Lehi y su Familia

Lehi y su Familia

“Yo iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin que les prepare la vía antes por la cual puedan cumplir su mandato.”

“El secreto de la felicidad consiste no en hacer lo que a uno le gusta, sino en gustarle lo que tiene que hacer.”
-James M. Barry.

El Relato: (1 Nefi, caps. 1-18; 2 Nefi 5)

Muchos siglos después de la des­trucción de la Torre de Babel y la venida de los jareditas a América, vivió en la gran ciudad de Jerusalén un profeta que se llamaba Lehi. Vivió en los días del profeta Jeremías, y probablemente lo conoció. En aquel tiempo Jerusalén era una ciudad muy mala. La gente que vivía allí estaba cometiendo toda clase de pecados. El Señor estaba enojado con ellos, así como se disgusta con todo aquel que hace lo malo.

Por lo tanto, le mandó a Lehi que fuera entre el pueblo y proclamara el arrepentimiento, diciéndoles que si no se arrepentían de sus pecados, la gran ciudad de Jerusalén sería destruida y sus habitantes serían llevados cautivos.

Lehi hizo lo que se le mandó, pero el pueblo sólo se rió de él. Esto no lo desanimó, sino que siguió predi­cando. Pero en lugar de escucharlo, se enojaron con él, y por último tra­taron de matarlo, así como la gente mala ha matado a los profetas de Dios en todas las edades, aun en la nuestra.

Pero antes que pudieran poner por obra sus planes inicuos, el Señor advirtió en un sueño a Lehi que saliera de Jerusalén. Había de llevar consigo a su familia, junto con sus provisiones y tiendas,- pero tendrían que dejar atrás todas sus riquezas.

Aparentemente Lehi era un hombre rico. Indudablemente tenía una buena casa, así como tierras y ganado, oro y plata y muchas otras cosas preciosas. Pero más importante que cualquiera de estas cosas, tenía la fe y el valor para hacer lo que él consideraba recto.

De manera que contó a su familia lo que tenía pensado hacer y se pre­paró para salir. Pero los dos hijos mayores no querían irse. No les agradó la idea de dejar todas las comodidades que conocían. A pesar de eso, todos salieron de Jerusalén sin saber a dónde iban. Pero su padre Lehi tenía la fe suficiente para creer que el Señor los guiaría.

La familia se componía del padre, la madre y cuatro hijos, cuyos nombres eran Lamán, Lemuel, Sam y Nefi. No tenían mucho de haber viajado por el desierto, cuando el Señor le mandó a Lehi que hiciera volver a sus hijos a Jerusalén para obtener de un hombre llamado Labán una historia de su pueblo.

Esta historia era de mucha impor­tancia. Contenía los nombres de los antepasados de Lehi, y revelaba que él era descendiente de José, aquel que fué vendido en Egipto, por el linaje de Manasés, hijo mayor de José. Esto quería decir que eran del pueblo escogido del Señor,- que de una manera especial se requería que ellos vivieran rectamente, y que si vivían en justicia, recibirían las grandes bendiciones que Jacob había prome­tido a los hijos de José y sus descen­dientes.

También se hacía necesario que consiguieran esos anales para que aquellos que nacieran en siglos futuros tuvieran un conocimiento del lenguaje y la historia de su pueblo.

Cuando Lehi les dijo a Lamán y Lemuel, los hijos mayores, que ten­drían que volver por las planchas, se enojaron. Se quejaron de que su padre les exigía una cosa difícil e injusta. Estas palabras deben haber desanimado a Lehi, pero quizá él ya estaba acostumbrado a sus modos rebeldes, porque siempre se oponían a todo que se les mandaba hacer.

Entonces Lehi comunicó a Nefi lo que deseaba. Nefi sabía que no sería fácil obtener las planchas de Labán, pero en lugar de quejarse, dijo:

“Yo iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres, sin que les prepare la vía antes, por la cual puedan cumplir su mandato.”

Por supuesto, estas palabras llenaron a Lehi de gozo, así como a nuestros padres les da mucho gusto cuando los obedecemos sin murmurar.

Sam probablemente era del mismo parecer que Nefi, aunque no se nos dice mucho acerca de él. Los cuatro jóvenes se dirigieron a Jerusalén. Al llegar a la ciudad echaron suertes para ver quién debería ir a la casa de Labán, porque habían decidido que sería mejor que fuera uno solo y no todos los cuatro. La suerte cayó sobre Lamán,* pero cuando llegó a la casa de Labán y le hizo saber lo que quería, éste se enojó con Lamán. Lo llamó un ladrón y lo hizo huir de la casa.

