La Inmortalidad del Hombre

La Inmortalidad del Hombre

Sermones y Escrito de Joseph F. Smith

Naturaleza eterna del plan de salvación. Esta mañana siento, como lo he sentido toda mi vida, pero lo siento con mayor fuerza esta mañana, tal vez más que en cualquier otra ocasión, que no hay nada bajo los cielos de tanta importancia para mí o los hijos de los hombres como el gran plan de vida y salvación que se pro­yectó en los cielos en el principio, y que ha sido entregado de época en época, mediante la inspiración de varones santos llama­dos de Dios, hasta el día de la venida del Hijo del Hombre, porque este Evangelio y este plan de salvación fueron revelados a nuestros primeros padres. El ángel de Dios les comunicó el plan de reden­ción y de salvación de la muerte y el pecado, que ha sido reve­lado de cuando en cuando por autoridad divina a los hijos de los hombres, y en el cual no ha habido cambio. Nada contenía en el principio que fuese superfino o innecesario; nada en él de que se pudiera prescindir; fue un plan completo preparado en el prin­cipio por la sabiduría del Padre y de los seres santos para la reden­ción de la raza humana y su salvación y exaltación en la pre­sencia de Dios. Se enseñó más plenamente y se ejemplificó más perfectamente en el ser, en la vida y misión, en la instrucción y doctrina del Hijo de Dios, que en cualquiera otra época, exceptuan­do tal vez los días de Enoc; pero en todas las generaciones de tiempo, el mismo Evangelio, el mismo plan de vida y salvación, las mismas ordenanzas, el ser sepultados con Cristo (Véase Colosenses 2:12) —como re­cuerdo del gran sacrificio que habría de ser ofrecido por los peca­dos del mundo y para la redención del hombre— se han comuni­cado de edad en edad, desde la época de la creación. (CR., 1913, pág. 2).

Los principios del Evangelio son eternos. La fe en Dios es un principio irrevocable tanto como lo es “no matarás”; “no hurtarás”; “no cometerás adulterio”. El arrepentimiento del pecado es un principio eterno, y tan esencial en su lugar, parte tan íntegra del Evangelio de Jesucristo, como “no matarás” o “no tendrás dioses ajenos delante de mí”. (Véase Éxodo 20:13-17)

El bautismo para la remisión del pecado, por uno que posee la autoridad, es un principio eterno, porque Dios lo dispuso y lo mandó, y Cristo mismo tuvo que obedecerlo; le fue necesario obe­decerlo a fin de cumplir la ley de justicia. (Véase Mateo 3:15)

Y también los ritos del sacerdocio de la Iglesia, cual el Señor los ha revelado, y los principios que son la base de la organización de la Iglesia de Jesucristo, son irrevocables, inalterables y nunca cambian. Hablamos del “Evangelio eterno de Jesucristo”, que es “poder de Dios para salvación”, (Romanos 1:16) y estos principios en y de sí mismos son eternos, y durarán mientras la vida, el pensamiento o el ser existan, o la inmortalidad perdure. (CR. octubre de 1912, pág. 11).

Recuerdos del espíritu. (Carta escrita al élder O. F. Whitney, misionero en Inglaterra). De todo corazón apoyo sus opiniones concernientes a la afinidad de los espíritus. Nuestro conocimiento de personas y cosas antes de venir aquí, combinado con la divi­nidad que es despertada en nuestras almas mediante la obediencia al Evangelio, surte un efecto poderoso, según mi opinión, en todos nuestros gustos y disgustos y orienta nuestras preferencias en el curso de esta vida, si es que escuchamos cuidadosamente las amo­nestaciones del Espíritu.

Todas esas verdades sobresalientes que con tanta fuerza lle­gan a la mente y el corazón parecen ser sólo el despertar de las memorias del espíritu. ¿Podemos saber cosa alguna aquí que no su­pimos antes de venir? ¿No son iguales los medios de conocimiento en el primer estado que los de éste? Yo creo que el espíritu, antes y después de esta probación, posee mayores facilidades, sí, mucho mayores, para adquirir conocimiento, que mientras se halla sujeto y encerrado en la prisión del estado carnal.

