Revelación

Revelación

Sermones y Escrito de Joseph F. Smith

El valor del espíritu de la revelación. El hombre que posee el espíritu de la revelación puede comprender si es pecador, si tiene propensión a la maldad, si ésta no está magnificando su posición delante del Señor, mejor que uno que no tiene el Espí­ritu del Señor en él, ¿no es así? (CR, abril de 1917, pág. 7).

El espíritu de inspiración y de revelación — quien lo recibe. Y el espíritu de inspiración, el don de revelación, no pertenece ex­clusivamente a un hombre; no es un don que pertenece a la Pre­sidencia de la Iglesia y a los Doce Apóstoles únicamente. No se limita a las autoridades presidentes de la Iglesia; pertenece a todo miembro individual de la misma; y todo hombre, toda mujer y todo niño que ha llegado a la edad de responsabilidad, tiene el derecho y privilegio de disfrutar del espíritu de revelación y po­seer el espíritu de la inspiración para cumplir sus deberes como miembros de la Iglesia. Es el privilegio de todo miembro indivi­dual de la Iglesia tener revelaciones para su propia orientación, para dirigir su vida y conducta; y por tanto, afirmo —y creo que puedo hacerlo sin posibilidad razonable de ser contradicho o im­pugnado— que no hay otra Iglesia en el mundo, ni organización de personas religiosas, que sean tan universalmente espirituales en sus vidas, y tan universalmente merecedores de los dones del Espíritu de Dios, como los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Todos tenéis derecho a la revelación; es vuestro privilegio de que os sea revelado si yo soy un siervo de Dios o un siervo de los hombres; si estoy cumpliendo con mis deberes o no; si yo, como oficial presidente de la Iglesia, estoy obrando en el desempeño de mis deberes en una manera aceptable ante vosotros y el Señor. Es vuestro privilegio de reci­bir revelación en cuanto a esto y de saber la verdad por vosotros mismos; y es mi privilegio recibir revelación de Dios, como indi­viduo, para mi propia orientación temporal, y nuevamente repito que jamás hubo tiempo sobre la tierra, desde la organización de la Iglesia, en que la espiritualidad del pueblo de Dios haya sido mayor que hoy. (CR, abril de 1912, pág. 5).

Todos disfrutan del espíritu de la revelación. Creo que todo miembro de la Iglesia tiene tanto derecho de disfrutar del espíri­tu de revelación y del entendimiento de Dios que le comunica ese espíritu de revelación para su propio beneficio, como lo tiene el obispo para habilitarlo a fin de presidir su barrio. Todo hombre tiene el privilegio de ejercer estos dones y privilegios en el mane­jo de sus propios asuntos, en la crianza de sus hijos por el camino que deben seguir y en el cuidado de su granja, sus rebaños, sus hatos y en el manejo de sus negocios, si se dedica a otros asuntos; es suyo el derecho de gozar del espíritu de revelación y de inspi­ración para hacer lo correcto, para ser sabio y prudente, justo y bueno en todo lo que hace. Sé que éste es un principio verdadero y también sé que lo sé; y eso es lo que yo quisiera que todos los Santos de los Últimos Días supiesen. (CR, abril de 1912, págs. 9, 10).

Revelación nueva. Que yo sepa, no hay una sola ordenanza de la Iglesia que hoy se conoce o práctica, que no fue revelada a la Iglesia por el profeta José Smith. No sé de ninguna doctrina nueva que se haya revelado. Los principios que le fueron manifes­tados al profeta José han crecido y se han desarrollado con mayor amplitud y claridad al entendimiento; pero no hemos recibido na­da nuevo que yo sepa. Sin embargo, si recibiésemos algo nuevo, por los medios debidos de la Iglesia, debemos estar preparados y tan dispuestos para recibirlo, como lo estuvimos o lo estaríamos, para recibirlo de las manos del profeta José mismo. (CR, octubre de 1900, pág. 47).

