Para enseñar y aprender por medio del Espíritu

Para enseñar y aprender por medio del Espíritu

“. . .porque cuando un hombre habla por el poder del Espíritu Santo, el poder del Espíritu Santo lo lleva al corazón de los hijos de los hombres ” (2 Nefi 33:1).

Tanto el que enseña como el que aprende recibirán las enseñanzas del Espíritu Santo.

Debemos procurar que el Espíritu Santo bendiga lo que enseñemos

El élder Boyd K. Packer describió la misión de la Iglesia en los últimos días al decir que “la responsabilidad de los miembros de la Iglesia puede dividirse en tres categorías fundamentales: obrar en pos de la salvación de los miembros de la Iglesia que aún viven, llevar a cabo la obra necesaria en favor de nuestros antepasados muertos y predicar el evangelio a todo el mundo. Cada una de estas responsabilidades requiere aprendizaje, y todo lo que se vaya a aprender debe ser enseñado. Pues bien, usted y yo nos encontramos entre quienes tienen la responsabilidad de enseñarlo” (Enseñad Diligentemente, Salt Lake City: Deseret Book Co., traducción al español de ‘Translación Media Resources”, 1985, pág. 7).

En calidad de miembros de la Iglesia, contamos con muchas oportunidades de enseñar. A continuación hablaremos de a quién debemos enseñar, qué debemos enseñar y cómo debemos enseñar.

¿A quién debemos enseñar?  “Casi a diario, a cada paso que damos, nos encontramos con alguien que necesita que se le imparta instrucción, diría que está casi hambriento por recibirla. En nuestra función de padres, maestros o líderes, no sólo estamos en condiciones de proveerla, sino que es nuestra obligación así hacerlo… Debemos enseñar y hacerlo bien, con efectos permanentes” (Boyd K. Packer, Enseñad Diligentemente, págs. 9 y 11).

Deuteronomio 6:5-7;   Marcos 16:15;   Doctrina y Convenios 88:77.

¿A quién nos manda el Señor enseñar? ¿Por qué es tan importante enseñar a los niños las verdades del evangelio? (Véase Isaías 54:13Mosíah 4:14-15; D. y C. 68:25-28.)

¿Qué dice el Señor a los que no lo hagan? (Véase D. y C. 93:40-50.)

¿Qué debemos enseñar? El élder Packer aclaró que la “mayoría de las cosas que hacemos están de una forma u otra relacionadas con la función de enseñar. Mostrar a un niño cómo atar la correa de su calzado… mostrar a una jovencita cómo preparar cierta comida, presentar un discurso en la Iglesia, compartir nuestro testimonio, dirigir una reunión de líderes y, por supuesto, dar una lección, todo ello constituye enseñar, y por cierto que lo hacemos constantemente” (Enseñad Diligentemente, pág. 2).

Hechos 5:42; 3 Nefi 23:14;   D. y C. 6:9; 18:32;  42:1288:77-80.

¿Qué temas específicos se nos ha pedido enseñar? ¿Qué fundamentos debemos utilizar? (Véase D. y C. 52:9.)

¿Por qué es preciso centrar nuestra enseñanza en Cristo? (Véase Juan 17:3; 2 Nefi 25:26.)

¿Cómo debemos enseñar? El élder Packer ha dicho: “Bien vale la pena buscar el don de enseñar con el Espíritu mediante la oración. Un maestro puede ser inepto, incapaz y hasta torpe, pero si el Espíritu es poderoso, podrán enseñarse mensajes de importancia eterna.

“Todos podemos llegar a ser maestros, muy buenos de hecho, pero no podremos enseñar valores morales y espirituales contando únicamente con un enfoque académico; debemos tener el Espíritu para así hacerlo” (Enseñad Diligentemente, pág. 285).

Doctrina y Convenios 11:21;  84:85.

¿Por qué tenemos que desear enseñar con eficacia para poder lograrlo? ¿Cuál es el primer paso que hay que dar para prepararse para enseñar?

(Véase 2 Nefi 32:8-9; D. y C. 42:1450:17-22.)

Cuando oramos y meditamos con fe al preparar la lección y centramos nuestra enseñanza en las Escrituras y en las palabras de los profetas, el maestro no es en realidad el maestro: el Espíritu Santo es el maestro (véase D. y C. 18:32;  50:13-14). Cuando una persona “habla por el poder del Espíritu Santo, el poder del Espíritu Santo lo lleva al corazón de los hijos de los hombres” (2 Nefi 33:1).

