desempeña en el plan divino de la existencia y salvación humanas. Tráigase a la memoria el caso del hombre poseído de espíritus inmundos en el país de los gadarenos, un hombre atormentado tan gravemente que llenaba de terror a todo el que se le acercaba. No podía ser dominado ni atado; la gente tenía miedo de acercársele; sin embargo, cuando vió a Cristo, corrió a él y lo adoró, y el espíritu malo dentro de él imploró misericordia al Justo, llamándolo “Jesús, Hijo del Dios Altísimo”.(Mar.5:1-18; Mat.8:28-34) Otra ocasión, en la sinagoga de Cafarnaúm, un espíritu malo rogó a Cristo que no empleara su poder, exclamando con temor y agonía: “Sé quién eres, el Santo de Dios.”(Mar.1:24) Un día iba tras Jesús una multitud de gente de Idumea y Jerusalén, de Tiro y de Sidón. Entre ellos había muchos que tenían espíritus malos, y éstos, al verlo, se postraban delante de él, “y daban voces, diciendo: Tú eres el Hijo de Dios”.(Mar.3:8-11; Jesús el Cristo, caps.13, 20) ¿Ha habido creyente mortal que haya confesado un conocimiento de Dios y su Hijo Jesucristo más francamente que estos siervos de Satanás? Satanás conoce a Dios y a Cristo; tal vez algo se acuerda de aquella posición que en un tiempo él mismo ocupó como Hijo de la Mañana;(D. y C.76:25-27) y sin embargo, a pesar de todo este conocimiento, aún sigue siendo Satanás. Ni la creencia, ni un conocimiento real y verdadero, que es superior a la creencia, bastan para salvar, porque ninguno de los dos es fe. Si la creencia es producto de la mente, la fe lo es del corazón; la creencia se basa en la razón, la fe principalmente en la intuición.

Frecuentemente oímos decir que la fe es conocimiento imperfecto; que aquélla desaparece conforme éste la reemplaza; que hoy andamos por fe, pero algún día andaremos en la luz segura del conocimiento. En un sentido es cierto; sin embargo, debe tenerse presente que el conocimiento puede ser tan muerto y tan infructuoso, en cuanto a obras buenas, como la creencia sin fe. Las confesiones de los demonios, que Cristo era el Hijo de Dios, estaban basadas en conocimiento; sin embargo, la gran verdad que ellos conocían no cambió sus naturalezas inicuas. Qué diferencia entre la confesión que ellos hacían del Salvador y la de San Pedro, quien, respondiendo a la pregunta del Maestro: “Vosotros, ¿quién decís que soy?”, contestó casi en los mismos términos que los espíritus inmundos ya mencionados: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”.(Mat.16:15-16; Mar.8:29; Luc. 9:20) La fe de Pedro ya había manifestado su poder vivificante; lo había hecho abandonar mucho de lo que estimaba; lo había hecho seguir a su Señor en medio de la persecución y el sufrimiento; había dejado las cosas del mundo con sus atracciones por la piedad sacrificadora que su fe tanto lo hacía anhelar. El conocimiento que tenía de Dios como el Padre, y del Hijo como el Redentor, quizá no fué mayor que el de los espíritus inmundos; pero mientras que para éstos aquel conocimiento no era sino causa adicional de condenación, para él fué un medio de salvación.

Con simplemente poseer conocimiento no hay seguridad de que se recibirá beneficio alguno de ello. Se relata que durante. una epidemia de cólera en una ciudad grande, un científico probó por medio de experimentos químicos y microscópicos, a satisfacción de él, que el abastecimiento de agua potable estaba infectado, y que por ese medio se estaba propagando la plaga. Proclamó el hecho por toda la ciudad, y advirtió a todos que no usaran agua sin hervir. Muchos de los habitantes, aunque sin poder comprender sus métodos de investigación, y mucho menos repetirlos ellos mismos, tuvieron fe en sus palabras de amonestación, obedecieron sus instrucciones y se libraron de la muerte a la cual sucumbieron sus descuidados e incrédulos vecinos. Su fe tuvo el poder para salvarlos. En cuanto al científico, la verdad mediante la cual se habían salvado tantas vidas era para él cuestión de conocimiento. El efectivamente había percibido, por medio del microscopio, pruebas de la existencia de microbios mortíferos en el agua; había demostrado su virulencia; sabía de qué hablaba. No obstante, en un momento de descuido bebió del agua que no había sido hervida, y poco después murió, víctima de la plaga. Su conocimiento no lo salvó a pesar de ser convincente; sin embargo, otros que sólo dependían de la confianza o fe que tenían en la verdad que él había proclamado, se escaparon de la inminente destrucción. El científico tenía conocimiento, pero ¿fué prudente? Conocimiento es para la sabiduría lo que creencia es para la fe: uno es un principio abstracto; el otro, una aplicación viviente. El meramente poseer conocimiento no constituye la sabiduría, sino el uso adecuado de él.

El Fundamento de la Fe. — Primeramente, y en una acepción teológica, estamos considerando la fe en el sentido de una confianza viva e inspiradora en Dios, en la aceptación de su voluntad como nuestra ley y sus palabras como nuestra guía en la vida. Sólo a medida que llegamos a saber que él existe y, además, que es un Ser de noble carácter y atributos, es posible tener fe en Dios.

Sobre este conocimiento de la existencia de Dios, la nobleza de su carácter y la perfección de sus atributos, se establece la fe del hombre en él. De manera que no se puede ejercer la fe en Dios si falta todo conocimiento de él; no obstante, hasta los paganos descarriados manifiestan algunos de los frutos de la fe, porque tienen cuando menos la convicción innata que surge de la intuición natural del hombre en cuanto a la existencia de un poder supremo. En toda alma humana, aun en la del salvaje, existe alguna base para la fe, por limitada e imperfecta que la hayan dejado las tinieblas de la herencia o del pecado voluntario. La fe del pagano podrá ser débil e imperfecta, pues quizá su habilidad para reconocer la evidencia de la que depende la creencia en Dios no es mucha. Aunque las primeras insinuaciones de la fe en Dios pueden ser el producto de la intuición natural, el desarrollo posterior resultará mayormente de investigar y buscar la verdad imparcialmente y con oración.

