Jared y su Pueblo

Jared y su Pueblo
“No era ya más la fe, porque lo supo sin ninguna duda.”

“Duda de quien quieras, pero nunca de ti misma.”
Christian Nestell Bovee

El Relato: (El Libro de Éter)

Pero el Señor también tenía otros pueblos que vivían en otras tierras, a quienes él amaba y comunicaba su voluntad. Estos pueblos también escribieron una historia parecida a la Biblia. Nosotros conocemos esa historia como el Libro de Mormón, y estos pueblos vivieron en las tierras que conocemos como los continentes americanos. De aquí en adelante vamos a estudiar algo acerca de ellos y de su historia.

El primer grupo vino a América hace muchos siglos. Su historia empieza desde el tiempo de la Torre de Babel de que habla la Biblia. Nos acordaremos que después del diluvio el Señor prometió que no volvería a destruir al mundo por medio de diluvios. Pero la mayor parte de los que entonces vivían no tuvieron la fe para creer en las promesas del Señor, y empezaron a construir una torre muy grande, pensando que si venía otro diluvio, podrían subirse a la torre y escaparse de las aguas.

Por no tener el pueblo fe en sus promesas, el Señor se enojó con ellos. Para que no pudieran seguir adelante con su plan inicuo, él cambió su idioma para que no se entendieran los unos a los otros ni pudieran tra­bajar juntos, y también los esparció.

Pero no toda la gente era mala e incrédula. Parece que siempre, a pesar de lo malo que llegan a ser los hombres y las mujeres, hay unos cuantos que tienen el valor y la fe para creer en el Señor y hacer lo que es justo. Había unos cuantos de éstos en la Torre de Babel.

Entre ellos había un hombre llamado Jared, quien amaba y obedecía al Señor. Cuando Jared vió lo que iba a suceder, fué a su her­mano, un hombre que tenía aún mayor fe que la suya y le rogó que suplicara al Señor que no fuese cambiado el idioma de ellos o de sus familias, ni fueran separados el uno del otro.

El hermano de Jared hizo esto con mucha fe,* y el Señor contestó sus oraciones y le concedió sus deseos.

Entonces Jared le dijo a su hermano que le preguntara una vez más al Señor para ver si no los conduciría de aquel lugar de maldad a una tierra nueva en donde pudieran adorar en paz.

El hermano de Jared oró de nuevo con grande fe, y una vez más fué con­testada su oración. Mandósele que él y su hermano juntaran sus familias y se alistaran para viajar, y se les con­duciría a donde habían de ir. En­tonces comenzó uno de los viajes más largos de toda la historia. Cuando salieron de la Torre de Babel, no sabían a dónde iban, pero tenían la fe suficiente para creer que el Señor los conduciría a un lugar nuevo y más bello.

No fué fácil para ellos el viaje. No había caminos por el terreno que atravesaban. Su viaje fué más difícil todavía por motivo de que tenían que llevar consigo toda clase de animales y semillas, desde aves hasta abejas. Debemos comprender que iban a una tierra nueva y no sabían si en aquella tierra habían sido destruidos los ani­males y las plantas en el gran diluvio que había venido en los días de Noé.

Podemos ver en nuestra imagina­ción esta grande caravana viajando lentamente. No podían aventajar mucho en un día por motivo de los ríos que tenían que atravesar, y las cargas que tenían que llevar y los animales que tenían que arrear. Des­pués de un largo y cansado viaje llegaron a la orilla del mar. Pero ahora, ¿qué iban a hacer? y ¿a dónde iban a ir?

El Señor les contestó estas pre­guntas mandándoles que construyeran ocho barcos. Estos barcos fueron de una clase especial. Podían navegar tanto por encima del agua como por debajo de ella, así como nuestros submarinos modernos. En verdad éstos probablemente fueron los primeros submarinos del mundo, pero fueron muy diferentes de los submarinos de nuestros días. Se hicieron estos barcos para llevar a los jareditas a un país donde pudieran adorar a Dios en paz, mientras que los submarinos de nuestros días tienen por objeto des­truir otros barcos y rnatar a los que los navegan.

Pero cuando los jareditas terminaron los ocho barcos descubrieron que ninguna luz había en ellos. Como es natural, tenían miedo de aventurarse a cruzar el extenso océano, sabiendo que estarían sobre él por mucho tiempo, y sin luz en los barcos. Pero, ¿qué iban a hacer?

