Naamán, El Leproso

Naamán, El Leproso
“En esto perdone Jehová a tu siervo.”

“Debe el hombre examinar
Todo nuevo pensamiento,
Pues se salva o se condena
Según su conocimiento.”
Octave F. Ursenbach.

El Relato: (2 Reyes, cap. 5)

Al norte del reino de Israel se en­contraba el país de Siria. Los sirios eran un pueblo pagano que adoraba ídolos,- nadie les había enseñado acerca del Dios verdadero.

Los sirios invadieron el reino de Israel en los días de Eliseo, así como lo habían hecho muchas veces antes. Estos invasores acostumbraban lle­varse alimento, ropa, joyas, animales, carros o cualquiera cosa que fuera de valor. Muchas veces se llevaban a los niños para venderlos como esclavos.

Sucedió pues que el rey de Siria tenía un capitán muy bueno que se llamaba Naamán. El rey lo quería mucho, pero desafortunadamente Naa­mán era leproso.

La lepra es una enfermedad terrible. No tiene remedio ni curación, y como es tan contagiosa, aquellos que la contraen se ven obligados a salir de los pueblos o ciudades para vivir en las cuevas, entre otros que tengan la misma enfermedad. Este mal no pro­voca dolores cuando empieza, pero al penetrar el cuerpo, el cutis se vuelve blanco y la carne empieza a pudrirse y consumirse. Por supuesto, el le­proso finalmente muere.

En la casa de Naamán vivía una niña israelita que los sirios habían capturado en uno de sus ataques sobre Samaría. A pesar de ser esclava quería mucho a su ama, la esposa de Naamán.

Tenía ya algún tiempo de ver la tristeza que se reflejaba en la cara de su ama, y quería decirle algo que la pudiera consolar. Su ama gustosa­mente escuchaba las palabras de aque­lla jovencita. Le dijo que Naamán tenía lepra, que tendría que aban­donar su casa y morir dentro de poco.

La jovencita inmediatamente se acordó de los milagros que Eliseo había hecho, porque el profeta había estado algunas veces en Samaría y ella lo había visto. Es posible que ella haya sabido que resucitó al niño de la mujer de Sunam. Entonces le habló a su ama.

-¡Ah, si mi amo fuera a ver al profeta que está en Samaría, sin duda lo curaría de la lepra!

La mujer se sorprendió de aquellas palabras, y aunque no se atrevió a creerlo, lo comunicó a su esposo y Naamán lo repitió al rey.

-Anda en hora buena -le respon­dió el rey de Siria- que yo escribiré al rey de Israel.

Los dioses sirios en nada habían ayudado al pobre de Naamán, y se pensó que nada se perdería con poner a prueba el poder de este rey de Israel. Es posible que hayan creído que el rey de Israel gustosamente aceptaría un rico regalo de ropa y dinero por curar a Naamán.

En aquellos días las dos naciones estaban en paz, pero no cabe duda que el rey de Israel miró con cierta desconfianza la rica caravana que se detuvo a la puerta de su palacio. Se le entregó una carta al rey en la que decía:

“Por esta carta que recibirás, sabrás que te he enviado a Naamán, mi cria­do, para que lo cures de su lepra.”

Naamán se quedó esperando afuera mientras el rey leía la carta. Todavía no sabía que la jovencita se había referido a Eliseo y no al rey. El rey de Israel se turbó mucho. No quería desagradar al rey de Siria, pero él no podía curar la lepra.

“Y luego que el rey de Israel leyó las cartas, rasgó sus vestidos, y dijo: ¿Soy yo Dios, que mate y dé vida, para que éste envíe a mí a que sane un hombre de su lepra? Considerad ahora, y ved cómo busca ocasión contra mí.

“Y como Eliseo, varón de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestidos, envío a decir al rey: ¿Por qué has rasgado tus vestidos? Venga ahora a mí, y sabrá que hay profeta en Israel.”

El rey con gusto dejó esto en otras manos. Le dijo a Naamán que fuera a ver a Eliseo.

