Los Artículos de Fe

Capítulo 7

EL BAUTISMO—Cont.

 Artículo 4.—Creemos que los primeros principios y orde­nanzas del evangelio son: . . . tercero: Bautismo por inmersión para la remisión de pecados; . . .

 LA MANERA DE BAUTIZAR

El Modo de Administrar el Bautismo es Importante. Ya hemos visto, al considerar el objeto y la necesidad del bautismo, la importancia con que el Señor considera este rito iniciador. No causa admiración que esté categórica­mente prescrito el modo de administrar la ordenanza. Muchas sectas cristianas tienen algún rito iniciador esta­blecido en el que el agua entra como elemento necesario; aunque para algunos la ceremonia no consiste sino en colocar el dedo húmedo del sacerdote sobre la frente de la persona, o en verter o rociar agua sobre la cara, al paso que para otros se precisa la inmersión de todo el cuerpo. Los Santos de los Últimos Días afirman que las Escri­turas no encierran ambigüedad alguna en cuanto al modo aceptable de efectuar el bautismo, y sin temor declaran su creencia de que la única forma verdadera consiste en la inmersión del cuerpo por un siervo o representante del Salvador, debidamente comisionado. Sus razones en apoyo de su creencia se pueden compendiar de la siguien­te manera: La derivación y uso antiguo de la palabra bautismo y sus formas análogas, indican inmersión. De ninguna otra manera se conserva el simbolismo del rito. La autoridad de las Escrituras, la palabra revelada de Dios proferida por las bocas de sus profetas de los días antiguos y postreros, señala la inmersión como la verdadera forma del bautismo.

El Verbo “Bautizar”, que viene del griego baptizein, baptizo, literalmente significaba hundir o sumergir. Como sucede con toda lengua viva, las palabras pue­den sufrir grandes cambios en su significado, y algunos escritores declaran que la palabra de que estamos tratando puede aplicarse al acto de rociar o mojar con agua así como a la inmersión misma. Tórnase en un asunto interesante, pues, escudriñar el significado que el término tenía en los días de Cristo o más o menos en esa época, porque en vista de que el Salvador evidente­mente consideró innecesario ampliar el significado de la palabra en el curso de sus instrucciones sobre el bautismo, claro es que ésta transmitía un significado bien preciso a aquellos que recibían sus enseñanzas. Por el uso que de la palabra original hicieron los autores grie­gos y latinos,” se aclara que ellos entendieron que el significado verdadero era efectivamente una inmersión en el agua. Los griegos modernos entienden que bautismo quiere decir sumergir en el agua y, por tanto, al adoptar el cristianismo, la inmersión, como forma debida del bautismo, es lo que practican. En este género de argu­mentos debe tenerse presente que la evidencia filológica no es la más decisiva. Pasemos, pues, a considerar otras razones más potentes.

El Simbolismo del Rito Bautismal en ninguna otra forma se conserva sino en la de la inmersión. El Salvador comparó el bautismo a un nacimiento y declaró que era esencial para la vida que conduce al reino de Dios.c Ninguno puede decir que se simboliza un nacimiento rociando la cara con agua. Una de las causas principales que han contribuido a la preeminencia de Cristo como maestro de maestros fué su lenguaje preciso y vigoroso: sus comparaciones y metáforas son siempre expresivas; sus parábolas, convincentes; y tan inadecuada similitud, como la que se pretende en semejante tergiversación del nacimiento, sería completamente ajena de los métodos del Señor.

El bautismo también ha sido comparado de un modo impresionante a un entierro, seguido de una resurrección; y en este símbolo de la muerte corporal y resurrección de su Hijo, Dios ha prometido otorgar la remisión de pe­cados. San Pablo dice a los Romanos: “¿No sabéis que todos los que somos bautizados en Cristo Jesús, somos bautizados en su muerte? Porque somos sepul­tados juntamente con él a muerte por el bautismo; para que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida. Porque si fuimos plantados juntamente en él a la semejanza de su muerte, así también lo seremos a la de su resurrección.” Y también escribe el apóstol: “Sepul­tados juntamente con él en el bautismo, en el cual tam­bién resucitasteis con él, por la fe de la operación de Dios que le levantó de los muertos.” De todas las distintas formas de bautismo que el hombre practica, únicamente la inmersión simboliza un nacimiento que señala el principio de una nueva carrera, o el sueño de la tumba con su consiguiente victoria sobre la muerte.

