Elías, El Obediente

Elías, El Obediente
«Cayeron todos sobre sus rostros, y dijeron: ¡Jehová es el Dios!»

«No has de abandonar tus ideales o desani­marte, porque parece que no alcanzas el éxito. Conserva tu fe en las grandes cosas y en las mejores cosas, y no hagas caso de los que se ríen de ti por ser idealista. Entonces persevera. La persistencia recibirá su galardón.” Juan José Pershing.

El Relato: (1 Reyes 18)

El reino de Israel estuvo sin lluvia o rocío por tres años. Al principio Acab no había creído la profecía de Elías, pero más tarde buscó al profeta por todas partes, esperando que él hiciera volver la lluvia. Pero no po­dían encontrar a Elías por ningún lado.

El hambre es una cosa terrible. No perdona ni a los reyes ni al pueblo. Aun los hermosos caballos del rey se estaban muriendo porque no tenían ni qué comer ni qué beber. Acab llamó a su mayordomo Abdías, y le dijo que fuera por todo el país en busca de pasto para ver si no podían salvar a los caballos.

Abdías adoraba a Jehová en secreto,- no lo hacía abiertamente por temor de Jezabel. Pero había ayudado a cien profetas de Jehová, escondiéndolos en cuevas para que no los matara la reina cruel. También les había dado que comer.

Todo la tierra estaba reseca y que­mada. Abdías levantaba grandes nubes de polvo por el camino. De repente vió que se acercaba un des­conocido. Este extranjero era Elías. Jehová le había aparecido y le había dicho que era tiempo de volver a la corte de Acab con una nueva amones­tación. Abdías se inclinó hasta el suelo delante de Elías.

-Mi señor, ¿eres tú Elías?

-Yo soy -respondió el profeta- anda y di a tu amo: Aquí está Elías.

Abdías se levantó con mucho temor. Sabía que Acab había buscado a Elías por todo el país, y no lo había en­contrado. Si Elías no se presentaba en la corte después que Abdías llevara tal mensaje al rey, Acab lo mandaría matar. Pero Elías lo tranquilizó:

-Vive el Señor de los Ejércitos, a quien yo sirvo, que hoy mismo me he de presentar a Acab.

Abdías se apresuró a llevar las nuevas al rey. Cuando el profeta se presentó delante de Acab, el rey se enojó mucho con Elías y lo acusó de traer grandes calamidades a Israel.

-¿Eres acaso tú -exclamó el rey- que traes el alboroto a Israel?

– No he alborotado yo a Israel -respondió Elías- sino tú y la casa de tu padre, que habéis despreciado los mandamientos del Señor, y seguido a los Baales.

No pudiendo Acab responder a esta acusación, Elías le mandó que juntara a todo Israel en el monte de Carmelo, y que también llevara a cuatrocientos cincuenta de los sacerdotes de Baal.

Acab tuvo miedo de desobedecer. Quizá  pensó  que  si no lo hacía vendría una calamidad peor que el ham­bre. Se dieron las instrucciones; lo demás quedó en manos de Elías.

Cuando estaban sobre el Carmelo, Elías habló de nuevo con todo valor:

«¿Hasta cuándo claudicaréis vos­otros entre dos pensamientos? Si Je­hová es Dios, seguidle,- y si Baal, id en pos de él. Sólo yo he quedado profeta de Jehová; mas de los profetas de Baal hay cuatrocientos y cincuenta hombres. Dénsenos pues dos bueyes, y escójanse ellos el uno, y córtenlo en pedazos, y pónganlo sobre leña, mas no pongan fuego debajo,- y yo aprestaré el otro buey, y pondrélo sobre leña, y ningún fuego pondré debajo.

«Invocad luego vosotros en el nom­bre de vuestros dioses, y yo invocaré en el nombre de Jehová: y el Dios que respondiere por fuego, ése sea Dios.»

El pueblo quedó conforme con la proposición. Sin demora trajeron los bueyes,- se hicieron dos altares de piedras,- se colocó la leña, y luego pusieron a los bueyes sobre ella. En­tonces se retiró el pueblo para ver qué sucedía. Indudablemente hubo muchos que creían que Baal respon­dería.

