Jeremías, Un Héroe Humilde

Jeremías, Un Héroe Humilde
“Escuchad mi voz, y seré a vosotros por Dios, y vosotros me seréis por pueblo.”

“Padre, con pena vengo ante ti.
Pues veo, ahora que ha pasado,
Que la mitad del día desperdicié
Y mi trabajo apenas he empezado.”
                        Helen Hunt Jackson.

El Relato: (Jeremías, caps. 363738)

Pasaron algunos años y Josías subió al trono de Judá en Jerusalén. Isaías ya se había muerto, pero muchos otros profetas habían venido e ido, los cuales también habían amonestado al pueblo que se arrepintiera y sirviera fielmente al Señor. Pero la adoración de Baal era todavía muy popular, y de nuevo colocaron ídolos en los patios del templo.

Josías empezó a cambiar las cosas. Su primer paso fué limpiar completa­mente el templo. Mandó llamar albañiles y artesanos para que repararan algunos de los cuartos. Un día mientras estaban limpiando, des­cubrieron un libro extraño.

Ese libro era el mismo que Moisés habiá escrito. Contenía la ley del Señor dada a Israel, y Moisés había dicho que debería leerse cada siete años a oído de todo el pueblo, pero se habían olvidado por completo de hacerlo.

Llamaron al sumo sacerdote, y éste llevó el libro al rey Josías, quien escuchó atentamente todas las pala­bras del libro. Vió que el Señor había prometido bendecir a los hijos de Israel si le servían fielmente. El rey también se dió cuenta de las calamidades que les vendrían si se olvidaban del Señor y se ponían a adorar ídolos.

Josías quería que todo el pueblo oyera las palabras del libro, de modo que mandó llamar a todos a una junta muy grande en Jerusalén en la cual el pueblo oyó lo que el Señor le habiá dicho a Moisés. Entonces Josías prometió guardar la ley y servir sinceramente al Señor. También el pueblo hizo convenio de servir al Señor. Cuando Josías murió, muy joven todavía, Jeremías lloró por la muerte de tan buen rey.

Mientras Josías reinaba sobre Judá, Dios había nombrado a un joven llamado Jeremías para que fuera su profeta. Era un joven sensible y pacífico, y estaba alarmado porque tanta gente se entregaba a la adora­ción de los ídolos. Cuando el Señor lo llamó, Jeremías le dijo que no era más que un niño, y que no sabría qué decir.

“Y dijo Jehová: No digas, soy niño; porque a todo lo que te enviaré irás tú, y dirás todo lo que te mandaré. No temas delante de ellos, porque contigo soy para librarte, dice Jehová.”

Entonces el Señor tocó los labios de Jeremías y desapareció todo su temor.

Jeremías tenía un espíritu valiente; pasó su vida tratando de hacer que la gente se arrepintiera. Quería que otros lo estimaran,- sabía que lodos se disgustarían con él si salía a hablarles de sus maldades, pero lleno de valor salió a cumplir con la voluntad de Dios.

Después de morir Josías, subieron al trono otros reyes que estaban resueltos a enriquecerse, y hacer que Judá fuera como los demás reinos. La iniquidad de estos reyes amargó la vida de Jeremías.

El Señor le reveló muchas cosas maravillosas a este profeta. El a su vez las repetía a su buen amigo, Baruc, quien las escribió en un libro. Los príncipes de Judá oyeron del libro y le mandaron a Baruc que se presentara delante de ellos para que se lo pudiera leer.

El libro hizo saber a estos hombres que los caldeos atacarían y captura­rían la ciudad de Jerusalén, y que el pueblo del reino de Judá sería llevado a Babilonia como esclavos,- allí estarían por setenta años a causa de la iniquidad del rey y su pueblo.

Los príncipes creyeron las palabras del libro y aconsejaron a Jeremías y Baruc que se escondieran, porque el rey se enojaría mucho cuando llegara a saber las palabras de Dios. Los príncipes entonces llevaron el libro al rey, porque no se atrevieron a esconderlo de su presencia.

Cuando el rey oyó las palabras del libro, lo hizo pedazos con su espada y lo arrojó al fuego. Quiso castigar a Jeremías, pero no lo pudo encontrar. El profeta y Baruc, su amigo, se habían escondido, y Baruc había vuelto a escribir todas las palabras del Señor.

