Eliseo, El Fiel

Eliseo, El Fiel
“Ruégote que las dos partes de tu espíritu sean sobre mí.”

“Reserva Dios lo mejor
Para el que aguanta la prueba,
Y da las cosas menores
A aquel que su cruz no lleva.”

El Relato: (2 Reyes, caps. 2, 3, 4)

Eliseo era todavía joven cuando el profeta Elías lo llamó para que dejara sus sembrados, su trabajo y familia, y lo siguiera. Por seis años estos dos hombres fueron compañeros insepa­rables.

Elías ya estaba muy entrado en años. Había pasado su vida tratando de volver el pueblo al Señor; había sido enemigo de toda clase de pecado e iniquidad. Ya tenía deseos de salir de este mundo.

Los dos amigos visitaron una escuela que habían establecido. A esta es­cuela asistía un grupo de jóvenes para estudiar acerca de Dios. Elías se despidió de ellos y quiso hacer lo mismo con Eliseo, pero éste no quiso despedirse.

-Nada nos separará “le dijo.

De modo que los dos hombres se encaminaron hacia el río Jordán. Los jóvenes también los seguían de lejos, porque sabían que el Señor iba a llevarse a Elías al cielo y querían verlo.

Al llegar al Jordán el profeta ancia­no se quitó su manto, lo dobló cui­dadosamente, y con él hirió las aguas del río. Inmediatamente se apartaron las aguas a uno y otro lado y los hombres pasaron en seco.

Cuando hubieron llegado al otro lado del río Elías se volvió a Eliseo:

  • Pide lo que quieres que haga por ti, antes que sea quitado de contigo.

“Y dijo Eliseo: Ruégote que las dos partes de tu espíritu sean sobre mí.”

Indudablemente Eliseo pidió esto para poder hacer la obra del Señor.

  • Si me vieres al tiempo que sea arrebatado de tu lado, tendrás lo que has pedido, más si no me vieres, no -fué la respuesta de Elías a la solici­tud de su compañero.

Cuando iban llegando al monte de Nebo “aconteció que, yendo ellos ha­blando, he aquí, un carro de fuego con caballos de fuego apartó a los dos: y Elías subió al cielo en un torbellino.”

Eliseo nunca más volvió a ver a su amigo. Su corazón se llenó de tristeza. Pero al fijar la vista en el lugar donde Elías había estado, des­cubrió el manto de Elías; lo recogió y se lo puso.

Esto mitigó algo su tristeza, porque le había quedado aquel manto como un recuerdo de su amado amigo y maestro. Al llegar Eliseo al río Jordán, los jóvenes vieron que Eliseo se quitó el manto y lo dobló exactamente como Elías lo había hecho.

-¿Dónde está ahora el Dios de Elías? -exclamó al herir las aguas.

Al decir esto, cual si fuera como respuesta a su grito, se dividieron las aguas y Eliseo pasó al otro lado del río a pie enjuto, donde lo esperaban los jóvenes.

“Y viéndole los hijos de los profetas que estaban en Jericó de la otra parte, dijeron: El espíritu de Elías reposó sobre Eliseo.”

Cincuenta de ellos insistieron en ir a buscar el cuerpo de Elías para sepul­tarlo. Eliseo les dijo que de nada les serviría, pero los jóvenes fueron de todos modos y buscaron durante tres días, pero no encontraron nada.

“Y cuando volvieron a él, que se había quedado en Jericó, él les dijo: ¿No os dije yo que no fueseis?”

Eliseo siguió la obra que Elías había dejado. Iba de pueblo en pueblo, visitando, bendiciendo y enseñando al pueblo. Tanto los pobres como los ricos gustosamente lo recibían en sus casas. Sólo los malos tenían miedo de ver llegar este varón de Dios.

Continuó la escuela de los profetas, y a ella iba un buen número de jóvenes que deseaban aprender más acerca de las vías de Dios. Pero un día murió uno de los jóvenes estudian­tes, dejando a su viuda y dos niños.

