La Influencia del Espíritu Santo

La Influencia del Espíritu Santo

Sermones y Escrito de Joseph F. Smith

La importancia de estar bajo la influencia del Espíritu Santo. Lo que ahora deseo grabar en la mente de mis hermanos que po­seen el santo sacerdocio es que vivamos tan cerca del Señor, seamos de espíritu tan humilde, tan dóciles y dúctiles bajo la influencia del Espíritu Santo, que podremos conocer la disposi­ción y voluntad del Padre concerniente a nosotros como indivi­duos y oficiales en la Iglesia de Cristo en toda circunstancia. Y cuando vivimos de tal manera que podemos escuchar y entender el susurro de la voz quieta y apacible del Espíritu de Dios, haga­mos lo que ese Espíritu indica sin temor de las consecuencias. No importa que concuerde o no concuerde con los pensamientos de censuristas o críticas o los enemigos del reino de Dios. ¿Va de conformidad con la voluntad del Señor? ¿Concuerda con el espí­ritu de la gran obra de los postreros días en la que estamos em­peñados? ¿Tienden sus fines a adelantar la Iglesia y a fortalecerla en la tierra? Si se inclina hacía tal objeto, hagámosla, no importa qué digan o piensen los hombres. (CR, octubre de 1903, pág. 86).

El oficio del Espíritu Santo. Conviene que los Santos de los Últimos Días, así como todos los hombres, lleguen a conocer al “único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien ha enviado”. (Véase Jn. 17:3) Pero, ¿podemos descubrir a Dios por medio de nuestra propia sabidu­ría? ¿Podemos sondear sus propósitos y comprender su voluntad con sólo nuestra ingeniosidad y conocimiento? Me parece que hemos presenciado suficientes ejemplos de este esfuerzo, por par­te del mundo inteligente, para convencernos de que es imposible. Las vías y sabiduría de Dios no son como las del hombre. ¿Cómo, pues, podemos conocer al “único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien ha enviado”? —porque el obtener este conocimiento sería lograr el secreto o llave de la vida eterna. Debe hacerse por medio del Espíritu Santo, cuyo oficio consiste en revelar las cosas del Padre al hombre, y dar a nuestro corazón testimonio de Cristo, y de éste crucificado y resucitado de los muertos. No hay otra manera o medio de lograr, este conocimiento. ¿Cómo podremos obtener el Espíritu Santo? El método o manera está indicado cla­ramente. Nos es dicho que tengamos fe en Dios, que creamos que la hay, y que es galardonador de los que le buscan; (Véase Heb. 11:6) que nos arrepintamos de nuestros pecados, subyuguemos nuestras pasio­nes, necedades y actos impropios; que seamos virtuosos, honra­dos y sinceros en todos nuestros tratos con otros; y que hagamos convenio con Dios de que en adelante permaneceremos en los principios de la verdad y observaremos los mandamientos que Él nos ha dado, y entonces ser bautizados para la remisión de nues­tros pecados por alguien que tenga la autoridad; y cuando se cumple esta ordenanza del Evangelio, podemos recibir el don del Espíritu Santo mediante la imposición de manos de aquellos que están investidos con la autoridad del sacerdocio. Así el Espíritu y poder de Dios, el Consolador, puede ser en nosotros como fuen­te de aguas vivas que brotan a la vida eterna. Nos dará testimo­nio del Padre, testificando de Jesús, y “tomará de lo que es del Padre y nos lo hará saber’’,(Juan 16:13-15) confirmando nuestra fe, establecién­donos en la verdad para que ya no seamos “llevados por doquiera de todo viento de doctrina”,(Véase Ef. 4:14) antes conoceremos “si la doctrina es de Dios” o del hombre.(Véase Jn. 7:17) Tal es el curso; es sencillo, razonable y congruente. ¿Quién, teniendo habilidad común, no puede verlo o comprenderlo? De hecho, como lo expresan las Escrituras, está tan claro que “el que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará”. (Véase Is. 35:8)

Habiendo entrado en este convenio, limpiados del pecado e investidos con el don del Espíritu Santo, ¿por qué no hemos de permanecer en la verdad, perseverar delante de Dios y continuar firmes en la gran obra que Él ha establecido sobre la tierra? Nunca debemos cesar de servirle ni obstruir su misericordia y bondad hacia nosotros, antes hemos de vivir de tal manera que el Espíritu Santo pueda estar dentro de nosotros como fuente viviente, con objeto de guiarnos a la perfección y justicia, virtud e integridad delante de Dios hasta que cumplamos nuestra misión terrenal, desempeñando todo deber que sea requerido de nuestras manos. —Discurso en Saint George, 2 de abril de 1877. (JD. 19:21, 22).

