Acordaos de mí

Acordaos de mí

“Para que os acordéis, y hagáis todos mis mandamientos, y seáis santos a vuestro Dios’ (Números 15:40).

El Señor nos ha exhortado a recordarle. El acordarnos de El nos encaminará a vivir su evangelio y llegar a ser como El.

Si prestamos oídos a las súplicas del Señor de acordarnos de El, las cuales se encuentran en las Escrituras, seremos más felices en esta vida terrenal y tendremos más bendiciones. El presidente Spencer W. Kimball dijo: “Al buscar en el diccionario la palabra más importante, ¿sabéis cuál es? Podría ser recordar. Porque todos vosotros habéis hecho convenios —sabéis qué hacer y sabéis cómo hacerlo—, nuestra necesidad mayor es recordar. Por esa razón es que todos van a la reunión sacramental cada día de reposo: a tomar la Santa Cena y escuchar a los presbíteros orar diciendo ‘recordarle siempre, y guardar sus mandamientos que él les ha dado’ (véase D. y C. 20:77). Nadie debería olvidar concurrir a la reunión sacramental. La palabra es recordar.Recordar es el programa” (“Círculos de Exaltación”, Un mandato a los maestros de religión, Departamento de Seminarios e Institutos de Religión, pág. 21).

El élder Dallin H. Oaks explicó: “Cuando tomamos la Santa Cena, atestiguamos ante Dios el Eterno Padre que recordaremos siempre a su Hijo (véase D. y C. 20:77, 79; 3 Nefi 18:7, 11).

Todos los domingos, millones de Santos de los Últimos Días hacen esa promesa. Cuando nos referimos al Salvador, ¿qué quiere decir ‘recordarle siempre’?

“Recordar quiere decir traer algo a la memoria. En las Escrituras muchas veces quiere decir conservar a una persona en la memoria y relacionar con ella sentimientos de amor, lealtad o gratitud. Cuanto más fuerte sea ese sentimiento, tanto más vivido y poderoso será el recuerdo” (véase “Recordad siempre al Señor“, Liahona, jul. de 1988, pág. 30).

El Señor espera que le recordemos de verdad poniendo en práctica sus enseñanzas. El ha rogado reiteradamente a los de su pueblo, diciendo: “Para que os acordéis, y hagáis todos mis mandamientos, y seáis santos a vuestro Dios” (Números 15:40; cursiva agregada).

En las Escrituras se hacen constar los períodos en que alternadamente la gente se ha acordado y se ha olvidado del Señor

En las Escrituras se encuentran relatos de pueblos antiguos que recibieron el Evangelio de Jesucristo. Cuando se acordaban del Señor y vivían su evangelio, eran bendecidos y prosperaban; sin embargo, muchas veces, cuando se hallaban en plena prosperidad, se dejaban llevar por el orgullo y caían en el egoísmo y la maldad; entonces se olvidaban del Señor, la fuente de sus bendiciones, y caían en la apostasía. Cuando no se acordaban del Señor ni vivían su evangelio, les sobrevenían los pesares y la ruina.

Desde la época de Adán y Eva, el Señor ha rogado a los de su pueblo que se acuerden de EL Se mandó a Adán y a Eva hacer sacrificios al Señor en memoria de la venida de un Salvador.

LEER: Moisés 5:5-12. ¿Qué debían ofrendar Adán y Eva? ¿Qué representaba ese sacrificio? Prestemos especial atención a la exhortación que se da en el versículo 8. ¿Cómo ponemos en práctica esa exhortación en nuestro diario vivir?

Los descendientes justos de la posteridad de Adán llevaban un libro de memorias con el fin de registrar su genealogía y de recordar los tratos de Dios con ellos (véase Moisés 6:4-6, 46).

Aun cuando los profetas enseñaron el evangelio y predicaron el arrepentimiento (véase Moisés 6:23), no siempre lograron que la gente se acordara de su Dios y viviera su evangelio. En la época de Noé, los hombres se olvidaron del Señor y se hundieron en tal forma en el pecado que el Señor limpió la tierra con el Diluvio.

