Daniel, El Valeroso

Daniel, El Valeroso
“Los que esperan a Jehová . . . correrán y no se cansarán; caminarán y no se fatigarán.”

“Oh Dios:    Extiende tu mano; toca los labios de aquellos de nosotros que tenemos la santa tarea de enseñar y orientar las mentes de la ansiosa juventud. Concede que tengamos palabras de inspiración. Danos paciencia sin igual; prudencia; mentes, corazones y ojos despejados.” — Marguerile Smiles.

El Relato: (Daniel, caps. 12)

Por muchos años los profetas habían amonestado al pueblo del reino de Judá que si no se arrepentían, la iniquidad que entre ellos había sólo los conduciría al cautiverio. Por fin el rey Nabucodonosor de Babilonia se llevó a ciento cincuenta mil de los principales habitantes de Judá a su país como cautivos.

En ese tiempo Babilonia era una ciudad muy grande y poderosa. Los muros que rodeaban la ciudad se extendían por más de cincuenta millas (ochenta kilómetros); y eran tan an­chos que cuatro carros con sus caba­llos podían andar sobre ellos de frente.

En medio de la ciudad había grandes palacios hechos de ladrillos y piedras de diferentes colores, y templos muy grandes adornados con metales y jo­yas preciosas. Unas inmensas puertas de bronce cuidaban la entrada.

La gente de Judá se asombró de ver el tamaño y la hermosura de Babi­lonia. Jerusalén era una aldea al lado de ella. Pero no permanecieron mucho tiempo los cautivos en la ciudad. No tardaron en dividirlos en colonias a lo largo de los ríos Tigris y Eufrates. No los trataron como esclavos porque Nabucodonosor no aborrecía a los ju­díos. Los había llevado a Babilonia porque estorbaban sus planes de con­quistar a todo el mundo occidental. En aquellos días se acostumbraba trasla­dar colonias de las naciones vencidas; muchas veces se mezclaban y se casa­ban con sus conquistadores.

Pero los judíos no se casaron con los babilonios. Establecieron pequeñas colonias judías en donde seguían sus oficios, hacían sus casas y guardaban su manera de adorar. Algunos de ellos llegaron a ser muy ricos; y hubo unos que llegaron a tener mucha in­fluencia en el gobierno de la nación.

Entre los primeros que fueron a dar a Babilonia se encontraba un joven que se llamaba Daniel. Se captó la atención de sus amos por motivo de su inteligencia. De manera que lo mandaron con otros jóvenes judíos al colegio del rey. En la escuela les daban tres años de estudio a fin de prepararlos para que fueran los sabios del rey y sus consejeros.

Era una vida completamente nueva para Daniel y sus compañeros. El y otros tres jóvenes judíos llegaron a ser amigos muy íntimos. Los tres jó­venes recibieron nombres babilónicos en lugar de sus nombres judíos, y los llamaron Sidrac, Misac y Abdénago.

El rey había mandado que diesen a estos jóvenes la mejor carne y el mejor vino de su mesa, a fin de que llegaran a ser robustos y sabios.

Daniel y sus amigos sabían que el Señor les había mandado no comer ciertas cosas; y el vino sólo los em­borracharía. No era como los jugos de frutas a que estaban acostum­brados. Un día Daniel le suplicó al príncipe que los tenía a su cargo, que no los obligara a comer ni beber aquellas cosas porque temían desagra­dar al Señor.

Al principio el hombre tuvo miedo de lo que el rey podría hacer.

-Me temo yo del rey mi señor, que si él llegara a ver vuestras caras más flacas de las de los otros jóvenes él dirá que no os he dado de comer como él me mandó, y seréis causa de que el rey me condene a muerte.

Daniel y sus amigos le suplicaron que les permitiese hacer la prueba por diez días. Durante ese tiempo comerían lo que ellos consideraran prudente, y si al fin del tiempo el príncipe no quedaba satisfecho con su apariencia, ellos comerian lo que el rey mandara. El príncipe sintió sim­patía para con estos jóvenes y con­sintió.

Habiéndose pasado los diez días, el hombre visitó a Daniel y sus tres com­pañeros. Vió que su apariencia era más saludable que la de los demás, de manera que el príncipe siguió dándoles legumbres y las cosas que le pedían. Al fin de los tres años el rey puso a prueba su inteligencia, haciéndoles unas preguntas muy difíciles, y descubrió que estos cuatro jóvenes eran superiores a todos los demás en sabiduría.

Nabucodonosor quedó tan com­placido con su apariencia tan salu­dable y con su sabiduría, que a cada uno de ellos le dió una posición im­portante en su reino, y en la   cual estos jóvenes pudieron ayudar mucho a sus compatriotas.