Espíritu Santo, Consolador, Santo Espíritu. El Espíritu San­to, que es miembro de la Trinidad, no tiene cuerpo de carne y huesos como el Padre y el hijo, sino que es un personaje de Espí­ritu. (Véase D. y C. 130:22).

El Santo Espíritu o Espíritu de Dios, términos que se usan indistintamente con el Espíritu Santo, es la influencia de Dios, la luz de Cristo o de Verdad, que procede de la presencia de Dios para llenar la inmensidad de espacio y vivificar el entendimiento de los hombres. (Véase Doc. y Con. 88:6-13).

Si un hombre se bautiza y se le confiere el santo sacerdocio, y es llamado para efectuar deberes relacionados con este sacer­docio, no es necesario que siempre esté presente el Espíritu Santo en persona con él cuando lleva a efecto su deber, pero todo hecho justo que efectúe legalmente estará en vigor y será reconocido por Dios, y cuanto mayor la porción del Espíritu de Dios que lo acompañe en su ministerio, tanto mejor para él, y aquellos a quienes ministra no sufrirán ninguna pérdida.

Por tanto, la presentación o “don” del Espíritu Santo senci­llamente le confiere a un hombre el derecho de recibir en cual­quier ocasión, cuando sea digno de ello y lo desee, el poder y luz de verdad del Espíritu Santo, aunque con frecuencia sólo cuenta con su propio espíritu y criterio.

El Espíritu Santo como personaje de Espíritu no tiene más poder que el Padre o el Hijo para ser omnipresente en cuanto a su persona, pero por medio de su inteligencia y conocimiento, su poder e influencia sobre las leyes de la naturaleza y en ellas, Él está y puede estar omnipresente en todas las obras de Dios. No es el Espíritu Santo quien en persona ilumina a todo hombre que nace en el mundo, sino es la luz de Cristo, el Espíritu de Verdad, que procede de la fuente de inteligencia, que penetra toda la naturaleza, la cual ilumina a todo hombre y llena la inmensidad del espacio. Podemos llamarlo el Espíritu de Dios o bien la in­fluencia de la inteligencia de Dios, o la sustancia de su poder, no importa qué nombre se le dé, es el espíritu de inteligencia que llena todo el universo y da entendimiento al espíritu del hombre, como Job lo expresa. (Véase D. y C. 88:3-31; Job 32:8).

Todo élder de la Iglesia que ha recibido el Espíritu Santo por la imposición de manos de uno que tiene la autoridad, posee la facultad para conferir este don sobre otro. De esto no se despren­de que un hombre que ha recibido la presentación o don del Es­píritu Santo recibirá siempre el reconocimiento y testimonio y presencia del Espíritu Santo en persona, o podrá recibir todos estos y sin embargo, el Espíritu Santo no morará con él, sino que lo visitará de cuando en cuando (véase D. y C. 130:23); ni tampoco significa que el Espíritu Santo debe estar presente con un hombre cuando confiere el Espíritu Santo a otro; pero po­see el don del Espíritu Santo, y dependerá de la dignidad de aquel a quien se confiere el don si ha de recibir el Espíritu Santo o no.