La fe verdadera brotará de la evidencia fidedigna, interpretada correctamente; de la evidencia falsa sólo nacerá una fe pervertida y mal fundada. El número y verisimilitud de los testigos, o el peso de la evidencia, al investigarlo nosotros mismos, es lo que principalmente determinará nuestras conclusiones respecto al asunto que se esté probando. Si de la veracidad de una declaración afirmasen testigos en quienes tuviéramos confianza, por improbable que tal declaración nos pareciera, nos sentiríamos impulsados a admitirla como cierta, a lo menos provisionalmente. Si testificaran muchos testigos fidedignos y, sobre todo, si apareciese evidencia confirmatoria, podríamos tomar por comprobada la declaración. No obstante, aún no podríamos calificar de competentes para afirmar la verdad de aquello, según nuestro conocimiento personal, sino hasta después que hubiésemos visto y oído por nosotros mismos; de hecho, hasta que cada uno de nosotros se convirtiera en testigo competente por medio de la observación personal. Ilustremos el punto: Relativamente pocos son los que han visitado el centro del gobierno norteamericano en Wáshington; las masas nada saben, por observación real y efectiva, del Capitolio, de la Casa Blanca y otros edificios de interés e importancia nacionales; muy pocos han conocido personalmente al Presidente de los Estados Unidos que allí vive. ¿Cómo puede alguno de los de la inmensa multitud que no han visto, por sí mismos, saber de la ciudad de Wáshington, del Capitolio y del Presidente? Por el testimonio de otros. Quizá entre sus conocidos habrá algunos que han estado en Wáshington, cuyas declaraciones él acepta como verdaderas; seguramente él ha oído o leído acerca de aquellos que por sí mismos saben. Entonces aprende que allí se formulan leyes, y que se expiden edictos de la cabecera de la nación; sus estudios en la escuela, el uso de sus mapas y libros y muchos otros acontecimientos aumentan la evidencia, que no tarda en volverse decisiva. Multiplícanse sus deducciones, y se desarrollan en una convicción positiva. Llega a tener fe en la existencia de un centro de gobierno nacional, y respeto hacia las leyes que de allí emanan.

Consideremos otra ilustración: Los astrónomos nos dicen que la tierra es de la misma categoría que ciertas de las estrellas; que pertenece a una familia de planetas que giran alrededor del sol, siguiendo órbitas concéntricas, y que el tamaño de algunos de esos planetas es varias veces mayor que el de nuestro globo. Quizá no somos peritos en cuanto a métodos astronómicos de observación y cálculo, y por tanto, no podremos nosotros mismos someter la verdad de estas declaraciones a una prueba; pero hallamos que el testimonio unido de aquellos en cuya habilidad como obreros científicos tenemos confianza, produce tan enorme masa de evidencia, que damos por comprobadas sus conclusiones.

En igual manera, en lo que respecta a la existencia, autoridad y atributos de Dios, los testimonios de muchos santos hombres de los tiempos antiguos y modernos— profetas cuya verisimilitud se basa en el cumplimiento de sus profecías—han llegado a nosotros en una afirmación unida de las verdades solemnes, y la naturaleza nos ofrece testimonio corroborativo por todos lados. Rechazar tal evidencia, sin refutarla, sería menospreciar los métodos más aceptados de investigación y estudio que el hombre conoce. Queda ilustrado, en cierta celebración Pentecostés, cómo creció la evidencia hasta volverse fe. En esa ocasión miles de judíos, imbuidos en el preconcebido prejuicio de que Jesús era un impostor, oyeron el testimonio de los apóstoles y presenciaron las señales acompañantes; tres mil de ellos se convencieron de la verdad y se hicieron discípulos del Hijo de Dios, tornándose en creencia su prejuicio y desarrollándose su creencia en fe, con sus obras correspondientes.(Hech.cap.2) De modo que el fundamento de la fe en Dios es una creencia sincera en él, o el conocimiento de él, cual lo comprueban la evidencia y el testimonio.

La Fe es un Principio de Poder.— En su significado general, la fe—la certeza de las cosas que esperamos y la evidencia de las cosas que nuestros sentidos no perciben—es el principio, la fuerza motriz que impele a los hombres a tomar resoluciones y a obrar. Sin el ejercicio de ella no haríamos ningún esfuerzo cuyos resultados fueran futuros. Sin fe en la cosecha del otoño, el hombre no sembraría en la primavera; ni tampoco se esforzaría por construir, si no tuviese la confianza de terminar el edificio y disfrutar de él; si al estudiante le faltase la fe en la posibilidad de terminar satisfactoriamente sus estudios, no daría principio a sus clases. De modo que para nosotros la fe es el fundamento de la esperanza que hace brotar nuestras aspiraciones, ambiciones y confianzas para lo futuro. Privemos al hombre de su fe en la posibilidad de realizar el triunfo que anhela, y lo despojamos del estímulo que lo hace afanarse. No alargaría la mano para asir, si no creyese en la posibilidad de obtener aquello que desea alcanzar. De modo que este esfuerzo se convierte en la fuerza impulsora por medio de la cual los hombres se afanan por lograr la excelencia, frecuentemente soportando vicisitudes y sufrimientos a fin de realizar sus fines. La fe es el secreto de la ambición, el alma del heroísmo, la fuerza motriz del esfuerzo.