La Autoridad de las Escrituras no admite forma al­guna sino la inmersión. Jesucristo fué bautizado por in­mersión. Leemos que después de la ordenanza “subió luego del agua”. Que el bautismo del Salvador fue acep­table en la vista de su Padre, abundantemente lo comprueban las manifestaciones subsiguientes como el descen­so del Espíritu Santo y la declaración del Padre: “Este es mi Hijo Amado, en el cual tengo contentamiento.” Juan, llamado el Bautista por motivo de su comisión divina, bautizaba en el río Jordán;g y poco después se dice que “bautizaba también Juan en Enón junto a Salim, porque había allí muchas aguas”; sin embargo, si hubiera estado bautizando por aspersión, le habría bastado una canti­dad pequeña de agua para una multitud.

Leemos del bautismo que siguió la conversión algo rá­pida del eunuco etíope, tesorero de la reina Candace. Felipe le predicó la doctrina de Cristo mientras iban jun­tos en el carro del eunuco. Este, creyendo las palabras de su instructor inspirado, quiso bautizarse, y aceptando Felipe, “mandó parar el carro: y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco; y bautizóle. Y como subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe; y no le vio más el eunuco, y se fué por su camino gozoso.”

La Historia, Aparte de la Bíblica, hace constar que durante más de dos siglos después de Cristo, la inmersión fue la forma de bautismo que generalmente practicaban los que profesaban el cristianismo, y que no fué sino hasta a fines del siglo xii que se generalizaron otras formas.J La perversión de las ordenanzas instituidas por autoridad es cosa que debe esperarse, si se practica la forma ex­terior de tales ordenanzas cuando falta la autoridad para administrarlas. Sin embargo, esta corrupción es de des­arrollo gradual: las imperfecciones que resultan de en­fermedades orgánicas no se desarrollan en un día. Como sucede con todas las ordenanzas que Cristo instituyó, hemos de buscar lo  que más se asemeja  a la forma verdadera del bautismo en la época inmediatamente des­pués de su ministerio personal y el de sus apóstoles. Más tarde, al aumentar las tinieblas de la incredulidad, habiendo desaparecido de la tierra con sus siervos mar­tirizados la autoridad que Cristo dejó, brotaron muchas innovaciones, y los dignatarios de las varias iglesias se convirtieron en ley para sí y para sus adherentes. A principios del tercer siglo, el obispo de Cartago deter­minó que las personas de salud delicada podrían bautizarse aceptablemente por aspersión y, dada esta licencia, la forma verdadera del bautismo gradualmente se fué ha­ciendo impopular, y las prácticas desautorizadas inven­tadas por el hombre la reemplazaron.

El Bautismo Entre los Nefitas, solamente por inmer­sión se administraba. Ya se ha demostrado hasta qué grado se predicó y se practicó el bautismo entre el pueblo, desde Lehi hasta Moroni. Cuando el Salvador apareció a su pueblo del continente occidental, les dió instruc­ciones muy explícitas en cuanto a la manera en que habían de administrar esta ordenanza. He aquí sus palabras: “De cierto os digo que de este modo bautizaréis a quien se arrepintiere de sus pecados a causa de vuestras palabras, y deseare ser bautizado en mi nombre: He aquí, iréis y entraréis en el agua, y en mi nombre lo bautizaréis. Y he aquí las palabras que pronunciaréis, llamando a cada Uno por su nombre: Habiéndoseme dado autoridad de Jesucristo, yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. Y entonces lo sumer­giréis en el agua, y volveréis a salir del agua.”

El Bautismo en los Últimos Días, de acuerdo con lo prescrito por revelación, sigue el mismo modelo. Los primeros bautismos en la dispensación actual fueron los de José Smith y Oliverio Cówdery, quienes se bautiza­ron el uno al otro de conformidad con las instrucciones del ángel que les había conferido la autoridad para ad­ministrar esta santa ordenanza, el cual no fué otro sino Juan el Bautista de una dispensación anterior, el pre­cursor del Mesías. José Smith relata el acontecimiento de esta manera: “Por consiguiente, fuimos y nos bautiza­mos. Yo lo bauticé (a Oliverio Cówdery) primero, y luego me bautizó él a mí. . . . Inmediatamente después de salir del agua, luego que nos hubimos bautizado, sentimos grandes y gloriosas bendiciones.”

En una revelación sobre el gobierno de la Iglesia, fechada abril de 1830, el Señor señaló el modo exacto de efectuar el bautismo cual él quiere que se haga en la dispensación actual. Dijo así: “El bautismo se debe ad­ministrar de la siguiente manera a todos los que se arre­pientan: La persona que es llamada de Dios, y que tiene autoridad de Jesucristo para bautizar, entrará en el agua con el o la que se haya presentado para el bautis­mo, y dirá, llamándolo o llamándola por nombre: Habien­do sido comisionado por Jesucristo, yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. Entonces lo sumergirá, o la sumergirá, en el agua, y saldrán otra vez del agua.”