Una mañana el rey Nabucodonosor despertó muy turbado de su sueño. Durante la noche había tenido un sueño que él juzgó ser muy im­portante,- pero no se acordaba del sueño. El rey inmediatamente mandó llamar a todos los magos y adivinos. Cuando llegaron les refirió lo del sueño, y entonces les mandó que le declararan cuál había sido su sueño y le dieran la interpretación.

Los hombres se vieron los unos a los otros llenos de sorpresa. Posible­mente el rey se estaba chanceando con ellos. ¡A lo mejor se estaba burlando de ellos! Pero el rey no estaba bromeando ni jugando.

-El negocio se me fué -les dijo muy enojado el rey- si sois tan sabios, declaradme el sueño y su interpretación.

Los magos y adivinos tuvieron mie­do cuando vieron el furor del rey. Sabían que no le podían declarar la interpretación si no sabían cuál había sido el sueño.

Por fin el rey dijo que a menos que pudieran revelar el sueño y su interpretación, todos morirían.

Esta amenaza de muerte nada ayudó a los sabios. Se retiraron de la pre­sencia del rey, y éste en su ira mandó que mataran a todos los sabios.

Daniel no había estado en la corte del rey. Cuando oyó lo que el rey había mandado, fué directamente a verlo y sin temor le pidió un poco más de tiempo. Tenía la seguridad de que el Señor le revelaría el sueño y la interpretación. El rey le concedió lo que pidió. Daniel fué a casa y llamó a sus tres amigos. Juntos se pusieron de rodillas y oraron a Dios. Entonces el Señor le mostró a Daniel en una visión lo que rey había soñado, y lo que el sueño representaba.

A la mañana siguiente Daniel dió las gracias al Señor por haber con­testado sus oraciones, entonces fué de prisa al palacio del rey. Primero le suplicó al verdugo que no matara a los sabios, porque ya llevaba la respuesta al rey- Entonces entró en el palacio.

Daniel le dijo al rey que no había mago o sabio que pudiera revelar tales secretos como el sueño, pero que el Señor se lo había mostrado en una visión. Sus palabras, según la Biblia, son éstas:

“Tú, oh rey, en tu cama subieron tus pensamientos por saber lo que había de ser en lo porvenir,- y el que revela los misterios te mostró lo que ha de ser. Y a mí ha sido revelado este misterio, no por sabiduría que en mí haya más que en todos los vivientes, sino para que yo notifique al rey la declaración, y que enten­dieses los pensamientos de tu corazón.

“Tú, oh rey, veías, y he aquí una grande imagen. Esta imagen, que era muy grande, y cuya gloria era muy sublime, estaba en pie delante de ti, y su aspecto era terrible.

“La cabeza de esta imagen era de fino oro,- sus pechos y sus brazos, de plata,- su vientre y sus muslos, de metal; sus piernas de hierro,- sus pies, en parte de hierro, y en parte de barro cocido.

“Estabas mirando, hasta que una piedra fué cortada, no con mano, la cual hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los des­menuzó.

“Entonces fué también desmenuzado el hierro, el barro cocido, el metal, la plata y el oro, y se tornaron como tamo de las eras del verano: y levantó­los el viento, y nunca más se les halló lugar. Mas la piedra que hirió a la imagen, fué hecha un gran monte, que hinchió toda la tierra.”

– Y ésta es la interpretación -continuó Daniel- la imagen repre­senta los reinos de la tierra. Tu reino es el primero, y lo representa la cabeza de oro. Después de ti vendrá un reino que representaron los brazos y el pecho de plata,- éste a su vez caerá ante uno representado por el bronce. Luego vendrá el que fué representado por el hierro. Por último habrá un número grande de reinos, unos débiles y otros fuertes, los que el hierro mezclado con el barro cocido representa. En el tiempo de estos últimos reinos el Dios del cielo establecerá su reino, el cual rodará como la piedra que se desprendió del monte,- todos los reinos de los hombres serán destruidos, pero el reino de Dios seguirá rodando hasta que cubra todo el mundo. Ese fué el sueño, oh rey, así como la interpretación.

(Léase el relato completo en Daniel 2:31-45.)

-Verdaderamente vuestro Dios es el Dios de dioses -dijo el rey- y el Señor de los reyes, y que revela los misterios, pues has podido descubrir esto.

Entonces Nabucodonosor dió cos­tosos regalos a Daniel; fué hecho príncipe de toda la provincia de Babilonia, y se salvaron los magos y sabios. También los tres compañeros de Daniel recibieron grandes honores.

Vemos pues que estos cautivos recibieron grandes honores porque tuvieron el valor de servir al Señor.

Caudillos de las Escrituras por Marión G. Merkley y Gordon B. Hinckley

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