Acab, El Envidioso

Acab, El Envidioso
“Te has vendido a mal hacer delante de Jehová.”

“En las eternas páginas del cielo Escribe inexorable el dedo santo;
Lo escrito, tu dolor quitar no logra Ni borrarlo jamás podrá tu llanto.”
Ornar Khayyam-

El Relato: (1 Reyes 19, 21)

Cuando Elías salió de Israel viajó hacia el sur# pasando por Gálgala, por Betel y Por llegó a Bersabee. Allí se detuvo y se sentó debajo de un árbol para descansar y decidir cuál sería el siguiente paso.

Estaba muy desanimado. Había abri­gado la esperanza de que de algún modo el pueblo, y aun la misma Jeza­bel, se verían obligados a volver a Dios. Pero aquellas esperanzas se ha­bían desvanecido repentinamente. Acab y Jezabel eran los que mandaban, y el pueblo se volvió de nuevo a la adoración de Baal.

Estaba pensando en la terquedad del pueblo cuando se quedó dormido. Allí, dormido debajo del árbol, lo encontró un ángel del Señor.

El ángel hizo lumbre y coció una torta de pan sobre las brasas,- entonces despertó a Elías.

-Levántate y come -le dijo el ángel.

Elías se quedó mirando el fuego y la torta que se estaba cociendo sobre las brasas. A su lado estaba su botella llena de agua fresca. Elías no vió a ninguno, pero comió y bebió, y luego se quedó dormido otra vez.

Una vez más lo despertó el ángel. Esta ocasión se le mandó ir al monte de Sinaí, donde el Señor se le había aparecido a Moisés. Antes de partir Elías comió otra vez de aquel mila­groso alimento que el ángel había preparado. No volvió a tener hambre sino hasta cuarenta días después, cuando llegó al monte sagrado.

A un lado del monte Elías encontró una cueva. Allí estaba sentado des­cansando cuando el Señor le habló: -¿Qué haces aquí?

El profeta entonces le dijo al Señor lo desanimado que estaba/ que el pueblo menospreciaba los milagros y había abandonado al Señor… “y he quedado yo solo, y me buscan para quitarme la vida.”

El Señor mandó a Elías que saliera de la cueva. Entonces hizo que se levantara un viento muy fuerte,- tan fuerte que hacía pedazos las peñas. Entonces un terremoto hizo temblar la tierra donde Elías estaba. Después de esto hubo un fuego que consumió todas las hierbas y los árboles que estaban sobre el monte. Después de pasar el fuego, iodo se quedó en silencio. Entonces se oyó una voz apacible y delicada, y Elías escondió su cara porque entendió que era la voz de Dios.

-¿Qué  haces  aquí,  Elías?  -le pre­guntó la voz.

Elías empezó a relatar la maldad de los israelitas, y dijo que él era el único que quedaba vivo para servir al Señor. Tal vez se había imaginado que el Señor siempre se manifestaba en te­rremotos, incendios o de alguna otra manera parecida. Todavía no había aprendido que Dios puede hablar con igual claridad indicándonos cuándo estamos haciendo lo malo y hacién­donos sentir el gozo cuando hemos hecho lo que es recto. La gente que le sirve sólo porque tiene miedo de ser castigada no está sirviendo al Señor de todo corazón.

Dios mostró a Elías que estaba equí­voco, porque había siete mil personas en Israel que jamás habían adorado a Baal.

Ahora se desvanecieron todos los temores de Elías; volvería, porque sabía que así era la voluntad de Dios.

Al volver al país de Israel, Elías escogió a un joven llamado Elíseo para que fuera su compañero.

Elíseo andaba arando, y Elías lo ungió su sucesor, es decir el siguiente profeta. Elíseo entonces hizo pedazos su arado, hizo un fuego con él y ofre­ció dos de los bueyes como sacri­ficio a Dios,- abandonó el campo para ser el fiel compañero de aquel maravi­lloso profeta.

El Señor indicó a Elías que visitara a Acab una vez más, porque éste había causado la muerte de un hombre lla­mado Nabot. Sucedió de esta manera:

Nabot tenía una viña muy bonita que lindaba con el hermoso jardín de Acab. Acab quería comprar la viña y ofreció a Nabot una suma con­siderable de dinero. Pero Nabot le dijo que su padre y todos sus ante­pasados habían vivido allí, y que sería pecado vender esa herencia de su padre al rey Acab.

El rey entonces le ofreció otra viña en cambio de aquella, pero Nabot no quiso aceptar. Cuanto más pensaba Acab en la viña, tanto más quería poseerla. Tan afligido se puso que hasta llegó a enfermarse.

Jezabel le preguntó porqué estaba enfermo. Cuando Acab le contó lo que lo afligía, ella le dijo:

-Levántate, y come pan, y alégrate: yo te daré la viña de Nabot de Jez- reel.

Entonces escribió cartas y las selló con el sello del rey. Las cartas eran para los capitanes de la guardia del rey,- ella mandó que se acusara a Nabot de haber blasfemado contra Dios y el rey Acab. También se dieron instrucciones para el juicio y ejecución de Nabot. Se obedecieron las órdenes de la reina. Nabot fué apedreado, no por haber hablado mal de Jehová, sino porque no quiso ven­der su viña.

Cuando Elias supo lo que había sucedido, se presentó delante del rey. Encontró al rey en la viña de Nabot, regocijándose a causa de su nueva posesión. Acab se llenó de sorpresa cuando vió a Elías.

“Y Acab dijo a Elías: ¿Me has ha­llado, enemigo mío?

“Y él respondió: Hete encontrado, porque te has vendido a mal hacer delante de Jehová.”

Elías entonces le dijo a Acab que ninguno de sus hijos se libraría del castigo,- que la reina inicua padecería una muerte más horrible que cual­quiera de ellos, y que Acab sería devorado por los perros y las aves del aire.

No sabemos cómo recibiría Jezabel esta amonestación, pero Acab hizo pedazos sus vestidos, “y puso saco sobre su carne, y ayunó, y durmió en saco, y anduvo humillado/’ Con todo su corazón le pidió perdón a Jehová.

Cuando el Señor vió que Acab verdaderamente se había arrepentido, le dijo a Elías que la destrucción de la familia del rey no se verificaría sino hasta después de la muerte de Acab.

El Señor es bueno. Ningún deseo tiene de castigar o lastimar a nadie.

¿No nos parece raro que Jezabel haya ordenado la muerte de Nabot por no adorar a Jehová? Ella misma adoraba a Baal y había mandado matar a todos los profetas de Jehová.

Caudillos de las Escrituras por Marión G. Merkley y Gordon B. Hinckley

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