El Señor no habría prescrito las palabras de esta or­denanza si no hubiese tenido por objeto que no se usara sino esta forma. Por consiguiente, los élderes y presbí­teros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ninguna autoridad personal tienen para cambiar con aditamentos,  omisiones  o  alteraciones  de cualquier especie, la forma que Dios ha dado.

REPETICIÓN DEL  BAUTISMO

Se Repite la Ordenanza Bautismal en un mismo in­dividuo de acuerdo con ciertas condiciones determinadas. De manera que si uno, después de haber entrado en la Iglesia por medio del bautismo, se retira o es excomulgado de ella, y después se arrepiente y desea volver a la Igle­sia, sólo puede hacerlo por medio del bautismo. Este, sin embargo, es una repetición de la ordenanza iniciadora cual previamente se administró. No hay en la Iglesia or­denanza alguna para rebautizar, que en naturaleza, forma o propósito sea distinta del otro bautismo; y, por tanto, al administrar el bautismo a una persona que se ha bauti­zado anteriormente, la forma de la ordenanza es exacta­mente igual que la del primer bautismo. Ni la expresión “yo te rebautizo” en lugar de “yo te bautizo”, ni los adita­mentos “para la renovación de tus convenios” o “para la remisión de tus pecados”, están autorizados. Los dicta­dos de la razón concuerdan con la voz de las autoridades generales de la Iglesia para desaprobar cualquier cambio en el orden que el Señor ha instituido; sólo mediante la autoridad se pueden efectuar cambios en las ordenanzas dadas por autoridad.

De Los Que Han Sido Rebautizados, las Escrituras citan pocos ejemplos; y en cada uno de estos casos quedan manifestadas las circunstancias especiales que justificaron el hecho. Así pues leemos que San Pablo bautizó a ciertos discípulos en Efeso, aunque ya se habían bautizado con­forme al bautismo de Juan. Pero en este caso el apóstol tenía razón para dudar de que el bautismo de que habla­ban les había sido administrado por personas autoriza­das, o después de la debida preparación preliminar; por-que cuando puso a prueba la eficacia de su bautüsmo, preguntándoles: “¿Habéis recibido el Espíritu Santo des­pués que creísteis?”, ellos le contestaron: “Antes ni aun hemos oído si hay Espíritu Santo.” Entonces Pablo, sor­prendido, les preguntó: “¿En qué pues sois bautizados? Y ellos dijeron: En el bautismo de Juan.” Pero él sabía, como nosotros sabemos, que aun cuando Juan pre­dicó el bautismo de arrepentimiento por agua, declaró que aquello no era sino el paso preliminar del bautismo mayor del Espíritu Santo que Cristo habría de traer. Por consiguiente, en vista de esta evidencia inaceptable de la validez de su bautismo, el apóstol hizo que se administrara el bautismo en el nombre del Señor Jesús a estos doce efesios devotos, después de lo cual puso sus manos sobre ellos, y recibieron el Espíritu Santo.

El bautismo que Cristo instituyó entre los nefitas consistió principalmente en rebautizar; porque, como ya hemos visto, se había enseñado y practicado la doctrina del bautismo entre el pueblo desde los días de Lehi; e indudablemente Nefi, el primero a quien el Señor dió la autoridad para bautizar después de su partida, debe haber sido bautizado previamente, porque él y sus cola­boradores en el ministerio habían sido sumamente celosos en predicar la necesidad del bautismo. Sin embargo, en este caso probablemente también había surgido cierta incongruencia en la manera de administrar la ordenanza y quizá en el espíritu con que se hacía, porque el Salvador, al darles instrucciones detalladas concernientes a la manera de bautizar, los reprendió a causa del espíritu de contención y disputa que anteriormente había exis­tido entre ellos en cuanto a la ordenanza.” Se validó pues el bautismo de estas personas por medio de una administración autorizada, de conformidad con la manera pres­crita por el Señor.

El Bautizar Repetidas Veces a la Misma Persona no es permitido en la Iglesia. Es un error suponerse que el bautismo será el medio de obtener el perdón cuantas veces se repita. Semejante creencia tiende más bien a disculpar el pecado que a impedirlo, ya que parece que se pueden evitar fácilmente los efectos perjudiciales. Ni la ley escrita ni las instrucciones del Sacerdocio viviente indican que el bautismo es un medio por el cual pueden obtener el perdón aquellos que ya se encuentran dentro del redil de Cristo. Se ha prometido el perdón del pecado a éstos so condición de que confiesen y se arrepientan con íntegro propósito de corazón; no les es requerido repetir el rito bautismal, y aunque se bautizaran repetidas veces estas personas, de ninguna manera recibirían la remisión de los pecados, si no se arrepintieran sinceramente. Las flaquezas del estado mortal y nuestra inclinación hacia el pecado nos conducen continuamente hacia el error, pero si hacemos convenio con el Señor en las aguas del bau­tismo, y desde entonces en adelante procuramos obser­var su ley, él es misericordioso para perdonar nuestras pequeñas transgresiones por medio de un arrepentimiento sincero y verdadero; y sin tal arrepentimiento el bautis­mo de nada nos serviría.

