Nehemías, El Constructor

Nehemías, El Constructor
“Yo hago una grande obra.”

Aprovecha bien el momento, pues en tu mano Está lo que la hora te tiene reservado; Y lo que imposible comprender te ha sido Es aquello que has tenido a tu lado.”
-Goethe.

El Relato: (Nehemías, caps. 1-6)

El gran profeta Jeremías había dicho que los judíos permanecerían des­terrados setenta años. Durante ese tiempo los judíos aprendieron muchas lecciones muy importantes. Quizá la más importante fué que la adoración de los ídolos no convenía. Nunca más volvió a introducirse entre ellos la adoración de los ídolos.

Durante su destierro, habían estudiado los escritos de sus profetas antiguos. Este estudio hizo que los corazones de los judíos se volvieran hacia su patria,- anhelaban ver a Jerusalén otra vez.

Cuando Ciro el Persa conquistó a Babilonia, sus corazones se llenaron de esperanza, porque Ciro era un príncipe justo y generoso. No le agradaba la adoración de ídolos. Por tanto, una de las primeras cosas que hizo fué proclamar un edicto que los judíos podían regresar a Jerusalén para reconstruir el templo. Además, juntó todos los vasos de oro y plata del templo que Nabucodonosor se había llevado de Jerusalén, y los entregó a un príncipe de Judá llamado Sarabasar.

Después de setenta años de des­tierro, un inmenso grupo de judíos Jlenos de entusiasmo partió rumbo a su patria. Se tardaron cuatro meses en llegar. ¡Cuán ansiosamente espe­raban los ancianos ver las señas par­ticulares del país!

Jerusalén, la ciudad que en un tiempo fué tan hermosa, estaba com­pletamente en ruinas y casi aban­donada/ pero el lugar estaba aún allí, y se pusieron a recoger materiales de construcción para reedificarla. Los judíos que se habían quedado allí vinieron junto con sus hijos para ayudar en la obra. Hicieron arreglos con los habitantes de Tiro y de Sidón para que éstos les proveyeran árboles de cedro y carpinteros y albañiles, así como lo había hecho Salomón siglos antes.

Pasó un año. Ya estaban listos para poner los cimientos. Con himnos de gozo y cantos de alabanza se dió principio a la obra. Fué un día de mucha alegría, pero en medio de aquel gozo se derramaban algunas lágrimas cuando se acordaban de la belleza de su primer templo.

Mientras trabajaban, llegaron los samaritanos del norte para ofrecerles su ayuda. Los judíos no aceptaron la oferta, diciendo que los samaritanos eran de sangre mixta, parte de Israel y parte de los idólatras asirios,- por este motivo no se aceptó su oferta.

Los samaritanos se ofendieron por haber sido tratados tan ásperamente. Surgió una enemistad que a veces llegaba hasta el derrame de sangre, y cesó la construcción del templo por el espacio de quince años. Por último, Darío, el siguiente rey de Persia, les mandó ayuda a los judíos y se ter­minó el templo, aunque todavía no se reparaban los muros de la ciudad.

No todos los judíos habían regre­sado a Jerusalén. En el palacio del rey de Persia se hallaba un joven judío llamado Nehemías. Era el copero del rey Artajerjes, quien reinaba en lugar de Darío, después de la muerte de este noble príncipe.

Un día mientras Nehemías le pasaba la copa al rey, éste vió que la cara de su siervo estaba muy triste.

-¿Por qué está triste tu rostro? -le preguntó el rey- pues no estás enfermo. No es esto sino quebranto de corazón.

-¿Cómo no estará triste mi rostro -respondió Nehemías- cuando la ciudad, casa de los sepulcros de mis padres, está desierta, y sus puertas consumidas del fuego?

Le habían llegado noticias a Nehemías de las tristes condiciones en Jerusalén. Habló francamente con el rey acerca de esto. Entonces le pidió permiso de ir a Jerusalén para construir los muros. El rey se lo concedió, y mandó cartas por con­ducto de Nehemías a los gobernadores de todos los países circunvecinos para que le dieran cuanta ayuda les fuera posible. También llevaba órdenes del rey a sus guardabosques para que le dieran toda la madera que necesitara,; y órdenes a oíros para que le dieran la piedra que quisiera.

Habiendo llegado Nehemías a Jeru­salén, no tardó en descubrir la razón porqué no se habían construido los muros. El gobernador de Samaría, un hombre que se llamaba Sanbalat, y su amigo Tobías, habían dilatado la obra de cuanta manera les había sido posible. Habían incitado a los amoni­tas y otros pueblos vecinos a la guerra contra los judíos para que tuvieran que parar la obra.

Nehemías también descubrió que algunos de los príncipes de Judá habían empezado a maltratar a los de su propio pueblo. Les imponían pesadas contribuciones; les cobraban un interés exagerado por el dinero que les prestaban, y aquellos que no les podían pagar en el acto, los tomaban por esclavos.

Nehemías mandó llamar a todos los príncipes. Les reprendió sus iniqui­dades y les presentó un nuevo plan. A cada familia se le impuso la obliga­ción de construir parte del ‘muro. Con todo ánimo y disposición se pusieron a trabajar. Todos los días competían amistosamente entre sí para ver quién alcanzaba el mayor progreso.

La ciudad de Jerusalén parecía un enjambre de abejas. ¡Con cuánto afán trabajaron! Pero trabajaban con cantos en sus labios y la alegría en sus corazones, porque cada uno estaba cumpliendo con su parte, cada cual aceptaba su responsabilidad,- y la obra progresaba.

Cuando Sanbalat vió lo que estaba sucediendo, fué a ver en qué manera podría detener la obra. Nehemías estaba bien preparado. Armó a sus hombres con espadas y lanzas,- los colocó a lo largo del muro. Unos trabajaban un rato mientras otros los cuidaban, entonces los que estaban cuidando tomaban el lugar de los primeros mientras que éstos se ponían a vigilar. De este modo siguió adelante la obra.

Sanbalat entonces mandó llamar a Nehemías, invitándolo a un pueblito cercano. Nehemías comprendió que era una trampa, y le mandó decir: “Yo hago una grande obra y no puedo ir; porque cesaría la obra, dejándola yo para ir a vosotros.”

Cuatro veces intentó Sanbalat sacar a Nehemías de la ciudad. Con la quinta comunicación Sanbalat acusó a Nehemías de estar edificando la ciudad para hacerse rey en ella. Y Nehemías le respondió:

-No hay nada de eso que tú dices; sino que son cosas que tú te forjas de tu propia cabeza.

Pasaron cincuenta y dos días, y se terminaron los muros. También se reedificaron las puertas. Ahora Jeru­salén quedó protegida por un fuerte muro de piedra contra sus enemigos de afuera. Entonces Nehemías se dedicó a corregir los males que había dentro de la ciudad.

Enseñó a los jueces a juzgar recta­mente. Enseñó a todo el pueblo a prestar atención a las leyes de Dios, y estudiar la palabra de Dios. Jeru­salén una vez más llegó a ser la casa de los levitas, quienes vinieron a hacerse cargo de los servicios del templo.

Cuando los enemigos de los judíos vieron lo que Nehemías había realizado, se avergonzaron, porque comprendieron que aquella obra tan grande se había efectuado con la ayuda de Dios. Entonces los judíos empezaron a buscar las señales de la venida de un Mesías que nacería para librarlos de sus enemigos y hacerlos amos de todo el mundo. Jesucristo nació unos cuatrocientos años después.

Caudillos de las Escrituras por Marión G. Merkley y Gordon B. Hinckley

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