Sí no hubiésemos sabido antes de venir acerca de la necesi­dad de nuestra venida, de la importancia de obtener un cuerpo, de la gloria que se podrá lograr en la posteridad, del gran objeto que se realizará al ser puestos a pruebas —pesados en la balanza, en el ejercicio de los atributos divinos, esos poderes semejantes a Dios y el libre albedrío con los que se nos ha dotado, mediante los cuales, después de descender debajo de todas las cosas, a seme­janza de Cristo, podríamos ascender sobre todas las cosas y llegar a ser como nuestro Padre, Madre y Hermano Mayor, omnipoten­tes y eternos— jamás habríamos venido, es decir, si hubiésemos podido evitarlo.

Creo que nuestro Salvador es el ejemplo siempre viviente a toda carne en cada una de estas cosas. El indudablemente poseía la precognición de todas las vicisitudes a través de las cuales ten­dría que pasar en el cuerpo mortal, cuando se pusieron los funda­mentos de esta tierra, “cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios”.(Job 38:3, 7) Cuando conversó en su cuerpo espiritual con el hermano de Jared en el monte, nues­tro Señor entendía su misión y sabía la obra que tenía que llevar a efecto, tan completamente como cuando ascendió del Monte de los Olivos ante los ojos asombrados de los discípulos judíos, con su cuerpo resucitado, glorioso e inmortal.

Y sin embargo, para efectuar el ultimátum de su existencia previa, y consumar el grande y glorioso propósito de su ser, así como la salvación de su hermandad infinita, tuvo que venir y tomar carne sobre sí. Él es nuestro ejemplo; y se nos ha mandado hacer las obras que El hizo. Se nos manda que lo sigamos tal co­mo El siguió al que era su Cabeza, a fin de que donde Él esté, nosotros también estemos; y estando con El podamos ser igual a Él. (Véase Juan 14:3) Si Cristo supo de antemano, también nosotros; pero al venir aquí olvidamos todo, para que nuestro albedrío verdaderamente fuese libre, para escoger el bien o el mal y merecer la recompensa de nuestra propia elección y conducta. Pero por el poder del Es­píritu, en la redención de Cristo, mediante la obediencia, a menu­do percibimos una chispa de las memorias despertadas del alma inmortal, la cual ilumina todo nuestro ser como la gloria de nues­tra morada anterior. (Contributor 1883, 4:114, 115).

La inmortalidad del hombre. Somos llamados seres mortales porque en nosotros se hallan las semillas de la muerte, más en realidad somos seres inmortales, porque también hay dentro de nosotros el germen de vida eterna. El hombre es dos elementos en un ser se compone del espíritu que le da la vida, fuerza, inte­ligencia y capacidad al hombre, y el cuerpo que es la habitación del espíritu, y se acomoda a su forma, se adapta a sus necesidades y obra en armonía con él, y hasta donde su capacidad lo permite, rinde obediencia a la voluntad del espíritu. Los dos combinados constituyen el alma. (Véase D. y C. 88:115)

El cuerpo depende del espíritu, y éste, du­rante su ocupación natural del cuerpo, está sujeto a las leyes que se le aplican y gobiernan en el estado camal. En este cuerpo natu­ral se encuentran las semillas de la debilidad y decadencia, las cuales, cuando llegan a su madurez completa o inoportunamente son arrancadas, causan lo que en el lenguaje de las Escrituras y revelaciones de Dios se llama la “muerte espiritual”. (2 Nefi 9:11-12) Es la misma que sobrevino a nuestros primeros padres, cuando mediante la desobediencia y transgresión quedaron sujetos a la voluntad de Satanás, y fueron echados de la presencia del Señor y murieron espiritualmente, muerte que el Señor declara ser “la primera muer­te, la misma que será la última muerte, que es espiritual y que se pronunciará sobre los inicuos cuando yo les digo: Apartaos, mal­ditos”. Y dice además el Señor: “Más he aquí, os digo que yo, Dios es el Señor, le concedí a Adán y a su simiente que no mu­riesen en cuanto a la muerte temporal, hasta que yo, Dios el Se­ñor, les enviara ángeles para declararles el arrepentimiento y la redención (de la primera muerte), por la fe en el nombre de mi Hijo Unigénito. Y así yo, Dios el Señor, le señalé al hombre los días de su probación, para que por su muerte natural pudiera re­sucitar en inmortalidad para vida eterna, todos cuantos creyeren; y los que no creyeren, a condenación eterna, porque no pueden ser redimidos de su caída espiritual, porque no se arrepienten”.