Pues lo mismo que habían hecho antes. El hermano de Jared, este hombre de mucha fe, subió a una montaña muy alta y fundió de una roca dieciséis piedras pequeñas.

“Y llevándolas en su mano a la cima del monte, clamó allí al Señor, diciendo:

“Yo sé, oh Señor, que tienes todo poder, y que tú puedes hacer cuanto quieras por el bien del hombre. Por lo tanto, toca estas piedras, oh Señor, con tu dedo, y haz que brillen en la obscuridad. .

Respondiendo a esta oración, el Señor tocó las piedras con su dedo, y el hermano de Jared se asombró de ver que “el dedo del Señor, era como el dedo de hombre, como de carne y sangre.” Entonces el Señor hizo una cosa aún más asombrosa. Le mostró al hermano de Jared su cuerpo espiri­tual, el cual tenía la forma del cuerpo del hombre, demostrando que en ver­dad el Señor es en forma igual que un hombre, y no una cosa extensa y sin forma como muchos se suponen.

Después que el Señor hubo tocado las piedras con su dedo, despidieron suficiente luz para que, colocando una en cada extremo de los barcos, tu­vieran luz. Los jareditas, nombre que se dió a esta colonia, ahora estaban listos para emprender el viaje, y metieron en los barcos todas las semillas, plantas, abejas, aves y ani­males.

Deben haber tenido mucha fe para lanzarse de esa manera sobre un océa­no desconocido, sin brújula que les indicara por dónde habían de ir, y sin capitán que les dijera cómo habían de navegar.

Cuando ya estuvieron adentro, se desató una tormenta muy fuerte. El viento sopló con gran fuerza,* se le­vantaron inmensas olas en el mar que echaban a los barcos aquí y allá, pero siempre hacia adelante. Después de un viaje larguísimo de trescientos cuarenta y cuatro días, se calmó la tempestad y abrieron los barcos. Los jareditas entonces contemplaron una hermosa tierra nueva.

El Señor los había conducido a América, un lugar donde nadie más vivía, una tierra nueva en la cual no había iniquidad. Allí podrían estable­cerse y adorar a Dios, y prosperar y hacerse fuertes. El Señor les dijo que aquél era un país escogido sobre todos los demás de la tierra. También les declaró que lo había apartado para aquellos que vivieran en justicia y lo sirvieran a él. Añadió también que si se entregaban a la iniquidad o mal­dad, serían destruidos.

Con razón los jareditas se regocija­ron después de su largo viaje. Se acor­daron de la maldad y contiendas de aquellos entre quienes habían vivido, y cómo habían desperdiciado su tiem­po y medios en la construcción de la gran torre, y vieron que gozaban de mayor paz y felicidad cuando servían al Señor.

Después de venir a este nuevo mundo, los jareditas vivieron como el Señor quiere que todo su pueblo viva. No eran ni envidiosos ni egoístas. Nadie trataba de llevarse lo que no le pertenecía. No robaban, ni mentían, ni mataban. Jared y su hermano, el profeta, los guiaron e instruyeron, y todos adoraban al Señor. El resultado de esto fué que todos gozaron de mucha felicidad. Cada cual tenía cuanto necesitaba. Vivían juntos en paz, y aumentaron en números y en riquezas.

Pero con el tiempo Jared y su hermano, el gran profeta, enve­jecieron,- todos sabían que ya no iban a vivir mucho. De modo que el pueblo, deseando tener un caudillo, pidió un rey. Jared y su hermano sabían que los reyes podían ser malos, imponer gravosas contri­buciones sobre el pueblo y hacerles la vida muy pesada. Hicieron ver esto al pueblo y le aconsejaron que no tuviese rey.

Pero el pueblo no quiso aceptar el consejo de estos hombres de expe­riencia, e insistieron en que se les diera un rey. De manera que el hijo más joven de Jared fué proclamado rey. Poco después de esto murieron Jared y su hermano.

Todo estuvo en paz por algunos años. El hijo de Jared reinó con prudencia. Se acordaba de la bondad del Señor, y cómo los había traído a través del océano hasta esa tierra. Sentía el agradecimiento en su cora­zón y quería que todos expresaran su gratitud. Pero el pueblo no iba a tardar en ver que no todos los reyes son iguales. Después de la muerte de esie buen rey lomó su lugar otro que se llamaba Kib.

