Isaías, El Estadista

Isaías, El Estadista
«Heme aquí, envíame a mí.»

«Es bueno soñar, pero hoy y aquí debemos cumplir con nuestra tarea. La pregunta que nuestras almas deben hacer es: ¿Qué hemos hecho hoy?»

El Relato: (Isaías, caps. 36 3738)

Cuando Josué metió a los hijos de Israel a la tierra prometida, eran doce tribus. Como ya hemos visto, las tribus se dividieron en dos grupos después de la muerte de Salomón; y en el año 722 antes de Cristo, los asirios se habían llevado al pueblo del reino del norte – Israel – a sus tierras.

Más o menos al tiempo de la cauti­vidad asiría, en Judá reinaba un rey que se llamaba Ezequías. Su padre, Acaz, había sido un rey muy malo, porque Acaz había llenado la ciudad de Jerusalén con ídolos y altares a dioses extraños; aparte de eso, Acaz había derrochado el dinero y no había dinero en su tesorería; había sacado del templo muchas de sus cosas pre­ciosas, y se usaban los patios y corre­dores del templo para adorar ídolos.

Ezequías era muy joven cuando subió al trono. Un hombre muy fuerte habría tenido muchas dificultades si tratara de vencer las maldades que había en Jerusalén, y parecía que el rey, siendo tan joven, jamás podría hacerlo. Pero el joven rey sorprendió a todos.

Primeramente dedicó su atención al templo. Mandó que lo limpiaran y lo repararan; echó fuera a los sacer­dotes malos; derribó los altares de los dioses extraños,* y una vez más se efectuaron las ceremonias del Señor en su forma debida.

Fué una obra muy grande; y cuando todo quedó terminado dentro del tem­plo, Ezequías llamó a todo el pueblo de Israel para celebrar la Fiesta de la Pascua. Llegó mucha gente, y la cele­bración duró dos semanas en lugar de una. El Espíritu del Señor descendió sobre el pueblo y fué una ocasión muy agradable para todos.

La influencia del rey de Asiria en Judá había sido mucho antes que Ezequías subiera al trono. Cada año tenían que enviar una fuerte cantidad de dinero al rey de Asiria para que no viniera a hacerle la guerra a Judá. Ezequías se resolvió a no mandar más dinero. Reforzó los muros de Jeru- salén y juntó un ejército para defen­der la ciudad.

El ejército de Ezequías era un puñado de hombres comparado con el inmenso ejército que mandó el rey de Asiria. Este gran ejército entró en el país, conquistando ciudad tras ciudad. Entonces llegó a Jerusalén un mensa­jero del rey de los asirios, pidiendo una cantidad de dinero más grande todavía.

El rey Ezequías comprendía que no podía defender la ciudad de Jerusalén contra las huestes de los asirios. Mandó decir al rey asirio que pagaría lo que le pedía y que no volvería a levantar un ejército.

Sabiendo el rey de Asiria que tenía al rey Ezequías en sus manos, le exigió mucho más dinero. No pudiendo el pueblo reunir la cantidad suficiente, el rey Ezequías quitó todo el oro y la plata que había en el templo y envió esto para pagar el tributo. El rey de Asiria comprendió que la nación judía no tenía mucha fuerza, porque el rey había consentido en hacer aquel sa­crificio tan grande. De modo que le envió una carta a Ezequías en la que le decía que se iba a llevar cautivo al pueblo así como lo había hecho con los israelitas en el norte.

También dijo que de nada le ser­viría a Ezequías rogar a su Dios que los salvara, porque las oraciones de otros pueblos no los habían salvado.

Ezequías se vistió de saco,- entonces fué al templo y allí puso la carta del rey ante el altar y se hincó a orar. Le suplicó al Señor que lo ayudara a él y a su pueblo a salir de sus dificultades. Al levantarse de allí se sintió más tranquilo, y sabía lo que iba a hacer,- envió inmediatamente a algunos de sus hombres a preguntarle a Isaías el profeta lo que el Señor quería que se hiciera.