Podemos invitar al Espíritu a nuestra enseñanza de diversas maneras: Podemos testificar de las verdades que enseñemos, ya que es indispensable que el que aprenda conozca nuestra convicción y dedicación a los principios. Podemos utilizar música edificante. Podemos expresar gratitud al Señor y afecto a las personas a las cuales enseñemos, y hablarles de experiencias y sentimientos espirituales.

Los que aprenden tienen el deber de buscar la guía del Espíritu Santo

El Señor ha prometido que el Espíritu Santo enseñará a todos los que busquen la verdad con diligencia. Él ha dicho: “Y bienaventurados todos los que padecen hambre y sed de justicia, porque ellos serán llenos del Espíritu Santo” (3 Nefi 12:6). Si procuramos aprender de Cristo con el mismo afán con que procuramos el alimento y el agua, el Espíritu Santo nos enseñará lo que debemos saber y hacer (véase 2 Nefi 32:5).

¿Qué podemos hacer, al aprender y escuchar, para invitar al Espíritu Santo a enseñarnos?3 Nefi 20:1 y Doctrina y Convenios 136:32-33.

El Espíritu Santo nos da testimonio de que lo que estamos oyendo y aprendiendo es verdadero (véase Alma 5:45-47). Innumerables Santos de los Últimos Días han venido a Cristo por motivo de que el Espíritu Santo les ha testificado que lo que han aprendido es verdadero. Si lo que aprendemos no recibe la testificación del Espíritu, seremos como los que oyen pero no comprenden (véase 2 Nefi 16:9).

¿Qué diferencia hay entre el leer simplemente una verdad y el que alguien en quien confiemos nos diga que sabe que es auténtica? ¿Cómo nos hace saber el Espíritu Santo la verdad? ¿Qué tenemos que hacer para recibir esa confirmación? Moroni 10:4-5.

La reunión sacramental es una ocasión sagrada de adoración a Dios y de aprendizaje. Sin embargo, hay personas que van a las reuniones y que dicen que nunca han aprendido nada espiritual. La hermana La Rue C. Longden recuerda lo siguiente: “Recuerdo que cuando era yo muy jovencita (y pensaba que lo sabía todo), dije una vez a una buena maestra de la Escuela Dominical que ya no iría más a la reunión sacramental porque era muy aburrida. Con gran disgusto, la hermana Hunter me miró y me dijo: ‘¡No vuelva a decir semejante cosa!

Dios la ha invitado a esa reunión a participar de los emblemas del sufrimiento de Cristo y de su dádiva a usted. Muy grande es el privilegio de que se le invite. Si usted va a la reunión con el debido espíritu, siempre aprenderá algo de provecho’ ” (“God Has Invited You”, Remarkable Storiesfrom the Uves of Latter-day Saint Women, comp. de León Hartshorn, 2 tomos, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1975, tomo I, pág. 97; véase también el Manual básico para la mujer Santo de los Últimos Días, Parte A [PBIC0278SP], pág. 117).

“La adoración a Dios no es pasiva. Los que están ‘anhelosamente empeñados’ hacen más que recibir: contribuyen a hacer más intensa la experiencia espiritual de los concurrentes a la reunión.

“Como ocurre con cualquier actividad nuestra en la Iglesia, hallamos nuestra vida al perderla [véase Mateo 16:25], Una vez que dejamos de pensar en lo que podemos recibir y nos concentramos en lo que podemos aportar, cambia por completo el tono de los momentos que pasamos en la reunión sacramental… Si escuchamos con el debido espíritu, lo que escuchemos será sencillamente la materia de la cual nos valdremos para crear las experiencias espirituales que siempre podemos generar si estamos preparados para ello y si tenemos la resolución de lograrlo.” (Robert K. Thomas, “Listening with the Spirit”, Ensign, ene. de 1978, págs. 39-40.)

El Espíritu Santo nos enseñará en la vida diaria

No tenemos que sentirnos satisfechas con experimentar uno que otro momento de inspiración ni con buscar la ayuda del Espíritu Santo sólo en los momentos difíciles o de urgente necesidad. La guía del Espíritu Santo está constantemente a nuestro alcance.

