Nuestra Indestructible Identidad Inmortal

Nuestra Indestructible Identidad Inmortal

Sermones y Escrito de Joseph F. Smith

Nuestra indestructible entidad inmortal. Cuán glorioso es sa­ber lo que ha sido revelado en estos postreros tiempos por inter­medio del profeta José Smith y ser fiel a ello. El Salvador mismo lo reveló antiguamente, y El ejemplificó ese glorioso principio acer­ca del cual deseo decir unas palabras, principio que ha sido reno­vado y recalcado más especialmente en estos postreros días por medio de José Smith. Me refiero a nuestra identidad, nuestra in­destructible identidad inmortal. Así como en Cristo tenemos el ejemplo —nació de mujer, vivió, murió y volvió a vivir en su propia persona y ser, aun llevando las marcas de las heridas en su carne después de su resurrección de los muertos— así también se os ha dado un testimonio en estos postreros días, por medio del profeta José Smith y otros que han sido bendecidos con conoci­miento, que el mismo Ser individual aún vive y siempre vivirá. Jesús posee inmortalidad y vida eterna; y como evidencia de su existencia y su inmortalidad, y para comprobar las grandes y gloriosas verdades del Evangelio que El enseñó, la muerte que padeció y la resurrección de los muertos que efectuó, El se ha revelado y dado su propio testimonio a aquellos que han vivido y aún viven en este tiempo y época. Qué pensamiento tan glorio­so, por lo menos lo es para mí, y ha de serlo para todos aquellos que lo han conceptuado de la verdad o lo han recibido en su cora­zón, que aquellos de quienes nos alejamos aquí, los volveremos a encontrar y ver como son. Conoceremos al mismo ser idéntico con quien nos asociamos aquí en la carne —no otra alma, no algún otro ser o el mismo ser en alguna otra forma, sino la misma iden­tidad y la misma forma y semejanza, la misma persona que cono­cimos y con quien nos asociamos en nuestra existencia terrenal, incluso hasta las heridas en la carne. No que la persona siempre vaya a ser afeada por cicatrices, heridas, deformidades, defectos o incapacidades, porque de acuerdo con la misericordiosa provi­dencia de Dios, éstas desaparecerán en su curso, en su debido tiem­po. Se quitarán las deformidades, se eliminarán los defectos, y los hombres y mujeres lograrán la perfección de su espíritu, la perfección que Dios dispuso en el principio. El tiene por objeto que los hombres y mujeres, sus hijos, que nacen para llegar a ser herederos de Dios y coherederos con Jesucristo, sean hechos per­fectos, física así como espiritualmente, obedeciendo la ley por medio de la cual El ha dispuesto los medios para que llegue esa perfección a todos sus hijos. Por tanto, espero ver el tiempo en que nuestro querido Willíam C. Staines, a quien todos conocimos tan bien, y con el cual tuvimos intimidad por años —yo tuve in­timidad con él toda mi vida, así como con tía Raquel toda mi vida, y no recuerdo ocasión en que no la haya conocido— espero la ocasión, vuelvo a decir, cuando será restaurado el hermano Staines. No permanecerá incapacitado, el deformado William C. Staines que conocimos, sino que será restaurado a su forma per­fecta: todo miembro, toda coyuntura, toda parte de su ser físico será restaurado a su forma perfecta. Esta es la ley y la palabra de Dios a nosotros, cual se halla en las revelaciones que nos han llegado por intermedio del profeta José Smith. El asunto que tengo en mente, del cual deseo hablar particularmente es éste: Cuando tengamos el privilegio de encontrar a nuestra madre, nuestra tía, hermana, esta noble mujer cuyos restos se encuentran ante nos­otros ahora, pero cuyo espíritu inmortal ha ascendido a Dios de donde vino, cuando ese espíritu vuelva para ocupar nuevamente este cuerpo, será la tía Raquel en su perfección. De acuerdo con esta ley de restauración que Dios ha dispuesto, ella recobrará su perfección, la perfección de su juventud, la perfección de su glo­ria y de su ser, hasta que su cuerpo resucitado alcance la esta­tura exacta del espíritu que lo poseyó aquí en su perfección, y así veremos a la glorificada, redimida, exaltada, perfeccionada tía Raquel, madre, hermana, santa e hija del Dios viviente, sin que su identidad sea alterada, así como un niño puede crecer a la edad madura y seguir siendo el mismo ser.