Agradable a Dios es el ejercicio de la fe, y con ello se puede granjear su interposición. Fué por la fe que los israelitas, en su éxodo de Egipto, siguieron a su caudillo hasta el fondo del mar; y mediante las agencias protectoras de Dios, que esa fe produjo, éstos se salvaron mientras que los egipcios fueron destruidos cuando quisieron seguirlos.(Exo.14:22-29; Heb.11:29) Con íntegra confianza en las instrucciones y promesas de Dios, Josué y sus intrépidos ayudantes sitiaron la ciudad de Jericó; y los muros de esa ciudad inicua se desplomaron ante la fe de los sitiadores, sin necesidad de arietes u otros ingenios de guerra.(Jos.6:20; Heb.11:30) Por el mismo poder Josué logró la ayuda de los astros del cielo en su triunfo sobre los amorreos(Jos.10:12) San Pablo también nos cita(Heb.11:32-34) los ejemplos de Gedeón,(Jue.6:11) Barac,(Jue. 4:6) Samsón,(Jue.13:24) Jefté,(Jue.11:1;12:7) David,(1Sam.16:1,13;17:45) Samuel(1Sam.1:20;12:20) y los profetas “que por fe ganaron reinos, obraron justicia, alcanzaron promesas, taparon las bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de cuchillo, convalecieron de enfermedades, fueron hechos fuertes en batallas”. Fué por la fe que Alma y Amulek se libraron del cautiverio mientras se derrumbaban los muros de la prisión.(Alma 14:26-29; Eter 12:13) Por la fe Nefi y Lehi,(Helamán 5:20-52; Eter 12:14) hijos de Helamán, fueron protegidos de sus enemigos lamanitas por fuego, en medio del cual se les preservó sin que se quemaran; y en los corazones de sus perseguidores se efectuó una obra mayor aún, porque se esclarecieron sus mentes y se arrepintieron. Funcionando la fe, se pueden domar aun las olas del mar;(Mat.8:23-27; Mar. 4:36-41; Luc.8:22-25; Mat.14:24-32; Mar.6:47-51; Juan 6:16-21) los árboles se sujetan al que manda por la fe;(Mat.21:17-22; Mar.11:12-14, 20-24; Luc.17:6; Jacob 4:6) las montañas pueden ser quitadas para cumplir fines justos;(Mat.17:20; 21:21; Mar.11:23, 24; Eter 12:30; Jacob 4:6) se sana a los enfermos, se echan fuera demonios” y se resucita a los muertos (Luc. 7:11-16; Juan 11:43-45; 1 R. 17:17-24; 3 Nefi 7:19; 19:4; 26:15.) Todas las cosas se efectúan por la fe.(Véase Mat. 17:20; Mar. 9:23; Ef. 6:16; 1 Juan 5:4; D. y C. 35:8-1)

Pero tal vez se dirá que la fe no es, de sí, una fuente de poder; que su efecto se debe a una interposición externa de ayuda divina que la fe no hace sino invocar; y el escéptico podrá añadir que un Dios omnisciente, si fuera cariñoso y amable, obraría independientemente y daría, sin esperar a que se le invocara por medio de la fe o la oración. Suficiente respuesta encierra la abundante prueba que la Escritura provee a favor de que el Todopoderoso obra de acuerdo con la ley, y que toda acción arbitraria y caprichosa es contraria a su naturaleza. Como quiera que se hayan formulado las leyes del cielo, la aplicación de sus medidas benéficas a la humanidad depende de la fe y obediencia de los súbditos mortales.

Considérese la derrota de Israel por los hombres de Hai; se había violado una ley de justicia: habían metido un anatema al campamento del pueblo del convenio; esta transgresión resistió la corriente de ayuda divina, y no fué sino hasta cuando se santificó el pueblo que les fué restituido el poder.(Jos. caps. 7, 8.) Además, Cristo sintió la influencia de la fe y de la falta de fe en el pueblo, lo que hasta cierto punto determinó sus milagros. La bendición acostumbrada, “tu fe te ha sanado”, con que daba a conocer la interposición sanadora, es evidencia de este hecho. Nos enteramos también de que en cierta ocasión, entre los de su tierra, “no hizo allí muchas maravillas, a causa de la incredulidad de ellos”.(Mat. 13:58; Mar. 6:5, 6)

Una Condición de Fe Efectiva. — Condición esencial para el ejercicio de una fe viva, creciente y alentadora en Dios, es el conocimiento en el hombre de estar tratando, cuando menos, de vivir de acuerdo con las leyes de Dios, según las ha aprendido. Sabiendo que está pecando intencional y desenfrenadamente contra la verdad, perderá su sinceridad en la oración y la fe, y se distanciará de su Padre. Debe sentir que el rumbo que lleva el curso de su vida es aceptable; que, teniendo en cuenta las debilidades mortales y flaquezas humanas, el Señor aprueba hasta cierto punto de él; de lo contrario, queda vedado de suplicar ante el trono de la gracia con entera confianza. El sentimiento de que uno está esforzándose sinceramente para lograr una conducta piadosa es, en sí, un poder que fortalece en sus sacrificios y persecución al que lo posee, y lo sostiene en toda buena obra. Fué este conocimiento de un contacto seguro con Dios lo que permitió a los santos de la antigüedad soportar lo que aguantaron, aunque sus sufrimientos fueron los más severos. Leemos que unos “fueron estirados, no aceptando el rescate, para ganar mejor resurrección; otros experimentaron vituperios y azotes; y a más de esto prisiones y cárceles; fueron apedreados, aserrados, tentados, muertos a cuchillo, anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; perdidos por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra”.(Heb. 11:35-3) Como en los días antiguos, así en la actualidad los santos se han sentido alentados en todas sus tribulaciones por el conocimiento seguro de la aprobación divina; y la fe de los hombres justos siempre ha crecido mediante el conocimiento de sus sinceros y devotos esfuerzos.