De la muerte natural, que es la muerte del cuerpo, así como también de la primera muerte “que es espiritual”, hay redención por medio de la creencia en el nombre del Hijo Unigénito, relacio­nada con el arrepentimiento y la obediencia a las ordenanzas del Evangelio, declarado por ángeles santos, porque si uno “cree” también debe obedecer; pero de la “segunda muerte”, la misma que es la primera muerte, “que es espiritual”, y de la que el hombre puede ser redimido mediante la fe y la obediencia, y la cual nue­vamente se pronunciará sobre los inicuos cuando Dios diga “apar­taos, malditos”, no hay redención, hasta donde se nos ha comunicado luz sobre este asunto. (Véase D. y C. 29:41-44).

Está escrito que “todo género de pecado y blasfemia contra el Espíritu Santo no les será perdonado a los hombres” (D. y C. 32:26-27). Si éstos no se arrepienten y vienen a Cristo mediante las ordenanzas del Evangelio, no pueden ser redimidos de su caída espiritual, sino permanecerán para siempre sujetos a la voluntad de Satanás y las consiguientes tinieblas espirituales o muerte que sobrevino a nuestros primeros padres, a la cual sujetaron a toda su posteridad, y de la que nadie puede ser redimido sino por medio de la creencia o fe en el nombre del Unigénito Hijo y obediencia a las leyes de Dios. Pero gracias al Eterno Padre, a causa de las misericordiosas disposiciones del Evangelio, todos los del género humano tendrán la oportunidad de escapar o ser librados de esta muerte espiritual, así en esta vida o en la eternidad, porque hasta no verse libres de la primera muerte, no pueden quedar sujetos a la segunda; más con todo, si no se arrepienten, “no pueden ser redimidos de su caída espiritual” y continuarán sujetos a la voluntad de Satanás, la primera muerte espiritual, en tanto que “no se arrepienten y con ello rechazan a Cristo y su Evangelio”. Mas ¿qué será de aquellos que creen y se arrepienten de sus pecados, obedecen el Evangelio, aceptan sus convenios, reciben las llaves del sacerdocio y el cono­cimiento de la verdad por revelación y el don del Espíritu Santo, y luego se apartan totalmente de esa luz y conocimiento? Llegan a ser “una ley en sí mismos y quieren permanecer en el pecado”; (D. y C. 88:35) de éstos se ha escrito que “el que violare este convenio, después de haberlo recibido, y lo abandonare totalmente, no recibirá perdón de los pecados en este mundo ni en el venidero”.(D. y C. 84:41) Además: “Así dice el Señor concerniente a todos los que conocen mi poder y del cual han participado, y a causa del poder del diablo se dejaron vencer y negar la verdad y desafiar mi poder. Estos son los hijos de perdición, de quienes digo que mejor hubiera sido para ellos no haber nacido; porque son vasos de enojo, condenados a pade­cer la ira de Dios con el diablo y sus ángeles en la eternidad; concernientes a los cuales he dicho que no hay perdón en este mundo ni en el venidero, habiendo negado al Espíritu Santo des­pués de haberlo recibido, y habiendo negado al Unigénito del Pa­dre, crucificándolo para sí mismos y exponiéndolo a vituperio”. (Véase D. y C. 76:31-35).