EL BAUTISMO POR LOS MUERTOS

A Todos Se Exige El Bautismo.Ya se ha tratado la universalidad de la ley del bautismo. Se ha demostrado que el cumplir con la ordenanza es esencial para la sal­vación, y a todo el género humano se aplica esta condi­ción. En ningún lugar de las Escrituras se hace distin­ción alguna, en este particular, entre los vivos y los muertos. Los muertos son aquellos que han vivido en el estado mortal sobre la tierra; los vivos son los mortales que aún tienen que sufrir el cambio decretado que llama­mos muerte. Todos son hijos del mismo Padre, todos serán juzgados y premiados o castigados por la misma justicia infalible, con la misma intervención de merced benigna. No sólo por los cuantos que vivían sobre la tierra mientras él estuvo en la carne se ofreció el sacri­ficio expiatorio de Cristo, ni por todos aquellos que ha­brían de nacer en el estado mortal después de su muerte, sino por todos los habitantes de la tierra, pasados, pre­sentes y futuros. El Padre lo ordenó a él para ser juez, tanto de vivos como de muertos; es Señor así de los vivos como de los muertos, según la distinción que hacen los hombres entre vivos y muertos, aunque todos van a estar en una sola condición, porque para él todos viven.

Muchos Todavía No Conocen el Evangelio.—De las multitudes de seres humanos que ya han vivido y muerto, pocos son los que han oído las leyes del evangelio, y más pocos todavía los que las han obedecido. En el curso de la historia del mundo, ha habido largos períodos de obs­curidad espiritual en que no se predicó el evangelio en­tre los hombres, en que no hubo un representante autori­zado del Señor que oficiara en las ordenanzas salvadoras del reino. Esta condición jamás ha existido sino como con­secuencia de la incredulidad y la iniquidad. Cuando el género humano con persistencia ha hollado las perlas de la verdad en el fango y ha tratado de matar y destruir a los portadores de las joyas, estos tesoros del cielo han sido llevados y guardados, tanto en justicia como en mise­ricordia, hasta que pudiera levantarse una generación que los apreciara más. Con mucha razón se podrá pre­guntar: ¿Qué disposición se ha tomado en la providencia de Dios para que por fin se puedan salvar los que de esta manera han desatendido los requerimientos del evangelio, y aquellos que nunca lo han oído?

Según ciertos dogmas que durante la obscuridad de la noche espiritual han prevalecido entre muchas sectas, dogmas que todavía se promulgan celosamente, el destino de toda alma va a ser un castigo sin fin o una dicha in­terminable, invariable en cuanto a especie o grado; y se pronunciará el juicio de acuerdo con la condición del es­píritu al tiempo de la muerte corporal. Una vida de pe­cado, según esto, quedará completamente nulificada me­diante el arrepentimiento a la hora de la muerte; y una carrera honorable, si no va acompañada de las ceremonias de las sectas establecidas, será condenada a los tormentos del infierno sin esperanza de rescate. Semejante concepto debe clasificarse con la temible herejía que proclama la condenación de los niños inocentes que no han sido rociados por la autoridad asumida del hombre.

Es una blasfemia así atribuirle a la Naturaleza Divina el capricho y el rencor. De acuerdo con la justicia de Dios, ninguna alma va a ser condenada por ley alguna que no se le haya dado a conocer. Es cierto que se ha decretado el castigo eterno como el destino de los impíos; pero el Señor mismo ha interpretado esta expresión:  Castigo eterno es castigo de Dios; castigo sin fin es castigo de Dios, porque “Sin Fin” y “Eterno” son dos de sus nombres, y son expresiones típicas de sus atributos. No habrá alma que permanecerá en la prisión o seguirá en tormento más del tiempo requerido para efectuar la reformación necesaria y vindicar a la justicia, que son los únicos fines por los que se impone el castigo. Y a nadie se le permitirá entrar en ningún reino de gloria, si no lo ha merecido por medio de su obediencia a la ley.