Vuelvo a repetir: El Espíritu Santo es un personaje de es­píritu y constituye la tercera persona de la Trinidad. El don o presentación del Espíritu Santo es el hecho autorizado de confe­rirlo al hombre. El Espíritu Santo en persona puede visitar a los hombres, y visitará a los que son dignos y dará testimonio a su espíritu de Dios y Cristo, pero puede no permanecer con ellos. El Espíritu de Dios que emana de la Trinidad puede compararse a la electricidad o al eter universal, como se explica en nuestro manual, que llena la tierra y el aire y está presente en todas partes. Es el poder de Dios, la influencia que El ejerce en todas sus obras, por la cual puede realizar sus propósitos y ejecutar su voluntad, de conformidad con las leyes del libre albedrío que ha conferido al hombre. Por medio de este Espíritu todo hombre es iluminado, el malo así como el bueno, el inteligente y el ignoran­te, el noble y el humilde, cada cual de acuerdo con su capacidad para recibir la luz; y se puede decir que este Espíritu o influencia que emana de Dios constituye la conciencia del hombre, y jamás cesará de contender con él, hasta que llegue a poseer la inteligen­cia mayor que sólo puede venir por medio de la fe, el arrepenti­miento, el bautismo para la remisión de pecados y el don o pre­sentación del Espíritu Santo por uno que tenga la autoridad. (IE, marzo de 1909, 12:389).

Dios inspira al hombre a conocer y obrar. Me inclino a reco­nocer la mano de Dios en todas las cosas. Si veo a un hombre que ha sido inspirado con inteligencia, con habilidad y prudencia extraordinarias, digo a mí mismo que le debe a Dios esa pruden­cia y habilidad; y que sin la providencia o interposición del Omni­potente, no habría sido lo que es. Le debe al Señor Omnipotente su inteligencia, y todo lo que tiene, porque “de Jehová es la tierra y su plenitud”. (Sal. 24:1) Dios originó y diseñó todas las cosas, y todos son sus hijos. Nacemos en el mundo como progenie suya, dota­dos de los mismos atributos. Los hijos de los hombres descienden del Omnipotente, sea que el mundo esté dispuesto a. reconocerlo o no. Es el Padre de nuestros espíritus; el que originó nuestros cuerpos terrenales. Vivimos y nos movemos y tenemos nuestro ser en Dios nuestro Padre Celestial; y habiendo nacido de El con nuestros talentos, habilidad y sabiduría, por lo menos debemos estar dispuestos a reconocer su mano en toda la prosperidad que nos acompaña en la vida, y atribuir a Él la honra y la gloria por todo lo que realicemos en la carne. Dependemos en manera par­ticular del Omnipotente por todo lo que poseemos de carácter mundano. No hay hombre sobre la tierra que posea la sabiduría, la facultad de sí mismo para causar que brote ni siquiera un tallo de hierba, o producir un grano de trigo o de maíz, o ninguna fruta, legumbre o cosa material alguna que es esencial para el sostén, la felicidad y bienestar de una criatura humana en el mundo. Es cierto que podemos ir a la tierra, la encontramos preparada hasta cierto grado y cultivamos, aramos, plantamos y recogemos la cosecha; pero Dios ha decretado que el fruto de nuestro trabajo quede sujeto y rinda obediencia a ciertas leyes que El mismo dirige, y las cuales no ha puesto al alcance del poder del hombre. Este podrá jactarse de poseer mucha sabiduría; de haber realizado mucho en este siglo diecinueve; pero, si quiere saberlo, la habili­dad mediante la cual él lleva a efecto estas cosas deriva de Dios su Padre, que está en los cielos. No posee el poder en ni de sí mismo.

Leí un pasaje de las Escrituras que dice algo de que “espíritu hay en el hombre”. (Job 32:8) Si no dijera más, tal vez no habría cosa muy notable en cuanto al hombre; porque el espíritu del hombre sólo conoce las cosas del hombre, y las cosas de Dios se disciernen por el Espíritu de Dios. Pero dice además, que aun cuando hay espíritu en el hombre, “el soplo del Omnipotente le hace que en­tienda”. No hay hombre nacido en el mundo que no tenga una porción del Espíritu de Dios, y es este Espíritu el que comunica entendimiento a su espíritu. Sin él, los hombres no serían más que un animal, igual que el resto de la creación animal, sin entendi­miento, sin criterio, sin destreza, sin más habilidad que para co­mer y beber como la bestia. Pero en tanto que el Espíritu de Dios da entendimiento a todo hombre, éste es iluminado para ser supe­rior al animal. Es hecho a imagen de Dios mismo, de modo que puede razonar, reflexionar, orar, ejercer la fe; puede emplear sus energías para realizar los deseos de su corazón, y si se esfuerza en la debida dirección, entonces tiene derecho a una porción más grande del Espíritu del Omnipotente para inspirarlo a mayor inte­ligencia, a mayor prosperidad y felicidad en el mundo; pero al grado en que corrompe sus energías en hacer lo malo, la inspira­ción del Omnipotente le es retirada, hasta que llega a tal condi­ción de tinieblas y obscurantismo, que en lo que a su conocimiento de Dios concierne, es tan ignorante como un animal irracional..