La Fe es Esencial para la Salvación. — Por cuanto la salvación se obtiene sólo por la mediación y expiación de Jesucristo, y en vista de que se aplica al pecado individual al grado que se obedecen las leyes de justicia, la fe en Jesucristo es indispensable para la salvación. Pero ninguno puede creer en Jesucristo de una manera efectiva, y a la misma vez negar la existencia del Padre o del Espíritu Santo; por tanto, la fe en toda la Trinidad es esencial para la salvación. San Pablo declara que “sin fe es imposible agradar a Dios; porque es menester que el que a Dios se allega, crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan”.(Heb. 11:6.) Abundan en las Escrituras las promesas de salvación a los que ejercen la fe en Dios y obedecen los requerimientos que esa fe claramente indica. Las palabras de Cristo en este respecto son terminantes: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.”(Mar. 16:16) Además: “El que cree en el Hijo, tiene vida eterna; mas el que es incrédulo al Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.”(Juan 3:36; Juan 3:15; 4:42; 5:24; 11:25; Gal. 2:20; 1 Nefi 10:6, 17; 2 Nefi 25 :25; 26:8; Enós 1:8; Mosíah 3:17; Helamán 5:9; 3 Nefi 27:19; D. y C. 45:8) Después de su muerte, sus apóstoles enseñaron doctrinas semejantes todo el tiempo que estuvieron en el ministerio.(Hech. 2:38; 10:42; 16:31; Rom. 10:9; Heb. 3:19; 11:6; 1 Ped. 1:9; 1 Juan 3:23; 5:14.) Una de las consecuencias naturales de la fe implícita en la Trinidad será una confianza creciente en las Escrituras, como el repositorio de la palabra de Dios, y en las palabras y las obras de sus siervos autorizados quienes hablan como sus oráculos vivientes.

La Fe es un Don de Dios.— A pesar de estar al alcance de todos los que diligentemente se esfuerzan para obtenerla, la fe, no obstante, es un don divino.(Mat. 16:17; Juan 6:44, 65; Ef. 2:8; 1 Cor. 12 ;9; Rom. 12:3; Moroni 10:11)

Como corresponde a tan preciosa perla, sólo se da a aquellos que por su sinceridad demuestran que la merecen, y en quienes hay indicaciones de que se someterán a sus dictados. Aunque la fe es conocida como el primer principio del evangelio de Cristo, aunque de hecho es el fundamento de la vida religiosa, sin embargo, la fe misma es precedida de una sinceridad de disposición y humildad del alma, por medio de las cuales la palabra de Dios puede efectuar una impresión en el corazón. (Rom. 10:17) Ninguna compulsión se emplea para llevar a los hombres al conocimiento de Dios; sin embargo, en cuanto abrimos nuestros corazones a las influencias de la justicia, nos será dada del Padre la fe que conduce a la vida eterna.

Fe y Obras.— La fe en un sentido pasivo, es decir, como simple creencia, en la acepción más superficial de la palabra, carece de eficacia como medio de salvación. Cristo y sus apóstoles claramente expresaron esta verdad, y el vigor con que se declaró puede ser indicación del temprano desarrollo de una doctrina sumamente perniciosa: la de justificación únicamente por la creencia. El Salvador enseñó que las obras eran esenciales para la validez de la profesión y eficacia de la fe. Reparemos en sus palabras: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos: mas el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos.”(Mat. 7:21) “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, aquél es el que me ama; y el que me ama, será amado de mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él.”(Joan 14:21) La explicación de Santiago se destaca por su claridad: “Hermanos míos, ¿qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si el hermano o la hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y hartaos; pero no les diereis las cosas que son necesarias para el cuerpo: ¿qué aprovechará? Así también la fe, si no tuviere obras, es muerta en sí misma. Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras: muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras.”(Sant. 2:14-18)

“Y en esto sabemos que nosotros le hemos conocido, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le he conocido, y no guarda sus mandamientos, el tal es men­tiroso, y no hay verdad en él; mas el que guarda su pa­labra, la caridad de Dios está verdaderamente perfecta en él:   por esto sabemos que estamos en él.”

Pueden añadirse a estas enseñanzas muchas declara­ciones inspiradas de los escritos nefitas” y de las reve­laciones modernas, las que sin excepción afirman la ne­cesidad de las obras y niegan la eficacia salvadora de la creencia pasiva. Sin embargo, a pesar de la clara palabra de Dios, se han promulgado dogmas de los hombres, en los cuales se afirma que la salvación puede obtenerse sólo por la fe, y que mediante una profesión verbal de creencia, se le abrirán las puertas del cielo al pecador. Las Escrituras citadas y el sentimiento inherente de justicia que hay en el hombre refutan suficientemente estas falsas aserciones.

ARREPENTIMIENTO

La Naturaleza del Arrepentimiento.— Empléase en las Escrituras la voz arrepentimiento con varios significados distintos, pero cuando representa el deber que es exigido a todo aquel que desea obtener el perdón del pecado, indica un pesar, que es según Dios, por el pecado: un pesar que efectuará una reforma en la manera de vivir, y comprende: (1) una convicción de culpabilidad; (2) un deseo de verse libre de los efectos perjudiciales del pecado; (3) una determinación sincera de abandonar el pecado y hacer lo bueno.   De la contrición del alma resulta el arrepentimiento, y esta contrición nace de un sentimiento profundo de humildad, el que a su vez depende del ejercicio de una fe duradera en Dios. Por consiguiente, el arrepentimiento propiamente es el se­gundo principio del evangelio; se asocia íntimamente con la fe, y es lo que inmediatamente la sigue. En cuanto uno llega a reconocer la existencia y la autori­dad de Dios, siente un respeto hacia las leyes divinas y una convicción de su propia indignidad. Su deseo de agradar al Padre, a quien por tan largo tiempo ha despreciado, lo impulsará a abandonar el pecado; y este impulso recibirá más fuerza del natural y loable deseo del pecador, de hacer una reparación, si le es po­sible, y evitar de esta manera los trágicos resultados de su propia maldad. Inspirado su celo con la nueva con­vicción, ansiará la oportunidad de manifestar con buenas obras la sinceridad de su fe recién desarrollada; y con­siderará la remisión de sus pecados la más deseable de las bendiciones. Entonces llegará a saber que este mi­sericordioso don se otorga conforme a ciertas condiciones determinadas. El primer paso hacia el bendito estado del perdón consiste en que el pecador confiese sus pecados; el segundo, en que perdone a los que hayan pecado contra él, y el tercero, en que demuestre que acepta el sacrificio expiatorio de Cristo, cumpliendo con los re­querimientos divinos.

