El libre Albedrío

El libre Albedrío

Sermones y Escrito de Joseph F. Smith

Los Santos de los Últimos Días son un pueblo libre. Ahora presentaremos a la conferencia los nombres de las autoridades ge­nerales de la Iglesia, con el deseo sincero de que todos los miem­bros presentes, que por motivo de su recta conducta ante el Se­ñor tienen este privilegio, expresen su voluntad de acuerdo con el albedrío dado de Dios del que disfruta todo hombre en el mun­do, y el cual no disminuye, sino al contrario aumenta en todos aquellos que han hecho convenio con Dios por sacrificio y median­te la obediencia a los principios del Evangelio. La libertad de los Santos de los Últimos Días jamás ha sido restringida o reducida un ápice por ser miembros de la Iglesia de Cristo; más bien ha crecido. No hay pueblo más libre sobre la faz de la tierra en la actualidad que los Santos de los Últimos Días. No están sujetos a la Iglesia con ataduras o cuerdas, sino por su propia convicción de la verdad; y cuando un hombre determina que ya está hastiado de lo que se llama “mormonismo”, todo lo que tiene que hacer es darlo a conocer, y desataremos el lazo que lo une al cuerpo para que siga su propio camino, sin más sentimientos hacia él que los de simpatía y verdadera bondad fraternal, y deseándole aún las misericordias de Dios. Exclamaremos: “Padre, ten misericordia de él, porque no sabe lo que hace”. Porque cuando un hombre niega la verdad, cuando se aparta del camino recto y rechaza el derecho de Dios de aconsejar en los asuntos de los hombres, lo hace por igno­rancia o perversidad intencional, y sólo despierta nuestra compa­sión hacia él. Así como el Salvador exclamó sobre la cruz, tam­bién nosotros exclamaremos con el mismo espíritu: “Padre, per­dónalo; ten misericordia de él; porque no sabe lo que hace”1 Por tanto, esperamos que en esta ocasión voten solamente los que sen miembros acreditados de la Iglesia, pero esperamos que to­dos estos voten de acuerdo con su propia y libre voluntad, ya sea sí o no. Sin embargo, deseamos que claramente se entienda que no se discutirá en esta conferencia cuestión alguna relacionada con estos asuntos, porque éste no es el lugar para discutir diferen­cias ni sentimientos que pueda haber en nosotros respecto de otros. Sin embargo, podemos manifestar nuestra aprobación o desaprobación levantando la mano; y si hay quien desapruebe, escucharemos y ajustaremos estas diferencias más tarde, pero no será aquí. (CR, octubre de 1903, pág. 84).

El uso de la libertad y el criterio humano. Creo que en el campo de la libertad y el ejercicio del criterio humano, todos los hombres deben ejercer el mayor cuidado de no cambiar o abolir las cosas que Dios ha dispuesto e inspirado que se hagan. Ha sido en este campo de la libertad y el ejercicio del criterio humano donde se han cometido la mayoría de las maldades que han ocu­rrido en el mundo: el martirio de los santos, la crucifixión del propio Hijo de Dios y gran parte de la apostasía y desviación de la obra de la justicia y de las leyes de Dios han acontecido en este campo de la libertad y el ejercicio del criterio humano. En su in­finita sabiduría y graciosa misericordia, Dios ha proporcionado los medios y ha mostrado a los hijos de los hombres la manera por la cual, aun en el campo de la libertad y el ejercicio de su propio criterio, pueden recurrir individualmente a Él con fe y oración, para indagar qué es lo que debe guiar y dirigir su juicio y sabidu­ría humanos; y no quiero que los Santos de los Últimos Días olviden que tienen este privilegio. Prefiero que procuren a Dios como consejero y guía, que seguir las dislocadas arengas de los líderes políticos o dirigentes de cualquier otro culto. (CR, octu­bre de 1912, págs. 41, 42).

