Ester, La Reina Fiel

Ester, La Reina Fiel
“Yo con mis doncellas ayunaré; y así entraré al rey, aunque no sea conforme a la ley; y si perezco, que perezca.”

“El que la vida de su prójimo enriquece
Elogios raras veces necesita:
En la imborrable página del corazón humano,
Su noble tarea ha sido inscrita.”
— Angela Morgan.

El Relato: (El Libro de Ester)

Durante su cautividad, los judíos se vieron esparcidos por muchísimas ciudades. Se llevaron a algunos hasta Susán, una gran ciudad de los persas donde vivía el rey Asuero con su esposa, la reina Vasti. Entre los judíos que vivían en Susán había una joven muy bella que se llamaba Ester. Sus padres habían muerto, y su primo Mardoqueo la había criado.

Mardoqueo era mucho mayor que Ester y la trató como su padre. Un día llegó a casa muy agitado y llamó a Ester para comunicarle una noticia muy importante. Parecía que el rey Asuero había dado un banquete al cual había invitado a todos los prín­cipes del país. El rey había bebido demasiado vino y había mandado que la reina Vasti viniera al salón sin su velo, para que todos sus amigos vieran la belleza de la reina.

La reina no había obedecido, porque decía que era contrario a la costumbre del país presentarse delante de un grupo de hombres con la cara descubierta. El rey se enojó tanto con la reina que mandó que le fuera quitada la corona. Además, poco des- pues, cuando se hubo calmado la ira del rey, se expidió un decreto en el que se mandaba que las jóvenes más hermosas del reino se presentaran en el palacio, y que de entre ellas el rey escogería su reina nueva.

Ester consintió en ir al palacio con las demás doncellas. Su primo le aconsejó que no revelara que era de sangre judía, y ella acordó con él.

Después de haber estado muchos días en el palacio recibiendo instrucciones en cuanto a la manera de portarse y presentarse delante del rey, las jóvenes fueron llevadas de­lante de él. No causó mucha sorpresa la elección de Ester, porque en verdad era una joven muy bella.

Mardoqueo se llenó de alegría. Por supuesto, no podía visitar a Ester, pero ella iba a verlo. El también com­prendió que ella estaba muy contenta, porque el rey la quería mucho.

Un día pasaron dos hombres junto a donde Mardoqueo estaba sentado. Iban hablando muy seriamente y en voz baja, pero Mardoqueo oyó que estaban haciendo planes para matar al rey. Inmediatamente se levantó y fué a dar aviso de ello a Ester. No tardó el rey en recibir la noticia de que Mardoqueo, un judío, había oído que aquellos hombres querían matarlo. Cogieron a los hombres, los declararon culpables y los ahorcaron por haber procurado la muerte del rey. Mar­doqueo ninguna recompensa recibió, aunque su nombre quedó escrito en el libro del rey.

El rey Asuero tenía por consejero a un hombre muy rico y astuto que se llamaba Amán. Toda la gente se humillaba delante de Amán cuando él pasaba por las puertas del palacio, es decir, todos menos Mardoqueo, quien no quería muy bien al astuto de Amán.

Cuando éste vió que Mardoqueo no se humillaba delante de él, se enojó mucho. Mandó espías para indagar quién era. Volvieron con la noticia de que era un judío, y que los judíos sólo ante Dios se postraban.

Amán estudió el problema algunos días, y entonces fué ante el rey con un plan sutil.

“Y dijo Amán al rey Asuero: Hay un pueblo esparcido y dividido entre los pueblos en todas las provincias de tu reino, y sus leyes son diferentes de las de todo pueblo, y no observan las leyes del rey; y al rey no viene provecho de dejarlos.

“Si place al rey, escríbase que sean destruidos; y yo pesaré diez mil talentos de plata en manos de los que manejan la hacienda, para que sean traídos a los tesoros del rey.”

El rey sabía muy poco acerca de los judíos, y no sabía que la reina era de esa raza. De manera que permitió que se mandaran cartas a todas partes, dando órdenes para que en cierto día todos los judíos que había en su reino fueran asesinados.

El pueblo de Judá no podía com­prender porqué se había dado tal orden. Siempre habían vivido en paz entre los persas. Muy cierto, algunos se habían hecho ricos, pero podían entregar sus riquezas a los persas sin necesidad de matar hom­bres, mujeres y niños. Lloraron amargamente por motivo de tal orden, pero no sabían qué podían hacer para impedir su cumplimiento.

Mardoqueo entendió que Amán había sido el responsable. También comprendió que Ester igualmente moriría si no se hacía algo para frustrar los planes del inicuo Amán. Salió a la calle vestido de saco, esparció ceniza sobre su cabeza y lloró amargamente. Ester, oyendo de la tristeza de Mardoqueo, envió un mensajero para que le preguntara la causa. Mardoqueo envió con el criado una copia de la carta de Amán, y también le mandó decir que hablara con el rey y le hiciera saber el plan malvado de Amán de matar a la reina y su pueblo.

Ester tenía varios días de no ver al rey. Sabía que estaba discutiendo asuntos importantes del reino con Amán. También sabía que había una ley que decía que todo aquel que se acercara al trono del rey sin ser llamado, tendría que morir, a menos que el rey extendiera hacia él su cetro de oro.