Hay una diferencia entre los anteriores y los que sencilla­mente no se arrepienten y rechazan el Evangelio de la carne. De éstos está escrito que “saldrán por la resurrección de los muertos, mediante el triunfo y la gloria del Cordero”, y que “serán redi­midos en el debido tiempo del Señor, después de sufrir su enojo”. Más de los primeros se ha dicho que “no serán redimidos”; por­que serán “los únicos sobre quienes tendrá poder alguno la segunda muerte”.(Véase Job 38:4, 7) Los otros, no habiendo sido redimidos de la primera muerte, no pueden ser condenados a la segunda muerte, o en otras palabras, no pueden padecer eternamente la ira de Dios sin espe­ranza de redención por medio del arrepentimiento, pero deben continuar bajo la pena de la primera muerte hasta que se arrepien­tan y sean redimidos de ella mediante el poder de la expiación y el Evangelio de salvación, y de esta manera llegar a poseer todas las llaves y bendiciones que sean capaces de lograr, o a las cuales tienen derecho por causa de la misericordia, justicia y poder del

Dios sempiterno; o por otra parte, permanecer atados para siem­pre con las cadenas de tinieblas espirituales, esclavitud y expul­sión de su presencia, reino y gloria. La “muerte temporal” es una cosa, y la “muerte espiritual” es otra. El cuerpo podrá desinte­grarse y dejar de existir como organismo, aunque los elementos de los cuales se compone son indestructibles o eternos, pero para mí es en sí evidente que el organismo espiritual es un ser eterno o inmortal, destinado a gozar de la felicidad eterna y una pleni­tud de gozo, o padecer eternamente la ira de Dios y la miseria, como justa condenación. Adán murió espiritualmente, sin embar­go, vivió para soportarla hasta que fue librado de ella por el poder de la expiación, mediante el arrepentimiento, etc. Aquellos sobre quienes se imponga la segunda muerte vivirán para padecerla y soportarla, pero sin esperanza de redención. La muerte del cuer­po, o muerte natural, no es sino una circunstancia temporal a la cual todos han quedado sujetos por motivo de la caída, y de ella todos serán restaurados o resucitados por el poder de Dios, me­diante la expiación de Cristo.

El hombre existió antes de venir a esta tierra, y existirá des­pués que salga de ella; y continuará viviendo por todas las incon­tables edades de la eternidad.

Hay tres clases de seres, o mejor dicho, el hombre existe en tres condiciones distintas, antes y después de su probación sobre esta tierra. La primera, en el estado espiritual o preexistente; la segunda, en el estado desincorporado, la condición que existe tras la separación del cuerpo y el espíritu hasta el tiempo de la resu­rrección; y la tercera, en el estado resucitado. Por ejemplo, unos dos mil años antes de su venida al mundo para morar en la carne, Cristo se manifestó al hermano de Jared y dijo: “He aquí, este cuerpo que ves ahora, es el cuerno de mi espíritu; y he creado al hombre a semejanza del cuerno de mi espíritu; y así como me apa­rezco a ti en el espíritu, apareceré a mi pueblo en la carne”. Y declaró además: “He aquí, yo soy el que fui preparado desde la fundación del mundo para recibir a mi pueblo. He aquí, soy Jesucristo”. (Eter 3:16, 14).

Aquí vemos que Jesús se manifestó a este hombre en el espí­ritu, a la manera y a la semejanza del mismo cuerpo con que se mostró a los nefitas, es decir, antes de su venida en la carne. Para mí esto es un tipo de la primera condición de todos los espíritus. También se ha escrito: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevamos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en el espí­ritu; en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados, los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras él preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua”. (1 Pedro 3:18-20). Vemos pues que mientras el cuerpo de nuestro Salvador yacía en la tumba, fue en el espíritu y predicó su Evangelio glorioso a los “espíritus encarcelados”, que fueron desobedientes en los días de Noé y fueron destruidos en la carne durante el diluvio. Estaban en su segunda condición o estado de espíritu, esperando la resurrección de sus cuerpos que estaban muertos. “No os maravilléis de esto —dijo Jesús— porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; más los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación”. (Juan 5:28, 29). Con referencia a la tercera condición o estado, citare­mos la relación que se ha hecho del Redentor resucitado antes de su ascensión. Juan nos dice que se apareció a sus discípulos tres veces después de su resurrección, y que en estas ocasiones comió pan, pez asado y un panal de miel, y abrió los ojos de su entendi­miento de manera que empezaron a entender las Escrituras y las profecías concernientes a Cristo. Más cuando les apareció, sin­tieron espanto y temor, y pensaban que veían un espíritu. “Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón es­tos pensamientos? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo”. (Lucas 24:38, 39). Aquí se nos presenta el tipo verdadero del ser resucitado, y a esta semejanza son todos aque­llos que tienen cuerpos resucitados; y de éstos hay muchos, por­que nos dicen las Escrituras que “se abrieron los sepulcros, y mu­chos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y sa­liendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos”. (Mateo 27:52, 53) Este género de seres moran en el cielo o en el paraíso de los jus­tos, pues han sido considerados dignos de salir en la primera resurrección, es decir con Cristo, para morar con Él y asociarse con los miembros del reino de Dios y su Cristo. Estas comprenden las tres condiciones o estados del hombre en el cielo. Sin embargo, no todos los espíritus desincorporados gozan de los mismos privi­legios, exaltación y gloria. A los espíritus de los inicuos, desobedientes e incrédulos les son negados los privilegios, gozo y glo­ria de los espíritus de los justos y buenos. Los cuerpos de los santos saldrán en la primera resurrección, y los de los incrédulos, etc. en la segunda o postrera. En otras palabras, los santos resu­citarán primero, y los que no son santos no resucitarán sino hasta después, de acuerdo con la sabiduría, justicia y misericordia de Dios.

