Como se puede Conocer la Verdad

Como se puede Conocer la Verdad

Sermones y Escrito de Joseph F. Smith

Toda verdad es de Dios. Apoyemos la causa de Sión. Ningún hombre hable livianamente de los principios del evangelio. Nadie trate con levedad las ordenanzas de la casa de Dios. Nadie se bur­le del sacerdocio que el Señor ha restaurado a la tierra, que es la autoridad que Él ha dado al hombre. Ninguna persona mire con desdén la organización de la Iglesia de Jesucristo de los San­tos de los Últimos Días cual se ha establecido en la tierra por el intermedio del profeta José Smith, a quien el señor levantó cuan­do no era más que un niño para establecer los fundamentos de la misma. Nadie trate estas cosas con liviandad o duda; antes pro­cure todo hombre sinceramente entender la verdad y enseñar a sus hijos a familiarizarse con las verdades del cielo que han sido restauradas a la tierra en los postreros días. Creo con toda el alma en Dios el Padre y en nuestro’ Señor y Salvador Jesucristo. Creo con toda mi alma, mente y fuerza en el Salvador del mun­do y en el principio de la redención de la muerte y del pecado.

Creo en la misión divina del Profeta José Smith. Creo en toda la verdad que conozco, y creo que hay muchos prin­cipios de verdad eterna que aún permanecen ocultos de mí y del entendimiento de los hombres, los cuales han de ser revelados por el poder de Dios a sus siervos fieles. Creo que el Señor ha re­velado a los hijos de los hombres todo lo que saben. No creo que hombre alguno haya descubierto un solo principio de ciencia o arte, de mecánica o matemáticas o cualquier otra cosa, que Dios no lo haya sabido antes que el hombre. El hombre le debe a la Fuente de toda inteligencia y verdad, el conocimiento que posee; y todos los que estén dispuestos a rendir obediencia al susurro del Espíritu, que conduce a la virtud y al honor, al amor de Dios y del hombre, al amor de la verdad y aquello que ennoblece y ensancha el alma, recibirá un conocimiento más puro, más extenso y más directo y conclusivo de las verdades de Dios que cualquier otro. Os digo esto, porque sé que es verdad. El Señor Omnipotente vive; El creó los cielos y la tierra y las fuentes de las aguas, y nosotros somos sus hijos, su progenie, y no estamos aquí por casualidad. El Señor dispuso nuestra venida y el objeto de nuestro ser. El dispo­ne que cumplamos nuestra misión, y lleguemos a ser conforme a la semejanza e imagen de Jesucristo, a fin de que, así como El, seamos sin pecado a la salvación; para que seamos llenos de inte­ligencia pura igual que El, y como El podamos ser exaltados a la diestra del Padre, y sentamos sobre tronos y tener dominio y poder en la esfera en que se nos llame a obrar. Testifico de esta doctri­na, porque el Señor me ha hecho conocer y sentir la verdad de ella, desde la corona de mi cabeza hasta las plantas de mis pies. Amo a los hombres buenos y honorables, aun a los hombres que pueden estar en error, en lo que a su criterio concierne, pero que tratan de obrar rectamente; los amo por motivo de que son mis hermanos, hijos de mi Padre, y quisiera que todos pudiesen ver la verdad cual se haya en Cristo Jesús, y aceptarla y recibir todos sus beneficios, por tiempo y por toda la eternidad. Si el Señor ha revelado al mundo el plan de salvación y redención de pecado, mediante el cual los hombres nuevamente pueden ser exaltados en su presencia y participar con El de la vida eterna, yo declaro, como proposición que no puede ser refutada, que ningún hombre puede ser exaltado en la presencia de Dios y recibir la plenitud de gloria y felicidad en su reino y presencia, a menos que, y sólo cuando obedezca el plan que Dios ha designado y revelado. (CR. abril de 1902, págs. 85, 86).

Los santos pueden conocer la verdad. Al fiel Santo de los Últimos Días le es dado el derecho de conocer la verdad como Dios la conoce; ningún poder bajo el reino celestial puede desviarlo, en­tenebrecer su entendimiento, ofuscar su mente o disminuir su fe o conocimiento de los principios del evangelio de Jesucristo. No puede ser, porque la luz de Dios brilla con mayor fuerza que la iluminación de una falsedad y error; por tanto, quienes poseen la luz de Cristo, el espíritu de revelación y del conocimiento de Dios, se elevan sobre todas estas extravagancias en el mundo; conocen de esta doctrina, que es de Dios y no del hombre. (CR. octubre de 1909, pág. 9).

