La Manera Correcta de Comunicar Revelación

La Manera Correcta de Comunicar Revelación

Sermones y Escrito de Joseph F. Smith

La manera correcta de comunicar revelación. En ocasiones causa pena ver miembros respetados de la Iglesia, hombres que debían tener mayor prudencia, dejarse convertir en instrumen­tos de espíritus engañadores. Parece que tales hombres, provi­sionalmente por lo menos, pierden de vista el hecho de que el Señor ha establecido el sacerdocio en su plenitud sobre la tierra, y que se ha hecho por revelación y mandamiento directo del cielo; que Él ha instituido un orden de gobierno que trasciende la capa­cidad y sobrepuja la sabiduría, conocimiento y entendimiento del hombre, y a tal grado, por cierto, que le parece imposible a la mente humana, sin la ayuda del Espíritu de Dios, comprender las bellezas, poderes y carácter del santo sacerdocio, su autoridad le­gítima, su extensión y poder; y sin embargo, se comprende fácil­mente por la luz del Espíritu; pero no entendiéndolo, los hombres son fácilmente engañados por espíritus seductores que andan por el mundo. Se les hace creer que algo anda mal, y lo que entonces ocurre es que empiezan a creer que fueron escogidos especialmen­te para poner las cosas en orden. Cuán desafortunado es que un hombre caiga en esta trampa; porque los Santos de los Últimos Días deben entender que en tanto que los siervos de Dios estén llevando vidas puras, honrando el sacerdocio que les ha sido con­ferido y esforzándose, con todo el conocimiento que poseen, por magnificar su oficio y llamamiento, a los cuales han sido debida­mente elegidos por la voz del pueblo y el sacerdocio, y confirma­dos por la aprobación de Dios, cuando el Señor tenga comunica­ción alguna para los hijos de los hombres o instrucciones cuales­quiera para dar a su Iglesia, El efectuará tal comunicación por medio de la vida legalmente instituida del sacerdocio; nunca lo hará en otra forma, por lo menos mientras la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días exista en su forma actual sobre la tierra.

No es de la incumbencia de ningún individuo levantarse como revelador, como profeta, como vidente u hombre inspirado a dar revelaciones para la dirección de la Iglesia, ni presumir dictar a las autoridades presidentes de la Iglesia en cualquier parte del mundo, mucho menos en medio de Sión donde las organizaciones del sacerdocio son casi perfecta, donde todo está completo, hasta la organización de una rama. Las personan tienen el derecho de ser inspiradas y recibir manifestaciones del Espíritu Santo para su orientación individual, con objeto de fortalecer su fe y alentarlos en las obras de justicia, a ser fieles y observar y guardar los man­damientos que Dios les ha dado; es el privilegio de todo hombre y mujer recibir revelación para tal fin, pero es todo. El momento en que un individuo se levanta y asume el derecho de gobernar y dictar o juzgar a sus hermanos, especialmente los que presiden, se le debe marcar el alto en seguida, o resultarán discordias, di­visión y confusión. Todo hombre y mujer en esta Iglesia debe tener mejor criterio que ceder a tal espíritu; el momento en que este sentimiento se les presente, deben reprenderlo, ya que se opone diametralmente al orden del sacerdocio y el espíritu y genio de esta obra. No podemos aceptar como autorizado sino lo que viene directamente por medio de la vía señalada, las organizaciones cons­tituidas del sacerdocio, que es la vía que el Señor ha señalado pa­ra dar a conocer su disposición y voluntad al mundo.

De modo que por intermedio de José el Señor se reveló al mundo, y por conducto de él eligió a los primeros élderes de la Iglesia, hombres de corazón honrado que Él sabía que recibirían la palabra y obrarían juntamente con José en esta grande e impor­tante empresa; y todos aquellos a quienes se ha conferido el sa­cerdocio y todos los que han sido nombrado a posición alguna en esta Iglesia han recibido su autoridad y comisión por esta vía indicada por Dios, con José a la cabeza. Este es el orden, y no puede ser de otra manera. Dios no levantará a otro profeta y otro pueblo para llevar a efecto la obra que se nos ha señalado. El nunca pasará por alto a los que han sido firmes y fieles desde el principio, por decirlo así, de esta obra, y que todavía son firmes y fieles, en tanto que continúen siendo fieles a su cometido. No hay ninguna duda en mi mente de que prueben ser desleales, co­mo cuerpo, porque si alguno de ellos se toma indigno a la vista de Dios, Él lo quitará de su lugar y llamará a otro de entre las filas para que ocupe su puesto. De manera que se verá que su sacer­docio siempre estará constituido por los hombres más apropiados para la posición, de hombres cuyas espaldas estarán capacitadas para la carga, hombres por medio de los cuales puede obrar y conducir los asuntos de su Iglesia de acuerdo con el consejo de su propia voluntad. Y el momento en que los individuos buscan otra fuente, en ese instante le abren la puerta a las influencias seductoras de Satanás y se exponen a convertirse en siervos del demonio; pierden de vista el orden verdadero mediante el cual se pueden disfrutar las bendiciones del sacerdocio; se salen de la protección del reino de Dios a terreno peligroso. Cuando veáis que un hombre se implanta y afirma haber recibido revelaciones directas del Señor para la Iglesia, independientemente del orden y vía del sacerdocio, podéis tacharlo de impostor. Pero no os ha llamado a que vayáis al mundo para ser enseñados o recibir ben­diciones por medio de apóstatas o desconocidos, antes os ha lla­mado y ordenado y enviado para enseñar y guiar el pueblo por el camino de la rectitud y la salvación.