La historia de la casa de Israel refleja un ciclo constante de recordar y de olvidar al Señor. De su pueblo en los últimos días, el Señor ha dicho: “.. .aun en lejanos países se acordarán de mí; y vivirán con sus hijos, y volverán” (Zacarías 10:9). Sólo cuando los hijos de Israel se acuerden nuevamente del Señor y le sirvan, El les bendecirá y les fortalecerá como lo ha hecho tantas veces a lo largo de la extensa historia del pueblo de Israel.

En el Libro de Mormón, se mandó a Nefi llevar un registro de su gente. Este explica: Y yo, Nefi, he escrito estas cosas a los de mi pueblo, para que tal vez pueda persuadirlos a que deben acordarse del Señor su Redentor” (1 Nefi 19:18).

Aunque poseían el registro de sus antepasados (véase 1 Nefi 5:10-19) y habían recibido las enseñanzas de profetas, los descendientes de Lehi no permanecieron fieles. La exhortación de Nefi a sus hermanos describe tanto a la nación nefita como a la jaredita: “Sois prontos en cometer iniquidad, pero lentos en recordar al Señor vuestro Dios” (1 Nefi 17:45). Del mismo modo, esas naciones pasaron sucesivamente por el ciclo de recordar y de olvidar al Señor hasta que por último la maldad los llevó a su destrucción (véase Mormón 8:1-3 y Eter 15).

Hacia el fin de su ministerio terrenal, Jesús instituyó el sacramento de la Santa Cena para que sus discípulos se acordaran de El una vez que ya no se encontrara junto a ellos (véase Lucas 22:19-20). Después de su resurrección, el Señor visitó a los nefitas y también instituyó la Santa Cena entre ellos (véase 3 Nefi 18:7). Sin embargo, cuando las claras y sencillas verdades del evangelio se fueron relegando al olvido y se cambiaron, y el poder del sacerdocio se perdió mediante la apostasía, las gentes del mundo quedaron otra vez en la obscuridad espiritual.

Casi dos mil años después, se instituyó nuevamente la ordenanza de la Santa Cena para que los del pueblo del Señor le recordaran tanto a El como los convenios que habían hecho con El (véase D. y C. 20:75-79).

El acordarse del Señor es un deber individual

En éstos, los últimos días, todos tenemos, individualmente, el deber de acordarnos siempre del Señor. El recordar al Señor y sus enseñanzas nos llevará a vivir el evangelio y llegar a ser como El. Las Escrituras revelan muchas verdades importantes que el Señor desea que recordemos y observemos.

Recordemos a nuestro Padre Celestial y a su Hijo Jesucristo. El recordar que efectivamente somos los hijos espirituales de nuestro Padre Celestial nos infundirá la seguridad de que somos capaces de hacer cualquier cosa que Dios nos pida hacer (véase Salmos 82:6; Hechos 17:29; Romanos 8:16). El recordar el gran sacrificio expiatorio de nuestro Salvador nos hará arrepentimos y progresar (véase D. y C. 19:16, 23-24, 38). Centremos nuestras vidas en recordar, amar y servir a nuestro Padre y a su Hijo.
El élder Dallin H. Oaks explicó: “…Aquel a quien siempre debemos recordar es el que nos dio la vida mortal, el que nos mostró el camino hacia una vida feliz y el que nos redime para que podamos tener inmortalidad y vida eterna.

“Si guardamos nuestro convenio de recordarlo siempre, podremos tener siempre la compañía de su Espíritu (véase D. y C. 20:77, 79). Y ese Espíritu nos testificará de El y nos guiará a la verdad” (“Recordad siempre al Señor”, Liahona, jul. de 1988, pág. 31).
Recordemos nuestros convenios y guardemos los mandamientos. El presidente Spencer W. Kimball dijo: “Pienso que no habría apóstatas y que nadie cometería infracciones a las leyes si las personas recordaran, y recordaran de verdad, los convenios que han hecho en las aguas del bautismo, al tomar la Santa Cena y en el templo. Creo que ésa es la razón por la cual el Señor pidió a Adán que ofreciera sacrificios: por ningún otro motivo sino el de que éste y su posteridad se acordaran siempre de las enseñanzas fundamentales que se les habían impartido. Considero que los seres humanos somos propensos a olvidar.
Es fácil olvidar. Nuestros pesares, nuestras alegrías, nuestras preocupaciones, nuestros grandes problemas se van desvaneciendo hasta cierto punto con el paso del tiempo; y muchas de las lecciones que aprendemos en la vida se nos olvidan” (Teachings of Spencer W. Kimball, editado por Edward L. Kimball, Salt Lake City: Bookcraft, 1982, págs. 112-113).