1. La Confesión de los Pecados es esencial, porque sin ello quedaría incompleto el arrepentimiento. San Juan nos dice: “Si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda mal­dad.” También leemos: “El que encubre sus pecados, no prosperará: mas el que los confiesa y se aparta, alcanzará misericordia.” Y a los santos de esta dispensación, el Señor ha dicho: “De cierto os digo, que yo, el Señor, perdono los pecados de aquellos que los confiesan ante mí y piden perdón, si no han pecado de muerte.” Y las pala­bras del Señor muestran que el arrepentimiento com­prende este acto de confesión: “Por esto podréis saber si un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesará y abandonará.”

2. El Pecador Debe Estar Dispuesto a Perdonar a otros, si es que él mismo espera obtener perdón. Si no se ablanda el corazón del hombre al grado de manifestar tolerancia hacia las flaquezas de sus semejantes, su arrepentimiento no es sino superficial. Cuando enseñaba a sus oyentes cómo habían de orar, el Salvador dijo que implo­rasen al Padre: “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.” No les aseguraba el perdón, si no se perdonaban en sus cora­zones los unos a los otros. “Porque—les dijo él—si per­donareis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial. Mas si no perdonareis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os per­donará vuestras ofensas.” El perdón entre un hombre y otro, para ser aceptable ante el Señor, no debe tener lí­mites. Contestando la pregunta de Pedro: “Señor, ¿cuán­tas veces perdonaré a mi hermano que pecare contra mí? ¿hasta siete?”, el Señor respondió: “No te digo hasta siete, mas aun hasta setenta veces siete”, claramente dando a entender que el hombre siempre debe estar presto para perdonar. En otra ocasión impartió las siguientes instrucciones a sus discípulos: “Si pecare contra ti tu hermano, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día se volviere a ti, diciendo, pésame, perdónale.”

Ilustrando más ampliamente el propósito divino de medir a los hombres con la medida que hubieren usado para medir a sus semejantes, el Señor les propuso la parábola de un rey, a quien uno de sus súbditos debía una cantidad grande de dinero, diez mil talentos; mas cuando el deudor se humilló e imploró merced, el gene­roso corazón del rey fué movido a misericordia, y el rey perdonó la deuda del siervo. Pero al salir de delante del rey, aquel mismo siervo encontró a un consiervo que le debía una cantidad muy pequeña. Olvidándose de la misericordia que tan recientemente se había manifestado hacia él, trabó de su consiervo y lo echó a la cárcel, hasta que hubiese pagado la deuda. Entonces el rey, oyendo esto, mandó llamar al siervo malvado y, censurándolo por su falta de gratitud y consideración, lo entregó a sus ver­dugos. El Señor no ha prometido escuchar las peticiones ni aceptar las ofrendas de aquel que guarda rencor en su corazón hacia otros: “Vuelve primero en amistad con tu hermano, y entonces ven y ofrece tu presente.” En su palabra revelada a los santos en estos días, el Señor ha expresado con particular énfasis esta condición necesa­ria: “Por lo tanto, os digo que debéis perdonaros los unos a los otros; porque el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor; porque en él permanece el mayor pecado”; y entonces, para disipar toda duda en cuanto a quiénes se debe perdonar, agrega: “Yo, el Señor, perdonaré al que quisiere perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres.”

3. La Confianza en el Sacrificio Expiatorio de Cristo constituye la tercera condición esencial para obtener la remisión de los pecados. El nombre de Jesucristo es el único nombre debajo del cielo por el cual los hombres se pueden salvar; y se nos enseña a ofrecer nuestras peticiones al Padre en el nombre del Hijo. Adán recibió esa instrucción de los labios de un ángel, y el Salvador personalmente indicó a los nefitas la misma cosa. Pero nadie puede verdaderamente profesar tener fe en Cristo y negarse a obedecer sus mandamientos; por tanto, la obediencia es esencial para la remisión de pecados; y el pecador realmente arrepentido ansiosamente procurará saber qué se requiere de él.

El arrepentimiento, para merecer ese nombre, debe comprender algo más que una simple admisión personal de estar en error; no consiste en lamentaciones y con­fesiones verbales, sino en reconocer de todo corazón la culpabilidad. Esto ocasiona el horror hacia el pecado y una determinación resuelta de desagraviar lo pasado y obrar mejor en lo futuro. Si tal convicción fuere genuina, se distinguirá por aquella contrición piadosa que, según San Pablo, “obra arrepentimiento saludable, de que no hay que arrepentirse; mas el dolor del siglo obra muerte”. El apóstol Orson Pratt sabiamente ha dicho: “De nada le serviría a un pecador confesar sus pecados a Dios, si no se hubiera resuelto a abandonarlos; nada le beneficiaría sentir pesar por haber hecho lo malo, a menos que tuviera la intención de no volver a hacer lo malo; sería locura para él confesar ante Dios que había perjudicado a sus semejantes, si no hubiese determinado hacer cuanto pudiera para efectuar una restitución. El arrepentimiento, pues, no sólo es confesar los pecados con un corazón penitente y contrito, sino una determinación fija y resuelta de apartarse de todo mal camino.”

El Arrepentimiento es Esencial para la Salvación. De todo el que aspira a la salvación se exige esta evidencia de sinceridad, este comienzo de una vida mejor. Para obtener la misericordia divina, es tan indispensable el arrepentimiento como la fe; debe ser tan general como lo fué el pecado. ¿Dónde podremos hallar un ser mortal sin pecados? Con sabio acierto declaró el Predicador de la antigüedad: “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga bien y nunca peque.” ¿Quién, pues, no tiene necesidad del perdón, o a quién se exime de los requisitos del arrepentimiento? Dios ha prometido el per­dón a aquellos que verdaderamente se arrepienten; son éstos a quienes se ofrecen las ventajas de la salvación individual, por medio de la expiación de Cristo. Isaías, asegurando el perdón, amonesta a todos al arrepenti­miento en estos términos: “Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensa­mientos; y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él mise­ricordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en per­donar.”