El Evangelio Predicado a los Muertos.Es claro, pues, que se debe proclamar el evangelio en el mundo espiri­tual; y las Escrituras abundantemente prueban que se ha estipulado esta obra. Hablando de la misión del Re­dentor, San Pedro expresa esta verdad así: “Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos; para que sean juzgados en carne según los hom­bres, y vivan en espíritu según Dios.”x Cristo inau­guró esta obra entre los muertos en el intervalo entre su muerte y su resurrección. Mientras su cuerpo yacía en la tumba, su espíritu ministró a favor de los es­píritus de los difuntos: “En el cual también fué y pre­dicó a los espíritus encarcelados; los cuales en otro tiempo fueron desobedientes, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, cuando se aparejaba el arca; en la cual pocas, es a saber, ocho personas fueron salvas por agua.”

Otras Escrituras apoyan la proposición de que mien­tras estuvo en un estado desincorporado, Cristo fué a otro lugar distinto del que generalmente se conoce como cielo—la morada de su Padre—y que obró entre los muertos quienes urgentemente necesitaban su minis­terio. Uno de los malhechores que fué crucificado junto con él recibió, a causa de su humildad, esta promesa de los labios del Salvador moribundo: “Hoy estarás con­migo en el paraíso.” Y tres días después, el Señor, ya un ser resucitado, declaró a la Magdalena entristecida: “Aún no he subido a mi Padre.”

Si se consideró justo y propio que se llevase el evan­gelio a los espíritus que fueron desobedientes en los días de Noé, razonable es concluir que se colocarán oportuni­dades semejantes al alcance de otros que han rechazado la palabra en diversas ocasiones. Porque el mismo espí­ritu de negligencia, desobediencia y oposición hacia la ley divina que señaló los días de Noé, ha existido desde entonces. Además, si en el plan de Dios se ha proveído para la redención de los que voluntariamente son des­obedientes, aquellos que de hecho desprecian la verdad, ¿podremos creer que las aún mayores multitudes de espíritus que jamás han oído el evangelio van a perma­necer eternamente en el castigo? No; Dios ha decretado que aun las naciones paganas y aquellos que no cono­cieron ninguna ley serán redimidos. Los dones de Dios no se limitan a esta esfera de actividad, sino que se con­ferirán en justicia por toda la eternidad. Los castigos esti­pulados caerán sobre todos los que rechazaren la palabra de Dios en esta vida, pero después de quedar pagada la deuda se abrirán las puertas de la prisión, y los espíritus que en un tiempo estuvieron encerrados en sufrimiento, para entonces castigados y limpios, saldrán a participar de la gloria proveída para los de su clase.

Predíjose la Obra de Cristo Entre los Muertos.Siglos antes que Cristo viniera en la carne, los profetas se go­zaron en el conocimiento de que por medio de él se llevaría la salvación tanto a los muertos como a los vivos.

Hablando de la retribución que habría de alcanzar a los orgullosos y soberbios de la tierra, Isaías declara: “Y serán amontonados como se amontonan encarcelados en mazmorra, y en prisión quedarán encerrados, y serán visi­tados después de muchos días.”d El mismo profeta testi­fica de la obra del futuro Redentor de este modo: “Para que abras ojos de ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que están de asiento en tinieblas.”  David, cantando con la música de la ins­piración, exclama concerniente a la redención de la tumba: “Alegróse por tanto mi corazón, y se gozó mi gloria: también mi carne reposará segura. Porque no dejarás mi alma en el sepulcro; ni permitirás que tu santo vea corrupción. Me mostrarás la senda de la vida: hartura de alegrías hay con tu rostro; deleites en tu diestra para siempre.”

La Obra de los Vivos a Favor de los Muertos. — De acuerdo con la ley de Dios se efectuará la redención de los muertos, la cual ley se ha escrito en justicia e ideado en misericordia. Es imposible que espíritu alguno, ya en la carne, ya desincorporado, obtenga la promesa de gloria eterna, sino con la condición de que rinda obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio. Y así como el bau­tismo es esencial para la salvación de los vivos, es igual­mente indispensable para los muertos. Los santos de los días antiguos sabían esto, y, por consiguiente, se ense­ñaba entre ellos la doctrina del bautismo por los muer­tos. En una epístola dirigida a la iglesia en Corinto, San Pablo explicó el principio de la resurrección, mediante la cual los cuerpos de los muertos se han de levantar de los sepulcros—Cristo las primicias, y luego los que son de Cristo—y como prueba de que el evangelio, cual lo habían recibido, abrazaba esta doctrina de la resurrec­ción, el apóstol pregunta: “De otro modo, ¿qué harán los que se bautizan por los muertos, si en ninguna manera los muertos resucitan? ¿Por qué, pues, se bautizan por los muertos?”. Estas palabras no son ambiguas, y el hecho de que se presentan sin explicación o comentarios in­dica que entre aquellos a quienes se dirigía esta carta se entendía el principio del bautismo por los muertos.