Por medio de su siervo Moisés, el Señor dijo: “…para que… os acordéis de todos los mandamientos de Jehová, para ponerlos por obra” (Números 15:39). Los mandamientos de Dios son evidencia de su amor por sus hijos (véase Deuteronomio 6:24-25). Si nos acordamos de guardar sus mandamientos, cumpliremos con toda felicidad la misión que se nos haya encomendado cumplir en la vida terrenal.

Recordemos las lecciones de la historia y aprendamos de ellas. Moisés exhortó a los hijos de Israel, diciéndoles: “Tened memoria de este día, en el cual habéis salido de Egipto, de la casa servidumbre, pues Jehová os ha sacado de aquí con mano fuerte…” (Éxodo 13:3). Al dirigir sus últimas palabras a los del pueblo, Moisés les dijo otra vez: “Acuérdate de los tiempos antiguos, considera los años de muchas generaciones; pregunta a tu padre, y él te declarará; a tus ancianos, y ellos te dirán” (Deuteronomio 32:7).

¿Qué aprendemos de “los tiempos antiguos” y de “muchas generaciones”?

LEER: 1 Nefi 19:22-23 y Moroni 10:3, 19-27. ¿Qué dice Nefi de las lecciones de la historia que se encuentran en las Escrituras? En sus últimas palabras, ¿qué nos exhorta Moroni a recordar?

Recordemos prestar servicio. Tenemos al alcance de la mano la oportunidad de llevar a nuestros semejantes las bendiciones del evangelio. El Señor ha ratificado lo valiosas que son todas las personas al decir: “Recordad que el valor de las almas es grande a la vista de Dios…” (D. y C. 18:10).

El élder Dallin H. Oaks ha advertido que no hay excusa para “el ostracismo, la arrogancia ni la crueldad de parte de los miembros. Como decía en su carta el converso de [quien] hablé: ‘Creo que Satanás está tan ocupado entre los [Santos de los Últimos Días], alejándolos de sus vecinos, como lo está entre los enemigos de la Iglesia para que se vuelvan contra ella’.

“Al hacer el convenio de que siempre recordaremos a nuestro Salvador, no debemos olvidar este mandato de Jehová a Israel:

“‘Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que more entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo…’ (Levítico 19:34; véase Éxodo 22:21; Deuteronomio 10:19).

“Debemos recordar siempre que Jesús nos mandó amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. El ilustró esa gran enseñanza con el ejemplo del Buen Samaritano, que atravesó las barreras sociales de su época para llevar a cabo actos de bondad y misericordia. Después de contarla, el Maestro dijo: ‘Ve, y haz tú lo mismo’ (véase Lucas 10:30-37)” (“Recordad siempre al Señor“, Liahona, jul. de 1988, pág. 33).

Muchas son las oportunidades con que contamos de encontrar, amistar y hermanar a los nuevos miembros de la Iglesia de Jesucristo. Debe hacerse “memoria de ellos y [deben ser] nutridos por la buena palabra de Dios, para guardarlos en el camino recto” (Moroni 6:4).

También tenemos muchas oportunidades de observar el mandamiento del Señor de acordarnos de los pobres (véase Deuteronomio 15:11; Jacob 2:17-19; D. y C. 42:30). ¿De qué manera podemos cumplir con ese mandamiento?

Recordemos al Señor en casa. El ambiente de nuestro hogar nos presenta innumerables ocasiones de recordar al Señor.

