Vida

Vida

Doctrina Mormona – Bruce R. McConkie

La vida del cuerpo está en el alma; es decir la parte consciente, sapiente e inteligente de la personalidad humana está en el espíritu, en la parte eterna del hombre, en la parte que es literalmente hijo del Padre Omnipotente. Y así como ocurre con el hombre, es lo mismo con los animales, aves, peces y toda criatura viviente y con la tierra misma- todo tiene vida, y en cada caso la vida está en el espíritu de la cosa creada pues “todas las cosas fueron creadas con anterioridad; pero fueron creadas espiritualmente y hechas conforme a mi palabra.” (Moisés 3:7). La vida se manifiesta en cuatro estados de existencia.

1. PREEXISTENCIA.- La vida comenzó con el nacimiento del espíritu en la preexistencia; comenzó cuando el elemento espiritual (o inteligencia) fue preparada para convertirse en una de “las inteligencias que fueron organizadas antes de que existiera el mundo.” (Abraham 3:22.) Cualquier noción o teoría de que la vida, o ego, o albedrío, existió para cada individuo antes de su nacimiento espiritual, es pura especulación, sin base alguna en las escrituras comprendidas o interpretadas correctamente. La vida, para el hombre y para todas las cosas creadas, comenzó en el momento de su creación espiritual respectiva. Antes de eso, había solamente elementos espirituales de los cuales el Todopoderoso crearía vida a su debido tiempo. La vida es eterna o sin fin porque el espíritu nunca muere ni deja de existir. (Improvement Era, vol 13; pág. 75-81.)

2. VIDA MORTAL.– Es este estado al cual usualmente se refieren con el término vida. La vida mortal consiste en la unión temporal del cuerpo y el espíritu. La muerte natural o temporal ocurre cuando se separan el cuerpo y el espíritu. En este sentido, la vida cesa cuando llega la muerte. Así las revelaciones hablan del fin de la vida (D. y C. 19:25, 32), de preservar la vida de algunos (D. y C. 25:2; 63:3), y dar la vida por causa del evangelio (D. y C. 98:13-14.) La vida y la muerte son cosas opuestas (D. y C. 50:5, 8), y se espera que mientras el hombre esté en esta vida debe obtener conocimiento e inteligencia de manera que le puedan ser restauradas en el mundo venidero. (D. y C. 130:18-19.) La mortalidad es el gran período de probación de la existencia eterna ya que “esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios” (Alma 34:32), por lo que esta vida se convierte en la parte más importante de toda la eternidad. En ella damos el examen final de toda la vida en la preexistencia y rendimos el examen de admisión que determinará el reino de gloria que heredaremos en la vida venidera.

Pero en el sentido de que las realidades y calificaciones espirituales exceden ampliamente en importancia a las cosas temporales, esta vida no es de gran valor, comparada con el evangelio y la salvación. “Y todos los que padezcan persecución por mi nombre, y la soporten con fe”, dice el Señor, “aunque les sea requerido dar la vida por mi causa, aún así participarán de toda esta gloria. Por tanto, no temáis ni aún a la muerte; porque en este mundo vuestro gozo no es completo, pero en mí vuestro gozo es cumplido. De manera que no os afanéis por el cuerpo, ni por la vida del cuerpo; mas afanaos por el alma y por la vida del alma.” (D. y C. 101:35-37; 103:27-28.) Por supuesto que nuestro Señor “dio su propia vida” como parte del gran plan de redención (D: y C. 34:3.) “Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos.” (Juan 15:1.). De acuerdo con este principio que compara el valor relativo de la vida temporal y las cosas espirituales, el Señor dijo a los Doce Nefitas: “No os afanéis por vuestra vida, por lo que habéis de comer o lo que habéis de beber; ni tampoco por vuestro cuerpo, con qué lo habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?” (3 Ne. 13:25; Mat. 6:25.) “La vida de la carne en la sangre está” (Lev. 17:11), es decir que de acuerdo con las leyes que fueron ordenadas, cesa la vida cuando se derrama la sangre. Pero en un sentido más pleno y eterno, la vida existe en el mundo por y a través de Cristo. El es la vida del mundo. (D.y C. 10:70; 12:9; 34:2; 39:2; 45:7; 3 Nefi 9:18; 11:11; Eter 4:12; Juan 1:4; 14:6.) En él estaba la vida y la luz de los hombres.” (D. y C. 93:9.) Si no fuera por la luz de Cristo, el poder de dar la vida procede de su presencia para llenar la inmensidad del espacio (D.y C. 88:12), la vida y ser dejarían de existir. Es literalmente la luz del mundo y la vida del mundo ya que la vida y la luz vienen por él y sin él no existirían.

3. VIDA EN EL MUNDO ESPIRITUAL.- Al morir el espíritu eterno sale del tabernáculo mortal y entra en el mundo de los espíritus para esperar el día de la resurrección. El espíritu, que vivía antes en la preexistencia, continúa viviendo después de la muerte. En este sentido, no hay muerte y no hay muertos. Nuestros semejantes mortales que han partido, solamente nos parece que han muerto porque han ido a otro mundo de existencia donde ya no los vemos ni podemos estar con ellos.

