Amós, El Pastor

Amós, El Pastor
“Porque no hará nada el Señor Jehová, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas.”

“El mundo está lleno de problemas que causan aflicción,- la manera más fácil de resolverlos se puede explicar en pocas palabras: Un poco menos de ti y mí; un poco más de nosotros.”  — W. D. Cord.

El Relato: (Amos, caps. 1-9)

Hasta aquí nuestras lecciones nos han enseñado sólo una parte de la maldad que había en el reino de Israel. La gente se sentía muy segura, porque se suponía que Jehová los amaba más a ellos que a cualquier otro pueblo sobre la tierra.

Israel había prosperado mucho. Los comerciantes de Israel habían empe­zado a traficar con los comerciantes de Asiria, y muchos se estaban haciendo ricos. También había muchos que eran muy pobres,- pero los ricos no se fijaban en los pobres, y decían que el mejor modo de saber si Dios amaba a uno era ver si él lo hacía rico o no.

En el reino de Judá vivía un joven que se llamaba Amós. Este joven se había criado en una pequeña aldea que se llamaba Tecue, que se encon­traba a unos diez kilómetros (seis millas) al sur de Belén.

La gente de Tecue era muy pobre; sus casas sumamente humildes. No tenían ventanas, sólo unos agujeros que atravesaban las paredes. Las puer­tas eran pieles de animales que tapaban la entrada. Sobre los pisos de tierra se encontraban los pocos muebles que la familia poseía, y éstos eran de los más rústicos.

Amós criaba ovejas y cultivaba hi­gueras,- pero como la tierra era tan estéril en aquella región, no se daba suficiente pasto para que uno pudiera tener muchas ovejas. Los higos que Amós producía eran de una clase muy mala. Crecían en los sicómoros. A estos árboles se les daba el mejor cuidado.

Después de recoger sus higos o trasquilar sus ovejas, Amós iba con los demás hombres y jóvenes de su pueblito a las ciudades grandes para ven­der su mercancía. Y en aquellas ciu­dades Amós veía cosas que le daban mucho en que pensar cuando volvía a Tecue.

Mientras sus ovejas andaban bus­cando entre las piedras el poco pasto que había, Amós reflexionaba las cosas que había visto. Un día vino a él el Espíritu del Señor y le dijo que lendría que dejar sus ovejas y sus sicómoros para ir al reino de Israel. Debería ir a decir al pueblo que las cosas malas que estaban haciendo disgustaban mucho al Señor, y que deberían arrepentirse. A este pastor de Tecue el Señor reveló sus secretos para guiar y aconsejar a Israel.

Por muchos días Amos viajó hacia el norte. De día tenía que aguantar el calor del sol; el polvo del camino lo cubría de pie a cabeza y las espinas le desgarraban la ropa.

Primero se detuvo en Betel. Este fué el lugar que Abrahán marcó cuan­do llegó por primera vez a la tierra prometida; Jacob había dormido allí; allí tuvo su sueño y edificó un altar; el arca del testimonio había permanecido en Betel durante una parte del gobier­no de los jueces; después de sepa­rarse Judá e Israel, el rey Jeroboam había escogido a Betel para que fuera una de las ciudades principales de adoración y sacrificio.

Amos llegó a la ciudad. Vió los mercados llenos de actividad; vió ricos altares y los costosos sacrificios que sobre ellos se ofrecían; vió juegos, celebraciones, bailes y diversiones,- vió que la gente se dedicaba entera­mente a ganar dinero para poder vivir más inicuamente. Borracheras, maldi­ciones, mentiras, fraudes – estas cosas se veían y se oían por todas partes. La gente se llegaba a los altares para ofrecer presentes a dioses que estaban hechos a semejanza de becerros de oro, y se habían olvidado de Jehová, el Dios de sus padres; creían que el Señor los amaba porque los estaba haciendo ricos.

Entonces Amos vió otra fase de la vida de estas gentes. Vió multitudes de gente pobre que vivían de las limosnas que juntaban,- iban por las calles pidiendo limosnas a todos; los ricos los aborrecían y los golpeaban. Cuando un rico salía, sus criados iban delante de su carro con largos látigos con los que echaban a los pobres limosneros de las calles por donde iba a pasar su rico amo para que no lo molestaran. Entre los ricos abundaba la avaricia, el vicio y la maldad; la vida de los pobres era un tormento.

Aunque Amos buscó por todas partes, en ningún lugar encontró señas de adoración sincera. Parecía que ninguno servía al Señor por amor de su religión,- la adoración que Amos vió era más bien motivada por el egoísmo.

Después de predicar algunos meses, Amos fué a Amasias, un sacerdote que vivía en Betel.

-Yo no soy profeta, ni hijo de profeta, sino que guardo las vacas, y voy buscando sicómoros. Pero el Señor me tomó mientras yo iba tras el ganado; y di jome el Señor: Ve a profetizar a mi pueblo de Israel.

El sacerdote se enojó con Amos, porque aquél se estaba haciendo rico con los costosos regalos que enviaban a los altares, y no quería que Amos se metiera en lo que estaba haciendo.

Amos no le tuvo miedo a Amasias; predicó intrépidamente el mensaje al pueblo, y les dijo que si no se arre­pentían, Israel sería destruido.

Podemos imaginar el valor que debe haber tenido Amos, aquel pobre fo­rastero, para visitar las ciudades malas de Israel y amonestarles que se arre­pintieran.

¿Hace mal un país en olvidarse por completo de los pobres, mientras que a otros les es permitido llegar a ser extremadamente ricos? Si aquellos ricos hubieran sido caritativos con sus hermanos y hermanas pobres, y todos hubieran aprendido a amarse los unos a los otros, pronto habrían des­cubierto que el amor del Señor estaba aumentándose en sus corazones, y habrían recibido bendiciones en lugar de ser llevados al cautiverio.

jQué cosa tan admirable es trabajar juntos en amor y armonía! Israel de­bería haber sido igual que una familia grande en la cual todos son iguales. No debería haber habido pobres entre ellos — no los tendríamos nosotros si aprendiéramos a cooperar.

Amós en verdad amonestó al pueblo. Anduvo por todo el país, rogándoles que trabajasen juntos, que se amaran los unos a los otros, que abandonaran sus iniquidades.

Después de Amós vinieron el pro­feta Oseas y muchos otros hombres buenos que trataron de mostrarle al pueblo que llegaría a la esclavitud si no dejaba sus caminos de maldad. Pero de nada sirvió; Israel no quiso escuchar.

Caudillos de las Escrituras por Marión G. Merkley y Gordon B. Hinckley

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