Kib íambién íué un rey muy bueno, pero de los dos hijos que tenía, uno de ellos era celoso, egoísta y envi­dioso. Este se llamaba Corihor. No estaba satisfecho con que su padre fuera rey, sino que él mismo quería reinar. Parece que nada le importaba la oración o vivir como el Señor lo mandaba. No pensaba sino en sí mismo, y cuando un individuo em­pieza a pensar únicamente en sí mismo siempre resultan dificultades.

No dilató Corihor en empezar a causar contrariedades. Sutilmente juntó un buen número de hombres, los dis­ciplinó y formó un ejército. Entonces repentinamente le hizo la guerra a su padre, lo tomó cautivo y conquistó el país. Pero el hermano de Corihor, que amaba a su padre, juntó un ejército y salió contra Corihor. No tardó el país en verse envuelto en una guerra civil.

En donde la paz había reinado y la nación entera había estado adorando al Señor, todos ahora estaban luchan­do unos contra oíros. Todos sufrieron, incluyendo las mujeres y los niños, y había aflicción en todo el país.

La mayor parte de nosotros tenemos que sufrir aflicción para poder aprender a evitar los errores. Sucedió lo mismo con los jareditas. Después de haberse cansado y fatigado de tan­tas batallas, y de haber visto que de ambos lados habían muerto sus seres queridos, comprendieron su ton­tería. Se arrepintieron de sus maldades y le pidieron perdón al Señor.

Otra vez fueron contestadas sus oraciones. Aunque hayamos pecado, el Señor nos perdonará si nos arre­pentimos sinceramente. Vino la paz otra vez, así como el sol que sale des­pués de una terrible tempestad. Llega­ron a prosperar y a tener las comodi­dades de antes, y continuaron en estas condiciones algunos años. Pero con el tiempo los hijos se olvidaron de las lecciones que los padres habían aprendido a tan duras penas. Al hacerse ricos se llenaron de orgullo y vanidad. Aunque tenían cuanto necesitaban, querían más, y trataban de apoderarse de ello aunque tuvieran que robarlo.

Cuando las naciones o los indi­viduos se olvidan del Señor y dedican su tiempo entero a buscar riquezas, siempre les sobrevienen calamidades. Uno de los jareditas que se llamaba Ether sabía esto. Este hombre era también un profeta. En esos días el rey o caudillo del pueblo era un hom­bre que se llamaba Coriántumr. El Señor mandó a Ether que amonestara a Coriántumr que se arrepintiera, porque era un hombre muy malo.

Ether hizo lo que el Señor le mandó, y le prometió a Coriántumr que si él y su gente dejaban de hacer lo malo, el Señor los perdonaría, los protegería y los bendeciría.

Entonces Ether declaró a Coriántumr que si no se arrepentía, toda su casa sería destruida, salvo él. Dijo que el pueblo de Coriántumr moriría, y que él solo quedaría vivo para ver des­truida su gran nación, y otro pueblo que vendría para habitar aquel país escogido.

Pero Coriántumr era un hombre orgulloso y vanidoso, así como lo era su pueblo. En lugar de arrepentirse, trataron de echar mano de Ether para matarlo, y éste tuvo que huir y escon­derse en el hueco de una piedra.

El pueblo aumentó en su iniquidad. Se levantó un caudillo llamado Shared que trató de matar a Coriántumr, pero en vez de eso, él murió. Las con­diciones llegaron a tal estado que los hombres constantemente necesi­taban tener la espada en una mano para defender sus posesiones. No dilató esta grande nación en dividirse en dos grupos contrarios.

Se persiguieron los unos a los otros hasta que llegaron a un cerro llamado Rámah, que más tarde llegó a ser conocido como el cerro de Cumora. En ese lugar se libraron unas batallas grandes y terribles. Todos murieron salvo Coriántumr, quien anduvo errante hasta que lo encontró otro pueblo que había venido para vivir en este país que su nación había per­dido por causa de sus maldades.

La profecía de Ether a Coriántumr se había cumplido, así como lo que el Señor había dicho a los jareditas cuando llegaron a este país por la primera vez. Les había prometido que si lo servían llegarían a ser una nación muy grande, y prosperarían. Pero también les advirtió que si no guarda­ban sus mandamientos, serían des­truidos. La nación que el Señor había bendecido se olvidó de él, y con eso habían traído sobre sí la muerte y la aflicción.

Caudillos de las Escrituras por Marión G. Merkley y Gordon B. Hinckley

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