Cuando hemos de esperar nueva revelación. No hay cosa al­guna que no tengamos en común con los Santos de los Últimos Días. Nada sabemos, y nada predicaremos al pueblo sino aquello que Dios el Señor ha revelado, y aconsejamos a los que ocupan puestos de autoridad, cuyo deber y ocupación es enseñar y predicar los principios del Evangelio al mundo y a los Santos de los Últimos Días, que limiten sus enseñanzas y sus instrucciones a la palabra de Dios que ha sido revelada. Os aseguro que hay mu­cho de lo que ha sido revelado que no se está obedeciendo. Toda­vía falta mucho que aprender: hay mucho aún que se ha de enseñar con el espíritu de instrucción, y mucho que se ha revelado por medio del profeta José y sus compañeros que el pueblo toda­vía no ha recibido en su corazón, y a lo cual no se ha convertido como debe. Cuando obedezcamos y seamos capaces de observar los preceptos del Evangelio, las leyes de Dios y los requisitos del cielo, que ya se han revelado, estaremos en mejor posición y más cerca de la meta de la perfección en prudencia, conocimiento y poder, de lo que estamos hoy. Cuando llegue ese tiempo, en­tonces habrá otras cosas mayores aun que serán reveladas al pueblo de Dios. Hasta que cumplamos con nuestro deber, sin embargo, en aquello que hemos recibido, hasta que seamos fieles en las cosas que hoy son confiadas en nuestras manos, hasta que vivamos de acuerdo con nuestra religión como hoy la tenemos como el Señor nos la ha dado, el agregar mandamientos, el dar­nos más luz e inteligencia de la que ya hemos recibido, y la cual todavía no hemos obedecido en forma completa, sólo sería traer más condenación sobre nuestra cabeza. Basta con que vivamos a la luz de la inspiración y revelación actuales, y que cada miem­bro individual de la Iglesia guarde los mandamientos del Señor y obre en la Iglesia de acuerdo con la orientación del Espíritu en el cumplimiento de su deber. Cada uno de nosotros tenemos el derecho de recibir inspiración de Dios para saber qué es nuestro deber y como hemos de cumplirlo. No lo hemos aprendido aún, no todos; pero estamos en buena posición para aprender. El Se­ñor todavía es paciente; es longánima, lleno de amor y gracia hacia todos, y constantemente estamos mejorando. Creo que so­mos un poco más fieles en el cumplimiento de nuestros deberes de lo que hemos sido en lo pasado; pero todavía hay mucho campo para mejorar. (CR, octubre de 1917, pág. 5).

Como el Señor Revela sus propósitos concerniente a la Igle­sia. Y sé esto, que Dios ha organizado su Iglesia en la tierra, y sé que cuando El decrete o se proponga hacer cambio alguno en el asunto de gobernar o dirigir o presidir los asuntos de su Iglesia, EL efectuará el cambio y lo hará de tal manera que todos los miembros de la Iglesia que estén obrando rectamente, lo enten­derán y aceptarán. Sé que el Señor no levantará a “fulano, men­gano o zutano”, acá allá y en todas partes, para representarse como Cristo o “uno fuerte y poderoso”, diciendo que ha sido inspirado y llamado para hacer algo notable. El Señor no se con­ducirá con los hombres de esa manera; y mientras la organiza­ción de la Iglesia exista, mientras los quórumes y consejos del sacerdocio permanezcan intactos en la Iglesia, el Señor revelará sus propósitos por medio de ellos, y no por “fulano, mengano o zutano”. Así que, anotadlo en vuestras libretas, y tenedlo pre­sente; es verdadero: (CR, abril de 1912, pág. 10).

La revelación moderna es necesaria. ¿Hemos de entender, pues, que Dios no hace ni en adelante hará saber su voluntad a los hombres? ¿Qué lo que ha dicho es suficiente? ¿Es suficiente su voluntad a Moisés, a Isaías y a Juan para los discípulos modernos de Cristo? Los Santos de los Últimos Días impugnan esta doctrina y la declaran ilógica, incongruente y falsa, y dan testimonio a todo el mundo de que Dios vive y que revela su voluntad a los hombres que creen en El y obedecen sus mandamientos, tanto en nuestros días como en cualquiera otra época de la historia de las naciones. El canon de las Escrituras no está lleno. Dios en ningún tiempo ha revelado que cesaría de hablar para siempre a los hom­bres. Si se nos permite creer que ha hablado, debemos creer y creemos que continúa hablando, porque Él es inmutable.