Quiero decir a mis amigos, mis hermanos y hermanas y a los parientes, que el Señor Omnipotente nos ha revelado estas verdades en estos dias. No lo tenemos solamente en la palabra escrita, lo tenemos en el testimonio del Espíritu de Dios en el corazón de toda alma que ha bebido de la fuente de verdad y luz, y ese testimonio nos testifica de estas palabras. ¿Qué otra cosa pudiera satisfacernos? ¿Qué otra cosa satisfaría el deseo del alma inmortal? ¿Estaríamos satisfechos con ser imperfectos? ¿con estar decrépitos? ¿Nos conformaríamos con permanecer para siempre como niños por las incontables edades de la eternidad? ¡No! Ni tampoco quedarían satisfechos con permanecer en tal condición les espíritus que poseyeron los cuerpos de nuestros niños. Pero sabemos que nuestros hijos no se verán obligados a permanecer siempre como niños en cuanto a estatura, porque en esta dispen­sación se reveló de Dios, la fuente de verdad, por conducto de Jo­sé Smith el profeta, que en la resurrección de los muertos el niño que fue sepultado en su infancia resucitará en la forma del niño que era cuando fue sepultado pero entonces empezará a desarro­llarse. Desde el día de la resurrección el cuerpo se desarrollará hasta que llegue a la medida completa de la estatura de su espí­ritu, bien sea varón o hembra. Si el espíritu poseyó la inteligencia de Dios y las aspiraciones de almas mortales, no podría satisfa­cerse con menos que esto. Recordaréis que nos es dicho que el espíritu de Jesucristo visitó a uno de los profetas antiguos y se le manifestó y declaró su identidad, que era el mismo Hijo de Dios que había de venir en el meridiano de los tiempos. Dijo que apare­cería en la carne tal como le apareció a ese profeta. No era niño pequeño; era un espíritu crecido, desarrollado, con la forma de hombre y la forma de Dios, la misma forma en que vino y tomó sobre sí un cuerpo y lo desarrolló a la estatura completa de su espíritu. Estas son verdades que nos han sido reveladas. ¿Para qué? Para darnos una esperanza inteligente, una aspiración inte­ligente, para conducirnos a pensar, esperar, trabajar y realizar lo que Dios ha propuesto y propone y tiene por objeto que realice­mos, no sólo en esta vida, sino en la venidera.