Cuando llegó a donde estaban sus hermanos, todos se afligieron en ex­tremo, “y mis hermanos (Lamán y Lemuel) -dice Nefi en su relato- estaban a punto de volver a mi padre en el desierto. Pero, he aquí, yo les dije: Como vive el Señor, y como nosotros vivimos, no volveremos a nuestro padre sin que cumplamos antes lo que el Señor nos ha man­dado.”

Entonces sugirió que volvieran a la casa de su padre en la ciudad, que recogieran el oro y plata que habían dejado allí, y lo llevaran a Labán, ofreciéndoselo a cambio de las planchas.

Así lo hicieron. Mas cuando Labán vió aquellas cosas preciosas, llamó a sus siervos y les mandó que mataran a los jóvenes para apoderarse del tesoro.

Al huir, los jóvenes tuvieron que abandonar todo su tesoro, y cuando llegaron a los muros de la ciudad no tenían ni las planchas ni su oro o plata. Tanto se enojaron Lamán y Lemuel que empezaron a golpear a Sam y Nefi con una vara.

“Y aconteció que cuando ellos nos golpeaban con la vara -sigue dicien­do Nefi- he aquí, que apareció un ángel del Señor, y se puso ante ellos, diciéndoles: ¿Por qué golpeáis a vuestro hermano menor con una vara? ¿No sabéis que el Señor le ha escogido para ser vuestro jefe, a causa de vuestras iniquidades? He aquí, os digo que volváis a Jerusalén, y el Señor pondrá en vuestras manos a Labán.”

Aunque un ángel se lo había man­dado, Lamán y Lemuel aún no querían volver a Jerusalén. Por último, Nefi los convenció que lo acompañaran a los muros de la ciudad. Allí los dejó y él solo entró en la ciudad y se dirigió a la casa de Labán.

Al acercarse a la casa de Labán, Nefi vió a un hombre borracho que estaba tirado en el suelo. Se acercó a él y vió que era Labán. Cuando se dió cuenta de quien era, el espíritu del Señor lo indujo a que tomara la espada del hombre y lo matara.

“Pero dije en mi corazón -nos relata Nefi- yo nunca he vertido sangre humana,* y me contuve no de­seando matarle. Pero el Espíritu me habló de nuevo, diciendo: He aquí que el Señor destruye a los malvados para que se cumplan sus justos designios. Vale más que perezca un solo hombre, que no dejar perecer a toda una nación en la incredulidad.”

En estas condiciones, Nefi no tuvo más recurso. Mató a Labán y se puso su armadura. Entonces hallando al siervo de Labán, le mandó que trajera las  planchas  y lo siguiera. Creyendo que  aquél  era su  amo, el  criado  lo obedeció.  Trajo  las  planchas,  y juntos se acercaron a los muros de la ciudad. Cuando los hermanos de Nefi los vieron, creyeron que era Labán y echaron a correr.

Nefi les gritó, diciéndoles que no tuvieran miedo. Pero cuando el criado, que se llamaba Zoram, descubrió que aquél no era su amo, se asustó y quiso correr, pero Nefi lo detuvo.

Después de decirle a Zoram lo que iban a hacer, éste consintió en acom­pañarlos.

Como los muchachos habían estado ausentes algún tiempo, su madre tenía miedo que hubieran muerto, y su padre también estaba con mucho cuidado. Grande pues fué el gozo que reinó entre ellos al volverse a juntar, no sólo porque habían vuelto sin novedad a sus padres, sino porque Nefi, mediante su fidelidad, había hecho lo que el Señor había mandado y había obtenido los anales sagrados.

Guiados por el Señor “Por pequeños medios el Señor puede realizar grandes cosas.”

Malo será el día para todo hombre cuando quede absolutamente conforme con la vida que lleva, con los pensamientos que piensa, con las cosas que hace,- cuando no esté constantemente llamando a las puertas de su alma algún gran deseo de hacer algo mayor, que él sabe fué el objeto de su creación, pues, a pesar de todo, es un hijo de Dios.”  —Phillips Brooks.

Poco después que los hijos de Lehi volvieron a sus padres en el desierto, el Señor mandó a Lehi que los hiciera volver a Jerusalén de nuevo. Pero esta vez no iban a volver por anales, sino para persuadir a otra familia que los acompañara. Bajo la dirección del Espíritu del Señor, buscaron a un hombre que se llamaba Ismael, padre de varias hijas. Ismael era también descendiente de José, por el linaje de su hijo menor, Efraín. Era necesa­rio que los hijos de Lehi se casaran con mujeres de su propia raza y creencias.