Como se puede conocer la verdad. Es la generación mala y adúl­tera la que busca señales. (Véase Mateo 16:4) Mostradme Santos de los Últimos Días que tienen que nutrirse con milagros, señales y visiones a fin de conservarse firmes en la Iglesia, y os mostraré miembros de la Iglesia que no son rectos ante Dios y que andan por caminos res­balosos. No es por manifestaciones milagrosas a nosotros que se­remos establecidos en la verdad, sino mediante la humildad y fiel obediencia a los mandamientos y leyes de Dios. Cuando me inicié en el ministerio en mi juventud, frecuentemente iba y le pedía al Señor que me manifestara alguna cosa maravillosa, a fin de que pudiese recibir un testimonio. Pero el Señor me retuvo sus milagros, y me mostró la verdad, línea por línea, precepto por pre­cepto, un poco aquí y un poco allí, (Véase Isaías 28:10) hasta que me hizo saber la verdad desde la corona de mi cabeza hasta las plantas de mis pies, y hasta que fui completamente depurado de la duda y el temor. No tuvo que enviar a un ángel de los cielos para hacerlo, ni tuvo que hablar con trompeta de arcángel Mediante el susurro de la voz quieta y delicada del Espíritu de Dios viviente me dio el testimonio que poseo; y por este principio y poder dará a todos los hi­jos de los hombres un conocimiento de la verdad que permanecerá con ellos y los hará conocer la verdad como Dios la conoce y cum­plir la voluntad del Padre como Cristo la cumple; y ningún núme­ro de manifestaciones maravillosas jamás realizarán esto. Es la obediencia, la humildad y sumisión a los requisitos del cielo y a ese orden establecido en el reino de Dios sobre la tierra, lo que establecerá a los hombres en la verdad. Estos podrán recibir visi­tas de ángeles; podrán hablar en lenguas; podrán sanar a los en­fermos mediante la imposición de manos; podrán tener visiones y sueños, pero a menos que sean fieles y puros de corazón, serán fácil presa para el adversario de sus almas, el cual los conducirá a las tinieblas y la incredulidad con mayor facilidad que a otros. (CR abril de 1900, págs. 40, 41).

Como se establece un fundamento imperecedero de la verdad. Más los hombres y mujeres que son honrados ante Dios, que hu­mildemente siguen su camino, cumpliendo su deber, pagando sus diezmos y practicando esa religión pura y sin mácula delante de Dios y el Padre, que consiste en visitar a los huérfanos y las viudas en sus tribulaciones, y guardarse uno sin mancha del mundo; (Véase Santiago 1:27) que ayudan a velar por los pobres; que honran el santo sacerdocio y evitan los excesos; que oran con sus familiares y reconocen al Señor en su corazón —éstos establecerán un fundamento contra el cual las puertas del infierno no podrán prevalecer; y al venir las tempestades y hacen ímpetu contra su casa, no caerá, porque estará fundada sobre la roca de verdad eterna. (Véase Mateo 7:24, 25; 3 Nefi 11:39-40) Ruego que esta numerosa congregación edifique sobre este fundamento impere­cedero, sobre principios basados en las palabras de Josué: “Yo y mi casa serviremos a Jehová”; (Josué 24:15) y también lo que declaró Job: “Aunque él me matare, en él esperaré.” (Job 13:15) Si tenéis ese espíritu ha­cia Dios y su obra en estos postreros días, edificaréis contante y lentamente tal vez, pero con firmeza sobre un fundamento que perdurará todas las incontables edades de la eternidad. Si no re­cibís manifestaciones grandes, no tenéis por qué inquietaros. Igual que aquellos que tienen visiones, recibiréis el testimonio de Jesucristo en vuestro corazón y conoceréis a Dios y a Jesús a quien Él ha enviado, a quien si conocemos es vida eterna. (Véase Juan 17:3) En cuanto a aquellos que reciben visiones, el diablo intentará hacerles creer que fueron fantasías y si cometen pecados, de seguro él los hará creerlo. Dios os bendiga es mi oración. Amén. (CR. abril de 1900, pág. 42).

La recompensa de toda persona honrada. En algunos casos hallaréis ejemplos de personas que no saben tanto acerca del Evan­gelio de Jesucristo como nosotros; que no tienen el testimonio del Espíritu en su corazón, como tenéis vosotros, de la divinidad de Cristo y José Smith, y quienes son tan devotos, tan humildes, de espíritu tan contrito y tan consagrados a lo que saben, como lo somos algunos de nosotros; y serán recompensados de acuerdo con sus obras, cada uno de ellos, y recibirán un galardón muy su­perior a cosa alguna que puedan imaginar (CR. abril de 1912, pág. 8).