El rey había sido tan malo, que cuando murió, el pueblo no enterró su cuerpo, sino que lo echaron fuera de la ciudad para que se lo comieran las bestias del campo.

El nuevo rey se llamaba Sedecías, nieto de Josías, pero él también fué un hombre malo. Todo el tiempo que estuvo sobre el trono no pensó en otra cosa sino en hacer lo malo.

Por el Libro de Mormón sabemos que fué durante el reinado de este rey que un hombre muy justo llamado Lehi, junto con su familia, recibió el mandato del Señor de salir de Jeru­salén e ir a una tierra nueva que el Señor le enseñaría. Jeremías vivió y profetizó en Jerusalén desde 626 hasta 586 años antes de Cristo, y Lehi salió de Jerusalén en el año 600 antes de Cristo, de modo que es muy probable que los dos hombres se hayan cono­cido, y que a Lehi le haya pesado tener que separarse del profeta Jere­mías, dejándolo atrás en aquella ciudad inicua. Más tarde seguiremos a Lehi y a su familia en sus viajes, pero por ahora debemos volver a nuestro relato.

Jeremías le advirtió al rey Sedecías que Nabucodonosor, el rey caldeo, iba a conquistar a Jerusalén si el rey y su pueblo no se arrepentían y adoraban al Señor. Esta amonestación hizo que el rey se enojara aún más con Jeremías, y mandó que lo echaran dentro de la cárcel. Ataron unas cuerdas alrededor de su cintura y lo bajaron a una celda húmeda, y tan pequeña que Jeremías no se podía acostar, y no le daban de comer más que pan y agua.

Mientras Jeremías estaba en la prisión, los caldeos atacaron la ciudad de Jerusalén. Rodearon la ciudad por todos lados,- no había manera de escaparse de la ciudad, y al pasar los días se fué acabando la comida. Si no recibían ayuda en poco tiempo, tendrían que morirse de hambre o rendirse.

En su desesperación el rey mandó que sacaran a Jeremías. Los hombres que lo sacaron tuvieron que atarlo otra vez,- entonces lo llevaron delante del rey. Sedecías preguntó a Jeremías qué había de hacer.

Jeremías le respondió que el Señor iba a permitir que los ejércitos de Nabucodonosor capturaran la ciudad, derribaran los muros y destruyeran hasta el templo. Le aconsejó que se rindieran pacíficamente sin luchar, pues de lo contrario morirían muchí­simos.

El rey no quería hacer lo que Jere­mías le había aconsejado, pero íemía que el profeta había dicho la verdad. Pasaron los meses durante los cuales sufrieron mucho por la escasez de alimento y de agua; Jeremías sufrió junto con ellos, porque estaba preso y no se podía escapar.

Cuando se les acabó la comida por completo, el rey Sedecías trató de escaparse a escondidas, pero no tardaron mucho en capturarlo los soldados de Nabucodonosor y lo apresaron con cadenas. Entonces le sacaron los ojos y se lo llevaron a Babilonia.

Después de esto el ejército juntó a la mayor parte de los habitantes de Jerusalén y se los llevó cautivos a Babilonia,- no quedaron atrás más que unos cuantos de los más pobres. Estos vieron a los soldados llevarse los preciosos vasos de oro y plata del templo, después de lo cual prendieron fuego a todo lo que no querían.

Jeremías permaneció en Jerusalén. Se quedó muy triste porque el pueblo no quiso escuchar el mensaje que Dios le había mandado. Muchas veces lloraba a causa de los pecados que habían ocasionado la cautividad del pueblo.

Antes de despedirnos de este gran hombre, recordemos que fué el amor que sentía por su pueblo lo que le causó tanta tristeza,- y durante toda su vida vió que cada día se acercaban más y más a su destrucción. Pero no quisieron escuchar su men­saje. El mensaje que Jeremías les había comunicado del Señor fué, en pocas palabras: “Escuchad mi voz, y seré a vosotros por Dios, y vosotros me seréis por pueblo.”

A causa de su desobediencia, se los llevaron cautivos a Babilonia donde Jeremías dijo que permanecerían setenta años.

Caudillos de las Escrituras por Marión G. Merkley y Gordon B. Hinckley

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Una respuesta a Jeremías, Un Héroe Humilde

  1. Angel Guzmán dijo:

    Admiro mucho. A Jeremías!!!
    👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌

    Me gusta

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