Los sacerdotes de Baal empezaron a orar. Ninguna respuesta recibieron. Gritaron mientras Elías se burlaba y se reía de ellos. Desde la mañana hasta el medio día invocaron a Baal; y Elías los instaba a que lo llamaran en tono mas fuerte, diciéndoles que quizá Baal estaba durmiendo,- o se había ido de viaje,- o tal vez estaba hablando en voz tan alta que no podía oír sus oraciones.

Aumentó el fervor de las oraciones de los sacerdotes,- brincaron, gritaron y bailaron,- unos brincaron encima del altar, otros se excitaron tanto que se empezaron a cortar con sus cuchillos hasta que la sangre les cubrió todo el cuerpo. Elías con toda calma los veía, aunque no sin peligro, porque uno de aquellos sacerdotes fanáticos fácil­mente podría haberlo matado con su cuchillo.

Doce piedras grandes en montón formaban el altar de Elías. Era la hora de hacer el sacrificio de la tarde en el templo en Jerusalén cuando llegó el turno de Elías. Cavó una zanja alrede­dor del altar y del sacrificio. La gente se sorprendió mucho cuando Elías mandó que bañaran de agua el sacri­ficio y la leña.

Lo obedecieron,- luego les mandó que lo volvieran a hacer,- y por tercera vez les dijo que derramaran cuatro cántaros llenos de agua sobre el sacri­ficio, la leña y las piedras. La zanja se llenó completamente de agua. En­tonces el profeta se puso de rodillas cerca del altar, y empezó a orar:

«Jehová, Dios de Abrahán, de Isaac, y de Israel, sea hoy manifiesto que tú eres Dios en Israel, y que yo soy tu siervo, y que por mandato tuyo he hecho todas estas cosas.»

¡Entonces descendió fuego del cielo! Consumió el sacrificio, la leña, las piedras, y aun lamió las aguas que llenaban la zanja.

Grande fué el asombro del pueblo. Todos cayeron sobre sus rostros. Jamás se había visto cosa semejante. Todos a una voz gritaron:

-¡Jehová es el Dios! ¡Jehová es el Dios!

No había terminado aún la obra de Elías. Mandó al pueblo que pren­dieran a los malvados sacerdotes de Baal y los mataran. No se escapó ninguno. Los llevaron al arroyo de Cisón y los mataron. Acab, azorado y sin poder hacer nada, presenciaba todo aquello,- no se atrevía a oponerse por temor del pueblo. También debe haber estado pensando en lo que Jezabel diría.

Por fin Elías se volvió a Acab.

-Anda, come y bebe,- porque ya oigo el ruido de una gran lluvia que viene.

Acompañado de un joven. Elías su­bió a la montaña. Se puso de rodillas y le pidió a Dios que mandara la lluvia y terminara la sequía.

Poco después levantó la cabeza y se dirigió a su criado.

— Anda, ve y observa hacia el mar.

El siervo subió, y volvió diciendo que no había señas de lluvia. Siete veces imploró Elías que viniera la lluvia, y después de cada ocasión enviaba al criado a buscar la señal del cielo.

«Y a la séptima vez dijo: Yo veo una pequeña nube como la palma de la mano de un hombre que sube de la mar.»

Elías entendió que iban a ser con­testadas sus oraciones. Envió a su siervo a avisar a Acab. Entonces Elías echó a correr delante de Acab. Este lo siguió en su carro pero no lo al­canzó sino hasta que casi habían lle­gado a las puertas de la ciudad. Al llegar a la ciudad se desató un agua­cero íortísimo. Elías alzó la cara hacia el cielo para que se la bañara el agua. Se sentía muy feliz porque Dios había contestado sus oraciones.

Creyó que ahora seguramente el pueblo adoraría al Dios verdadero. Después de aquellas señales mara­villosas, jamás volverían a los ídolos de la reina Jezabel. Pero ya veremos que no fué así.

Caudillos de las Escrituras por Marión G. Merkley y Gordon B. Hinckley

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