Job, el Paciente

Job, el Paciente
“Jehová dió, y Jehová quitó: sea el nombre de Jehová bendito.”

“Paz no significa el fin de nuestro afán, ni la felicidad el enjugarse las lágrimas: paz es el poder que viene a las almas que llegan a la luz donde Dios mismo está presente.”
Studdert — Kennedy.

El Relato: (El Libro de Job)

No sabemos precisamente en qué tiempo vivió Job, pero sí sabemos que fué en una tierra que se llamaba Hus, que probablemente se hallaba en el país de los caldeos, donde se encon­traba la ciudad de Babilonia. Es posible que haya estado viviendo allí durante el tiempo de la cautividad de los judíos, pero de eso no estamos seguros.

Job era un hombre muy rico. Tenía miles de camellos, asnos, ovejas, Cabras y         ganado. Tenía      muchos criados que cuidaban de sus propie­dades y animales. Tenía también una esposa muy buena y diez bellos hijos, siete hombres y tres mujeres.

Con razón eran felices Job y su familia. Aparte de eso, servían fiel­mente a nuestro Padre Celestial, haciendo solamente aquellas cosas que sabían que le agradaban a él.

Por supuesto, los vecinos de Job adoraban ídolos,* la mayor parte de ellos adoraban el sol, la luna o algún otro objeto que Dios había creado, en lugar de adorar al Creador. Mientras sus vecinos adoraban sus dioses extraños de oro, plata, piedra o madera, Job levantaba sus altares para sacrificar sobre ellos bueyes o corderos tal como Abrahán, Noé y nuestro primer padre Adán lo habían hecho. Toda la familia de Job se juntaba alrededor del altar, y poniéndose todos de rodillas, le pedían al Padre que les perdonara sus pecados y los bendijera a fin de que pudieran servirlo con más diligencia en lo futuro.

Aunque los vecinos de Job con frecuencia se reían de él porque ofrecía sus sacrificios a un Dios que no podían ver, todos lo honraban y lo respetaban. La gente pobre lo amaba a causa de las cosas que él les daba, y todos los niños salían a recibirlo cuando llegaba a sus aldeas.

Después que los hijos de Job se casaron y se fueron a vivir a sus propias casas, él siguió ofreciendo sacrificios a Dios por ellos, así como siempre lo había hecho, porque quería que el Señor los siguiera bendiciendo y ayudando a hacer lo bueno.

El Señor oyó las oraciones de Job y lo bendijo. Dios amaba mucho a Job por ser él un hombre tan bueno. Pero Job tenía un enemigo,* éste es enemigo de todo aquel que trata de hacer lo bueno. Se llama Satanás, y a veces se le dan otros nombres, por ejemplo, el diablo, “padre de las mentiras,” etc.

Un día nuestro Padre Celestial oyó la voz de Satanás*.

“¿Teme Job a Dios de balde? ¿No le has tú cercado a él, y a su casa, y a todo lo que tiene en derredor? Al trabajo de sus manos has dado ben­dición,* por tanto, su hacienda ha crecido sobre la tierra. Mas extiende ahora tu mano, y toca a todo lo que tiene, y verás si no te blasfema en tu rostro.”

El Señor no quiso creer a Satanás, porque sabía que Job era un buen hombre. Pero entonces Satanás empezó a causarle muchas dificultades a Job. Incitó a hombres de otras tierras quienes se robaron todos sus camellos, ovejas y ganado. Aparte de robarse iodos los animales, mataron a sus criados. Entonces Satanás mandó una terrible tormenta que hizo pedazos la casa en donde los hijos y las hijas de Job estaban cenando; todos murieron.

¡Pobre de Job! La noticia de esta tragedia casi le destrozó el corazón. Rasgó sus vestidos, se vistió de saco y cayó sobre su rostro llorando amarga­mente. Pero Job siguió alabando a Dios como siempre.

Satanás se vió frustrado; y cuando el Señor le indicó que aquello no ha­bía apartado a Job del Señor, el diablo le respondió que iba a descubrir la manera de desviar a Job del sendero de la justicia. Entonces ideó nuevos y más graves sufrimientos para el pobre de Job.

Poco después el cuerpo de Job se empezó a llenar de llagas grandes, repugnantes y sumamente dolorosas. Causaban gran asco con sólo verlas. La esposa de Job dijo que era mejor que él muriera y dejara de sufrir tanto.

En aquellos días la gente creía que los males venían sobre uno por causa de sus pecados. Se decía que Dios mandaba castigos sobre los pecadores. Los vecinos de Job comenzaron a decir que él había cometido algún pecado terrible y que Dios lo estaba castigan­do de esa manera. Tres de los amigos ricos de Job fueron a verlo. Tenía la cara y el cuerpo tan cubiertos de llagas que sus amigos apenas lo cono­cieron. Cuando se hubieron conven­cido que aquél era realmente su amigo Job, los tres hombres se sentaron en el suelo cerca de él. Por varios días no dijeron ni una sola palabra, esperando poder consolar a su amigo con su presencia. Se convencieron de que Job estaba ocultando algún horrendo pecado, y que por eso lo estaba cas­tigando el Señor. Así que no trataron de consolarlo. Cuando por fin habla­ron, le aconsejaron que confesara sus pecados y no tratara de esconderlos del Señor. Esto sólo hizo que Job se entristeciera más.

Job no sabía qué pecado tenía que confesar. Amaba al Señor y seguía alabándolo aun cuando sus amigos lo instaban a que se arrepintiera. Por fin uno de los hombres le aconsejó que blasfemara el nombre de Dios, y con esto se enojaría tanto el Señor que le quitaría la vida. De esta manera podrían terminar sus sufrimientos.

Pero ninguna de estas sugestiones debilitó la fe de Job. Dijo que aunque se le cayera la carne del cuerpo a pedazos, sabía que algún día resuci­taría y vería a su Padre Celestial.

Los hombres le recordaron la pér­dida de su propiedad y la muerte de sus hijos e hijas, pero Job les res­pondió:

“Jehová dió, y Jehová quitó: sea el nombre de Jehová bendito.”

Satanás había fracasado en su intento de apartar a Job del Señor.

Entonces Dios recompensó a Job por su paciencia y sufrimientos. Le habló el Señor y le dijo que había quedado muy complacido porque él había sido fiel a Dios a pesar de todas sus aflicciones.

Cuando el Señor se hubo apartado, las llagas de Job desaparecieron,- su cuerpo sanó y recobró su fuerza. En­tonces empezaron a descender las ben­diciones sobre Job, el siervo fiel. Se enriqueció otra vez, aun el doble de lo que había sido antes que Satanás tratara de hacerlo caer. El Señor le volvió a dar siete hijos y tres hijas. No hubo mejores jóvenes en la tierra que estos siete hijos, “y no se hallaba mujer tan hermosa como las hijas de Job en toda la tierra.”

Job vivió hasta llegar a ser un hombre muy anciano. Pasó sus últimos días gozando de salud cabal; se vió rodeado de cuantos lujos se podían comprar con dinero. Todos cuantos lo conocían lo respetaban por su generosidad, porque repartía de sus bienes a cuantos se hallaban necesi­tados.

¡Qué hombre tan noble fué Job! Ni las tristezas ni la aflicción pudieron hacer que dejara de adorar a Dios.

Caudillos de las Escrituras por Marión G. Merkley y Gordon B. Hinckley

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