Los Santos de los Últimos Días deben ejercer el libre albedrío. Deseamos que los Santos de los Últimos Días ejerzan la libertad mediante la cual han sido libertados por el Evangelio de Jesucris­to; porque tienen el derecho de discernir el bien del mal, ver la verdad y separarla del error, y es suyo el privilegio de juzgar por sí mismos y obrar de acuerdo con su propio libre albedrío, en lo que concierne a su elección de sostener o no sostener a los que han de ejercer las funciones presidenciales entre ellos. Deseamos que los Santos de los Ultimes Días ejerzan su prerrogativa en esta conferencia, la cual es de votar, de acuerdo con lo que el Espíritu del Señor les indique, sobre los asuntos y hombres que les sean presentados. (CR, abril de 1904, pág. 73).

Como se obtienen las bendiciones de Dios. Hay bendiciones pertenecientes al Evangelio de Jesucristo y al mundo venidero que no se pueden lograr por la influencia personal ni comprarse con dinero, y las cuales ningún hombre puede obtener por su propia inteligencia o sabiduría, sino mediante la obediencia a cier­tas ordenanzas, leyes y mandamientos que se han dado. Y con­vendría, en mi opinión, que los Santos de los Últimos Días conti­núen teniendo presente que las bendiciones inestimables del Evan­gelio les han sido conferidas a causa de su fe, que se ha logrado una remisión de los pecados por el bautismo y el arrepentimiento, y que podrán retener los dones y bendiciones que pertenecen a la vida eterna únicamente si continúan fieles. Sin embargo, hay mu­chas bendiciones comunes a la familia humana de que todos dis­frutan, sin consideración a su situación moral o convicciones re­ligiosas. Dios ha dado a todos los hombres un albedrío, y nos ha concedido el privilegio de servirlo o no servirlo, hacer lo que es recto o lo que es malo, y este privilegio es dado a todos los hom­bres, pese a su credo, color o condición. Los ricos tienen este albedrío, lo tienen los pobres, y ningún poder de Dios priva al hombre de ejercerlo de la manera más amplia e irrestringida. Este albedrío ha sido dado a todos; es una bendición que Dios ha con­ferido a la humanidad, a todos sus hijos en igual manera. No obs­tante, Él nos hará rendir cuentas muy estrictas del uso que ha­gamos de este albedrío, y como le fue dicho a Caín así se dirá a nosotros; “Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta”. (Gn. 4:7). Hay, sin embargo, ciertas bendiciones que Dios confiere a los hijos de los hombres sólo con la condición de que utilicen rectamente este albedrío. Por ejemplo, ningún hombre puede lograr la remisión de sus pe­cados sino por el arrepentimiento y el bautismo de uno que tenga la autoridad. Si queremos estar libres del pecado, de sus efectos, de su poder, debemos obedecer esta ley que Dios nos ha revelado, o nunca podremos obtener ¡a remisión de los pecados. Por tanto, aun cuando Dios ha conferido a todos los hombres, sea cual fuere su condición, este albedrío para elegir el bien o el mal, no ha dado ni dará a los hijos de los hombres una remisión de sus pecados, sino mediante la obediencia de éstos a la ley.

De modo que todo el mundo yace en el pecado y se halla bajo condenación, dado que la luz ha venido al mundo y los hombres no quieren colocarse en una posición recta ante el Señor; y esta condenación pesa diez veces más sobre todos los que han obedecido esta ley y han recibi­do en un tiempo la remisión de sus pecados, pero han vuelto a la iniquidad y han olvidado o menospreciado los convenios que hicieron en las aguas del bautismo. Todo hombre es bendecido con la fuerza de su cuerpo, con el uso de su mente y con el dere­cho de ejercer las facultades con las cuales ha sido dotado, en una manera que parezca buena a su vista, sin tomar en cuenta la reli­gión. Pero Dios no ha permitido ni permitirá que el don del Espí­ritu Santo sea conferido a hombre o mujer alguno, sino mediante el cumplimiento de sus leyes. Por tanto, ninguno puede obtener la remisión de pecados; nadie puede recibir el don del Espíritu Santo, ningún hombre puede obtener revelaciones de Dios, ni recibir el sacerdocio, con sus derechos, poderes y privilegios; ninguno puede llegar a ser heredero de Dios y coheredero con Jesucristo, sino por el cumplimiento de los requisitos del cielo. Estas son bendiciones universales, grandes e inestimables privilegios pertenecientes al Evangelio y al plan de vida y salvación, los cuales son libres y gratuitos para todos, de acuerdo con ciertas condiciones; pero de ellos ninguna persona bajo los cielos puede disfrutar si no anda por las vías que Dios ha señalado para que pueda obtenerlas; y estos privilegios y bendiciones, una vez obtenidos pueden per­derse, y tal vez por toda la eternidad, a menos que continuemos firmes en el camino que se nos ha indicado seguir. Conviene, según mi opinión, que los Santos de los Últimos Días no pierdan de vista el gran privilegio que les ha sido conferido.