Además, ¿a dónde vamos? Llegamos aquí y peregrinamos en la carne por una corta temporada y entonces dejamos de ser. Toda alma que nace en el mundo morirá; no hay quien haya escapado de la muerte, sino aquellos a quienes Dios ha concedido, por el poder de su Espíritu, que vivan en la carne hasta la segunda veni­da del Hijo del Hombre; pero finalmente tendrán que pasar por la experiencia llamada muerte; podrá ser en un abrir y cerrar de ojos, y sin dolor o sufrimiento; pero tendrán que pasar por el cambio, porque el decreto irrevocable del Omnipotente fue; “El día en que de él comieres ciertamente morirás”.(Moisés 3:17, véase Gn. 2:17)

Tal fue el de­creto del Omnipotente y se aplica a Adán, es decir, a toda la raza humana, porque Adán significa muchos, y quiere decir vosotros y yo y toda alma que vive y lleva la imagen del Padre. Todos ten­dremos que morir; pero, ¿es el fin de nuestro ser? Si existimos antes de venir, ciertamente continuaremos esta existencia al salir de aquí. El espíritu continuará existiendo como antes, con las ventajas adicionales logradas por haber pasado por esta proba­ción. Es absolutamente necesario que vengamos a la tierra y to­memos cuerpos sobre nosotros, porque sin cuerpos no podría­mos ser como Dios o como Jesucristo. Dios tiene un cuerpo de carne y huesos. Es un ser organizado tal como nosotros que hoy estamos en la carne. Jesucristo nació de su madre, María. Él tuvo un cuerpo de carne, fue crucificado sobre la cruz y su cuerpo resucitó de los muertos. Rompió las ligaduras del sepulcro y salió a novedad de vida, un alma viviente, un ser viviente, un hombre con cuerpo, y con partes y con espíritu; y el espíritu y el cuerpo llegaron a ser un alma viviente e inmortal. Vosotros y yo tendre­mos que hacer la misma cosa; tendremos que pasar por la misma experiencia a fin de lograr la gloria y exaltación que Dios decretó que disfrutemos con Él en los mundos eternos. En otras palabras, debemos llegar a ser como El; por ventura para sentarnos sobre tronos, tener dominio, poder y aumento eternos. Dios dispuso esto desde el principio. Nosotros somos hijos de Dios, y Él es un ser eterno, sin principio de días o fin de años; siempre fue, es y será. Nos hallamos precisamente en la misma condición y en las mismas circunstancias en que Dios nuestro Padre Celestial se encontró al pasar por esta experiencia o una semejante. Esta­mos destinados a salir del sepulcro, como lo hizo Jesús, y obtener un cuerpo inmortal como El, es decir, a fin de que nuestro cuerpo llegue a ser inmortal como el suyo lo llegó a ser, y para que el espíritu y el cuerpo puedan ser unidos y lleguen a convertirse en un ser viviente, indivisible, inseparable y eterno. Este es el objeto de nuestra existencia en el mundo; y podemos lograr estas cosas sólo mediante la obediencia a ciertos principios, andando por ciertas vías, obteniendo determinada información, determinada inteligencia de Dios, sin los cuales ningún hombre puede efectuar su obra o cumplir la misión que ha de realizar sobre la tierra. Estos son los principios del Evangelio de verdad eterna, los prin­cipios de fe, arrepentimiento y bautismo para la remisión de peca­dos, el principio de la obediencia a Dios el Padre Eterno, porque la obediencia, es uno de los primeros principios o leyes del cielo. Sin obediencia, no puede haber orden, gobierno o unión, no se puede llevar a cabo ningún plan o propósito; y dicha obediencia debe ser voluntaria; no debe ser forzada, no debe haber compul­sión. Los hombres no deben ser obligados a obedecer la voluntad de Dios contra la voluntad de ellos: deben obedecería porque sa­ben que es justa, porque desean hacerlo y porque se complacen en ello. Dios se deleita en el corazón bien dispuesto.