El tema principal de los maestros inspirados de todas las edades ha sido llamar al arrepentimiento. A este fin se oyó la voz de Juan, proclamando en el desierto:

“Arrepentios, que el reino de los cielos se ha acercado.” Y el Salvador siguió con estas palabras: “Arrepentios, y creed al evangelio”; y: “Si no os arrepintiereis, todos pereceréis igualmente.” Así también, los apóstoles antiguos proclamaron que Dios “denuncia a todos los hombres en todos los lugares que se arrepientan”. Y en la dispensación actual se ha declarado: “Sabemos que todos los hombres tienen que arrepentirse y creer en el nombre de Jesucristo, y adorar al Padre en su nombre, y perseverar con fe en su nombre hasta el fin, o no pueden ser salvos en el reino de Dios.”

El Arrepentimiento es un Don de Dios.— El arrepenti­miento es un medio para obtener perdón, y por tanto, es uno de los dones más grandes de Dios para el hombre. No se puede obtener pidiéndolo indiferentemente; no se puede encontrar al lado del camino; sin embargo, se imparte con liberalidad ilimitada a aquellos cuyas obras lo justifican. Es decir, todos los que se preparan para el arrepentimiento serán guiados por la influencia hu­milladora y ablandante del Santo Espíritu hasta poseer de hecho este gran don. Cuando los compañeros de San Pedro lo acusaron de haber traspasado la ley por ha­berse asociado con gentiles, les repitió a sus oyentes las manifestaciones divinas que tan recientemente había recibido. Estos lo creyeron y declararon: “De manera que también a los Gentiles ha dado Dios arrepenti­miento para ida.”  En su carta a los Romanos, San Pablo también enseña que el arrepentimiento viene por la gracia de Dios.”

No Siempre es Posible Arrepentirse.Extiéndese a los hombres el don del arrepentimiento conforme se humillan delante del Señor; es el testimonio del Es­píritu dentro de sus corazones. Si no lo obedecen, el indicador se apartará de ellos, porque el Espíritu de Dios no contiende para siempre con el hombre. Cuanto más intencional el pecado, tanto más se dificulta el arre­pentimiento. Mediante la humildad y un corazón con­trito, los pecadores pueden aumentar su fe en Dios y obtener de él, de este modo, el don del arrepentimiento. Al paso que se va demorando el arrepentimiento, la ha­bilidad para arrepentirse se va debilitando; el pasar por alto las oportunidades en cuanto a cosas santas produce la inhabilidad. Cuando impartió sus mandamientos a José Smith, en los primeros días de esta Iglesia, el Señor dijo: “Porque yo, el Señor, no puedo considerar el pecado con el más mínimo grado de tole­rancia. No obstante, se perdonará al que se arrepienta y cumpla los mandamientos del Señor; y de quien no se arrepienta, se quitará aun la luz que haya recibido; porque mi Espíritu no luchará siempre con el hombre, dice el Señor de las Huestes.”

El Arrepentimiento en Esta Vida y en la Venidera. Alma, un profeta nefita, refiriéndose al período de la existencia terrenal, lo describe como un estado proba­torio que le es concedido al hombre para que se arrepienta. Sin embargo, aprendemos por las Escrituras que, de acuerdo con ciertas condiciones, se puede lograr el arrepentimiento más allá del estado mortal. Durante el tiempo entre su muerte y resurrección, Cristo “fué y predicó a los espíritus encarcelados; los cuales en otro tiempo fueron desobedientes, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé”. El Hijo los visitó y les predicó el evangelio “para que pudieran ser juzgados según los hombres en la carne; los que no recibieron el testimonio de Jesús en la carne, mas después lo recibieron”.

El alma que demora sus esfuerzos para arrepentirse ninguna justificación hallará en esta promesa de miseri­cordia y longanimidad. No sabemos por completo las condiciones según las cuales se podrá obtener el perdón en la vida venidera; pero es contrario a la razón su­poner que aquel que deliberadamente ha rechazado la oportunidad de arrepentirse en esta vida se arrepen­tirá con más facilidad en la otra. Aplazar el día de nuestro arrepentimiento es entregarnos voluntaria­mente en manos del adversario. Amulek enseñó y amonestó así a la multitud en la antigüedad: “Porque he aquí, esta vida es cuando el hombre debe prepa­rarse para comparecer ante Dios … os ruego, por tanto, que no demoréis el día de vuestro arrepentimiento hasta el fin … No podréis decir, cuando os halléis ante esa terrible crisis: Me arrepentiré; me volveré a mi Dios. No, no podréis decir esto; porque el mismo espíritu que posee vuestros cuerpos al salir de esta vida, ese mismo espíritu tendrá poder para poseer vuestro cuerpo en aquel mundo eterno. Porque si habéis demorado el día de vuestro arrepentimiento, aun hasta la muerte, he aquí, os habéis sujetado al espíritu del diablo que os sellará como cosa suya.”

