La Verdad es el Fundamento

La Verdad es el Fundamento

Sermones y Escrito de Joseph F. Smith

Nuestra esperanza está fundada en la verdad. Nuestra espe­ranza de la salvación debe fundarse en la verdad, la verdad com­pleta y solo la verdad, porque no podemos edificar sobre el error y ascender a las cortes de verdad eterna y disfrutar de la gloria y exaltación del reino de nuestro Dios. Tal cosa no puede ser. — (CR. octubre de 1917, pág. 3).

El Evangelio se funda en la verdad. Ningún temor existe en mi corazón o mente, de que lo que es llamado “mormonismo” — que de hecho es el Evangelio de Jesucristo— no soportará el escrutinio de la ciencia y las investigaciones de los doctos y letra­dos en toda verdad. El Evangelio de Jesús está fundado en la verdad. Cada uno de sus principios se presta a una demostración que supera a cualquier razón justa para contradecir. El Señor está efectuando su obra, y la llevará a cabo, y no hay poder que pueda contenerla. (Véase D. y C. 38:33) (CR. octubre de 1908, pág. 127).

La verdad es el fundamento. Creemos en la justicia. Creemos en toda la verdad, pese al asunto al que se refiera. Ninguna secta o denominación religiosa del mundo posee un solo principio de verdad que no aceptemos o rechacemos. Estamos dispuestos a recibir toda verdad, sea cual fuere la fuente de donde provenga, porque la verdad se sostendrá la verdad perdurará. Ni la fe o religión de hombre alguno, ninguna organización religiosa en todo el mundo jamás puede elevarse sobre la verdad. La verdad debe constituir el fundamento de la religión, o es vana y no logrará su propósito. Digo que la verdad constituye el fundamento, y la parte más baja y más alta, y penetra totalmente esta gran obra del Señor que se estableció por el intermedio de José Smith el profeta. Dios está con ella: es su obra, no del hombre; y prospera­rá, no importa cuál sea la oposición. Hoy miramos la oposición dispuesta en orden de batalla contra la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y sonreímos, por decirlo así, con una sensación de confianza doblemente seguros a causa de la ex­periencia de lo pasado, en comparación con los sentimientos que llenaron el alma de nuestros padres y madres en los primeros días de la Iglesia, cuando apenas eran un puñado, con todo el mundo dispuesto en contra de ellos, cuando sólo eran un corto número de personas pobres, sin casas, despojados de sus posesiones, echa­dos de las comunidades en las que procuraban establecerse y edifi­car sus casas. Cuando pienso en nuestros miembros, expulsados al desierto, errantes y buscando un lugar donde pudieran descan­sar las plantas de sus pies, y veo como entonces el mundo estaba unido contra ellos, y pienso en la pequeña posibilidad que debe haberles parecido de lograr el éxito y la realización de sus propó­sitos, me asombro de que un número mayor de ellos no haya temblado y flaqueado; pero algunos de ellos permanecieron fieles en medio de todo, aun hasta la muerte. Si les hubiese sido necesa­rio padecer el martirio por la verdad, de buena gana hubieran dado la vida, así como dieron todo lo demás que poseían en el mundo, por el conocimiento que tenían de la divinidad de la obra en la cual estaban empeñados. ¿Somos igualmente fíeles hoy? ¿Somos tan devotos como lo fueron nuestros padres? ¡Oh Dios mío, ayúda­me a ser tan fiel como ellos lo fueron! Ayúdame a sostenerme, co­mo ellos se sostuvieron, sobre el pedestal de la verdad eterna, y que ningún poder en la tierra o el infierno me mueva de este fun­damento. Esta es mi oración al Señor por mi propio bien, y es mi oración a Él por todo Santo de los Últimos Días en todo el mun­do. (CR. abril de 1909, pág. 7).