El Señor siempre ha deseado que los de su pueblo se casen con personas de su misma religión. Así lo desea el Señor en estos días, y así fué en los días de Lehi. Ismael y su familia tenían la misma opinión.

Por medio del Espíritu del Señor, los hijos de Lehi pudieron persuadir a Ismael y su familia que los acom­pañasen. Pero a corta distancia de allí, Lamán, Lemuel, dos de las hijas y dos de los hijos de Ismael no quisieron seguir más adelante. Deseaban regresar a Jerusalén.

Nefi hizo cuanto pudo para con­vencerlos que no volvieran a aquella ciudad inicua. Pero sus palabras sólo les causaron enojo. Como no dejaba de amonestarlos, se resolvieron a matarlo. Lo cogieron y lo ataron a un árbol, y le dijeron que lo iban a dejar allí para que se muriera de hambre.

Pero Nefi oró al Señor, suplicándole que lo soltara de aquellas ligaduras que lo tenían atado. Su oración fué contestada y las cuerdas cayeron al suelo. Uno pensaría que después de esta manifestación milagrosa Lamán y Lemuel tendrían miedo de seguir atormentando a su hermano. Pero en lugar de eso, se enojaron aún más y se echaron encima de él para casti­garlo más severamente,- pero entonces una de las hijas de Ismael intervino, suplicando que le perdonaran la vida.

Con tanto ahinco les suplicó que por fin se arrepintieron los hermanos y pidieron perdón. Nefi gustosamente los perdonó, pero, como veremos más adelante, su espíritu de arrepenti­miento no duró mucho. Sin embargo, la compañía pudo seguir adelante sin más contratiempos, y por último llegó al lugar donde estaban Lehi y su esposa. Entonces se prepararon para seguir su viaje por el desierto.

No sabían qué rumbo iban a tomar, pero no tardó en quedar resuelto ese problema. La mañana del día en que iban a emprender su viaje, al salir Lehi de su tienda, vió en el suelo una esfera de bronce muy curiosa. Tenía dos agujas o manecillas, y una de ellas les indicaba el camino que habían de tomar.

Sin embargo, poco después des­cubrieron que ésta era una brújula extraordinaria. Sólo trabajaba cuando no había contiendas o dificultades en el campamento. Cada vez que se quejaban Lamán o Lemuel, o aparecía en el campamento cualquiera forma de maldad, la esfera no les enseñaba el camino que debían seguir.

También en otro sentido era una esfera muy rara. De cuando en cuando aparecía escritura sobre ella, indicán­doles lo que habían de hacer.

A poco tiempo de viajar hubo dificultad. Para poder conseguir ali­mento, los hombres salían a cazar con arcos y flechas. Sus arcos eran de acero, y uno por uno fueron per­diendo su elasticidad, hasta que sólo el arco de Nefi quedaba en buena condición. Y un día mientras Nefi andaba cazando, quebró su arco.

¿Qué iban a hacer ahora? Estaban en el desierto, fatigados y sin ali­mento. Lo primero que hace uno cuando se siente cansado y con hambre, es quejarse,- y así fué con la familia de Lehi. Hasta el padre, al ver la gravedad de la situación en que estaban, empezó a murmurar. Aparentemente Nefi fué el único que no murmuró. Al contrario, se puso a trabajar e hizo un arco de madera. También alistó una honda y juntó unas piedras. Armado con estas cosas le  suplicó  a   su   padre  que   preguntara al Señor dónde había de ir para cazar.

Coniesíando sus oraciones, la aguja de la esfera señaló hacia una mon­taña. Nefi subió, y con la ayuda de sus armas pudo matar suficientes ani­males para llevarles qué comer a sus familiares.

Después de un largo y cansado viaje, el grupo llegó a la orilla del mar. Entonces el Señor le mandó a Nefi que construyera un barco. Aunque jamás había hecho esa clase de trabajo, Nefi empezó la obra con la confianza de que el Señor lo ayudaría. Por supuesto, necesitaba la ayuda de sus hermanos en semejante obra. Pero no hicieron más que murmurar y reírse de él.

— Nuestro hermano está loco -de­cían ellos – él se imagina poder construir un buque,* y piensa tam­bién, que con él va a atravesar estas grandes aguas.

Esta actitud por parte de sus her­manos llenó a Nefi de tristeza. Pero sus hermanos sólo siguieron que­jándose en contra de él, diciendo que se parecía a su padre, dejándose llevar por la loca imaginación de su corazón. Le recordaron los muchos años que habían sufrido en el desierto, cuando bien podían haber estado viviendo cómodamente en Jerusalén.