REFERENCIAS

  • Fe— Al considerar los pasajes aquí citados, se debe tener pre­sente que los términos “fe”, “creencia” y “conocimiento”, junto con sus verbos y adjetivos, frecuentemente se usan sin distin­ción, o con casi el mismo significado.
  • Creed a Jehová vuestro Dios, y seréis seguros—2 Cr. 20:20.  Para que me conozcáis y creáis—Isa. 43:10.
  • El justo en su fe vivirá. Hab. 2:4; véase también Rom, 1:17; Gal. 3:11; Heb. 10:38.  Creyó (Abraham) a Jehová, y contóselo por justicia—Gen. 15:6; véase Rom. 4:3; Gal. 3:6. Ya causa de su fe fué llamado amigo de Dios—Sant. 2:23; véase también Isa. 41:8. Cuando fué llamado, salió sin saber a donde iba -— Gen. 12:1-4; Heb. 11:8.
  • Oh vosotros de poca fe—Mat. 6:30; 8:26. ¿Cómo no tenéis fe? —Mar. 4:40. ¿Qué es de vuestra fe?—Luc. 8:25.
  • No hizo allí muchas maravillas, a causa de la incredulidad de ellos—Mat. 13:58; Mar. 6:5, 6; véase también 3 Nefi 19:35; Ether 12:12.
  • Creo; ayuda mi incredulidad—Mar. 9:24.
  • Las curaciones que efectuó Jesucristo por medio de la fe: Tu fe te ha salvado—Mat. 9:22; Mar. 5:34; Luc. 8:48; véase también Mar. 10:52; Luc. 7:50. Conforme a vuestra fe os sea hecho—Mat. 9:29. Por motivo de su fe el Señor dijo: Hombre, tus pecados te son perdonados—Luc. 5:20; véase también Luc. 7:47.
  • Jesús levantó de los muertos a la hija de Jairo, diciendo: No temas:  cree solamente, y será salva—Luc. 8:50.
  • A todos los que creyeron en él, dióles potestad de llegar a ser hijos de Dios—Juan 1:12; véase también Moroni 7:26; Moisés 7:1.
  • Si no creyereis que yo soy, en vuestros pecados moriréis—Juan 8:24. El que en mí cree, las obras que yo hago también él las hará—Juan 14:12. Creed que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios—Juan 20:31. El que no creyere, será conde­nado—Mar. 16:16.
  • Cuando el Hijo del hombre viniere, ¿hallará fe en la tierra?— Luc. 18:8.
  • Todo aquel que en él cree no perecerá—Juan 3:16; véase tam­bién 5:24.
  • Esta es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios verdadero y a Jesucristo—Juan 17:3.
  • Pedid y se os dará, etc.—Luc. 11:9; véase también Enós 15; D. y C. 66:9.
  • Purificando con la fe los corazones de los Gentiles—Hech. 15:9.
  • La fe es por el oír y el oír por la palabra de Dios—Rom. 10:17.
  • Todo lo que no es de fe es pecado—Rom. 14:23.
  • Por fe andamos, no por vista—2 Cor. 5:7.
  • Vivo en la fe del Hijo de Dios—Gal. 2:20.
  • Salvación por la fe que es en Jesucristo—2 Tim. 3:15.
  • He guardado la fe—2 Tim. 4:7.
  • Mayor que la vista es vivir por la fe; la demostración de las cosas que no se ven; obras poderosas efectuadas por la fe—Heb. cap. 11; véase también Ether caps. S, 12; 4 Nefi 5.
  • Pida en fe, no  dudando nada—Sant.  1:6.   Por las  obras  fue perfecta la fe—2:22. La oración de fe salvará al enfermo—5:15.
  • Sin fe es imposible agradar a Dios—Heb. 11:6; véase también D. y C. 63:11.
  • La fe es un don de Dios: No te lo reveló carne ni sangre, mas mi Padre—Mat.   16:17.   Ninguno  puede  venir  a   Cristo  si  el Padre no lo trae—Juan  6:44,  65.   El  que  quisiere  hacer la voluntad de Dios conocerá por  sí mismo—Juan  7:17.  Conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.  A unos es dada fe por el Espíritu de Dios—1  Cor. 12:9.  Por la gracia sois salvos por la fe, un don de  Dios—Ef, 2:8.
  • Para salvarse es esencial la fe: El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado—Mar. 16:16; véase también Ether 4:18; 3 Nefi 11:33, 34, 35; D. y C. 68:9; Moisés 5:15.
  • El que no cree es condenado, porque no creyó en el nombre del Unigénito Hijo de Dios—Juan 3:18.  Obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salud de vuestras almas—1 Ped. 1:9.  Mas sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos—Sant. 1:22. Ningún hom­bre puede ser salvo a menos que tenga fe en Cristo—Moroni 7:38; véase también D. y C. 20:29.
  • El poder del Espíritu Santo, que recibió por la fe en el Hijo de Dios—1 Nefi 10:17.
  • Con perfecta fe en el Santo de Israel—2 Nefi 9:23.
  • Por la palabra de Cristo, con fe inquebrantable en él — 2 Nefi 31:19.
  • Habiendo recibido la remisión de pecados a causa de la fe— Mosíah 4:3.
  • Fe no es tener un  conocimiento perfecto de  las  cosas—Alma 32:21, 26, 40.
  • Exhortados con vehemencia a la fe y el arrepentimiento—Alma cap. 13.
  • Vivirán a esa vida que es eterna, todos los que fijaren la vista en el Hijo de Dios—Helamán 8:15.
  • La remisión de pecados por perseverar en la fe hasta el fin— Moroni 3:3; 8:3.
  • La fe relacionada con la esperanza y la caridad—Moroni, cap. 7.
  • Mediante la fe se adhirieron a toda cosa buena—Moroni 7:25.
  • Dios es misericordioso para con todos  los  que   creen  en  su nombre—Alma 32:22; 34:15; Mormón 7:5.
  • Para que la salvación pueda llegar a los hijos de los hombres, mediante la fe en su nombre—Mosíah 3:9.
  • Es el que viene a quitar los pecados de todo aquel que cree—Alma 5:48; 11:40; 12:15; 19:36; 22:13; Helamán 14:2.
  • El Espíritu Santo se manifiesta a los hombres según su fe— Jarom 4.