Manifiéstase en esto la necesidad de la obra vicaria: los vivos obrando a favor de los muertos, los hijos efec­tuando por sus progenitores lo que éstos no tienen el poder de hacer por sí mismos. Muchas y variadas son las in­terpretaciones que ofrece la falible sabiduría humana sobre esta sencilla pregunta de San Pablo; sin embargo, el estudiante ingenuo y sincero comprende el significado sin mucha dificultad. En las últimas palabras del Antiguo Testamento, el profeta Malaquías predijo la gran obra que se llevaría a cabo a favor de los muertos en los pos­treros días: “He aquí, yo os envío a Elias el profeta, antes que venga el día de Jehová grande y terrible. El conver­tirá el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres: no sea que yo venga, y con destruc­ción hiera la tierra.” Entre muchos estudiantes bíblicos comúnmente se cree que esta profecía se refiere al naci­miento y ministerio de Juan el Bautista,’ sobre quien efectivamente reposó y moró el espíritu y poder de Elias, como el ángel había anunciado, pero ninguna constancia tenemos de que Elias el Profeta haya visitado a Juan; y además, los resultados de la misión de éste no permiten la conclusión de que en él se realizó cabalmente la profecía.

Hemos de buscar, pues, en una fecha posterior de la historia, el cumplimiento de la profecía de Malaquías. El 21 de septiembre de 1823, José Smith recibió la visita­ción de un ser resucitado quien dijo ser Moroni, un ser enviado de la presencia de Dios. En el curso de sus ins­trucciones al joven, Moroni citó la profecía de Mala­quías, a la cual ya se ha hecho referencia, pero en pala­bras algo distintas, y ciertamente más expresivas que las que aparecen en la Biblia. La versión del ángel es la siguiente: “Porque, he aquí, viene el día que arderá como un horno, y todos los soberbios, sí, y todos los que obran inicuamente arderán como rastrojo, porque los que vienen los quemarán, dice el Señor de los Ejércitos, de modo que no les quedará ni raíz ni rama . . . He aquí, yo os revelaré el sacerdocio por la mano de Elias el Pro­feta, antes de la venida del grande y terrible día del Señor … Y él plantará en los corazones de los hijos las promesas hechas a los padres, y los corazones de los hijos se volverán a sus padres. De no ser así, toda la tierra sería destruida totalmente a su venida.”

En una manifestación gloriosa concedida a José Smith y a Oliverio Cówdery en el templo de Kírtland, el día 3 de abril de 1836, aparecióseles Elias el Profeta, el mismo que había sido llevado de la tierra sin gustar la muerte, quien les declaró: “He aquí, ha llegado el tiempo preciso anunciado por boca de Malaquías—quien testificó que él (Elias) sería enviado antes que viniera el día grande y terrible del Señor, para convertir los corazones de los padres a los hijos, y los hijos a los padres, para que no fuera herido el mundo entero con una maldición—por tanto, se entregan en vuestras manos las llaves de esta dispensación, y por esto podréis saber que el día grande y terrible del Señor está cerca, aun a las puertas.”

Los Padres y los Hijos Dependen Mutuamente Uno del Otro,Uno de los grandes principios que sirve de fundamento a la doctrina de la salvación para los muer­tos es el de la dependencia mutua de los padres y los hijos, de antepasados y posteridad. Como el profeta José Smith enseñó a los santos,” si no fuera por el estableci­miento de un eslabón comunicante entre los padres muer­tos y los hijos que viven, la tierra sería herida con una maldición. El plan divino dispone que ni los hijos ni los padres pueden perfeccionarse solos; y se efectúa la unión necesaria por medio del bautismo y otras ordenanzas asociadas que los vivos administran a favor de los muer­tos. Queda aclarada en estas Escrituras la manera en que los corazones de los hijos y los de los padres se vuelven unos a otros. Al paso que los hijos van aprendiendo que sin sus progenitores ellos no pueden alcanzar la perfec­ción, se abrirán sus corazones, se fortalecerá su fe y procurarán las buenas obras para la redención de sus muertos; y éstos, por lo que han aprendido de los minis­tros del evangelio que obran entre ellos, sabiendo que dependen de sus hijos como salvadores vicarios, procura­rán sostener a sus representantes mortales con fe y ora­ciones, para la perfección de esas obras de amor.