Nefi quiso corregir esa actitud, pero cuanto más les hablaba, tanto más se enojaban. Por fin se enojaron tanto que se adelantaron hacia él para echarlo al mar.

“Pero en el momento en que se acercaban -dice Nefi en su relató­les hablé, diciendo: En el nombre del Dios Todopoderoso, os mando que no me toquéis, porque estoy lleno del poder de Dios. … y cualquiera que ponga sus manos sobre mí, se secará como una caña seca.”

Al oír estas palabras se llenaron tanto de temor que no se atrevieron a tocarlo. Pero más se llenaron de miedo cuando Nefi extendió su mano y causó que sus cuerpos temblaran por el poder del Señor.

Después de esta experiencia, recono­cieron que Nefi tenía el Espíritu de Dios, y consintieron en ayudarle a construir el barco.

Cuando quedó terminado el barco, todos entraron en él. Entonces se levantó un viento que los llevó sobre el océano por muchos días. Pero de nuevo surgieron las dificultades. Lamán y Lemuel y sus compañeros em­pezaron a bailar, y a cantar, y a decir groserías. Nefi trató de persuadirlos a que no hicieran tal cosa, pero se esta­ban divirtiendo mucho y no querían que él los interrumpiera.

“Se irritaron entonces contra mí – continúa   Nefi – diciéndome: No queremos que nuestro hermano menor sea nuestro jefe.

“Y aconteció que, apoderándose de mí, Lamán y Lemuel me ataron con unas cuerdas, y me maltrataron dura­mente.”

Pero no tardaron en descubrir que la esfera dejó de funcionar, y no sabían por dónde dirigir el buque. Entonces se levantó una furiosa tem­pestad que duró cuatro días, aumen­tando en fuerza cada día, hasta que todos creyeron que iban a morir aho­gados. No fué sino hasta entonces que los hermanos malvados de Nefi soltaron las cuerdas que lo tenían atado, dejándole las muñecas y los tobillos hinchados y adoloridos.

Nefi tomó la esfera en sus manos, y ésta empezó a funcionar. Entonces oró a Dios y la tempestad se calmó. Desde ese día Nefi navegó el barco.

Después de un largo viaje llegaron a tierra, y por supuesto todos se llenaron de emoción. ¿Y por qué no? Allí delante de ellos estaba la Tierra Prometida acerca de la cual el Señor había hablado a Lehi – la misma Tierra Prometida a la cual los jareditas habían llegado siglos antes.

En este nuevo país encontraron tierras fértiles, muchos animales útiles y metales preciosos. Allí en esa tierra podrían crecer en justicia y ser un   pueblo  poderoso  si  servían al Señor. Lehi murió poco después, pero llegó a ver su fe recompensada.

Mientras tanto, la ciudad de Jeru­salén había sido destruida y sus habitantes llevados cautivos, así como Lehi, Jeremías y otros lo habían anun­ciado, mientras que aquellos que habían venido con Lehi se encon­traron sobre un país que había sido escogido sobre todos los demás países del mundo.

Los buenos se apartan de los malos “Bueno es el ser instruidos, si oyeren los consejos de Dios.”

“No hay cosa más fácil que hallar faltas; ningún talento, abnegación, intelecto, rasgo de carácter precisa tener el quejumbroso.”
-Robert West.

Cuando Lehi desembarcó en la nueva tierra de América, ya tenía seis hijos,- dos de ellos habían nacido en el camino. Los nombres de los hijos eran los siguientes: Lamán, Lemuel, Sam, Nefi, Jacob y José. Ya sabemos algo acerca de la clase de personas que eran Lamán y Lemuel, los dos mayores. Constantemente se estaban quejando. Querían hacer todo a su gusto, y no tenían deseos de cooperar. Y parece que siempre escogían lo malo en lugar de lo bueno.

Los otros hijos, y especialmente Nefi y Jacob, parecen haber sido iodo lo contrario. Consideraban las cosas desde otro punto de vista. Cuando tenían que escoger entre lo bueno y lo malo, siempre escogían lo bueno. Trabajaban con su padre, y cuando él quería que hicieran algo, por muy difícil que pareciera, siempre estaban dispuestos para intentarlo.

A causa de la diferencia en sus actitudes, no se pudo evitar la con­tienda. Ya hemos estudiado acerca de algunas de sus dificultades. Estas aumentaron cuando llegaron a la tierra nueva. Ni a Lamán ni a Lemuel les parecía bien nada de lo que Nefi hacía, y Nefi se afligía mucho por causa de la actitud de sus hermanos. Sabía que estaban perjudicándose más a sí mismos que a cualquier otro cuando se portaban de ese modo, y procuró de cuantas maneras le fué posible, hacer que se arrepintieran y llevaran otras vidas. Pero no con­seguía sino hacer que se enojaran más contra él.