La verdad salva al hombre. No abrigamos malos sentimien­tos en nuestro corazón hacia ninguna criatura viviente. Perdona­mos a los que nos ofenden. Hacia aquellos que han hablado mal de nosotros y nos han calumniado ante el mundo, no sentimos rencor en nuestro corazón. Decimos, juzgue Dios entre ellos y nosotros; (Véase 1 Samuel 24:12) recompénselos El según sus obras. Nosotros no levan­taremos la mano contra ellos, sino les extenderemos la mano de confraternidad y compañerismo, si se arrepienten de sus pecados y vienen al Señor y viven. No importa cuán impíos hayan sido, o cuán neciamente hayan obrado, si se arrepienten de estas cosas, los recibiremos con los brazos abiertos y haremos cuanto poda­mos para ayudarles a salvarse a sí mismos. Yo no puedo salvaros a vosotros; vosotros no me podéis salvar a mí; no podemos sal­varnos unos a otros, sino al grado en que podemos persuadimos unos a otros a recibir la verdad, enseñándola. Cuando un hombre recibe la verdad, ésta lo salvará. No se salvará meramente por­que alguien le habla, sino porque ha recibido la verdad y obrado al respecto. El Evangelio es congruente, es sentido común, razón, revelación; es la verdad todopoderosa de los cielos revelada al hombre. (CR. 1902, pág. 86).

La verdad del Evangelio no puede ser reemplazada. No hay ciencia ni filosofía que pueda reemplazar la verdad de Dios Todo­poderoso. El señor ha dicho: “Mi palabra es Verdad”;(Véase D. y C. 84:45) y ciertamen­te lo es. Yo creo que los Santos de los Últimos Días entienden lo suficiente acerca de la palabra de Dios para saber que es su pala­bra cuando la ven, y para apartarse de lo que no lo sea; y que permanecerán en la palabra de Dios, porque es verdad. Como dijo el Salvador: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”.(Juan 8:31-32) Creo que los Santos de los Últimos Días, y espe­cialmente los principales en Israel, tienen suficiente conocimien­to y entendimiento de los principios del Evangelio para conocer la verdad, y son hechos libres cuando la poseen: libres del pecado, libres del error y las tinieblas, de las tradiciones de los hombres, de vanas filosofías y de las teorías sin probar y sin experimentar de científicos que requieren una demostración que no deje lugar a dudas. Hemos tenido ciencias y filosofías en todas las edades, y han sufrido un cambio tras otro. Difícilmente pasa un siglo en que no se introduzcan nuevas teorías en la ciencia y la filosofía para reemplazar las antiguas tradiciones, la antigua fe y doctrinas pro­puestas por filósofos y científicos. Estas cosas puede pasar por cambios continuos, pero la palabra de Dios es siempre verdadera, siempre correcta. Quiero deciros que los principios del Evangelio son verdaderos siempre: los principios de fe en Dios, del arrepen­timiento del pecado, del bautismo para la remisión de pecados por la autoridad de Dios y la imposición de manos para comuni­car el don del Espíritu Santo; estos principios siempre son verdaderos, siempre absolutamente necesarios para la salvación de los hijos de los hombres, pese a quienes sean o donde estén. Es­tos principios siempre son verdaderos y no puede uno eludirlos. No nos es dado ningún otro nombre bajo el cielo sino el de Jesu­cristo, en que podamos ser salvos o exaltados en el reino de Dios. (2 Nefi 25:20) Nadie puede entrar en el reino de los cielos ni no nace de nuevo del agua y del Espíritu. (Juan 3:5) Estos principios son indispensables, por­que Dios los ha declarado. No sólo los ha manifestado Cristo por su propia voz, así como sus discípulos de generación en genera­ción, en tiempos antiguos, sino en estos postreros días han dado el mismo testimonio y declarado estas cosas al mundo. Son verda­deros hoy, como lo fueron entonces, y debemos obedecer estas cosas. (CR. abril de 1911, págs. 7 y 8).