De esta manera, el amor, en sí un poder, se intensifica. Aparte de las emociones que en el alma suscita la pre­sencia de lo divino, pocos son los anhelos más fuertes y puros que el amor hacia los parientes.  El cielo no podría ser todo lo que deseamos si no se conociera allí el amor de la familia.o La afección allá se distinguirá de la te­rrenal, porque será más profunda, más fuerte y más pura. De modo que en la misericordia de Dios, sus hijos mor­tales errantes que han tomado sobre sí el nombre de Cristo en la tierra pueden, cada cual, llegar a ser, dentro de una esfera limitada, un salvador en la casa de sus padres mediante una labor y sacrificio vicarios, efectuados en humildad y como están representados en la ordenanza bautismal, típica de la muerte, sepultura y resurrección del Redentor.

La Obra Por los Muertos Tiene Doble Propósito.Lo que se hace en la tierra quedaría incompleto si no fuera por un suplemento y obra análoga allende de la tumba. Allá se está efectuando un trabajo misionero por medio del cual se llevan las nuevas del evangelio a los espíritus de los difuntos, quienes por este medio se enteran de la obra que por ellos se ha hecho sobre la tierra. En lo que toca a la ley divina que ha sido revelada, se requiere que las ordenanzas exteriores como el bautismo en el agua, la imposición de manos para conferir el Espíritu Santo y las investiduras más avanzadas que siguen, se hagan en la tierra, obrando vicariamente por los muertos un representante apropiado en la carne. Los resultados de estas obras se deben dejar al Señor. No se debe supo­ner que por motivo de estas ordenanzas los espíritus de los difuntos se verán precisados en modo alguno a acep­tar la obligación, ni que se les va a estorbar en lo más mínimo en el ejercicio de su libre albedrío. Aceptarán o rechazarán, según su estado de humildad u hostili­dad, en lo que toca al evangelio   pero la obra ya hecha por ellos en la tierra estará a su disposición cuando la enseñanza sana y la contrición efectiva les hayan mostrado su posición verdadera.

TEMPLOS

Templos u Otros Lugares Sagrados son necesarios para la administración de las ordenanzas que atañen a la sal­vación de los muertos, y ciertas ordenanzas para los vivos. No es sino propio que estos edificios sean lo mejor que la gente pueda construir. En todas las edades del mundo el pueblo del convenio ha construido templos. Poco después de emanciparse Israel de la esclavitud egip­cia, el Señor mandó que el pueblo construyera un san­tuario en su nombre, el plan del cual él especificó minu­ciosamente. Aunque no fué más que una tienda, se amuebló y se diseñó elegantemente, empleándose lo más escogido de las posesiones del pueblo en su construcción. El Señor aceptó esta ofrenda manifestando en ella su gloria y revelándose allí. Después que el pueblo se hubo establecido en la tierra prometida, diósele al Tabernáculo del Testimonio un sitio más permanente, aunque siguie­ron honrándolo por motivo de su propósito sagrado hasta que el Templo de Salomón lo reemplazó como santuario del Señor.

Este templo, uno de los edificios más imponentes que el hombre jamás ha construido para servicios sagrados, se dedicó con ceremonias solemnes. Sin embargo, su es­plendor fué de corta duración, porque en menos de cua­renta años de la fecha de su terminación, su gloria men­guó, y por último fué destruído por fuego. Después que los judíos volvieron de su cautividad, se efectuó una res­tauración parcial del templo, y mediante la influencia amistosa de Ciro y Darío se dedicó el templo de Zorobabel. En el espíritu que motivó a sus oficiales, entre ellos Zaca­rías, Ageo y Malaquías, claramente se ve que el Señor aceptó este esfuerzo por parte de su pueblo de conservar un santuario a su nombre. Este templo duró casi cinco siglos, y unos cuantos años antes del nacimiento del Sal­vador, Herodes el Grande inició la reconstrucción del edificio, y el Templo de Herodes comenzó a figurar en la historia. Al tiempo de la crucifixión se partió el velo de este templo, y en el año 70 de la era cristiana, como se había predicho, Tito consumó la destrucción del edi­ficio.