El Señor nos ha prometido que siempre podremos tener su Espíritu con nosotros (véase D. y C. 20:77). El élder M. Russell Ballard ha dicho: “Tenemos que vivir de tal manera que seamos dignos de recibir la inspiración del Espíritu… Entonces, tenemos que estar dispuestos a responder a esa inspiración” (“You May Know the Voice of the Spirit”, Church Netos, 16 de ene. de 1988, pág. 3).

A veces, son llamados a ocupar cargos en la Iglesia tanto hombres como mujeres con poca o ninguna experiencia y sin contar con materiales de instrucción de la sede de la Iglesia. El élder Gene R. Cook contó lo que presenció cuando se le asignó organizar una nueva estaca en Ecuador. Cuando llegó a ese país, observó que todo estaba en orden y que todo marchaba bien aun cuando los líderes y los miembros prácticamente no tenían manuales ni materiales que les sirvieran de pauta.

Cuando preguntó al líder presidente cómo había logrado prepararse tan bien para la creación de la estaca, éste le respondió: “El Espíritu me ha indicado lo que debo hacer” (Reunión espiritual del departamento de preparación de materiales de estudio, 24 de nov. de 1987).

En Australia, ocurrió que llamaron a ser maestra de la Primaria a una hermana que se había convertido a la Iglesia y que, al momento de unirse a la Iglesia, no sabía leer. Cuando el obispo le entregó el manual correspondiente, no tuvo valor para decírselo. Al contar después de aquel trance, dijo: “El recurso del cual me valí fue la oración. Para preparar la lección, ponía el manual sobre mi cama y el Espíritu Santo me abría la mente y el corazón a la inspiración, y me hacía saber lo que decía la lección que yo debía enseñar a los niños”. Desde entonces, esa hermana ha aprendido a leer y sigue experimentando el regocijo de la compañía constante del Espíritu.

Ciertamente podemos sentir la influencia del Espíritu en nuestro diario vivir. La hermana Betty Ure, que tenía un hijo llamado Clay [pronuncíese cid], el cual padecía del síndrome de Down (mongolismo), se sentía preocupada porque éste, que contaba ya veinticinco años, aún no había aprendido a leer. El joven, que había pasado enfermo la mayor parte de los años de la infancia, había perdido por esa razón muchos días de escuela. Por lo demás, cuando Clay estaba en la escuela primaria, no había programas de educación especial.

En 1985, la mencionada hermana sintió la impresión espiritual de que debía procurar una vez más enseñar a Clay a leer.

Acudió al Señor en oración suplicándole que le indicara el método más eficaz que debía emplear para esa tarea. Durante un año, se dedicó a enseñarle con silabarios y tarjetas, pero el progreso del joven era lentísimo. Entonces, el Espíritu susurró a la hermana Ure que utilizara el Libro de Mormón; aunque sabía que el Libro de Mormón era demasiado difícil para Clay, también sabía que ningún otro libro sería de mayor provecho para su hijo.

Todos los días, antes de comenzar a leer, madre e hijo se arrodillaban a orar, pidiendo al Señor que bendijera a Clay para que aprendiera a leer. Al principio, el objetivo fue leer un versículo al día; pero sucedió que el joven resolvió leer todo el libro antes de Navidad como un regalo de él a nuestro Salvador. Desde el momento en que tomó esa determinación, la destreza y el anhelo de leer de Clay aumentaron considerablemente, y así fue que llegó a leer cuatro páginas al día y terminó de leer el Libro de Mormón unos días antes de Navidad. La madre de Clay afirma que la capacidad que desplegó su hijo para leer este libro tan poco tiempo después de haber empezado a aprender a juntar las primeras letras fue ni más ni menos que un milagro. Clay no sólo pudo leer las palabras, sino que también comprendió algunos de los principios, en particular el del amor y el de la obediencia. (Usado con el correspondiente permiso.)

Tanto los que enseñan como los que aprenden pueden recibir las enseñanzas del Espíritu Santo. Recordemos que el Señor ha dicho: “De manera que, el que la predica [la palabra de verdad] y el que la recibe se comprenden uno a otro, y ambos son edificados y se regocijan juntamente” (D. y C. 50:22).

Material de consulta adicional 

Carlos E. Asay, “La compañía del Espíritu Santo“, Liahona, ago. de 1988, págs. 34-38.

Ezra Taft Benson, “Busca el Espíritu del Señor“, Liahona, sept. de 1988, págs. 2-6.

 

 

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Una respuesta a Para enseñar y aprender por medio del Espíritu

  1. SUSANA SACCO dijo:

    Hermosa y practica gracias

    Me gusta

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