El mayor logro del hombre. La cosa mayor que el género hu­mano puede lograr en este mundo es familiarizarse tan completa y tan perfectamente con la verdad divina, que ningún ejemplo o conducta de criatura alguna que viva en el mundo pueda apartar­los jamás del conocimiento que han recibido. “En las pisadas del Maestro”, el más grande de todos los maestros que este mundo jamás ha recibido, constituye el camino más seguro, que en el mundo yo sepa que podemos seguir. Podemos asimilar los precep­tos, las doctrinas y la divina palabra del Maestro sin temor alguno de que el modelo fallará en llevar a cabo y ejecutar sus propios preceptos y cumplir sus propias doctrinas y requisitos.

Desde “mi niñez he deseado aprender los principios del Evan­gelio de tal manera y a tal grado, que pese a quien cayera de la verdad, quien pudiera cometer un error, quien dejara de seguir el ejemplo del Maestro, mi fundamento permanecería seguro y cierto en las verdades que he aprendido, aun cuando todos los de­más hombres se desvíen y dejen de obedecerlas. Todos hemos oído de personas que han puesto su fe en el brazo de la carne, (D. y C. 1:19) a quie­nes ha parecido que su creencia, su confianza y su amor por los principios del Evangelio de Jesucristo se harían pedazos, si sus ideales —posiblemente aquellos que fueron los primeros en ense­ñarles los principios del Evangelio— cometieran un error, titubea­ran o cayeran.

No sé sino de Uno en todo el mundo, a quien se puede tomar como el primer y único modelo perfecto que podemos seguir, y es el Unigénito Hijo de Dios. Ciertamente me causaría pena, si tuviese un amigo o compañero en esta vida que se apartara del plan de vida y salvación, por causa de que yo pudiese tropezar o convertir mi vida en un fracaso. No quiero que ningún hombre se apoye en mí ni me siga, sino al grado que yo siga constantemen­te los pasos del Maestro. (JI, 1915, 50:738, 739).

La verdad y la justicia prevalecerán. No espero que los San­tos de los Últimos Días logren victoria o triunfo alguno, o cosa de que jactarse, sino de acuerdo con los principios de la justicia y la verdad. La verdad y la justicia prevalecerán y perdurarán. Si sola­mente continuamos edificando sobre los principios de rectitud, de verdad, de justicia y honor, os digo que no hay poder bajo el reino celestial que pueda impedir el progreso de esta obra. Y a medida que esta obra crezca y logre poder e influencia entre los hombres, disminuirán los poderes del adversario y de las tinieblas ante el crecimiento y desarrollo de este reino, hasta que triunfe el reino de Dios, y no de los hombres. (CR. abril de 1914, pág. 4)

Realidad de la fe de los santos. No hay duda en la mente de los Santos de los Últimos Días en lo que respecta a la existencia y persona del Señor Dios Todopoderoso, el mismo que es el Padre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. No hay ninguna duda en la mente de los Santos de los Últimos Días de que Jesús es el Hi­jo de Dios, engendrado del Padre en la carne. Y no hay ningún Santo de los Últimos Días en todo el mundo que no sepa —tan verdade­ra y completamente como Dios comunique dicho conocimiento al alma del hombre— que volverá a vivir después de la muerte, y que hombres y mujeres se asociarán unos con otros como Dios lo ha decretado, y si han sido unidos por su poder, para morar juntos para siempre jamás;(Véase D. y C. 76:62) y conocerán como son conocidos (Véase D. y C. 76:94) y verán como son vistos y entenderán como Dios entiende, porque son sus hijos. (CR. abril de 1907, pág. 3)

El significado de la ciencia. La ciencia verdadera es ese sis­tema de razonar que pone de relieve la verdad sencilla y clara. El Salvador del mundo fue preeminentemente el Científico de esta tierra, y las verdades que declaró hace mil novecientos años han resistido la embestida de la ciencia, el prejuicio y el odio.


  • La verdad divina
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