El profeta Isaías, a quien el rey habiá enviado los mensajeros, había vivido en Jerusalén toda su vida y amaba esa ciudad con todo su corazón. Se sentía muy triste a causa de que el rey que gobernó antes de Ezequías había sido tan malo. Isaías había pa­sado cuarenta años de su vida amones­tando a los reyes a que se arrepintie­ran y se volvieran a Dios.

Isaías había tenido una visión maravillosa cuando todavía era muy joven. Mientras oraba en el templo un cierto día, había visto al Señor. Después de esta visión vió la iniqui­dad que había en el mundo y la necesidad que había de obreros que trabajaran por Dios. Alzando la vista Isaías había dicho con toda resolución: «Heme aquí, envíame a mí.»

Para demostrar su sinceridad, Isaías anduvo medio desnudo y descalzo durante tres años, tanto en el ardiente calor del verano como en el raudo frío del invierno, predicando el arrepen­timiento entre la gente. Predicó acerca de la santidad y la gloria de Dios. Este era el hombre a quien Ezequías había enviado sus mensajeros. Su poder para expresarse queda ilustrado en las siguientes palabras:

«Dejad de hacer lo malo: aprended a hacer bien,- buscad juicio,- restituid al agraviado, oíd en derecho al huér­fano.»

A este hombre vinieron los men­sajeros del rey.

«Entonces Isaías, hijo de Amoz, envió a decir a Ezequías: Jehová, Dios de Israel, dice así. . acerca del rey de Asiría: No entrará en esta ciudad, ni echará saeta en ella: no vendrá delante de ella escudo, ni será echado contra ella baluarte. Por el camino que vino se tornará, y no entrará en esta ciudad, dice Jehová.»

¡Cuánta fe debe haber tenido para hacer una declaración tal como ésta! Si la profecía no se cumplía, él tendría la culpa del desastre que sufriría la ciudad. Isaías sabía todo eso.

Durante la noche un ángel visitó el campamento de los asirios, e hizo que cayera sobre ellos una enferme­dad terrible. Al llegar la mañana casi todos los capitanes, así como millares de soldados, habían muerto. El rey de Asiría recogió lo que que­daba de su ejército, e inmediatamente partió para su tierra. Este rey jamás volvió a molestar al pueblo de Judá. Algunos años después sus propios hijos lo mataron en Nínive.

El pueblo de Judá prosperó bajo Ezequías. Isaías siguió dándole buenos consejos y toda clase de ayuda. Pero un día el rey se enfermó de una enfermedad que no tenía curación. Mandó llamar a Isaías. El profeta no pudo consolarlo sino que le dijo al rey que se preparara para morir. Después de irse el profeta, Ezequías oró a Dios con todo su corazón. Derramó muchas lágrimas en su oración, y le suplicó al Señor que tomara en cuenta todas las buenas cosas que él había hecho, pero que todavía faltaba mucho que hacer. El Señor escuchó su oración y mandó al profeta con la respuesta a su oración.

Cuando Isaías vino al rey, le dijo que el Señor había escuchado sus oraciones y había visto sus lágrimas, y que añadiría quince años a su vida. Isaías prometió que en tres días se hallaría el rey tan aliviado que podría ir al templo para adorar.

El rey apenas podía creer el mensaje de Isaías. Le pidió una seña, rogán­dole que hiciera que la sombra del reloj volviera atrás diez grados. Isaías le pidió al Señor que le diera esta señal al rey enfermo. Mientras Isaías estaba orando, la sombra se movió hacia atrás.

Ezequías sanó de su enfermedad y vivió quince años más, tratando de cumplir cuanto Isaías le aconsejaba. Durante todo su reinado el pueblo prosperó, y después de su muerte se dijo que Ezequías fué el mejor rey que Judá había tenido.

Caudillos de las Escrituras por Marión G. Merkley y Gordon B. Hinckley

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