Me regocijo en extremo que conozco y he conocido casi toda mi vida a una mujer tan noble. No recuerdo la primera vez que vi a tía Raquel, no me viene a la memoria; parece que siempre la conocí, tal como conocí a mi madre en mi niñez y durante mi vida; y me regocijo en extremo en este testimonio del Espíritu del Señor que ha venido a nosotros por revelación en los postre­ros días. A causa de este testimonio tengo la confianza de que veré a tía Raquel dentro de poco; y cuando me vaya —y espero ir, tal vez mucho antes que ella recupere este cuerpo— espero encontrarla allá. Espero encontrar a la misma persona que conocí aquí. Espero poder reconocerla, tal como la reconocería mañana si estuviera viviendo. Creo que sabré exactamente quién es y lo que es, y recordaré cuanto supe acerca de ella; y gozaré de su asociación en el espíritu como lo hice en la carne, porque su iden­tidad es fija e indestructible, tan fija e indestructible como la identidad de Dios el Padre y Jesucristo el Hijo. No pueden ser otra cosa más que sí mismos; no pueden cambiar; son de eterni­dad en eternidad, para siempre los mismos; y así será con nos­otros. Progresaremos y nos desarrollaremos y creceremos en sa­biduría y entendimiento, pero nuestra identidad jamás puede cam­biar. No fuimos incubados de una hueva. Nuestros espíritus exis­tieron desde el principio, siempre han existido y continuarán pa­ra siempre. No pasamos por los pasos de incorporación en las formas bajas de vida animal a fin de lograr la perfección que he­mos alcanzado como hombres y mujeres maduros a la imagen y semejanza de Dios. Dios fue y es nuestro Padre, y sus hijos fue­ron engendrados en la carne a su propia imagen y semejanza, varón y hembra. Pudo haber tiempos en que no tuvieron la misma inteligencia que poseyeron en otras ocasiones. Ha habido períodos en la historia del mundo en que los hombres han descendido a la ignorancia y el barbarismo, y por otra parte ha habido épo­cas en que han crecido en inteligencia, desarrollado en entendi­miento, ensanchado en espíritu y comprensión, aproximándose más a la condición y semejanza de su Padre y Dios, luego han perdido la fe y el amor de Dios, ha perdido la luz del Espíritu y retrocedido de nuevo a la semibarbarie. Entonces una vez más han sido restaurados por el poder y operación del Espíritu del Señor sobre sus pensamientos, hasta que de nuevo alcanzaron un grado de inteligencia. Nosotros hemos llegado a un grado de inteligencia en nuestra dispensación. ¿Continuará existiendo este mismo grado de inteligencia que ahora hay en todo el mundo? Sí; si el mundo continúa en la luz que ha esparcido el Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación. (Véase Stg. 1:17) Mas nieguen a Dios, nieguen la verdad, apártense de la justicia, y una vez más empiecen a revolcarse en la iniquidad y transgre­sión de las leyes de Dios, ¿y qué resultará? Se degenerarán; posi­blemente volverán de nuevo a una barbarie completa, a menos que se arrepientan y el poder de Dios nuevamente les sea restau­rado y otra vez sean elevados por esa luz que ilumina y nunca se opaca, sino para aquellos que cierran su corazón y ojos y oídos en contra de ella y no la quieren recibir.