Cristo es el gran ejemplo para toda la humanidad, y creo que los del género humano fueron preordinados para llegar a ser como El, así como Él fue preordinado para ser el Redentor del hombre. “Porque a los que antes conoció — ¿y a quién no conoció Dios an­tes?— también los predestinó para que fuesen hechos a conforme de la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre mu­chos hermanos”. (Romanos 8:29) Es palpable que los del género humano distan mucho de ser como Cristo, en la condición en que hoy se encuentra el mundo, salvo en la forma de su persona. En esto somos como El, o en la forma de su persona, así como Él es la imagen misma de la persona de su Padre. De modo que física­mente somos a imagen de Dios, y podemos llegar a ser como El espiritualmente, y como El en la posesión de conocimiento, inte­ligencia, sabiduría y poder.

El gran objeto de nuestra venida a esta tierra es para que po­damos llegar a ser como Cristo, pues si no somos como El, no podemos llegar a ser hijos de Dios y coherederos con Cristo.

El hombre que pasa por esta probación y es fiel, y es redimi­do del pecado por la sangre de Cristo mediante las ordenanzas del evangelio, y logra la exaltación en el reino de Dios, no es menor sino mayor que los ángeles, y si tenéis duda, leed vuestra Biblia, porque allí está escrito que los santos han de “juzgar a los ánge­les” y también “han de juzgar al mundo”. (1 Corintios 6:2-3) ¿Y por qué? Porque el hombre justo resucitado ha progresado más que los espíritus preexistentes o desincorporados, y los ha sobre­pujado, porque tiene espíritu así como cuerpo, igual que Cristo, ha logrado la victoria sobre la muerte y la tumba, y tiene poder sobre el pecado y Satanás; de hecho, ha pasado del estado de los ángeles al de un Dios. Posee llaves de poder, dominio y gloria que el ángel no posee, y que no puede poseer sin ganarlas en la misma manera que otro las ganó, pasando por las mismas pruebas y mos­trándose igualmente fiel. Así se decretó cuando las estrellas del alba cantaban, antes de ponerse los fundamentos de esta tierra. (Véase Job 38:4, 7) El hombre no es perfecto en su condición preexistente, ni lo es en el estado desincorporado. No hay estado perfecto sino el del Re­dentor resucitado, que es el estado de Dios; y ningún hombre pue­de llegar a ser perfecto a menos que llegue a ser como los dioses. ¿Y cómo son ellos? He mostrado cómo es Cristo, y Él es como su Padre; pero voy a referirme, en cuanto a este punto, a una auto­ridad inexpugnable entre este pueblo: “El Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hi­jo; pero el Espíritu Santo no tiene un cuerpo de carne y huesos, sino es un personaje de Espíritu. De no ser así, el Espíritu Santo no podía morar en nosotros”. (D. y C. 130:22)

No hay tiempo para referirnos a los muchos pasajes de las Escrituras que podríamos citar en apoyo de estos hechos impor­tantes; ya se ha hecho referencia al número necesario para colo­car el asunto fuera de toda duda.