Por supuesto, esto entristecía mucho a Lehi. Era un siervo de Dios, y no quería que sus hijos hicieran lo malo. Pero no podía hacer mucho, porque para este tiempo ya estaba muy anciano. Poco después murió, y surgió el problema de quién iba a dirigir el pueblo.

Naturalmente, Nefi no quería que Laman y Lemuel fueran los directores, porque sabía que conducirían al pueblo a la iniquidad, y se llegaría el tiempo en que habría tanta maldad que se destruirían los unos a los otros así como lo habían hecho los jareditas. Por otro lado, Lamán y Lemuel recla­maban el derecho de dirigir, puesto que ellos eran los mayores.

-Nuestro hermano menor piensa en gobernarnos – decían entre sí – por lo tanto, matémosle para que no estemos más afligidos a causa de sus palabras.

Pero el Señor le avisó a Nefi que sus hermanos pensaban matarlo. Era claro que Nefi no podía hacer que sus hermanos se volvieran de su malos caminos, y si él y los que creían igual que él se quedaban entre ellos, quizá no conocerían sino aflicciones y ellos mismos podrían caer en tentación. Por tanto, hicieron lo que los buenos han hecho repetidas veces en la historia del mundo: juntaron sus posesiones y amigos y se separaron de sus malos compañeros.

Nefi se puso a la cabeza de este grupo, acompañándolo Zoram, Sam, Jacob, José y sus hermanas y sus familias, y iodos aquellos que creían en él. Caminaron muchos días por el desierto hasta llegar a un lugar que les gustó mucho. Se resolvieron a establecerse allí, y dieron al lugar el nombre de Nefi.

Ahora estaban solos, lejos de las murmuraciones y malos hábitos de Lamán, Lemuel y sus compañeros, y no había razón alguna que les impidiera obedecer los mandatos del Señor.

Nefi enseñó el evangelio a aquellos que estaban con él: que se amaran los unos a los otros, que fueran honrados, que trabajaran industriosamente e hicieran lo bueno a iodo tiempo para que pudieran ser un pueblo feliz. También les enseñó a no desperdiciar su tiempo, sino que deberían sembrar sus cosechas y cultivarlas, y cuidar sus hatos y rebaños, a fin de que pudieran prosperar en el país.

Bajo la inspiración del Señor, les enseñó a construir edificios para que no tuvieran que vivir en tiendas. Les enseñó a labrar la madera, el hierro, el cobre, bronce, acero, oro y plata. En otras palabras, llegaron a ser lo que nosotros llamamos un pueblo suma­mente civilizado.

Y en todo esto no se olvidaron del Señor, porque edificaron un hermoso templo. Lo construyeron según el modelo del templo de Salomón en Jerusalén, y aunque no con tanto lujo, fué una obra hermosa. Ahora ya tenían un lugar donde podían adorar al Señor.

Vamos a ver qué estaba sucediendo entre los del grupo de Lamán y Lemuel mientras tanto. Así como los que siguieron a Nefi llegaron a ser conocidos como nefitas, en igual manera los que siguieron a los her­manos mayores llegaron a ser conoci­dos como tamañitas. Pero éstos vivían de un modo completamente diferente del de los nefitas. Se volvieron más malos que antes. Se olvidaron de Dios. Sus corazones se hicieron como piedras. Perdieron cuanta generosidad, bondad y amor puede existir en el corazón. Habían sido un pueblo blanco y agraciado, pero por causa de sus maldades, el Señor los castigó con un cutis obscuro, para que fueran repugnantes al pueblo justo de Nefi.

Nada les importaba aprender a construir hermosas casas o templos, ni se interesaban en aprender a tra­bajar los metales. Se hicieron pere­zosos, y como sucede con todo el que se dedica al ocio, no hacían sino pensar en la maldad. En lugar de sembrar y levantar cosechas, salían a cazar o a robarse lo que necesitaban. Y cuando descubrieron el lugar a donde los nefitas se habían ido, y vieron sus riquezas y prosperidad, se llenaron de envidia y fueron a pelear contra ellos para robarles lo que habían juntado.

Pero mientras el pueblo de Nefi sirvió al Señor, se pudieron defender de los lamanitas, y por muchos años fueron felices y prosperaron.

Caudillos de las Escrituras por Marión G. Merkley y Gordon B. Hinckley

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