No esperaba entrar en un discurso extenso. Doy gracias a Dios por mi parentesco y amistad con esta madre noble y buena. Espero poder asociarme con ella en todas las edades venideras, si puedo ser tan fiel como ella lo ha sido. Deseo ser, y no es todo, pues con la ayuda de Dios tengo la intención de ser fiel, como ella ha sido fiel, para que al fin yo pueda ser digno de mo­rar donde ella morará, con el profeta José Smith, con su marido con quien vivió aquí en la carne, con su hijo y sus niños, de gene­ración en generación. Espero poder asociarme con ellos en las mansiones que están preparadas para los justos, donde están Dios y Cristo, donde estarán aquellos que creen en su nombre, que reciben su obra y perseveran en su ley. ¡Oh, si pudiera ser instru­mento en las manos del Señor para llevar a El toda alma amada, porque todavía faltan almas que yo amo, y de ser posible, cómo estimaría ser instrumento en las manos del Señor para traer a estas almas amadas al conocimiento de esta verdad, para que pu­dieran recibir su gloria, beneficios y bendiciones en esta vida y en la venidera. Desde mi niñez, siempre he procurado ser un sal­vador en el Monte de Sión, un salvador entre los hombres. Tengo ese deseo en mi corazón. Tal vez no haya logrado éxito en mi ambición de realizar esta obra, pero lo he deseado; y aún deseo poder ser instrumento en ayudar a extender esta verdad hasta los límites más remotos de la tierra, y el testimonio de la misma a los hijos de los hombres en todo país. Yo sé que es verdadera. A ella se inclina mi criterio, mis deseos y las aspiraciones de mi alma. ¡Quiero tener a mi familia; quiero tener a los que el Señor me ha dado; los quiero ahora, y los quiero para siempre! Quiero asociar­me con ellos eternamente. No quiero que cambien su identidad; no quiero que sean alguna otra persona. Este concepto de la teo­sofía que sigue avanzando aun entre los cristianos, así llamados, en estos días, es una falacia de las más profundas. Repugna en forma absoluta a la propia alma del hombre pensar que un ser civilizado e inteligente puede llegar a ser un perro, una vaca o un gato; puede ser transformado en otra forma, otra clase de ser. Es completamente repulsiva y tan contraída a la gran verdad de Dios, revelada desde el principio, de que El existe desde el principio siempre el mismo, que El no cambia y que sus hijos no pueden cambiar. Podrán cambiar de malos a mejores; podrán cambiar de malos a buenos, de la injusticia a la rectitud, de la humanidad a ia inmortalidad, de la muerte a la vida sempiterna. Podrán progresar en la manera en que Dios ha progresado; podrán crecer y avanzar, pero su identidad jamás puede cambiar por los siglos de los siglos —tenedlo presente. Dios ha revelado estos principios, y sé que son verdaderos. Imponen su verdad sobre la mente y alma inteligentes del hombre. Comprenden o incorpo­ran lo que el Señor ha sembrado en nuestro corazón y alma que deseemos, y entonces dárnoslo. Nos permiten recibir lo que más deseamos y amamos, lo que es más necesario y esencial para nues­tra felicidad y exaltación. Toman de las cosas de Dios y nos las imparten, y nos preparan para lo futuro, para la exaltación y la felicidad eterna, el galardón que todas las almas del mundo desean, si son rectos en sus vidas y pensamientos. Solamente los depravados, los verdaderamente impíos son los que no desean la pureza; éstos no aman la pureza y la verdad. Yo no sé si es posi­ble que alma alguna se rebaje al grado de perder toda estimación por lo que es puro y casto, bueno y verdadero y divino. Creo que aun se esconde en el corazón de los más impíos e inicuos, por lo menos en ocasiones, una chispa de esa divinidad que se ha planta­do en el alma de todos los hijos de Dios. Los hombres pueden llegar a corromperse tanto que no logran más que sólo un vistazo de esa inspiración divina que se esfuerza por conducirlos hacia lo recto y a amar lo bueno; pero no creo que exista un alma en el mundo que haya perdido absolutamente todo concepto y admira­ción de lo que es bueno y puro cuando lo ve. Me es difícil creer que un ser humano pueda llegar a tal depravación, que ha perdido todo deseo de ser él mismo bueno y puro, de ser posible; pero muchas personas se han entregado a la maldad y llegado a la conclusión de que no hay más oportunidad para ellos. Mientras hay vida hay esperanza, y mientras hay arrepentimiento hay opor­tunidad de lograr el perdón; y si hay perdón, hay oportunidad de crecimiento y desarrollo hasta que logremos el conocimiento completo de estos principios que nos exaltarán y salvarán y prepa­rarán para entrar en la presencia de Dios el Padre, que es el Pa­dre de nuestros espíritus y el Padre en la carne de su Unigénito Hijo, Jesucristo, que enlazó la inmortalidad divina con lo mortal, forjó la cadena entre Dios y el hombre, trajo a las almas de los mortales, sobre quienes se había impuesto la sentencia de muerte, la posibilidad de lograr la vida eterna mediante la obediencia a sus leyes. Por tanto, busquemos la verdad y andemos en la luz como Cristo está en la luz, a fin de que obtengamos confraternidad con El, y unos con otros, a fin de que su sangre pueda limpiarnos de todo pecado.