Muchos de los del mundo cristiano creen que nuestro Salvador cumplió su misión cuando falleció en la cruz, y como evidencia del hecho frecuentemente se citan las últimas palabras sobre la cruz, según el apóstol Juan: “Consumado es” (Juan 19:30) Pero es un error; Cristo no completó su misión en la tierra sino hasta después que su cuerpo resucitó de los muertos. De haber quedado completa su misión cuando murió, sus discípulos habrían continuado sus ocu­paciones de pescadores, carpinteros, etc., porque volvieron a sus varios trabajos poco después de la crucifixión, no entendiendo todavía la fuerza de su santa vocación, ni entendiendo la misión que su Maestro les había enseñado, cuyo nombre pronto habría quedado sepultado con su cuerpo en la tumba para perecer y ser olvidado, “porque aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos”.(Juan 20:9) Pero la parte más gloriosa de su misión tenía que realizarse después de la cruci­fixión y muerte de su cuerpo. Cuando en el primer día de la sema­na algunos de los discípulos fueron al sepulcro con ciertas prepara­ciones para el cuerpo de su Señor, les aparecieron dos varones “con vestiduras resplandecientes” quienes les dijeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aun estaba en Galilea, di­ciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en ma­nos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día”. (Lucas 24:4-7) Y no fue sino hasta entonces que los discípulos se acordaron de estas palabras del Salvador, o empezaron a com­prender su significado. ¿Por qué eran tan olvidadizos y aparente­mente ignoraban todo lo que el Salvador les habían enseñado con­cerniente a los propósitos de su misión en la tierra? Porque les faltaba una calificación importante: aún no habían sido “inves­tidos de poder desde lo alto”. (Lucas 24:49) Todavía no recibían el don del Espíritu Santo; y la suposición es que jamás habrían recibido esta investidura importante y esencial, si la misión de Cristo hu­biese quedado completa al tiempo de su muerte.

Podrá parecer extraño a quienes no han reflexionado sobre este asunto en forma completa, que los discípulos estuviesen sin el don del Espíritu Santo hasta después de su resurrección. Pero así está escrito, bien que el Salvador declaró en una ocasión: “Bien­aventurado eres, Simón, hijo de Jonás porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”(Mateo 16:17) Mientras estuvo con ellos, Jesús fue su luz y su inspiración; lo siguieron por la vista y sintieron el majestuoso poder de su presencia, y al desaparecer estas cosas, se volvieron a sus redes, a sus distintas ocupaciones y sus casas, diciendo: “Esperábamos que él era el que había de redimir a Israel”, pero “le entregaron los principales sacerdotes y nuestros gobernantes a sentencia de muerte, y le crucificaron”. Con razón Jesús dijo a dos de ellos: “¡Oh insensa­tos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho!”.(Lucas 24:20-25)