Su voluntad declarada a Abraham no fue suficiente para Moisés, ni su voluntad a Moisés fue suficiente para Isaías. ¿Por qué? Porque sus distintas misiones requirieron instrucciones di­ferentes; y lógicamente, en igual manera es cierto de los profe­tas y pueblo de esta época. El mundo progresista jamás descubri­rá toda la verdad hasta que sus habitantes se familiaricen con todo el conocimiento del Ser Perfecto. ¿Cómo llegarán los hom­bres a familiarizarse con el conocimiento del Padre? Únicamente al grado que Él se lo revele. Ahora, si se nos permite creer que el’ Señor se reveló a los antiguos, de cuyos hechos leemos en las Es­crituras, me parece que no hay buena razón para creer que no es necesario que Él se revele en esta época a otros que desean ser guiados por su Espíritu e inspiración. Toda verdad nueva que se convierte en acción viviente en las vidas de los hombres es en sí misma una revelación de Dios; y sin la revelación de verdad adicional, los hombres no progresarían en este mundo, antes, abandonados a sí mismos, retrocederían por estar separados de la luz y vida de la gran fuente de toda inteligencia, el Padre de todos nosotros.

¿Qué es la revelación, sino el descubrimiento de nuevas ver­dades por aquel que es la Fuente de toda verdad? Decir que no hay necesidad de nueva revelación equivale a decir que no te­nemos necesidad de verdades nuevas —y esto es una aseveración ridícula.

Ahora, en cuanto a la utilidad de la revelación moderna, a la cual ya se ha hecho referencia en el breve tratado sobre su necesidad —y no es ninguna indicación de que la revelación sea inútil porque no se considera propio aceptarla en los tribunales. “Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (Mr. 12:17) La revelación dada para el conocimiento u orientación personales de cualquier persona no se debe comunicar al público, ni en calidad civil ni religiosa; pero a causa de que puede ser (y en dichos casos lo es) considerada impropia para uso público, no es ninguna indicación de que esta revelación no es de provecho para la per­sona a quien se dirige. Puede decirse de paso, sin embargo, que la revelación que tanto perturbó a los ministros resultó ser co­rrecta, y de conformidad con la evidencia y el dictamen del tri­bunal y jurado.

Nuestro testimonio es que Dios vive y que Ei habla por su poder a los hombres que lo buscan y creen en El, y de este modo les da a conocer su voluntad en asuntos que atañen no sólo a su Iglesia verdadera, sino cada persona que lo busca. (IE, 1901, 5:80).

Teoría y revelación divina. Nuestros jóvenes son estudiantes diligentes. Buscan la verdad y el conocimiento con un celo encomiable, y al hacerlo necesariamente deben adoptar con carácter provisional muchas teorías de los hombres. Sin embargo, en tanto que las reconozcan como andamios, útiles para fines de investiga­ción, no puede haber peligro particular en ellas. Es cuando se aceptan estas teorías como verdades básicas, que surgen las dificultades, y entonces el investigador corre grave peligro de ser irremediablemente desviado del camino recto.

La Iglesia sostiene la autoridad definitiva de la revelación di­vina, la cual ha de ser la norma; y en vista de que la “ciencia” así llamada ha cambiado en cuanto a sus deducciones, de una época a otra, y dado que la revelación divina es verdad y debe permanecer para siempre, los conceptos correspondientes a lo menor deben concordar con las afirmaciones positivas de lo ma­yor; y además, que en las instituciones fundadas por la Iglesia para la enseñanza de la teología, así como otros ramos de educa­ción, las enseñanzas de sus instructores deben concordar con los principios y doctrinas de la misma.

Son tantas las verdades materiales comprobadas y prácticas, tantas las certezas espirituales con las cuales la juventud de Sión debe familiarizarse, que parece ser una pérdida de tiempo y me­dios, así como perjudicial para la fe y la religión, penetrar muy profundamente en teorías indemostrables de los hombres sobre filosofías concernientes al origen de la vida, o los métodos utiliza­dos por un Creador Omnisciente para poblar la tierra con los cuerpos de hombres, aves y bestias. Más bien, dediquemos nues­tras habilidades al análisis práctico de la tierra laborable, al es­tudio de los elementos, la producción de la tierra, la invención de maquinaria útil, el bienestar social de la raza humana y su alivio material; y en cuanto al resto, cultivar una fe permanente en la palabra revelada de Dios y los principios salvadores del Evangelio de Jesucristo que dan el gozo en esta vida y la vida eterna y salvación en la venidera.

Las teorías filosóficas de la vida tienen su lugar y su uso, pero no en las clases de las escuelas de la Iglesia; y más particu­larmente quedan fuera de lugar en dicho sitio o en cualquier otro, cuando intentan reemplazar las revelaciones de Dios. El alumno ordinario no puede entrar en estos temas con la profundidad sufi­ciente para lograr alguna utilidad práctica de ellas, y un conoci­miento elemental de este asunto sólo tiende a trastornar su fe sencilla en el Evangelio, que es de mayor valor para él en la vida que todo el conocimiento del mundo.