El Señor consuele a mi hermano Heber, y sé que lo hará. El hermano Heber no siente que la muerte está presente. Creo que yo no podría llorar de tristeza; podría derramar lágrimas en este momento, pero no serían lágrimas de pesar, de lamentación o de congoja por esta alma noble. Solamente expresarían el amor que siento por ella; sólo indicarían mis sentimientos hacia ella, por el ejemplo noble y puro que me ha dado a mí y a todos los que la conocieron. Podía llorar de gozo por el conocimiento que tengo de que ella está y seguirá asociándose, en su vida y ser espiritua­les, con todos aquellos con quienes se ha encariñado a causa de las persecusiones, experiencias y pruebas que ella ha tenido que soportar en este mundo. Con estas personas ella se regocija hoy, como quien nace de la muerte a vida eterna. ¡No está muerta; ella vive! ¿Qué mayor prueba queréis de este hecho que ver su forma inerte? ¿Quién es ella? Este es su ataúd; ésta es su habita­ción terrenal; no es sino el barro que cubrió la inmortal, la verda­dera tía Raquel, el espíritu viviente. El espíritu ha partido. Su espíritu, la parte inmortal se ha alejado de ese cuerpo; de modo que aquí yace inerte, listo para volver a su madre tierra de donde vino; pero será restaurado de nuevo, cada elemento será recupe­rado y reconstituido en su forma perfecta, cuando venga tía Ra­quel para tomar posesión de él y heredarlo para siempre, así como Cristo vino y tomó su cuerpo que no vio corrupción, y lo heredó en su estado inmortal para nunca más volver a separarse; así será con ella. (IE, junio de 1909, 12:591). —Discurso en los funerales de Rachel Grant, madre del presidente Heber J. Grant.

No hay principios nuevos en el evangelio. No tenemos nin­gún principio nuevo que presentar; pero hemos venido para pre­dicar el evangelio de vida y salvación, para testificar de la divi­nidad de nuestro Señor y Salvador Jesucristo y de la misión di­vina del profeta José Smith, por intermedio de quien se restauró la verdad en esta dispensación. (IE, diciembre de 1917, pág. 98).

La fuente de verdad. Frecuentemente oímos de hombres que desacreditan la doctrina de Jesucristo, nuestro Salvador y Reden­tor, porque, según se dice, algunos de ios principios, doctrinas y filosofías que El enseñó fueron propuestos antes de su época por filósofos paganos.

En ocasiones se cita una variedad de ejemplos para mostrar que los ideales que se han desarrollado de las doctrinas de Cris­to son un producto directo de lo que se encuentra en las ense­ñanzas del Antiguo Testamento, particularmente los Salmos y la segunda parte de Isaías. Pero, por otra parte, es igualmente cier­to que debido al retoque del Salvador, estos ideales cobran un acabado y refinamiento extremadamente superiores a lo que po­seían antes, y al mismo tiempo se establecen sobre fundamentos más profundos y firmes. Y ante todo cabe decir, que esto se debe a que fueren suyos antes que el hombre los profiriera.

Aun en los cinco temas distintivos y característicos que los comentaristas generalmente consideran como originales en las en­señanzas de Jesús, poco, si acaso, encontramos de nuevo, salvo una ampliación. Estos se conocen como la Paternidad de Dios, el Reino de Dios: súbditos o miembros del reino; el Mesías, el Es­píritu Santo y la Trinidad de Dios.

Sin embargo, la idea de la paternidad de Dios no era desco­nocida ni . para los paganos ni para Israel. Desde la época de Ho­mero, se había dado a Zeus, dios griego, el título de “padre de los dioses y los hombres”; pero, tanto en la literatura judía como pa­gana, la idea era superficial y no tenía mayor significado que el de “originador” (Génesis 1:26); y en las antiguas escrituras judías Dios es llamado más particularmente el “Padre” de su pueblo Is­rael (Deut. 14:1; Isaías 63:16). Mas en las enseñanzas de Cristo hallamos una incorporación más completa de la revelación de la palabra Padre, y la aplicación que El hace de la paternidad de Dios reviste su vida de suprema ternura y belleza. Por ejemplo: en las antiguas Escrituras leemos: “Como ei padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen” (Salmos 103: 13); pero según la interpretación de Jesús, el amor de Dios como Padre trasciende estas limitaciones y llega aun a los que son in­gratos y malos: “Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos, ben­decid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos”. (Mateo 5:44, 45) “Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y pres­tad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los in­gratos y malos”. (Lucas 6:35)