Consideremos los siguientes puntos: ¿Refleja nuestra relación con nuestros familiares nuestros sentimientos para con nuestro Salvador? ¿Qué podemos hacer para aumentar la espiritualidad de nuestra familia? (Tengan en cuenta la noche de hogar, las oraciones y los consejos familiares, el estudio del evangelio, el expresarse mutuamente el testimonio personal y el contarse unos a otros experiencias espirituales.) ¿Qué podemos hacer para ayudar a los miembros de la familia que se inclinen más por olvidar que por recordar al Señor?

Recordemos las bendiciones que recibimos. El rey Benjamín dijo a los de su pueblo: “Y otra vez os digo, según dije antes, que así como habéis llegado al conocimiento de la gloria de Dios, o si habéis sabido de su bondad, y probado su amor, y habéis recibido la remisión de vuestros pecados, que ocasiona tan inmenso gozo en vuestras almas, así quisiera que recordaseis y retuvieseis siempre en vuestra memoria la grandeza de Dios…” (Mosíah 4:11).

Un hermano expresó sus sentimientos como sigue: “He sido miembro de la Iglesia durante más de seis años y he tenido cargos directivos en casi todo ese tiempo. Ha habido oportunidades en que he estado cansado; otras en que he estado deprimido; ha habido veces en que me he sentido frustrado e incapaz de resolver los problemas. Pero en todas esas ocasiones, siempre he recordado aquella noche, hace más de siete años, en que me arrodillé ante Dios y supe que esta Iglesia es verdaderamente su Iglesia, que el Libro de Mormón provino de El y que José Smith es realmente su Profeta; y recuerdo que pedí y todas mis dudas fueron aclaradas.

“Al recordar eso, recuerdo también los convenios que he hecho; recuerdo lo grandioso que es el Señor y el amor que me tiene; recuerdo cuánto sufrió El por mí; y recuerdo que se preocupa por mi bienestar y me da todo lo que necesito día a día. Y al recordar vividamente todo eso, recibiendo el testimonio una vez más, me siento renovado; logro una nueva fortaleza y una nueva perspectiva, y mi testimonio aumenta. Una vez más comprendo que estoy laborando con el Señor para edificar su reino en esta tierra” (Godofredo H. Esguerra, “Recordemos nuestro testimonio”, Liahona, nov. de 1983, pág. 29).

El recordar al Señor suporte el vivir el evangelio

Ponemos de manifiesto al Señor que nos acordamos de El cuando hacemos cualquier cosa que nos pida hacer:

  • Orar a menudo (véase Alma 13:28).
  • Asistir a las reuniones de la Iglesia, participar de la Santa Cena y permanecer en estrecho hermanamiento con la Iglesia (véase 4Nefil: 12).
  • Seguir las instrucciones del Profeta viviente (véase D. yC. 1:38).
  • Leer las Escrituras y estudiar el evangelio (véase 2 Timoteo 3:16).
  • Vivir “de toda palabra que sale de la boca de Dios” (D. y C. 84:44).
  • Servir al prójimo (véase Mosíah 2:17).
  • Perdonar a las personas que nos hayan ofendido y olvidar esos agravios (véase D. y C. 64:9).
  • Ayudar en la obra de la proclamación del evangelio (véase D. y C. 18:14-15).
  • Ser dignas de recibir una recomendación para el templo e ir al templo cuando tengamos la oportunidad de hacerlo (véase D. y C. 124:39).
  • Tomar parte en la tarea de redimir a los muertos (véase D. y C. 138:47-48).
  • Recibir la bendición patriarcal y leerla con frecuencia.

Entonces, nuestro cometido personal es velar por no olvidar los convenios ni las promesas que hemos hecho con el Señor. Si empezamos cada día con la firme resolución de hacer lo que nuestro Salvador desea que hagamos, le mostraremos que prestamos oídos y obedecemos su ruego de acordarnos de El.

Material de consulta adicional 

David B. Haight, “¿Comprendemos realmente lo que es la Santa Cena del Señor?”, Liahona, marzo de 1989, págs. 9-14.

Dallin H. Oaks, “Recordad siempre al Señor”, Liahona, jul. De 1988, págs. 30-33.

Doreen Woolley, “Preguntas y respuestas”, Liahona, sept. De 1988, págs. 39-40.

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