Esta familia era muy pobre y debía una cantidad de dinero a un hombre rico que ahora vino a exigir el pago de la deuda. La viuda, muy alarmada, acudió a Eliseo.

-Mi marido, siervo tuyo, ha muerto -le explicó la mujer- y bien sabes que tu siervo era temeroso de Dios. Pero ahora viene su acreedor para llevarse a mis dos hijos y hacerlos es­clavos suyos.

Eliseo lo reflexionó unos momentos. Quería ayudarla y le preguntó qué tenía en su casa. Ella le contestó que no tenía nada sino una botija de aceite.

“Y él le dijo: Ve, y pide para ti vasos prestados de todos tus vecinos, vasos vacíos, no pocos. Entra luego, y cierra la puerta tras ti y tras tus hijos,- y echa en todos los vasos, y en estando uno lleno, ponlo aparte.”

Los dos hijos de la viuda se sor­prendieron mucho cuando ella les dijo que fueran a pedir prestado vasos va­cíos de todos sus vecinos, pero mucho más se asombraron de ver que de su propia botija de aceite se llenaron to­dos los vasos prestados sin faltar uno.

La viuda ahora volvió a Eliseo. Este le dijo que vendiera el aceite, pagara sus deudas y guardara el resto para ella y sus hijos. Sucedió cual Eliseo lo había dicho. Por haber tenido fe la viuda en lo que el profeta de Dios le dijo, ella evitó que sus hijos fueran vendidos como esclavos.

El profeta ayudaba a los ricos tam­bién. Había una mujer rica que vivía en Sunam, quien invitaba a Eliseo y su criado a pasar la noche en su casa cuando viajaban por allí. Las cosas que Eliseo le decía a esta mujer tanto la impresionaron que ella exclamó a su esposo que aquel hombre era un siervo de Dios, y le dijo que quería hacer algo por él. Le indicó su deseo de prepararle un cuarto, a fin de que al pasar por ese pueblo pudiera dete­nerse allí como si fuera su propia casa.

El esposo de la mujer consintió y en un tiempo muy corto arreglaron y amueblaron muy bien un cuarto. Le dió mucho gusto a Eliseo aceptar aquel don, porque sintió que la mujer amaba al Señor y que ésa era la manera de demostrar su amor.

Sin embargo, Eliseo deseaba corresponderle aquel favor, pero ella no quiso aceptar nada. Entonces Eliseo vió que no tenía hijos, y entendió que deseaba mucho tener uno. De modo que fué a ella y le dijo que por haber sido tan buena con él y con su criado, Dios le iba a dar un hijo. La mujer lloró de gratitud,- le parecía una cosa increíble,- pero Dios les dió un hijo tal como Eliseo lo había pro­metido.

Algunos años después el niño an­daba con su padre en el campo. El sol estaba muy fuerte ese día. De repente el niño se quejó de un dolor de cabeza.

Uno de los criados inmediatamente llevó el niño a la casa. Su madre hizo cuanto pudo por él, pero el niño murió. La mujer entonces ordenó que le ensillaran una borrica, y se fué en busca de Eliseo, que en ese tiempo se encontraba en el Carmelo.

Desde lejos Eliseo vió a la mujer. Mandó a su criado a recibirla y pre­guntarle cómo estaban todos los de su casa,- pero la mujer no se detuvo para hablar con el criado sino que siguió adelante hasta llegar donde estaba Eliseo.

El profeta comprendió que algo serio había sucedido, pero no se su­ponía que el joven hubiese muerto. Inmediatamente volvieron a la casa de la mujer. Eliseo entró en el cuarto, cerró la puerta y humildemente le pidió a Dios que devolviera la vida al cuerpecito de aquel niño.

Poco a poco regresó la vida al cuerpo. El niño estornudó varias veces y entonces abrió los ojos.

Eliseo llamó a su criado para decirle que llevara a la madre al cuarto. “Y entrando ella, él le dijo: Toma tu hijo.”

Cuando la mujer vió que su hijo vivía, se postró de rodillas para dar las gracias a Dios.

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