¿Cómo se logrará? Os lo diré. En primer lugar, toda persona debe saber que el Evangelio es verdadero, dado que éste es el privilegio de todo el que se inclina y recibe el Espíritu Santo. Un hombre podrá sentirse ofendido por motivo de alguna difi­cultad que tuvo con el presidente Taylor o Cannon o conmigo; podrá haber algo que en su corazón que le hace creer que no puede sostenemos con su fe y oraciones; más si tal fuere el caso, ¿cuál es el curso que ha de seguir? Debe decir en su corazón: “Dios ha establecido su reino, y su sacerdocio está sobre la tie­rra; y no obstante mi desagrado hacia ciertos hombres, sé que el Evangelio es verdadero y que Dios está con su pueblo; y que si yo cumplo mi deber y guardo sus mandamientos, pasarán las nubes, y desaparecerán las tinieblas, y el Espíritu del Señor ven­drá en mayor plenitud para ayudarme; y poco a poco podré ver si estaba en error, en donde erré y entonces me arrepentiré por­que sé que con el tiempo toda cosa impropia será corregida”. Creo que todos los hombres debían saber esto.

Jamás hay a la vez sino uno nombrado para poseer las llaves del reino de Dios pertenecientes a la tierra. Mientras Cristo estu­vo en la tierra, Él las tuvo; pero al partir las entregó a Pedro porque era el presidente o el principal de los apóstoles; y tenía el derecho de dirigir y recibir revelación para la Iglesia y para dar consejo a todos los hermanos. Después que Satanás y hom­bres impíos prevalecieron contra la Iglesia, crucificaron al Salva­dor y mataron a los apóstoles, las llaves del reino fueron quitadas de la tierra. Juan el Teólogo lo explica de la manera más clara; y desde esa época hasta José Smith, que fue llamado por la voz del Omnipotente y ordenado para poseer estas llaves, ningún hom­bre, que sepamos, las tuvo en la tierra. Es cierto que el Señor nombró a otros doce sobre este continente, y que su Iglesia flo­reció y prosperó en esta tierra por muchos años, pero el Señor declaró que Pedro, Santiago y Juan, y los Doce que estuvieron con Él en Jerusalén, tenían la presidencia sobre ellos. Dios puede revelarse a diferentes naciones y establecer entre ellas el mismo Evangelio y ordenanzas como lo hizo antiguamente, si la nece­sidad lo exigiera, pero si estas naciones llegaran a unirse, habría una cabeza y todos los demás le estarían sujetos. De modo que desde la época en que las llaves del sacerdocio fueron quitadas de la tierra, hasta que José Smith las recibió, ningún hombre pose­yó el sacerdocio, ni sus llaves, con la autoridad para edificar la Sión de Dios y preparar a una iglesia o pueblo para la segunda venida de Cristo, “como una esposa ataviada para su marido”,(Ap. 21:2) a menos que haya sido entre las tribus perdidas; sin embargo, de esto no sabemos, más sí así fuera, recibirían las llaves necesarias para administrar las ordenanzas del Evangelio para su salvación. No sabemos de su existencia ni de la condición en que se encuen­tran. El Evangelio que les es dado se acomoda a sus necesidades y condiciones, y es para su salvación y no la nuestra; y sin em­bargo, sería el mismo Evangelio. Y Dios no llamaría a uno de entre ellos para conferirnos el sacerdocio o darnos las llaves y bendi­ciones o indicarnos las organizaciones del reino de Dios, porque Él ya ha establecido su sacerdocio aquí y nosotros lo tenemos. Si tiene alguna comunicación que damos, enviará sus mensajeros a nosotros; y de esta manera El entregará su ley y comunicará su disposición y voluntad al pueblo. Lo hará por la vía ordenada del sacerdocio que El reconoce y ha establecido en la tierra. No recu­rrirá a ningún otro medio, ni los enviará a ellos, a menos que es­tén sin el sacerdocio y se haga necesario llevarles las bendiciones del Evangelio, y supongo que tal será el caso.