La religión de los Santos de los Últimos Días no se opone a ninguna verdad ni a la investigación científica de la verdad. “Lo que se ha comprobado aceptamos con gozo —dijo la Primera Pre­sidencia en su saludo de Navidad a los Santos— pero no acepta­mos la vana filosofía, teoría humana y meras especulaciones de los hombres, ni adoptamos cosa alguna que sea contraria a la re­velación divina o al buen sentido común; pero todo lo que tiende a una conducta propia, que concuerda con la moralidad sana y aumenta la fe en Dios, nosotros lo favorecemos, no importa donde se encuentre”.

Una buena guía que pueden adoptar los jóvenes que están resueltos a penetrar las teorías filosóficas es la de escudriñarlo todo, pero tener cuidado de retener sólo lo que es verdad. La verdad persiste, pero las teorías de los filósofos cambian y son descartadas. Lo que los hombres usan hoy como andamio para fi­nes científicos, desde el cual penetran lo desconocido en busca de verdades, en lo desconocido, puede ser derribado mañana, después de haber cumplido su objeto; pero la fe es un principio eterno me­diante la cual el humilde creyente puede lograr solaz eterno. Es la única manera de encontrar a Dios. (IE, 14:548).

La ciencia y la filosofía han pasado por cambio tras cambio en el curso de las edades. Casi no ha pasado un siglo en el que no hayan introducido nuevas teorías de ciencia y filosofía que reem­plazan las antiguas tradiciones y la antigua fe y doctrinas sosteni­das por filósofos y científicos. Estas cosas pueden pasar por cambios continuos, pero la palabra de Dios es siempre verdadera, siempre exacta. Los principios del Evangelio siempre son verda­deros, los principios de fe en Dios, del arrepentimiento del peca­do, el bautismo para la remisión de pecados por la autoridad de Dios y la imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo —estos principios son verdaderos siempre, y siempre son absolutamente necesarios para la salvación de los hijos de los hom­bres, pese a quienes sean y donde estén. Ningún otro nombre de­bajo del cielo es dado sino el de Jesucristo, por el cual podáis ser salvos y exaltados en el reino de Dios. No sólo los ha declarado Dios, no sólo ha anunciado Cristo estos principios por su voz a sus discípulos, de generación en generación en “tiempos an­tiguos, sino que en estos días postreros han asumido el mismo testimonio y declarado estas cosas al mundo. Son verdaderas hoy como entonces lo fueron, y debemos obedecer estas cosas. (IE. 1910, 14:641).

Revelación y evidencia legal. Recientemente un hombre acu­sado de homicidio compareció ante un magistrado en Salt Lake City. Durante la interrogación por parte del fiscal, el padre polí­tico del occiso relató una conversación habida entre él y el acu­sado poco después de la comisión del crimen. Durante dicha con­versación, según informes del diario, el padre político de la víctima imputó el crimen al acusado. En las preguntas el abogado de- tensar del acusado insistió en que el testigo dijese cómo sabía que el acusado era el culpable del crimen. La respuesta, según la prensa, fue que Dios se lo había revelado. A juzgar por el resto del acta, no parece que se impugnó o retiró el testimonio, ni que el magistrado haya informado al testigo que tal evidencia era in­competente o no podía aceptarse. La afirmación anterior provocó comentarios en la prensa y ha sido el tema de algunos discursos desde el púlpito. Por supuesto, toda persona debe entender que tal evidencia es inadmisible en un tribunal, y que si hubiese acontecido en un juicio ante un jurado, habría sido el deber del juez ordenar que se omitiera el testimonio, y en sus instrucciones al jurado advertirles que le hicieran caso omiso por completo. Dada la probabilidad de que hay quienes persisten en relacionar esta evidencia con el cuerpo religioso del cual es miembro el testigo, sería propio decir, sin desacreditar en lo mínimo la convicción del testigo tocante a la revelación que había recibido, que ningún miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días debe considerar, ni por un momento, que tal testimonio sea admisible en un tribunal, y para dar mayor claridad al asunto, también podría decirse que tal evidencia sería inadmisible aun en un tribunal de la Iglesia, donde las reglas de evidencia, aunque no tan técnicas, se basan principalmente en los mismos principios que rigen las reglas de evidencia en un tribunal civil. Cualquier intento, por tanto, de querer darle la apariencia de que este tipo de evidencia concuerda con los principios de la fe “mormona” es totalmente injustificado. (IE, febrero de 1902, 37:114).

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