Estoy mirando adelante hacia la época en que habré pasado de esta etapa de la existencia. Allá se me permitirá disfrutar más plenamente de todo don y bendición que han contribuido a mi felicidad en este mundo; todo. No creo que se me negará más allá cosa alguna que tuvo por objeto o intención traerme gozo o hacerme feliz, con la condición de que continúe fiel; de lo con­trario mi gozo no puede ser completo. No estoy hablando de la felicidad o placer que proviene del pecado; me refiero a la felici­dad que viene de procurar hacer la voluntad de Dios en la tierra como se hace en el cielo. Esperamos tener nuestras esposas y esposos en la eternidad. Esto es lo que espero; no busco otra cosa. Sin ello no podría ser feliz, porque con el pensamiento o creencia de que me sería negado este privilegio en lo futuro me sentiría miserable desde este momento. No podría volver a ser feliz sin la esperanza de que gozaré de la asociación de mi esposa e hijos en la eternidad. Si no tuviera esta esperanza, sería en todos los hombres el más desdichado, porque “si en esta vida solamente es­peramos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de to­dos los hombres”. (1 Co. 15:19)

Y todos los que han gustado la influencia del Espíritu de Dios y se ha despertado en ellos la esperanza de vida eterna, no pueden ser felices a menos que continúen bebiendo de esa fuente hasta sentirse satisfechos, y es la única fuente de la cual pueden beber y quedar satisfechos. (JD, 25:51-60).

Confiad en Dios. La necesidad de que uno tenga un conoci­miento vivo de la verdad es de importancia suprema, como tam­bién el que todo Santo de los Últimos Días tenga una convicción profundamente arraigada de la justicia de Dios, y una confianza y fe implícitas en su ser y misericordia. Este conocimiento es absolutamente necesario para entender correctamente el Evangelio y poder guardar sus mandamientos. Pregúntese toda persona si hay una fuerte e inmutable convicción de estos hechos en su al­ma. ¿Hay cosa alguna que pudiera sucederos, o que pudiera suce­der en la Iglesia, o entre sus oficiales o autoridades, que cambia­ría vuestra fe en los propósitos y en la justicia y misericordia absoluta del Señor, o en el poder salvador de su Evangelio, el mensaje de su salvación? Si es así, vuestra fe no está muy profun­damente arraigada, y hay urgente necesidad de que os convenzáis.

Ninguna persona puede realizar la plenitud de las bendicio­nes de Dios, a menos que pueda aproximarse, por lo menos en algún grado, a la norma de fe en la justicia de Dios ejemplificada en los casos citados. En su propia alma debe estar fundada la creencia y confianza en la justicia y misericordia de Dios; y debe ser individual, porque ninguno puede obrar por otro. Hay necesi­dad de enseñar lecciones de esta clase y mostrarlas a la juventud de Sión, a fin de inculcar en sus mentes la verdad, que es lo único que los hará libres y les permitirá sostenerse firmes en la fe. Al reunirse en sus asambleas, preséntense delante de Dios, y séanles recordados sus misericordiosos beneficios en sacar a luz el Libro de Mormón, en las escenas de Kirtland, Sión y Nauvoo, en los difíciles días del éxodo y en el desierto. Haced esto para que cuenten las misericordias de Dios en sus promesas, y vean cómo las aflicciones y graves pruebas de lo pasado han redun­dado en el bienestar de su pueblo; y así puedan renovar sus con­venios, llenos de una convicción, profundamente arraigada e inmutable, de la bondad y misericordia del Señor. Todo individuo debe aprender esta lección; tiene que grabarse en su alma con tal profundidad y quedar tan bien cimentada, que nada podrá se­pararlo de un conocimiento del amor de Dios, aunque se inter­pongan la muerte y el infierno.

Dios es bueno; sus promesas nunca fallan; confiar implícita­mente en su bondad y misericordia es un principio correcto. Pon­gamos, por tanto, nuestra confianza en Él. (IE, noviembre de 1904, 7:53).

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