Si los discípulos hubieran estado investidos con el “don del Espíritu Santo” o con “poder desde lo alto” en esa ocasión, el curso que hubieran seguido habría sido completamente diferente de esto, como tan abundantemente lo comprueba lo que siguió. Si Pedro, en calidad de apóstol principal, hubiera recibido el don del Espíritu Santo y el poder y testimonio del mismo antes de la terrible noche en que blasfemó y juró y negó a su Señor, el resultado habría sido muy diferente en cuanto a él, porque enton­ces habría pecado contra la “luz y conocimiento” y “contra el Espíritu Santo”, para lo cual no hay perdón. El hecho, por tanto, de que fue perdonado después de derramar amargas lágrimas de arrepentimiento, es evidencia de que carecía del testimonio del Espíritu Santo, ya que nunca lo había recibido. Los otros discípu­los o apóstoles de Cristo se hallaban precisamente en la misma condición, y no fue sino hasta el atardecer del día en que Jesús se levantó de la tumba, que les confirió este don inestimable. Juan nos da una descripción cuidadosa de este acontecimiento impor­tante que concluye en esta forma: “Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitieres los pecados, les son remitidos”, etc. (Juan 20:21-23) Esta fue su gloriosa comisión, y ahora estaban preparados para recibir el testimonio del Espíritu, a saber, el testimonio de Jesucristo. No obstante, les fue dicho que perma­necieran en Jerusalén hasta que fuesen investidos con po­der desde lo alto, (Lucas 24:49) cosa que hicieron. Jesús les declaró además que si Él no se iba, no vendría a ellos el “Consolador”, es decir, el Espíritu Santo; pero si Él se iba entonces se los enviaría, y El sería quien testificaría de Cristo y del Padre, y les haría recordar “todo lo que yo os he dicho” o mandado, y los guiaría “a toda la verdad”. (Juan 16:7-13) Vemos pues, que la resurrección de los muertos, no sólo de Cristo sino de todo el género humano, en el debido tiem­po del Señor; la investidura de los apóstoles con el Espíritu Santo y su gloriosa comisión que recibieron de Cristo, de ser enviados por El cómo Él lo fue por el Padre; el esclarecimiento de los ojos de los discípulos para que entendieran las profecías de las Escri­turas —éstas y otras cosas hizo Jesús después de exclamar sobre la cruz: “Consumado es”. (Juan 19:30) Además la misión de Jesús quedará incompleta hasta que Él pueda redimir a toda la familia humana, salvo los hijos de perdición, y esta tierra también, de la maldición que sobre ella descansa, y tanto la tierra como sus habitantes sean presentados al Padre redimidos santificados y gloriosos.

Las cosas que se hallan en la tierra, en tanto que no han sido pervertidas por la iniquidad, son un tipo de las cosas que hay en el cielo. El cielo fue el prototipo de esta bella creación cuando salió de la mano del Creador, y El declaró que era bueno”. (Véase Génesis 1:31) (JD 23:169-175).

El hombre es eternamente responsable. En la vida venidera el hombre será tenido por responsable de las cosas que haya hecho en esta vida, y tendrá que responder por las mayordomías que se le han confiado aquí, ante el Juez de los vivos y de los muertos, el Padre de nuestros espíritus, y de nuestro Señor y Maestro. Este es el propósito de Dios, parte de su gran objeto. No estamos aquí para vivir unos cuantos meses o años, para comer, beber, dormir y entonces morir, pasar de la escena y perecer. El Señor Omnipotente nunca tuvo por objeto que el hombre fuera tan efí­mero, inútil e imperfecto. Yo me compadecería del ser que tiene tal concepto del Creador de los cielos estrellados, los planetas y el mundo en el cual vivimos, aun cuando la gloria de éste no puede compararse con los muchos otros que han sido creados. ¿Es con­cebible que un Ser que posee tal poder, majestad, inteligencia, luz y conocimiento, creara un mundo como éste y lo poblara con se­res creados a su propia imagen y semejanza, sólo para que vivie­ran y se arrastraran por una existencia tan breve y miserable, y entonces morir y perecer? ¡Imposible! ¡Aquí no hay muerte, sino vida!

Dios es Dios de los vivos y no de los muertos. Es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, y de los antiguos profetas. ¡Ellos vi­ven! Viven no sólo en las palabras que hablaron, las profecías que declararon y las promesas que han pasado de generación en ge­neración a los hijos de los hombres; viven no sólo en lo que escri­bieron, en las doctrinas que enseñaron y en la esperanza que tenían de la redención, expiación y salvación, antes viven en es­píritu, en entidad, como vivieron aquí. Son profetas como lo fue­ron aquí, los elegidos de Dios; patriarcas, como lo fueron aquí; poseen la misma identidad, la misma entidad; y con el tiempo si no ha sucedido ya, poseerán los mismos cuerpos que tuvieron du­rante su jomada en la carne. Estos cuerpos serán purificados, lim­piados y hechos perfectos; y el espíritu y el cuerpo se reunirán para nunca más separarse, para nunca más volver a gustar la muerte. Esta es la ley y la promesa de Dios, y las palabras habladas a sus antiguos profetas que han llegado hasta nosotros a través de las generaciones sucesivas. (IE, febrero de 1918, 21:357).

 

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