  • Recibiréis todas las cosas por la fe—D. y C. 26:2. Sin la fe no puedes hacer nada—8:10; 18:19. Según tu fe te será hecho—8:11; 10:47; 11:17; 52:20.
  • La fe no viene por las señales, mas las señales siguen a los que creen—D. y C. 63:9; 68:10; 84:65; compárese 63:12.
  • El que tuviere fe será sanado—D. y C. 42:48-52.
  • Se han ofuscado vuestras mentes a causa de la incredulidad— D. y C. 84:54.
  • Vencerán los fieles, y serán preservados—D. y C. 61:9, 10; 63: 47; 75:16; 79:3.
  • Arrepentimiento
  • Todo el género humano necesita el arrepentimiento. Si con­fesamos nuestros pecados, Dios es justo para perdonar—1 Juan 1:8, 9; véase también Rom. 3:10; Eccles. 7:20.
  • Vuélvase a Jehová, el cual será amplio en perdonar—Isa. 55:7.
  • Apartándose el impío de su impiedad, hará vivir su alma—Eze. 18:27.
  • Proclamado por Juan el Bautista: Arrepentios—Mat. 3:2, 8; Mar. 1:4; Luc. 3:3.
  • Predicado por Jesucristo: Arrepentios, que el reino de los cielos se ha acercado—Mat. 4:17; véase también Mar. 1:15; 2:17. Cristo vino a llamar pecadores al arrepentimiento—Luc. 5:32. Gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente— Luc. 15:7, 10. Predíquese en su nombre el arrepentimiento y la remisión de pecados — Luc. 24:47. Suerte del que no se arrepiente—Apo. 2:5, 16; compárese con 3:19. ¡Ay de los habitantes de toda la tierra, a menos que se arre­pientan!—3 Nefi 9:2. Cuántas veces os juntaré si os arre­pentís—10:6. Quienes se arrepintieren y fueren bauti­zados serán salvos—23:5.
  • Predicado por los Apóstoles: Predicaban que los hombres se arrepintiesen—Mar. 6:12. Arrepentios y bautícese cada uno de vosotros—Hech. 2:38; véase también 3:19; 8:22. Dios denuncia a todos los hombres que se arrepientan—Hech. 17:30. Gozo por los que se contristaron para arrepenti­miento— 2 Cor. 7:9, 10. Arrepentimiento concedido a los gentiles—Hech. 11:18.
  • Bendito el que trae una alma al arrepentimiento—Sant. 5:20; véase también D. y C. 18:15, 16.
  • El Señor quiere que todos procedan al arrepentimiento—2 Ped. 3:9.
  • La vía ha sido preparada para todos los hombres, si se arre­pienten—1 Nefi 10:18.
  • Si los gentiles se arrepienten les irá bien; el que no se arrepienta perecerá—1 Nefi 14:5.
  • Los gentiles que se arrepienten son el pueblo de la alianza; cuan­tos judíos no se arrepientan serán talados—2 Nefi 30:2; 3 Nefi 16:13.
  • Todas las naciones vivirán con seguridad en el Santo de Israel si se arrepienten—1 Nefi 22:28.
  • Los días de los hombres fueron prolongados para que se arrepin­tiesen—2 Nefi 2:21. Se le concedió un tiempo al hombre para que se pudiera arrepentir; un estado de probación; un tiempo de preparación para comparecer ante Dios— Alma 12:24; 34:32.
  • El Señor ha mandado a su pueblo que persuada a todos los hombres a que se arrepientan—2 Nefi 26:27.
  • Una maldición sobre el país y destrucción para el pueblo, si no se arrepentían—Jacob 3:3.
  • Creed que debéis arrepentiréis—Mosíah 4:10.
  • Alma predica el arrepentimiento en Mormón—Mosíah 18:7, 20.
  • Dice el Espíritu: Arrepentios, porque a menos que lo hagáis, de ningún modo podréis heredar el reino de los cielos— Alma 5:51; véase también 7:14.
  • No demoréis el día de vuestro arrepentimiento—Alma 34:32-35.
  • Al que se arrepiente y ejerce la fe le es permitido conocer los misterios de Dios—Alma 26:22.
  • ¡Ojalá fuese yo un ángel, para proclamar el arrepentimiento a todo pueblo!—-Alma 29:1, 2.
  • El Señor ha recibido poder para redimir a los hombres de sus pecados, por medio del arrepentimiento—Helamán 5:11. ¡Oh arrepentios! ¿Por qué deseáis morir?’—7:17.
  • Quisiera poder persuadir a todos los extremos de la tierra a que se arrepintiesen—Mormón 3:22.
  • El arrepentimiento es para aquellos que se hallan bajo con­denación y bajo la maldición de una ley violada—Moroni 8:24.
  • Castigados para que se arrepintieran—D. y C. 1:27.
  • De quien no se arrepienta, se quitará la luz; el Espíritu del Señor no luchará siempre con el hombre—D. y C. 1:33; véase también Moisés 8:17.
  • Todo hombre tiene que arrepentirse o padecer—D. y C. 19:4, 15.
  • Todos los hombres tienen que arrepentirse, creer, adorar al Padre y perseverar, o no pueden ser salvos—D. y C. 20:29.
  • Llamad a las naciones al arrepentimiento—D. y C. 43:20.
  • Podéis saber si un hombre se arrepiente de sus pecados, los confesará y abandonará—D. y C. 58:43.
  • Será grande su tristeza a no ser que luego se arrepientan—D. y C. 136:35.
  • Ninguno puede  ser  admitido  en  la  Iglesia  a  no  ser  que  sea capaz de arrepentirse—D. y C. 20:71.
  • La cosa de máximo valor para ti será declarar el arrepentimiento —D. y C. 16:6; véase también 18:15, 16.
  • Adán y sus hijos llamados al arrepentimiento—Moisés 5:8, 14, 15.
  • Adán exhortó a sus hijos a que se arrepintieran—Moisés 6:1. Estos llamaron a todos los hombres a arrepentirse—6:23, 50, 57.
  • Enoc llamó a todo pueblo al arrepentimiento—Moisés 7:12.
  • Si los hombres no se arrepienten, mandaré las aguas sobre ellos —Moisés 8:17; véanse los versículos 20, 24, 25.
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