Nadie puede llegar a ser ciudadano del reino de Dios si no entra por la puerta; hay mi­les y decenas de miles, sí, millones de personas que jamás llegarán a ser ciudadanos del reino de Dios en este mundo, porque no ejer­cen, en un curso recto, el albedrío y poder que se les ha dado. No obstante, gozan de muchas de las bendiciones que son confe­ridas al mundo en común. El sol brilla sobre los malos y los bue­nos; pero el Espíritu Santo desciende únicamente sobre los justos y sobre aquellos que son perdonados de sus pecados. La lluvia des­ciende sobre los malos y sobre los buenos, pero los derechos del sacerdocio sen conferidos, y la doctrina del sacerdocio destila como rocío del cielo (Véase D. y C. 121:45) solamente sobre las almas de aquellos que lo reciben en la manera que Dios ha señalado. La gracia del cielo, el reconocimiento, por parte del Omnipotente, de su progenie so­bre la tierra como sus hijos e hijas, sólo se pueden recibir me­diante la obediencia a las leyes que Él ha revelado. Las riquezas o los tesoros del mundo no pueden comprar estas cosas. Simón el Mago intentó comprar el poder para conferir el Espíritu Santo, pero Pedro le respondió: “Tu dinero perezca contigo”(Hch. 8:20) Estas ben­diciones, poderes y privilegios no se pueden comprar sino con la expiación de Cristo; no se obtendrán por influencia personal, ri­quezas, posición o poder, o de ninguna otra manera, sino en la forma directa que Dios ha decretado. Ahora, en tanto que los Santos de los Últimos Días estén conformes con obedecer los mandamientos de Dios y estimar los privilegios y bendiciones que reciben en la Iglesia, y utilizan su tiempo, sus medios para hon­rar el nombre de Dios, para edificar a Sión y establecer la verdad y la justicia en la tierra, nuestro Padre Celestial, a causa de su juramento y convenio, está obligado a protegerlos de todo enemi­go que se les oponga, y ayudarlos a vencer todo obstáculo que fuera posible levantar en contra de ellos o poner en su camino; pero en el momento en que una comunidad empieza a ensimismarse, a ser egoísta, a afanarse por las cosas temporales de la vida y a poner su fe en las riquezas, precisamente en ese instante el poder de Dios empieza a apartarse de ellos; y si no se arrepienten, el Espíritu Santo se retirará de ellos por completo y quedarán aban­donados a sí mismos. Será quitado lo que les fue dado, perderán lo que tuvieron, porque no serán dignos de ello.

Dios es justo así como misericordioso, y no debemos esperar favores de la mano del Omnipotente sino al grado que los merezcamos, por lo menos en los deseos sinceros de nuestro corazón; y el deseo y la inten­ción no siempre producirán los resultados, a menos que nuestros hechos correspondan, porque estamos empeñados en una obra literal, una realidad, y debemos practicar no sólo profesar. Debe­mos ser lo que Dios quiere que seamos, pues de lo contrario no somos su pueblo, ni la Sión que Él tiene propuesto reunir y edifi­car en los postreros días sobre la tierra (JD, 24:173-178).

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