Cuando José recibió las llaves del sacerdocio, sólo él las po­seía en la tierra; es decir, fue el primero, quedó a la cabeza. Se prometió que no las perdería ni sería quitado de su lugar en tanto que fuese fiel. Cuando murió, la voz del pueblo eligió al presidente Young, y la voz de Dios lo aprobó. El poseyó el sacerdocio que es según el orden del Hijo de Dios, con las llaves que corresponden a la presidencia de este sacerdocio sobre la tierra. Lo recibió de manos de José, directamente de él, mediante su autoridad, y lo poseyó hasta su muerte. Cuando falleció, el manto cayó sobre John Taylor, y mientras viva, si es fiel, poseerá esa autoridad. Así fue con Brigham Young; lo poseyó so condición de ser fiel. Si algún hombre se tornase infiel en ese puesto, Dios lo quitará de su lugar. Testifico en el nombre del Dios de Israel que El no permitirá que el que está al frente de la Iglesia, a quien Él ha escogido para es­tar a la cabeza, quebrante sus leyes y se vuelva apóstata; el momento en que tomare un curso que con el tiempo resultara en ello, Dios lo quitaría. ¿Por qué? Porque consentir que un hombre impío ocupara esa posición sería permitir, cual si fuere, que la fuente se corrompiera, cosa que El jamás permitirá.

El momento en que un hombre dice que no se sujetará a la autoridad legalmente constituida de la Iglesia, bien sean los maes­tros, el obispado, el sumo consejo, su quorum o la Primera Presi­dencia, y en su corazón lo confirma y lo lleva a efecto, precisa­mente en ese momento se aleja de los privilegios y bendiciones del sacerdocio e Iglesia, y se excluye del pueblo de Dios, porque menosprecia la autoridad que el Señor ha instituido en su Iglesia. Estos son los hombres que generalmente se ponen birretes para recibir inspiración (de abajo), y los que tan a menudo están de­seosos de guiar a la Iglesia y ponerse a juzgar al sacerdocio. La única manera segura en que podemos proceder, como individuos, es vivir tan humilde, recta y fielmente delante de Dios, que posee­remos su Espíritu al grado de poder juzgar rectamente y discer­nir la verdad del error, y el bien del mal; entonces sabremos que al procederse en contra de nosotros, en noventa y nueve casos de cada cien nosotros estaremos en error, y que la decisión es justa; y aunque en ese memento no podamos ver y sentir su jus­ticia en forma completa, sin embargo, nos sentiremos constreñidos a decir que “en tanto que hay dieciséis probabilidades contra una de que yo esté en error, amable y humildemente me sujetaré”. El meollo del asunto es este: “El Señor ha establecido su Iglesia, or­ganizado su sacerdocio y conferido la autoridad a ciertos indivi­duos, consejos y quórumes, y el pueblo de Dios tiene el deber de vivir de tal manera que sabrá que los anteriores le son aceptables a Él. Si empezamos a cercenar a éste o aquél y hacer de lado su autoridad, bien podríamos de una vez echar de lado a Dios y decir que El ningún derecho tiene de dictar. (JD, 24:187-194).

Las Doctrinas y Convenios. Digo a mis hermanos que el libro de Doctrinas y Convenios contiene algunos de los principios más gloriosos que jamás se han revelado al mundo, algunos de ellos revelados en mayor plenitud al mundo que en ninguna otra época; y esto como cumplimiento de la promesa de los profetas antiguos que en los postreros tiempos el Señor revelaría al mundo cosas que han sido ocultas desde la fundación del mismo; y el Señor las ha revelado por intermedio del profeta José Smith. (CR, octubre de 1913, pág. 9).

Como leer la Biblia. Lo que caracteriza la inspiración y divi­nidad de las Escrituras más que todo es el espíritu con el cual fueron escritas, y la riqueza espiritual que imparten a quienes fiel y concienzudamente las leen. De manera que nuestra actitud ha­cia las Escrituras debe concordar con los fines con los cuales se escribieron. Tienen por objeto ensanchar las facultades espiritua­les del hombre y revelar e intensificar los lazos de parentesco entre él y su Dios. Los de inclinación espiritual y quienes buscan las verdades espirituales deben estudiar la Biblia, así como todos los demás libros que son Escrituras sagradas, a fin de apreciarlos. (JI, abril de 1912, 47:204).

Tras la revelación viene la persecución. Creo que jamás hubo pueblo alguno, guiado por revelación, reconocido por el Señor como suyo, al cual no odiaron y persiguieron los impíos y malva­dos; y quizá ningún otro pueblo sería más perseguido que éste, si el enemigo tuviera hoy el poder para perseguirnos, como el que tuvieron Nerón y los romanos para perseguir a los santos de su época. Nunca ha habido tiempo en que haya estado más fijo y re­suelto el corazón de los malvados para luchar contra el reino y destruirlo de la tierra como ahora; y su fracaso se deberá única­mente a la imposibilidad de la tarea que han emprendido. Y esto es evidencia para todos de que el sacerdocio de Dios está aquí, que muchos de los santos están magnificando su llamamiento y honrando el sacerdocio y también al Señor, tanto con su vida co­mo con sus medios, que son de Él. (DWN, 1875, 24:708).

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