Jonás El Desentendido

Jonás El Desentendido
“Hallo que Dios no hace acepción de personas.”

“Si dejas pasar este día,
Mañana lo mismo será,
por los días perdidos
Lamentos después habrá.
Empieza hoy tu tarea,
No dejes pasar instante,-
verás, cuando menos pienses,
Que tu obra va adelante.”
                                Goethe.

El Relato: (Libro de Jonás)

Un nuevo enemigo estaba afligien­do a Israel. Este nuevo enemigo era el rey de Asiria que venía del oeste desde su lejana capital de Nínive.

Grandes murallas rodeaban la ciu­dad de Nínive. Miles y miles de personas vivían allí. Todos eran ado­radores de ídolos, y nada les impor­taba el pueblo de Israel y su religión. La gente de Nínive aumentó en iniqui­dad con el transcurso de los años, y por fin llegó a ser tan grande su maldad que el Señor vió que era necesario destruirlos.

Sin embargo, antes de pronunciar ese último juicio sobre los habitantes de la ciudad, el Señor resolvió darles su última oportunidad, porque Dios es bueno y misericordioso. Optó por mandar a Jonás, un profeta de Israel, para amonestar al pueblo de Nínive de sus pecados.

Jonás no quería ir. Deseaba que todas las bendiciones del Señor se derramasen solamente sobre Israel. No le pareció bien ir a predicar a estos enemigos idólatras de Israel.

El Señor quería que Jonás fuera hacia el oriente. Jonás hizo lo con­trario,- se fué hacia el occidente hasta llegar a Joppe, una ciudad que estaba a la orilla del mar. Allí compró su pasaje en un buque que iba para España que quedaba al extremo opues­to del mar Mediterráneo.

Al partir el buque de Joppe, Jonás pensó que se había escapado y que no tendría que ir a Nínive. Se bajó a los lados del buque y se echó a dormir, porque no había descansado desde que se había resuelto a huir de delante del Señor.

El Señor conocía bien los planes de Jonás,- y no quería que Jonás lo des­obedeciera. De manera que él hizo que se desatara una tormenta fortísima que parecía que iba a destruir el barco y ahogar a todos los pasajeros.

Todos los marineros eran paganos, pero imploraron con toda sinceridad a sus dioses,- por supuesto, no recibie­ron ninguna respuesta. Entonces em­pezaron a arrojar al mar muchas de las cosas que llevaban a bordo, para hacer más ligera la nave. En medio de esta terrible tempestad, Jonás dor­mía pacíficamente.

Por último el capitán despertó a Jonás y le dijo que él también implo­rara a su Dios, para que se calmara la tempestad y no murieran.

Jonás no quería orar a Dios. Su conciencia lo acusaba, porque sabía que estaba tratando de escapar del Señor,- pero todos los marineros estaban instándole a que clamara a su Dios.

La tormenta aumentaba,- los mari­neros estaban medio locos de miedo. Se resolvieron a echar suertes para ver si así podían saber quién había traído aquel mal sobre los demás. La suerte cayó sobre Jonás.

Los marineros se volvieron a él.

– Decláranos los motivos de este desastre que nos sucede. ¿Qué oficio es el tuyo? ¿De dónde eres y a dónde vas? ¿De qué nación eres tú?

Jonás entonces les explicó acerca del Dios que él adoraba. Les dijo que su Dios era el Creador de la tierra, el mar, los cielos y las tormentas. Les habló del poder y la bondad de Dios,- y sin embargo, estaba huyendo de su deber. La predicación de Jonás con­virtió a los marineros,- ofrecieron sacri­ficios al Señor y juraron servirle.

Pero esto no calmó la tempestad. Entonces le dijeron.-

-¿Qué haremos de ti, a fin de que la mar se nos aplaque?

-Cogedme y arrojadme al mar -les respondió Jonás – y la mar se os quietará.

Pero los marineros por miedo, reve­rencia, lástima o respeto no quisieron. Por fin se convencieron de que era lo único que podían hacer. Cogieron a Jonás y lo echaron al mar. Las olas se calmaron y el mar se apaciguó.

El Señor tenía una misión muy grande para Jonás, y por eso él pre­paró un gran pez que se tragó a Jonás, el cual lo llevó hasta la playa y allí lo vomitó. Después de esta experien­cia Jonás nada vaciló en llevar el mensaje del Señor a Nínive.

Una vez más el Señor mandó a Jonás que fuera a Nínive y dijera al pueblo que se arrepintiera de sus pecados. Jonás partió inmediatamente.

Al llegar a Nínive, Jonás anduvo por ella un día y entonces comenzó a profetizar al pueblo.

Algunos de los de la ciudad entendieron que Jonás era israelita, y corrieron para decírselo al rey. El rey se llenó de miedo cuando oyó el men­saje de Jonás: Arrepentios, “porque de aquí a cuarenta días Nínive será des­truida. “

El rey bajó de su trono y dejó a un lado su rica vestidura,- se cubrió de saco y se sentó sobre ceniza, indi­cando al Señor por medio de aquella seña que estaba arrepentido de sus pecados. Todo el pueblo hizo lo mismo que su rey. Toda la ciudad se arrepintió de sus maldades, porque recibió el mensaje de Jonás y se volvió a Dios.

Cuando el Señor vió que se habían arrepentido de sus pecados, él los perdonó y dijo que no serían des­truidos.

Jonás no quedó muy conforme con que Nínive no fuera castigada. Después de su predicción se alejó de la ciudad a un monte cercano de donde él había esperado ver arder la ciudad de Nínive,- se había imagi­nado que descendería o caería fuego del cielo, y que todo el pueblo, los enemigos de su nación, sería des­truido.

Cuando vió que el Señor los había perdonado, Jonás se sintió tan frus­trado que se quejó ante el Señor diciendo que mejor preferiría morir que quedar vivo.

Sin embargo, el Señor convenció a Jonás de que si un pueblo se arre­piente y se vuelve a él, este pueblo llega a ser precioso en sus ojos,- y no importa de qué color, raza o nación sea, si tan sólo le sirve. Pues como Pedro acertadamente dijo: “Por verdad hallo que Dios no hace acepción de personas.”

Caudillos de las Escrituras por Marión G. Merkley y Gordon B. Hinckley

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