Los Templos en los Últimos Días.Desde ese tiempo hasta la dispensación presente no se ha edificado otro templo sobre el continente oriental. Es cierto que se han construido suntuosos edificios para adorar en ellos, pero una estructura colosal no es necesariamente un templo. Un templo es más que una casa de oración, un lugar donde congregarse, un tabernáculo o sinagoga. Es un lugar especialmente preparado, mediante su dedicación al Señor, y señalado por su aceptación, para solemnizar ordenanzas que pertenecen al Santo Sacerdocio. Los Santos de los Últimos Días, siguiendo las características del pueblo del convenio, han sido desde el principio una organización que se ha dedicado a la construcción de templos. Unos cuantos meses después del establecimiento de la Iglesia en la dispensación actual, el Señor se re­firió a un templo que había de ser construido. En julio de 1831 el Señor designó un sitio en Independence, Estado de Misurí, como el lugar de un templo futuro; pero aún no se ha consumado su construcción, ni la del templo en Far West, del cual se colocaron las piedras angulares el 4 de julio de 1838 y se repusieron el 26 de abril de 1839. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ha construido templos, cada uno de ellos un edificio majestuoso y costoso, en Kírtland, Estado de Ohio; Nau-voo, Estado de Illinois; Saint George, Logan, Manti y Salt Lake City en el Estado de Utah; Cardston, en Canadá; Laie en las Islas Hawaianas, Mesa, Estado de Arizona e Idaho Falls, Estado de Idaho. Los templos de Kírtland y Nauvoo quedaron abandonados cuando los miembros de la Iglesia, quienes los habían construido a costa de sacrificios aún incalculables, fueron arrojados hacia el oeste por la fuerza de la persecución. Actual­mente usa el edificio en Kírtland, como casa de oración común, una pequeña secta que no manifiesta actividad alguna en las labores sagradas para las cuales se precisan los templos. El templo de Nauvoo fué destruido por un incendio maliciosamente provocado. La magnitud y majestuosidad de las labores sagradas efectuadas en los templos de la dispensación actual para la salvación tanto de los vivos como de los muertos aseguran la miseri­cordiosa aceptación del Señor.

REFERENCIAS

El Bautismo por Inmersión

  • Jesús, después que fué bautizado, subió luego del agua—Mat. 3:16.
  • Vinieron a Juan personas de todas partes de Judea y de Jerusalén, y eran todos bautizados  por él  en el río  Jordán.  Jesús fué bautizado por Juan en el Jordán; y luego subió del agua-Mar. 1:5, 9, 10.
  • Y bautizaba también Juan en Enón junto a Salim, porque había allí muchas aguas—Juan 3:23.
  • Felipe y el eunuco descendieron ambos al agua; y subieron del agua—Hech. 8:38.
  • Levántate, y bautízate, y lava tus pecados—Hech. 22:16; tam­bién D. y C. 39:10. Mas ya sois lavados—1 Cor. 6:11.
  • Adán fué llevado al agua, y sumergido en el agua, y sacado del agua, cuando se bautizó—Moisés 6:64, 65.
  • Relación de los bautismos en las aguas de Mormón; Alma, Helam y los demás se sepultaron en el agua—Mosíah 18: 8-16.
  • Muchos fueron bautizados en las aguas de Sidón — Alma 4:4.
  • Instrucciones a los nefitas del Señor resucitado: Entraréis en el agua … y entonces lo sumergiréis en el agua — 3 Nefi 11:22-26. Se han dado en la dispensación actual instruc­ciones parecidas—D. y C. 20:72-74.
  • Nefi entró en el agua, y fué bautizado, y salió del agua—3 Nefi 19:11-13.
  • La inmersión mejor representa el simbolismo del nacimiento y sepultura, a los cuales se compara el bautismo. Jesús declaró: El que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios—Juan 3:3; también versículo 5. Sepultados con él a muerte por el bautismo—Rom. 6:4; véase también Col. 2:12. Los que reciben la gloria celestial tendrán que ser sepultados en el agua en el nombre de Cristo—D. y C. 76:51. Y nacerán de mí, aun del agua y del Espíritu—D. y C. 5:16.

El Bautismo por los Muertos

  • De otro modo, ¿qué harán los que se bautizan por los muertos, si en ninguna manera los muertos resucitan? ¿Por qué pues se bautizan por los muertos?—1 Cor. 15:29.
  • Se enviará a Elias el Profeta en los últimos días para con­vertir el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres—Mal. 4:5; también 3 Nefi 25:5, 6; P. de G. P., pág. 49; D. y C. sec. 2. La misión de Elias el Profeta encierra el servicio vicario de los vivos a favor de los muertos.—D. y C. 27:9.
  • Ha venido Elias y entregado su comisión—D. y C. 110:13-16.
  • El bautismo por los muertos es una ordenanza de la Casa del Señor; de ahí, la necesidad de Templos—D. y C. 124:28-31, 36, 39.
  • Se instituyó esta ordenanza antes de la funda­ción del mundo— versículo 33.  Se debe llevar un registro de los bautismos por los muertos— D. y C. 127:6; 128:1-7.
  • Instrucciones respecto al bautismo por los muertos—D. y C. 128:15-18.
  • Entre su muerte y resurrección Cristo predicó a los muertos. También fue y predicó a los espíritus encarcelados—1 Ped. 8.:18-20; también 4:6; a esto se le había preordinado— véase Isa. 24:22. Por cuanto el bautismo es esencial para la salvación del hombre y es una ordenanza relacionada con la vida mortal, se debe administrar vicariamente a favor de los muertos.
Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s