Era un riesgo muy grande. ¿Qué sucedería si el rey se enojaba con ella por molestarlo mientras discutía los asuntos de su gobierno? Ester quería ayudar a su pueblo, pero tenía miedo de la ira del rey.

Mardoqueo volvió a comunicarse con ella diciéndole que no había tiempo que perder. Entonces Ester le mandó decir:

“Ve, y junta a todos los judíos que se hallan en Susán, y ayunad por mí. . . yo con mis doncellas ayunaré; y así entraré al rey, aunque no sea conforme a la ley; y si perezco, que perezca.”

Mardoqueo hizo lo que Ester le mandó; los judíos se juntaron para pedir a Dios que ayudara a Ester a hallar gracia en los ojos del rey, para que se salvara tanto ella como su pueblo.

Después de ayunar y orar tres días, Ester se puso su ropa más hermosa y entró en la sala real.

Asuero vió a su hermosa reina tímidamente acercarse al trono. Com­prendió que algún asunto muy urgente la había traído, y le extendió su cetro de oro.

“Y dijo el rey: ¿Qué tienes, reina Ester? ¿y cuál es tu petición? Hasta la mitad del reino se te dará.”

Ester no hizo más que invitar al rey y su amigo Amán a cenar con ella ese día. El rey gustosamente aceptó, y Amán se retiró para prepararse para ir al banquete.

Al pasar Amán por la puerta del palacio, vió a Mardoqueo. Se llenó de ira porque aquel judío todavía no quería humillarse delante de él. Al llegar a su casa relató a su esposa y amigos la manera en que Mardoqueo lo insultaba, y ellos le aconsejaron que mandara hacer una horca, y que le pidiera permiso al rey para ahorcar a Mardoqueo en ella.

El banquete fué todo un éxito, pero Ester no le comunicó al rey lo que deseaba, aunque él le rogó que le dijera. No hizo más que pedirle que él y Amán vinieran a otro banquete el día siguiente.

Esa noche el rey no pudo dormir, y mandó a un escriba que le leyera del libro en que estaban escritas las grandes cosas que habían acontecido desde que había subido al trono. Al llegar a lo que estaba escrito de cómo había denunciado Mardoqueo a los que querían matarlo, “dijo el rey: ¿Qué honra o qué distinción se hizo a Mardoqueo por esto? Y respondieron los servidores del rey, sus oficiales: Nada se ha hecho con él.

“Y Amán había venido al patio de afuera de la casa del rey, para decir al rey que hiciese colgar a Mardoqueo en la horca que él le tenía preparada.

Y los servidores del rey le respondie­ron: He aquí Amán está en el patio.

Y el rey dijo: Entre.

“Entró pues Amán, y el rey le dijo: ¿Qué se hará al hombre cuya honra desea el rey? Y dijo Amán en su corazón:  ¿A quién deseará el rey hacer honra más que a mí?

“Y respondió Amán al rey: Al varón cuya honra desea el rey, traigan el vestido real de que el rey se viste, y el caballo en que el rey cabalga, y la corona real que está puesta en su cabeza,- y den el vestido y el caballo en mano de alguno de los príncipes más nobles del rey, y vistan a aquel varón cuya honra desea el rey, y llévenlo en el caballo por la plaza de la ciudad, y pregonen delante de él: Así se hará al varón cuya honra desea el rey.”

Le agradó esto al rey y mandó a Amán que vistiera a Mardoqueo tal como había dicho y le brindara todos aquellos honores mientras lo llevaba por la calle. Amán mismo llevó el caballo del rey sobre el cual Mardoqueo iba sentado, y mientras lo con­ducía, gritaba por toda la ciudad:

-Así se hará al varón cuya honra desea el rey!

Tanto pesar le causó esto a Amán que se le olvidó que estaba invitado al banquete de la reina. El rey lo mandó llamar, y Amán fué aunque ya se le había quitado el hambre. Después de cenar, el rey una vez más le preguntó a Ester qué era lo que deseaba.

“Entonces la reina Ester respondió y dijo: Oh rey, si he hallado gracia en tus ojos, y si al rey place, séame dada mi vida por mi petición, y mi pueblo por mi demanda. Porque vendidos estamos yo y mi pueblo, para ser destruidos, para ser muertos y exterminados.”

El rey se asombró de oír sus pala­bras.

-¿Quién es ése, y qué poder es el suyo, para que se atreva a hacer tales cosas?

-El enemigo y adversario es este malvado Amán- respondió Ester.

El temor se apoderó de Amán, tanto así que no pudo hablar. El rey se levantó enojado y se salió al huerto para decidir lo que iba a hacer. Cuando el rey volvió, Amán pidió misericordia pero de nada le sirvió.

Desde el jardín, el rey podía ver la horca que Amán había mandado hacer. Entonces ordenó que colgaran a Amán en ella. Así murió Amán en la horca que él había hecho levantar para un hombre inocente. Entonces Mardoqueo recibió el puesto que Amán había tenido. Lo primero que hizo fué enviar cartas a todas partes del reino para que no mataran a los judíos.

Hasta el día de hoy los judíos cele­bran ese acontecimiento cada año con una fiesta llamada la Fiesta del Purim.

Caudillos de las Escrituras por Marión G. Merkley y Gordon B. Hinckley

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