El Evangelio es sencillo. Algunas teorías son en sí mismas, tal vez, perfectamente inofensivas y cualquier discusión de ellas, breve o extensa, no perjudicaría la fe de nuestros jóvenes. Nos es dicho, por ejemplo, que la teoría de la gravitación es una hipóte­sis, cuando mucho, y que otro tanto sucede con la teoría atómica. Estas teorías ayudan a explicar ciertas cosas acerca de la natura­leza, y si finalmente resultan ser verdaderas no pueden afectar mucho la convicción religiosa de nuestros jóvenes. Por otra parte, hay especulaciones que se relacionan con el origen de la vida y la relación con Dios hacia sus hijos. En un grado muy limitado la revelación ha definido esa relación, y hasta que recibamos más luz sobre el asunto, nos parece mejor refrenamos de discutir cier­tas teorías filosóficas que destruyen la fe de nuestros jóvenes, más bien que edificarla. Un aspecto muy deseable de esta filosofía de religión, así llamada, estriba en el hecho de que en cuanto con­virtamos nuestra religión en un sistema de filosofía, nadie más que los filósofos podrá entenderla, estimarla o disfrutarla. Dios ha hecho su palabra tan sencilla, en su revelación al hombre, que el más humilde, sin preparación especial, puede gozar de una fe grande, comprender las enseñanzas del Evangelio y disfrutar tranquilamente de sus convicciones religiosas. Por tal razón nos opone­mos a la discusión de ciertas teorías filosóficas en nuestras ins­trucciones religiosas. (JI, abril de 1911, 46:208, 209).

Nuestro conocimiento está limitado. Nuestros métodos de teo­rizar y razonar en cuanto a las cosas de Dios a menudo puede ser inofensivo; pero si nos apartamos de la sencillez de la palabra de Dios tras un espíritu de racionalismo, nos convertimos en vícti­mas de la vanidad, lo cual pone en peligro el espíritu verdadero de la adoración en el corazón humano. No es fácil que los hom­bres abandonen sus vanidades, dominen sus ideas preconcebidas y se entreguen en corazón y alma a la voluntad de Dios, que siempre es superior a la suya. Los peligros de los teorías religiosas son tan grandes hoy como lo fueron en los días de Cristo, y si que­remos evitar estos peligros debemos adherimos a la sencillez de nuestras creencias y prácticas religiosas. Cuando los hombres y mujeres comprendan que están llegando a aguas profundas donde sus pasos no son seguros, deben retroceder, porque pueden tener la certeza de que el camino que están siguiendo los alejarás más y más de sus fundamentos, los cuales no son fáciles de recuperar. La religión del corazón, la comunión sin afectación y sencilla que debemos tener con Dios, es el salvaguarda principal de los Santos de los Últimos Días. No se deslustra nuestra inteligencia o nuestra integridad cuando decimos francamente, frente a una centena de preguntas especulativas, “yo no sé”.

Una cosa es cierta, y es que Dios he revelado a nuestro en­tendimiento lo suficiente para nuestra exaltación y nuestra felici­dad. Utilicen, pues, los Santos lo que ya tienen; sean sencillos y sin afectación en cuanto a su religión, tanto en pensamiento como de palabra, y no será fácil que se desorienten y queden sujetos a las vanas filosofías del hombre. (JI, mayo de 1911, 46:269).

Las bendiciones que vienen de amar la verdad. Si amáis la verdad, si habéis recibido el Evangelio en vuestro corazón, y lo amáis, vuestra inteligencia aumentará, vuestro entendimiento de la verdad se ensanchará y se desarrollará más que de cualquier otra manera. La verdad es, sobre todas las demás cosas del mundo, aquello que hace libres a los hombres: libres de la indolencia y el descuido, libres de las espantosas consecuencias de la negligencia, porque será una consecuencia temible si desatendemos nuestro deber ante el Dios viviente. Si aprendéis la verdad y camináis en la luz de la verdad, quedaréis libres de los errores de los hom­bres y de artimañas; os veréis fuera del alcance de la sospecha y actos impropios de toda especie. Dios os aprobará, Dios os ben­decirá a vosotros y a vuestras herencias, y os hará prosperar y florecer como un árbol de laurel. (IE, dic. de 1917, 21:102).


Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s