4. VIDA INMORTAL.- Por definición, como usamos el término generalmente, inmortalidad es vivir para siempre en un estado resucitado, estando el cuerpo y el espíritu unidos inseparablemente. La vida no tiene fin. Cristo es “sin principio de días o fin de vida.” (D. y C. 78:16.) Los seres resucitados “nunca más verán la muerte.” (D. y C: 88:116.)

VIDA ESPIRITUAL

“Hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos,” escribió Juan, “El que no ama a su hermano, permanece en Muerte”. (1 Juan 3: 14) La vida sobre la cual se habla aquí es la vida espiritual; la muerte es la muerte espiritual. En el mismo sentido en que la muerte espiritual es estar desterrado de la presencia del Señor, es estar muerto para las cosas de la justicia, estar muerto a los susurros del espíritu, así también la vida espiritual es estar en la presencia del Señor, estar vivo para las cosas de la justicia y del Espíritu. Nuestro Señor se refería a la vida y muerte espiritual cuando dijo a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.” (Juan 11: 25-26).

Los niños pequeños viven espiritualmente hasta llegar a la edad de responsabilidad. (Moro. 8: 8-26) Entonces mueren espiritualmente a menos que vuelvan a nacer (D. y C. 29: 45-50), a menos que por medio del bautismo nazcan del agua y del Espíritu (Juan 3: 3-5), a menos que se vuelvan nuevas criaturas del Espíritu Santo, obteniendo la compañía de ese miembro de la Trinidad.

Los que disfrutan del don del Espíritu Santo están vivos espiritualmente; están en la presencia de Dios (pues el Espíritu Santo es un miembro de la Trinidad y es uno con el Padre y el Hijo. Si continúan fieles durante esta vida, continuarán disfrutando la vida espiritual en el mundo venidero, es decir que estarán en la presencia personal de Dios y tendrán vida espiritual, o en otras palabras vida eterna (Doctrina de Salvación, vol. 2, pág. 205-217).

VIDA ETERNA.

Tal como se usa en las escrituras vida eterna es el nombre dado al tipo de vida que vive nuestro Padre Celestial. La palabra eterna tal como se usa en la vida eterna es un sustantivo y no un adjetivo. Es uno de los nombres formales de la Deidad (Moisés 1:3; 7:35; D. y C. 19:11) y fue elegido por él como un nombre particular para identificar el tipo de vida que lleva. Siendo él, Dios, vive la vida de un Dios; y su nombre (o sustantivo propio) es Eterno, el tipo de vida que vive se llama vida eterna. Por lo tanto; La vida de Dios es vida eterna; vida eterna es la vida de Dios -las expresiones son sinónimos. De acuerdo con esto, la vida eterna no es un nombre que solamente se refiere a una vida futura sin final; inmortalidad es vivir para siempre en estado resucitado; y por la gracia de Dios todos los hombres alcanzarán otra vez esta continuación de vida sin fin.

Pero solamente los que obedezcan la plenitud del evangelio heredarán la vida eterna. (D. y C. 29:43-44.) Es “el mayor de todos los dones de Dios (D. y C. 14:7), pues es del tipo, clase o semejanza a la calidad de vida que Dios mismo disfruta. Por lo tanto, los que alcanzan la vida eterna reciben exaltación; son los hijos de Dios, coherederos con Cristo, miembros de la Iglesia del Primogénito; han vencido todas las cosas, tienen todo el poder y reciben la plenitud del Padre. Son dioses.

VIDAS ETERNAS.

Los que alcanzan la vida eterna (exaltación) alcanzan también vidas eternas, lo que quiere decir que en la resurrección tendrán eterno aumento”, “una continuación de las simientes,” una “continuación de las vidas.” Su progenie de espíritu “continuará tan innumerables como las estrellas, o si te pusieras a contar las arenas en las playas del mar, no podrías numerarlas.” (D. y C. 131:1-4; 132:19-25, 30, 55.) “A menos que un hombre y su esposa entren en un convenio sempiterno mientras se hallaren en este estado de probación, y sean unidos por las eternidades, mediante el poder y la autoridad del santo sacerdocio,” dice el Profeta “cesarán de aumentar cuando mueran, pero no tendrán hijos después de la resurrección.” Y luego, refiriéndose a los que están sellados en matrimonio y que luego permanecen en rectitud hasta llegar a tener su vocación y elección seguras por revelación, agrega: “Pero aquellos que se casan por el poder y la autoridad del sacerdocio en esta vida, y continúan sin cometer el pecado contra el Espíritu Santo, continuarán aumentando y teniendo hijos en la gloria celestial.” (Enseñanzas, pág. 366.) Lo opuesto a vidas eternas es muertes eternas. Los que lleguen a la resurrección separados y solteros y por lo tanto no tienen hijos espirituales eternamente, son los que heredarán “las muertes” (D. y C. 132:16-17, 25.)

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