Cuando Naamán iba llegando a la casa, el criado de Eliseo salió a decirle que si deseaba sanar de su lepra, fuera y se zambullera siete veces en las aguas del río Jordán.

Naamán pensó que se estaban bur­lando de él. Se enojó mucho.

-¿No son mejores el Avana y el Farfar, ríos de Damasco, que todas las aguas de Israel, para lavarme en ellos y limpiarme? -exclamó Naamán en su enojo.

Volvió las espaldas y se retiró muy indignado, pero sus criados lo detu­vieron. Sabían que las aguas de los ríos de Siria no podrían curarlo,- su única esperanza era convencerlo que fuera al Jordán.

– Padre – le suplicó uno de sus criados – aun cuando el profeta te hubiese ordenado una cosa dificul­tosa, claro está que debieras hacerla. ¿Pues cuánto más ahora que te ha dicho: Lávate, y quedarás limpio?

Naamán era un hombre muy orgu­lloso, pero al fin se dirigió hacia el Jordán,- allí se desnudó y se metió al agua. Cuando salió del agua la primera vez, no hubo ningún cambio,- ni después de la segunda ni la tercera vez. Pero cuando Naamán se hubo bañado siete veces, todas las llagas habían desaparecido. Su carne quedó completamente sana.

“Y volvió al varón de Dios, él y toda su compañía, y púsose delante de él, y dijo: He aquí ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel. Ruégote que recibas algún presente de tu siervo.”

Pero Eliseo no quiso aceptar ningún regalo. Quería enseñarle a Naamán que los dones de Dios no se compran con dinero.

-Sea como tú quieras -dijo por fin Naamán- pero te suplico que per­mitas a mí, siervo tuyo, el llevarme la porción de tierra que cargan dos mu- las porque ya no sacrificará tu siervo de aquí en adelante holocaustos ni víctimas a dioses ajenos, sino sólo al Señor.

-Vete en paz -respondió Eliseo.

Naamán se fué de allí sano y feliz, todo por causa del amor que una joven israelita había sentido por su ama.

Ojalá terminara aquí el relato,- pero debemos ver qué otra cosa sucedió.

Giezi, el criado de Eliseo, había visto los costosos regalos que su amo había rehusado, y decidió obtener parte de aquel presente. Al volverse Eliseo a la casa, Giezi corrió tras el carro de Naamán hasta que lo alcanzó.

Dijo a Naamán que habían llegado a la casa de su amo dos jovencitos que necesitaban mudas de ropa y dinero, y pedía estas cosas a Naamán.

Naamán con gusto le concedió lo que solicitaba. Le dió aún más de lo que le había pedido Giezi, y mandó a dos de sus criados de vuelta con el presente.

-¿De dónde vienes, Giezi? -le preguntó Eliseo cuando hubo vuelto de esconder los regalos.

– No ha ido tu siervo a ninguna parte.

Eliseo sabía que estaba mintiendo. Reprendió severamente a Giezi.

-La lepra de Naamán se te pegará a ti, y a tu descendencia para siempre.

Y sucedió tal como Eliseo lo dijo.

Para terminar nuestra historia vol­vamos a la alegre reunión que debe haber habido cuando Naamán llegó a su casa, y no nos olvidemos de la jovencita que fué la causa de todo. Esperamos que se le haya permitido volver a Israel para ver otra vez a su querido profeta, ¿verdad?

Caudillos de las Escrituras por Marión G. Merkley y Gordon B. Hinckley

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2 respuestas a Naamán, El Leproso

  1. José Colás Jiménez dijo:

    el relato es verídico no una historia o cuento, yo por la intercesión de Naaman ante Jesús, yo se lo pedí espiritualmente, cuando sufría en la piel una infección que no curaba, y al cabo de pocos días desapareció. Me resistía a creer que estaba curado, pero a pesar de que ha pasado mas de un año no tengo ni señal e lo que me parecía ya un tumor. Dios es testigo de lo que digo.

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  2. jose1015 dijo:

    Me gustan mucho sus comentarios

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