Y así es con otras doctrinas de Cristo; aun cuando quizá no son nuevas, cobran mayor significado con la adición de conceptos más completos, más extensos y amorosos de Dios y sus propósi­tos, en los cuales se eliminó la compulsión, y el servicio humilde, el amor y la abnegación la reemplazaron y se convirtieron en las fuerzas verdaderas de una vida aceptable. Aun la respuesta a la pregunta del intérprete de la ley, a menudo llamado el onceavo mandamiento: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?” había sido dado a los hijos de Israel (Levítico 19:18), más de dos mil años antes de ser comunicado su significado perfecto al docto fariseo. (Mateo 22:34-40)

Pero, ¿qué de todo esto? ¿Vamos a desacreditar las enseñan­zas del Salvador? De ninguna manera. Téngase presente que Cris­to estuvo con el Padre desde el principio, que el evangelio de ver­dad y luz existió desde el principio y es de eternidad en eternidad. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, como un Dios, son la fuen­te de verdad, de la cual todos los antiguos filósofos sabios recibie­ron su inspiración y prudencia; y de ella recibieron todo su cono­cimiento. Si hallamos la verdad en fragmentos en todas las eda­des, puede establecerse como hecho incontrovertible que se ori­ginó en la fuente de referencia, y fue dada a los filósofos, inven­tores, patriotas, reformadores y profetas por la inspiración de Dios. Vino de El, en primer lugar, por conducto de su Hijo Jesu­cristo y el Espíritu Santo, y de ninguna otra fuente. Es eterna.

Siendo, pues, la fuente de verdad, Cristo no es un imitador. Fue el primero en enseñar la verdad; fue suya antes de ser dada al hombre. Cuando vino a la tierra, El no sólo proclamó nuevos conceptos, sino repitió algunos de los principios eternos que los hombres más sabios sólo habían entendido y declarado parcialmen­te hasta ese tiempo. Y al hacerlo, ensanchó en cada caso la pru­dencia que originalmente habían recibido de El, por motivo de sus habilidades y sabiduría superiores y su asociación con el Padre y el Espíritu Santo. Cristo no imitó a los hombres; éstos hicieron saber en su manera imperfecta lo que la inspiración. de Jesucris­to les había enseñado, porque recibieron su luz de El en primer lu­gar.

Cristo enseñó el evangelio a Adán y dio a conocer sus verda­des a Abraham y a los profetas. Fue quien inspiró a los antiguos filósofos, ya paganos o israelitas, así como a los grandes perso­najes de los tiempos modernos. Cristóbal Colón, en sus descu­brimientos, Washington, en la lucha por la independencia; Lincoln, en la emancipación y unión; Bacon, en la filosofía; Franklin, en la política y diplomacia; Stevenson en el uso del vapor; Watts, en la música; Edison, en la electricidad y José Smith en teología y religión —cada uno de ellos encontró en Cristo la fuente de su sabiduría y las maravillosas verdades que declararon.

Calvino, Lutero, Melanchton y todos los reformadores fue­ron inspirados en sus pensamientos, palabras y hechos para rea­lizar lo que efectuaron en bien del alivio, libertad y progreso de la raza humana. Prepararon el camino para que llegara el evan­gelio más perfecto de verdad. Su inspiración, así como fue con los antiguos, vino del Padre, su Hijo Jesucristo y el Espíritu San­to, no sólo Dios verdadero y viviente. La misma cosa se puede decir con toda verdad acerca de los padres revolucionarios de es­te país, y de todos aquellos que en edades pasadas han contribuido al progreso de la libertad civil y religiosa. No hay luz ni verdad que no haya venido de El a ellos en primer lugar. Los hombres me­ramente repiten lo que El les ha enseñado. El nunca ha declarado conceptos que se originaron en el hombre. Las enseñanzas de Jesús no empezaron con su encarnación; porque igual que la verdad, El es eterno. No sólo inspiró a los antiguos, desde el principio, sino que al venir a la tierra, reiteró verdades eternas y originales, y añadió gloriosamente a las revelaciones que los hombres habían proferido. Cuando volvió a su Padre, llevó consigo y aún conser­va un interés en sus hijos y pueblo, y les revela nuevas verdades e inspira sus hechos; y a medida que los hombres crecen en el conocimiento de Dios, llegarán a ser más y más como El hasta el día perfecto, cuando su conocimiento inundará la tierra como las aguas cubren el mar.

Es una necedad, por tanto, desacreditar al Salvador diciendo que no ha dicho nada nuevo; porque, con el Padre y el Espíritu, El es el autor de lo que persiste —la verdad— lo que ha sido, lo que es y lo que continuará para siempre. (IE, 1906, 10:627-630)

La eternidad del espíritu del hombre. Además, ¿a dónde va­mos? Llegamos aquí y peregrinamos en la carne por una corta tem­porada y entonces dejamos de ser. Toda alma que nace en el mundo morirá; no hay quien haya escapado de la muerte, sino aquellos a quienes Dios ha concedido, por el poder de su Espíri­tu, que vivan en la carne hasta la segunda venida del Hijo del Hombre; pero finalmente tendrán que pasar por la experiencia lla­mada muerte; podrá ser en un abrir y cerrar de ojos, y sin dolor o sufrimiento; pero tendrán que pasar por el cambio, porque el decreto irrevocable del Omnipotente fue: “El día que de él co­mieres, ciertamente morirás.”(Gén. 2:17; véase Moisés 3:17)

Tal fue el decreto del Omnipoten­te y se aplica a Adán, es decir, a toda la raza humana, porque Adán significa muchos, y quiere decir vosotros y yo y toda alma que vive y lleva la imagen del Padre. Todos tendremos que mo­rir; pero, ¿es el fin de nuestro ser? Si existimos antes de venir, ciertamente continuaremos esta existencia al salir de aquí. El es­píritu continuará existiendo como antes, con las ventajas adicio­nales logradas por haber pasado por esta probación. Es absoluta­mente necesario que vengamos a la tierra y tomemos cuerpos sobre nosotros, porque sin cuerpos no podríamos ser como Dios o como Jesucristo. Dios tiene un cuerpo de carne y huesos. Es un ser organizado tal como nosotros que hoy estamos en la carne. Jesucristo nació de su madre, María. El tuvo un cuerpo de carne; fue crucificado sobre la cruz y su cuerpo resucitó de los muertos. Rompió las ligaduras del sepulcro y salió a novedad de de vida, un alma viviente, un ser viviente, un hombre con cuerpo, y con partes y con espíritu; y el espíritu y el cuerpo llegaron a ser un alma viviente e inmortal. Vosotros y yo tendremos que hacer la misma cosa; tendremos que pasar por la misma experiencia a fin de lograr la gloria y exaltación que Dios decretó que disfrutemos con El en los mundos eternos. En otras palabras, debemos llegar a ser como El; por ventura para sentarnos sobre tronos, tener dominio, poder y aumento eternos. Dios dispuso esto desde el prin­cipio. Nosotros somos hijos de Dios, y El es un ser eterno, sin prin­cipio de días o fin de años; siempre fue, es y será. Nos hallamos precisamente en la misma condición y en las mismas circunstan­cias en que Dios nuestro Padre Celestial se encontró al pasar por esta experiencia o una semejante. Estamos destinados a salir del sepulcro, como lo hizo Jesús, y obtener un cuerpo inmortal como El, es decir, a fin de que nuestro cuerpo llegue a ser inmortal co­mo el suyo lo llegó a ser, y para que el espíritu y el cuerpo pue­dan ser unidos y lleguen a convertirse en un ser viviente, indivi­sible, inseparable y eterno. (Desert Weekly News, 1884, 33:130, 131).

Los propósitos del Omnipotente son inalterables. Los propó­sitos del Omnipotente son inalterados e inalterables. Sus leyes perduran, y El es el mismo ayer, hoy y para siempre. Sus propó­sitos madurarán y serán consumados, y sus proyectos se realiza­rán. Por tanto, si no nos conformamos a su voluntad, obedecemos sus leyes y nos sujetamos a sus requisitos en este mundo, seremos consignado a la “prisión”, donde permaneceremos hasta que haya­mos pagado la deuda al último centavo. (DWN, 1875, 24:708).

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s